Jot Down Cultural Magazine – ¿Hay que aburrirse mucho para escribir bien?

¿Hay que aburrirse mucho para escribir bien?

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El escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya escribe corto porque no tiene tiempo para novelas largas. Vive en Iowa, donde imparte clases en la universidad. Debe de ser un lugar monótono: mucha tierra, poca gente, escasa fiesta. Des Moines, la capital del estado, emerge del sopor cada cuatro años. Miles de periodistas invaden sus calles con la farándula a cuestas: directos, carreras, focos, emoción. Des Moines se transforma en el centro informativo del planeta por unos días. Allí se celebra el primer caucus (asamblea de votantes) con el que arranca el largo y a veces soporífero proceso de las elecciones primarias de EE. UU.

A Mario Vargas Llosa le gustaba recluirse en Londres, en la biblioteca del Museo Británico, en el virginiawolfiano barrio de Bloomsbury. Sostenía que solo en ciudades sin tentaciones podían alumbrarse novelas de calidad. Le sucedía a Elías Canetti, quien bajo la grisura londinense produjo sus mejores aforismos. Londres ha mejorado —o empeorado, según se mire— en los últimos años. Ahora tiene color, luz, música, vida y hasta unos excelentes restaurantes ingleses, lo que era un oxímoron.

Si escribir buenas novelas exige una vida apacible, ensimismada, sin farándula ni ruido, Nueva York es la excepción para Paul Auster, Tom Wolfe y un largo etcétera. Y más aún para el poeta galés Dylan Thomas, que murió allá de una monumental borrachera (18 whiskys y alguna cerveza) en la taberna Caballo Blanco, en el Village, cerca del Chelsea Hotel, donde Janis Joplin devoró la intimidad del joven Leonard Cohen y se metió para siempre en su canción. Ser divertido, loco y dipsómano también produce extraordinarios resultados.

Cuando Castellanos Moya entra en un proceso creativo no sale por las tardes: ni cenas ni amigos. Asegura que las conversaciones vespertinas le roban energía. Necesita concentrar todo su ser en el acto de inventar historias, de crear. Acaba de publicar El sueño del retorno (Tusquets), una inquietante historia que abulta más del espacio físico que ocupa.

El protagonista, Erasmo Aragón, es un periodista salvadoreño exiliado en México durante la guerra civil de su país (1980-1992). Cultiva la quimera del regreso cuando se ultiman los acuerdos de paz. Es su manera de escapar de un matrimonio desmoronado, de disimular su cobardía personal y política que lo mantuvo más cerca de los bares que de la guerrilla. En sus 178 páginas bulle un texto complejo. Su estilo pausado, circular, envuelve al lector, lo conduce de una escena a otra, con pequeños fogonazos del pasado: el miedo, las cosas olvidadas, las que ayudan a sobrevivir con una conciencia amnésica. Construye un texto que a veces resulta claustrofóbico, como la mente atrancada del protagonista, un tipo incapaz de tomar una decisión.

Rodrigo Rey Rosa es guatemalteco. Vivió fuera en los años más duros de la guerra civil de su país, mucho más larga y devastadora que la salvadoreña. Duró 36 años, mató a 200.000 personas frente a 75.000. Hubo 45.000 desaparecidos, de los que 6500 fueron identificados. Rey Rosa y Castellanos Moya son amigos, de la misma generación. El primero nació en 1958; el segundo en 1965.

La última novela de Rey Rosa, Los sordos (Alfaguara), se desarrolla en una sociedad moralmente quebrada, cerca de un universo indígena que oscila entre un mundo perdido, arrasado por la invasión española y los años de represión de la casta gobernante —de la que Efraín Ríos Montt es solo un ejemplo— y el mundo moderno, que trae progreso para los de siempre: latifundistas, finqueros, militares.

Ese mundo maya, compartimentado en 22 lenguas diferentes, se enfrenta a la pérdida de su cosmología, de la magia, la tierra de sus ancestros. Solo pervive su sistema de justicia. Todo está presente en un libro que arranca con dos desapariciones inexplicables. Rey Rosa tiene un estilo impregnado de aromas africanos, herencia de sus años en Tánger como discípulo de Paul Bowles a quien tradujo al castellano.

Además del número de muertos, Guatemala y El Salvador tienen un ADN opuesto: la llamada cuestión indígena. En el primero representan el 60% de la población, padecen xenofobia, abuso y marginación. En el segundo, los amerindios apenas alcanzan el 13% y existen estudios que rebajan considerablemente esta cifra. La mayoría de los indígenas de El Salvador fueron exterminados en los años 30 por el dictador Maximiliano Hernández Martínez.

Rey Rosa es muy tímido cuando habla en público. Él escribe más corto que Horacio Castellanos Moya pese a disponer de más tiempo. Es un minimalista. Vive en la ciudad de Guatemala, un sitio más entretenido que Iowa en el que a partir de ciertas horas de la noche no conviene andar deambulante. Escribe corto porque un buen día, cerca del punto final, se le acaban las palabras, la historia se despide.

Hace unas semanas tuvieron en San Salvador lo que en el luminoso lenguaje centroamericano se llama un conversatorio, una charla. Fue en el marco de un foro sobre el futuro del periodismo organizado por el diario El Faro que dirige Carlos Dada. Castellanos Moya fue provocador al decir en público que Miguel Ángel Asturias, la gloria oficial de las letras guatemaltecas y premio nobel de literatura en 1967, fue una persona poco recomendable cuya obra ha resistido mal el tiempo, pero a quien le reconoce una portentosa capacidad de resucitar en cada libro. Rey Rosa escuchaba a su lado imperturbable, mudo, como si estuviera de acuerdo. Cuando surgió una mención del nicaragüense Rubén Darío se les iluminó el rostro. Los economistas de las palabras son amantes de la poesía.

No conocí a Asturias ni soy un estudioso de su obra pero por el relato del escritor salvadoreño me hice la idea de que debió ser un émulo de Camilo José Cela, siempre cerca del poder, calculador de las ventajas del silencio. Un tipo este Cela de mal carácter, quizá insufrible, pero con libros esenciales: La familia de Pascual Duarte, La colmena…

El escritor Rey Rosa tiene un libro especial: Severina (Alfaguara); una novela corta, poco más de 100 páginas. Se trata de una inmersión en el mundo de los libros y de las librerías, ahora que tanto sufren los libreros con la crisis y el cambio de paradigma (¿se dice así?). Hay enfermos de libros que los escriben; otros, que los venden. Existe un tercer tipo de amantes: los que los roban. En Severina no sobran palabras, no faltan páginas, todo tiene exactitud matemática.

Espero la llegada de una tercera obra de Rey Rosa, Material humano, que es necesario rescatar de algún almacén de ejemplares no vendidos. Lo que no se despacha raudo en la mesa de novedades pasa a un limbo del que no es sencillo escapar. Material humano es el resultado novelado de su investigación en los archivos policiales de Guatemala, un país violento en el que el 97% de los crímenes queda impune. Hay novelas que se mueven tan bien dentro de la realidad, con claves de ficción, que cuando se terminan no se sabe qué es real, qué inventado.

Rey Rosa trabaja ahora con archivos psiquiátricos. Miles de fichas que recopilan la existencia de un mundo subterráneo, que se desliza paralelo a la superficie. Entre las fichas hay tragedias ignoradas, personas dadas por locas porque un día se masturbaron en un parque, para las que nadie reclamó su libertad y allá quedaron aparcadas, destruidas lentamente.

Ambos creen que el escritor debe participar en los debates de la sociedad en la que vive, denunciar injusticias, desvelar situaciones inaceptables. Es la controversia central: quién debe gritar, la obra o el autor. Hay escritores como Asturias y Cela que jamás gritaron; otros como José Saramago y Gabriel García Márquez que se implicaron en causas perdidas, que siempre son las mejores, las que merecen la pena. Una obra política, dogmática, repleta de moralina rebelde sería un insufrible ejercicio de petulancia. Los escritores grandes son capaces de descender a las profundidades del ser humano, y allá lo desnudan y exhiben desde unas historias pequeñas que convierten en universales, como sucede en Ensayo sobre la ceguera del nobel portugués. Cuando se toca ese cielo no importa la bulla ni los amigos.

Un día, en su casa de Tías, en Lanzarote, un sitio muy tranquilo, le dije a Saramago que el periodismo y la literatura eran orillas del mismo río. No fui original, solo copiaba a Gabo, a Hemingway, a los tránsfugas. Él me miró desde unos ojos pequeños que veían grande y me respondió: “Eso es lo que os gustaría a los periodistas”.

9 comentarios

  1. Hay una diferencia fundamental entre llevar una vida tranquila y aburrirse. SI no fuera así, Somalia sería la nueva Ibiza. Por lo demás, un escritor que se aburre escribiendo no es un escritor.

  2. No creo que ningún escritor de verdad se aburra escribiendo. Sí es cierto que muchos escritores aburren escribiendo.

  3. Pingback: 29/05/13 – ¿ Hay que aburrirse mucho para escribir bien ? | La revista digital de las Bibliotecas de Vila-real

  4. Bravo por el texto, maestro.

    No creo que Lobo diga que los escritores se aburren escribiendo. Lo he entendido más bien como una contraposición de Des Moines, lugar centrado, cuadriculado y ordenado frente a otros sitios como ciudad de Guatelama, bulliciosa, intranquila y ajetreada. Son dos espacios radicalmente diferentes. Un escritor podría encontrar historias geniales en ambos. Sin embargo, las que pueda encontrar en Guatemala serán mucho más emocionantes e intensas que las que pueda hallar en la “aburrida” Iowa.

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  6. excelente nota, como dice el comentario anterior no creo que sea de analizar si el escritor se aburre o no es la historia en contraposicion la que nos dice el ambiente que se vive en cada mundo, soy SALVADOREÑO, y bueno cada lugar en la tierra tiene su historia cada persona tiene una historia diferente.- y creo que la tranquilidad aveces no desvanece la emocion, si no que la pausa, la ofrece en porciones mas pequeñas.

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  9. Sería interesante ver si sucede lo mismo con las escritoras.
    Esta es una lista muy extensa de hombres.

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