
… Acoja, pues, Vuestra Magnificencia, esta pequeña ofrenda con el mismo ánimo con que yo se la envío, pues si se hace de ella un estudio y lectura diligente, reconocerá en su interior un profundo anhelo mío: que alcancéis esa grandeza que la fortuna y las restantes cualidades vuestras os prometen. Y si Vuestra Magnificencia, desde el ápice de su elevado sitial, posa en alguna ocasión los ojos sobre estos bajos lugares, reconocerá cuán inmerecidamente soporto una enorme y continua malignidad de la fortuna. (El Príncipe, dedicatoria a Lorenzo di Piero de’ Medici [1513]).
(Viene de la segunda parte)
En 1513 Sant’Andrea in Percussina consistía en poco más de dos hileras de edificios a lo largo de una antigua vía postal romana: un puñado de casas, una pequeña iglesia, una posada y el caserón de los Machiavelli. Ubicada en lo alto de una colina, desde la aldea se podía contemplar el ondulante paisaje toscano cubierto de olivos, viñedos, arboledas, flores, etc. y, allá a lo lejos, Florencia. Pero tras una vida consagrada a los asuntos del Estado y la res publica, este marco bucólico y apacible no satisfacía a Maquiavelo en absoluto. «Mi cuerpo está bien —escribió a su sobrino Giovanni el 4 de agosto—, pero estoy mal de todo lo demás».
La mejor manera de acercarnos a su nueva existencia en Sant’Andrea es a través de las misivas que empezó a intercambiar con su amigo Francesco Vettori al poco de salir de prisión. Niccolò intentó conseguir por medio de Vettori algún puesto en el Gobierno Medici, pero el nuevo embajador florentino en Roma parecía incapaz de ayudar a alguien que en aquellos momentos era políticamente radioactivo. Lo que podía hacer era compartir con él noticias y rumores de la corte papal, y los dos diplomáticos no tardaron en entablar un apasionante diálogo sobre la situación de Italia y el equilibrio entre las grandes potencias europeas. ¿Había hecho bien Fernando el Católico en firmar una tregua con los franceses? ¿Qué curso de acción debía tomar el nuevo papa? ¿Atacarían los turcos? Esta correspondencia contiene ejemplos de fina reflexión política y momentos que recuerdan al mejor Bender de Futurama («Embajador, vos vais a enfermar; me parece que vos no tenéis ningún pasatiempo; aquí no hay mancebos, no hay damas: ¿qué casa del carajo es esta?»), pero alcanza su cenit en una misiva que Maquiavelo envió a su amigo el 10 de diciembre de 1513.
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Una figura que ha influido en la historia seguramente más de lo que nos atrevemos a admitir. Lo que no sé es si para bien o para mal…
Muy buena serie…
Espero que siga hablándonos de otras personalidades del Renacimiento
Lo más parecido que le puedo prometer es un artículo sobre el asedio de Florencia de 1529, pero antes me gustaría escribir (muy despacio, como acostumbro) sobre otros temas. ¡Gracias por leerme!
Buena serie sobre Maquiavelo, enhorabuena.
Gracias por la serie de artículos!