
La Mafia tiene algo de experiencia religiosa. La propia iniciación del nuevo afiliado es un ritual de evidentes connotaciones masónicas —las logias llegaron a Sicilia a finales del XIX, cuando nació la Mafia—, pero también es una especie de bautismo, una entrada en una nueva vida, que le confiere un aspecto sacro, relacionado de forma perversa con el poder divino de quitar la vida o de darla. El mafioso jura fidelidad al clan con su sangre sobre una estampita de la Virgen, la Madonna, y sella un pacto que durará hasta la muerte. En general capos y sicarios suelen ser muy de crucifijos, santos y velas, en una curiosa deformación pagana o, más bien, una interpretación a su favor de la tradición. Ser parte de la tradición ha sido precisamente la causa de su contigüidad con la Iglesia católica. Es un tema muy incómodo en Italia, muy desconocido fuera, como casi todo lo que gira alrededor de la Mafia, y que vamos a explorar un poco. Porque es de lo que más me han preguntado estas semanas, y por lo que ha pasado en Roma el viernes 21 de marzo.
Los párrocos sicilianos eran casi siempre del pueblo, habían crecido allí y casi de forma natural asumían que en el orden normal de las cosas las fuerzas vivas se componían del alcalde, el cura, el médico y el capo mafioso local. La Mafia era parte de la jerarquía establecida, de la burguesía dominante, era un factor de orden y compartía con la Iglesia unos valores. Ya saben, la familia, esas cosas. Es más, con la unidad de Italia, a finales del siglo XIX, a la Mafia y la Iglesia, mucho más a la Iglesia siciliana, les unía un curioso matiz común de ser «antiestado». Por si esto sorprende, debe recordarse que Italia nace contra los Estados Pontificios y la unidad del nuevo país solo culmina en 1870 con la caída de Roma, defendida por zuavos de varias nacionalidades y tropas francesas y alemanas. Pío IX se declaró prisionero en el Vaticano y excomulgó a todos los romanos que votaran a favor de la anexión al nuevo Estado. Votaron sin hacerle demasiado caso. La cuestión no se resolvió hasta que Mussolini firmó los pactos lateranenses en 1929 y puso un pastón encima de la mesa.
La Iglesia no veía un enemigo en la Mafia. Como mucho, hijos pródigos u ovejas descarriadas. Los enemigos eran otros: los comunistas, los masones, los ateos… Y contra los comunistas la Mafia se puso de parte de la Iglesia, del Vaticano, de la Democracia Cristiana y del bloque de la OTAN durante la Guerra Fría. Pero bajemos otra vez de la alta política a los pueblos y ningún momento mejor que la Semana Santa para comprender esta obscena simbiosis de mafiosos y fe. Las ceremonias, las procesiones, eran un momento de representación del poder social. Por eso era, y es, frecuente que el capo mafioso local tuviera, tenga, un lugar preferente en los bancos de la misa o al frente de los cortejos. O que la procesión hiciera un alto como señal de respeto frente a la casa del capo de turno. Como ha escrito Alessandra Dino, experta en estos asuntos, estos actos son «una legitimación simbólica del orden social». Este papel destacado del jerarca criminal alcanzaba su máxima expresión en algunos pueblos con representaciones teatrales de la Pasión, donde el capo mafioso hacía directamente el papel de Cristo. Como pueden deducir, esto por sí solo basta para tener tumbada a Sicilia una temporada en el diván de un psicoanalista.
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Pingback: Crónicas de la Mafia: una experiencia religiosa
En España tenemos nuestra pequeña Mafia (vasca) en connivencia con su pequeña iglesia (vasca) y el apoyo de su pequeña y tradicionalista sociedad (vasca)
Pues sí, mirando también para otro lado, con sus víctimas olvidadas y silenciadas y quién sabe si su IOR vasco y todo.
Sí, porque en España no hay mafias ni corrupción, no te jode.
Te habrás quedado agusto después de la tontería que has dicho, eh.
Fantàstico artìculo. No es fàcil establecer las conexiones entre las diferentes estructuras y organizaciones que mantienen el equilibrio del ecosistema en el que nace y pervive la Mafia, y este artìculo lo consigue.
Vivo en la Puglia desde hace un par de anyos. Aunque la infiltraciòn mafiosa en la regiòn no es como en Sicilia, la Campania o la Calabria, todo lo que el Inigo Domìnguez describe se respira en mayor o menor medida en el aire. El poder de la Iglesia sobre las conciencias, el respeto a los mafiosos o aspirantes a ello, la sensaciòn de que entre Estado y familias el ciudadano medio se encuentra encadenado al inmovilismo que reina en el sur de Italia, silenciado y menospreciado por no formar parte de este ecosistema.
Y hace bien en resaltar la importancia del discurso del papa Francisco, porque aunque a una persona que sea ajena a este problema le pueda sonar un discurso «descontado», en una sociedad donde el Estado no tiene ningùn peso sobre las conciencias y los movimientos ciudadanos estàn tan adormecidos como en Espanya, solo la Iglesia (y eso da una idea de la situaciòn de Italia al respecto) puede producir la chispa que sea el inicio del cambio. Por tràgico que pueda parecer.
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Estupendo diálogo sobre el tema:
http://temi.repubblica.it/micromega-online/dio-mafia-potere-dialogo-tra-roberto-scarpinato-e-mons-domenico-mogavero/
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