¿Existe Dios? (III) El argumento del mal - Jot Down Cultural Magazine

¿Existe Dios? (III) El argumento del mal

Publicado por

El Bosco
Si Dios es bondadoso, si Dios lo puede todo, ¿por qué el mundo está repleto de dolor, sufrimiento e injusticia? Si Dios ama al ser humano y se preocupa por cada uno de nosotros, ¿por qué no evita los males innecesarios que nos afligen a lo largo de la vida? ¿Es la existencia del mal la demostración definitiva de que un Dios bondadoso no existe?

La aparente incompatibilidad entre la presencia del mal en el mundo y la supuesta existencia de un Dios bondadoso y todopoderoso —el cual, en principio, debería impedir que se produzca dicho mal— constituye una de las objeciones más reiteradas a las que han tenido que hacer frente los defensores de la existencia de ese Dios benigno. Si en las entregas anteriores discutimos dos de los principales y más antiguos razonamientos que se han presentado en favor de la existencia de Dios: el argumento cosmológico (si el universo existe, debe tener una causa) y el argumento teleológico (el universo parece diseñado con un orden y propósito), vamos ahora a tratar un razonamiento también muy antiguo, pero que no ha sido esgrimido a favor de la existencia de Dios sino en contra. Este razonamiento es conocido por diversos nombres, por ejemplo argumento del mal, problema del mal o (en oriente) problema de la injusticia. Aunque la denominación más conocida o al menos la más tradicional en occidente es la de “Paradoja de Epicuro”.

Trataremos de resumir en qué consiste dicha paradoja y repasaremos algunas de las principales contestaciones que han surgido desde la teodicea, la defensa racional de la existencia de Dios. Aunque el argumento del mal puede aplicarse a diversas religiones y fue planteado mucho antes de que surgiera el cristianismo, la teodicea cristiana ha sido —con mucho— la más activa a la hora de intentar refutarlo. Esta paradoja pone en solfa alguno de los dogmas fundamentales de la religión cristiana, como la idea de que Dios es bondadoso y se preocupa por el ser humano. ¿Cuál es el estado actual del argumento? El cristianismo, como otras religiones, ha presentado respuestas que generalmente sólo funcionan dentro de sus propios sistemas de creencias, y desde una perspectiva externa al dogma religioso se considera que la Paradoja de Epicuro no ha podido ser refutada.

El origen histórico del argumento del mal

“¿No es acaso una lucha la vida del hombre sobre la tierra? ¿No son sus días como los duros días del jornalero? Como el siervo, el hombre suspira por la sombra. Como el jornalero, suspira por el reposo. Durante meses he padecido calamidades y he recibido por toda recompensa noches de sufrimiento. Al acostarme me pregunto cuándo me levantaré, pero larga es la noche. Así permanezco, repleto de inquietud, hasta el alba. Mi carne está cubierta por gusanos y costras, está mi piel hendida y abominable. Mis días pasaron con la rapidez del tirador de una máquina de tejer y murieron sin esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo y que mis ojos no volverán a ver el bien. […] Abomino de mi vida. No he de vivir por siempre, así que déjame, pues resultaron mis días completamente vanos. ¿Qué es el hombre para que Tú lo engrandezcas, para que deposites en él tu corazón, para que lo visites todas las mañanas y en todo momento lo pongas a prueba? ¿Cuándo apartarás de mí Tu mirada? ¿Hasta cuándo no me dejarás tranquilo, no me dejarás de vigilar ni aun cuando trago saliva? Si he pecado, ¿qué puedo hacer por Ti, oh, Guardián de los hombres? ¿Por qué me usas como diana hasta convertirme en una pesada carga para mí mismo? ¿Por qué no apagas mi rebelión y perdonas mi iniquidad? Ahora dormiré en el polvo; si me buscares mañana, ya no existiré” (Libro de Job, Antiguo Testamento)

En el Louvre podemos visitar un busto de Epicuro, creador de la paradoja que el cristianismo ha intentado refutar durante dos mil años.

En el Louvre podemos visitar un busto de Epicuro, creador de la paradoja que el cristianismo ha intentado refutar durante dos mil años.

El Libro de Job narra la historia de un hombre pío, un entregado siervo de Jehová que mantiene inquebrantable su fe incluso en mitad de terribles desgracias y sufrimientos. Tal es así, que su abnegación asombra a sus amigos y exaspera a su propia esposa, quien llega a estar harta de Job y su conformismo ante las penurias de la vida, diciéndole en mitad de una disputa doméstica: “¡Maldice a tu Dios y después muérete!”. Sin embargo, pese a lo que reza el refrán popular, incluso la paciencia de Job tiene un límite. Son tantos los sinsabores e infortunios a los que tiene que hacer frente que no puede evitar sentirse sobrepasado. Vencido por el desánimo, empieza a lamentar la amarga existencia que se ve obligado a afrontar y en sus momentos de mayor desesperación llega incluso a renegar de Jehová… aunque dado que la narración fue escrita con propósitos aleccionadores, Job termina reconciliándose con Jehová y encontrando un sentido religioso a sus padecimientos.

Este relato, por muchos considerado como uno de los de mayor valor literario de la Biblia, es un texto que intenta aleccionar al lector sobre la fe que supera toda prueba. Job se hace las preguntas típicas del creyente que sufre: ¿Por qué quiere Dios que yo padezca? ¿Por qué no me recompensa por mis buenas acciones y en cambio parece castigarme? Sin embargo, no podemos considerar las respuestas ofrecidas por el Libro de Job como convincentes. No es un texto analítico, sino sermoneador. Con todo, es un relato ilustrativo sobre la antigüedad del argumento del mal, poniendo de manifiesto que incluso en la remota época en que fue escrito (entre los siglos III y V a. C.), dicha cuestión ya estaba bien presente en el pensamiento religioso hasta el punto de ocupar todo un libro del Antiguo Testamento.

De hecho, el Libro de Job puede sernos el mejor conocido, pero ni siquiera es la primera referencia escrita al problema del mal. Podemos remontarnos incluso a la vieja Mesopotamia: el poema acadio Ludlul bel nemeqi (Alabaré al Señor de Sabiduría) narra una historia similar a la Job, aunque escrita con mucha mayor anterioridad, entre los siglos XII y XIV a.C. Esto es, unos mil años antes de su homólogo en el Antiguo Testamento. Al protagonista de este poema, llamado Shubshi-Meshre-Shakkan, se lo cita en ocasiones como el “Job mesopotámico” porque la narración tiene trazos similares: Shubshi también se lamenta de que siendo un hombre justo que cumple escrupulosamente sus deberes para con los dioses, el destino le reserva infortunios, injusticias y sufrimientos de toda índole. Alabaré al Señor de Sabiduría es un relato igualmente moralizante que defiende la confianza en los dioses frente a las dudas planteadas por el sufrimiento. También muy anterior al Libro de Job es el relato egipcio El campesino elocuente, fechado hacia el siglo XIV a.C., que aun teniendo otros propósitos y tratando otras temáticas, presenta también algunas reflexiones que podemos englobar en este mismo argumento del mal. Así pues, podemos comprobar que la pregunta “¿por qué los dioses permiten el mal en el mundo?” se remonta a los principios de la Historia. Sin embargo, los textos citados no dejan de ser trabajos de ficción con intención aleccionadora que tienen escasa vocación de rigor argumental. Son pura literatura de predicación, concebida a priori desde una defensa de los respectivos dogmas religiosos de cada autor.

Que nos conste, no fue hasta el periodo de Grecia clásica cuando la aparente incompatibilidad entre la existencia del mal y la unos dioses benignos fue planteada de modo verdaderamente analítico, intentando hallar una respuesta racional al asunto, sin partir de la defensa a ultranza de los presupuestos dogmáticos de una religión concreta. Se suele considerar que el más antiguo pensador que resumió las preguntas en torno al mal en una formulación que pudiera discutirse racionalmente fue el filósofo griego Epicuro de Samos, que vivió entre los siglos IV y III a.C. Será el primero en plantear el argumento del mal en forma de paradoja lógica, por lo cual será bautizada como “paradoja de Epicuro”. En realidad, dicha paradoja no nos ha llegado del propio puño y letra de Epicuro, de cuyos trabajos originales únicamente se conservaron tres cartas y una serie de sentencias —las Máximas Capitales— transcritas por Diógenes Laercio, pero se le atribuye a él porque en la Antigüedad nadie parecía tener dudas acerca de su autoría de la paradoja. De hecho, la Paradoja de Epicuro fue citada en diversas ocasiones por pensadores de siglos posteriores, especialmente en el ámbito del Imperio Romano. En el siglo I a.C. el poeta Lucrecio la recogió, junto con otras partes del pensamiento epicúreo, en su obra De rerum natura. Más adelante, en tiempos posteriores a la supuesta existencia de Jesús, algunos de los primeros apologistas cristianos —muy empeñados en hallar una contestación a la paradoja— volvieron a citarla, nuevamente poniéndola en boca de Epicuro. Tertuliano, uno de los primeros “padres de la Iglesia”, citó el argumento en el siglo III d.C., aunque quizá el mayor responsable de la popularización de la paradoja fue Lucio Lactancio (consejero de Constantino I, el primer emperador romano que profesó el cristianismo). Lactancio también citó a Epicuro con el afán de contradecirlo y es gracias a él por lo que conocemos la formulación que del argumento había hecho el pensador griego, que sería más o menos así:

O Dios quiere evitar el mal y no puede (entonces no es omnipotente), o puede pero no quiere (entonces no es bondadoso), o no quiere y no puede (entonces no es ni omnipotente ni bondadoso), o puede y quiere (pero sabemos que esto es incierto dado que sabemos que el mal existe).

O formulada de otro modo, aunque viene a decir lo mismo:

a) Dios es bondadoso y omnipotente
pero
b) El mal existe

Por lo tanto:
— Si el mal existe porque Dios no quiere evitarlo, entonces Dios no es bondadoso.
—Si el mal existe porque Dios no puede evitarlo, entonces no es omnipotente.
…de lo que concluimos que la premisa “a” es falsa.

La paradoja de Epicuro ha sido tratada en épocas posteriores por importantísimos apologistas como Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Martín Lutero y Calvino, o por filósofos de diversa índole como Hume, Kant, Hegel o Leibniz, quien dedicó al asunto su Ensayo de Teodicea; sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal, ensayo que sirvió por cierto para bautizar como “teodicea” toda aquella disciplina filosófica que se ocupa de intentar justificar la existencia de Dios mediante la razón.

Algunas consideraciones respecto al argumento del mal

Lucio Lactancio intentó contradecir a Epicuro; gracias a ello conocemos su formulación original del argumento del mal.

Lucio Lactancio intentó contradecir a Epicuro; gracias a ello conocemos su formulación original del argumento del mal.

El argumento del mal puede servir para negar la existencia de un dios, pero no de cualquier dios. Únicamente niega a un dios que tenga las dos características básicas de omnipotencia y benevolencia. Parece ser que el propio Epicuro, aunque no era un hombre religioso, no se molestaba en negar con empeño la existencia de los dioses. Se limitaba a afirmar que por lo concerniente a él, los dioses no eran bondadosos ni se apiadaban del ser humano, se mostraban indiferentes al hombre y no se preocupaban lo más mínimo por lo que a este pudiera sucederle. Ello de por sí le servía para sugerir una vida alejada de la religión. En cambio, con la aparición y popularización del cristianismo, la Paradoja de Epicuro se convirtió en un verdadero problema teológico aparentemente imposible de resolver. El cristianismo defendía, ante todo, la existencia de un Dios paternal, benévolo y amante del ser humano. En cambio, la paradoja plantea que la existencia del mal sí resulta incompatible con la existencia de dicho Dios benévolo. Así, no resulta extraño que la religión cristiana se convirtiera rápidamente en la más preocupada (aunque no la única) en tratar de resolver dicha paradoja. La negación de la bondad de Dios ataca en su misma base el dogma cristiano y, desde un punto de vista estrictamente racional, su sistema de creencias no se sostendría.

Ahora bien, ¿a qué nos referimos con “el mal”? Para entendernos, hablamos de “mal” como de cualquier acontecimiento que haga sufrir al ser humano, ya sea un mal intencionado causado por otros seres humanos o por entes maléficos, ya sea un mal no intencionado mero producto de accidentes naturales, enfermedades, etc. Es importante hacer notar que en nuestro razonamiento, “mal” no equivale a “pecado”, aunque en las contestaciones religiosos a menudo aparezcan ambos conceptos íntimamente ligados, incluso llegando a confundirse.

La Paradoja de Epicuro es, pues, uno de los problemas filosóficos más importantes con los que se han enfrentado muchas de las principales religiones. Como ya hemos visto, desde Mesopotamia y el Imperio Romano hasta hoy día, uno de los mayores objetivos de la teodicea ha sido demostrar al no creyente que existen buenos motivos para explicar cómo pueden compatibilizarse la existencia del mal con la de ese Dios protector y bienintencionado.

De todos esos intentos, hay algunos más interesantes que otros, por descontado. Han abundado las respuestas dogmáticas, esto es: aquellas que requieren que creamos de antemano en algún dogma religioso concreto (por ejemplo, la existencia del pecado original) para que podamos darlas por respuestas satisfactorias. Este tipo de respuestas dogmáticas están más dirigidas a reafirmar lo que los seguidores de una religión ya creen, y no tanto a afrontar honesta y analíticamente la cuestión. Sin embargo, ha habido otros pensadores —incluso dentro de las propias corrientes religiosas— que realmente han intentado presentar una respuesta razonable que pueda ser aceptada por quienes no comparten sus dogmas. Sin embargo, estos esfuerzos han sido vanos. Se considera que la paradoja de Epicuro permanece sin resolver porque incluso bajo las mejores intenciones sucede también que las respuestas presentadas terminan en un círculo vicioso donde no se las puede dar por buenas sin asumir antes algún dogma religioso como cierto. Pero vayamos con un repaso de algunas de las principales respuestas a la paradoja.

Las primeras respuestas mitológicas a la Paradoja de Epicuro

“El padre celestial hace que el sol salga sobre los malvados y sobre los buenos, envía lluvia a los justos y a los injustos” (Jesús, en el Evangelio)

Las religiones cuyos sistemas de creencias se han visto afectados por el problema del mal, generalmente se han preocupado por hallar en primer lugar una contestación que tranquilice y satisfaga a sus fieles. Sin embargo, estas respuestas “de emergencia” solían ser de naturaleza mitológica y no resultaban nada convincentes para quienes eran ajenos a la doctrina de esa misma religión. En este sentido, algunas de las respuestas más antiguas tendían a intentar “descargar” a Dios de cualquier responsabilidad directa sobre la existencia del mal. Así, para evitar en el creyente la desazón de pensar que Dios —como origen de todo— es también el origen del mal, achacaban el mal a una causa externa a ese Dios. Así, surgen los agentes maléficos que actúan como contrapoder o reverso de la bondad divina, como por ejemplo la figura de Satanás. Sin embargo, esta visión mitológica no resuelve la paradoja, porque sigue estando presente la pregunta: “si Dios no originó el mal pero el mal sigue existiendo por causa de un ente maléfico, ¿por qué no erradica Dios a dicho ente maléfico?”. Muerto el perro, se acabó la rabia.

La reencarnación justifica la existencia del mal mediante el mito del karma.

La reencarnación justifica la existencia del mal mediante el mito del karma.

Naturalmente, este tipo de justificación mitológica de la bondad de Dios flojeaba ante un mínimo examen, así que tarde o temprano se planteaban otro tipo de explicaciones también de índole mitológica, pero más elaboradas. Por ejemplo, aquellas que se centraban en conceptos como el equilibrio o la compensación: quien sufría males en esta vida terrenal sería compensado por ello en una futura existencia celestial. O, en aquellas tradiciones donde se contempla la posibilidad de la reencarnación, aparecía el concepto de karma: los males de la vida actual son originados por las malas acciones en vidas anteriores, pero las buenas acciones actuales serán compensadas con una vida futura repleta de felicidad. Estas explicaciones recurren de nuevo a la mitología: para darlas por válidas hay que creer de antemano en una vida más allá de la muerte física, porque será allí donde se manifestará finalmente la bondad de Dios o el equilibrio del karma. A quien no crea en un Más Allá, este argumento le resultará inútil como supuesta refutación de la paradoja epicúrea.

Pero hay más: esta explicación basada en la compensación no solamente resultaba insuficiente para los ateos o agnósticos, sino que se antojaba poco satisfactoria incluso a ojos de algunos pensadores religiosos. El principal problema que presenta es la aparente desconexión entre los actos de la vida terrenal y sus consecuencias en esta misma vida física, antes de que sean compensados en el Más Allá. Es decir: si antes de la muerte no existe una correspondencia directa entre la naturaleza moral de un individuo y la magnitud de los males que le afligen durante la vida terrenal (como bien se quejaba Job en la Biblia), eso demuestra que Dios ha decidido no intervenir en el mundo físico ni con castigos ni con recompensas. O sea, justo lo que Epicuro afirmaba. Esto choca de frente con el núcleo de diversas religiones, pero muy particularmente con el de la religión cristiana, desarrollada en torno al mito central de una intervención directa de Dios en la vida terrenal: el nacimiento sobrenatural de Jesús.

El mal como consecuencia del pecado

“Todos somos impuros y estamos infectados por el pecado” (Libro de Isaías, la Biblia)

La falta de contingencia entre los actos de un hombre y los premios o castigos que sufre en la vida terrenal precisaba de una explicación más concreta que la simple atribución de recompensas ultramundanas. Toda religión que asuma como necesaria en su dogma una intervención divina en el mundo físico, como sucede con la cristiana (o musulmana, etc.) ha de encontrarle una respuesta a esa falta de contingencia. Quizá la principal es la resumida por San Agustín de Hipona: Dios —en su infinita bondad— creó un mundo repleto de bien, porque en su perfección no podía generar mal alguno. Pero el ser humano eligió darle la espalda a Dios y apartarse del bien, lo cual es el origen de todas sus aflicciones. La visión de Agustín es consistente con la noción de “pecado original”: cuando el hombre renuncia al bien absoluto, se produce como consecuencia la aparición del mal. Sin embargo, esta idea también requería una mayor elaboración, porque planteada así también resultaba insatisfactoria. Por ejemplo: si se produce un terremoto y Dios no lo evita porque el hombre le ha dado la espalda, ¿es que Dios creó un mundo que está repleto de peligros salvo que él decida intervenir directamente para salvaguardar al hombre de ellos? Esto volvería a poner la responsabilidad directa de la existencia del mal sobre los hombros divinos.

San Agustín defendía que el mal no existe, sino como mera ausencia del bien.

San Agustín defendía que el mal no existe, sino como mera ausencia del bien.

Otro problema de la relación entre pecado y aparición del mal es la consideración de cuáles son los actos que Dios considera como “darle la espalda”. ¿Qué es lo que necesita Dios para que el hombre le demuestre que no le ha dado la espalda? ¿Requiere Dios obediencia ciega, o se conforma con que el hombre realice únicamente actos buenos? Y de ser así, ¿con qué criterio decide Dios qué actos son buenos o cuáles son malos? Es decir, si el mal existe como consecuencia del pecado, ¿estamos seguros de que la religión acierta a la hora de dictaminar qué es un pecado?

Estas preguntas también son antiguas. Ya Platón las planteaba en su obra Eutifrón, donde se cuestiona si Dios premia los actos morales porque son intrínsecamente buenos, o si consideramos un acto moral como bueno únicamente en el caso de que sea exactamente lo que Dios desea que hagamos. Recordemos el relato bíblico en que Abraham está dispuesto a sacrificar la vida de su hijo Isaac porque Jehová así se lo pide: en la mente de Abraham, el asesinato de su propio hijo es moralmente aceptable dado que responde a la voluntad divina. Un acto aparentemente inmoral se convierte en bueno a ojos del creyente porque implica obediencia ciega a Dios. Pero Platón, entre otros, afirma que semejante moralidad basada en el deseo divino es una moralidad arbitraria y por tanto no se puede considerar como una moralidad verdadera. Según el filósofo griego, un acto moral, para ser considerado como tal, ha de ser intrínsecamente bueno. Es el hombre quien debe juzgar la bondad de ese acto. Si un acto es bueno per se, el hombre debe hacerlo más allá de que a Dios le parezca bien o no. Un concepto retomado entre otros por Kant en sus “imperativos categóricos”.

Esto, naturalmente, desvincularía a Dios de los conceptos de bien y moralidad. Volveríamos al punto expresado por Epicuro: conviene vivir haciendo como que Dios no existe.

La inexistencia del mal

“El bien puede existir sin el mal, pero el mal no puede existir sin el bien” (Santo Tomás de Aquino)

En la citada idea del pecado original se requería del no creyente un imposible esfuerzo de permisividad intelectual, como lo es admitir la relación entre la desviación moral del hombre y la existencia de males como los terremotos. No existe ninguna relación aparente ente ambos, excepto en las mitologías, así que para el no creyente —o para el creyente intelectualmente más exigente— se precisa otro mecanismo de relación entre Dios y el mal, dado que parecería que Dios es vengativo y permite que el hombre sufra en el entorno hostil de la vida terrena.

Los apologistas cristianos, en su mayor parte defensores de la idea del pecado original, no ignoraban esta traba argumental que parecía conducir a la idea de un Dios indiferente o incluso malévolo. El propio San Agustín daba los indicios para una nueva consideración del mal, retomada más tarde por Tomás De Aquino: el mal en sí mismo no existe. Se trata únicamente de la ausencia del bien. Al igual que la oscuridad es la ausencia de luz, pero la oscuridad no existe por sí misma. El mal no es un agente activo presente en la Creación: cualquier mal (enfermedad, guerra, ignorancia) significa únicamente la ausencia de un bien (salud, paz, sabiduría). El bien sería el único agente activo en el universo, siendo el mal un resultado de la ausencia de bien, pero no un agente activo que lo contrarreste.

Adi Shankara afirmaba que el mal no existe, que es una percepción errónea del ser humano.

Adi Shankara afirmaba que el mal no existe, que es una percepción errónea del ser humano.

Naturalmente, esto plantea nuevos problemas. Por un lado, Dios habría creado un mundo que, en ausencia de su intervención directa, está repleto de causas de padecimiento para el hombre. Es decir, en la creación de Dios resulta posible la ausencia del bien. El mundo sería pues una creación imperfecta, contradiciendo la idea de la bondad absoluta de Dios. Si Dios es perfecto, lo cual incluiría una perfecta bondad, no puede crear un universo imperfecto. Pero todavía más grave: el mal aflige a la humanidad de manera arbitraria. Un terremoto afecta por igual a pecadores e inocentes, a adultos y a niños, a malvados y a santos. Si el pecado hace que Dios le retire su benévolo apoyo a la humanidad, son todos los hombres los afectados sin importar la naturaleza moral de cada uno de ellos. Dios no solamente habría creado un universo imperfecto, sino un universo injusto. Así pues, Dios sería el autor de la imperfección y la injusticia.

Hay otras concepciones en torno a la inexistencia del mal. En algunas religiones orientales, como el hinduismo, existe un concepto distinto: el mal sería una ilusión. El hombre percibe como mal lo que no lo es, empeñándose en que el sufrimiento es algo real cuando no lo es. Desde este punto de vista, el mal es un simple producto de una percepción errónea, no algo que existe realmente. Así lo manifestaba por ejemplo el pensador indio Adi Shankara, dentro de un esquema de creencias en el que el mundo físico es un fenómeno ilusorio, mientras que lo únicamente verdadero es el Brahman, el dios absoluto (cabe no confundirlo con la divinidad creadora Brahma).

El mal como resultado del libre albedrío

“Algunos ascienden mediante el pecado, otros caen a causa de la virtud” (William Shakespeare)

Decíamos que el pensamiento cristiano de San Agustín y otros propone que ha sido el hombre quien ha renunciado voluntariamente al bien, por causa del pecado original. Pero Dios ha creado al hombre sabiendo que el hombre iba a desviarse del bien, así que Dios sigue siendo el responsable último del mal. Ha de existir una buena razón por la que Dios permita que suceda esto y aun así se lo pueda considerar benévolo.

Los apologistas propusieron entonces el concepto del libre albedrío. Dios ama tanto al hombre que le concede ese albedrío para crearlo a su imagen y semejanza; esto es, libre. Quiere que el hombre pueda elegir si corresponder el amor de Dios o no, y que pueda tomar esa decisión por sí mismo. Según este punto de vista, la libertad del ser humano sería fundamental para Dios. La libertad sería un bien superior. Pero para posibilitar la existencia de un bien mayor —la libertad—, Dios ha de permitir la posibilidad de que surja el mal como resultado de las malas elecciones del hombre libre. Así se justificaría que un Dios benévolo permita la existencia del mal como requisito para garantizar un bien superior, la libertad humana.

Sin embargo, ¿qué ocurre con aquellos que sufren males aun antes de poder elegir? El padecimiento de los inocentes es una de las principales objeciones que un pensador podía plantear. Un niño, por ejemplo, no debería sufrir mal alguno hasta que no esté en condición de decidir si quiere amar a Dios o no. Cuando todavía es pequeño no dispone de esa capacidad de elección y por lo tanto no es libre. Que el mal le afecte como consecuencia de la libertad de otros hombres es injusto. Y aunque la idea de libre albedrío parezca implicar que el hombre religioso lo es o no lo es como resultado de su elección individual —como sostenía por ejemplo Kierkegaard—, el concepto de pecado original desindividualiza las consecuencias de ese libre albedrío.

Así, una vez más se manifiesta una falta de correlación entre los actos de un ser humano y las consecuencias que experimenta. La noción de “pecado original” —o de karma— para justificar la generalización del mal a todos los seres humanos no constituye una respuesta satisfactoria más allá de las fronteras dogmáticas de una religión. A quien no cree en las justificaciones mitológicas proporcionadas por esa religión, esta explicación tampoco le sirve. Entre otras cosas porque no responde a las nociones de justicia, proporcionalidad y contingencia de los castigos y recompensas que uno esperaría de un Dios bondadoso y por lo tanto, justo. Los apologistas más rígidos pueden llevar el argumento a un extremo, afirmando que el hombre no tiene la capacidad para comprender los planes de Dios… pero esto tampoco puede ser tomado como una justificación seria a menos que se comulgue de antemano con la noción de que Dios es intelectualmente inaprehensible.

Pelagio puso de manifiesto la contradicción entre pecado original y libre albedrío. Fue acusado de herejía.

Pelagio puso de manifiesto la contradicción entre pecado original y libre albedrío. Fue acusado de herejía.

De hecho, la explicación del pecado original no ha satisfecho ni siquiera a todos los pensadores cristianos. Hacia el siglo V d.C., el erudito eclesiástico Pelagio negó el concepto de pecado original, el dogma de que todo ser humano esté condenado al pecado. Si el hombre dispone de libre albedrío, decía Pelagio, bien podría suceder que opte siempre por el bien. Esto es, existe la posibilidad teórica de que un hombre —al ser completamente libre— pueda estar por completo limpio de pecado. Si el hombre no puede evitar pecar, entonces no es verdaderamente libre y su futuro está ya determinado. A esta idea se la conoce como pelagianismo, pero fue duramente atacada por las corrientes imperantes del cristianismo y ha sido considerado como una herejía tanto en el ámbito católico como protestante. Sin embargo, la crítica de Pelagio al cristianismo agustiniano no carece de lógica. Efectivamente pone de manifiesto una contradicción básica entre pecado original y libre albedrío. Este enfrentamiento resulta históricamente interesante porque Pelagio acusó a San Agustín —cristiano converso tardíamente—  de contaminar el cristianismo con ideas tomadas de su antigua religión, el maniqueísmo.

Sin embargo, fue la idea agustiniana de predestinación la que imperó. Y no únicamente en la ortodoxia católica; por ejemplo tanto Martín Lutero como Calvino la adoptaron fervientemente en épocas posteriores.

La necesidad de que exista el mal para entender el bien

“El objetivo de la sabiduría debe ser el poder distinguir el bien del mal” (Cicerón)

“La pregunta de por qué existe el mal es la misma pregunta de por qué existe la imperfección. Pero esta es la verdadera pregunta que deberíamos hacernos: ¿es la imperfección la verdad final, es el mal algo absoluto y definitivo?” (Rabindranath Tagore)

Las respuestas a la Paradoja de Epicuro que hemos ido describiendo han ido progresando desde una negación de que Dios hubiese creado el mal, hasta la asunción de un paso importante por parte de los apologistas cristianos: admitir —les gustase o no— que Dios permite activamente la existencia del mal en el mundo. Negar esta evidencia resultaría absurdo, pero para seguir manteniendo la creencia de que Dios es bondadoso, que interviene en el mundo físico y que sin embargo permite el mal, habría que encontrar un motivo que explicase esa extraña permisividad. Incluso tan pronto como el siglo II, un apologista tan rígido como Ireneo de Lión planteó esta cuestión, reconociendo que efectivamente Dios ha creado un mundo con el mal dentro de él. Pero Ireneo propuso una explicación: Dios permite el mal porque el sufrimiento es un requerimiento para el crecimiento espiritual del hombre. Muchas grandes virtudes no son posibles sino como reacciones ante el sufrimiento: si no hay dolor, no hay abnegación; si no hay miedo, no hay valentía, etc.

Si ese crecimiento espiritual conlleva el conocimiento final de lo que es el bien, surge una idea íntimamente relacionada con la argumentación de Ireneo: el mal como necesario opuesto conceptual del bien. Es decir: sin el mal, el hombre no podría comprender el bien. Y si no puede comprender el bien, no lo puede valorar. Por ejemplo: para conocer la bondad de Dios, lo cual es un requisito necesario para poder amarlo libremente y por elección propia, el hombre necesitará elementos de comparación entre lo bueno y lo malo. Y si no existiera lo malo, el hombre no podría distinguir lo bueno. Así pues, Dios ha de permitir el mal. Por otra parte, al menos dentro del cristianismo, el concepto de libre albedrío tampoco explica satisfactoriamente el por qué un ser humano ha de atravesar un duro aprendizaje cuando Dios bien podría otorgarle ese crecimiento espiritual de manera automática y ahorrarle así los sufrimientos del camino. ¿No podrá Dios hacer al hombre, además de libre, sabio? Por otra parte, Dios ha alcanzado la sabiduría y la perfecta virtud sin sufrir, mientras que el hombre se ve condenado a una existencia dura y difícil para conseguirlo.

Es este un punto interesante, ya que el cristianismo surge en cierto modo como intento de justificación de esta desigualdad entre Dios y el hombre. Dios no sufre para alcanzar el conocimiento, pero el hombre sí. El cristianismo responde a esto mediante su mito fundamental: el de la encarnación de la esencia divina en hombre, el nacimiento sobrenatural de Jesús. Así, el propio Dios habría descendido a la tierra para experimentar en sus carnes los sinsabores de la existencia humana. De este modo, el hombre ya no puede recriminarle a Dios que le haga sufrir para crecer espiritualmente, ya que el mismísimo Dios ha padecido idéntico proceso vital. Naturalmente, esta mitología en torno al sacrificio voluntario de Dios/Cristo ni siquiera es un argumento racional, sino que apela más bien a la emoción del creyente. Para el no cristiano es una simple fábula. Con todo, la idea del sacrificio de Dios constituye un giro original respecto a otras grandes religiones.

Para Leibniz, vivimos en "el mejor de los mundos posibles".

Para Leibniz, vivimos en “el mejor de los mundos posibles”.

Aun así, el papel concreto del sufrimiento dentro del esquema de pensamiento cristiano no está claro. Por ejemplo, Hume decía que la felicidad humana no sería el objetivo último de la creación, puesto que da la impresión de que Dios pone trabas a esa felicidad, y utilizaba ese argumento para dudar de la existencia de Dios. En un sentido contrario se manifestó Leibniz con una famosa idea: el nuestro es “el mejor de los mundos posibles”, y Dios no podría haber creado un mundo en el que existiese un bien supremo sin los males que posibilitan ese bien supremo.

Pero aún existe otro importantísimo inconveniente a la hora de considerar el mal como necesario para la consecución de un bien superior: si el mal es necesario, entonces el ser humano no debería esforzarse en evitarlo. Es decir: un hombre puede decidir hacer el mal, pecar. Pero si decide pecar podría estar, en el fondo, actuando de acuerdo al plan divino de permitir el mal para facilitar un bien superior. Entonces, ¿cómo sabemos si el hombre, cuando peca, actúa a favor o en contra de los designios de Dios? Si los deseos de Dios son inescrutables, entonces no hay motivo alguno para que una religión dicte qué es lo que está bien o qué es lo que está mal. Habría que dejar que los hombres actúen sin ataduras morales religiosas, e incluso que hagan el mal, puesto que se supone que existiría algún tipo de plan divino detrás de ese mal. Así, una religión que impusiera normas morales podría estar cometiendo el único pecado posible: querer suplantar los misteriosos designios de su Dios con sus propios dictados doctrinales. Esta es una consecuencia filosófica imprevista de la consideración del mal como necesario: cualquier moralidad sostenida por la creencia religiosa se viene abajo inmediatamente. Una vez más, llegaríamos a la misma conclusión que Epicuro: el hombre ha de vivir de acuerdo a una moralidad creada sin tener en cuenta un posible Dios.

Conclusión

“Preferir el mal al bien no está en la naturaleza humana, y cuando un hombre es obligado a elegir entre dos males, nadie elegirá el mayor cuando puede tener el menor” (Platón)

Hemos repasado algunas de las principales objeciones —sobre todo procedentes del cristianismo— al argumento del mal, y como vemos ninguna de ellas ha supuesto una refutación satisfactoria. Existen sin embargo otras respuestas religiosas al problema, aunque ya son incompatibles con el cristianismo: el considerar que Dios sí existe, pero que se muestra indiferente hacia el hombre.

En cualquier caso, casi todas las respuestas que han surgido a la Paradoja de Epicuro podrían ser agrupadas así, bajo alguna de estas opciones explicativas generales:

—El mal forma parte del plan divino y resulta necesario para un bien superior.
—El mal no forma parte del plan divino, pero es producto del libre albedrío del ser humano.
—El mal es inexistente o ilusorio.
—Dios existe, pero no es bondadoso.
—La paradoja no puede ser resuelta porque el hombre es incapaz de comprender a Dios.

La discusión de la Paradoja de Epicuro ha supuesto siglos y siglos de elaboraciones intelectuales de todo tipo. Por el momento sigue vigente y no se ha logrado ninguna refutación; por no haber, no hay siquiera una respuesta unificada dentro del propio cristianismo, que actualmente sigue siendo la religión más ocupada en intentar disipar el problema. Las consideraciones acerca de la relación entre la bondad de Dios y la existencia del mal han producido un entramado teológico tan complejo (aquí apenas hemos arañado la superficie) que los apologistas cristianos han llegado a contradecirse abiertamente, no ya en nimios detalles, sino en los fundamentos mismos de sus respectivas posturas. Quizá el problema es que la postura de la religión al respecto —en el nivel de sus máximos pensadores, no del creyente de a pie— ha evolucionado mucho menos de lo que ha hecho respecto a otros asuntos. En otras religiones se le concede menos importancia, al menos en términos relativos, porque no dependen tanto de la idea de un sacrificio divino motivado por el amor absoluto al ser humano. El cristianismo, sin embargo, no ha dejado de darle vueltas. Lo cual, hemos de decir, ha producido una literatura interesante.

TDLM

34 comentarios

  1. Excelente. Creo que la condición de ser padres es un reflejo de ser Dios. Miremos el comportamiento de nuestros progenitores y entenderemos a quien creó todo esto. AL día de hoy y a pesar de todas las cosas que suceden en este mundo y que parece que no hay un mejor futuro aún hay hombres y mujeres que sueñan con casarse y/o tener hijos con la esperanza de darles un mundo mejor (lo que no lograrán) y así seguimos. No soy Dios y si lo fuera seguro que los humanos ya no existirían y no sé si él ya sabía que sus primeros creados le iban a fallar, pero debió saberlo si era Dios, pero si es padre entonces debió confiar en sus hijos y por tanto no previó, pero eso no lo sé porque no soy madre.

  2. precisamente hoy, al hilo de la actualidad, Gabriel Albiac rescata una reflexión del Papa Ratzinger en su visita al campo de Auschwitz en 2006:

    «En un lugar como éste se queda uno sin palabras; en el fondo sólo se puede guardar un silencio de estupor, un silencio que es un grito interior dirigido a Dios: ¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué toleraste todo esto?»

  3. Muy bien expuesto el problema de mal y las referencias para quien quiera profundizar en el mismo.
    De todas las respuestas dadas, la última, la que hace referencia a que a través del mal se adquiere sabiduría es la que mejor respondería a la paradoja de Epicuro, y es el centro mismo de lo que significa Cristo, pero no en el sentido de adquirir un saber racional, analítico, sino una sabiduría más profunda, que afecta a la inteligencia y al corazón. No basta con saber una cosa, hay que vivirla, y las religiones, precisamente, son más que una forma de pensamiento, una forma de vida, un vitalismo, para remitirnos a referentes filosóficos cercanos.
    Imaginemos a un crío delante de la tele atiborrándose de golosinas. Es plenamente feliz. Lo ve su padre, le quita las golosinas y lo manda a su habitación a que acabe sus deberes escolares. En su felicidad el crío desconoce el mal que derivará de inflarse a comer golosinas, no sabe que le espera un dolor de estómago seguro, una mala noche y hasta días de enfermedad. Tampoco sabe que dedicarse a ver la tele y no hacer los deberes lo convertirán en un incapaz para ganarse la vida en el futuro. Sólo sabe que ver la tele y comer golosinas le hace feliz en ese instante. ¿Diremos de su padre que a pesar de haberle jodido esa felicidad a su hijo no es un padre bondadoso? ¿Diremos que no es omnipotente con respecto al crío en ese momento en que lo obliga a ir a su habitación?
    Así podemos pensar que somos frente a la sabiduría de Dios como críos pequeños que se inflan a comer golosinas frente a un televisor y el futuro por el que nuestro Padre mira es la eternidad que se nos abre tras la muerte, ante la cual la vida es un instante, un suspiro, una insignificancia frente a la eternidad de la muerte. ¿Y quien podrá decirnos con absoluta certeza racional lo que nos espera tras la muerte?
    La concepción fundamental que del hombre tiene el cristianismo es que no es ni un gusano, un animal más entre los animales, ni un dios. El cristianismo ensalza al que se humilla y humilla al que se ensalza. Si el hombre no conociera a Dios desde su miseria, es decir, habiendo experimentado el mal, su conocimiento le ensoberbecería. Si el hombre viviera en la miseria sin conocimiento de Dios, no tendría esperanzas. Es ahí el término medio y justo del lugar del hombre en la creación: conocer a Dios conociendo antes su miseria, y eso sólo a través de Cristo podemos tenerlo, pues sólo desde ese conocimiento de nuestra fragilidad y de los males a los que estamos expuestos nuestra sabiduría será algo más que un conocimiento racional y analítico y afectará a la totalidad de nuestro ser, de nuestra vida, de nuestros pensamientos y sentimientos. Sólo así cuando la razón alcance las cosas últimas el corazón no habrá olvidado las primeras, y conoceremos a Dios sin olvidar lo que somos y nuestras miserias. Sólo así a nuestro conocimiento se añadirá el amor. Sólo a través de Cristo se da el conocimiento y el amor como una misma cosa. El último paso de la razón es reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan. Es más bien débil si no alcanza a comprender esto. Cristo nos dio las razones del corazón, del amor, para conocer todo aquello que la razón no entiende.
    Los que han conocido a Dios sin conocer su miseria no le han glorificado, sino que se han glorificado.

    • Hola H,

      Entiendo tu argumento, pero el concepto de mal como necesaria vía de crecimiento y aprendizaje, además de los inconvenientes que ya citado en el artículo, presenta otro poblema.

      Tu metáfora padre-hijo es la acertada, pero míralo de este modo: cuando un buen padre educa a su hijo y para ello le provoca un “mal” (p. ej. en forma de castigo), para que el proceso funcione ha de explicarle claramente y sin equívocos el motivo de ese mal que el niño puede considerar arbitrario o innecesario. Y quizá el niño tarde años en entender la explicación, pero al menos sabe, porque se lo han dicho claramente, cuál es la conducta que ha originado ese mal. Así, al menos, no está sujeto a incertidumbre, lo que añadiría un sufrimiento innecesario y desbarataría el propósito educativo.

      Es precisamente ese canal de comunicación directa del padre hacia el hijo lo que falla en el caso de Dios. El famoso “silencio de Dios” impide que incluso los creyentes puedan conocer con certeza qué males forman parte del aprendizaje y cuáles son sencillamente arbitrarios. La incertidumbre añade, pues, otra causa de sufrimiento extra. Lo cual implicaría, siguiendo tu adecuada metáfora, que Dios no es un buen padre. Desde luego sé que muchos creyentes emplearán el contra argumento de que Dios sí se ha comunicado con nosotros, bien mediante profetas y escrituras, bien mediante la manifestación del Cristo, bien mediante el consabido “Dios te habla a tu corazón si estás dispuesto a escuchar”. Pero esas premisas requieren de una creencia a priori en determinados dogmas o mitologías, de lo contrario no pueden considerarse válidas. En la práctica Dios no habla claramente (de lo contrario, el concepto de Fe resultaría innecesario) por lo que no podemos considerarlo “un buen padre”. Imagina un niño siendo educado por un padre al que nunca ha visto, con el que nunca ha conversado cara a cara, y de cuya existencia ni siquiera está seguro: ¿crees que puede esperarse una educación exitosa en semejante situación, la cual compense los males que se le presentan?

      El silencio de Dios es uno de los callejones sin salida con los que se encuentra esa respuesta concreta a la Paradoja de Epicuro. Si Dios hablase con claridad y de manera inequívoca a la humanidad, no habría duda alguna. Pero no es el caso.

      Gracias por la interesante discusión y un cordial saludo.

  4. Esta discusión se mantendrá hasta el final de los tiempos, salvo que Dios – ese ser supremo que algunos veneran – baje en cuerpo y mal para presentarse a los humanos.

    Existe un equilibrio natural claramente establecido, entre el bien y el mal, lo que sucede es que a veces hay épocas en las que alguno de los dos despunta. La Segunda Guerra, Auschwitz, Somalia, Israel y Palestina, son claros ejemplos de que el mal puede superar claramente a su hermano gemelo el bien.

    Creo que Dios estableció el mal cuando colocó a los humanos en la tierra, a menos que desaparezcamos siempre existirá. Este tema me apasiona y he escrito mucho al respecto, sería interesante tener alguna vez la oportunidad de entrevistar a Dios y pregúntarle, ¿quién supera a quién, el bien o el mal?

    • Si me dedico a robar, hago dinero rápido y me resuelve la cuestión. Si perduro en el robo, hago menos dinero que si tengo un buen negocio. Si mi rubro es el robo, al final lo que pasará es que sólo progresaré económicamente si opto por el crimen organizado. Si lo hago moral, estoy limitado. Si lo hago inmoral, tengo vías. Si sigo las vías del mal, llegaré hasta el final de las vías. Pero no habrá nada más. Si en vez de seguir el camino de lo ilegal intento solucionar los límites de lo legal, acabaré encontrando un novum en el espacio de lo alegal. Entonces los jurisimprudentes se esforzarán por localizar la base ecomoral de la necesidad de ilegalizar lo alegal. El debate podría ser infinito, desde luego. No es la carga moral lo que hay que tener en cuenta. Sino los resultados. No digo que el fin justifique los medios. Pero sí que el fin determina los medios. Tendríamos que valorar hasta que finalidades nos pueden llevar los medios morales y legales. Si el bien, o lo considerado como bueno, no es suficiente o si acaso lo pueda ser. Un bien limitado en exceso por el puritanismo de la oligocracia no puede ser un bien. El debate es simple: ¿ Me agranda o me empequeñece la vida?. Nietzsche ya respondió a ésto: La vida como expresión del ser. Simplemente.

  5. Excelentísimo artículo, felicitaciones al autor.
    Quisiera comentar dos cosas:
    -una, que comentaba el otro día con un buen amigo, que es filósofo… a propósito del cristianismo yo le hice la reflexión de que todo este tipo de aporías sobre Dios provienen, al menos según esta opinión, del giro del Dios de los filósofos, aristotélico, al Dios de la religión. Si el primer teólogo de la Historia fue Aristóteles, y él dijo que Dios era una especie de autista que no amaba a los hombres porque simplemente estaba encerrado en sí mismo, sin conocerlos, y que por tanto los hombres tampoco podían amarlo -porque sin reciprocidad no hay amor-. Entonces, el intento de convertir a este Primer Motor autista, enajenado, en un Dios de amor tiene que ser por fuerza infructuoso. Y yo creo que así se demuestra en el artículo
    -otra cosa, un argumento muy usado contra el argumento del mal es el de que “los caminos del Señor son inescrutables”, es decir, el “ignoramus, ignorabimus”; no es propiamente un argumento ni se le asemeja, simplemente deja el asunto en el aire porque no hay forma de resolverlo racionalmente, y por tanto el que tiene fe debe aferrarse a ella, y punto. En este sentido la paradoja que conlleva este argumento del mal creo que ha sido causa de más “conversiones” ateas que cualquier otra cosa. Aunque esto ya es una opinión bastante subjetiva mía que me saco de la manga.

  6. Sólo con la pretensión de aportar datos de cómo se ven las cosas desde el cristianismo, sin pretender posicionarme en un lado u otro, dada mi ignorancia en asunto, desde mi punto de vista, complejo y que estamos acostumbrados a tratar la mayoría con demasiada ligereza, a conformarnos con fórmulas tantas veces oída, pocas veces reflexionadas. De ahí que me pareciera interesante el artículo en que se exponen las razones por las que uno niega.
    La duda. Cualquier cristiano de verdad y convencido está en permanente duda. El Dios cristiano es un Dios oculto, que no se muestra sino tan sólo a quienes le buscan y aún estos nunca están seguros. Por supuesto, no se muestra a quienes le tientan y quienes le piden que se muestre totalmente y de muestras de su poder y su gloria actúan como Satanás con Jesús en el desierto. No estoy diciendo que seas Satanás, E. J. Rodríguez (je, je), sirva sólo como ejemplo de que un libro escrito por pastores incultos conserva sin embargo respuestas para muchos problemas que se han planteado muchos siglos después. Deberemos reconocerle cierta sabiduría extraña para provenir de pastores incultos.
    Este no estar seguros nunca de estar con Él, esta duda permanente, peor que la certeza de que no existe, la sienten hasta los que, por experiencias místicas, supondríamos que habrían llegado a un más pleno conocimiento y contacto. Sólo hay que leer a Teresa de Ávila para confirmar esto que digo. Estos místicos entienden que ese oscurecimiento de la contemplación de Dios proviene de que el mundo, lo que ellos llamaban el mundo, es decir, las pasiones de la carne, orgullo, pereza, vanidad, etc., podía en cualquier momento alejarlos de él y por eso nunca estaban seguros. Es sólo una puntualización sobre el aspecto vivencial, personal, de la religión cristiana, más que propiamente teológico.
    Teológicamente los cristianos siempre han dicho que a Dios solo se le encontrará con la fe. También curioso y digno de tener en cuenta que desde sus comienzos, es decir, desde mucho antes que la ciencia y la razón progresaran tanto, ellos no recurrieran a argumentos racionales que más tarde la ciencia o la razón podrían haber desmontado fácilmente.
    El silencio de Dios. Si Dios no se hubiese mostrado nunca podríamos hablar de un Dios despreocupado de los hombres y ajeno a ellos. Pero lo cierto es que lo hizo, según los cristianos, y dejó el Antiguo Testamento, la Torá judía. Y en ese libro, que se remonta a la noche de los tiempos y del que proviene la religión cristiana, de una fuente muy distinta y más antigua que la filosofía griega a la que se aludía en el comentario anterior, por más que la teología medieval se inspirara en Platón y Aristóteles, y por ello dicho filósofo amigo de “viejotrueno” identifique, desde mi punto de vista, equivocadamente a la religión cristiana con la teología medieval, había, decía, en ese libro profecías que según los cristianos se cumplieron, sobre todo la relativa a la venida del Mesías y la propagación de la religión entre los gentiles y naciones de todo el mundo, a pesar de que se le opondrían todos los poderes de la tierra. Al parecer así ha sido. De nuevo una sabiduría extraña en un pueblo de pastores incultos. De ahí que los cristianos, teológicamente, no ya como vivencia personal, que podríamos más o menos poner en duda los escépticos, afirmen que Dios ha hablado y ahí está su Palabra, en esos Libros Sagrados. Para hallar la luz en ella sólo piden que se busque de corazón, con humildad y con fe, y quienes así lo hacen afirman que Dios no sólo no calla sino que se encuentra, por más que, como dije, no es un Dios del que uno pueda decir que lo conoce plenamente ni que esté seguro de tenerlo siempre, de ahí, el continuo y renovado acto de fe y de entrega que se requiere a cada instante. Es duro, claro, pero lo sorprendente es que siendo algo no fácil de hacer ni cómodo, haya aguantado tanto tiempo sin cambiar su doctrina esencial, sus verdades de fe.
    Venga, y por último un argumento lógico, que no se diga, sobre el silencio de Dios. Si Dios es eterno y se ha mostrado aunque sólo fuese una vez, Dios seguiría existiendo aunque nunca más se mostrara. Los cristianos dicen que los hombres sienten el silencio de Dios por su corrupción. Esto no es agradable de oír, para los tiempos que corren, pero es lo que creo que piensan.

    • dice usted que “el Dios cristiano es un Dios oculto”… es ese el testimonio que podemos deducir de la doctrina destilada durante dos mil años por la entidad responsable de su pervivencia? …no es precisamente la escatología la plataforma de conocimiento más promocionada por una iglesia que considera de lo más oportuno convencernos a cristazos
      …otra cosa, no pretenda esgrimir su declarada neutralidad argumental con ese discurso, que algunos también hemos estudiado en los curas y de ciertas retóricas, estamos vacunados…
      cuando Ratzinger en Auschwitz inquiere a su dios un “¿Porqué toleraste todo esto?” se alinea con Epicuro y espera una respuesta quizás imposible de resolver así que pasen tres mil años… no pretenderá usted darle respuesta a Ratzinger, verdad?

      • En efecto, la escatología es el fundamento de toda religión, como lo es, aunque no manifiestamente, de numerosas escuelas filosóficas, recientes, como el existencialismo, o clásicas, como el mismo Epicuro. La muerte está ahí para todo hombre y con ella, inevitablemente, el sentido de la vida.
        Hay dos opciones con respecto a esa realidad de la que no podemos dudar: o bien le damos la espalda y nos centramos en aquello que podemos abarcar con nuestra razón y nuestros sentidos o bien intentamos darle una explicación. A su vez ambas posturas implican una concepción del hombre, bien considerándolo como un ser puramente material, un animal entre los animales; bien considerándolo como dotado de una naturaleza inmaterial, llámese espíritu, alma o conciencia.
        Ni nuestra razón ni nuestra ciencia saben actualmente lo que es la conciencia, como tan sólo con teorías somos capaces de darle una explicación racional a la creación, como tan sólo con teorías somos capaces de saber el origen de la vida, como sólo con teorías somos capaces de saber que ocurre tras la muerte…es decir, las llamadas grandes cuestiones no tienen una respuesta satisfactoria y evidente, fuera de toda duda, a través de la razón y de la ciencia.
        Debemos decir que en la cultura popular de occidente, entendiéndose por tal la que mueve a la mayoría de la gente en base a unos intereses e inquietudes vitales concretos, estas grandes cuestiones no les importan lo más mínimo. En cierta forma ha triunfado la escuela de Epicuro pero sin el fundamento escatológico de la filosofía epicúrea, tomando de ella sólo sus aspectos hedonísticos y no la fundamental prudencia, considerada en su sentido clásico de conocimiento de uno mismo, que implica que no todo placer es bueno y no todo dolor derivado de la renuncia es malo, y que un placer puede llevar a un dolor mayor, como un dolor puede originar un bien, placer o bienestar a largo plazo.
        Sin esa prudencia, el epicureísmo actual es la satisfacción inmediata de todo deseo como único sentido de la vida. Y este sistema, de consumo compulsivo, está basado precisamente en esa concepción de la vida, caracterizada por el rechazo a la consideración de toda consecuencia a mediano y largo plazo de nuestros actos, vivir intensamente el instante, satisfacer los deseos y las pasiones inmediatamente.
        A nivel personal, de cada cual, esa cultura, esa concepción de la vida caracterizada por la falta de prudencia, de conocerse a uno mismo, conduce a quienes les ha sido posible por sus medios satisfacer esos deseos, a males físicos y psicológicos a largo plazo derivados de la satisfacción sin medida de sus deseos. Pero es que aún sin esperar a las consecuencias que más tarde tendrán, aún inmersos en la satisfacción de esos placeres, estos no les procuran una felicidad completa, auténtica, verdadera, no les llena lo suficiente y muchos afirman sentirse vacíos. Deberemos concluir que existe en nosotros una naturaleza, no puramente animal y física de satisfacción de los instintos más primarios, que tiene sus propias exigencias y necesidades. A esa naturaleza unos le llaman espíritu, otros alma, otros conciencia y convenimos en que es ella la que nos diferencia de los animales. También a nivel personal esa filosofía de vida procura a la mayoría continuas frustraciones, pues no siempre es posible satisfacer esos deseos y pasiones, y de dichas frustraciones no sólo deriva la infelicidad para uno mismo sino la lucha con los demás por tenerlas, con lo cual la convivencia siempre está sujeta a problemas, envidias, malos instintos, etc…
        Podríamos también hablar de qué se deriva de ese hedonismo sin prudencia considerándolo a nivel general, cultural, y la explotación irracional de los recursos para satisfacer las necesidades del presente, la degradación medioambiental por sólo atender a las necesidades del presente, está comprometiendo seriamente la sostenibilidad del bienestar que queremos en el futuro. Y así con muchas más cosas.
        Desde mi punto de vista, todo ello se deriva de no tener un objetivo concreto en la vida, un principio vital, un sentido, es decir, una concepción escatológica de la vida. Nuestro sistema económico es el principal beneficiado, basado en el consumo, en la satisfacción inmediata de toda pasión, placer o capricho que demande la gente, animándola a que lo haga, potenciando, por el bien de la economía, esa filosofía de vida, creando incluso nuevas pasiones, deseos y necesidades que satisfacer.
        Y sin embargo, como dije al principio, la muerte está ahí, para todos y cada uno de nosotros. Y la muerte es para siempre, es decir, es eterna. Ante su infinitud los años de la vida, sean 20, 40, 60 u ochenta son una insignificancia, de igual forma que cualquier número sumado o restado al infinito matemático no altera en nada su naturaleza. Y al igual que el infinito matemático, del que somos incapaces de decir si es par o impar, siendo todo número a la fuerza para o impar, así la eternidad de la muerte es de naturaleza desconocida, a pesar de saber a ciencia cierta su existencia.
        Sea cual sea la CREENCIA que adoptemos ante la muerte, que nos espera la nada o que algo subsiste de nosotros, lo cierto es que la eternidad que la muerte nos abre es el fin, el objetivo último al que ineludiblemente se dirige nuestra vida. Ninguna de esas creencias está apoyada en una certeza racional.
        Estamos en un 50% de posibilidades y se trata de apostar una vida, esta que aquí tenemos, a que existe o no existe algo tras la muerte.
        Veamos como procedería un jugador experto y racional, que calculase razonablemente sus posibilidades en el juego de si existe o no existe Dios y lo que el ha dicho, según la religión cristiana, sobre la muerte.
        -Si existe y nos hemos conducido creyendo en que existe Dios, habremos ganado una eternidad feliz.
        -Si existe y nos negamos buscarle, habremos ganado una eternidad atroz.
        -Si no existe y creímos en ÉL, la nada nos espera tras la muerte, pero ya aquí, esa esperanza nos habrá ayudado.
        -Si no existe y no creímos en ÉL, de todas formas la nada también nos espera tras la muerte.
        Debemos apostar, según la razón, nuestra vida, esta vida, teniendo un 50% de posibilidades para acertar o equivocarnos.
        Si Dios existe para unos las ganancias serán tan inmensas como para otros lo será la pérdida, pues hablamos, según la religión, de una eternidad de dicha o de desgracia.
        Si Dios no existe la pérdida es igual para los que apostaron en un sentido o en el opuesto.
        Hagan juego, señores.

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    • Dios es un extintor en la caja de cristal colgado en la pared. Si se declara un incendio, el extintor nos puede salvar. Pero antes tenemos que romper el cristal con el mazo de seguridad, sacarlo, quitarle la anilla, apuntar a la base de las llamas y apretar la manilla. Sustituimos ” Soy el que Soy” por ” Soy el que Seré” y Dios adquiere sentido a la luz de la escatología y el Futuro. La célula fotoeléctrica es la aplicación práctica del efecto fotoeléctrico. Una quimera ( apertura automática de la puerta ante la presencia humana) implementada por una entelequia ( efecto de emisión de electrones por la incidencia del fotón en un material). El Mundo es el Mundo, pero también la representación conceptual del Mundo. Tenemos el hardware ( célula) y el software ( efecto). El estrato inicial es la Naturaleza. Sobre ella se colocan capas de Artificialeza. En cada una de las cuales hay un box epocal o un parking de núcleos teóricos y cortezas de aplicaciones con sus correspondientes relaciones de red inter-teórica. Eso era estructuralismo, una lástima que se desechara precozmente. Una quimera-entelequia es un par desgajado núcleo teórico ( entelequia)-corteza de aplicaciones ( quimera). Par desgajado del parking de núcleos y cortezas referentes del box o de los boxes anteriores. Por lo que no existe implementación. Dios es el punto Omega. La panrealización teórica y maquinal. Pero sólo Ishvara. Simplemente, la repulsión esencial de las abstracciones homogéneas puras ( consciencia en estado puro – energía física primordial) precisa de la maya como manifestación de una eterna escisión en la que los dintornos han de ser de tal naturaleza que los entornos no arruinen los contornos abstraccionales. Por lo que ningún campo volitivo puede corresponderse con una omnipotencia funcional. Podemos hacer operativo a Dios sobre la base operativa del ” algo más y algo menos” de Neil Gernshenfeld.

  7. ¿La supuesta existencia de Jesús? En fin…

  8. No me resulta comprensible que quien cree en un Dios omnipotente, pretenda someter al mismo bajo las normas de la moral y la razón humana a través de la teodicea.
    Es decir: Dios es inexplicable, inescrutable, pero yo lo voy a explicar con formas humanas.
    No existe explicación racional para un Dios del tamaño del que veneran los cristianos. Escapa a la razón, y el simple hecho de intentar “atraparlo” en nuestros razonamientos ya sería insultante para el mismo.
    Para mí Dios no existe más que como concepto, al igual que existe el 3.
    Intentar “darle forma” es un ejercicio extenuante e inútil, pero eso sí, entretenido.

    • no existe ni como “concepto” -como idea-, tú mismo lo dices: “escapa a la razón”. Y en este sentido, dándole la vuelta al argumento ontológico -versión Leibniz-, no es posible, y si no es posible, no puede existir

  9. Yo lo que no entiendo es porque el dios ‘de la biblia’ crearía seres entre los que se encontraría Lucifer, futuro satanás y centro del mal.

    Si tal ‘dios’ no sabia cuales serian las consecuencias de sus acciones tampoco era perfecto, y ademas seria responsable de la existencia del mal. Aunque podría haberlo hecho adrede también, en ese caso seria responsable de forma ‘directa y consciente’ de la existencia del mal.

  10. La apuesta está mal planteada porque parte de la premisa de que el dios verdadero es el dios cristiano, lo que ese jugador racional citado por H nunca podría aceptar dado que implicaría la posibilidad cierta de perder de antemano la apuesta si, por ejemplo, el dios verdadero fuera Visnú.

    Un jugador racional, por tanto, no limitaría su apuesta al rojo-negro o par-impar que plantea H, sino que tendría que acudir un juego más complejo, con una ruleta con tantos números como dioses se haya dado la humanidad más un número igual de casillas para la opción de “dios no existe”.

    Para no irnos de madre pongamos que hay 100 casillas cada una para un dios diferente y 100 para la opción de dios no existe, H sólo tendría una posibilidad entre doscientas de ganar su apuesta, mientras que un jugador racional sin duda apostaría por la opción que verdaderamente le ofrece un 50% de posibilidades de acertar, y que no es otra que la de “dios no existe”.

    Todo lo dicho siguiendo el planteamiento de H sobre la salvación eterna y el 50%.

  11. “En efecto, muchos suelen argumentar así: si todas las cosas se han seguido en virtud de la necesidad de la perfectísima naturaleza de Dios, ¿de dónde han surgido entonces tantas imperfecciones en la naturaleza, a saber: la corrupción de las cosas hasta el hedor, la fealdad que provoca náuseas, la confusión, el mal, el pecado, etc.? Pero, como acabo de decir, esto se refuta fácilmente. Pues la perfección de las cosas debe estimarse por su sola naturaleza y potencia, y no son mas o menos perfectas porque deleiten u ofendan los sentidos de los hombres, ni porque convengan o repugnen a la naturaleza humana. Y a quienes preguntan: ¿por qué Dios no ha creado a todos los hombres de manera que se gobiernen por la sola guía de la razón? respondo sencillamente: porque no le ha faltado materia para crearlo todo, desde el más alto al más bajo grado de perfección; o, hablando con más propiedad, porque las leyes de su naturaleza han sido lo bastante amplias como para producir todo lo que puede ser concebido por un entendimiento infinito, según he demostrado en la Proposición 16.”

    Spinoza, Ética

  12. La apuesta inicial es si hay algo tras la muerte o nos espera la total aniquilación. Dado que no hay certeza racional alguna, la apuesta en principio es del 50%.
    Si Dios existe habrá que suponer que la religión verdadera existe, pues un Dios con una religión extinta no habría sido un Dios verdadero. Empecemos pues a descartar de la apuesta de Ernesto todas aquellas religiones extinguidas.
    Si Dios existe, la religión verdadera habrá existido como tal desde la noche de los tiempos, pues Dios es el mismo antes y ahora, y su religión será la misma. Descartemos también por tanto todas aquellas religiones recientes, como cienciología, o derivaciones de las grandes religiones, consideradas tales no sólo por número de fieles sino por antigüedad, como cuáqueros, mormones, etc…
    De las 100, como supuesto número de las que citaba Ernesto, nos habremos quedado con no más de cinco o seis. Como se ve, las posibilidades han aumentado espectacularmente para quien crea en el Dios cristiano.
    Comparemos entre ellas y veremos que sólo la cristiana cuenta con profecías, hechas hace miles de años, que se cumplen, lo cual es prueba de su verdad y de que realmente el Dios cristiano actúa en la vida de los hombres. ¿No es asombroso que tal y como estaba predicho, en el tiempo en que estaba predicho y en el lugar en que estaba predicho, de la estirpe que estaba predicha, el hijo de un carpintero cambiara la faz de la Tierra venciendo a los poderes más fabulosos de la tierra? ¿Qué otra religión, de las grandes, puede decir esto? Su palabra y las profecías que la anunciaron están ahí, para quien quiera acercarse y oírla, luego que juzgue con criterio lo que más estime oportuno. Dado lo que está en juego, una posible eternidad de gloria o de desgracia, es lo mínimo que podría hacer un hombre sensato y razonable, antes de desechar alegremente tal posibilidad.
    Pero aunque las posibilidades fuesen efectivamente de una entre 200, un jugador racional no sólo valora sus posibilidades en el juego, sino lo que se arriesga a perder y lo que puede ganar. En esta apuesta las ganancias pueden ser inmensas si se acierta, mientras que las pérdidas, en caso de no existir Dios, serán iguales para los que no creyeron en Dios como para los que creyeron en el Dios cristiano.

    • Si descartas todas las religiones no nacidas en el origen de los tiempos, no es que te quedes con 5 o 6, es que te quedas sin ninguna.

    • Para que el juego de apuestas que H plantea tenga sentido, deberían darse dos condiciones:
      – La Fe, como una decisión consciente y personal. La mente humana puede ser capaz de “decidir creer” en algo indemostrable. Y además creer de corazón, sin engaños.
      – La salvación mediante la Fe en Dios, nada menos (y no solo, ya que un católico romano debe además creer a pies juntillas en todos y cada uno de los dogmas de su Iglesia si quiere seguir perteneciendo a ella), se puede alcanzar mediante maquinaciones típicamente humanas. Es decir, decido creer porque me conviene creer.

      Por otra parte: qué habría pasado si, entre otros, Copernico, Galileo Galilei o Charles Darwin se hubieran prestado a ese juego de apuestas, si hubieran preferido ignorar sus conclusiones para no contradecir la interpretación ortodoxa de los textos sagrados, y por si acaso, dejar la ciencia para dedicarse a cultivar magnolias para huir del peligro… Supongo que ese juego de apuestas solo puede funcionar en las cabezas más débiles e ignorantes.

      La otra exposición es una curioso cálculo de probabilidades que nos permite acertar la religión verdadera de la buena. Desde el punto de vista de la historia de las religiones y las ideas, y demás disciplinas hermanadas con la Historia, y con los métodos desarrollados por la filología (la crítica textual, etc), habrá especialistas que puedan concluir con argumentos sólidos y pruebas físicas que esa enésima intentona teodicéica (¿se dirá así?) no se aguanta ni con pinzas. Sí, incluidas las supuestas profecías cumplidas a rajatabla.

      Un verdadero creyente no debería andar en juegos tan vulgares. Las pruebas del carbono 14 a la pretendida Sábana Santa de Turín o la historicidad de los Evangelios a los verdaderos católicos no debería importarles tanto, ya que se supone que la Fe no se basa ni en conveniencias egoístas, ni en la razón, ni en las pruebas físicas; la fe solo sirve para saciar una supuesta necesidad existencial. Uno cree porque necesita creer, y no porque haya decidido que le viene bien, ni porque disponga de pruebas irrefutables.

    • El Islam gana. Un mercader árabe analfabeto reproduce de memoria una revelación que incluye conocimientos de la Torá y la tradición cristiana, que para colmo constituye una joya literaria de un estilo exquisito apreciado por los literatos de todas las civilizaciones…

  13. La fe no es una opción ofertada en el catálogo del libre albedrío. Si un ateo lo es porque Dios (en caso de existir) no le ha asignado la gracia de la fe, ¿Cuál es la escatológica razón por la que la doctrina de la iglesia determina que un ateo no verá a Dios tras el tránsito? …quizás el dilema de la existencia de Dios es irrelevante en vida, excepto para las milenarias estructuras que viven de Él… porque solamente después de la muerte, dicho dilema se resuelve (si Dios no existe, no hay nada que resolver)

  14. Lutero resolvió estas contradicciones lógicas simplemente rechazando que la razón pudiera decir nada acerca de la Fe. Para él existe una radical oposición e incompatibilidad entre Revelación y razón, Dios y mundo, Fe y obras, Cristo e Iglesia. El ser humano es esencialmente malvado, corrupto, incapaz de conocer la verdad y de hacer el bien y solo se puede salvar mediante la Gracia. Da igual lo que piense o lo que haga, ya que eso no lo va a salvar. Lo expresaba en una carta a Melanchton: “Sé pecador y peca fuertemente, pero confíate y gózate con mayor fuerza en Cristo, que es vencedor del pecado, de la muerte y del mundo. Mientras estemos aquí abajo, será necesario pecar; esta vida no es la morada de la justicia, pero esperamos, como dice Pedro, unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habita la justicia.”

  15. Todo razonamiento empieza con una cto de fe. Como bien dice Fulgencio Barrado: “Para mí Dios no existe más que como concepto, al igual que existe el 3.” Bien, el razonamiento de los cristianos parte de ese acto de fe (sin excluir que exista el 3, incluso en el mismo Dios jeje), y luego razonamos. El no creyente hace otro acto de fe, por ejemplo en la existencia del 3, y así es imposible llegar a Dios, se queda tan inalcanzable como en el Antiguo Testamento y otras religiones antiguas. Lo cristianos creemos en la encarnación y la resurreción de la carne, que acaba con el mayor mal: la muerte. Y a partir de ahí razonamos algo que es infinito, o sea que nunca llegaremos a la totalidad, ni siquiera en el cielo, que simplemente con la ausencia del mal el camino es expédito pero sigue siendo infinito, lo cual es un placer porque sino sería aburridísimo. En cuanto a lo de las apuestas, bueno ahí los católicos discrepamos de los protestantes. Ellos por ejemplo creen que sólo la fe salva, y los católicos el tópico “obras son amores”. Por lo tanto, para un católico la apuesta no es tanto en lo que creas como en lo que hagas. Al fin y al cabo Satanás es un creyente, y paradójicamente por la fe sabemos que perderá su apuesta.

    • Creo que existe una sutil diferencia entre razonar y divagar. La razón nunca te va a llevar a Dios, pues es inquisitiva.
      Es mi opinión, por supuesto.

      • Efectivamente, la razón pura nunca te va a llevar a Dios, ni siquiera te va a llevar al número 3. Incluso tampoco lleva a la misma existencia de la razón. Siempre hay que hacer un acto de fe apriorístico. La diferencia es que un creyente lo hace en Dios. Lo cual es intrascendente, porque poco importa lo que creamos o dejemos de creer para que algo sea.

        • El que un dibujo voluminoso con cuatro patas y dos cuernos, lo consideremos un bisonte, o mejor dicho, la representación de un bisonte, es una codificación que extraemos de la experiencia, al igual que ocurre con el tres y las matemáticas. Son formas de un lenguaje “superior”. La idea de Dios es una divagación, al igual que lo es la de el Bosón de Higgs; la diferencia estriba en que esta segunda estamos dispuestos a someterla a falsación y aquella debemos creerla a pies juntillas, o sencillamente negarla.
          Una teoría que se me ocurre es la de que en origen Dios sí existió, pero con la explosión del Big Bang se le fue la mano y se mato con ella, como un niño con un manojo de petardos. Sería tan probable como la de cualquier religión.

  16. Un dios que espera para manifestarse a que los humanos inventen la escritura es más que sopechoso.

    • El texto está muy bueno, me he quedado con ganas de leer uno que titule: “¿Existe el mal?” El argumento del bien.
      La existencia de Dios es indebatible, y esa es la principal paradoja.

      Alejo, para el creyente Dios se manifestó en el momento del Fiat Lux, para el no creyente no se ha manifestado. Habemos también quienes nos mantenemos en la duda.

  17. Es un placer leerle, E.J.

  18. El predicado “existe” no puede aplicarse a Dios ya que este no es un ente, un objeto del mundo. Pero el proceso cósmico observado en sí mismo resulta inconsistente. Luego… (no digo la consecuencia, que he hallado en ).un libro que se titula POR ÚLTIMA VEZ, ¿EXISTE DIOS?

  19. Pingback: La lógica existencia de Dios | Harlan

  20. El bien y el mal existen, pero de forma separada. Son dos Univérsums independientes, uno de la luz (el del Padre del Puro Amor) y otro de la oscuridad (el Dios oscuro, se manifiesta con muchos nombres: Jehová, Elohim, Príncipe de este mundo, Yaldabaot, …). Nunca debieron mezclarse, pero Negraot (el dios negro) junto con sus arcontes oscuros violaron los estatus del Univérsum (“no se puede mezclar el bien y el mal”). Y crearon un tercer camino que es la mezcla, el mundo ilusorio en el que vivimos.
    Es un gran misterio de la Sabiduría Divina y tiene una gran profundidad, pero no se puede adentrar en él si no hay un corazón espiritual abierto. Con la mente no se puede entender, es imposible. La mente está muy limitada y con sus limitaciones quiere comprenderlo, razonarlo, justificarlo todo. Ella solo ve una gotita en un inmenso océano que es el universo de miles de mundos oscuros, mezclados e inmaculados (puros, virginales, que no se mezclan con el mal, viven en la absoluta bondad).
    El hombre está mezclado desde hace miles de años y esto le hace permanecer en un sueño hipnótico. La oscuridad selló el potencial divino del hombre. La bondad terrenal es una manifestación del bien, pero está contaminada por la parte oscura. Se trata de una bondad que no tiene la fuerza para derribar el mal de este mundo y la vida lo confirma, el espíritu de este mundo siempre permanece: el materialismo, hipocresía, egoismo, rapacería, usurpación, violencia. Las revoluciones han llegado, pero ninguna ha sido capaz de vencer al mal y vivir de una forma fraternal, de corazón a corazón, vivir sin mezclarse con el mal. ¿Por qué? La bondad terrenal, no es pura, no tiene la fuerza de la bondad sobrecelestial. Es la bondad de la civilizaciones antiguas Atlantes, Hiperbóreas, Egipcias, … que desaparecieron sin dejar huella. Esta bondad tiene millones de veces mas fuerza que el mayor de los males que pueda manifestarse en la Tierra.
    Para alcanzar esta bondad, vivir de esta manera bondadosa hay que entrar en el verdadero camino de ascenso por la escalera de divinización.
    El mal es usurpador y entra en nuestras vidas sin permiso, la divinidad no es usurpadora. Para que la divinidad entre en nosotros debemos darle el permiso, hacer un nuevo pacto con ella y deshacer el pacto con el príncipe de este mundo. Mientras esto no se haga, la divinidad no puede entrar, no porque no quiera, sino porque tenemos el corazón espiritual (que no emocional o chacra) cerrado y Ella no puede entrar.
    El Univérsum del bien está prohibido en nuestros interiores, los arcontes oscuros (el espíritu de este mundo) gobierna en nuestros interior y por ende en este mundo. No nos permite acceder a la Sabiduría divina, pone sus resistencias. Por eso la mente busca miles de razonamientos que justifican este mundo tal como es y no tiene capacidad de poder contemplar otro universo, el de la bondad.
    Se podría hablar muchísimo sobre el tema, pero es suficiente para quien tiene el corazón abierto.

  21. La respuesta a si existe el mal está en una muchacha, bueno, ya es vieja, rubita en su día, cola recogida, flaca, pava de aspecto, no filósofa, ni teologa, se llama Jane Goodall y es primatóloga. A través de sus observaciones verás “el bien y el mal” tan explicado como un nítido corte estratigráfico.

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