Natalia Carbajosa: Poesía imprevisible

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Rae Armantrout - fotografía de Kevin Walsh

Rae Armantrout – fotografía de Kevin Walsh

¿Qué busca un lector de poesía en un poema? Si se trata de un lector reciente, urgente y adolescente —todo a la vez, buscará lo mismo que en una película o un videojuego: una identificación inmediata con el héroe, o más bien con el antihéroe, ya que un estado de ánimo depresivo por desamor o por amor no correspondido es más propio de según qué edades o experiencias. Buscará, pues, el Bécquer de las Rimas, el Neruda de los Veinte poemas de amor o el Cernuda de La realidad y el deseo, y hará bien en reconocerse en la desesperación que destilan los poemas de esos libros: nada consuela tanto como poner palabras, aunque sean las de otros, a lo que nos desazona. El problema no se arregla, pero la precisión del lenguaje poético se opone a las fuerzas externas que angustian al sujeto y le ofrece armas para combatirlo. Es el primer paso para saltar, de la subjetividad más dolorida yo y yo y yo y mi circunstancia a un enfoque más sereno y amplio sobre el mundo, desde donde la desmesura por pura inseguridad de un ego joven vaya tomando proporciones asumibles.

Si, por el contrario, pensamos en un lector avezado, en la mayor parte de los casos también escritor (¿por qué no admitirlo? prácticamente solo los poetas leen a otros poetas, acaso porque la dedicación al lenguaje poético está trazada así, como un camino de ida y vuelta), advertimos que esa identificación del sujeto lector con el yo lírico del poema se ha vuelto más compleja, y no descansa en un paralelismo inmediato entre la situación del lector y la que describe el poema. Aun así, el lector sigue celebrando encontrarse palabras que expresan aquello que él mismo intuía o se decía a sí mismo de manera más torpe que como lo cuenta el poema: sigue buscando en el poema, aunque no sea de manera tan explícita, ese instante especial, o momento epifánico, que le lleve a un rincón olvidado de la memoria, a la contemplación de un paisaje o a una vivencia concreta. Mucha de la poesía que produce estos efectos, por tanto, es narrativa o, mejor dicho, discursiva; al igual que una historia, tiene una estructura reconocible planteamiento, nudo y desenlace y una interpretación principal. Como todo en la vida, no se trata tanto del “qué” sino del “cómo”: la pericia o impericia del poeta puede hacer que una excusa cualquiera un tropezón en plena calle, perder el autobús, mirarse en el espejo, que empiece a llover se convierta en un buen o un mal poema. Y los posibles apellidos de ese poema confesional, de la experiencia, culturalista no añadirán ni restarán nada de lo que por sí mismo sea capaz o incapaz de transmitir.

Ahora bien, como animales de costumbres que somos, a veces hasta los lectores de poesía los más escasos y “raros” a ojos de los demás nos volvemos acomodaticios. Ocurre con las amistades y las opiniones que mantenemos, los periódicos y las novelas que leemos, los programas de radio y la música que escuchamos, las obras de teatro y las películas que vemos: solemos buscar que nos confirmen aquello que ya sabemos o de lo que ya estamos convencidos, los esquemas estéticos o ideológicos o rítmicos con los que estamos familiarizados, incluso si estos son, a nuestros ojos, innovadores o radicales. Nos cuesta dar el paso hacia algo diferente, no previsible, a menudo incómodo por cuanto inesperado, o incluso frontalmente opuesto a nuestras expectativas. Es lo que puede suceder cuando, rodeados como estamos de la poesía de episodio o anécdota personalizada, nos asomamos a un tipo de poesía no discursiva, sin marcos de referencia concretos, aparentemente sin sentido. Algo como:

Acedía, cólera, puntas
del boomerang, de un ataque
que regresa a la carne, bajo
la uña a roer. Un sueño en contrapunto
propone otra sustancia,
desalojo de lo airado o inerme.
En el sueño se hallaba
y era yo no expresamente, no civilmente
línea negra, margen, y entonces
cálido colorcillo de alegría
sabrosa, luz del ojo. El poema iba
allí, adonde sin querer
llega dulzura, aporta
fuga o arrebato, humor amansa.

Cualquier otro poema elegido al azar de este libro hermético y extraño (Y todos estábamos vivos, de Olvido García Valdés), hubiera podido ilustrar lo que se aquí se expresa o, mejor dicho, lo que no se expresa: ¿quién habla? ¿qué relación existe entre las cosas nombradas (acedía, cólera, puntas de boomerang, uña a roer)? ¿cuál es el escenario? ¿es sueño o realidad? ¿por qué el poema “iba” y “aporta”, pasado y presente? En este poema se pierde la posibilidad de una única interpretación; faltan datos para ello y, por lo tanto, solo podemos hacer conjeturas —aun cuando conozcamos las circunstancias bajo las que fue escrito y la tendencia de la autora a una poesía, si se quiere, muy “orgánica”, hecha de escasos elementos del mundo material. Más aún: una posible interpretación no tiene por qué anular otras. Se trata de un poema que, por muchas veces que se lea, no se agota, con cada nueva lectura aporta un nuevo matiz tan incierto como los anteriores. Es un poema valiente porque asume el riesgo de la ininteligibilidad, que es tanto como arriesgarse a que el lector le de la espalda. Constituye un modo de cuestionar, aun sin proponérselo, otras formas más tradicionales de leer y de escribir poesía.

Una poeta norteamericana que ya se ha asomado a las páginas virtuales de Jot Down, Rae Armantrout, es una practicante destacada de esta clase de poesía que, para que salga bien, requiere de tanta pericia como cualquier otra, o quizá más —un poema no es experimental porque sí, ni llega a denominarse como tal por las buenas—. Preguntada en una entrevista por las circunstancias que generaron uno de sus complejos poemas, compuesto de partes aparentemente inconexas; y preguntada a continuación sobre por qué, si el hilo narrativo lo conformaba un viaje de su San Diego natal a la frontera con México y lo que encontraba a su paso (vendedores ambulantes, un atasco), renuncia a contarlo de un modo comprensible, Armantrout responde lo siguiente:

Quiero que mis poemas se muevan a la velocidad del pensamiento, que tengan la inmediación y la urgencia del pensamiento en tiempo real. Y respecto al lector, me gustaría que participase en el comienzo de la experiencia, si es posible, y no que simplemente escuche un informe posterior del hecho. Mientras estamos viviendo la experiencia, no nos contamos a nosotros mismos dónde estamos.

Armantrout está de este modo resistiéndose a la identificación de un lector que desee proyectar su ego en el yo poético, aun a costa de terribles y furibundos detractores. Su modo de escribir, como el de García Valdés, a veces atrapa y a veces no. Pero en cualquier caso, abre ventanas que permanecían cerradas, rompe las costuras del poema y lo convierte en un elemento líquido, no limitado a una sola versión, la mayor parte de las veces imposible de reproducir en una explicación de manual. El recorrido que va del sujeto desbordado de 17 años al lector/poeta maduro, capaz de manejar sus emociones en otros planos no menos placenteros que el del sentimiento a flor de piel por ejemplo, desde la emoción del lenguaje, es un camino largo que autoras como las aquí citadas nos invitan a trazar en un ejercicio excepcional de concisión, condensación y eliminación de lo que sobra.

Otras poetas jóvenes en nuestro país Eli Tolaretxipi se mueven en similares coordenadas: concisión que es casi sequedad, ausencia de referencias, riesgo. No por casualidad, Tolaretxipi es traductora de poesía norteamericana, y un poeta sigue siéndolo quizá incluso más cuando traduce; ya desde Keats, con su “capacidad negativa”, pasando por Eliot y su “correlato objetivo” y posteriores corrientes defensoras de la objetividad en el arte, la tradición crítica de la poesía anglonorteamericana está llena de practicantes de una manera de leer y escribir que desplaza la postura central del yo a un espacio intermedio donde confluyen distintas voces, internas y externas; es, en el fondo, una forma de percepción más próxima a nuestro día a día, donde constantemente se mezclan diferentes mensajes (una conversación, un mensaje de correo electrónico, un anuncio publicitario) y discursos varios (políticos, educativos, sentimentales). Pero no es necesario hacer un curso de teoría literaria para abrir bien los ojos y enfrentarse a la poesía o a la música, o a la opinión, o a las personas con una actitud menos autocomplaciente. Con la poesía que busca nuestro esfuerzo y complicidad última, no la aprobación fácil e inmediata y que, por eso mismo, puede llevarnos más lejos que de costumbre. Para quedarnos como estamos, ya sirve todo lo demás. Pero la poesía nueva debería ser, sí, imprevisible.

10 comentarios

  • Yo quería ser poeta. Si. Ya casi ni lo recuerdo pero si, quería ser poeta.

    Hasta que un día, un buen día, leí a Claudio Rodriguez decir:

    “Como si nunca hubiera sido mía,
    dad al aire mi voz y que en el aire
    sea de todos y la sepan todos
    igual que una mañana o una tarde.”

    Que es el resumen del pensamiento de todos los poetas que han existido desde que el mundo es mundo. ¿Qué añadir?

    Luego, andando el tiempo me abrí una cuenta en Twitter, pero ya sin pasión alguna.

    Para poesía “hermética” o “imprevisible” o como guste de llamarse ahora revisense las vanguardias. “Trilce” de Vallejo, “Altazor” de Huidobro o “En la masmédula” de Girondo.

    De nada.

    • Cierto, pero parece que ahora predomina la llamada “línea clara” y nos hemos olvidado un poco de las vanguardias, ¿verdad?

  • Suponemos que donde dice inteligibilidad quiere decir ininteligibilidad.

  • Me ha parecido muy interesante esta frase frase: “y un poeta sigue siéndolo —quizá incluso más— cuando traduce”, naturalmente que no es cierta, pero es verdadera.

  • También habrá qué observar qué entiende uno por “inteligibilidad” en esta época. Como bien dice Natalia, el adolescente buscará lo mismo que en el film o en el videojuego, el mismo aparataje lingüístico: una poesía que funcione igual que la publicidad o los media – sin que esto vaya en detrimento de uno o de otro. Lo inteligible se me asemeja cada día más a lo fácilmente asimilable, digerible.

    Sin embargo, la poesía que permanece o que tiene cierto valor o presencia es la que es capaz de reducir a polvo los usos acostumbrados del lenguaje: Trilce, o Altazor son buenos ejemplos. La palabra poética se pone en práctica para arriesgar y perder. Aunque no tiene porqué ser críptica. Billy Collins o Eugenio Montejo son casos excepcionales del uso de la línea clara para el descubrimiento de nuevos pliegues en la lengua.
    Un saludo.

  • Buen artículo, ¿pero por qué esa incesante necesidad de categorizar? Yo, siendo joven, ni me inicié así en la poesía, y ni por mucha poesía que leo, busco aquello que dices que busca el lector adulto de poesía.

    Sin embargo, en la parte positiva, tu escrito me ha ayudado a entender que buscan estxs poetxs con su forma de encadenar palabras en versos, lo que no quiere decir que le encuentre ningún valor ni ético, ni estético ni me abran ventanas que antes estaban cerradas. Me gusta como ejercicio de plasmación del pensamiento, pero éste mismo siento que en muchas ocasiones si tiene una calidad narrativa.

    Pegaros un paseo por nuestra poesía: insultismo.wordpress.com A ver si actualizamos pronto el índice de poemas porque muchos de los que entendemos los mejores se quedan fuera del mismo.

    Gracias

  • Pues sí, todas las generalizaciones tienen ese peligro, pero de lo que yo veo a mi alrededor hay mucho de eso: pequeños grupos, del estilo que sea, que se aplauden entre ellos, sin arriesgar nada más allá, ni consentir que se les contradiga. En eso quería incidir.

    Tengo que ver vuestra página con más detenimiento, solo le he echado un vistazo por encima. ¿Conoces Nube Habitada? http://www.fronterad.com/?q=nube-habitada-uxio-novoneyra
    Hay muchos poetas interesantes allí.
    Salud.

  • Interesantísimo y necesario artículo. Aglutina preguntas, más que respuestas, lo cual es de agradecer.

    Creo que vivimos tiempos blandos, donde la poesía tradicional ha machacado tanto los caminos más transitados, que los ha convertido en surcos. Sin embargo, por definición formal, la poesía siempre ha sido su negativo: agua sin caudal.

    Los nuevos poetas y sus propuestas pueden interesar más o menos, gustar mucho o nada, pero son siempre valientes porque proponen, porque alertan, porque escapan del surco y nos recuerdan que una pregunta (o varias) son un origen, y eso siempre tiene más valor, para algunos, que una respuesta.

    La poesía siempre ha de ser una proposición, una hipótesis, una conjetura. No la respuesta. No podía estar más de acuerdo con el hecho de que percibir esta diferencia es lo que separa al lector iniciático del maduro.

  • Interesante.

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