Arquitectura milagrosa

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Arquitectura milagrosa. Hazañas de los arquitectos estrella en la España del Guggenheim
Llàtzer Moix
Editorial Anagrama, 2010

Museo Guggenheim de Bilbao solo hay uno (aunque no lo parezca), pero en los últimos 15 años, que son los que lleva abierto el edificio de Frank Gehry, numerosas ciudades españolas quisieron clonar el modelo: crear una gran obra arquitectónica como emblema urbano que atrajera masas de turistas. Había dinero, había trabajo y había políticos con ganas de tener su propio Guggenheim a toda costa. Y para ello, entregaron el dinero de las arcas públicas a arquitectos estrella, una práctica con tantas garantías de éxito como dar dos pistolas a un chimpancé. Aunque depende de lo que cada cual considere éxito, claro está. Este es el punto de partida del libro (el efecto Guggenheim, no los simios armados), en el que se hace un recorrido por la burbuja de arquitectura singular que asoló la geografía española, con inevitables paradas en Valencia (Ciudad de las Artes y las Ciencias), Santiago de Compostela (Ciudad de la Cultura), Barcelona (Fórum), Zaragoza (Expo 2008), etc. en donde los nombres de Herzog & De Meuron, Peter Eisenman, Zaha Hadid o Jean Nouvel se utilizaron de escaparate (tanto o más llamativo que la propia obra construida) internacional.

Es bastante curioso el caso del museo de Gehry. Era un edificio que muy pocos querían, tanto por el enorme desembolso que supuso (cuando Bilbao tenía otras necesidades en apariencia más prioritarias) como porque muchos pensaban que no era buena idea la construcción de un contenedor de arte en el que iba a primar lo de fuera y donde además no se tenía el control (ni la propiedad) sobre las colecciones que se iban a exponer. Pero la transformación de Bilbao estaba lanzada además del Guggenheim, como nos dijo su alcalde Iñaki Azkuna, desde un red de metro con estaciones diseñadas por Norman Foster, junto con otras edificaciones singulares (el Palacio Euskalduna, la rehabilitación del Museo de Bellas Artes, la Alhóndiga…) pero sin dejar de lado la importante regeneración ambiental del entorno del Nervión, por aquel entonces conocido cariñosamente por algunos como Río Chocolate, por la textura, que no el olor. Este fue un detalle que se escapó voluntaria o involuntariamente a los políticos que intentaron repetir en sus dominios el efecto Guggenheim: no fue solo el edificio, la ciudad tenía claro hacia dónde quería ir; no plantaron una coliflor metálica pegada a la ría y les sonó la flauta por casualidad.

Ya han pasado un par de años desde la publicación de Arquitectura milagrosa, pero su vigencia es total a día de hoy como prueba documental sobre la desgracia que es tener en el poder a políticos inconscientes, envidiosos, cortoplacistas y esclavos de las apariencias y del qué dirán (y que, desgraciadamente, son un reflejo de la sociedad que les vota). Aunque también se repasan iniciativas privadas como por ejemplo la euforia constructiva de los bodegueros o el Cuatro Torres Business Area de Madrid, se tratan de eso mismo: iniciativas privadas, allá ellos con sus gastos. Lo que resulta realmente vergonzoso es utilizar dinero público para medrar. Y eso es lo que nos cuenta Moix a través de las crónicas de sus visitas a varias ciudades y entrevistas a distintos protagonistas, con un lenguaje claro alejado de tecnicismos arquitectónicos que por lo general son disuasorios para muchos lectores.

Especialmente llamativos son los trapos sucios que esconden opacos concursos públicos que son capaces de otorgar el primer premio a un edificio de planta cuadrada y, cuando se construye, resulta que este es triangular. No hace falta saber mucho de geometría para entender que algo no encaja. O en otros casos, en los que el pliego del concurso podía llegar a ser tan restrictivo en el acceso de los participantes como sugerir que los concursantes debían haber ganado el Pritzker, el galardón más reconocido en el mundo de la arquitectura. Para hacernos una idea, es como si en los Oscars solo se permitiera concursar a películas que estuvieran dirigidas por ganadores del premio de la Academia. Todo por tener una firma de prestigio. Y esa exclusividad se pagaba a un precio muy alto, aunque daba lugar a divertidas situaciones fruto de la excentricidad de las supervedettes de la arquitectura; sin poner nombres, cito algunos casos que se recogen en el libro: en cierta obra, la mayor discusión se produjo a raíz de la desaparición del casco negro del arquitecto, un objeto imprescindible para el desarrollo de los trabajos porque hacía juego con su habitual indumentaria de luto. En otra ocasión, a otra estrella se le adjudicó un concurso, redactó el proyecto y dirigió la construcción, pero en todo ese tiempo solo pisó tres veces la ciudad donde se ubicaba la obra. Y por último, otro arquitecto tuvo que ser preguntado si en el precio de una maqueta había incluido por error un cero de más…

… bueno, este último caso creo que es bastante fácil de adivinar. Los otros tendrán que descubrirlos, junto a un montón de situaciones absurdas que podrían ser tomadas a risa si no fuera porque estos gags nos han costado miles de millones de euros.

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