Las diez mil mujeres de Milo Manara

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“El sexo es un componente determinante de la cultura. Cuando vives plenamente tu sexualidad, rompes con el embrutecimiento social”.

Milo Manara

Es fácil pensar en Maurilio “Milo” Manara como el reflejo en ilustración de Helmut Newton en fotografía: ambos son los mejores retratistas del ideal de belleza femenino.

Pero eso sí: mientras que Newton necesita contratar a modelos profesionales, Manara puede invocar mujeres perfectas con unos simples trazos sobre el papel. En este precioso vídeo podemos ver a Manara en acción, dibujando distraído y de forma increíblemente natural y orgánica una de sus hermosísimas mujeres sin marcar previamente proporciones o estructuras de apoyo, simplemente plasmando la imagen femenina que aparece en su imaginación. Y aunque mis gustos personales en cómic erótico vayan por otros derroteros (Saudelli, Pichard, Von Gotha o Crepax), reconozco admirado la influencia del maestro Manara en el imaginario erótico occidental. En los años setenta las mujeres de Manara, con su sexualidad activa e irreverentemente cachonda, se convirtieron en la imagen idealizada de la mujer moderna en la era de la liberación sexual y la ruptura entre el “vicio privado” y la virtud pública.

Manara creó un estilo de dibujo muy particular (y muy imitable, por suerte o por desgracia) mezclando su propio trazo limpio y claro con la sensualidad barroca de Crepax, la imaginación inagotable del muy llorado Moebius y el espíritu aventurero de Hugo Pratt. En el mundo de Manara los personajes masculinos tienen rasgos muy marcados: prestados de actores famosos (Alain Delon, James Dean) o bien feos de solemnidad a pesar de lo mucho que follan (cortocircuito mental: ¡como el greñudo de The Joy of Sex!). En cambio, hay que esforzarse para encontrar mujeres feas en el imaginario de Manara: sus mujeres serían realistas en el mismo mundo idealizado y burgués en que las mujeres de Newton serían realistas. Dice Manara: “para mí son personajes sacados de la Commedia dell’Arte, por eso sus rasgos aparecen siempre exagerados”.

Manara ha dibujado centenares, miles de cuerpos femeninos a lo largo de su carrera, pero en el fondo las diez mil mujeres de Manara son una sola hembra imponente repetida sin cesar: morena o pelirroja, con pelo rizado o larga melena, pero siempre con mirada pícara e intensa, húmedos labios, pechos bien formados (no antinaturalmente grandes como suele ocurrir en la historieta erótica), piernas inacabables y, sobre todo, los mejores culos femeninos de la historia de la ilustración. Mi conspiranoica pareja me sugirió que ese retrato de la mujer manariana no se correspondía sólo con un ideal femenino genérico, sino también con una mujer real, un inaccesible amor platónico, una paciente cero que en algún momento contagió a Manara una visión de la femineidad que idealizaría y reflejaría una y mil veces en todas y cada una de sus obras bajo diferentes disfraces.

Es difícil confirmar esta teoría, ya que Manara protege celosamente su intimidad y su historia personal. Pero soñar es gratis: ¿quién será esa Eva que se convirtió en el pecado original de Manara? ¿Una maestra de su adolescencia, una prima, una vecina, un amor prohibido? Es posible… Pero también podría ser Jane Fonda.

Manara vs Barbarella

En el taller veronés del escultor malagueño Miguel Berrocal, un joven llamado Maurilio Manara pasa largas horas dibujando las instrucciones técnicas de ensamblaje y transporte de las esculturas. Durante un descanso de esa tarea demasiado parecida a la de un becario de IKEA, el joven aprendiz curiosea en la biblioteca del escultor y descubre un cómic erótico que primero le ruboriza y luego le fascina: Barbarella, de Jean-Claude Forest. Y en ese epifánico momento, contemplando las curvas de la aventurera espacial que acabaría encarnando la deliciosa Jane Fonda, Milo Manara toma una decisión definitiva: “descubrí que ese era mi trabajo, mi profesión, me dije que tenía que hacer exactamente eso y abandoné todo lo demás”.

Así explicado suena a decisión dramática, pero tristemente “todo lo demás” no era gran cosa. Manara nació en una pequeña ciudad del norte de Italia en 1945, así que su infancia transcurrió precariamente en plena posguerra. A pesar de su talento natural para el dibujo, su conservadora madre le prohibió estrictamente los cómics: eso no impidió que el adolescente Manara se volviese fan de Hugo Pratt y La balada del mar salado, la primera aventura de Corto Maltés. Ya se sabe cómo funciona esto: basta con que te prohíban algo para que te interese aún más.

Se matriculó en Arquitectura en la Universidad de Venecia, y alternó sus estudios con los trabajos más variados y la pasión por la pintura y la historia del arte: nadie lo diría a juzgar por su trayectoria posterior, pero su pintor favorito era Pablo Picasso. En una curiosa entrevista le preguntan si en su adolescencia hubo sexo, drogas y rock&roll: Manara contesta que sexo nunca tuvo el suficiente, drogas las justas por la inevitable lisergia de finales de los sesenta, y más que asiduo a conciertos, lo fue a exposiciones: para mis amigos sus estrellas eran las del rock, para mí eran las de la pintura”.

Cuando las curvas de Barbarella le empujan al cómic erótico, un entusiasta Manara se lanza a recorrer una tras otra las editoriales de Milán (Milo en Milán, he ahí un título de biopic que lanzo al aire), buscando publicar donde fuera. Sólo le hacen caso en la editorial Furio Viano, especializada en sexo y violencia, y sólo después de inflar y maquillar muy españolamente su currículum con la complicidad del dibujante Mario Gomboli. Todo este esfuerzo culmina en 1969 con la publicación de Genius, su primer trabajo profesional. Si tenéis ochocientos dólares sueltos podéis comprar alguna viñeta original: dibujos en que se ve ya el buen ojo de Manara para la figura femenina pero sin la limpieza y estilización de sus trabajos de madurez. En particular parece que las expresiones faciales se le resistían, algo extraño en un dibujante que convertirá pronto la mirada femenina pícara y falsamente ingenua en una de sus señas de identidad más reconocibles. Poco después empezó a trabajar para Erregi, otra editorial pulp para la que creó un personaje en el que muchos ven el germen de la “chica Manara”: Jolanda de Almaviva, mujer pirata de armas tomar que se las arregla para acabar siempre con la ropa desgarrada.

 

Manara vs Mao Zedong

En esa época Manara militaba en el grupo universitario maoísta La Unión de la Juventud, y formaba parte de una asociación artística llamada Miraculo, para la que dibuja carteles y propaganda política. El maoísmo juvenil parece un pasaporte directo al derechismo en la edad adulta, como atestiguan especímenes como Jiménez Losantos o Pío Moa... Sin embargo, Manara mantiene hoy en día una ideología de izquierdas (suave y testimonial, como todo en este maestro de la tranquilidad zen) que le ha llevado a significarse en la política italiana del lado de la socialdemocracia moderada: es amigo personal y político de Walter Veltroni, líder del Partido Democrático que sufrió una humillante derrota a manos de Berlusconi en 2008.

En sus años maoístas de juventud el Manara más activamente izquierdista publicó cómics de contenido político guionizados por su amigo Silverio Pisú. Quizá el ejemplo más curioso (aquí tenéis una página que me fascina) sea Alessio, Il Borghese Rivoluzionario, sobre un oficial zarista que acaba tomando partido a favor del bolchevismo, aunque el más famoso fue Lo Scimmiotto (El Rey Mono), publicado por entregas en Alter Linus. Si os digo que es una adaptación de una leyenda china del siglo XVI llamada El viaje hacia el Oeste y protagonizada por el hombre-mono Souen Wou-Kong probablemente os quedéis igual que antes. Pero si añado que el protagonista viaja montado en una nube, tiene un bastón que se alarga e invoca a un dragón de tres cabezas ya os sonará más… En efecto, El viaje hacia el oeste es la leyenda china en que se basó Dragon Ball, convertida por Pisú en una retorcida alegoría sobre la vida y obra del presidente Mao (Son Goku como metáfora de Mao Zedong, chúpate esa). Manara experimenta con soluciones narrativas originales y una muy potente sexualidad, pero no ayuda a volver inteligible el fárrago de Silverio, que ha envejecido bastante mal una vez pasado el momento en que su metáfora política estaba de actualidad.

En realidad el activismo de Manara nunca pasó de lo anecdótico. O, como dijo él mismo: “los ideales del 68 me interesaban más por el lado hippie que del lado político”. El alter ego que está a punto de crear será una buena prueba de ello…

Milo Manara vs Giuseppe Bergman

A finales de los setenta Manara crea a su mejor personaje masculino: el joven e ingenuo Giuseppe Bergman, irónico alter ego del propio Milo aunque físicamente tenga un aire a Alain Delon. El nombre se lo sugirió su amigo y mentor Hugo Pratt como una mezcla de pasión mediterránea y frío misterio sueco. HP y Giuseppe Bergman, publicado por entregas en À suivre durante 1978, es el primer tebeo en que aparece y el mejor de todos ellos: un surrealista metacómic que haría las delicias de Jodorowsky o del Alan Moore de Promethea.

HP y Giuseppe Bergman es una obra divertida y refrescante básicamente porque Manara hace lo que le sale de las narices en cada momento: rompe la cuarta pared y se dirige al lector, hace que un extra aparte a empellones al protagonista interrumpiendo la historia o mueve la narración de Venecia a Marruecos o las fuentes del Orinoco con la misma facilidad (y menos excusas narrativas) que una película de James Bond. Soy fan fatal de este cómic: tiene el encanto irrepetible y espontáneo de las historias personales y auténticas que no se toman demasiado en serio a sí mismas.

La primera imagen que vemos de Bergman es la de un joven de ventipocos años agobiado y deprimido en una minúscula cocina urbana, hasta que explota y se lanza a la aventura. En lugar de heroico resulta autocompasivo, tímido, cobarde y lleno de torpeza postadolescente, pero es imposible no simpatizar con su confusión vital y su candidez: Bergman es a la vez protagonista y alivio cómico de la historia.

Cuando se encamina a conocer al guía que le conducirá a su aventura (un Hugo Pratt presentado como HP, una figura mítica y demiúrgica), el despistado Bergman se mete de lleno en una manifestación por un conflicto indeterminado. En la confusión se suben a la fuerza a su furgoneta un “indignado” y un antidisturbios: durante la inevitable pelea posterior, el policía pierde la pistola, que acaba en manos de Giuseppe. El manifestante trata de convencerle de que dispare al policía aunque sea en las piernas, mientras el policía le exige que “cumpla con su deber de ciudadano” disparando al indignado. La respuesta de Giuseppe es significativa: “He esperado desde que nací una oportunidad de huir de toda esta mierda y decidir qué hacer con mi propia vida. Y ahora que casi lo he conseguido, ¿queréis arrastrarme de vuelta? ¡Quiero vivir esta aventura, así que largaos ahora mismo los dos o empezaré a dispararle a todo el mundo!”.

Manara introduce aquí uno de los temas principales del cómic: la dicotomía entre las obras “comprometidas” y las de puro entretenimiento. ¿Tienen las historias de aventuras un significado oculto, un componente político? Bergman es consciente, a pesar de su aturullamiento, de que es un personaje de una novela gráfica escapista, y no se avergüenza de ello: “¿Qué tendría que hacer, si no? ¿Volverme didáctico? ¿Convertirme en demagogo? ¿Adoctrinar, tal vez? ¿En nombre de quién?”. Pero no es tan fácil evitar tomar partido, y en cierto momento un guerrillero latinoamericano prototípico le da una paliza por su falta de compromiso político. “- ¿Qué has hecho que sea políticamente significativo? – Bueno, he ilustrado un par de cómics…”. El desprecio del activista hacia quien ahoga los actos en palabrería revolucionaria.

Completan la historia delirios febriles, bromas pesadas, toques culturetas como referencias a Macondo o la aparición de Maiakovski pegándose un tiro. Dijo Manara en una entrevista publicada en CIMOC: “Mi propósito consistía en que HP y Giuseppe Bergman fuese una narración con diversos niveles literarios, que se leyera como un simple relato de aventuras, o bien como un análisis no demasiado riguroso de la aventura y sus mecanismos, como un intento de exploración de la complicada relación existente entre evasión y compromiso, entre cosas leídas y vividas, entre realidad y fantasía, entre la vida y los cómics”.

Durante los ochenta se publicaron varias continuaciones (la pirandelliana Un autor en busca de seis personajes, la aventurera Dies Irae), con un Manara progresivamente menos inspirado. Más interesante resulta Tal vez soñar: Las aventuras orientales de Giuseppe Bergman, un road trip alucinado y lisérgico por la India con el inevitable toque erótico, ambientación detallista, gotas autobiográficas y reflexiones metafísicas. Lo mejor del álbum: las magníficas páginas en que Bergman alucina una carrera por la historia del arte, que le sirve a Manara para divertirse insertando a Giuseppe en obras famosas, cual Forrest Gump saludando a Kennedy.

Algo parecido ocurrirá en Camino oculto: las aventuras urbanas de Giuseppe Bergman, publicada en 1998. El argumento tiene un potencial enorme: una bella mujer medio loca se obsesiona con un libro de historia del arte hasta tal punto que se identifica totalmente con las protagonistas femeninas de varias pinturas, recreándolas en vivo. Esto le da a Manara una excusa para poner en boca de Giuseppe disertaciones cuasiacadémicas sobre Tintoretto o Boticelli, ilustradas por la “chica Manara” de turno que tarda bien poco en perder la ropa, esta vez con la muy válida excusa de que la mayor parte de modelos de las obras clásicas que reinventa también estaban en pelotas.

La narración confusa y algo pretenciosa queda ampliamente compensada por el dibujo, con alguna de las mejores viñetas de toda la trayectoria de Manara: se nota que Milo se encuentra cómodo homenajeando a sus pintores favoritos. Mientras leía Camino oculto me preguntaba por qué había elegido Manara como protagonista masculino precisamente a Bergman… Hasta que en un final magnífico asistimos a un glorioso cameo de HP en persona, apenas tres años después de la muerte de Hugo Pratt en la vida real: es en ese reencuentro/despedida entre HP y Giuseppe Bergman cuando queda claro el auténtico propósito de Camino oculto. Tras ese momentazo queda apenas sitio para un final en que se hace participar al lector pidiéndole que dibuje una de las últimas viñetas, en un truco algo circense que me hizo sentir como en una proyección de The Rocky Horror Picture Show interactuando con los personajes de la pantalla.

La última aparición de Bergman en las páginas de Manara ha sido en 2004 con La odisea de Giuseppe Bergman, un extraño cruce entre historia de fantasmas y recreación de la leyenda de Ulises de la que podéis ver unas cuantas imágenes en esta estupenda reseña.

Pero todo este recorrido bergmaniano nos ha hecho adelantarnos en el tiempo. Volviendo a los primeros ochenta: está claro que publicar en À suivre fue un espaldarazo para el Manara principante, pero faltaba un pequeño detalle para el éxito masivo, algo que encajase haciendo clic. En 1983, poco después de cumplir los 33 años, Milo Manara publicó la obra que le convertiría en millonario y asentaría su nombre como sinónimo de erotismo soft, elegante y glamouroso: una historia exquisitamente dibujada pero con una historia propia de una peli de serie Z… Y que, inesperadamente, tiene una base plausible.

 

Manara vs Manara

Echadle un vistazo a la patente estadounidense US6169924 si queréis pasar una tarde entretenida: describe un método para estimular eléctricamente la médula espinal para conseguir un estado de excitación sexual constante y repetidos orgasmos. Desgraciadamente, requiere una intervención quirúrgica previa en la columna, lo que relega el aparato al armario de tecnófilos libertinos especialmente valientes o (poniéndonos menos novelescos) para el tratamiento de disfunciones sexuales graves.

Un poco más prometedora, al menos hasta cierto punto, es la patente US3941136, comentada por Mary Roach en el imprescindible Bonk: the curious coupling of sex and science. Bajo el terrorífico título Método para la inducción artificial de micción, defecación o excitación sexual, la patente describe un aparato consistente en un generador eléctrico, un mando y unos electrodos de aspecto intimidante que deben conectarse en la entrepierna. El generador emite pulsos eléctricos de entre 100 y 200 Hz, y el mando a distancia regula el voltaje. Aplicar un pico inicial de 20 voltios provoca y mantiene una potente erección o una excitación clitoriana continua, además de un agradable calorcillo y cosquilleo. Desgraciadamente, superar los 20 voltios provoca la apertura instanánea y explosiva de varios esfínteres, lo que hace imprescindible que la persona que controle el mando tenga precisión de cirujano para no convertir una pasional experiencia en un lío repugnante.

El Clic de Manara utiliza como MacGuffin un artefacto parecido, aunque omitiendo misericordiosamente cualquier referencia a esfínteres laxos. En el primer volumen, un tipo untuoso llamado Fez (!), secuestra a una joven hermosa pero pelín frígida llamada Claudia Cristiani y le implanta un aparatito en el cerebro que emite pulsos eléctricos capaces de convertirla en ninfómana. A partir de ahí empiezan una serie de malentendidos lúbricos tan previsibles, irrelevantes y (en ocasiones) ponedores como las escenas de una peli porno softcore.

La historia tuvo un éxito arrollador, y se ha convertido en el más famoso de los cómics de Manara. No es su obra mejor dibujada (aunque sea la que fijará el prototipo de la “chica Manara” en el inconsciente colectivo), y desde luego no es la de guión más brillante ni más trabajado. Pero su sencillo argumento conecta directamente con una fantasía grabada a fuego en el cerebro reptiliano masculino. ¿Qué adolescente no ha soñado en disponer de un conjuro o aparato que convirtiera a la distante profesora en una máquina sexual apasionada e incansable? ¿Quién podría resistir la tentación de girar al máximo la ruedecilla del mando mágico al grito de Crank it up to eleven?

Como nota lateral: lo más parecido que puede conseguirse en la vida real sin recurrir a la patente US3941136 es juguetear con un huevo vibrador activado por control remoto. En cierta cena-fiesta vi cómo cambiaba de mano en repetidas ocasiones un pequeño mando a distancia que controlaba el vibrador inserto en una de las cavidades corporales de una amiga, que durante la cena… Pero ya hablaremos de televibradores en otro artículo más pervertido que éste, que pierdo el hilo.

Volviendo a El Clic: la historia apareció con su nombre original (Il Gioco) en la revista italiana Playmen, y en España fue publicada por entregas en las legendarias Totem y Comix Internacional. Manara recibió el encargo de Playmen para sustituir nada menos que a Guido Crepax, el legendario autor de Valentina (que tantos sudores y calentones me ha provocado siempre). De Crepax Manara adoptaría la voluptuosidad de sus heroínas, pero simplificando su recargado erotismo fetichista.

Mientras Manara le daba vueltas a posibles ideas para la historia, se cruzó con un periodista cultural llamado Franco Valobra, notablemente feo pero siempre rodeado de mujeres hermosas. Ahí se le ocurrió lo del mando a distancia, y encontró modelo para el personaje de Fez. No sé si le hizo mucha gracia a Valobra quedar así inmortalizado: probablemente sí, ya que parecía tener un buen sentido del humor. Y hablo de Valobra en pasado porque murió en 2010, después de haber entrevistado para Playmen a gente como Vargas Llosa, Fellini, Fred Astaire… Resulta que el feo periodista era, según Leonardo Sciascia, la persona más lúcida que conoció y uno de los mayores intelectuales de Italia. Y encima ligaba.

Las tres continuaciones de El Clic (de 1991, 1994 y 2001 respectivamente) siguieron la misma línea erótico-festiva de dibujo cada vez más impresionante y argumento perfectamente chorras, incorporando al doble de James Dean como chulesco coprotagonista masculino. En 1985 se estrenó una versión cinematográfica lamentable dirigida por Jean-Louis Richard, probando una vez más que lo que tiene sentido, fuerza y gracia en un cómic bien dibujado no tiene por qué trasladarse bien a la pantalla grande.

En 1986 Manara repitió éxito con El perfume del invisible, otra materialización de una fantasía erótica adolescente tomada con la misma alegría de vivir y sano cachondeo. Básicamente es la historia de un tipo que inventa un mejunje de olor acaramelado (sólo le faltó a Manara hacer como John Waters en Polyester e incluir un odorama rascable con el cómic) que vuelve invisible a quien se unte con él. Lo que sigue es una serie de situaciones absurdas y auténticas animaladas (como la memorable inserción anal de un cartucho de dinamita) que Manara puede dibujar sin miedo a ser demasiado explícito.

La anacrónica (aunque a la postre, divertidísima) censura japonesa en los manga difumina los genitales o directamente los borra, creando situaciones surrealistas en que una mujer parece estar siendo follada por un cilindro de aire. En El perfume del invisible se produce un efecto similar, simbólico a varios niveles: aquí el hombre es transparente, prescindible, y no aparecen incómodos culos peludos que estorben la visión de la delicada anatomía femenina. Dos inolvidables heroínas de Manara, Miel y Beatriz (recordadas con cariño en esta misma revista por David Gistau), participan como un Marcel Marceau desquiciado en bien coreografiados polvos invisibles y felaciones fantasmagóricas… Un mimo francés haciendo un francés no hubiera resultado más creíble. Para redondear la metáfora se me ocurre un experimento: eliminar todos y cada uno de los bocadillos de texto y transformarlo en una historia muda, aprovechando el tirón de The Artist; no se perdería nada relevante del argumento y el resultado sería mucho más original.

Todas esas historias eran para mí simples fantasías, nunca me pareció que tuviesen ningún mérito”, dice Manara. Ah, pero claro que lo tienen: como un minero que encuentra un géiser de petróleo tras un golpe de pico, Manara había revolucionado un género, el del dibujo erótico, que llevaba demasiado tiempo anquilosado.

Manara ha ido recurriendo a este tipo de cómics eróticos sin complicaciones cuando le apetecía publicar un éxito seguro sin calentarse demasiado la cabeza. Tal vez el más explícito sea Kamasutra, de 1997, en que vuelve a la ambientación india que ya había explorado en Las aventuras orientales de Giuseppe Bergman, pero cambiando el siempre algo más elaborado guión bergmaniano por un argumento propio de peli porno de bajo presupuesto. Como curiosidad: se muestran coitos explícitos, algo muy raro en Manara (ahora sólo recuerdo las ilustraciones del relato corto Porte de Clichy de Henry Miller).

Me gusta mucho más la algo anterior Gulliveriana, una revisión pervertida de la obra de Jonathan Swift que permite a Manara jugar con su protagonista como con una muñeca: atada por diminutos liliputienses que retozan en su vello púbico como en un bosque, o apresada por gigantescos brondignagianos que se divierten con ella como con un animalito hipersexual.

En una línea similar se desarrolla Piranese, el planeta prisión: ci-fi con toques eróticos y sin demasiadas complicaciones, ni estilísticas ni argumentales. Manara dibuja un guión muy deudor del Incal de Jodorowsky, no tanto en su vertiente metafísico-espiritual como en el retrato de extraterrestres progresivamente absurdos y descacharrantes a medida que avanzan las páginas: un proceso que culmina en la aparición de un bicho asesino fugado de la versión porno de Starship Troopers y que devora a sus víctimas chupándoles los genitales (¡la venganza de las cabezas de gamba!).

Todas estas obras cimentaron la fama de Manara como autor de cómic erótico, pero a mi entender su trabajo más ponedor hasta la fecha ha sido un libro de ilustraciones: SensualitArs. En sus 44 páginas dibujadas mezclando estilos y materiales (óleo, carboncillo, acuarela) homenajea a las mujeres que sirvieron de inspiración y modelo a pintores y dibujantes a lo largo de la historia, desde el primer cavernícola que pintarrajea en las paredes de su gruta. En cierto modo es un cursillo acelerado de Historia del Arte: aparecen Lucrezia Buti retozando con Filipo Lippi, la Fornarina de Rafael, la goyesca maja desnuda, la amante-modelo-criada Hendrickje que trajo de cabeza a Rembrandt… Todas ellas vistas desde una perspectiva original y a menudo irónica, como en los preparativos del picnic sobre la hierba de Manet, la orgásmica lluvia dorada de la Dánae de Klimt o la expresión embobada de Courbet contemplando soñador el coño del que nacerá el Origen del Mundo. Mi plancha favorita en cuanto a calidad del dibujo y erotomanía del resultado es la del pintor griego Apeles retratando a Kampaspe, la amante de Alejandro Magno. La versión manariana del momentazo en que pintor y modelo caen rendidamente enamorados es una escena de una extraña belleza que tengo hace tiempo como fondo de escritorio de mi portátil… Y en Twitter.

Manara vs Pratt

Viendo la reverencia con que Manara retrata a Hugo Pratt en HP y Giuseppe Bergman (“por supuesto, no había nada que yo pudiera explicarle: él ya lo sabía todo”) es fácil imaginar la alegría de Manara cuando en 1986 Pratt acordó enviarle el guión de Verano indio, una historia ambientada en la época de la colonización de Nueva Inglaterra e inspirada en La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne. Pratt le dio a Manara libertad para dibujar lo que quisiera y con el ritmo narrativo que deseara (“para una escena podía usar dos o veinte páginas, a mi gusto”), pero respetando escrupulosamente el texto.

El dibujo de Manara es absolutamente precioso e inolvidable a muchos niveles (paisajes de cuento de hadas, narrativa clara y cinematográfica, diseño de los indios mohicanos), excepto por un detalle: Manara le pone cara de malo a uno de los personajes, el reverendo Black, de una forma tan espectacular como innecesaria. El dibujante alega que el planteamiento dramático de la obra hace necesario darle referencias al lector: “como una representación teatral en la que ves a las figuras de lejos y el maquillaje debe ser muy fuerte, ya que no puedes ver el primer plano de la cara”. Una justificación algo peregrina, ya que el único personaje que ha recibido ese tratamiento como de teatro kabuki es el pobre reverendo. El guión de Pratt ya es suficientemente potente como para darle fuerza a un personaje tan contradictorio y antipático como Black: no hacía falta convertirlo en un Darth Vader recién desembarcado del Mayflower.

Cinco años más tarde Pratt y Manara volverían a colaborar con El gaucho, una maravillosa historia de aventuras ambientada en las invasiones inglesas a Argentina de 1806 y 1807. Aquí Manara echa la casa por la ventana con las viñetas más llenas de detalles de toda su carrera: se notan la documentación intensiva y el mimo que dedica a los dibujos en el realismo de los uniformes militares y los barcos de guerra ingleses, laboriosamente dibujados con toda su arboladura. Maravilla entre maravillas, las escenas sexuales (cortesía de la coprotagonista Molly Malone, prostituta irlandesa y “chica Manara” de pleno derecho) están por una vez plenamente integradas en la narración y tienen un sentido y unas consecuencias.

El Gaucho demuestra que Manara es un magistral dibujante todoterreno que se ha visto lastrado por su propio personaje y la obsesión o necesidad de incluir una escena erótica por página, venga o no a cuento. Leer por ejemplo El Clic 4, con su magnífico dibujo y su pésimo guión, me trae a la cabeza las famosas listas de buenos actores en malas películas… Como Michael Caine en Tiburón 4, por seguir con las cuartas partes.

Por suerte, no fue Hugo Pratt el único buen escritor con que Manara ha contado en su carrera: le han dado argumentos artistas tan dispares como Pedro Almodóvar (de quien ilustró la tórrida novela corta Fuego en las entrañas), Neil Gaiman (que le encargó, cómo no, la historia de Deseo en Endless Nights) o el mismísimo Federico Fellini.

Manara vs Fellini

En 1984 Fellini conoció a Carlos Castaneda, el esquivo antropólogo peruano que afirmaba haberse convertido en chamán nagual tras un arduo aprendizaje con un brujo yaqui. Si no habéis leído Las enseñanzas de Don Juan o Viaje a Ixtlán os recomiendo vivamente que lo hagáis: independientemente de vuestro nivel de escepticismo resultan libros desconcertantes y divertidos, dos de las mejores cualidades que puede tener cualquier texto.

Fellini quedó fascinado, y esbozó junto a Tullio Pinelli un borrador de guión para una película que llamaría Viaje a Tulum. El productor Alberto Grimaldi pagó una cantidad indecente de dinero para llevar a Fellini y su comitiva de Roma a Los Ángeles y a la jungla de México en 1985, pero Castaneda desapareció de repente sin dar explicaciones y el proyecto se vino abajo dejando tras de sí deudas, un montón de buenas ideas y alguna experiencia paranormal que otra (Fellini recibiendo llamadas anónimas amenazadoras o encontrándose con su doble en una pirámide escalonada).

La experiencia místico-chamánica de Fellini se publicó por entregas en el Corriere della Sera en 1986, donde la leyó un fascinado Milo Manara. Cuando tuvo la oportunidad de conocer en Fellini en persona, durante el rodaje de E la nave va, aprovechó para preguntarle muerto de vergüenza si no le molestaría ver Viaje a Tulum convertido en cómic. Tuvo que ser todo un espectáculo, como recordaba sonriente Fellini: “Milo insistía con su sonrisa de niño bueno, los ojos radiantemente celestes y el flequillo de pelo de querubín: sólo le faltaba la trompeta dorada”. Fellini no sólo aceptó, sino que “adoptó” a Manara como amigo y aprendiz.

El cómic de Viaje a Tulum es extraño y en ocasiones sobrecogedor, con imágenes tan bellas como la del metafórico avión sumergido despegando desde el fondo del lago de Cinecittà. El detallismo realista desplegado en los cómics de Hugo Pratt se convierte aquí en inesperados quiebros surrealistas, composiciones luminosamente fantasmales y paisajes tan mexicanos como repentinamente oniricos. En principio iba a aparecer Fellini como coprotagonista, pero tras verse “demasiado guapo” en los primeros borradores, el director decidió delegar su aparición en Snaporaz, es decir, en Marcello Mastroianni, más que acostumbrado a hacer de alter ego felliniano. No es la única cara conocida que Manara retrata en Viaje a Tulum: se asoman por allí Jodorowsky, Moebius (que recita por cierto un texto un tanto deprimente sobre la muerte) y el propio Manara. En España se publicó por entregas en El País Semanal: de hecho tengo el vago recuerdo de haber topado siendo crío con la escena del avión submarino y preguntarme: “¿pero qué demonios es esto?”.

Para hablar de la segunda colaboración de Manara con Fellini tengo que retroceder un par de décadas. En 1965 Fellini escribió el guión de una extraña historia llamada El viaje de Mastorna, junto al escritor Dino Buzzatti, autor de la novela original, y Brunello Rodi, el guionista de La Dolce Vita. En la historia, el avión en que viaja el violoncelista Guido Mastorna sufre un accidente y aterriza en un oscuro pueblo nórdico poblado por encantadores de serpientes, mujeres bellísimas, el Papa… Allí el protagonista acabará descubriendo en un lóbrego giro de guión la naturaleza final de su viaje. Apenas arrancado el rodaje de la película Fellini empezó a sufrir repetidos ataques de ansiedad, que culminaron, según cuenta la leyenda, en un colapso sufrido cuando un vidente le profetizó al director que moriría al acabar la filmación. Fellini canceló el proyecto para gran enfado del productor Dino de Laurentiis, que interpuso una demanda de las que cuestan millones. No había nada que hacer: Fellini se había propuesto no filmar la aventura de Mastorna, y se dice que cuando le propusieron retormar la película en 1976 recibió una misteriosa llamada de teléfono que le hizo cancelar inmediatamente las negociaciones.

Para ayudar a su maestro a sacarse esa espina clavada, Manara le propuso ilustrar la historia en 1992, en un álbum tierno, melancólico y cariñoso que contiene de nuevo viñetas de una enorme belleza (el hipnótico aterrizaje forzoso, los momentos de felicidad de Guido tocando el violoncelo…). Nunca sabremos si la historia era gafe o no, pero el caso es que Fellini murió apenas unos meses después de que Mastorna emprendiera su último vuelo.

Manara vs Jodorowsky 

Fue el ubicuo Alejandro Jodorowsky (al que habrá que dedicar algún día un monográfico en Jot Down) quien le propuso a Manara ilustrar un guión sobre la familia Borgia que estaba desarrollando. Milo aceptó encantado, tomándose el encargo como una nueva oportunidad de dibujar ambientes renacentistas para los que ya se había mostrado especialmente dotado con la magistral historia corta Mors tua, vita mea (adoro ese cómic, por cierto: ocho intensísimas páginas de refinada crueldad).

Jodorowsky firma un guión divertidísimo que se centra en la demente dinámica familiar de los Borgia pasando por encima de nimios detalles como la verosimilitud o la fidelidad histórica.  Por ejemplo, en la aburrida vida real, Carlos VIII de Francia murió de una apoplejía al golpearse la cabeza contra una puerta mientras jugaba a la pelota (¡ay, esos franceses con los deportes!). Resulta mucho más épica, borbónica y apropiada al personaje la muerte que le destina Jodorowsky en Borgia: atrapado por la lava de un rugiente volcán en erupción instantes después de sodomizar a una prostituta. 

Históricamente Valencia ha sido siempre el territorio más psicotrónico de la península, así que no creo que nadie se extrañase de que  el primer papa de origen valenciano fuera un personaje tan propio de Mario Puzo como Alejandro VI Borgia/Borja. En esta jodorowskiana versión de El Padrino no aparece ninguna cabeza de caballo en la cama, pero sí 150 penes cortados embutidos en una bolsa a modo de advertencia. Es curioso comprobar cómo Manara se desenvuelve con maestría en este registro con toques gore, como el momento en que una embarazada de ocho meses es atravesada por la lanza de Micheletto, el Luca Brasi de Alejandro VI.

Las viñetas de Borgia son una auténtica maravilla gráfica, entre otras cosas porque Manara las dibuja al óleo en lugar de con la habitual acuarela (según él, porque el cumplidor Jodorowsky le fue enviando los guiones con más anticipación de la habitual). El resultado es una especie de preciosa Casta de los metabarones renacentista a la que sólo puedo reprochar que preste poca atención a Lucrecia Borgia, algo desdibujada a favor de su más aburrido hermano César.

Manara vs Carme Chacón

En artículos previos para Jot Down he hablado de varios artistas admirables que han tenido sin embargo duros encontronazos con feministas, o al menos con cierta forma miope de entender el feminismo. El shibari juguetón de Nobuyoshi Araki, las irónicas provocaciones de Helmut Newton, la incomprendida pandroginia de Genesis… Sin embargo, Manara no ha tenido nunca problemas con grupos feministas: en un encuentro con asociaciones de mujeres organizado en Siena (donde, por cierto, está teniendo lugar ahora mismo una interesante exposición) se llegó a la conclusión de que el prototipo de “chica Manara” es el de una mujer poderosa, tan segura de su sexualidad como una chica de Sexo en Nueva York y plenamente autodeterminada (“no hay un hombre que mueve los hilos, aparte de mí”, dice un Manara inconscientemente irónico).

Las chicas Manara están tan idealizadas que podrían ser consideradas superheroínas: a veces literalmente, como las X-Women que dibujó para Marvel con guión del legendario Chris Claremont, o la rediseñada Barbarella para un fallido remake de Robert Rodríguez. Y probablemente ahora haré levantar alguna ceja, pero otro ejemplo de chica Manara feminista fue Carme Chacón: cuando fue nombrada Ministra de Defensa estando embarazada, Berlusconi soltó alguna de sus inconveniencias (algo sobre el “gobierno rosa de Zapatero”, si no recuerdo mal). Manara salió en defensa de la de Defensa, valga la redundancia, dibujando una muy comentada ilustración alegórica para la portada de El Periódico.

Manara vs Sudáfrica

Hay una diferencia fundamental entre los artistas polémicos que he mencionado antes y Manara: la autocensura. Araki o Newton han hecho siempre lo que les ha salido de las gónadas y se han preocupado después de las leyes incumplidas o la masa enfurecida de turno que pidiera su cabeza. En cambio, Manara comenta en esta entrevista: normalmente trabajo con los editores y aplico una forma de censura preventiva para no correr el riesgo de que retiren la publicación. La única vez que me han censurado fue en Sudáfrica, antes de Mandela, donde me prohibieron tres libros cuando, por ejemplo, Marcuse sólo tenía prohibidos dos”. En cualquier caso, ese choque con la censura fue algo tan excepcional que Manara enmarcó un recorte de periódico con la lista de libros prohibidos, como un exótico souvenir. Y es que no hay muchas razones para censurar los cómics de Manara, desprovistos tanto del mordiente político de sus trabajos de juventud como de incursiones en el hardcore o en sexualidades alternativas: “nunca he hecho cosas tan chocantes que se tengan que censurar”. Y ya está bien que sea así: Manara es el maestro del softcore elegante, no de la provocación o la vanguardia. O, dicho de otro modo: “el erotismo que yo dibujo quiere ser algo tranquilizante”.

Eso no significa que no lance guiños, por ejemplo, al mundillo del sadomasoquismo erótico: en la deliciosa historia breve Piercing, por ejemplo, o cuando ilustró el relato corto de Jean-Pierre Enard El arte del azote, sacando partido de su habilidad sobrenatural para retratar preciosos culos femeninos. El resultado es notable pero no magnífico: de Enard resulta mucho más divertido y lujurioso Cuentos para enrojecer a caperucitas, y en cuanto a azotes, sin duda es mejor el Elogio de la azotaina de Jacques Serguine.

Manara vs Chanel

Del mismo modo que algunas de las mejores fotografías de Newton nacieron gracias a encargos publicitarios, han aparecido en los últimos años muchos dibujos de Manara realmente excepcionales fruto de encargos de marcas comerciales. Libre de la necesidad de guionizar o de adaptarse a una narración ajena, Manara se puede concentrar en lo que se le da realmente bien: hacer lucir la belleza femenina. Sin embargo, su actitud hacia la publicidad es un tanto esquizofrénica, criticando en varias entrevistas que se use el cuerpo femenino para promocionar cualquier cosa y haciendo exactamente eso mismo acto seguido.

Verbigracia: en 2005 Chanel decidió echar la casa por la ventana y contratar a Luc Besson para que dirigiera un spot televisivo en el que una sexy Caperucita Roja haría callar al mismísimo Lobo Feroz con un susurro y una media sonrisa… El anuncio se hizo increíblemente popular (“viral”, diríamos hoy en día). Pues bien, parte del mérito es de las magníficas ilutraciones previas para el storyboard que dibujó Manara. También han sido muy publicitados otros encargos recientes como el poster promocional de la ciudad de Rimini, el catálogo de vinos de Vila Viniteca o la reciente colaboración con la barcelonesa Nekko Design para una línea de mesas futuristas.

Sin embargo, mi trabajo publicitario preferido de Manara es la campaña que diseñó para la marca de lencería Yamamay en 2007: cinco luminosos dibujos de mujeres alegres, elegantes y conscientes de su sexualidad que me servirán para cerrar este monográfico con una imagen que demuestra por qué llamar a alguien “chica Manara” es un fantástico piropo.

 

36 comentarios

  • Aquí un cartel que hizo Milo Manara para el partido Democrazia Proletaria (ahora miembro de Rifondazione Comunista)

    http://ddd.uab.cat/pub/cartellsjvinyals/1987/cartelljvinyals_220.jpg

    • ¡Qué chulo, gracias por traerlo! :-) Uno de mis momentos surreales favoritos de “HP y Giuseppe Bergman”, que comento en el texto, es el momento en que un guerrillero latinoamericano (con un cierto aire al Che en este poster) le da una paliza al alter ego de Manara…

  • cuanta informacion! muy buen articulo y un monton de cosas que no sabia muy bien explicadas.

  • Excelente artículo.
    Como humilde poseedor de un póster que preside su estudio de grabación y edición y en el que una poderosa hembra de Manara simula orinar sobre un afortunado sumiso yacente usando un botellín de sidra a modo de pene (cartel publicitario de una marca de sidra anterior a la famosa escena de Abierto hasta el amanecer), sólo añadiría el detalle de que esa Barbarella de cómic, que adquirió el cuerpo de Jane Fonda en pantalla, y que parece ser el modelo de la “mujer Manara” estaba claramente inspirada en Brigitte Bardot, la diosa de los 60.

    Roger Vadim, director de la peli, se las ventiló a las dos, el tío cerdo.

    • ¡Gracias! :-)

      El poster es una maravilla, gracias por traerlo aquí… No paran de aparecer campañas publicitarias diseñadas por Manara: no tenía ni idea de que hubiera participado en tantas.

      Bien visto lo de Barbarella-Brigitte Bardot, por cierto. Los personajes de cómic le sientan MUY bien a la Bardot: se me aparece en la cabeza cantando “Comic strip” de Gainsbourg y me dan mareos y todo.

  • Sois los mejores. Vaya pedazo de artículo :)

    @Quentin Sabes donde puedo conseguir ese poster en buena resolución para imprimirlo?

  • Extensísimo y excelente artículo, Josep.

    Una escena de Avere vent’anni que se me hace muy manaresca : Gloria Guida y Lilli Carati en estado de gracia -atención a los shorts- ante la mirada pasmada de decenas de transeuntes.

    http://www.youtube.com/watch?v=GhWTl1FM6VE

    Y por cierto, Manara aterriza este año en Barcelona para el Salón del Cómic, según la web de ficomic.

    Un saludo!

    • ¡Muchas gracias! :)

      No conocía esa película, pero efectivamente las actrices de la escena que has traído podrían ser perfectamente ejemplos de “chicas Manara”, tanto por aspecto como por actitud. Especialmente la morena de pelo rizado, diría yo.

      Y qué gran noticia lo de Manara en el Salón del Cómic, no lo sabía… ¡Quedan ya menos de dos meses, estaré atento!

  • Un tirón de orejas: Al igual que pasa con la despedida de Moebius se os ha olvidado etiquetar el artículo dentro de la categoría de cómic, y cuando dejen de estar en portada no va a ser fácil encontralos.

    • Cuando dejan de estar en portada es cuando se etiquetan en su categoría correspondiente.

      Saludos :-)

  • Josep, tampoco es para tanto, qué idealización de los culos de Manara.

    Uno, sin ser un fueraserie, ha dispuesto para su regocijo de algunos culos manarianos. Lo cual que no debe de ser tan infrecuente. O he tenido mucha suerte, a saber.

    Eso sí, los he apreciado y honrado como se merecen.

    • Jaja, hombre, no sólo los culos de Manara existen fuera de sus páginas: también las piernas inacabables, los pechos bien formados y todo el pack. Vamos, que predicas al converso (lo que recomendar en el texto el “Elogio de la azotaina” no es casualidad)… Pero lo extraño es que el 99% de las mujeres dibujadas por Manara tengan todos esos atributos a un tiempo. Mientras escribía el artículo intenté recordar alguna mujer “diferente” dibujada por Manara y a primera vista sólo me salían las malvadas monjas que retienen a Lucrecia en Los Borgia…

  • En estos momentos y hasta 9/Abril/2012 tiene lugar en Siena una magnífica exposición sobre comics, carteles, colaboración con otro artistas,etc. Imprescindible para sus admiradores. Es en la sala de Sta, Mª della Scala, en la plaza de la catedral.Info: http://www.turismo.intoscana.it

    • En efecto, tiene pinta de ser una exposición fantástica y muy completa: lástima que mi presupuesto para viajes (bueno, y para cualquier cosa) esté bajo mínimos. A ver si en el Salón del Cómic le organizan algún tipo de retrospectiva, exposición o similar, aprovechando que le traen…

  • Gracias por la info :-)

  • ¿Soy el único al que las caras de las tías dibujadas por Manara le da un mal rollo de la hostia? Parecen medio psicópatas medio mongolas.

    • En el artículo comento que mientras echaba un vistazo a los primeros dibujos profesionales de Manara en “Genius”, lo que más me llamó la atención fue que los cuerpos ya los dibujaba realmente bien, pero las caras se le resistían… Pero no tengo mucho que objetar a las expresiones faciales que dibuja a partir de los primeros ochenta, EXCEPTO cuando les hace sacar la lengua venga o no a cuento. El efecto “más que lúbrica parece tonta” que comentas sí se produce a mi entender en dibujos como éste, que fue portada (incomprensiblemente) de una edición de tapa blanda de Gulliveriana:

      http://dreamers.com/maestrosdelcomic/assets/images/GulliverianaPocketCover.jpg

      Esa especie de cortocircuitos faciales que les dan de vez en cuando a las “chicas Manara” me los tomo como cuando a una supermodelo la sacan fea o poniendo cara rara en una foto. A todo el mundo le pasa, si me pinchas también sangro, sic transit gloria mundi, etcétera etcétera.

      • Lo de sacar la lengua, ¿no puede parecer un signo claro de excitación? pienso igual que tú
        pero no se porque me da por pensar que a los italianos les encanta ese gesto provocativo.
        Algo que se ve mucho en la pornografía o fotografías eróticas y es como una muestra de lo mucho que está disfrutando la mujer.
        No entiendo muy bien el por qué

        • A mí el gesto de sacar la lengua, mejor si es un poquito y por el lateral de la boca, me puede parecer muy provocativo en según qué contextos (además de excitación, puede denotar concentración o dedicación)… Pero es un momento muy difícil de captar en un dibujo o fotografía y que quede realmente bien: supongo que hay que verlo en directo.

  • Excelente artículo desde el principio hasta el final. Muchas gracias por la referencia a mi trabajo. Saludos cordiales.

    • ¡Me alegra que te haya gustado el artículo! :) Y el que está agradecido soy yo: ha sido un placer encontrar una página que documente con imágenes uno de los cómics más interesantes y menos conocidos del maestro Manara… Un cordial saludo.

  • Excelente artículo, gracias!!! Este es uno de esos momentos en los que me duele haber vendido mi colección de cómics :(

  • Jaja, sí, conozco la sensación, por desgracia… Pero no pasa nada, los llevamos grabados a fuego en el cerebro.

  • ¡Me han distraido los dibujos!

  • Magnífico artículo, lo he guardado entre mis marcadores para releerlo. Explicas muchas cosas de Milo Manara que no conocía. Excelente trabajo, un abrazo desde el Neoverso. ¡Nos leémos!

  • Enamorada del mundo de Manara, desde muy jovencita, vivo en él todos los días, en mi imaginación. La mujer sensual no solo a los ojos de un hombre sino también de una mujer (aunque no te gusten las mujeres).
    Es ya un símbolo de la mujer sensual por antonomasia.

  • …….fantastico!me agrada el dibujo……

  • Manara inventaba, pero también copiaba muchas imágenes del Playboy y Penthouse y las fusilaba…

  • Excelente artículo. Pero hay varios enlaces rotos…

  • Me han encantado tus artículos! Que de verdad son unas monografías con todas las de la ley.
    Nunca había vuelto a interesarme por el mundo del cómic hasta tener el placer de leerlos.
    Saludos!

  • Excelente artículo me tomé el atrevimiento de poner una entrada con enlace en mi blog, un abrazo y gracias

  • Excelente estudio. Le dejo este enlace (algo más humilde) pero también aporta. Un abrazo

    Resistencia Realista: Las claves del éxito de Milo Manara (1)
    resistenciarealista.blogspot.com

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