
Sin embargo el relato más clásico (una novela de Zola, de Balzac, de Dickens, de Tolstoi) lleva en sí una especie de tmesis debilitada: no lo leemos enteramente con la misma intensidad de lectura, se establece un ritmo audaz poco respetuoso de la integridad del texto; la avidez misma del conocimiento nos arrastra a sobrevolar o a encabalgar ciertos pasajes (presentados como «aburridos») para reencontrar lo más rápido posible los lugares quemantes de la anécdota (que son siempre sus articulaciones: lo que hace avanzar el develamiento del enigma o del destino): saltamos impunemente (nadie nos ve) las descripciones, las explicaciones, las consideraciones, las conversaciones; nos parecemos a un espectador de cabaré que subiendo al escenario apresurara el striptease de la bailarina quitándole rápidamente sus vestidos pero siguiendo el orden establecido, es decir: respetando por un lado y precipitando por el otro los episodios del rito (como un sacerdote que tragase su misa). La tmesis, fuente o figura del placer, enfrenta aquí dos límites prosaicos: opone aquello que es útil para el conocimiento del secreto y aquello que no lo es; es una fisura producida por un simple principio de funcionalidad, no se produce en la estructura misma del lenguaje sino solamente en el momento de su consumo; el autor no puede preverla: no puede querer escribir lo que no se leerá. Y sin embargo es el ritmo de lo que se lee y de lo que no se lee aquello que construye el placer de los grandes relatos: ¿se ha leído alguna vez a Proust, Balzac o La guerra y la paz palabra por palabra? (El encanto de Proust: de una lectura a otra no se saltan los mismos pasajes). Roland Barthes, El placer del texto.
Cuando escribo estas líneas no ha pasado ni un mes desde que en esta misma revista se publicara un artículo de Juan Soto Ivars en el que el autor defendía la obra de Stephen King y la lectura sin prejuicios de sus libros en contra de lo que resume como (algo así como) lectura intelectual, definición que trae a mi cabeza el concepto de «lector aristocrático» que emplea Barthes en el ensayo El placer del texto. Considero que la propuesta que realiza Soto Ivars es totalmente pertinente en cuanto a esa eterna dicotomía asociada al aspecto social de cualquier modalidad de arte: me refiero a la existencia, si es que existe, de una alta cultura frente a otra baja cultura. Lo cierto es que la primera frase del artículo («En este momento de mi vida me encuentro con muchos intelectuales que han perdido la capacidad para disfrutar con ciertos libros») resume lo que tantos otros tenemos en mente cuando reflexionamos sobre el consumo o recepción de cualquier obra artística o, concretamente, de obras literarias. Que según vemos, el mundo está polarizado y una cosa es el entretenimiento y otra muy distinta es el placer intelectual. Como si lo primero fuera propio solo de personas con escasa educación, casi iletrados que apenas son capaces de comprender los múltiples matices de cualquier obra literaria mientras que los instruidos en la materia —filólogos, críticos de arte, teóricos literarios y demás-— estuvieran obligados a observar el mundo a través de un prisma aséptico y completamente ausente de emociones. Siendo pretendidamente reduccionista, este debate podría reducirse a dividir el mundo en listos y tontos. Si paladeas cada segundo de metraje de cualquier película de Pier Paolo Pasolini eres listo; si te lo pasas teta viendo Indiana Jones, eres tonto. Si viviste un carrusel de emociones leyendo El código da Vinci, eres más listo que los que solo han visto la película pero más tonto, mucho más tonto (dónde va a parar), que quien disfruta de la lectura de la poesía de Rimbaud durante la madrugada en una buhardilla y con la única compañía de una botella de absenta. Y así con todo. Incluso Homer Simpson ha tenido sus más y sus menos con esta cuestión al «volverse inteligente» en un capítulo y ser incapaz de reír con el resto de la abarrotada sala de cine frente a una efectista (¿acaso hay alguna que no lo sea?) comedia romántica, lo que le lleva a ser prácticamente linchado por una masa indignada ante una mente superior y en consecuencia pedir a Moe que devuelva el lápiz de color (yo los llamaba plastidecor) al lugar que le pertenecía en el interior de su mondo y lirondo cráneo.
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Un tema parecido ya lo traté en este blog. Quizás nos empeñamos en vivir en una determinada Edad de Oro en la que creemos que todo lo que antiguo es mejor por el hecho de sobrevivir en la historia. Dando por bueno que todo lo que perdura es debido a su calidad y creyendo que el tiempo pone las cosas en su sitio.
De todas formas, eso no quita que me aterrorice pensar que dentro de cincuenta años, quizás cien, en la literatura del siglo XXI se estudie a Ken Follett o Dan Brown como ahora se estudia a Dostoievski o que se considere a JK Rowling una Virginia Woolf moderna.
http://laventanademadrid.blogspot.com.es/2014/07/y-si-en-el-futuro-se-estudiase-ken.html
Aunque como dice José Antonio González Saínz, leer poco es mejor que leer nada, leer bestsellers es mejor que no acercarse a un libro. Pero sobre todo, que dentro de la literatura cabe todo y no distinguir entre buenos y malos, aunque claro, viendo el panorama es bastante difícil.
Sí, como sucede con toda cuestión de gustos, meterse en discusiones sobre calidad literaria significa meterse en aguas pantanosas. Pero hay suposiciones que pueden considerarse bastante firmes:
-Una persona que prefiere a Bolaño, Coetzee o Munro sobre Paulo Coelho, Dan Brown o incluso Stephen King suele haber leído tanto a unos como a otros. La situación inversa es menos frecuente.
-Además de la expresión literaria se puede evaluar la calidad de la trama, su coherencia interna. Recientemente he leído una novela ‘de juventud’ de S. King, ‘El misterio de Salem’s Lot’, y es la propia trama la que está viciada, no se sostiene independientemente del registro en que haya sido escrita. Acerca de Dan Brown recomiendo leer las críticas de sus obras aparecidas en el blog ‘La realidad estupefaciente’, donde con gran acierto se define su técnica como ‘narrador inconsciente’. Como ejercicio adicional recomendaría buscar en ese blog la crítica de ‘1Q84’, donde en mi opinión se desenmascara perfectamente la vacuidad del Murakami reciente.
Después de la recopilación de las clases magistrales de Nabokov (‘Curso de literatura europea’), el tal Supersantiego es el crítico literario que más me ha aportado a la hora de abordar un libro. Y sí, hay libros que para ser disfrutados requieren de la desconexión parcial del cerebro del lector (si es que existe). ‘Best seller’ no es sinónimo de mal libro en la misma manera en que ‘premio literario de prestigio’ no es sinónimo de buen libro.
Estoy en buena medida de acuerdo contigo, y también aprecio mucho esas críticas. Añado que las de Nabokov son muy interesantes porque las hacía “a ras de página” (si no recuerdo mal la expresión), es decir, extraía pasajes y frases de la novela y los analizaba en profundidad. Esto es más necesario ahora que nunca, porque casi ninguna crítica “oficial” se moja y saca ejemplos reales de la prosa del libro en cuestión, en ocasiones de forma interesada. En España, La Fiera Literaria hace lo que llama “crítica acompasada”, e ídem en un blog llamado Lector Iracundo, aunque para mí ambos pecan de ser tan quisquillosos que terminan por volverse antipáticos, y que se percibe demasiado afán destructivo o incluso revanchismo. La tercera en discordia es La Medicina de Tongoy, un blog que, aunque con bilis, me parece honesto; no destripa las novelas con tanta saña, pero las critica con lupa bien afinada.
En cuanto a lo de los best-sellers y la discusión acerca del peso del estilo o de la trama… ¿No hay también una cierta relación con la edad? Me vienen a la cabeza personas que, con el tiempo, desdeñan un tanto las historias, como algo infantil, aunque en esos casos muchas veces optan por leer ensayo en vez de novela, o bien leen novelas históricas.
Conozco ‘La Fiera Literaria’ y ‘El Lector Iracundo’, y sí, en principio eran interesantes pero pronto se vuelven agotadores. ‘La realidad estupefaciente’ no es un blog literario, habla de muchas cosas, y no se dedica a despellejar best-sellers, solo se encabrona cuando algo pretende pasar por lo que no es a costa de la inteligencia del lector (o espectador, lean la reseña de ‘Lucy’ http://www.larealidadestupefaciente.com/2014/10/lucy-la-pelicula-que-solo-se-puede.html).
En tal caso, creo que La Medicina de Tongoy te gustará. A veces entra demasiado en asuntos de camarillas literarias españolas que muchas veces sólo interesan a los implicados -como el blog La Patrulla de Salvación, o el Lector Mal-Herido en tiempos-, pero me gustan bastante sus reseñas y diría que es un tío honesto.
Por curiosidad, ¿porqué considera la trama viciada?
El motivo principal ya se ha corregido en novelas más recientes del género (al menos desde Ann Rice): por decirlo rápido y mal, un vampiro de ese estilo está cagando donde come. O bien le descubren rápidamente y lo matan (como sucede en casi todos los ejemplos del género), o bien dada la progresión geométrica de la plaga se queda en seguida sin comida, con miles (nada impediría que millones si fuese una gran ciudad) de secuaces hambrientos a su alrededor. Por eso los vampiros ‘actuales’ son cazadores pero no propagan involuntariamente su plaga. Vale que podría ser un cliché admitido del género, pero en la novela queda demasiado patente, el clímax de la narración se alcanza porque ya hay demasiados vampiros en el pueblo como para controlarlos, hay que acabar inmediatamente con ellos y con su Maestro. Además, ¿es que ninguno se puede llegar a irse a otro pueblo como ha venido el primero? Y más si cuando se marchan los protagonistas no han acabado con la plaga. Yo veo una gran incoherencia dentro de las reglas que elige el propio autor, y además en una parte fundamental de la trama. Hay otros detalles (¿fe o cruces?, el chaval cargándose al sirviente del Maestro, él mismo y la chica entrando al atardecer en la casa maldita…), pero este me parece un error de planteamiento que desacredita el desarrollo de la novela.
La horrible verdad, es que una vez que se mira verdaderamente en la esencia de las cosas, ganamos en conocimiento, pero la náusea inhibe la acción, porque el conocimiento por si mismo no puede cambiar nada en la eterna naturaleza de las cosas.
Por lo menos así se esbozaba en el origen de la tragedia, esa dicotomía, trayendo a colación esa polaridad del intelectual que desprecia una lectura que no sea de «alta literatura» en oposición a una de menor calidad o empaque.
También los tiempos juegan un efecto contrario, estamos inundados de literatura light, a veces pensada para proyectarse en la pantalla del cine.
O simplemente material pleno de Sofismos, tipo Coelho. Por nombrar un blanco fácil.
No se si sea del todo bueno que los nuevos lectores empiecen su devenir con bestsellers, considerando que «de eso a nada»…
Parece que las posiciones se polarizan, o eres culto e inteligente por leer a Stendhal, o eres un borrico por leer a Stephen King.
No parece coexistir semejante tregua.
Un único apunte: el capítulo de Los Simpson que se menciona en el artículo, ese en el que Homer se vuelve listo y se enfrenta a la incomprensión de sus semejantes, está inspirado en un relato de Daniel Keyes titulado «Flores para Algernon». Impactante y desgarrador (especialmente en su versión corta, pues el autor lo desarrolló más tarde en una novela que, a mi entender, no tiene la misma intensidad), es, además, un perfecto ejemplo de estilo trabajado para subrayar la historia que cuenta el libro, y no para ocultarla. Léanlo hasta el final y comprenderán a qué me refiero.
Curioso que hoy en día se pueda hablar sin pudor de «alta cocina» pero no de «alta literatura»
Hoy en día, un libro por el «simple» hecho de ser entretenido y vender mucho ya se le tilda de basura. La etiqueta «best-seller», además, se utiliza como si fuera un género (de forma despectiva, por supuesto). Dickens, por ejemplo, era un auténtico best-seller en su tiempo y sus obras no estaban destinadas precisamente a una élite intelectual, pero ¿verdad que hoy en día nadie lo considera literatura «menor»?
Totalmente de acuerdo. La masividad de un texto no es un indicador de nada en especial. Hay libros que venden mucho y son muy buenos y libros que no no venden nada nada y son malísimos. Y al revés también. La determinación de la calidad o no de un libro va por otro lado.
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En mi humilde opinión, creo que poner al señor King como ejemplo de escritor de best-sellers baratos no es algo del todo acertado, pues si bien es cierto que ha escrito mucha, mucha mierda mediocre, también es cierto que cuenta en su extensa producción literaria con unas cuantas joyas. No sé si son de alta o baja literatura, pero son buenas novelas.
En resumen, que King ha escrito mucha mierda, pero también nos ha dejado muy buenas novelas. Si no publicara todo lo que escribe y fuera más selectivo, probablemente estaría más valorado.
Creo que escritores como Ken Follett o Dan Brown representan mucho mejor ese prototipo de escritor superventas que no tiene ni pajolera idea de lo que va eso de escribir historias.
Exacto. No es el mejor ejemplo e incluso no parece que el autor lo haya leído. Precisamente el estilo de King, y la novela de la que hablan ahí arriba, El misterio de Salem’s Lot es un buen ejemplo, puede ser bastante complejo -a veces hasta se parece a Faulkner- y donde falla es en la trama. Es decir, exactamente lo contrario de lo que piensa que son los best sellers la gente que jamás lee best sellers.
En general, el escritor (llamémosle) especulativo no está bajo sospecha; aunque sea incapaz de construir una historia estimulante. Pero al contrario, sí. Por poner un ejemplo extremo, a Julio Verne siempre se le ha afeado su don deslumbrante para crear narraciones y personajes inmortales, por sus evidentes carencias de otro tipo.
Del mismo modo, una sinfonía tiene un prejuicio a su favor con el que no cuenta una canción pop. Aunque muchas de aquéllas sean escasamente interesantes en lo musical.
Si leyéramos los libros sin poder saber quién es su autor y cuál es su prestigio, los gustos y las opiniones de todos cambiarían drásticamente. No me cabe duda.
Disfrute de la trama o disfrute del estilo… ¿Nadie ha pensado en lo que decía el maestro (literal) Nabokov sobre la relectura? Una sinfonía se escucha muchas veces para poder entenderla igual que un cuadro se mira muchas veces. Una novela que ha significado algo para ti , para ser disfrutada en su totalidad, hay que leerla más de una vez.
Quizás estoy entre los dos polos de la cuestión pero me gusta releer justo por eso. Primero me dejo llevar por la trama y en la siguiente lectura saboreo el estilo. Con la práctica se puede llegar a disfrutar las dos cosas al tiempo. Y ahí es donde descubres lo que merece ser releído y lo que no.
Por otra parte, ningún lector de Stephen king o de Los pilares de la tierra o de cualquier best-seller que se quiera nombrar ha llegado al final de este artículo. Se ha aburrido antes de empezar (si es que ha llegado a esta revista). Así que me resulta un tanto bizantina la discusión.
Todos los que hemos leído el artículo entero , hasta el final y disfrutándolo (hablo por mi), hemos leído a Joyce y otras vacas sagradas (no soy creyente, así que lo de sagrado es muy discutible). No porque estemos de acuerdo en todo lo que expone, sino porque nos gusta entrar y disfrutar de estos debates. Porque la literatura nos importa hasta tal punto que leemos libros y cosas sobre libros. Como el futbolero que se mira los partidos y luego se lee el Marca para que le cuenten lo que acaba de ver.
Y ‘pecados’ cometemos todos. Me he leído a Raymond Chandler dos veces… por lo de la relectura, you know.
Pues, aunque no se me pueda calificar de «lector de Stephen King», he leído a Stephen King, también «Los pilares de la tierra», obra muy inferior a los relatos de Stephen King, y también a Joyce, y a Nabokov, que no me parece un genio ni como escritor ni como crítico. Y Chandler, considerado por Truman Capote como uno de los más grandes escritores estadounidenses, es uno de mis escritores favoritos. Y sí, no he llegado al final del artículo: la opinión de Barthes (también lo he leído: mea culpa) que lo encabeza me parece superficial y absurda. ¿Es normal que alguien piense que sus hábitos como lector deben de ser también los de todos los demás? Jamás me he saltado un párrafo de Balzac, porque lo que me gusta de él es precisamente cómo escribe, como también me ocurre con Proust. Así que el resto, con todo mi respetos para su autor, lo he leído sólo por encima. Y quien quiera saber qué ocurrirá una vez que todos los habitantes de Salem’s Lot se conviertan en vampiros, que lea el cuento «Regreso a Jerusalem’s Lot», editado por Valdemar en «Vampiras», si no me falla la memoria.
Yo he llegado hasta este artículo al poner el apellido Faulkner en el buscador de vuestra revista (estoy leyendo el Ruido y la furia). Y efectivamente algo de razón debe llevar el autor del artículo en lo que escribe sobre la polaridad y la barrera que el texto puede establecer entre el lector y la historia… y todo ese tipo de cosas magníficamente explicadas. Lo cierto es que es la primera vez que leo a Faulkner y creo que tiene algo (que no sabría definir) que hasta ahora yo no había «probado». Es probable que yo sea el paradigma de lector tonto de bestsellers que accidentalmente ha tropezado con un producto que no está concebido para él. Lo peor de todo es que me ha gustado. No sé definir qué es, pero diría que es «otro rollo».