Jot Down Cultural Magazine – Vida de Maquiavelo (II)

Vida de Maquiavelo (II)

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Maquiavelo retratado por Antonio Maria Crespi en el siglo XVII.

Yo la suelo comparar [la fortuna] a uno de esos ríos torrenciales que, cuando se enfurecen, inundan los campos, tiran abajo árboles y edificios, quitan terreno de esta parte y lo ponen en aquella otra; los hombres huyen ante él, todos ceden a su ímpetu sin poder plantarle resistencia alguna. Y aunque su naturaleza sea esta, eso no quita, sin embargo, que los hombres, cuando los tiempos están tranquilos, no puedan tomar precauciones mediante diques y espigones de forma que en crecidas posteriores, o discurrirían por un canal, o su ímpetu ya no sería ni tan salvaje ni tan perjudicial… (El Príncipe, capítulo XXV).

Como venía contándoles en la primera parte de este ensayo, en 1503 tuvo lugar la primera legación de Maquiavelo a Roma. Pero poco antes de partir, este había empezado a trabajar en un proyecto formidable y ambicioso, fruto de la brillante mente de Leonardo da Vinci y con el potencial de doblegar definitivamente a Pisa. ¿De qué se trataba? Lo describiré brevemente, pero sepan que merecería un artículo propio.

Trazado de los canales del Arno (Da Vinci, 1503-1505)

El río Arno nace en los Apeninos y atraviesa Florencia y Pisa antes de desembocar en el mar de Liguria. Esto supuso que cuando los pisanos se rebelaron en 1494, la República de Florencia no solo perdió Pisa, sino también su acceso al mar. Y supuso también que (en los asedios posteriores) esta ciudad contaba con una vía de abastecimiento que Florencia difícilmente podía cortar. Pero a principios de 1503, y en un genial alarde de pensamiento lateral, a Leonardo da Vinci —que hasta hacía muy poco había sido ingeniero militar en jefe de César Borgia— se le ocurrió que si no se podía sacar a los pisanos del río, a lo mejor se podía sacar el río de Pisa: su plan consistía en desviar el Arno hacia un pantano al sur de la ciudad rebelde a través de dos canales, dejándola en dique seco. Además de su utilidad militar, el proyecto haría del Arno un río más navegable y ayudaría a controlar sus peligrosas crecidas. Cabe mencionar que esta no es la primera vez que Florencia intentaba algo parecido: cuenta un historiador de la época que en 1430 Brunelleschi convenció al Gobierno de su ciudad (¡mediante la falsa y engañosa ciencia de la geometría!) de que podía desviar el río Serchio e inundar Lucca, que estaba siendo asediada. En aquella ocasión, sin embargo, lo único que acabó inundado fue el campamento militar florentino.

A pesar de los desafortunados antecedentes históricos, la idea de Leonardo entusiasmó al gonfaloniero vitalicio Soderini, que encargó a Maquiavelo la supervisión del proyecto. La iniciativa fue ganando partidarios, por los posibles resultados que he mencionado pero también —sospecho— por la cara que se les iba a quedar a los pisanos cuando Florencia les dejara sin río. Niccolò y Soderini tardaron casi un año en conseguir que se aprobara la financiación necesaria, pero en agosto de 1504 dos mil jornaleros (protegidos por un millar de soldados) se pusieron finalmente a trabajar a las órdenes del ingeniero hidráulico Colombino, que decidió introducir modificaciones significativas en el proyecto de Leonardo. No está muy claro por qué el propio Da Vinci no se encargó personalmente de dirigir los trabajos, pero quizá fuera porque en esos momento se hallaba ocupado con el fresco de La Batalla de Anghiari y con la Gioconda1. A lo mejor los cálculos de tiempos de Leonardo eran demasiado optimistas o quizá las modificaciones del proyecto fueron contraproducentes, pero en la Cancillería se dieron cuenta enseguida de que los trabajos no estaban progresando adecuadamente y empezaron a preguntarse si Colombino sabía lo que estaba haciendo. El 3 de octubre Maquiavelo explicó a sus superiores que con las reformas adecuadas la situación podía solventarse en siete u ocho jornadas, pero nunca sabremos si tenía razón: ese mismo día una gran tormenta echó abajo los muros de contención de los canales, hundió varios botes que custodiaban la boca del Arno y acabó con la vida de ochenta trabajadores. Cuando a los pocos días de la catástrofe el Consejo de Señores decidió abandonar el proyecto, los pisanos se apresuraron a destruir lo poco que quedaba de los canales. La República de Florencia y la ciudad de Pisa se habían convertido en el Coyote y el Correcaminos del Renacimiento italiano, y en la Señoría no estaban contentos.

Como suele ocurrir en estos casos, resultó que toda Florencia sabía desde el principio que el plan de Leonardo era una locura irrealizable. Soderini y Maquiavelo fueron duramente criticados, así que este último decidió mantener un perfil bajo hasta que las cosas se calmaran. Fruto de estas semanas alejado de la Cancillería es el Decenal, una narración en verso de los últimos diez años de historia florentina. Niccolò es mejor filósofo que historiador —sobre todo si se le compara con Guicciardini— y mejor historiador que poeta; el Decenal, aun siendo poéticamente aceptable, no iba a convertirle en poeta laureado. Los cuatro últimos versos, no obstante, suelen citarse con frecuencia:

Aunque confíe en el piloto diestro,
en los remos, en las velas y en las jarcias,
sería el camino fácil y breve no obstante
si volvierais a abrir el templo a Marte.

El piloto diestro es Soderini. Y el significado de la exhortación a reabrir el templo a Marte está claro: la República de Florencia necesitaba un ejército propio.

La milicia florentina y el papa guerrero

Como buen humanista, Maquiavelo tenía como referencia a los hoplitas de las ciudades-estado griegas y, sobre todo, a los ciudadanos-soldado de la antigua Roma. Como cualquier europeo de la época, sentía además un saludable respeto por la infantería de los cantones suizos, modelo para los lansquenetes alemanes y los tercios españoles. Francia, España, Inglaterra y la República de Venecia llevaban a cabo levas entre su campesinado, y el mismo César Borgia había formado una milicia con campesinos de la Romaña cuando la mayoría de sus capitanes desertaron en 1501. Pero al carecer de ejército propio, Florencia tenía que depender en cambio de tropas mercenarias o extranjeras, tropas que habían demostrado una y otra vez ser muy poco fiables. A lo largo de los últimos años Maquiavelo había tenido sobradas ocasiones de comprobarlo, y es por eso que a principios de 1504 propuso a Soderini crear una milicia florentina formada por campesinos de los alrededores de la ciudad. Pero los optimates, temiendo que se tratara de un plan del gonfaloniero para hacerse con un ejército personal, se opusieron a la iniciativa.

La situación cambió un año después. Tras hacerse con el reino de Nápoles, los españoles planeaban atacar Florencia e instaurar un gobierno Medici que les fuera afín; los franceses se hallaban a la defensiva en el Ducado de Milán y cada vez parecían menos capaces de defender a nadie. Pero el verdadero punto de inflexión tuvo lugar en el verano de 1505, cuando Antonio Tebalducci —veterano hombre de armas florentino y duelista de renombre— dirigió al enésimo contingente mercenario contra los pisanos. Tras varias victorias, el ejército florentino llegó a Pisa, y en septiembre la artillería consiguió abrir varias brechas en las murallas. Pero cuando llegó la hora de asaltar la ciudad, las tropas mercenarias decidieron que eso de la guerra era un asunto muy peligroso, y en dos ocasiones (8 y 12 de septiembre) se negaron a cargar. A Tebalducci le habría gustado ordenar a la artillería que disparara contra sus propios soldados, pero tuvo que conformarse con informar de lo sucedido a la Señoría y el ataque fue suspendido. Maquiavelo aprovechó el resentimiento generalizado contra los mercenarios para impulsar la iniciativa de la milicia y Soderini, esta vez sí, consiguió los apoyos necesarios para comenzar el alistamiento a pequeña escala y en los distritos rurales.

El gélido invierno de 1505 Niccolò lo pasó subido en un caballo, recorriendo aldea a aldea las regiones de Mugello y Casentino, al noroeste y al este de Florencia respectivamente. Sus habitantes atesoraban enemistades seculares con los poblados vecinos, suplementaban sus labores de labranza con el ocasional acto de bandidaje y sentían poca lealtad hacia una república de la que no eran ciudadanos, pero Maquiavelo entrevistó y reclutó a todos los que pudo. El 15 de febrero de 1506 los primeros cuatrocientos reclutas formaron armados y uniformados en la plaza de la Señoría: Luca Landucci escribió en su Diario Florentino que el evento «fue tenido por el más bello espectáculo jamás ofrecido a la ciudad de Florencia». A cambio de la amnistía de sus delitos y la condonación de sus deudas —y tres míseros ducados al mes si eran llamados a filas—, los milicianos mantendrían el orden público en tiempos de paz y lucharían por Florencia en tiempos de guerra. Solo faltaba alguien que liderara a los milicianos y supervisara su adiestramiento: el candidato de Maquiavelo era el infame Michelotto de Corella, otrora mano derecha de César Borgia. De marcadas tendencias homicidas, este hombre de armas valenciano había servido felizmente a Borgia durante años, encargándose entre otros asuntos de organizar la milicia del Ducado de Romaña y de estrangular con sus propias manos a numerosos enemigos de su señor. El nombramiento de Michelotto como bargello (alguacil mayor) el 1 de abril acentuó la paranoia de los optimates, y aunque a finales del verano sus hombres ya se hallaban hostigando a los pisanos, su proceder le enfrentó a menudo con la Señoría.

Julio II, el Papa guerrero (Brugkmair, 1511).

En Romaña, mientras tanto, la República de Venecia y los señores locales habían empezado a llenar el vacío de poder que César Borgia había dejado en la región, que pertenecía de iure al Estado Pontificio. Julio II estaba resuelto a devolver estos territorios descarriados al redil de la Iglesia, por lo que a finales de agosto se puso una armadura y marchó hacia la Romaña al frente de una comitiva que incluía tres mil soldados, nueve cardenales muy desorientados y el coro de la Capilla Sixtina. Maquiavelo abandonó temporalmente las labores de reclutamiento para unirse al séquito de Julio II como representante de la República, lo que le permitió observar las insólitas circunstancias de la toma de Perusa el 13 de septiembre. En el capítulo XXVII de los Discursos, Niccolò escribiría que:

[El papa] quería echar de Perusa a Giampaolo Baglioni, tirano de aquella ciudad, por haber jurado contra todos los tiranos que ocupaban las ciudades de la Iglesia. Llegado a las cercanías de Perusa con esta intención y este propósito conocidos de todo el mundo, no esperó para entrar en aquella ciudad a que su ejército custodiara su persona, sino que entró desarmado, a pesar de que en la ciudad estaba Giampaolo con muchas tropas que había reunido para defensa suya. De esta forma, llevado de aquel furor con el que conducía todas sus cosas, se metió con solo su guardia en las manos del enemigo…

El temerario papa se había puesto a merced de Gian Paolo Baglioni, que tenía mucho que ganar con un golpe de mano al estilo Senigallia. Tal y como señala M. A. Granada en su Antología, desde el punto de vista de Niccolò «la muerte del papa resulta políticamente necesaria y comporta en su siniestra grandeza gloria indeleble», pero Baglioni —fratricida y dado al incesto— no estuvo a la altura y Julio II culminó su campaña militar en Romaña entrando triunfalmente en Bolonia el 11 de noviembre. Ante episodios como este, el científico en Maquiavelo no podía sino preguntarse por qué en política el mismo proceder podía tener resultados distintos, y comportamientos distintos el mismo resultado. En las semanas sucesivas plasmó sus reflexiones en las Fantasías a Soderini (el borrador de una carta) y en el poema Sobre la Fortuna, dos textos que dedicó a Giovanni Battista Soderini, sobrino del gonfaloniero. En ellos Maquiavelo explica que los hombres tienen éxito cuando su naturaleza y talento intrínsecos se hallan en armonía con las circunstancias. No obstante:

puesto que los tiempos y las cosas, particular y universalmente, cambian continuamente, y los hombres no varían su imaginación ni sus modos de proceder, resulta que un mismo hombre tiene durante un tiempo buena fortuna, durante otro tiempo, adversa. Y, en verdad, si existiese alguien tan sabio como para conocer los tiempos y los órdenes de las cosas, y para acomodarse a estos, tendría siempre buena fortuna, o se resguardaría siempre de la mala […] Pero, debido a que estos sabios no se encuentran (al ser los hombres, en primer lugar, cortos de inteligencia y no pudiendo, además, gobernar su propia naturaleza), se sigue que la Fortuna varía y gobierna a los hombres, y los tiene bajo su yugo…

Independientemente de su virtú, todos los hombres —todos los príncipes— están abocados a verse en unas circunstancias a las que no podrán o no querrán adaptarse; abocados, por tanto, al fracaso. Solo se salvan aquellos que mueren antes de que la fortuna les dé la espalda: «se ve al fin que con el pasar del tiempo / pocos son los felices y que ellos murieron / antes de que su rueda atrás tornara / o que girando abajo los portara».

El 1 de noviembre regresó a Florencia. Un mes después fue aprobada la Ordinatio militie florentine, que daba base legal a la milicia y la ponía bajo la autoridad de la recién creada magistratura de los Nueve Oficiales de la Ordenanza y Milicia Florentina. Los Nueve recibieron la orden de reclutar y equipar a una fuerza de diez mil hombres; su primer secretario, nombrado el 10 de enero de 1507, fue Maquiavelo.

La venganza de los optimates

Al principio de su carrera, las relaciones entre Maquiavelo y la clase alta florentina debían de haber sido como mínimo correctas, o de lo contrario nunca hubiera conseguido su puesto en la Cancillería. Pero poco a poco su origen y simpatías populares empezaron a distanciarle de los optimates, un desapego que se vio indudablemente agravado por la propia idiosincrasia de Niccolò. Para él la política era una vocación y un oficio: no tenía paciencia para aquellos mercaderes o aristócratas que, una vez dentro del Gobierno, en el mejor de los casos resultaban ser diletantes y en el peor, arribistas. Biagio Buonaccorsi le aconsejó en más de una ocasión que accediera a contentar a personas que a menudo eran sus superiores, pero su amigo parecía incapaz de tomar parte en lo que hoy llamaríamos política de oficina. Un ejemplo muy conocido de esta actitud se dio durante su primera legación a Roma a finales de 1503, cuando Agnolo Tucci —un alto funcionario del Gobierno florentino y librero de profesión— le exigió cierta información en una serie de misivas arrogantes e inanes que Maquiavelo no se molestó en responder. Tucci se quejó airadamente en la Cancillería, y cuando por fin obtuvo su respuesta, esta fue deliciosamente sarcástica:

He recibido vuestra carta del 21, y aunque no distinguí bien la rúbrica, creo que os reconocí por la grafía y las palabras; […] Y aunque todas estas cosas [la información exigida por Tucci] ya se me hayan preguntado en la correspondencia oficial, y haya ya respondido extensamente a todo (de manera que vos podéis consultarla para asesoraros), para no faltar a mi deber con vos, puesto que me habéis invitado a hacerlo, volveré a responder. Y lo haré en vernáculo, por si aquella correspondencia mía con la Cancillería estuviera en latín, aunque no me lo parece…

Si Maquiavelo se hubiera limitado a burlarse con discreción de la ignorancia y mala caligrafía de individuos como Tucci, el asunto probablemente no hubiera ido a mayores. Pero en una sociedad cada vez más polarizada entre los partidarios de la República popular y los promediceos, ser la mano derecha de Soderini le enfrentó directamente con los próceres florentinos. Los optimates, que se habían opuesto ferozmente a la formación de la milicia, eran muy conscientes de que Maquiavelo era el alma del proyecto, y pronto tuvieron ocasión de vengarse.

Aunque llevaba al frente del Sacro Imperio Romano desde 1493, Maximiliano I de Habsburgo nunca había viajado hasta Roma para ser nombrado emperador por el papa. Cuando en 1507 llegaron a Italia rumores de que el Habsburgo estaba barajando la posibilidad de acudir finalmente a Roma a recoger su corona imperial, en Florencia se desató una tormenta política. Algunos temían que al estar el Sacro Imperio y Francia enfrentados, el viaje se convirtiera en una invasión del Ducado de Milán y puede que incluso de la República Florentina; otros veían una oportunidad para cortar lazos con Luis XII y aliarse con los alemanes. El 19 de junio Soderini decidió enviar a Maquiavelo al Sacro Imperio con un doble objetivo: estimar las probabilidades de que Maximiliano entrara en la península y evaluar sus fuerzas militares. Pero los optimates se opusieron a esta elección: era sencillamente inaceptable que se enviara a la augusta corte imperial a alguien como Niccolò, habiendo en Florencia tantos y tantos jóvenes de alcurnia dispuestos a formarse en las cuestiones de Estado. Así que Maquiavelo se quedó en Florencia, y en su lugar la Señoría envió al aristócrata Francesco Vettori, de alta cuna pero poca experiencia.

Maximiliano I de Habsburgo (Durero, 1519).

Maquiavelo encajó esta humillación como pudo —hay quien atribuye su poema Sobre la ingratitud a este período— y en agosto acudió a Siena para recabar información sobre una legación papal que se dirigía a la corte de Maximiliano para ofrecerle alternativas a su viaje a Roma. Niccolò volvió a Florencia poco después, acompañado por las preocupantes noticias de que la Dieta Imperial (un parlamento formado por los príncipes de los Estados imperiales) se había comprometido a proporcionar al Habsburgo las tropas que había solicitado. En otro orden de cosas, en octubre se vio obligado a prescindir de los servicios de Michelotto de Corella: tanto se habían deteriorado las relaciones del bargello con la Señoría que para evitar problemas futuros alguien llegó a sugerir que «se le arrebatara secretamente la vida». A lo mejor Florencia no tuvo nada que ver —al valenciano no le faltaban enemigos, después de todo—, pero Michelotto fue asesinado tres meses después en las calles de Milán2.

En la corte imperial de Bolzano, entre tanto, Francesco Vettori se estaba viendo sobrepasado rápidamente por los acontecimientos. Sus informes no lograban esclarecer las auténticas intenciones de Maximiliano, del que se rumoreaba que se hallaba en negociaciones con los Medici. Cuando el Habsburgo (irritado por la entente franco-florentina) empezó a exigir a Florencia donativos, Vettori pidió que enviaran a alguien con más experiencia y finalmente Maquiavelo fue despachado a Bolzano el 17 de diciembre. Aun a riesgo de ofender a Luis XII, la Señoría le ordenó que —de juzgar inevitable el descenso de Maximiliano en Italia— comprara la seguridad de Florencia con cincuenta mil ducados. En vez de cabalgar directamente hasta Bolzano, Maquiavelo dio un rodeo pasando por Ginebra y Constanza para observar de primera mano los cantones suizos y el Sacro Imperio, aunque al atravesar la Lombardía tuvo que destruir las órdenes que llevaba para que no cayeran en manos francesas. El 11 de enero de 1508 llegó a la corte imperial, donde entabló una estrecha amistad con Vettori: los dos habían sido instruidos por los mismos maestros, eran compatriotas en una corte hostil y compartían el gusto por las mujeres y la buena vida en general.

Maximiliano quería más dinero del que la Señoría estaba dispuesta a pagar. Niccolò y Vettori alargaron las negociaciones todo lo que pudieron para ganar tiempo, y esta vez parece que temporeggiare funcionó. Harto de esperar a que los venecianos le permitieran atravesar el Veneto, Maximiliano se proclamó «emperador electo» el 4 de febrero y les atacó, pero fue derrotado con tanta contundencia que el 6 de junio se vio obligado a firmar un armisticio y renunciar a varios territorios fronterizos. Con el emperador lamiéndose las heridas, Maquiavelo aprovechó para volver a casa; cuenta Vettori en uno de sus informes que este había empezado a padecer de piedras en el riñón, o quizá una acumulación de humores espesos en la sangre.

Caída y conciliábulo de Pisa

Asaltar Pisa resultaba imposible, así que Florencia decidió someter a esta ciudad mediante el lento pero efectivo método de matar a sus habitantes de hambre. Corsarios genoveses bloquearon sus vías marítimas de suministros, y en verano la milicia florentina se encargó por primera vez de la destrucción de los cultivos pisanos, actividad conocida como guasto. Tan prometedora parecía esta iteración de los esfuerzos florentinos que Luis XII recordó de pronto que la ciudad rebelde se hallaba bajo la protección de Francia desde 1494 y exigió cien mil ducados para mirar hacia otro lado, una manera como cualquier otra de castigar a la República florentina por negociar con el Sacro Imperio. Fernando de Aragón, por su parte, se mostró más comedido: a cambio de mantenerse neutral se conformó con cincuenta mil. Florencia no tuvo más remedio que pasar por caja, pero estrechó el cerco en torno a Pisa.

Cuando en febrero de 1509 Maquiavelo recibió el encargo de supervisar el asedio, no dudó en acudir al frente y dirigir personalmente a un millar de milicianos en primera línea de combate. Sus superiores, alarmados, le instaron a retirarse a un campamento en la retaguardia, pero él respondió que «de haber querido evitar el peligro y el trabajo duro, [se] habría quedado en Florencia». El hambre, entretanto, hacía estragos en la ciudad asediada: el fin amargo y anticlimático de quince años de conflicto llegó a principios de junio con la capitulación de los pisanos. Niccolò estuvo entre los que suscribieron los estatutos de rendición el 4 de junio, y pocos días después entró con las tropas florentinas en Pisa. Para muchos Maquiavelo y su milicia había sido la clave de esta victoria, pero a pesar —o a causa— de su éxito, en los meses siguientes fue acusado anónimamente (algo legal en Florencia) de practicar la sodomía (algo ilegal en Florencia) con cierta dama de afecto negociable conocida como la Riccia, o de estar incapacitado para ocupar sus cargos a causa de las deudas de su difunto padre. Aunque no prosperaron, estas acusaciones son una señal de que los optimates no se habían olvidado de él.

Si bien Florencia estaba en paz, la guerra azotaba el norte de la península. Julio II había afirmado en una ocasión que no descansaría hasta que los venecianos volvieran a ser los humildes pescadores de antaño, y con esa intención había formado a finales de 1508 la Liga de Cambray para acabar con la República de Venecia y repartirse sus restos con Francia, España y el Sacro Imperio. Cegado por el odio, el papa tardó meses en darse cuenta de que con esta alianza los franceses habían salido peligrosamente beneficiados: en febrero de 1510 disolvió la Liga, se alió de improviso con los venecianos e inició los preparativos para una campaña contra Francia. Una guerra entre la Iglesia y los franceses pondría a los florentinos en una situación imposible, por lo que estos empezaron a llevar a cabo intrincados malabarismos diplomáticos para no decantarse por ninguno de los dos bandos. Las tropas papales comenzaron las hostilidades en agosto; Luis XII contraatacó impulsando la convocación de un Concilio de cardenales rebeldes que depusiera a Julio II y eligiera a un papa filofrancés. Por desgracia para Florencia, en enero de 1511 solicitó que este Concilio se celebrara en Pisa.

La Señoría esperó a que Francia concatenara varias victorias contra las tropas véneto-pontificias para aceptar, pensando que así se aseguraban de apoyar al bando ganador. Soderini había escrito a Maquiavelo el año anterior que se un Papa amico non val molto, inimico nuoce assai si bien un papa amigo no vale mucho, enemigo resulta muy dañino»), y es probable que Niccolò recordara esas palabras cuando un iracundo Julio II contrarrestó el conciliábulo de Pisa con la convocación del Quinto Concilio Lateranense y amenazó con excomulgar a Florencia, algo que además de poner en peligro el alma inmortal de sus habitantes dejaría a sus mercaderes sin garantías legales a lo largo y ancho de la cristiandad. Los florentinos intentaron echarse atrás y Maquiavelo cabalgó a matacaballo hasta la corte francesa con ese fin, pero solo consiguió que el concilio cismático se retrasara dos meses y la excomunión fue impuesta en septiembre de 1511. El conciliábulo de Pisa comenzó en noviembre, pero la actitud pasivo-agresiva de los pisanos y el buen hacer de Niccolò llevaron a los cardenales rebeldes a trasladarse a Milán y más tarde a Lión, donde disolvieron la asamblea sin que nadie les hiciera demasiado caso. Esto no apaciguó a Julio II, y a finales de noviembre Maquiavelo echó un vistazo al mapa de Italia y juzgó que era un momento tan bueno como cualquier otro para hacer testamento.

El regreso de los Medici

En octubre de 1511 los Estados Pontificios, la República veneciana, Inglaterra, España y los cantones suizos formaron la Liga Santa, una monstruosa alianza antifrancesa a la que posteriormente también se uniría el Sacro Imperio. Luis XII respondió enviando un gran ejército a Italia para entrar en Roma; a pesar de ganar la cruenta batalla de Rávena el 11 de abril de 1512, los franceses tuvieron que retirarse cuando en junio Fernando el Católico invadió el reino fronterizo de Navarra y los ingleses se dispusieron a atacar el norte de Francia. Los florentinos habían apostado y perdido: las potencias de la Liga reunidas en Mantua decidieron en agosto que el régimen de Soderini tenía que ser abolido.

Giuliano de Medici (Rafael, 1515-1516)

El lector atento habrá notado que desde su expulsión en 1494 los Medici habían sido una presencia ominosa en las lindes de la esfera política florentina, tanteando constantemente en busca de una fisura, un punto débil. Al abandonar la via di mezzo y enemistarse con el papa, la República florentina había brindado a los hijos de Lorenzo el Magnífico la oportunidad que estos habían estado esperando. Tras reivindicar en Mantua el derecho de su familia sobre Florencia, Giovanni de’ Medici (cardenal y legado papal) y su hermano Giuliano pagaron los sueldos atrasados de unos cuantos miles de soldados españoles —liderados por Raimundo de Cardona, virrey de Nápoles— y a mediados de agosto marcharon hacia la Toscana con la bendición de la Liga Santa.

A buen seguro los florentinos pensaron que la suerte les sonreía cuando corrió la voz de que las tropas invasoras acampadas ante Prato (a escasos dieciséis kilómetros de Florencia) carecían prácticamente de suministros. En una carta del 17 de septiembre a una dama desconocida, Maquiavelo describió lo ocurrido:

A todo esto sucedió que el ejército español se había presentado en Prato y realizado un gran asalto. Al no poder rendirlo, su excelencia el virrey comenzó a tratar de un acuerdo con el embajador florentino […] ofreciendo que se daba por satisfecho con una cierta suma de dinero y que la causa de los Medici se remitía a su majestad católica [Fernando de Aragón], quien podía rogar y no forzar a los florentinos aceptarlos en la ciudad…

El virrey presentó su oferta el 28 de agosto: estaba dispuesto a desentenderse de los Medici y llevarse a sus famélicos batallones de vuelta a Nápoles a cambio de pan para sus hombres y treinta mil ducados para sí. No obstante:

… Llegados con esta propuesta los embajadores y referida la debilidad de los españoles, alegándose que se morían de hambre y que Prato resistiría, todo ello suscitó tanta confianza en el gonfaloniero y en la multitud, con cuyo parecer él se gobernaba, que aunque los sabios recomendaban que se aceptara aquel acuerdo [Maquiavelo entre ellos, probablemente], también el gonfaloniero lo retrasó…

Los españoles no estaban para que se les diera largas, y la tarde del 29 de agosto de 1512 tomaron Prato a sangre y fuego. El prestigio de Maquiavelo sufrió un duro golpe cuando los milicianos que defendían la ciudad huyeron como ratas tan pronto como los primeros atacantes escalaron las murallas.

Entonces los españoles, ocupada la ciudad, la saquearon y mataron a sus habitantes en un lamentable espectáculo de calamidad. No voy a referir a vuestra señoría los particulares de todo ello para no causar a su ánimo esta molestia; tan solo diré que allí murieron más de cuatro mil hombres y los demás quedaron prisioneros, siendo obligados a rescatarse de una u otra manera; ni siquiera perdonaron a las doncellas recluidas en lugares sagrados, los cuales se colmaron todos de estupros y sacrilegios…

Mientras las noticias sobre el atroz saqueo de Prato iban llegando a la ciudad, partidarios de los Medici tomaron el Palacio de la Señoría y amenazaron con asesinar al gonfaloniero. Maquiavelo y Francesco Vettori consiguieron negociar su salida: la noche del 31 de agosto Soderini abandonó para siempre su ciudad, a la que no volvería jamás. Al día siguiente Giuliano de’ Medici entró en Florencia como un ciudadano privado; después de dos semanas de equilibrio político inestable —seguidas por un golpe de Estado incruento pero eficaz— el poder pasó a manos de su familia. En el nuevo régimen no había sitio para aquel que había sido el hombre de confianza de Soderini, y el 7 de noviembre a Niccolò se le privó de todos sus cargos. Lo sucesivo solo puede interpretarse como un acto de ensañamiento: en las dos semanas siguientes se le prohibió entrar en la Cancillería o abandonar los confines de la República; también le fue impuesta una desmesurada fianza de mil ducados que solo pudo reunir gracias a la generosidad de sus amigos.

Lo peor, no obstante, estaba por llegar. En febrero de 1513 unos jóvenes florentinos idealistas e ineptos trazaron un plan para asesinar a Giuliano de’ Medici, pero a uno de ellos se le cayó un papel con los nombres de posibles aliados y la conspiración fue descubierta. El de Maquiavelo era el séptimo nombre de la lista, y eso bastó para que el 18 de febrero se le enviara a prisión con el resto de implicados, donde las autoridades intentaron —tortura mediante3— arrancarle sin éxito una confesión. Los líderes de la conjura fueron ejecutados, y no sabemos qué habría sido de Niccolò de no ser por la oportuna muerte de Julio II y la elección de Giovanni de’ Medici (en lo sucesivo León X) como nuevo pontífice. En Florencia se declaró un indulto general como parte de los festejos, y el 11 o 12 de marzo Maquiavelo fue puesto en libertad. Pocos días después daba noticias suyas a Vettori, que había sido nombrado embajador en la corte papal y se hallaba ya en Roma.

Y cada día vamos a casa de alguna muchacha a reponer las fuerzas, y ayer mismo estuvimos viendo pasar la procesión en casa de Sandra di Pero. Y así vamos contemporizando con esta felicidad universal, disfrutando de este resto de vida que me parece estar soñando…

Su alivio acabaría por dar paso a la amargura. El nuevo régimen desconfiaba de él, su carrera (en la que cifraba su identidad) había sido aniquilada y contaba con muy pocos medios para mantener a su mujer e hijos. A finales de abril Maquiavelo se retiró con su familia a Sant’Andrea in Percussina, una pequeña aldea a doce kilómetros de Florencia en la que había heredado de su padre una modesta finca. Daba comienzo así el periodo que él mismo llamaría post res perditas: «después de haberlo perdido todo».

(Continúa)

BIBLIOGRAFÍA (II)

Además de los libros citados anteriormente, para esta entrega he consultado las siguientes fuentes:

INSTITUTO ITALIANO DELL’ ENCICLOPEDIA. Dizionario Biografico degli Italiani. 1960. Disponible aquí.

LANDUCCI, Luca. Diario fiorentino dal 1450 al 1516. 1883.Disponible aquí.

MASTERS, Roger D. Fortune is a River: Leonardo Da Vinci and Niccolo Machiavelli’s Magnificent Dream to Change the Course of Florentine History. Nueva York: Free Press, 1998.

1Curiosamente, son muchos los que han observado que el paisaje a espaldas de la Gioconda es muy similar al del valle del Arno.

2César Borgia había muerto en combate unos meses antes, víctima de una emboscada cerca del castillo de Viana.

3Seis sesiones de garrucha, que es un poco como Pilates.

Imagen de portada: Robert Scarth (CC).

8 comentarios

  1. Muy bueno.

    Excomunicación?

  2. Pingback: 21/03/14 – Vida de Maquiavelo (2) | La revista digital de las Bibliotecas de Vila-real

  3. Pingback: Bitacoras.com

  4. Espero con ansia la tercera entrega.

    • Ya te digo.

      Cada uno puede leer lo que le salga de las bolas, pero que este artículo con toda la morralla que saca Jot Down ultimamente tenga solo 4 comentarios es una pena.

  5. Un gran artículo. Estoy haciendo un trabajo sobre Maquiavelo y, aunque es más conceptual que historiográfico, me está sirviendo mucho para entender el mundo en que se ubicó.

  6. Pingback: Vida de Maquiavelo (y III)

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