El currículum del vampiro

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El éxito de la tetralogía Crepúsculo da buena cuenta del excelente estado de salud de las historias de vampiros entre el gran público, aunque sean mediocres y sus inanes protagonistas parezcan anémicos veganos con estreñimiento vital. Vive Dios que a menudo aparecen en mi lavabo formas de vida más intimidatorias que Robert Pattison y que las expresiones de Kristen Stewart transmiten la misma conmoción que el labio superior de José María Aznar. Crepúsculo no sólo nos recuerda que el vampiro sigue vivito y coleando en nuestra cultura, por decirlo de algún modo, sino que nos dice mucho acerca de sus múltiples facetas y su capacidad para reciclarse continuamente, adaptándose a los tiempos y conservando su poder de seducción. Por seguir con los ejemplos cinematográficos recientes, cuánta diferencia encontramos entre los lechosos ídolos de la masa teenager y los asilvestrados monstruos con garras y caninos putrefactos de 30 días de oscuridad o los viciosos chupasangres bakalas de la trilogía Blade.

Con sus adoradores incondicionales y sus detractores los vampiros son una de las criaturas más famosas y recurridas de la ficción moderna. No sólo eso, se trata de todo un mito por derecho propio que puntúa el arte occidental y no tan occidental, y seguir el reguero de sangre que deja a su paso puede llevarnos hasta el mismo comienzo de la civilización.

Scared to death

Hay mucha gente que está convencida de que Drácula fue el primer vampiro. Drácula o Vlad Tepes, es lo mismo; tanto da encontrarse con una biografía creativa de un cruzado de chocantes hábitos alimenticios como realmente creerse que en el siglo XV a un rumano encabronado le diese por empalar cadáveres y beber sangre para satisfacer al demonio.

Son muchas las funciones del mito y no nos cabe aquí glosar las diferentes versiones acerca de su origen, sin embargo podemos afirmar una cosa acerca de él y de todas las criaturas diabólicas que pueblan nuestros sueños y tanto nos entretienen: están ahí para dar miedo. ¿Por qué querría nadie asustar a sus semejantes? Quizá por una simple cuestión de aburrimiento, aunque no parece probable. Tal vez cuando los antiguos egipcios contaban historias acerca de sombríos personajes que rondaban la oscuridad en busca de sangre fresca pretendían como nosotros hacerse más amenas las tardes, pero es más razonable pensar que todo fuese una simple cuestión práctica: alejar a los niños de determinados lugares. Es decir, la monstruosidad (y el terror) cumplen desde el principio la misma función que la policía: acojonarte para que no hagas algo que está mal, es peligroso o atenta contra los intereses de alguien más importante que tú. No es de recibo que los destinatarios de estos avisos sean niños y jovencitas. Lamia, una de las incontables amantes de Zeus, jugó un rol semejante en la antigua Grecia persiguiendo a los infantes como venganza por la maldición que Hera le echó encima por consentir el adulterio, y Apuleyo incluyó a un par de vampiresas sexys en El asno de oro. Ahora que caigo igual su intención era otra. Volveremos sobre esta relación de los vampiros con el ansia carnal más adelante.

Ya en la edad media aparecen frecuentes alusiones el vampiro con todas sus letras. La tradición eslava fue particularmente prolífica en este punto, incluyendo incluso prescripciones para su ejecución: llevarse el cadáver en trineo aunque no hubiese nieve (una manera de que no pudiese encontrar el rastro que le llevase de vuelta a la aldea), clavarle al ataúd con una rama de álamo para que se estuviese quietecito, llenar su tumba de agua, etc.

Un upir.

La tradición nos dice que las formas originales de nuestra criatura se gestaron y crecieron en la vasta Rusia y otros países del este bajo el nombre de upir, nav, navok o mavok. Allí mismo Aleksei Tolstoi, primo del autor de Guerra y paz, fue pionero en describir y difundir las andanzas del vurdalak. Sus relatos El vampiro y La familia del vurdalak fueron de gran importancia para la evolución del personaje; John Polidori, otro iniciador del género, fue un médico neurasténico amante de Lord Byron (quien por cierto también hiciera sus pinitos vampirescos) al que Ken Russell retrató con antológica mala baba en su película Gothic. Es posible que la novela de Polidori fuese una bufonada inspirada en el excéntrico poeta inglés, con quien mantuvo una relación que trascendía los límites de lo amistoso. Con independencia de estas segundas —maliciosas— lecturas, el vampiro de Polidori cumple ya los requisitos de un monstruo arquetípico dominado por sus pulsiones más básicas y en el que las preferencias gastronómicas perversas conviven con un sentido tóxico de la sexualidad. El vampiro de Polidori, el vampiro en general, es una criatura libidinosa cuya forma de vivir el deseo no se diferencia fácilmente de las ganas de hacerle daño a alguien.

Esta herencia del monstruo de sexualidad equívoca, autodestructiva —impresa sobre personajes femeninos de enferma belleza—, fue recogida más adelante por el irlandés James Sheridan Le Fanu, todo un clásico del género de horror, en su novela corta Carmilla. Como no podía ser de otra forma, la protagonista de la historia es una jovencita a la que un vampiro quiere joder viva, hablando en plata, y que no hace sino reafirmarnos en que la invención de este popular morador de las tinieblas, como tantos otros, responde a la necesidad de mantener a los miembros más jóvenes de la casa (especialmente si son hembras) cerca de la chimenea y a ser posible lejos de cualquiera que pretenda arrebatarles el virgo con argucias, a la fuerza o a cubata limpio. En Carmilla late además una pulsión lésbica bien disimulada.

Las primeras versiones de Caperucita roja, ese inofensivo conte de fées, dejaban bien claras las intenciones del lobo feroz, otro monstruo parlante con colmillos. Destaquemos que en su versión primeriza Caperucita era una inocente mozuela cuya caperuza roja “le gustaba tanto, tanto/que no llevaba nada más”. Es decir, iba en pelota picada. Con razón los lobos del bosque se la querían comer.

Y es que los cuentos de hadas, como los mitos, o los mitos terroríficos (las momias, hombres-lobo, fantasmas, espectros y muertos vivientes) no son un mero capricho de la imaginación popular. Aunque el paso del tiempo les haga mella hay que considerar siempre que bajo el arquetipo hay una intención bien definida susceptible de posterior reciclaje. La inquietud que genera el personaje no sólo es debida a su condición de bestia sobrenatural y asesino de criaturas, sino a la facilidad con que viola los límites de la ortodoxia sexual (moralista y cristiana, no lo olvidemos).

Sin embargo es cierto que el estatus literario del vampiro llegó de la mano de otro irlandés, esta vez más conocido. Nos referimos, claro está, a Bram Stoker. Drácula convirtió al vampiro en uno de los seres más populares de la literatura y el arte, especialmente el séptimo, que supo explotar (y explota, a veces hasta la tontería) las virtudes idiosincrásicas del conde transilvano. Y es que pese a la filiación anglosajona de sus primeros espadas, creadores de todo signo no dudan en radicar al monstruo, con alguna excepción, en la espesura de los Cárpatos, “una de las regiones más antiguas y desconocidas de Europa”. O, dicho de otro modo, en los límites de la civilización, el punto de encuentro entre Occidente y Oriente, lugar de conflicto permanente y uno de los baluartes de la cristiandad que más y mejor resistiera las embestidas del invasor turco, con el noble Tepes en primera línea de fuego.

La explosión demográfica de la especie en las letras europeas a partir de entonces es notable no sólo en su vertiente sanguinaria y terrorífica sino también en la cómica, una tradición cuyo comienzo podríamos fechar con el poema homónimo de A. Pushkin y culminar con la delirante y surrealista novela Ciudad Vampiro, de Paul Féval. A menos que incluyamos en este apartado los libros de Anne Rice.

Tratando un personaje tan universal, puede parecer pueril pretender achacarle la función de contraponer al ilustrado occidente el irracionalismo oriental. A pesar de todo hay detalles que nos inducen a pensar así. Tomemos por ejemplo la manera en que el cine y la televisión han reinventado el vampirismo convirtiendo lo que otrora fuera maldición en una simple enfermedad, un síndrome que ataca a las células sanguíneas provocando violentas mutaciones que convierten a quien las padece en un depredador que ve en los seres humanos happy meals con patas. Una dolencia que incluso se puede revertir.

Esta conexión vampirismo/enfermedad viene de lejos, y hay más de un estudioso del tema que ha pretendido justificar el mito con argumentos científicos.

Por ejemplo, una de las constantes de las historias de vampiros es la del encierro de los habitantes de un pueblo “infectado” para escapar de ellos. En ocasiones este encierro puede venir acompañado de marcas en las puertas de los hogares, indicando aquellos lugares y familias que han tenido contacto con un posible nosferatu, o al contrario, que están libres de su influencia. Una práctica que recuerda sospechosamente a la cuarentena. La peste (transmitida ésta por otro chupasangres: la pulga común), rabia y ántrax-carbunco son firmes candidatas, aunque ninguna enfermedad provoca síntomas tan destacablemente vampíricos como la porfiria eritropoyética —causada por la ausencia de ciertas enzimas necesarias para la síntesis de hemoglobina— ; tales son la fotofobia, y la retracción de los labios, párpados y encías. El resultado llega a ser de lo más sugerente (y clicken en el link bajo su responsabilidad, avisamos).

ETA Hoffman, en obras como Vampirismo, Tolstoi o Le Fanu presentan a sus víctimas como personas jóvenes y lozanas que súbitamente caen presa de una enfermedad desconocida cuyos síntomas son de suponer: palidez, debilidad, delirios… nada que una patología convencional no pueda a priori explicar. Aparecen en este punto los finales abiertos (como en el caso del ruso) en los que el origen sobrenatural de la trama no termina de quedar claro. Esta ambigüedad en torno a las explicaciones posibles confirma la impresión de que nuestra criatura, tan propensa a justificar súbitas epidemias temporales y brotes de locura espontánea, sirviese como chivo expiatorio de desgracias tirando a mundanas.

Los puntos cardinales: poder, sangre, vida y crimen

Curiosamente el siglo XVIII presenció una serie de acontecimientos bautizados como “La controversia de los vampiros”, y de cuyos efectos se hicieran eco personajes como el mismísimo Voltaire (sí, sí, ese Voltaire), lo que en principio contradiría esta primera impresión de los vampiros como un efeco de la colisión entre racionalidad y oscurantismo medieval. Estudiosos como don Agustin Calmet (en un tratado titulado, atención, Dissertations sur les apparitions des anges, des démons et des esprits, et sur les reventants, et vampires de Hongrie, de Bohême de Moravie et de Silésie) o Johan Christoph Haremberg, teólogos ambos, dieron cobertura mediática a la fiebre de los colmillos en Centroeuropa y dejaron para la posteridad algunas reflexiones que pueden consultar aquí. Si estos tratados no satisfacen su curiosidad siempre puede dirigirse a la Sociedad Española de Estudios sobre Vampiros o ceev, aunque es probable que se queden como están.

Como decíamos, la vertiente literaria de los vampiros se nutrió en gran medida de acontecimientos reales e historias que circulaban previamente en Europa del Este. Vlad Tepes es posiblemente el más conocido vampiro histórico, aunque ninguna entrada sobre este tema quedaría completa sin mencionar a otros dos grandes del oficio: Elisabeth Bathory y Gilles de Rais.

Vampiro dibujado por Mike Mignola.

La primera nos sirve para justificar al monstruo como arquetipo de la inmortalidad conseguida a costa de la vida ajena. A su reputación como diseñadora de sarcófagos BDSM de uso único se añadiría la costumbre de meter en él a núbiles jovencitas con objeto de drenarlas poco a poco y utilizar el fluido vital extraído para prolongar unos añitos su existencia en este mundo, a ser posible conservando la apariencia de una chiquilla de 20 años; algo que de momento nadie ha logrado exceptuando a Claudia Schiffer. El ansia por mantener la vida y la belleza de la malograda aristócrata condensa dos de las cualidades inherentes del vampiro: la inmortalidad y la lujuria de sangre. La diabólica condesa protagonizaría una de los Cuentos Inmorales de Walerian Borowczyk en un contexto harto apropiado. Esto es, en una casa a reventar de jovenzuelas desnudas y a punto de nieve.

El caso de Glilles de Rais es algo distinto. Su historia es algo más turbia y los motivos de sus crímenes no se conocen tan bien como los de Elisabeth bathory. La Inquisición no dudó en achacar su conducta a la influencia del diablo; claro que sus simpáticos funcionarios verían la mano de Satanás en un partido de curling.

Gilles fue uno de los lugartenientes asignados a Juana de Arco, una adolescente aquejada de esquizofrenia paranoide que tenía línea directa con Dios. Ya conocen la historia. Cuando ésta fue apresada por los borgoñeses, el joven De Rais fue el único noble francés que tratara de rescatarla de las garras del enemigo protagonizando una incursión en su territorio que no tuvo mucho éxito, lo que nos dice bastante acerca de su lealtad para con ella. Tras la ejecución corrió a encerrarse en su castillo de la Vendée, de donde al parecer salió lo justo a partir de entonces. Años después, y mediando una nueva aparición de la Inquisición, fue condenado y ejecutado por asesinato, sodomía y herejía. Las descripciones de su conducta en aquella época son extensas y han sido recogidas con el estilo habitual del Santo Oficio: hiperbólico y pornográfico. La historia inspiró a Michel Tournier su novela Gilles et Jeanne, donde las atrocidades cometidas serían consecuencia de la obsesión que sintió por la santa unida al rencor experimentado contra el creador, a quien dedicó su magna y perturbada obra en un gesto de desafío. La vida de De Rais fue también el punto de partida de Allá lejos de Joris Karl Hyusmans durante su etapa más satánica; el periplo de un joven decadente en el submundo de la adoración demoníaca y el cristianismo medieval con un súcubo (ese primo hermano del vampiro) de comparsa. Según cuentan, Gilles de Rais no se limitó a matar niños sino que profanó sus cuerpos de la forma más ignominiosa: violaciones en todas direcciones, decapitación y repetición del proceso (por la boca o el orificio abierto en la tráquea, saliendo el glande por, sí, la boca), quema final del conjunto y otras barbaridades. Pocos han salido en defensa suya. Alesteir Crowley fue uno de los que, desmintiendo a la Inquisición y otros relectores del legado de de Rais, le atribuyó el papel de alquimista y erudito de las ciencias ocultas. En esta versión no habría sádico infanticida, sólo un estudioso de disciplinas proscritas por la Iglesia, tan propensa a convertir la adoración de dioses extraños en delito y a inventarse un montón de tonterías para justificar la consecuenteinevitable— represión.

Las historias de Bathory y DeRais nos ayudan a explicar el genoma del monstruo, que no es sino el deseo excesivo y desarticulado, sin enfoque ni propósito, que se desborda y alcanza la categoría de crimen sexual. Aparece aquí una conexión que ya ha sido tratada por diversos autores de entre los cuales el más explícito fue sin duda Georges Bataille.

De la misma forma en que la literatura se nutrió de la (brutal) realidad, ésta se ha visto influida por la literatura. Aparecen así a lo largo del siglo XX nuevos casos que, no se sabe bien si en virtud de criterios objetivos, deseo expreso del criminal o por veredicto amarillista, han sido vinculados con la lujuria de sangre de los vampiros. Peter Kürten y Richard Chase, el “vampiro asesino” sin identificar de Estocolmo o el brasileño “Corumba el vampiro” criaron fama emulando al célebre monstruo mediante delitos que, de no haber dispuesto de un molde tan evidente, habrían sido difíciles de catalogar.

Una de vampiros

Pero llegó el siglo XX y el vampiro tuvo que elegir entre renovarse y morir. O experimentar la “muerte verdadera” como dicen en True Blood. Afortunadamente nuestro monstruo siempre se sintó lo bastante atraído por la moda y los trapitos fashion como para no dejar que el purismo de la tradición ortodoxa que le diese vida arruinase su carrera. Su salto al cine fue temprano gracias al clásico Nosferatu, la conocida película de Murnau que fue revisitada años después por Werner Herzog con el atómico Klaus Kinski en la piel del Conde Orlok, y homenajeada en diversas ocasiones, de entre las cuales la más espectacular sería La sombra del vampiro de Elias Merhige, con Willhem Defoe haciendo las veces de Max Schrek/Conde Orlok.

Hoolywood y la productora Hammer tomaron el testigo de Murnau y pusieron al monstruo a punto para la era pop que le sucedería. Ya hemos hablado de las sagas Blade y Crepúsculo, y de 30 días de oscuridad, pero estas sólo son sus últimas versiones. Entre las cintas clásicas protagonizadas por Bela lugosi y Christopher Lee y las últimas, posmodernas, tecnificadas y estilizadas apariciones del vampiro en la pantalla queda una trayectoria que no resulta fácil de sintetizar. No sólo debido a la amplia gama de productos audiovisuales y artículos de consumo que ha suscitado (desde grupos de rock obsesionados con la imaginería gótica hasta el popular juego de rol) sino debido en parte a la desmesura de una industria que comparte con el Conde Drácula la costumbre de exprimir su presa hasta la última gota.

La comparación no es de recibo: los vampiros, como las sanguijuelas y otros parásitos, tienen en común la manía de perpetuarse a costa de los demás. Hay quien piensa que este papel puede ponerse en relación con la explotación de la mano de obra a manos del capital, incluso alguno entrevió este mensaje en la película de Murnau. Marx se refería a menudo a los parásitos capitalistas como “chupasangres” y el director Hans.W. Geissendörfer incurrió en un sonoro Godwin equiparándolo a Adolf Hitler. Si fue en un foro de internet es algo que desconozco.

Valentina, de Guido Crepax.

Desconocidas parecen también las razones de su continuo éxito entre el público. No nos cansamos de leer libros de vampiros, ver películas de vampiros, documentales sobre vampiros, música vampírica, juegos de rol, vampiros adolescentes (Crepúsculo, Jóvenes ocultos) caza-vampiros (Blade, Buffy Vampireslayer), vampiros japoneses (como en la serie animada Blood), vampiros homosexuales, vampiros ochenteros con hombreras (Noche de miedo), vampiros macarras (Near Dark), patos vampiros vegetarianos, pequeños vampiros, etc, etc, etc.

Lo que sí sabemos es que los vampiros no son ajenos a los deseos carnales. Arriba mencionamos la “lujuria de sangre” que experimenta en presencia de una presa potencial. Algo que Francis Ford Coppola supo reflejar en su personal interpretación de la novela de Stoker, al menos si nos ceñimos a esa escena en la que Monica Bellucci succiona a Keanu Reeves, y no sólo la sangre, en compañía de otros dos súcubos. La carga erótica del film es constante como en la adaptación comiquera de Guido Crepax, o incluso en los referentes cinematográficos más clásicos; uno de los poderes de Drácula es la capacidad de hiptnotizar a sus víctimas, especialmente si son señoritas, gracias a una intensa mirada y a su exótico acento. Quién nos iba a decir que el deje rumano perdería tanto glamour en tan poco tiempo. ¿De dónde sale este componente sexual? Quizá sólo se trate de una asociación de ideas debido a la forma en que se alimenta, aplicando los labios al cuello de su víctima y mordiendo, chupando vivamente. Un gesto amoroso que se produce con frecuencia en esos momentos de intimidad en los que a uno se le va la mano, la boca mejor dicho, dejando esas marcas que lucimos en la adolescencia como auténticos trofeos en el instituto, chupetones, curiosamente también causada por la rotura de vasos capilares en la periferia de la zona atacada.

Sexo y dolor, o si lo prefieren sexo y muerte, comparten en cierto sentido el mismo vector direccional, la condición de acontecimiento extraordinario y perturbador de la vida cotidiana sobre el cual se ejerce control, y que con frecuencia se vela con el silencio; son tabú.

Hablar sobre sexo y vampiros es hacerlo en términos extrapolables, intercambiables en uno y otro contexto. El vampiro muerde y penetra la piel, chupa la sangre, que es el fluido del cual brota la vida. Si Bataille otorgaba esta condición de hermandad a los dos fenómenos que marcan la existencia en lo más hondo (el acto que crea vida y su extinción) el vampiro se encuentra en la privilegiada posición de poder tomar la una y renunciar a la otra. Y lo que es más importante, mantenerse joven y hermoso por toda la eternidad. Este es el motivo por el que genera esa mezcla de miedo y atracción característica y también, o al menos así lo creo yo, el motivo por el que su evolución le ha llevado a abandonar su faceta primigenia, al monstruo irracional poseído por algo más parecido al hambre que a la lascivia, adaptando su imagen a los cánones modernos, a la pulcritud de diseño, al soniquete afectado de la moda adolescente.

 

 

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21 comentarios

  1. Pingback: El currículum del vampiro

  2. Creo que en parte le debemos el gran favor de los vampiros de Crepúsculo a la obra “cómica”xd de Anne Rice; y eso que me llegó a gustar la de Entrevista con el vampiro.

    • Miguelote

      Fui un encabezonado detractor de esa película durante mucho tiempo pero hoy en día la volvería a ver con gusto. Pese a la presencia del irritable Cruisín de la pradera tiene su gracia como pastiche siniestro homoerótico y Neil Jordan es un director chanante.

  3. “…sus inanes protagonistas parezcan anémicos veganos con estreñimiento vital.” Ya basta de estereotipos. Compare a los vampiros desabridos de Crepúsculo con su señora mamá.

  4. ludovico

    Ahí, ahí, Fret. Soy un anémico vegano con estreñimiento vital y habéis perdido un lector.

  5. Miguelote

    No castiguen ustedes a Jot Down por lo que vomite este humilde tarado. Seguro que encuentran otros muchos artículos de su gusto de calidad infinitamente superior y temática mucho más cercana a sus singulares, por llamarlos de alguna manera, gustos literarios.

  6. Pues a mí el artículo me ha parecido brutal, concienzudo, bien documentado y entretenido de leer. Si alguien deja de leerlo por un comentario irónico, valiente falta de sentido del humor, primero, y pocas ganas de disfrutar de la verdadera chicha del texto, segundo. Buen trabajo, Miguel.

  7. ludovico

    [inserte aquí un facepalm tridimensional y un detector de sarcasmos]

  8. Miguelote

    Ludovico, no me fustigues; estaba bebido, la crisis me tiene en ascuas, me echaron dronga en el colacao…

    -Gracias, Nacho, con lectores como tú quién quiere amigos.

    Un saludo

  9. Pedro Torrijos

    Mancantao.

  10. Pedro Torrijos

    Por otro lado, felicitar a un compañero de la revista en la que escribes es como hacer un high five con uno mismo, no?

  11. Drácula o Vlad Tepes no era rumano, era húngaro. La región de Transilvania fue parte de Hungría hasta el final de la Primera Guerra Mundial, cuando pasó a formar parte de Rumanía. Por tanto, cuando nació El Empalador en el sXV, era un “húngaro encabronado”.

    • Miguelote

      Hombre, eso no es del todo cierto. Creo que Valaquia se fue independizando y arrejuntando desde el siglo XIV, siendo entretanto principado rumano y entrando en territorio húngaro según quién repartiese yoyah (¿Otomano también?) , tampoco es un tema que tenga muy trabajado, lo reconozco.

      Me parece razonable otorgarle la nacionalidad siguiendo un criterio geográfico actual o lingüístico. Son cuestiones que escapan al alcance de este artículo.

      Dejémoslo en “peña rara de acento de por ahí”.

  12. Artículo divertido y entretenido, este personaje atrae.

    Gracias al autor.

  13. Y mi experiencia me dice que no hay nada peor que un “húngaro encabronado”.. jajaja

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  16. Lo primero enhorabuena por el artículo :) Pero debo añadir que como ávida lectora de Byron, conocedora de su vida, lectora de alguna bio, y de otros artículos sobre su vida, hay pocas pruebas, o ninguna, sobre su relación “más allá de lo amistoso” con Polidori. Los celos y su mala relación es más bien debido a antiguas amantes de Byron, bajo mi punto de vista.
    Personalmente…lo dudo mucho, conociendo un poquito de Byron admitiría que era promiscuo, mucho jejeje, pero no creo que nunca fuese amante de Polidori :)

  17. ljskdfj

    yo echo de menos alguna referencia a los banqueros :-P (no, que no me he leído el artículo, luego lo leo)

  18. Gilles de Montmorency-Laval

    Habeis perdido un psicópata.

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