Jot Down Cultural Magazine – Bobby Fischer (VI): Comienza la guerra

Bobby Fischer (VI): Comienza la guerra

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El campeonato mundial de ajedrez de 1972 fue el acontecimiento deportivo más trascendente de todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI. Generó mayor atención periodística que cualquier otro evento, incluidos los juegos olímpicos o el mundial de fútbol. Su significación política sobrepasó todo lo que hasta entonces podía imaginarse en una competición deportiva. Incluso las cúpulas gobernantes de las dos grandes superpotencias seguían cada acontecimiento al minuto. Medios de todo el planeta, ávidos de capturar cualquier detalle, se presentaron en Reikiavik, la pequeña capital de Islandia. Un modesto país hasta entonces poco conocido pero repentinamente señalado en el mapa como sede de un choque de titanes entre el campeón mundial de ajedrez, el soviético Boris Spassky, y su ingobernable contrincante, el excéntrico y genial Robert James Fischer. El mismo Fischer que había saltado a las portadas de las grandes publicaciones durante el año anterior después de aplastar a tres rivales de primera magnitud con una demostración de superioridad jamás vista en los cinco siglos registrados de competición ajedrecística.

Pero cuando el match por la corona mundial está a punto de comenzar, Fischer no se ha molestado en subir a un avión con dirección a Islandia. Es más, se niega a salir de su escondite en Manhattan. Por enésima vez, su presencia en un momento histórico pende de un hilo. A través de sus abogados expresa el deseo de obtener más dinero. El mundo entero contempla con pasmo —y con desagrado— su actitud aparentemente fría y calculadora. Va a comenzar el acontecimiento deportivo del siglo y uno de los dos protagonistas no ha hecho acto de presencia.

El aspirante que no estaba allí

Los islandeses hemos hecho todo lo posible para organizar este campeonato y agasajar al campeón mundial, así como al aspirante. Pero el aspirante no está aquí. Y me temo que su conducta está poniendo a Islandia en contra de los Estados Unidos. (Discurso del primer ministro islandés en el acto inaugural del campeonato).

El campeón mundial opina que es un hecho inaudito en la historia del ajedrez el que esté aquí preparado para comenzar el match y sin embargo tenga que verse obligado a esperar al aspirante. (Discurso de la delegación soviética en el acto inaugural del campeonato).

El señor Fischer, con todos sus guardaespaldas y abogados, con su equipo de psiquiatras y asesores médicos, con sus pataletas y sobre todo con su agudo instinto publicitario, ha convertido el campeonato de este año en la noticia del momento. Y si el señor Fischer tiene algún criterio moral al que se aferra, es el de que lo más importante en este juego no es ganar, sino recaudar la mayor cantidad de dinero posible. (Michael Nicholson, corresponsal de la cadena británica ITN).

El día uno de julio, corresponsales de los cinco continentes cubren ampliamente la ceremonia de apertura del match por el campeonato mundial de ajedrez, ya calificado por toda la prensa como «el match del siglo». El acto será registrado por cámaras y periodistas de todo el mundo, pero se está pareciendo muy poco a la gran fiesta del ajedrez que se había estado esperando. Más bien al contrario, el ambiente está muy enrarecido. Predominan las caras largas, las expresiones de perplejidad y muy especialmente las muestras de fastidio cuando no de abierto enfado. Todos están allí: los directivos de la FIDE, las autoridades políticas islandesas, los miembros de la delegación soviética, el embajador estadounidense… todos excepto Bobby Fischer. A pocas horas del comienzo oficial de la final, continúa recluido en el apartamento de un amigo en Nueva York. Está arruinándole el festival al resto del planeta, que espera impaciente una fumata blanca por parte del excéntrico aspirante al trono.

Todos están indignados con su actitud. Boris Spassky —o más bien una carta de protesta cuidadosamente redactada con la supervisión de las autoridades soviéticas— muestra su descontento a través del texto leído por la delegación de la URSS durante la ceremonia de apertura. Dentro del mundillo es bien sabido que a Spassky le cae bien Fischer, pero esa simpatía no puede ocultar su irritación por lo que considera una falta de respeto. Por su parte, el primer ministro de Islandia se muestra todavía más duro y afirma que la ausencia de Fischer es una afrenta a nivel nacional. Su país está albergando el acontecimiento mediático más importante de toda su historia y el que Bobby no aparezca es un insulto a su país. El dirigente advierte de que esa conducta podría empeorar el antiamericanismo ya latente en la progresista sociedad islandesa. La prensa internacional se muestra también despectiva hacia Bobby, muy especialmente después de haber tenido que gastar respetables cantidades de dinero en enviar corresponsales a la isla, además de solucionar las carambolas logísticas que requiere el seguimiento de una competición que teóricamente puede prolongarse durante semanas e incluso meses. Ni siquiera los periodistas estadounidenses son demasiado benévolos con el penúltimo capricho de su gran estrella, el cual está resultando ser tan díscolo como el otro gran deportista americano de fama internacional del momento, el controvertido boxeador Muhammad Ali. Fischer refuerza así la imagen de genio excéntrico, egoísta y desconsiderado para quien poco significa el honor deportivo. Incluso las más altas instancias tienen una clara opinión al respecto: en el Kremlin se muestran soliviantados por la ausencia del aspirante, aunque privadamente se regocijan ante la posibilidad de que el peligroso norteamericano no se presente a la final. En Washington contemplan casi con vergüenza ajena el desplante de su héroe nacional.

Pero, ¿por qué es tan importante para todo el planeta un campeonato en el que dos hombres se limitarán a mover unas piezas sobre un tablero? ¿Qué hace que el mundo entero esté tan pendiente de las 64 casillas, cuando hasta entonces el ajedrez había sido un deporte minoritario? ¿Qué es lo que está en juego?

La guerra fría sobre un tablero de ajedrez

Lista de campeones mundiales de la FIDE. En amarillo, los que proceden de Rusia o territorios que han pertenecido a la URSS.

Lista de todos los campeones mundiales de la FIDE (fotografía del blog http://ajedreztegia.blogspot.com.es). En amarillo, los que proceden de Rusia o de territorios que han pertenecido a la URSS.

En 1972, los EE. UU. y la URSS dominaban el mundo a su antojo, representando a dos ideologías opuestas que pugnaban por imponerse para someter a sus dictados la mayor cantidad posible de países. Podría decirse que no existía una nación que no estuviese alineada de un modo u otro con uno de los dos bandos. Ambas superpotencias se encontraban abiertamente enemistadas desde 1945, aunque nunca se habían enfrentado directamente en una guerra (más allá, claro está, de haber apoyado con mayor o menor discreción a distintos contendientes en cierto número de conflictos bélicos), por lo que la tensión acumulada tenía que liberarse de otras maneras, muy especialmente en una batalla propagandística sin fin.

El roce más serio entre las dos superpotencias, la Crisis de los Misiles de Cuba, había tenido lugar casi una década antes y ya no era un asunto de actualidad. Aunque la opinión pública había visto aquella crisis como una victoria estadounidense —no en vano le había costado su carrera política a Nikita Kruschev—, lo cierto es que a nivel estratégico la URSS había obtenido no pocas ventajas del asunto cubano, ventajas que compensaban la derrota propagandística. Además, en 1972 los Estados Unidos también estaban tragando sapos: su tremendo tropezón en Vietnam estaba poniendo en entredicho el prestigio de su maquinaria militar, atragantada con los comunistas del Vietcong que a su vez estaban siendo apoyados por la URSS. Por otro lado, la política estadounidense estaba empezando a ser minada por una sucesión de escándalos que afectaban a varias de las instituciones más importantes del país. No es que los EE. UU. pudieran seguir restregando la Crisis de los Misiles a su rival, porque tenían sus propios motivos de vergüenza. Otro campo de enfrentamiento propagandístico lo había constituido la carrera espacial, pero si bien la llegada a la Luna había marcado una victoria final estadounidense, los soviéticos podían presumir de haber triunfado en todas las etapas iniciales, desde poner en órbita el primer satélite hasta enviar el primer hombre al espacio. Además, la NASA y algunos de sus principales héroes —muy especialmente Neil Armstrong— se habían abstenido de politizar el alunizaje, recordando sensatamente que aquella victoria pertenecía a toda la humanidad y reconociendo implícitamente que nunca hubiera sido posible sin las hazañas previas de los soviéticos.

Antes de Fischer, solo el baloncesto ofrecía una posibilidad de catarsis deportiva entre las dos superpotencias.

Antes de Fischer, solo el baloncesto ofrecía una posibilidad de catarsis deportiva entre las dos superpotencias.

Así que durante décadas el pulso entre las dos superpotencias se había librado mediante un inacabable intercambio de éxitos y fracasos en ambos lados, sin que pareciese haber un triunfador claro. El mundo necesitaba una catarsis, un enfrentamiento definitivo que sirviera para declarar aunque fuese de manera puramente simbólica cuál de los dos bandos estaba ganando al otro.

El deporte parecía un vehículo propicio para liberar parte de aquellas tensiones, especialmente a nivel propagandístico, y de hecho nunca han sido raros los ejemplos de eventos deportivos dotados de significación política. Pero por entonces no existía una competición de interés masivo donde las dos superpotencias se enfrentasen en igualdad de condiciones. Los deportes más populares en EE. UU. (béisbol o fútbol americano) eran prácticamente inexistentes en la URSS. Y el fútbol europeo, enormemente popular entre los soviéticos, apenas era practicado o siquiera conocido por los estadounidenses. Lo más parecido a un enfrentamiento directo en un deporte mediático lo había proporcionado el baloncesto, juego que sí tenía mucho seguimiento en los dos países; ciertamente, los choques entre ambas selecciones nacionales tenían un fuerte componente político… pero a nadie se le escapaba que el enfrentamiento resultaba desigual. El baloncesto era un invento americano y los EE. UU. todavía estaban a años luz de sus competidores, hasta el punto de que ni siquiera necesitaban enviar profesionales a las competiciones internacionales —por entonces no se les permitía— porque se imponían con facilidad recurriendo sencillamente a sus jugadores universitarios. Todo el mundo tenía claro que si los soviéticos albergaban alguna posibilidad de vencer al combinado estadounidense era debido a la ausencia de los profesionales de la NBA. Algo muy similar sucedía con el boxeo, un deporte universalmente apreciado y muy popular en ambas superpotencias pero donde la hegemonía estadounidense era casi total, muy especialmente en la categoría de los pesos pesados, la que mayor interés despertaba entre el público. Por lo demás estaban los juegos olímpicos, donde dejando aparte el baloncesto, había un conglomerado demasiado heterogéneo de deportes minoritarios en el que no existían grandes momentos de catarsis colectiva para dirimir las tensiones de la guerra fría.

Antes de la candidatura de Fischer, tan brillantemente ganada durante 1971, el ajedrez había parecido el medio menos indicado para escenificar esa catarsis. Primero, por su carácter minoritario en Occidente y en prácticamente todas partes excepto en la URSS. Y segundo, porque el dominio soviético había sido tan aplastante desde el final de la II Guerra Mundial que nadie había albergado la menor esperanza de desalojar a los rusos del trono. Desde 1948, todos los campeones mundiales y todos los aspirantes sin excepción habían provenido de la URSS, siempre formados en aquella imparable máquina de producir talentos que era la escuela soviética de ajedrez. Ni un solo jugador occidental o de otra procedencia había conseguido colarse en una final mundial. Nunca, ni uno. De hecho, la propaganda soviética utilizaba el juego-ciencia como demostración de la superioridad de su sistema educativo, de sus valores y de la formación intelectual de su pueblo. Ciertamente, en la URSS los ajedrecistas eran auténticos ídolos, estrellas mediáticas que contaban con todo el apoyo gubernamental y que ejercían un dominio insultante sobre los ajedrecistas del resto del planeta.

En 1972 Taimanov seguía siendo un paria en la URSS a causa de su derrota frente a Fischer. Spassky corría el riesgo de seguir la misma estela.

En 1972 Taimanov seguía siendo un paria en la URSS a causa de su derrota frente a Fischer. Spassky corría el riesgo de seguir la misma estela.

Sin embargo, el ascenso de Bobby Fischer había cogido a la URSS por sorpresa. Como narrábamos en episodios anteriores, los soviéticos no negaban que Fischer era un genio a su manera, e incluso admiraban —con discreción, eso sí— la manera en que había conseguido equipararse a la élite soviética por medio de un inaudito trabajo en solitario. Su entrenamiento, muy heterodoxo y alejado de la preparación ultraprofesional de los Maestros rusos, lo había conducido a una final mundial, algo completamente extraño e inesperado. Pero en la URSS siempre habían tenido la tendencia de infravalorar el potencial de Fischer, a lo que el estadounidense había ayudado saltándose voluntariamente dos de las competiciones mundiales que se celebraban cada tres años. Fischer no había aparecido en la máxima instancia del ajedrez desde que era un adolescente. Pero el Bobby de 1972 tenía ya poco que ver con el de 1962: diez años atrás no había podido con los rusos, pero ahora, a sus 29 años, era un verdadero peligro. Había barrido a todos los mejores jugadores del mundo. Únicamente el campeón Boris Spassky seguía constituyendo un obstáculo en su camino.

En tres lustros Fischer había pasado de ser amigo a enemigo. Al principio los ajedrecistas rusos lo habían considerado casi un hijo adoptivo, porque Bobby comenzó su precoz carrera como un discípulo más —aunque a distancia— de la teoría ajedrecística soviética, un detalle que no negaba ni él mismo. Es más, durante sus primeros años, el pueblo de la URSS lo había mirado con simpatía: el haberse convertido en Gran Maestro a los 15 años fue un hecho sin precedentes y pese a ser estadounidense los rusos habían demostrado un considerable cariño por él, hasta el punto de que incluso las autoridades soviéticas habían invitado a un quinceañero Fischer a Moscú, agasajándolo como a una estrella soviética más. En aquellos años en que el ajedrez no tenía significación política, la URSS mostraba más respeto y admiración por Bobby incluso que su propio país natal.

Pero Fischer, que nunca se casaba con nadie, pronto empezó a convertirse en un «hijo desnaturalizado», como decía Pablo Morán en uno de sus recomendables libros sobre el americano. A los 19 años, recordemos, había desafiado al establishment soviético denunciando públicamente los manejos irregulares de los Maestros rusos en la alta competición. Eso lo convirtió, al menos en el ámbito de la propaganda, en el enemigo público número uno de aquel ajedrez comunista con el que él mismo había aprendido a jugar. Desde ese momento la prensa de Moscú lo trató con paternalismo y condescendencia, cuando no con un abierto desprecio. Sin embargo, en EE. UU. su actitud lo había convertido en prototipo de héroe americano, un héroe casi de película: individualista, hecho a sí mismo, enfrentado en solitario a todo el batallón de profesionales soviéticos. El niño pobre de Brooklyn que con la única ayuda de su talento estaba desafiando a todo un sistema.

Así que en 1971, durante aquella marcha aplastante hacia la final en la que Fischer había humillado de manera nunca vista a tres de los mejores jugadores del mundo, incluyendo a dos soviéticos como Mark Taimanov y el excampeón mundial Tigran Petrosian, la condescendencia soviética se resquebrajó considerablemente. Las posibilidades de victoria para el estadounidense no eran desdeñables e incluso había quienes lo consideraban el claro favorito para la final. Cierto era que nunca había ganado al campeón Spassky, ni una sola vez durante toda su carrera. Pero la estadística demostraba que, en general, su juego había llegado a ser tan potente como el del actual rey del ajedrez… si acaso no más. Así que en Moscú, por más que quisieran mantener su actitud confiada de puertas afuera, reinaba la alarma. Los comisarios políticos y hasta el KGB comenzaron a acosar a los ajedrecistas soviéticos, especialmente a Boris Spassky y su equipo de ayudantes. El Kremlin quería que el campeón les garantizase la victoria, tan importante para mantener el estatus propagandístico del régimen. El campeón, irritado y atónito, no entraba en el juego y se mostraba indignado por las exigencias del Partido Comunista: «Esto es un deporte, ¿cómo quieren que les garantice la victoria? Nadie puede garantizar una victoria en el deporte». Spassky afirmaba que se encontraba en condiciones de defender el título, pero se negaba a hablar de un 100% de probabilidades de ganar. Lógicamente, cabe añadir. Sin embargo, eso no le bastaba al Partido. El Partido quería lo imposible: asegurarse de antemano que el trono mundial no acabaría en manos de un estadounidense, lo cual constituiría una debacle mediática y política descomunal. Pero resultaba imposible firmar un seguro anti-Fischer y eso ponía muy, muy nerviosos a los mandamases del Kremlin.

El mundo libre necesita a Fischer

En los Estados Unidos, mientras tanto, se había desatado la locura. Hasta entonces el ajedrez había tenido un seguimiento muy limitado, por más que la fuerte personalidad, los récords y la peculiar biografía de Fischer lo hubiesen convertido en una figura muy famosa desde años antes. Pero cuando logró clasificarse para la final se desencadenó una auténtica ola de histeria en torno a su persona. Aquello lo convirtió —para sorpresa de muchos— en el bastión de Occidente, en el primer espada del mundo libre. Era el hombre que iba a derrotar a los rusos. Nada menos.

Fischer tenía una actitud ambivalente hacia su cada vez más desbocada fama.

Fischer tenía una actitud ambivalente hacia su cada vez más desbocada fama.

La prensa lo perseguía allá donde estuviera, en la mayor parte de ocasiones consiguiendo únicamente irritarlo y provocar que se mostrase aún más huidizo. Recibía constantemente llamadas telefónicas, incluidas incontables proposiciones de admiradoras femeninas —aunque él, que no desdeñaba la atención del sexo opuesto, continuaba con sus preocupaciones a la hora de encontrar una pareja estable que no lo quisiera únicamente «por ser Bobby Fischer»— y de muchas empresas que querían hacerse con sus servicios para campañas publicitarias, a lo que se negaba siempre con abierto desprecio. Es muy célebre la anécdota de una marca de champú que le ofrecía una considerable cantidad de dinero por prestarse a anunciar su producto: Fischer, antes de responder, pidió una muestra del champú que debía anunciar… y poco después respondió con una carta en la que decía «su producto es una porquería, éticamente no puedo anunciar esto».

Aunque le molestaba mucho el acoso periodístico, sí concedió diversas entrevistas a periodistas contrastados, entre ellos el famoso presentador Dick Cavett, dejándonos un interesantísimo documento donde se muestra inusualmente relajado y sonriente, y donde parece mucho menos ingenuo que en aquella otra entrevista televisiva concedida diez años antes y en la que había soltado todo cuanto le pasaba por la cabeza. Ahora se mostraba más cuidadoso con sus palabras —etapa rara en su vida, como ahora sabemos— aunque no hubiese desaparecido del todo su lado más naive. Él mismo dijo durante aquella escueta pero reveladora entrevista que «no he cambiado demasiado, solo que ahora me manejo un poco mejor con la gente y con la prensa». Sea como fuere, aquel Bobby afable se parecía más al que conocían las personas de su círculo… siempre que estuviese de buenas, claro está. Todavía no era el fanático monotemático de épocas posteriores y su inmenso carisma, que desprendía probablemente sin quererlo, tenía cautivado al público. Varias cosas se traslucen en la entrevista, especialmente interpretadas a la luz de lo que conocemos de su biografía. Por ejemplo, cuando Cavett le pregunta si se gana dinero con el ajedrez, Fischer responde «podría ganarse más dinero… pero va mejorando». Lo que no cuenta, aunque hoy lo sabemos, es que luchaba contra viento y marea —frecuentemente en detrimento de su propia imagen personal— por obtener condiciones económicas más justas para los ajedrecistas. No en vano incluso el campeón Spassky lo llamaba, más en serio que en broma, «el presidente de nuestro sindicato». Cuando Cavett le dice que la gente espera ver a un ajedrecista bajito con gafas y se sorprende al encontrar a un tipo con espalda de nadador y hechuras de atleta, Fischer defiende la importancia de mantenerse en buena forma física para el ajedrez, algo que el público del plató se toma a broma (para sorpresa del propio Fischer) pero que hoy constituye un fundamento básico para cualquier campeón de ajedrez. También vemos que como de costumbre señala la importancia del trabajo duro, además de admitir que hasta que no consiga el título, «no tengo demasiada vida más allá del ajedrez». Y cómo no, manifiesta su feroz espíritu competitivo:

—¿Cuál es el mayor placer del ajedrez? ¿Cuando ves al rival en problemas?
—El mayor placer es cuando destrozas su ego.
—¿De verdad?
—Sí. (risas)

Transformado en el nuevo Albert Einstein, su popularidad alcanzó cotas a nivel mundial con las que únicamente podían compararse deportistas como Muhammad Ali o Pelé. El carisma es algo que no se puede fabricar, y la prensa encontró un filón en Fischer. Su figura inspiró a miles de nuevos aficionados: las licencias en las federaciones de muchos países se dispararon, así como las ventas de tableros y de manuales de ajedrez. De repente, el sueño de muchos padres era el tener un Bobby Fischer en casa, porque su nombre se había transformado en sinónimo de genio. Naturalmente, la prensa occidental y el Gobierno de los EE. UU. no se reprimieron a la hora de explotar la posibilidad de asestar un doloroso golpe a la URSS allá donde más le dolía, el ajedrez. El juego de los escaques —cuyas virtudes había glosado el mismísimo Lenin— formaba parte fundamental de la ideología soviética desde siempre, apenas finalizada la Revolución de 1917. Ajedrez y URSS eran casi sinónimos… pero ahora era nada menos que un estadounidense quien amenazaba con destruir aquella hegemonía. ¿Qué más se le podía pedir? Fischer, con su afición al pinball, a la música rock y a la Coca-Cola; con su inconfundible acento de Brooklyn. El chaval que había crecido a cuatro pasos de un estadio de béisbol, que había jugado en los tableros al aire libre de Manhattan. Alto, imponente, intrigante. Un campeón genuinamente americano que parecía diseñado a propósito para el regocijo de los medios de su país y del mundo entero. Lo tenía todo.

Todo excepto, volviendo a narrar el campeonato, las ganas de acudir a Islandia.

Mientras todos le esperan en Reikiavik, Fischer ya ha comunicado que la bolsa económica propuesta para el match (125.000 dólares de la época, unos 600.000 euros actuales a repartir entre ambos contendientes) le parece insuficiente. Quiere más dinero, o no jugará. También reclama un porcentaje de los derechos televisivos y de la recaudación de las taquillas. De repente se esfuma cuando las democracias capitalistas lo están usando como principal arma propagandística. Está irritando al mismo público que lo adora. Para los estadounidenses el campeonato es una cuestión de honor patrio, de defensa de un sistema de vida. Pero para Bobby parece limitarse a lo de siempre: dinero. Nadie puede entender que vaya a dejar pasar esta oportunidad de proclamarse campeón y de transformarse además en el más grande icono de Occidente durante esa etapa de la guerra fría. De no acudir a Islandia, piensan muchos, estaría burlándose de millones de personas que han empezado a seguirlo muy de cerca, confiando en que aseste un sablazo mortal al petulante orgullo comunista.

La ceremonia de inauguración se celebra sin él. Nadie se atreve a asegurar que habrá una final.

Pero el 3 de julio, dos días después de ese acto de presentación al que no se había molestado en acudir, un magnate británico llamado James Slater ofreció 125.000 dólares de su bolsillo para doblar la bolsa del premio, enviando un telegrama a Bobby que decía algo así como «Ahí tienes el dinero. Ahora ve y juega».

Horas de tensión insoportable

El afable Boris Spassky era un desconocido para la prensa occidental, obesionada con Fischer.

El afable Boris Spassky era un desconocido para la prensa occidental, obesionada con Fischer.

Para alivio de todos y en cuanto supo que el premio económico se había doblado, Fischer abandonó su refugio y voló a Islandia. A su llegada, en el aeropuerto, lo aguardaba una excitadísima multitud. Pero Bobby estaba ya sumido en un extremo estado de concentración, así que se metió rápidamente en un automóvil y se esfumó con dirección a la vivienda que tenía designada. Su tumultuosa aparición contrastaba con la llegada previa de Boris Spassky, quien había firmado autógrafos y se había dejado agasajar por los admiradores, pero que había despertado menos expectación. Spassky, aun siendo el campeón, era un virtual desconocido para muchos ciudadanos de a pie más allá de las fronteras soviéticas. Bobby, el aspirante, era la gran estrella.

Decíamos que durante 1971 Fischer había mostrado un nivel de juego insultante, transformándose en una figura bigger than life. No solamente era cuestión de fama: las recientes demostraciones del americano proporcionaban buenos motivos para que Spassky estuviese preocupado.

Sin embargo, lo que más molestaba a Boris Spassky no era el nivel de juego de Fischer, sino la excesiva politización del evento. Él se consideraba un patriota, pero no un comunista; era de los pocos Grandes Maestros que no pertenecía al aparato del PCUS. Él estaba en Reikiavik para disputar un título deportivo, no para dirimir el equilibrio geopolítico de las dos superpotencias por más que la prensa mundial en pleno estuviese empeñada en calificar el enfrentamiento en términos casi bélicos. Dicho de otro modo: Spassky estaba harto. Durante el último año las autoridades soviéticas no lo habían dejado en paz. El obsesivo mensaje del Kremlin era siempre el mismo: hay que ganar a Fischer, hay que ganar a Fischer… un incremento de la presión política sobre el campeón que terminó siendo contraproducente. Spassky había preparado cuidadosamente el match, pero empezó a cansarse de que todo el sistema soviético pareciera descansar sobre sus espaldas y ya antes de la final demostró su hastío con síntomas de rebeldía que preocupaban a sus preparadores y por extensión al politburó. Un buen ejemplo de su actitud previa al evento: se le buscó un sparring adecuado para jugar una serie de partidas preparatorias, el jovencísimo y prometedor talento Anatoly Karpov —futuro campeón mundial como todos sabemos—, cuyo juego recordaba al de Fischer en muchos aspectos. Karpov pertenecía a una nueva generación de jugadores que, al contrario que Spassky, había modelado su juego estudiando las partidas del estadounidense. Karpov se había formado dentro de un nuevo paradigma erigido por el americano y aun siendo un producto de la fábrica soviética de talentos, era uno de los primeros espadas de una nueva «generación fischeriana». Por ello, el juego «posicional activo» de Karpov lo convertía era un sparring ideal, ya que precisamente ese estilo era con el que jugaba el propio Fischer. Pero Spassky recibió con desgana la noticia de que debía medirse a Karpov. Consintió en jugar una partida contra él,  que ganó con facilidad, y decidió que ya tenía suficiente. Un asombrado Karpov comunicó al equipo de entrenadores que el campeón no tenía intención de jugar siquiera una segunda partida de preparación. Nadie pudo hacer que Spassky cambiase de opinión. Como de momento era el campeón mundial resultaba intocable, pero su actitud de visible desidia resultaba muy preocupante para las autoridades moscovitas.

Spassky lamentaba ser el único hombre a quien Fischer no había doblegado todavía, porque aquello lo convertía en el último soldado encargado de defender la trinchera del orgullo soviético frente al huracán de Brooklyn, representante de la decadencia capitalista occidental. Aquello no iba con él. Él era un ajedrecista, no un político ni un militar. Tal vez Fischer, por su fogosa personalidad, estuviese acostumbrado a lidiar con tensiones, enfrentamientos y presiones externas en todo tipo de competiciones. Pero Spassky,  un tipo tranquilo y extremadamente correcto para quien el ajedrez era un civilizado juego entre gente educada, difícilmente podía sentirse feliz bajo toda aquella presión.

Sin embargo, lo cierto era que Bobby tampoco se encontraba cómodo con tanta politización y como Spassky evitó cuidadosamente caer en el juego ideológico previo. Tampoco le gustaba presentar la final como aquella disputa entre superpotencias en la que, a su pesar, se había convertido. Paradójicamente, los dos protagonistas del evento que tenía en vilo al mundo eran los únicos que no tenían intención de calificarlo como una batalla política internacional. Dos ajedrecistas que mantenían una buena relación personal pero que aparecían repentinamente retratados como enemigos, encabezando muy a disgusto una guerra de proporciones ciclópeas que amenazaba con descontrolarse hasta trocar el campeonato en una experiencia torturante. El estado de nervios de ambos contrincantes era delicado y no es de extrañar. Rara vez, si es que alguna, han estado dos deportistas bajo semejante escrutinio por parte de todo el planeta. Lo quisieran o no, Bobby Fischer y Boris Spassky tenían la guerra fría en sus manos. Absurdo, pero cierto.

Finalmente, tras muchas vicisitudes y habladurías, con un Fischer recluido en su casa de Islandia, pudo comenzar el campeonato. El 11 de julio de 1972 iba a disputarse la primera partida. La final consistiría en una serie de 24 partidas —o menos si alguno de los contrincantes alcanzaba los 12’5 puntos—, en las que un empate a 12 puntos permitiría que Spassky retuviese la corona. Era el momento más importante en la vida de Bobby Fischer, que llevaba soñando con el título y esforzándose obsesivamente para conseguirlo desde que era un niño solitario moviendo unas piezas baratas en su diminuto apartamento de Brooklyn.

Primera partida: el primer shock

Cuando participas en un torneo normal, puedes disfrutar jugando al ajedrez. Pero en el campeonato mundial las emociones negativas se imponen sobre las positivas porque quieres aniquilar a tu oponente. Así es el campeonato mundial. Además de creatividad, el campeón del mundo debe tener instinto asesino. (Boris Spassky)

Todo está preparado en el impresionante pabellón Laugardalshöll de Reikiavik. Un espectacular escenario para un evento espectacular. Sobre él, un tablero diseñado según exigencias de Fischer y un juego de piezas Staunton solicitadas también por él.

Campeón y aspirante se sientan ante el tablero. Ambos tienen una expresión grave en su rostro. Comienzan a jugar. El mundo entero está mirando.

El tablero: un perfecto empate técnico antes de la extrañísima e inesperada jugada de Fischer.

El tablero durante la priemra partida: un perfecto empate técnico antes de la extrañísima e inesperada jugada de Fischer.

Spassky, con blancas, mueve primero. Fischer responde con la defensa Nimzo-India, una habitual de su repertorio. No hay sorpresas. El campeón se muestra cauteloso y a la expectativa. El aspirante también. Fischer se apresura a simplificar el juego para llegar lo más rápidamente posible a una fase final con pocas piezas, su gran especialidad, y evitar un medio juego complejo en cuyos intrincados vericuetos el imaginativo Spassky se movería como pez en el agua. El ruso no se resiste a la simplificación del juego y también parece contentarse con un juego tranquilo. La partida transcurre igualada y, cosa previsible en una primera toma de contacto, se encamina a un empate técnico. Después de solamente 28 movimientos, cada uno de los rivales se ha quedado con su rey, un alfil y seis peones. Son unas tablas de manual. Parece haberse llegado a un punto muerto y todo el mundo espera la firma del empate para que los contendientes se retiren a sus aposentos, donde se mentalizarán para una segunda partida en la que probablemente comenzarán los fuegos de artificio (y comenzaron, a pesar de que esa segunda partida no llegaría a jugarse nunca… pero ahora hablaremos de eso). Con un título tan importante en juego, ninguno de los dos parece querer arriesgar demasiado nada más empezar. Lógico. Mejor utilizar la primera partida para acostumbrarse al entorno y comprobar que el rival ha venido preparado. Lo propio en la batalla inaugural es mostrarse conservador y tratar ante todo de evitar cometer errores.

Y entonces Fischer lo hace. Nadie sabe por qué. Nunca nadie ha entendido qué pasaba por su cabeza cuando lo hizo. Pero inesperadamente sacrifica un alfil a cambio de dos peones, en una jugada inexplicable que parece más el error de un principiante que la jugada de un Gran Maestro de talla mundial. Spassky, aun sin demostrarlo en su rostro generalmente hierático, se queda atónito. Los analistas no saben dilucidar si están asistiendo a una genialidad que todavía no pueden comprender o a un fallo garrafal que resultaría todavía más difícil de asimilar. Los corresponsales hierven de excitación y el público trata de captar la esencia de la jugada. Aquello va a convertirse en una gran noticia, porque nadie hubiese imaginado semejante e innecesario golpe en mitad de un juego reposado. El presidente de la federación islandesa lo resume agudamente: «un único movimiento y vamos a salir en todas las portadas del mundo».

Pero la jugada no es una genialidad. De hecho es un error, y un error demasiado grueso como para creer que a Fischer se le ha podido escapar por las buenas. ¿Qué pretende con esa jugada? Unos piensan que su intención era simplemente la de confundir a Spassky, obligándole a pensar más de la cuenta, preocupándose en vano por las posibles consecuencias de aquella jugada inútil. Otros creen que se negaba a firmar unas tablas que parecían cantadas, que no quería un empate y que decidió lanzarse a una táctica suicida con la esperanza de que la presión pudiese con Spassky. Y otros, como Kasparov en su famoso análisis, creen que los nervios le jugaron una mala pasada a Fischer y le llevaron a calcular erróneamente, haciéndole ver una continuación fantasmal hasta la victoria que únicamente existía en su cabeza. En fin, nunca sabremos cuál era la intención del estadounidense o si de verdad aquello era un error monumental —él mismo nunca lo aclaró— pero Fischer hizo aquella jugada y Spassky se limitó a intentar sacarle partido. Pronto las cosas parecían decididas a favor del campeón.

Aun así, y con la partida aparentemente perdida, Bobby continuó jugando con su combatividad habitual y llegó incluso a rozar una pequeña posibilidad de obtener un empate. Pero la situación de inferioridad en que él mismo se había puesto no era algo que todo un campeón mundial fuese a desaprovechar. Finalmente tuvo que rendirse. 1-0 para el ruso. Spassky le había derrotado una vez más. Fischer se levanta, estrecha rápidamente la mano de su rival y se esfuma veloz del escenario como acostumbra a hacer cuando sufre una dolorosa derrota, mientras parece dejar a un titubeante Spassky con la palabra en la boca. Al día siguiente la prensa mundial hace cábalas sobre el extraño movimiento del estadounidense; muchos lo achacaron sencillamente a los nervios. Otros muchos pensaban que Fischer seguía sintiéndose inferior a Spassky (aunque Bobby jamás hubiese expresado abiertamente ese sentimiento, más bien al contrario) y que aquel error tremebundo era un producto de ese complejo de inferioridad, o de las ansias de evitar un empate y ganar a toda costa. En fin, todo especulación.

¡Cuerpo a tierra! Bobby el Terrible acaba de descubrir que le molestan las cámaras. Y la final, claro está, empieza a peligrar en ese mismo instante.

¡Cuerpo a tierra! Bobby el Terrible acaba de descubrir que le molestan las cámaras. Y la final, claro está, empieza a peligrar en ese mismo instante.

En lo que no se habían fijado fue en un detalle que parecía sin importancia, más que nada por habitual en Fischer, pero que terminaría adquiriendo una relevancia enorme. Durante aquella primera partida y mientras estaba sentado esperando la jugada de Spassky, Bobby se había girado en su sillón para mirar directamente a una de las cámaras que grababan el evento. Después se había levantado para decirle algo al árbitro. ¿Qué sucedía? Pues que al parecer le molestaba el ruido del motor de aquellas cámaras. Una de tantas quejas que Fischer hacía siempre a los organizadores. O no…

Comienza la guerra psicológica

Antes de la segunda partida, Fischer pidió que se retirasen las cámaras del recinto. Los organizadores se negaron, aludiendo que él parecía ser el único individuo de todo el pabellón al que molestaba su sonido o que lo captaba siquiera. El americano insistió: había que retirar las cámaras. Los islandeses volvieron a negarse.

Y Fischer, como contestación, no acudió a la segunda partida.

A la hora señalada volvía a haber una silla vacía en el recinto. Esta vez era la silla que Bobby debía ocupar ante el tablero. Spassky se vio obligado a esperar durante los 60 minutos que marca el reglamento antes de descalificar a un jugador por incomparecencia. Su rostro parecía inexpresivo como de costumbre, al menos a ojos del público, pero quienes lo conocían bien sabían que en realidad estaba siendo consumido por los nervios. Los miembros de la delegación soviética empezaron a temer —con razón— los efectos demoledores que las inesperadas maniobras de Fischer podían tener sobre el ánimo de Spassky. Imagínese la situación, amigo lector: usted es el campeón mundial, está defendiendo (a su pesar) el orgullo de su país y de todo un gigantesco sistema político, con toda la prensa planetaria registrando cada uno de sus gestos, las cámaras de televisión enfocándolo en directo y el KGB soplándole en la nuca. Y usted se pasa toda una larga hora sentado en solitario ante el tablero, o paseándose por el escenario, sin saber si su contrincante aparecerá. La incertidumbre convirtió aquellos 60 minutos en una interminable agonía para Spassky. Con el Kremlin mirando, con la Casa Blanca mirando, con el planeta entero mirando…

Tras una espera interminable —qué cierto es aquello de que «el tiempo es relativo»— se llegó finalmente al momento de la descalificación y el árbitro decretó la derrota de Fischer por incomparecencia: 2-0 para Spassky. Sobre el papel y aun a falta de 22 partidas, aquella parecía una ventaja difícil de remontar. Más frente a un jugador tan sólido, flexible y lleno de recursos como el campeón mundial. El campeonato se le ponía muy cuesta arriba a Fischer. La mayoría de corresponsales y expertos estaban de acuerdo: era muy difícil que Bobby le diese la vuelta al marcador. En teoría, aquello era una muy buena noticia para Spassky. Apenas sin esfuerzo contaba con una ventaja que bien podría ser definitiva a poco que evitase cometer errores graves durante el resto del match. Pero en la delegación rusa no se mostraban demasiado tranquilos. Sabían demasiado bien que Boris Spassky estaba muy agitado y que aquello no se parecía en nada al campeonato tranquilo que le hubiese gustado disputar.

Conociendo el historial de Bobby Fischer, muchos temen que abandone Islandia en ese mismo instante. Y parece ser que estaba dispuesto a hacerlo. En la Casa Blanca están tan preocupados que Richard Nixon ha dado una orden al asesor de seguridad nacional y figura clave en Washington, Henry Kissinger, para que telefonee personalmente a Fischer y le persuada de continuar defendiendo el honor patrio frente a la URSS. La Casa Blanca no quiere que Fischer abandone. Quizá por petición expresa del presidente de los Estados Unidos se decida Bobby a seguir jugando, porque a esas alturas Washington considera inaceptable que se someta a su país a una humillación urbi et orbi. Cuentan que la llamada telefónica impresionó a Fischer, quien supuestamente finalizó la conversación en tono casi marcial respondiendo un «sí, señor» a las exhortaciones del astuto y convincente Kissinger. Aunque el detalle casa poco con la actitud habitual de Bobby, así es como se cuenta la anécdota. Sea como fuere, el genio de Brooklyn decidió quedarse en Islandia… pero, eso sí, continuaba negándose a jugar en presencia de aquellas cámaras.

Una imagen insólita: el campeón mundial esperando en vano a que aparezca el aspirante.

Una imagen insólita: el campeón mundial esperando en vano a que aparezca el aspirante.

Los organizadores llamaron a un experto en acústica de la Universidad de Reikiavik para que midiese las emisiones de ruido de las dichosas cámaras. El experto midió el sonido con sus aparatos y concluyó que difícilmente podría molestar a Fischer, que no era posible que lo distrajese del juego. La organización, pues, siguió negándose a retirarlas, lo cual significaría renunciar a valiosísimo material gráfico del acontecimiento. Entonces Bobby exigió jugar la tercera partida en otro escenario, una habitación aislada. Una medida excepcional que un jugador puede solicitar en caso de sentirse agobiado por el ambiente, pero que a todas luces parecía inapropiada dado que nadie excepto él consideraba inadecuado el escenario oficial. La organización preguntó a Spassky si consentía en jugar la tercera partida de manera aislada, en la sala de ping-pong.

Todos los miembros de la expedición soviética —entrenadores, asesores, etc.— suplicaron a Spassky que se negase a jugar aquella tercera partida bajo las condiciones marcadas por Fischer. Es más: le rogaron que abandonase el campeonato y regresara a la URSS, dado que el estadounidense estaba desbaratando el torneo con sus irracionales exigencias. Si Spassky se marchaba, la FIDE difícilmente se atrevería a quitarle el título porque había sido Fischer quien se había negado a jugar en condiciones normales. Todo el mundo conocía ya el dilatado historial de peleas entre Bobby y los organizadores de torneos varios: Spassky podía irse sabiendo que seguiría siendo campeón, porque de serle despojado el título el planeta entero lo consideraría una flagrante injusticia y solicitaría una revancha inmediata. De un modo u otro, el abandono en señal de protesta de Spassky dejaría en mal lugar a su caprichoso rival. Pero Boris Spassky no escuchó los sabios consejos de su entorno. No quiso irse. Se prestó a jugar la tercera partida. ¿Que Fischer quería hacerlo en una habitación aislada? De acuerdo.

Se mire por donde se mire: una mala decisión.

La debacle psicológica del campeón

Llegado este punto, quizá sea momento de hablar acerca de la personalidad de Boris Spassky, sin lo cual no podrían entenderse las discutibles —aunque generosas— decisiones que tomó en semejantes circunstancias. Si bien la prensa occidental lo presentaba como el perfecto estereotipo de ajedrecista ruso y típico producto de la factoría soviética —frío, distante, maquinal— y si bien su rostro habitualmente inexpresivo ponía la tarea fácil a la propaganda del bando contrario, lo cierto era que el verdadero Spassky no se correspondía en absoluto con esa imagen. Incluso podría decirse que si en Occidente se lo presentaba de aquel modo se debñia más por desconocimiento que simplemente a las dobles intenciones políticas.

Porque Boris Spassky era un caballero, en toda la extensión de la palabra. El Spassky de la vida real no podía parecerse menos al Spassky de los periódicos. No estaríamos exagerando en absoluto si afirmásemos que fue uno de los competidores más nobles que han pasado por el mundo del deporte. Era un individuo sensible y bienintencionado, cuya honradez llegaba a extremos contraproducentes para él mismo. En aquel mismo momento, antes de la tercera partida, podría haberse marchado contando con todas las ventajas: muy probablemente retendría el título y además recibiría el apoyo oficial del Kremlin, algo nada desdeñable teniendo en cuenta que por entonces Mark Taimanov seguía siendo un paria en la URSS a raíz de su derrota frente a Fischer. Abandonando Islandia, el campeón mundial se ahorraría toda clase de problemas y se quitaría de encima una final que estaba adquiriendo tintes muy desagradables. Su delicado espíritu estaba viniéndose abajo, así que tomar un avión a Moscú era la actitud más beneficiosa para sí mismo, lo cual no hubiesen censurado ni en Occidente. En aquel instante, incluso los medios estadounidenses estaban hartos de Fischer y hubiesen entendido que Spassky dijese «ahí te quedas».

Pero Spassky no quiso abandonar el match. Su visión del deporte como una competición entre caballeros le impedía retener su título en los despachos, algo que le parecía indecoroso e innoble. Él quería competir sobre el tablero. Con todo lo que había en juego y con las consecuencias que podría tener para su vida personal una derrota ante Bobby, Spassky hizo gala de una nobleza que rayaba en la insensatez.

Desesperados, los miembros de su equipo intentaron otra cosa: si no quería marcharse de Islandia, al menos podía negarse a jugar la tercera partida en una sala de ping-pong. Podría no presentarse y dejar que le concediesen un punto gratis a Fischer: no solamente seguiría por delante en el marcador sino que anularía la ventaja psicológica que Bobby estaba obteniendo a raíz de los acontecimientos. Spassky se sentía mal por el punto fácil obtenido en la segunda partida: devolviéndolo, recuperaría el bienestar y dejaría claro que estaba molesto con un Fischer que siempre intentaba imponer sus propias condiciones incluso por encima de los deseos del campeón. Era una buena propuesta, pero tampoco hubo manera de convencerlo.

Jugando en una sala aislada: el momento que ayudó a desmoronar psicológicamente a Spassky.

Jugando en una sala aislada: el momento que ayudó a desmoronar psicológicamente a Spassky.

El campeón, para desmayo de los suyos, se prestó a jugar la tercera partida en aquella sala de ping-pong que contaba con la única presencia del árbitro y un silencioso circuito cerrado de televisión. Un entorno alienígena para un ajedrecista profesional… aunque no tanto para Fischer, claro, que llevaba comportándose como un alienígena desde sus comienzos. Accediendo a los deseos de Fischer, Spassky se cargó con una losa psicológica que marcó toda la primera mitad del match. Bobby se había salido con la suya. No pareció tener problemas para concentrarse jugando en aquella extraña situación, pero Spassky estaba mentalmente tocado. Jugó mal, muy por debajo de su verdadero nivel. Y perdió.

El campeón seguía por delante, 2-1, pero el revuelo organizado le había minado la concentración y tardaría en recuperarse. Nadie aplaudió la primera victoria de Bobby sobre Spassky en toda su carrera profesional. No había motivos. Incluso los medios estadounidenses tenían que admitir que el pobre Boris estaba en una situación delicada. Aquella partida fue un punto negro en la final: aunque Fischer había planteado una novedad teórica interesante y atrevida —permitiendo a Spassky deshacer su enroque, medida muy heterodoxa para tratarse de Fischer— todos tenían claro que el campeón había perdido a causa de su estado mental y que en otras condiciones podría haber luchado con más energía para intentar obtener el tercer punto. Tal y como los expedicionarios soviéticos habían temido, los nervios de Spassky fallaron… y la culpa la tenía, cómo no, Bobby Fischer. Los rusos empezaron a acusar al genio de Brooklyn de haberse embarcado en una guerra psicológica para desestabilizar al campeón. Era bien sabido en el mundillo que Spassky no poseía el carácter pétreo de un Petrosian, por ejemplo. Quizá protestaba oficialmente ante la conducta de Fischer pero terminaba siempre plegándose a sus manejos. Un campeón que, de tan bondadoso, podría decirse que era tonto (en el buen sentido, claro está).

La cuarta partida volvió a disputarse en el escenario principal después de que fuesen satisfechas varias de las exigencias de Fischer: retirada de las cámaras (debido a lo cual hoy apenas tenemos imágenes del evento), vaciar varias filas del público… Por cierto, en aquella partida Fischer llegó tarde, algo acostumbrado en él pero que no sentó nada bien al campeón como después veremos. Spassky planteó una novedad teórica que había preparado en casa junto a su equipo, algo que sin duda sorprendió a Fischer y bien pudo haberle valido al ruso su tercer punto, con lo que hubiese aumentado enormemente sus probabilidades de retener la corona. Pero a Spassky nunca le había gustado memorizar previamente largas líneas de movimientos —en parte por pereza y en parte porque le parecía estéticamente indeseable ganar «de memoria»— y prefirió confiar en su intuición. Ya antes de la partida había dicho a sus preparadores que no necesitaba aprenderse todas las variantes, únicamente lo importante, a pesar de que los análisis caseros mostraban un camino muy probable a la victoria. Dijo que cuando surgiesen variantes nuevas «ya encontraré la solución sobre el tablero». Sin duda, aparte de su agitación nerviosa, Spassky pecó de demasiado confiado en esta partida. Le hubiese bastado con estudiar a fondo la estrategia para doblegar al estadounidense.

Y una vez sobre el tablero, no halló el camino a la victoria como había pensado. Incluso partiendo con ventaja gracias al análisis previo, se encontró con una ágil defensa de Fischer y pagó su falta de preparación. Tuvo que contentarse con firmar un empate en una partida que a priori considerada ganada. 2’5-1’5. Spassky se dio cuenta de que había malgastado un valioso cartucho por culpa de su tendencia a no estudiar lo suficiente.

Aquello le afectó considerablemente y llegó a la quinta partida muy desconcentrado, incluso desmoralizado pese a ir por delante en el marcador. Eso sí, esta vez fue él quien apareció tarde: por una vez, quiso devolverle la pulla al rival y ahora fue Fischer quien tuvo que esperar varios minutos ante el tablero. Pero funcionó: Bobby aprendió la lección y no volvería a retrasarse durante el resto del match. Fue la única y casi insignificante victoria psicológica del campeón.Porque, por lo demás, Spassky no estaba con sus cinco sentidos en el juego: en el vigésimo séptimo movimiento cometió un tremebundo error que le costó la derrota y que llevó a los aficionados y analistas a soltar una exclamación casi de dolor físico. Resultaba muy evidente que el campeón continuaba jugando por debajo de su nivel. Fischer acababa de igualar el marcador a 2’5 puntos, pero todavía no había convencido a nadie. Mucha gente estaba molesta por su conducta y no pocos, incluso en Occidente, empezaban a sentirse mal por Spassky, quien a todas luces tenía bastante trabajo pugnando por recuperar la compostura.

Bobby Fischer necesitaba hacer algo que recordase al mundo por qué estaba allí. Había importunado a todos con sus manías y había obtenido un par de victorias escasamente convincentes frente a un rival claramente desorientado. Poca cosa para el hombre que durante 1971 parecía haber llevado el ajedrez a otro nivel. Las simpatías hacia el aspirante se estaban esfumando rápidamente. La prensa soviética no dejaba de denunciar con acritud —y también con bastante carga de razón— la manera en que Bobby estaba desnaturalizando el campeonato. Aunque tuviese ya un empate en el marcador y hubiese anulado la ventaja inicial de Spassky, el prodigio estadounidense había comenzado el match decepcionando a todos. Si quería inscribir su nombre entre los grandes de la historia del ajedrez iba a necesitar algo más que unas discutibles victorias basadas en la debilidad psicológica de su rival. Tenía que empezar a jugar como un grande… de lo contrario, y aunque finalmente obtuviese el título, nadie iba a querer reconocerlo como el grande del ajedrez que sin duda era.

… y entonces llegó la sexta partida.

fischer spassky

21 comentarios

  1. No nos dejes así!!!!!

  2. ¿De verdad cuesta tanto poner la fecha de publicación en el encabezado? ¿Es alguna innegociable directriz estilística?

  3. NOOOOOO!!

    Casi me muero cuando me dí cuenta que nos iban a dejar en ascuas. Espero que el siguiente artículo salga pronto.

  4. Pingback: Bobby Fisher (VI): Comienza la guerra

  5. Excelente! con suspenso y todo.

    Quizas sea un poco de chauvinismo mio, pero no te animas a resumir un poco la historia de Capablanca? Se que es mas aburrida que la de Fisher, es mayormente un compendio de victorias, pero igual seria interesante… Al menos mantienen el paralelismo de que ambos provenían de naciones poco afamadas por el ajedrez.

    • Hola, Migue:

      Deduzco que eres cubano. Ya dediqué un artículo a la rivalidad Capablanca-Alekhine:

      http://www.jotdown.es/2011/11/capablanca-vs-alekhine-los-mozart-y-salieri-del-ajedrez-i/

      …pero indudablemente Capablanca merecería un artículo biográfico por su magnitud como ajedrecista. De momento he optado por Fischer porque, supongo que coincidirás conmigo, aparte de uno de los más grandes jugadores es también el personaje más fascinante que ha dado el ajedrez. Al menos el que a mí más me fascina, para bien y para mal. Pero supongo que todo se andará a su debido tiempo. Hay muchos episodios y personajes interesantes en el ajedrez como para pretender abacarlos todos. Y créeme, me gustaría, pero ¡no es posible hacerlo todo de golpe, me temo!

      Un cordial saludo.

      • Pues si, cubano y aficionado al ajedrez. Lo cual convierte a Capablanca en uno de mis heroes :-)
        No obstante coincido totalmente contigo, Fisher es mas “narrativo”, no solo en el mundo del ajedrez sino en general.
        Ahora mismo voy leer el otro articulo.

        Gracias!

  6. Aquí sobre la mítica partida entre los ajedrecistas Spassky (URSS)- Fischer(EEUU).

    http://www.teledocumentales.com/la-guerra-del-ajedrez/

    Saludos desde Baires,
    APG

  7. Siempre he sido un fan del ajedrez aunque nunca he llegado a estudiarlo ni a jugarlo bien. La figura de Fisher siempre me ha resultado muy atractiva y eso unido a la magistral narración de los hechos (como ya nos tiene acostumbrado su autor) me está haciendo casi llorar de emoción. Enhorabuena, espero estas entregas con muchísima emoción y ansiedad.

  8. La segunda partida fue la decisiva del match. Curiosa paradoja: la única partida no disputada fue el momento clave del encuentro. Kaspárov lo explicó muy bien en su libro: con una victoria gratis por incomparecencia Petrosian o Kárpov se habrían relamido de gusto con el punto gratis pero Spassky, no, el imperturbable, el caballeroso, el gentleman Spassky se vino abajo y entendió que ese “festival del ajedrez” en el que pensaba participar era más bien una guerra total. El propio Kárpov lo dijo más tarde: “la no comparecencia de Bobby en la segunda partida fue un dardo maestro dirigido a causar en Spassky un efecto psicológico devastador”. Saludos

  9. El artículo es excelente, pero al autor me gustaría hacerle un ruego: la lista de campeones….ya sé que es la oficial de la FIDE, pero esos nombres de Khalifman, Kazhimdzhanov, Ponomáriov, Topálov…chirrían bastante. Los amantes del ajedrez sabemos que campeones de verdad…sólo ha habido quince, y desde Kaspárov sólo Krámnik y Anand encajan perfectamente como campeones mundiales tras imponerse en un duelo individual contra el campeón vigente. Aquellos horrorosos torneos del KO organizados por la FIDE con el despropósito de su presidente al mando no deben hacer creer a los no enterados sobre quiénes fueron o han sido los auténticos reyes del ajedrez. Ni siquiera Topálov, enorme jugador y ganador del Torneo de San Luis en 2005, pudo destronar a Krámnik cuando ambos se enfrentaron. Es sólo una sugerencia, muchas gracias

  10. Me esta encantado la serie de articulos, pero me parece poco profesional por parte del autor que tarde 1.5 o dos meses entre una parte y otra y luego se dedique durante mas de medio articulo a contarnos las mismas cosas que ya nos habia contado. Una cosa es querer hacerlo interesante y otra hacer perder el tiempo a los lectores. Me recuerda a los capitulos de Bola del Dragon, donde entre los resumenes del principio de cada capitulo solo habia 5 minutos de episodio original. En fin espararemos al siguiente capitulo (Septiembre? Octubre? quien sabe)

  11. La historia es excelente. La redacción de la misma, reiterativa hasta el agotamiento. Aún así, cuando sale una nueva entrega, la devoro al momento.

  12. Felicidades por la serie. Esto da para un libro.
    En todo caso, parece quedar claro que esta final la perdió más el ruso que la ganó el americano. Fischer utilizó toda clase de tretas para poner nervioso al campeón. Parecía como si lo de menos fuera la partida y lo de más todo lo demás. Algo así como suele hacer Mourinho.
    Ni el uno ni el otro pueden considerarse por tanto deportistas.
    Saludos cordiales.

  13. noooooooo, porque se acabo el articulo?
    Esta excelente el relato, ojala no se demore demasiado la siguiente parte.

    Saludos

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