Jot Down Cultural Magazine – Cómo el mundo evitó el Juicio Final (I)

Cómo el mundo evitó el Juicio Final (I)

Publicado por

“El momento más aterrador de mi vida fue octubre de 1962, durante la crisis de los misiles de Cuba. No conocía todos los hechos —solo recientemente hemos sabido lo cerca que estuvimos de la guerra— pero sí sabía lo suficiente como para que el asunto me hiciera ponerme a temblar” (Joseph Rotblat, físico y premio Nobel de la Paz por su trabajo en favor del desarme atómico)

“Además de proteger Cuba, nuestros misiles hubieran igualado lo que en Occidente les gusta llamar ‘el balance de poder’. Los americanos habían rodeado nuestro país con bases militares y nos amenazaban con armas nucleares. Ahora iban a aprender lo que se siente teniendo misiles enemigos apuntándote” (Nikita Kruschev, primer ministro de la URSS)

“En la mañana del martes 16 de octubre de 1962, poco después de las nueve de la mañana, el Presidente Kennedy me llamó por teléfono, pidiéndome que acudiese a la Casa Blanca. Solo dijo que nos estábamos enfrentando a problemas muy serios. Poco después, ya en su despacho, me reveló que un avión espía acababa de realizar una misión fotográfica y que la inteligencia estaba convencida de que la URSS estaba situando misiles atómicos en Cuba. Aquello fue el inicio de la crisis; una confrontación entre los dos gigantes atómicos, los EEUU y la URSS, que llevó al mundo al borde del abismo de la destrucción nuclear y el fin de la humanidad” (Robert Kennedy)

Los antecedentes

Cuando en febrero de 1959 triunfó la revolución cubana, se produjo el fin de una larga etapa de simbiosis entre el gobierno de La Habana y los intereses de la vecina superpotencia, los Estados Unidos de América. Durante mucho tiempo la isla caribeña había sido un lugar de vacaciones para los estadounidenses, pero también terreno abonado para corporaciones e inversionistas —la producción de azúcar, la industria turística— y había sido considerada el “patio trasero” de los EEUU. Muchos poderes políticos y económicos estadounidenses pensaban que Cuba era una parte más de su territorio, o por lo menos  en la práctica actuaban como tal.

Tras el ascenso de Fidel Castro al poder, sin embargo, las relaciones entre Washington y La Habana se agriaron con rapidez, iniciándose una veloz escalada de tensión que terminaría conduciendo a la ruptura definitiva entre ambas naciones. Por un lado, Castro ordenó la nacionalización de intereses estadounidenses, entre ellos tierras dedicadas a la producción azucarera que habían sido propiedad de empresas del país vecino pero que el nuevo régimen les arrebataba por decreto. Como respuesta a estas nacionalizaciones, el presidente Dwight D. Einsenhower ordenó un duro bloqueo comercial en torno a la isla caribeña. El nuevo régimen cubano, pues, se vio en considerables aprietos a causa un bloqueo que entre otras cosas lo dejaba sin petróleo. Castro no tardó en aceptar la ayuda de la URSS, siempre dispuesta a favorecer cualquier movimiento geoestratégico que importunase a la superpotencia rival, y así los soviéticos comenzaron a proporcionar petróleo al régimen castrista. Cuba no tenía capacidad para refinar aquel petróleo por sus propios medios, así que también nacionalizó las refinerías estadounidenses edificadas en la isla.

La repentina alianza entre Castro y Kruschev generó mucha inquietud en Washington, pero no llegaron a creer que la URSS se atrevería a plantar misiles nucleares en Cuba.

Eran años de especial tensión en una Guerra Fría ya tensa de por sí, y el repentino giro de Cuba hacia la órbita de la URSS produjo una honda preocupación en Washington. El presidente Eisenhower ordenó a la CIA que elaborase un plan para derribar a Castro; agentes de la inteligencia comenzaron a entrenar a exiliados cubanos para efectuar una invasión de su isla natal, un ataque que contaría con un discreto apoyo táctico estadounidense. Washington confiaba en que aquella jugada terminaría provocando una contrarrevolución dentro de Cuba, lo cual ayudaría a derrocar a Fidel Castro para devolver la isla caribeña a la esfera de influencia estadounidense. Cuando en 1961 John F. Kennedy sucedió a Einsehower en la Casa Blanca, heredó, junto con el Despacho Oval, aquel plan para la invasión de Cuba, que terminó llevándose a cabo en la primavera de aquel mismo año. Sin embargo, la operación que hoy conocemos como la Invasión de Bahía de Cochinos terminó en absoluto desastre. La operación no contó con todo el apoyo militar que Einsenhower había previsto en su momento. ¿El motivo? Los bombardeos previos a la invasión habían delatado ante el mundo entero que la Casa Blanca participaba en la invasión, así que Kennedy no quiso arriesgarse a involucrarse más y para evitar una escalada de imprevisibles consecuencias denegó todo subsiguiente apoyo aéreo. En franca inferioridad numérica y sin la ayuda de las fuerzas aéreas o del ejército estadounidense, la fuerza expedicionaria entrenada por la CIA fue vencida con facilidad por las fuerzas del régimen cubano. En el ámbito diplomático, el mal estaba hecho. Pese al torpe intento de Kennedy por esconder su implicación en aquel conato de invasión, a nadie se le escapó que Washington estaba directamente involucrada. Y eso tuvo dos grandes consecuencias; por un lado, la Casa Blanca quedó en evidencia y sufrió una sonada humillación internacional a causa del estrepitoso fracaso de la operación bajo bandera falsa. Por otro lado, se disparó el temor de Cuba ante la idea de que los EEUU pudiesen planear una auténtica invasión —esta vez síl, con su propio ejército— para resarcirse del desastre de Bahía de Cochinos. Una posibilidad que resultaba fácil considerar como posible, y más cuando poco después los estadounidenses realizaron unas maniobras en las que participaron nada menos que 40.000 marines y que parecían el ensayo general de una invasión anfibia. Eran unas maniobras que parecían querer enviar un mensaje: “tenemos intención de invadir Cuba tarde o temprano”. Fuese aquel el propósito de Washington o no, el gobierno cubano tenía motivos para sentirse preocupado. Volvieron a pedir ayuda la URSS. Los soviéticos comenzaron a desplegar tropas y armamento defensivo en la isla caribeña, con el visible propósito de desanimar a los EEUU, hacerlos desistir de un posible intento de ocupación. Los rusos, a su vez, enviaban otro mensaje: “si desembarcáis en Cuba, os encontraréis con nosotros”.

Aunque los EEUU no estuviesen planeando invadir Cuba, los soviéticos tenían otras preocupaciones muy serias que les hacían mostrar un gran interés por la isla. La insensata carrera atómica de la Guerra Fría —una carrera por ver quién sería capaz de reunir primero el potencial necesario para destruir el mundo— se estaba decantando hacia una clara ventaja de los estadounidenses, cuyo arsenal atómico había dejado en mantillas al de su oponente comunista. Los EEUU poseían nada menos que ciento setenta misiles estratégicos del tipo ICBM, esto es, con capacidad de ataque intercontinental. Una considerable cantidad de misiles de largo alcance que, lanzados desde territorio norteamericano, podían alcanzar numerosos objetivos en la URSS, fulminándolos con sus potentes cabezas nucleares. Y la gran cantidad de ICBM —junto a la certeza de que los estadounidenses estaban fabricando muchos más— no era lo único que quitaba el sueño a los dirigentes del Kremlin.

Durante la primavera de 1962 el líder soviético Nikita Kruschev pasaba sus vacaciones en una dacha de Crimea; allí recibió al Ministro de Defensa, el mariscal Rodion Malinovsky, que traía noticias desagradables. El militar señaló a la distancia, hacia el horizonte que se dibujaba sobre el Mar Negro, donde los rusos sabían que América planeaba situar silos de misiles IRBM, de alcance intermedio. Malinovsky dijo: “los misiles atómicos de rango intermedio que los americanos están instalando en sus bases de Turquía ya están operativos”. Kruschev se quedó pensativo durante unos momentos y finalmente respondió: “¿así que los americanos tienen derecho a poner misiles en la puerta de nuestra casa y nosotros no podemos hacer lo mismo?” La preocupación del Premier soviético estaba bien fundada. Los soviéticos ni siquiera podían confiar en que los misiles estadounidenses fallasen, porque los americanos no solamente tenían una buena cantidad de armas nucleares de larga y media distancia, sino la garantía de que podrían lanzarlas con una considerable puntería. En definitiva: la URSS era muy vulnerable al poderío nuclear de sus adversarios y su situación estratégica resultaba casi desesperada.

Eisenhower advirtió a Kennedy de que la URSS podría “intentar lo impensable”, pero JFK prefirió creer los informes erróneos de la CIA.

Por más que en público se esforzasen por demostrar lo contrario, los soviéticos no tenían mucho con lo que responder a ese poderío nuclear. Hacia 1962, la URSS tenía apenas una veintena de misiles intercontinentales ICBM. Esto era muy poca cosa. Para colmo, la escasa precisión de aquellos veinte misiles no generaba ninguna confianza sobre su utilidad. Los militares soviéticos sabían que en caso de pretender atacar territorio americano, sus ICBM podían terminar desviándose y cayendo lejos de los objetivos marcados, en zonas despobladas o sin efecto estratégico. Lo que sí tenían era una gran cantidad de misiles IRBM, los misiles de alcance intermedio… pero no disponían de ninguna base cercana a los EEUU desde donde poder lanzarlos. Los estadounidenses tenían Turquía pero los soviéticos no tenían nada. Así pues, en el Kremlin eran perfectamente conscientes de que los EEUU podían lanzar un ataque nuclear masivo en cualquier momento y casi, casi, salirse de rositas (aunque cabe decir que los estadounidenses, quizá por suerte para el mundo, no tenían la menor idea sobre lo ineficaces que eran los ICBM rusos). La situación rompía el delicado equilibrio nuclear necesario para mantener la esperanza de que ninguno de los dos adversarios atacase primero. Se manejaba un concepto bautizado como MAD, siglas de “Destrucción Mutua Asegurada”, aunque curiosamente “mad” también significa “loco” en inglés, según el cual, mientras existiese un equilibrio perfecto de fuerzas nucleares, quedaría garantizado que ambos contendientes serían destruidos en caso de estallar una guerra en la que no habría ganador. Así, nadie tendría un motivo para querer desencadenar el conflicto. No obstante, la URSS sabía que tal equilibrio no existía y tenía las de perder. Había que encontrar una solución.

Lo sucedido en Cuba podía revertir la situación. Castro, desesperado, necesitaba la ayuda soviética por la sorda amenaza de invasión estadounidense y por las terribles consecuencias del bloqueo comercial. Moscú, como decíamos, proporcionó a Castro el petróleo y el armamento convencional que necesitaba para defenderse. A cambio, exigieron una contrapartida: que Castro permitiese el establecimiento de bases secretas para misiles nucleares en territorio cubano. En aquellas bases los soviéticos podrían situar sus numerosos misiles IRBM, que desde allí sí podrían impactar en territorio continental estadounidense, y hacerlo con precisión. Ciudades como Nueva York, Boston, Atlanta, Dallas y la propia Washington estarían al alcance de la fuerza atómica soviética. Cuba sería para la URSS lo que Turquía era para los EEUU: la principal baza de cara a la destrucción total del oponente.

Castro, sin muchas más opciones, aceptó. Durante finales del verano de 1962, ciento cincuenta buques soviéticos zarparon hacia el Caribe. En una osada maniobra que estaba teniendo lugar ante las mismas narices de los americanos, camuflaron entre su carga habitual los misiles IRBM, además de 40.000 soldados de apoyo. A primeros de septiembre, justo mientras Kennedy declaraba ante el mundo que si los soviéticos se atrevían alguna vez a plantar misiles atómicos en Cuba “surgirían los más graves problemas”, llegaban a la isla los primeros misiles, rusos bajo el más completo secreto y sin que los estadounidenses sospecharan nada.

A principios de octubre, en Washington ya sabían que las tropas soviéticas habían estado moviéndose por Cuba. Incluso se habían enterado de que la URSS había establecido bases con armamento convencional que incluía misiles tierra-aire convencionales, aviones y otras armas que podrían considerarse de función defensiva ante una posible invasión. Esto no causaba inquietud. El que los rusos proporcionasen fuerzas defensivas a Castro estaba dentro de lo que cabía esperar en el juego geopolítico. Sin embargo, en determinados círculos empezaron a circular ciertos rumores sobre la insólita posibilidad de que los soviéticos hubiesen llevado armas ofensivas a Cuba. Y lo de “armamento ofensivo” era el eufemismo que entonces se utilizaba para referirse al armamento nuclear. Los insistentes rumores fueron desestimados por la Casa Blanca,por la falta de pruebas y sobre todo porque la CIA afirmaba que la URSS nunca se atrevería a dar semejante paso. No se quiso dar  pábulo a unas habladurías que, por una vez, tenían un fundamento real. Así pues, la inteligencia estadounidense cometió un fatídico error y los rusos comenzaron a plantar su arsenal atómico sin que el gobierno de Washington tuviese la más mínima noticia de ello.

El súbito descubrimiento de que la presencia de los misiles era real, y no solamente un rumor, iba a cambiarlo todo. El domingo 14 de octubre de 1962, durante una misión de vigilancia rutinaria, se tomaban unas fotografías de la superficie de Cuba en las que podían distinguirse varios de aquellos misiles. Esto supondría el inicio de una crisis  de factura siniestra: nunca la humanidad había estado tan cerca de provocar su propio exterminio y nunca lo ha vuelto a estar. Confiemos que nunca más llegue a estarlo… aunque dicen que la historia tiende a repetirse a sí misma.

Domingo, 14 de octubre

Un puñado de fotografías aéreas del territorio cubano llevaron al planeta al borde de la 3ª Guerra Mundial.

Es un fenómeno entomológico que podemos ver en cualquier terreno campestre: una hilera de hormigas que van y vienen ajetreadas en su búsqueda de alimento, inconscientes de la amenaza invisible que se cierne sobre ellas. Atraviesan los atestados orificios de entrada de su guarida, portando pequeños pedazos de materias útiles que almacenan en el hormiguero antes de salir a por más. De repente, uno de los pequeños insectos detecta la presencia de un visitante indeseable, quizá un depredador. Visiblemente inquieta, nuestra hormiga comienza a corretear alocadamente hasta toparse de frente con una compañera. La primera hormiga une sus antenas con las de la segunda y le transmite la noticia: el enemigo está a las puertas. Alertada a su vez, la segunda hormiga comienza también a corretear nerviosamente. Ya son dos hormigas alarmadas, que siguen deambulando hasta topar con una tercera y una cuarta, a las que también comunican el estado de alarma. Así, la contagiosa zozobra se va extendiendo por toda la hilera como un reguero de pólvora. Una progresión geométrica que provocará que toda una multitud de insectos aparezca agitada por la inminencia del desastre. Cunde el pánico; el hormiguero está en peligro.

Al amanecer de aquel domingo de otoño, la primera hormiga de nuestra historia alza el vuelo. Se trata de un avión espía modelo U-2, que sobrevolará Cuba a gran altitud —volando en la estratosfera— para no ser detectado por los radares. El avión toma fotografías del terreno donde, como ya saben en Washington, los soviéticos llevan meses instalando bases defensivas. La misión transcurre sin incidentes y el aeroplano regresa sano y salvo a su base. Los carretes fotográficos son transportados al Centro Nacional de Reconocimiento Fotográfico (NPIC), situado en Washington. Es un departamento de análisis de imágenes que depende de la CIA y en el que colaboran especialistas del ejército de tierra, de la marina y de las fuerzas aéreas. Los carretes pasan allí la noche, en espera de que al día siguiente los analistas los descifren. Pero esta vez son algo más que unos simples carretes: son una bomba a punto de estallar.

Lunes, 15 de octubre

Los especialistas del NPIC analizan las imágenes obtenidas el día anterior. La intención es la de conocer mejor las actividades de los soviéticos presentes en la isla caribeña, pero se espera encontrar lo habitual: tropas y bases aéreas, nidos de artillería, de misiles tierra-aire, etc. Armamento convencional para defender la isla ante una posible invasión, algo que los soviéticos han estado proporcionando a Fidel Castro sin demasiado disimulo. Pero de repente los analistas localizan algo que no esperaban. Detectan lo que parece ser remolques de transporte y estructuras para el lanzamiento de misiles SS-3 y SS-4, armas nucleares de medio alcance. Alarmados, discuten con preocupación un descubrimiento que reviste suma trascendencia, que de confirmarse supondrá una muy grave amenaza para la seguridad de la nación. ¿Están seguros de que lo que están viendo en las imágenes es realmente equipamiento atómico? Las fotografías están tomadas desde una gran altura y el nivel de detalle no es muy grande, pero los analistas las cotejan con la información que los archivos de inteligencia contienen acerca del armamento de la URSS. Llegan a una conclusión. Los soviéticos, actuando con sigilo y sin haber sido descubiertos hasta ese momento, han desplegado misiles nucleares en territorio cubano.

El descubrimiento resulta aterrador e implica que, en caso de un conflicto bélico, buena parte de los Estados Unidos podría ser fulminada desde apenas ciento cincuenta kilómetros de la costa, en breves minutos y sin ninguna posibilidad de detener o contrarrestar una lluvia de misiles que puede provocar un Apocalipsis atómico en varias de las principales capitales del país y en sus más importantes instalaciones militares. Cuba se ha convertido en una isla portadora de muerte. Como diría después Kruschev, ahora los americanos van a saber lo que se siente cuanto te están apuntando directamente con misiles atómicos. Los oficiales del NPIC intentan en vano contactar con su superior, el director de la CIA, John McCone. El jefe de la inteligencia norteamericana está de viaje hacia Los Angeles justo en esos momentos y no puede ser localizado. Después de varias tentativas fallidas, deciden ponerse en contacto con el subdirector de la agencia, Ray Cline, que es informado por teléfono de los delicados hallazgos.

Alcance estimado de los misiles SS3, SS4 y SS5 estacionados en Cuba. La mayor parte del territorio estadounidense podía ser reducido a cenizas en muy pocos minutos.

Continúa expandiéndose el nerviosismo por la hilera de hormigas. Ahora también el subdirector de la CIA sabe que tiene un material explosivo entre las manos. Cline ordena a los oficiales del NPIC mantener el asunto en el más absoluto secreto; nadie debe saberlo y guardar silencio es clave para la seguridad nacional. Al atardecer, Cline organiza una reunión ultrasecreta en Washigton, a la que acuden varios altos funcionarios de la administración. Entre ellos está el asesor del Presidente en cuestiones de seguridad nacional, McGeorge Bundy, quien recibe atónito la increíble información. Sigue extendiéndose la alarma entre las hormigas. Será el propio McBundy quien alerte al Secretario de Defensa Robert McNamara.

El Secretario de Defensa decide que el presidente Kennedy no debe ser informado esa misma noche, sino la mañana siguiente. Hay varios motivos para ello. Para empezar, el provocar movimiento en la Casa Blanca durante la noche podría revelar que el gobierno estadounidense está enfrentándose a algún tipo de crisis inesperada, algo que podría ser notado por los observadores indiscretos (cosa que nunca falta en el escenario de la Guerra Fría, hábitat natural del espía). Es necesario mantener el asunto en secreto y para ello hay que evitar proyectar la más mínima señal de nerviosismo. Por otra parte, McNamara quiere una nueva confirmación de que la interpretación de las imágenes es correcta, antes de trasladar la alarma al propio Presidente. Quiere que las fotografías sean analizadas otra vez y quen además de los oficiales del NPIC que las descifraron en primer lugar, participen algunos otros especialistas que puedan aportar un segundo diagnóstico. Dicho y hecho, el Secretario de Defensa y los analistas pasan la noche en blanco, tomando café tras café, dando vueltas y más vueltas a aquellas siniestras imágenes. Mientras tanto el Presidente Kennedy duerme con placidez sin tener la menor idea de lo que está ocurriendo. Como quería McNamara y como es costumbre, las luces del Despacho Oval permanecen apagadas durante la noche. De puertas afuera, todo parece normal.

Martes, 16 de octubre

“Tengo que enfrentarme a los rusos, Bobby. Si no lo hago, perderé la presidencia”. (John F. Kennedy a su hermano, en la antesala del Despacho Oval)

La Casa Blanca. Son las nueve menos cuarto de la mañana. El Secretario de Defensa Robert McNamara acude al Despacho Oval para informar al Presidente del hallazgo de los misiles. Un informe con las fotografías del avión espía descansa en la mesa de John F. Kennedy, quien a duras penas da crédito a lo que está viendo. Descubre con horror que se está enfrentando a la peor crisis de su presidencia y con seguridad la peor crisis que haya afrontado la nación desde el bombardeo de Pearl Harbor. Incluso más grave, dadas las posibles consecuencias, porque un enfrentamiento abierto con la URSS podría conducir a una situación apocalíptica que no resulta difícil imaginar. Kennedy, como McNamara, piensa que no puede abstenerse de actuar… pero cuando imagina cualquier medida que pueda tomar, visualiza un cielo surcado por las blancas estelas de los misiles que van y vienen, provocando un Armagedón. Kennedy sabe que semejante catástrofe podría suceder en el espacio de días, si no se dan los pasos adecuados. Y claro está, si los soviéticos no se toman esos pasos como una declaración de guerra.

El Presidente no sabe qué hacer. No hay un plan previsto para una situación semejante porque la CIA, recordemos, había cometido la torpeza de asegurar que los soviéticos nunca se atreverían a colocar misiles nucleares en suelo cubano. En aquel instante Kennedy debió de recordar sin duda la advertencia que le había hecho el ex-presidente Eisenhower tras el fracaso de la Invasión de Bahía de Cochinos: “ahora, los soviéticos podrían atreverse a intentar lo impensable”. Ahora Kennedy sabe que Eisenhower había tenido razón y los soviéticos se habían atrevido a lo impensable. Así pues, nadie había diseñado un plan de contingencia para una situación hasta entonces considerada improbable. ¿Cómo actuar? Una de las primeras cosas que hace el Presidente es llamar a su hermano, el Fiscal General del Estado Robert Kennedy, la persona de la Administración en quien más confía. No quiere contarle lo que está sucediendo por teléfono y se limita a pedirle que acuda cuanto antes a la Casa Blanca.

Para el Presidente, su hermano Robert era la persona de máxima confianza y cuya opinión tenía más en cuenta sobre casi cualquier asunto.

Después de telefonear a su hermano, el Presidente no pierde el tiempo y ordena convocar un gabinete de crisis, un Consejo de Seguridad Nacional que deberá buscar algún tipo de solución para una situación que no parece tener una salida clara. Bautizado como Comité Ejecutivo o ExComm, lo conformarán, además de Bobby Kennedy y el vicepresidente Lyndon Johnson, diversos altos cargos civiles y militares que completan un número inicial de catorce miembros. Los elegidos son localizados y convocados a toda prisa durante esa mañana. Mientras, a Kennedy se le aconseja que cumpla con la agenda prevista del día, una vez más para aparentar una total normalidad, así que poco después de haber conocido la existencia de los misiles recibe al astronauta Walter Schirra. El héroe espacial acude a la Casa Blanca acompañado de su mujer y sus dos hijos. Kennedy cumple su papel a la perfección y demuestra ser un gran actor: aparece relajado y comunicativo, incluso se muestra juguetón con la pizpireta hija pequeña del astronauta. Incluso lleva a la familia Schirra al jardín para que la niña pueda ver de cerca el pony de Caroline Kennedy, hija del presidente. Contemplando la escena nadie diría que algo preocupante sucede entre bastidores.

Tras despedir a los Schirra, Kennedy se reúne por primera vez con el recién creado ExComm, cuyos miembros están ya reunidos en la sala de juntas de la Casa Blanca. Al mediodía comienza la sesión. Uno de los oficiales del Centro de Interpretación Fotográfica enseña a los miembros del Comité las fotografías que demuestran que hay misiles SS-3 y SS-4 desplegados en Cuba, y les explica cómo deben interpretar cada detalle. Les dice que las cabezas nucleares no parecen estar colocadas todavía y que por tanto se considera que los misiles todavía no están preparados para un lanzamiento inminente, aunque podrían estarlo en cuestión de poco tiempo. Los asistentes comprenden de inmediato la extrema seriedad de lo que están viendo. Discuten con el Presidente las posibles vías de actuación y comprueban que Kennedy ha descartado de entrada la opción de no hacer nada al respecto. La cúpula militar, representada por los jefes del Estado Mayor combinado, aboga con fervor por una acción militar directa consistente en un ataque aéreo que destruya las bases de misiles, seguido de un desembarco para invadir la isla, derrocar a Castro y echar a los soviéticos. Los militares consideran que la URSS no se atreverá a contrarrestar una acción tan decidida y que no se arriesgarán a embarcarse en una guerra de mutua aniquilación por defender el territorio cubano. Sin embargo, la idea de los altos mandos militares no convence a varios miembros civiles del Comité. Robert Kennedy, por ejemplo, contempla inquieto la actitud belicosa de los generales. Escribe una pequeña nota, la pliega y se la pasa a su hermano. La nota dice: “Ahora sé cómo se sentía el general Tojo cuando planeaba el bombardeo de Pearl Harbor”.

El Presidentepara los pies a las demandas de invasión de los militares. En aquellos primeros momentos incluso él considera necesaria la opción del ataque aéreo, pero el posterior desembarco le parece una medida demasiado atrevida. Considera que es una ingenuidad confiar en que el Kremlin no hará nada ante una invasión de sus aliados cubanos. Si los soviéticos deciden responder a la invasión —por ejemplo invadiendo el sector occidental de Berlín—, los EEUU se verían obligados a responder a su vez con otras medidas de defensa de sus propios aliados. Todo ese el proceso de mutuas represalias quizá llegaría tan lejos que no podría ser detenido a tiempo, conduciendo a una escalada bélica de consecuencias impredecibles y, en última instancia, a un holocausto nuclear. Los generales insisten: los rusos no serán tan insensatos de llegar a una guerra atómica, como tampoco lo serán los americanos. Pero el Presidente hace una pregunta: ¿quién, cómo y cuándo será capaz de detener la escalada? Nadie desea una guerra nuclear, pero ¿de verdad existen mecanismos fiables para detenerla? Bastará que estalle un único misil nuclear y el adversario responderá en los mismos términos. Así pues, Kennedy dice que sería mejor limitarse a un ataque aéreo “quirúrgico” cuyo propósito fuese destruir las bases de lanzamiento detectadas. Ante ese ataque “quirúrgico” sin invasión posterior, incluso los soviéticos podrían considerar desproporcionado reaccionar con una invasión de Berlín u otra medida que provocase una guerra abierta. Pese a la firmeza de Kennedy, los generales no quedan convencidos. Se muestra especialmente combativo el jefe de las fuerzas aéreas, Curtis LeMay, de ideas que tienden a lo radical y cuya animadversión hacia Kennedy es bien conocida (además de mutua). Aun así, tanto a LeMay como a los otros jefes del Estado Mayor les queda claro que la hipótesis de una invasión desagrada al Presidente. De todos modos, Kennedy no quiere imponer su visión. Dice que el Comité ha de seguir discutiéndolo para llegar a una decisión de consenso.

El Estado Mayor insistía en invadir Cuba, lo cual podía provocar una 3ª Guerra Mundial. Kennedy hubo de parar los pies a sus aguerridos generales.

Durante esa primera reunión de urgencia hay quienes proponen una vía de actuación alternativa al bombardeo: establecer un bloqueo naval para impedir que se sigan transportando misiles y equipamiento a Cuba.El bloque también puede servir como medida de presión para que los soviéticos retiren los misiles ya instalados. Sin embargo, la opción del bloqueo es todavía minoritaria respecto a la del ataque aéreo quirúrgico, que de momento es la preferida del Presidente (aunque no de su hermano Robert, que expresa su disconformidad con el bombardeo). Al finalizar la reunión, Kennedy les recuerda a todos los presentes que el asunto debe ser guardado bajo el más absoluto secreto, y que como ha hecho él mismo, todos deben continuar con sus agendas previstas en la medida de lo posible. Hay que evitar a toda costa que los soviéticos perciban cualquier signo de alarma.

Los soviéticos están pendientes, porque quiere la casualidad que el contacto entre ambas superpotencias esté siendo particularmente intenso durante esos días, en los que ya había programados varios encuentros diplomáticos bilaterales. Justo este mismo día 16 se produce una situación delicada al otro lado del Atlántico: el Premier soviético Nikita Kruschev recibe al embajador estadounidense en Moscú. La conversación será larga. El diplomático estadounidense ni siquiera menciona el tema de los misiles, como es lógico. Pero irónicamente, o no tan irónicamente, será el líder soviético quien censure a los estadounidenses por mantener bases nucleares en Turquía mientras insiste que los movimientos de tropas rusas en Cuba tienen una función “puramente defensiva” y que su país no ha situado, ni piensa situar, armamento ofensivo en la isla. Es una mentira flagrante, pero el embajador americano asiente con tranquilidad. Los estadounidenses no se dan por aludidos. Todavía.

Miércoles, 17 de octubre

“Un misil es un misil. No hay mucha diferencia si te mata un misil lanzado desde Cuba o desde la Unión Soviética”. (Robert McNamara)

El Presidente continúa con su agenda y durante el día cumple con diversos compromisos adquiridos para no proyectar una sensación de anormalidad. Así pues, Kennedy estará ausente de las discusiones del Comité durante la mañana porque ha de asistir a un acto del Partido Demócrata en New Haven, acto que incluye una visita a la Universidad de Yale y otras ceremonias de corte electoral. En dichos actos el Presidente aparece de buen humor; de hecho bromea ante la gente nada más bajar del avión. Una vez más, nadie podría sospechar que está sometido a algún tipo de tensión extraordinaria.

Entretanto, en Washington, la sesión del Comité es básicamente una “tormenta de ideas” moderada por Robert Kennedy, quien por el momento —y ante la ausencia del Presidente— se limita a escuchar y no toma partido por ninguna opción de las que discuten. Los generales continúan insistiendo en la necesidad de un bombardeo seguido de una invasión. Acción directa y sin contemplaciones. Siguen justificando su opción: para ellos, un ataque aéreo a las bases de misiles resultaría inútil sin un posterior desembarco de tropas que se hagan con el control completo del territorio cubano. Sin embargo, las voces que se oponen a la idea del ataque están empezando a tomar fuerza. El Secretario de Defensa Robert McNamara aboga abiertamente por el bloqueo naval como medida de presión y no solamente se opone a una invasión completa sino que tampoco ve con buenos ojos ese ataque aéreo que el Presidente sí aprueba. McNamara dice que, antes de esta crisis, los EEUU ya eran vulnerables a los misiles soviéticos —obviamente no conoce la poca confianza que los rusos tienen en su veintena de misiles intercontinentales—  y que la presencia de misiles de medio alcance en Cuba no cambia el statu quo estratégico, o por lo menos no de manera radical. Desde una perspectiva norteamericana, el análisis de McNamara parece correcto. Aun así, todos coinciden en que no se debe permitir que continúe la instalación de bases de lanzamiento a las puertas de casa.

Inteligente y carismático, el Secretario de Defensa  Robert McNamara se oponía al ataque contra Cuba, temiendo una catastrófica escalada.

Mientras en la Casa Blanca se acalora el debate, continúa el juego de engaños entre Moscú y Washington. Tras la reunión del día anterior entre Nikita Kruschev y el embajador norteamericano, la embajada rusa envía un mensaje a Robert Kennedy para confirmar las palabras tranquilizadoras del Primer Ministro de la URSS. El mensaje insiste en que las únicas armas que el ejército soviético ha llevado a Cuba tienen un propósito defensivo. ¿A qué se deben estas explicaciones no solicitadas? A que los rumores que Washington había desestimado en su momento han llegado también a oídos de los espías soviéticos, y Moscú está haciendo todo lo posible por disiparlos. Una vez más, los estadounidenses disimulan y dan por bueno el mensaje, como si se lo creyeran.

Entretanto, otro avión U-2 aterriza después de sobrevolar Cuba en una nueva misión de reconocimiento. Trae malas noticias. Nuevas fotografías muestran que en la isla no solamente hay misiles de la clase SS-3 y SS-4, sino que se han detectado silos de lanzamiento para misiles de la clase SS-5. Estos misiles pueden alcanzar el doble de distancia que los SS-4, así que los soviéticos estarían en condiciones de destruir cualquier gran ciudad estadounidense excepto Seattle, la situada más al noroeste y la única capital que por ahora permanece fuera del alcance nuclear soviético. Gracias a las fotos más recientes y el análisis del estado de las bases, los analistas estiman que los SS-5 tardarán cuatro o cinco semanas en estar completamente operativos, pero creen que una treintena de misiles SS-3 y SS-4 podrían estar preparados para el lanzamiento en tan solo siete días. Si las estimaciones son ciertas, los Estados Unidos tienen solamente una semana para maniobrar antes de que la URSS esté en condiciones de amenazarlos con un ataque nuclear masivo.

Al final de la jornada, el Comité ha sopesado las diversas opciones de actuación y, aunque no se ha llegado al consenso que desea Kennedy, al menos han podido desestimar varias alternativas. Por ejemplo, se ha descartado enviar un emisario para que comunique a Kruschev que sus misiles han sido descubiertos, y así poder presionarlo sin que el mundo tenga noticia. A casi todos les parece una mala idea porque los rusos podrían contraatacar con alguna jugarreta propagandística que ponga a la opinión pública mundial de su parte y que consiga que cualquier acción posterior de los estadounidenses parezca una provocación o, peor aún, una venganza. También se descarta el destapar la cuestión mediante una acusación abierta en la ONU, porque la URSS tiene derecho de veto ante cualquier decisión crítica del consejo de seguridad y porque —nueva casualidad— el presidente del consejo en ese momento es precisamente un ruso. Desechada pues la vía diplomática (que tiene sus defensores pero en minoría), el ataque aéreo y el bloqueo naval siguen siendo las dos opciones más defendidas.

Jueves, 18 de octubre

“Esta es la semana en que me estoy ganando el sueldo”. (John F. Kennedy)

A las nueve y media de la mañana el Presidente comienza la jornada cumpliendo con más compromisos de su agenda. Acude a un reparto de premios donde una vez más se lo ve sonriente y relajado. El público continúa sin sospechar nada. A las once, Kennedy regresa a la Casa Blanca y se reúne nuevamente con el Comité Ejecutivo. Apenas ha cambiado nada: los jefes del Estado Mayor siguen insistiendo en que se debe proceder a un ataque y los elementos civiles, en su mayoría, abogan por el bloqueo. Pero será Robert Kennedy quien dé un inesperado paso adelante. El día anterior había evitado pronunciarse, pero de repente se opone sin reservas a los generales, afirmando que un bombardeo sobre la isla se convertiría en una especie de “Pearl Harbor” a la inversa, el desencadenante de una nueva Guerra Mundial. Pide a todos los miembros del ExComm que se considere la vertiente moral del asunto: ¿hasta qué punto resulta ético recurrir al ataque aéreo y más teniendo en cuenta las terribles consecuencias? Bobby Kennedy insiste en que deben buscarse otras alternativas. La discusión sobre el tema se prolonga durante el resto de la sesión, pero todos saben que la opinión del hermano del Presidente no es cualquier opinión, ya que JFK tiene una inquebrantable confianza en él.

Anrey Gromyko (centro) negó la presencia de misiles en Cuba, y Kennedy no dio muestras de dudar de su palabra, aun sabiendo que era una flagrante mentira.

Tras la reunión, el Presidente comienza a solicitar consejo en privado, sondeando a aquellos funcionarios o ex-funcionarios de la Administración a quienes más respeta y cuya opinión tiene más en cuenta. Se conforma así un “círculo íntimo” de consejeros, casi todos los cuales están ya en el ExComm: además de su hermano Robert, recurrirá a Robert McNamara (Secretario de Defensa), Dean Rusk (Secretario de Estado), Dean Acheson (ex-Secretario de Estado), Robert Lovett (ex-Secretario de Defensa), McGeorge Bundy (Asesor de Seguridad Nacional), el general Maxwell Taylor (jefe del Estado Mayor conjunto) y el diplomático Llewellyn Thompson. Estos serán los hombres de quienes se rodeará durante esas horas críticas. Buscará apoyo en todos ellos en algún momento, para complementar las discusiones grupales que tienen lugar en el Comité Ejecutivo y conocer cara a cara la opinión sincera de cada uno. Para empezar, tras la comida se reúne en privado con McNamara y Rusk. Quiere saber lo que opinan, sin que los demás estén presentes. Ambos son partidarios del bloqueo naval y se oponen al ataque aéreo. Después conversa con Dean Acheson, para quien la opción del ataque aéreo sigue siendo la única posible; además considera inadecuada y ridícula la preocupación de Robert Kennedy por las consideraciones morales del ataque. Cree que la idea del Fiscal General de un “Pearl Habor a la inversa” es una “tontería”. Trae esas charlas, Kennedy tiene bastante más en qué pensar. Sobre todo teniendo en cuenta la importante cita que le aguarda esa misma tarde.

El juego de engaños previo entre las dos superpotencias no ha terminado con la reunión entre Kruschev y el embajador americano en Moscú. Este mismo día, a las cinco, el Presidente tiene programado un encuentro nada menos que con el ministro de asuntos exteriores soviético, Andrei Gromyko. La conversación adquiere unas connotaciones surrealistas: Gromyko continúa en la línea oficial del Kremlin, y ante los rumores insiste en la naturaleza puramente defensiva del armamento que la URSS ha estado llevando a Cuba. Kennedy no le contradice, manteniendo su mejor cara de póker ante las flagrantes mentiras de Gromyko, quien al terminar la reunión no sospecha en absoluto que el Presidente americano ya sabe que sí hay armas atómicas en Cuba.

Tras la obra de teatro con Gromyko, el Presidente recibe a Robert Lovett, veterano de la I Guerra Mundial que había ejercido como Secretario de Defensa durante la Guerra de Corea. Le pide su opinión sobre las medidas a tomar y Lovett se muestra ponderado, pero firme, y le plantea un nuevo punto de vista: Lovett piensa que incluso un ataque aéreo que se limite a destruir las bases de misiles podría ser visto por los rusos como una medida de excesiva fuerza. Por más que los miembros del ExComm quieran definirlo como un ataque “quirúrgico”, es perfectamente lógico que los soviéticos puedan tomarlo como una provocación. Desaconseja el uso de la fuerza bélica inmediata y aboga por un bloqueo naval, como también hacen el Secretario de Defensa y el Fiscal General. Tras esa conversación Kennedy sigue reflexionando. No basta con dictar qué pasos han de darse; ha de prever también cómo reaccionarán los soviéticos a cualquier movimiento que haga. Es quizá en esos momentos cuando en su cabeza empieza a ganar enteros la opción del bloqueo frente a la del ataque aéreo.

Kennedy consideraba un ataque aéreo limitado a las bases secretas, pero el ex-Secretario de Defensa Robert Lovett creía que los rusos podrían tomarlo como una declaración de guerra.

A la hora de cenar el Presidente se reúne nuevamente con el Comité, que todavía permanece dividido. Viendo el cisma, el Presidente asegura que sigue deseando que se llegue a una decisión de consenso y que le gustaría que continúen debatiendo hasta encontrar una solución que les parezca satisfactoria a todos, pero también recuerda que no tienen todo el tiempo del mundo para llegar a dicho acuerdo. Les recuerda cuál es su responsabilidad y todo lo que está en juego. Después, se encierra en sus habitaciones privadas hasta tarde, tratando de poner su cabeza en orden mientras garabatea un montón de hojas de papel con multitud de anotaciones sobre lo que se ha hablado durante todo el día. Al final, el suelo de la estancia está repleto de papeles: su secretaria los recogerá para pasar todas aquellas ideas a limpio. Así concluye el tercer día de la crisis: mucho se ha discutido, poco se ha avanzado.

No obstante, aunque todavía no se sabe qué medidas se van a tomar, lo que está claro es que habrá que hacer todavía más esfuerzos para mantener la crisis en secreto. Durante la jornada ha estado a punto de provocarse una alerta en los periódicos. Durante los últimos dos días, de manera paulatina pero generalizada, ha empezado a imponerse en las fuerzas armadas estadounidenses una especie de silenciosa pre-alerta. Se lleva a cabo con suma discreción para no despertar suspicacias, pero en diversas bases militares se ha incrementado el nivel de alerta defensiva (Def Con). Personal clave que estaba de permiso es llamado de nuevo al servicio y no son pocos los que se sienten molestos por esta repentina interrupción de sus vacaciones sin aparente necesidad. Además, la fuerza aérea estadounidense empieza a concentrar escuadrillas de aviones en el sudeste del país —en el rango de alcance de Cuba— y es entonces cuando algunos periodistas muestran curiosidad: ¿por qué se están trasladando aviones justo a esa región? ¿Es que sucede algo en Cuba? Es una pregunta muy delicada. Pero la respuesta del Pentágono resulta tranquilizadora y convincente: dado que no constituye ningún secreto que los soviéticos han desplegado cazas Mig en la isla, resulta lógico que los Estados Unidos refuercen su cobertura aérea en la zona. Los periodistas, por suerte, consideran su curiosidad satisfecha. La justificación encaja perfectamente con los datos de que disponen, así que se terminan las preguntas. Ni siquiera en la URSS se plantean otra explicación ante aquel movimiento de aviones, porque también ellos consideran muy normal que los americanos incrementen su fuerza aérea en la zona para contrarrestar la presencia de los Mig. El mundo continúa sin sospechar nada, pero hay que cuidar cada cabo suelto.

Al finalizar la jornada, solo unas pocas hormigas de la hilera corretean nerviosamente, alarmadas por la inminencia del desastre. El resto del hormiguero descansa con total tranquilidad. Aquella noche de jueves, tres días después del descubrimiento de los misiles, el pueblo norteamericano se va a la cama sin tener noticia de lo que se está cociendo en las más altas instancias; poco saben que en la Casa Blanca ya se está discutiendo cómo forzar a los soviéticos a retirar sus misiles de las inmediaciones de la nación sin provocar una 3ª Guerra Mundial, una guerra que no dejaría nación que defender más allá de un puñado de escombros radiactivos. Por lo que al americano medio respecta, estos días han sido unos días como otros cualesquiera. No ha habido mucho que contar, excepto que en las Series Mundiales de Béisbol los New York Yankees han vencido en el partido decisivo a los Giants de San Francisco por el ajustado resultado de 1 a 0. Cómo no, también en la Unión Soviética los ciudadanos se van a dormir tranquilos y despreocupados. Esos días no ha habido tampoco grandes noticias, como no sea el fallecimiento de la pintora Natalia Goncharova, autora de aquellos coloridos lienzos a mitad de camino entre el cubismo y el estilo de Matisse. Para los ciudadanos americanos y soviéticos de a pie, como para todos los demás ciudadanos del planeta, la vida sigue como si nada. Las hormigas, pues, duermen plácidamente: en América, en Europa, en todas partes. Pero en unos días podría cambiar la faz de la Tierra, agujereada por las picaduras de furiosas avispas cuyos aguijones nucleares dejarían la tierra quemada, las ciudades reducidas a despojos, el agua envenenada y el aire irrespirable. El que eso ocurra o no, el que se produzca un Juicio Final, depende ahora de la decisión de un puñado de hombres en Washington. El camino para evitar ese Apocalipsis, sin embargo, todavía no está nada claro. Y sin embargo, tarde o temprano habrá que anunciar al mundo lo que está sucediendo. Es cuestión de muy poco tiempo el que el secreto se rompa y todos sepan lo que se está cociendo: en unas pocas horas, los habitantes de la Tierra dejarán de dormir tranquilos. (Continúa)

36 comentarios

  1. Pingback: Como el mundo evitó el Juicio Final (Parte 1)

  2. Ciudades como Nueva York, Boston, Atlanta, Dallas… DALLAS?? Really?

    Buen artículo, esperando ansioso la continuación.

    Recomiendo la película 13 Días que revisa este acontecimiento desde el punto de vistan americano.

  3. ¡Qué buen rato he pasado! A ver si sacáis pronto la segunda parte

  4. Flojillo, eh! No cuenta nada nuevo y lo que cuenta es plomizo. Pero en fin, no quiero desanimar al autor, el sólo hecho de escribirlo ya es algo grande. Yo lo haría mejor pero me da pereza hacerlo, eso es lo malo, eso, que soy un zángano.

    • Ya claro…eso es lo malo.

    • La verdad es que no cuenta nada nuevo… Maldito E.J Rodríguez que no escribe sobre el futuro…

      Es un señor artículo de los pies a la cabeza y estoy esperando poder leerla segundaparte

  5. Si, esperemos que nos cuente algo mas en las siguientes entregas. Hasta ahora el relato es igual que la pelicula 13 Dias. No aporta nada nuevo.

  6. Interesante escrito. Aunque atufa como se pasa de puntillas como si nada el primer paso de la “película”: los misiles americanos situados en Turquía, mientras se explaya en la acción rusa desde Cuba, como si esta fuera la amenaza inicial.

    • ¡Vuelvete a Massachusetts, rojo!

    • Totalmente de acuerdo…cuando se cuenta esta parte de la historia siempre se cuenta desde el punto de vista de la amenaza que creó la URSS desde Cuba…pero no desde la que creó anteriormente EEUU en Turquía y en diversas bases alrededor de territorio soviético

      • Será que siempre se cuenta así porque no hay otra manera de contarlo.
        No será por falta de publicistas y escribanos que las posiciones totalitarias han fracasado.

  7. El texto insiste un par de veces en que el “tercio occidental” de EEUU estaba amenazado por los misiles soviéticos en Cuba, pero cita a NY, Bosto, Washington… todas ellas ciudades del este, esto es, oriente.

  8. Muy interesante, y bien contado, muy emocionante. A la espera de la segunda parte!

  9. Esperando la segunda parte. Sería interesante hacer una tercera y cuarta parte que desarrollase el punto de vista soviético. La crítica con respecto a los misiles en territorio turco es justa y esa parte de la Historia es convenientemente desconocida, por lo sería fantástico darle cabida.

  10. Que pedazo de artículo! Espero ansioso la seguinda parte. Ojalá no nos pase como con Bobby Fischer…

  11. Pingback: Penúltimos Días

  12. Enhorabuena. Muy buen artículo.

    No estaría mal que se también analizasen esos días desde el punto de vista de la URSS. Es difícil encontrar información sobre como lo vivieron en Moscú. Siempre se suele profundizar más en el lado estadounidense.

    • Hola, Camilo:

      Los protagonistas del bando americano hablaron y escribieron abiertamente sobre los días de la crisis apenas finalizada ésta, hasta el punto de que tenemos un relato pormenorizado, prácticamente al minuto, de lo que se cocía en la Casa Blanca. Por ejemplo, el propio Robert Kennedy escribió con detalle sobre el asunto. Pero no creas que resulta tan fácil recomponer la versión soviética. Obviamente existen fuentes para ello y he buceado en algunas, pero dado que en Moscú había muy poca transparencia en su tiempo la cantidad de información es comparativamente mucho menor.

      De todos modos, hasta el lunes 22 —día en que Kennedy anuncia por TV que ha descubierto los misiles— no puede hablarse de un “punto de vista soviético”, ya que en Moscú desconocen completamente lo que está sucediendo. Entre los días 14 y 21 sólo existe una perspectiva de la crisis: la perspectiva norteamericana. Esto es así. El Kremlin ni siquiera sospecha que hay una crisis. Sólo un puñado de personas en la Casa Blanca y el Pentágono están al tanto.

      Un cordial saludo.

      • Perfecto, Rodríguez!

        Describes, de manera muy práctica, las diferencias entre una democracia y una tiranía, en este caso comunista.
        En las tiranías no hay “puntos de vista”.

        • Se nota que eres un proyankee imperialista, yo no defiendo el comunismo pero no hay que ser unilaterales mira en la actualidad como tu aclamada democracia americana asesina niños y mujeres en paises como Afganistas en Irak, como instauraron en complicidad con la CIA genocidas dictaduras militares en toda America Latina claro eso no hablas verdad!!!

  13. como casi siempre no decepciones E.J. Rodriguez. Desde los artículos sobre la mafia italiana en EE.UU. me tienes alucinado.

    Ojalá hubiese mas artículos como el tuyo en la prensa general… quizá hasta remontaban el vuelo.

  14. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Cómo el mundo evitó el Juicio Final (II)

  15. Hola.

    Un artículo muy interesante y agradable de leer.
    Pero me gustaría comentar, a riesgo de equivocarme (si es así que se me diga, por favor), el párrafo en el que se dice que los rusos no sospechan que los americanos ya saben algo sobre sus movimientos. Pienso que los rusos no considerarían a los americanos tan ignorantes como para, aún insistiendo en sus intenciones defensivas de la isla, no utilizaran todas las herramientas posibles para averiguar qué está pasando con tanto movimiento militar en Cuba.

    Un saludo.

  16. Dices: “el asesor del Presidente en cuestiones de seguridad nacional, McGeorge Bundy”, ¿No será George McBundy?, solo por esto ya te tenían que eliminar el artículo.
    Por supuesto es una broma irónica con ciertos comentarios. Me resulta apasionante lo que escribes y como lo escribes. Un gran aplauso.

  17. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Cómo el mundo evitó el Juicio Final (y IV)

  18. Pingback: Calatrava, espías, estafadores y la Casi Tercera Guerra Mundial: otra forma de ver la Historia | iedahistoria…y Arte y Geografía

  19. NO SE DEJEN TUPIR. DESDE LAS CONVERSACIONES PRELLIMINARES CUBANORUSA YA LOS AMERICANOS TENIAN INFORMACION DEL ASUNTO. SOLO QUE LOS KENNEDY ERAN TIPOS RESBALOSOS. YA ESO SE VEIA DESDE PLAYA GIRON.
    SIEMPRE HUBO GATO ENCERRADO

  20. Pingback: Bobby Fischer (VI): Comienza la guerra

  21. Pingback: La Guerra de las Galaxias de Ronald Reagan

  22. Pingback: Hollywood y el ejército estadounidense | Justa, lectura y conversación

  23. Pingback: ¡Cine atómico! Panic in the Year Zero (Pánico infinito), 1962, Ray Milland | La cachimba

  24. Pingback: ¿Cuál es la mejor canción sobre la guerra nuclear? - Jot Down Cultural Magazine

  25. Pingback: ¡Cine atómico! Testament (Testamento Final), 1983, Lynne Littman | La cachimba

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies