Jot Down Cultural Magazine – Mardi Gras en Nueva Orleans: un recorrido musical

Mardi Gras en Nueva Orleans: un recorrido musical

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Imagen: HBO/Canal TNT.

Imagen: HBO/Canal TNT.

Hace algún tiempo hablamos por aquí de la historia de Nueva Orleans, y nos quedamos en el nacimiento del jazz, los pioneros del género y el inolvidable Louis Armstrong. Como el Mardi Gras ya está aquí, qué mejor momento que estos días de carnaval para retomar el tema y entretenernos un rato acercándonos al casi inabarcable patrimonio musical de la ciudad. Este es tan amplio que un recorrido totalmente exhaustivo podría agotar a cualquiera, así que resumiremos para que sea lo más ameno posible sin perder la esencia del asunto, que es mucha y gozosa.

De hecho aquí tienen como complemento al artículo una playlist de Spotify que he creado para la ocasión con varios de los artistas que se mencionan en el texto. Pueden acompañar la lectura con ella o dejarla para otro momento. La idea es simplemente divertirnos un rato, así que decidan el modo que más les convenga de hacerlo. Allá vamos:

«James Booker is the best black, gay, one-eyed junkie piano genius New Orleans has ever produced» (Dr. John)

James Booker era un músico cuyo aspecto estrafalario (lucía un llamativo parche en el ojo e incluso una capa en ocasiones) era lo primero que llamaba la atención cuando subía al escenario. Pero el impresionante desfile de sus dedos por las teclas del piano hacía súbitamente olvidar al público sus balbuceos, su mirada al vacío inyectada de locura y su aire general de bala perdida, pues se asistía en directo a la conversión mágica de ese extraño sujeto en una especie de pianista de diez manos. El músico sorprendía al público del circuito local de Nueva Orleans con sus increíbles brotes de genio nacidos de ese nirvana artístico que en ocasiones parece reservado a la gente realmente rota por dentro. Booker lo estaba: esquizofrénico, maníaco depresivo, alcohólico y drogadicto, sus impulsos autodestructivos se acrecentaron con la muerte de su madre y su hermana en 1970 y su propio paso por la cárcel tras ser condenado por posesión de heroína. Su vida se apagó en 1983, a los cuarenta y tres años, sentado en una silla de ruedas mientras esperaba a ser atendido en un hospital de caridad al que había llegado después de que alguien introdujera su torturado cuerpo en un taxi tras otro episodio de excesos. Su vida personal fue siempre un caos, pero sobre el escenario su atormentado mundo interior fluía por su voz y sus dedos con un efecto casi hipnótico. Aquí le tienen deshaciéndose ante un piano:

Supongo que era difícil no querer a Booker cuando uno sabía de su vida y circunstancias y tenía la fortuna (no era fácil verle, pues faltaba con frecuencia a sus propios conciertos) de asistir a una de sus demostraciones de talento. Otra cosa era querer tener a Booker en casa: en Nueva Orleans una historia local asegura que el fiscal de distrito Harry Connick ofreció al músico la posibilidad de reducir su pena por posesión de heroína a cambio de dar clases de piano a su hijo. Con los años Harry Connick Jr se convertiría en cantante, pianista, actor y compositor, vendiendo más de veinticinco millones de discos. El acuerdo entre Booker y el fiscal puede tener su parte de leyenda, pero sí es cierto que Connick recibió clases de él siendo niño, y ello sirve para explicar que en Nueva Orleans la cultura musical se vive de otra manera, simplemente.

Y es que ya lo dijo Ernie K. Doe en una cita bien conocida y repetida en varios rincones de la ciudad, cuando apostilló con ironía: «I’m not sure, but I’m almost positive, that all music came from New Orleans». Para navegar por todo ese vastísimo océano musical lo primero es decidir cuál es nuestro puerto de entrada. La elección es libre y depende del criterio de cada uno. Como ya hablamos de Louis Armstrong en el artículo anterior, yo tengo muy claro cuál es el mío:

Cosimo Matassa & Dave Bartholomew

Admito que resulta curioso empezar el repaso por alguien que nunca fue músico en el sentido estricto del término, y que con gran modestia tan solo se jactó de tener un cierto oído para lo que sonaba bien y lo que no, pero en ocasiones los terremotos culturales no serían posibles si un hombre y un lugar no ejercieran de epicentro catalizador y orientador del talento de otros. En Nueva Orleans ese lugar es el número 840 de N Rampart Street, al norte del French Quarter. Y ese hombre es el recientemente fallecido Cosimo Matassa (1926 – 2014).

Hijo de una familia trabajadora de origen italiano, Matassa iba para químico, pero abandonó sus estudios a los diecinueve años para abrir en la parte de atrás de la tienda de su padre un estudio de grabación en el que se dedicaría a crear otro tipo de fórmulas: el legendario J&M Studio, en la esquina de Rampart y Dumaine St y equivalente local a los míticos Sun Studios de Memphis es el lugar que vio nacer muchos de los éxitos primigenios de rhythm & blues y del rock and roll, esa revolución musical a la que con los años le crecieron los padres, todos ellos convencidos de estar en posesión del privilegio de haber grabado la primera pieza del género. Matassa, en su modestia, fue uno de ellos. Fue él el ingeniero de sonido de, por ejemplo, «Tutti Frutti» o «Long Tall Sally», que Little Richard grabó en su diminuto estudio en 1955 y 1956, respectivamente.

La carrera de Matassa abarca más de veinte años, a lo largo de los cuales prácticamente toda grabación de R&B realizada en la ciudad y vendida al mundo pasó por sus manos en uno de los cuatro estudios que abriría con el tiempo. En J&M grabaría su primera demo un chaval de dieciséis años llamado Jerry Lee Lewis, por ejemplo. También un tal Ray Charles se dejó caer por allí. Matassa fue el ingeniero detrás de éxitos locales y nacionales como «Sea Cruise», de Frankie Ford, «Carnival Time» de Al Johnson, «Ain’t got no home» de Clarence ‘Frogman’ Henry, «I hear you knockin’» de Smiley Lewis o este entrañable «Let the good times roll», apoteosis de la alegría y el buen rollo a cargo de Shirley & Lee. También de grandes éxitos internacionales como «Tell it like it is» de Aaron Neville. Artistas locales imprescindibles de los que hablaremos más adelante, como Irma Thomas, Dr. John o Professor Longhair también pasaron por sus sabias manos. Matassa se retiró discretamente del negocio musical en los setenta y desde entonces hasta que fue incluido tardíamente (2012) en el Rock and Roll Hall of Fame consumió sus días despachando tranquilamente en una tienda de alimentación del French Quarter y charlando con la clientela, que siempre supo que tenía delante a un gigante local cuyo legado se seguía escuchando en todo el país y más allá de sus fronteras.

Evidentemente Matassa no fue el único padre del sonido R&B de Nueva Orleans, pero su estudio dio cobijo a la pareja de genios que fijó los cimientos del género: Fats Domino y el productor Dave Bartholomew establecieron una fecunda colaboración de varios años, grabando con Matassa piezas imprescindibles como «I’m walkin’» o «Ain’t that a shame».

Cuando Dave Bartholomew conoció a Matassa era ya trompetista y director de una popular banda de jazz local, pero sería en J&M donde despegó su impresionante carrera como compositor y productor: un legado de centenares de canciones de las que fue autor, productor o músico, y que le convirtieron en el centro neurálgico del «sonido Nueva Orleans». En el episodio piloto de la serie de HBO Treme el inefable Davis McAlary robaba un ejemplar de Spirit of New Orleans: the genius of Dave Bartholomew, una rareza descatalogada que repasa la trayectoria de un autor que a sus noventa y cuatro años sigue siendo leyenda viva de Nueva Orleans. Por Treme pasó también en un simpático cameo el mismísimo Fats Domino, que sigue vivo y coleando por más que muchos le dieran por muerto en los caóticos días posteriores al brutal paso del huracán Katrina por la ciudad en 2005. Alguien llegó a escribir con espray en la puerta de su casa del devastado Lower 9th Ward un estremecedor «R.I.P Fats». Varias agencias de prensa internacionales informaron de su fallecimiento el día que Katrina arrasó la ciudad, pero tres días después se supo que el octogenario músico llevaba horas alojado en un centro de rescate tras haber sido evacuado por un helicóptero de la Guardia Costera. El episodio da una idea del caos de aquellos días.

Allen Toussaint. Foto: Marie Carianna (CC)

Allen Toussaint. Foto: Marie Carianna (CC)

Allen Toussaint

En 1953 un chavalín de quince años se presentó a una audición en el estudio de Cosimo Matassa ante su ídolo, Dave Bartholomew. Fue rechazado, y quizá estaba ciertamente muy verde todavía, pero poco podía adivinar Bartholomew que ese advenedizo pianista se convertiría con los años en su legítimo sucesor: el legado cultural de Nueva Orleans de los cuarenta y cincuenta no se entiende sin Bartholomew, pero la música de la ciudad de los años sesenta hasta hoy tiene en el gran Allen Toussaint, productor, compositor y pianista, a uno de sus ejes fundamentales.

La gran carrera de Toussaint como productor hace que en ocasiones se olvide que es el autor de canciones inmortales como este «Working in the coal mine» de Lee Dorsey, de himnos locales como «Mother-in-Law» del citado Ernie K-Doe o de «Fortune Teller», que versionarían los Rolling Stones en los días en que la banda británica descubría a muchos americanos las joyas de su propio patrimonio musical. Suele olvidarse también que en los setenta Toussaint publicó un disco maravilloso cuyo tema central debería acompañar las noches de verano de cualquier hogar decente que se precie: el imprescindible Southern Nights (1975), evocador desde la misma portada:

Pero es que la carrera de Toussaint como productor le coloca como hilo conductor y creador a la sombra de buena parte de la mejor música concebida en la ciudad desde los años sesenta a esta parte, abarcando varios géneros. Fue él, por ejemplo, quien juntó a Dr. John con los imprescindibles The Meters (hablaremos de ambos) para crear una imprescindible apoteosis funky en álbumes como In the right place (1973) o Desitively Bonnaroo (1974). También ejerció de productor de varios temas de blues a cargo de Earl King, del celebérrimo «Lady Marmalade» de Labelle y de la fantástica «Soul Queen of New Orleans, la gran Irma Thomas. Toussaint salió de la cabina de producción para tomar otra vez un papel principal en uno de los álbumes imprescindibles post Katrina: el excelente The River in Reverse, que grabó junto a Elvis Costello en 2006.

No vamos a pasar por alto tan rápido a Irma Thomas porque entre otras cosas es una señora que se marcó un impresionante concierto hace año y medio en el Matadero de Madrid en su primera visita a la capital. Un glorioso torrente de voz que entre exhibición y exhibición proclamó con orgullo (es rigurosamente cierto) que antes de que los Rolling Stones convirtieran «Time is on my side» en un éxito ella ya había grabado la mejor versión del tema. Aquí la tienen junto a B.B. King cantando su canción bandera, «You can have my husband (but please don’t mess with my man)»:

Professor Longhair

El virtuosismo al piano de Allen Toussaint le reserva un lugar de honor en el olimpo de los piano professors de Nueva Orleans, ese grupo de músicos cuya tradición va desde Jelly Roll Morton a «Tuts» Washington pasando por Champion Jack Dupree a los citados Fats Domino y James Booker. De Huey «Piano» Smith y Dr. John a los más recientes Henry Butler, Marcia Ball o Davell Crawford. Pero seguramente el más respetado y querido en la ciudad haya sido el excéntrico y reverenciado Henry Roeland «Roy» Byrd, alias Professor Longhair (1918 – 1980), padre de un estrafalario y gozoso estilo de tocar a medio camino entre el calypso, el boogie-woogie y el rhythm & blues con elementos afrocubanos. Mezcla quizá demasiado incompatible con el éxito de masas, y es un hecho que posiblemente «Bald Head» fuera su único tema conocido más allá de las fronteras de la ciudad. Pero Longhair es por encima de todo el intérprete de auténticos y maravillosos himnos locales, como «Go to the Mardi Gras», «Tipitina» o la impresionante «Big Chief», tema compuesto por Earl King en el que el profesor sublima lo mejor de su estilo. Era un músico tan brillante y adelantado a su tiempo que hasta la ciudad en la que es hoy un mito tardó en reconocerle sus méritos: tras publicar sus mejores himnos Longhair abandonó el negocio musical en los sesenta por la puerta de atrás, acabó fregando suelos en una tienda para ganarse la vida y no fue recuperado para los escenarios hasta los años setenta, cuando sus conciertos en el New Orleans Jazzfest ante un público enfervorecido terminaron de cimentar su leyenda. Murió poco después y su sombra se siente aún hoy en varios rincones de la ciudad: Tipitina’s es el nombre de uno de los locales de música en directo más conocidos de Nueva Orleans, y la casa del músico ha sido recientemente restaurada para ser convertida en un museo. Aquí tienen al profesor en acción en un concierto de 1979:

Las sagas familiares

Junto a Cosimo Matassa, Bartholomew, Toussaint, los piano professors o el planeta que Louis Armstrong es en sí mismo, otro puerto de entrada al vasto patrimonio musical de Nueva Orleans es el de las múltiples sagas familiares, esos apellidos de padres, hijos y nietos que uno reencuentra hurgando en el cancionero local. Hay varios ejemplos, pero quizá los más importantes sean los Neville y los Marsalis.

El legado de los Neville continúa aún hoy y arranca en 1954, cuando un adolescente Art Neville grabó junto con sus compañeros de instituto agrupados en una banda llamada The Hawketts este «Mardi Gras Mambo» que sigue siendo hoy uno de los himnos del carnaval. Años después su hermano Aaron grabaría en el estudio de Cosimo Matassa la célebre «Tell it like it is» (de la que ya hemos hablado antes y piedra de toque de su larga carrera en solitario) y Art formaría la banda que revolucionaría el funk en los setenta: los fantásticos The Meters, es decir, Leo Nocentelli, George Porter Jr, Zigaboo Modeliste y el propio Art Neville. Padres de un sonido totalmente reconocible en sus propios álbumes y en sus colaboraciones con otros artistas del momento (como Dr. John, como vimos). Sirva de ejemplo su fantástico «Hey Pocky A-Way» o este estupendo «Cissy Strut» extraído de su álbum de debut, y con el que Quentin Tarantino animaba la acción de su muy funky Jackie Brown.

Tras la disolución de The Meters los hermanos Art, Charles, Aaron y Cyril Neville formaron un nuevo grupo llamado simplemente The Neville Brothers que tras más de treinta años de trayectoria sigue en activo y que es responsable, por ejemplo, de esta versión del «Way Down in the Hole» de Tom Waits con la que arrancaban los episodios de la tercera temporada de The Wire. Los Neville están también detrás de The Wild Tchoupitoulas, grupo de indios del Mardi Gras y álbum homónimo de 1976 (producido, una vez más, por Allen Toussaint) que es todo un clásico local. Art Neville, por su parte, refundó The Meters con una nueva formación que sigue actuando bajo el nombre The Funky Meters, si bien en contadas y muy sonadas ocasiones ha logrado reunir a la formación original en directo.

Los Marsalis, formados por el padre, Ellis (piano), y sus hijos Branford (saxofón), Wynton (trompeta), Delfeayo (trombón) y el joven Jason (batería) son la otra gran familia de músicos de la ciudad, sobre todo desde que Branford y Wynton cogieron el testigo de su padre en los años ochenta convirtiéndose en dos de los más célebres músicos de jazz del país. Wynton debe también su fama a sus controvertidas y nada discretas opiniones sobre la esencia pura del jazz y su férreo rechazo al jazz moderno, que han alimentado el debate en torno al más importante género musical nacido en Nueva Orleans. Aquí le tienen a la trompeta el año 1999 junto a un joven prodigio del trombón, un chaval que contaba entonces trece añitos y del que vamos a hablar inmediatamente.

Trombone Shorty y las brass bands

Las brass bands son a Nueva Orleans lo que el huevo a la tortilla, y siguen hoy una larga tradición de festivos desfiles callejeros o second lines que pueden sorprender al viandante tras cualquier esquina para que se una a la celebración. Tampoco falta la fiesta en los por otra parte muy respetuosos jazz funerals, en los que se considera que la mejor forma de mostrar respeto por el fallecido es sobrellevar el duelo glorificando la vida misma. Aquí tienen un ejemplo (la fiesta comienza en el minuto 4:40). Las brass bands son por tanto legión en la ciudad (New Birth, TBC, Stooges, Hot 8…) y su tradición, ejemplificada por grupos como Olympia o la Treme Brass Band, se remonta a los orígenes del jazz. Sin embargo, a partir de los años setenta y ochenta varias brass bands comenzaron a añadir toques funk, reggae o hip-hop al repertorio. Arrancó entonces un renacimiento creativo que tiene todavía como protagonistas a grupos como Dirty Dozen, Soul Rebels o Rebirth Brass Band, cuyo concierto semanal de los martes en el Maple Leaf Bar (otra de las instituciones locales de música en directo) es cita obligada para el visitante ocasional. Un antiguo miembro de Rebirth, que abandonó la banda en los noventa para fundar su propio grupo, es una de las más reconocibles figuras de la vida musical nocturna de la ciudad. Se trata del gran Kermit Ruffins y sus Barbecue Swingers. Por desgracia hace un año que Kermit dejó de acudir a su cita festiva de todos los jueves en Vaughan’s (otra de las fechas marcadas a piñón en el calendario musical de Nueva Orleans) pero es previsible que se siga dejando ver por varios locales de la ciudad para preparar barbacoas para el respetable (lo hacía, es rigurosamente cierto) y deleitarlo con su dominio de la trompeta. Aquí tienen un concierto completo suyo en Vaughan’s. Y aquí está en acción en una de las escenas más recordadas de Treme: su pique con Antoine Batiste.

Íbamos a hablar de Trombone Shorty y nos hemos desviado un poco del tema. Ese chaval de trece años que toca junto a Wynton Marsalis en el vídeo de arriba es un joven prodigio del trombón que se curtió desde tempranísima edad en varias brass bands de la ciudad. El mote de «shorty» le viene de hecho porque hubo un tiempo en que el instrumento que tocaba era más grande que él. Pueden verle bajo estas líneas con cinco años, angelito.

Trombone Shorty. Foto: Infrogmation (CC)

Trombone Shorty. Foto: Infrogmation (CC)

Pero el chaval va ahora camino de la treintena, y vaya si Shorty ha crecido: hoy es un armario empotrado, cachas, lleno de talento y de enorme éxito. Y un maestro no solo del trombón. Aquí le tienen en plena exhibición en un concierto en Tipitina’s de 2013. Lo que viene siendo petarlo todo. Salten de la silla si quieren, y sobre todo observen con especial atención el impresionante despliegue de pulmones del minuto 2:30 al 3:50:

Y en el próximo capítulo…

No concluye aquí el repaso al legado musical de Nueva Orleans. Lo terminaremos la semana que viene. Hablaremos entonces de las últimas figuras del jazz herederas de Louis Armstrong, de imprescindibles bluesmen locales como Snooks Eaglin o Coco Robicheaux. También de John Boutté, Miss Sophie Lee, de la música bounce y de otros nombres de la pujante escena nocturna actual de la ciudad, que se rehízo tras el paso del Katrina y sigue saliendo cada noche para rebatir a todos aquellos que aseguran que los grandes días musicales de Nueva Orleans son cosa del pasado. Y nos acercaremos a toda esa población de origen francés que vive unos kilómetros al oeste de Nueva Orleans en torno a la costa del golfo de México y que no solo produce salsa tabasco, sino también música de dos géneros: el cajún y el zydeco.

Y por supuesto hablaremos (porque es uno de los más grandes, por no decir el más grande, y dejarlo para el final ha sido deliberado) del artista que quizá mejor sintetiza toda la esencia musical de la ciudad: en él desemboca la tradición de los piano professors con toques de jazz, rhythm & blues y el aroma vaporoso de los ritos vudú nocturnos a la orilla del pantano: es el gran Mac Rebennack, alias Dr. John, de quien ya hemos hablado un poco, pero sin dedicarle el espacio que merece.

Pero será en el próximo capítulo. Para entretener la espera, recuerden que si lo desean pueden escuchar a varios de los artistas mencionados en el texto en esta playlist que he creado en Spotify.

Y por último aquí van unas propinas, sección «tesoros de YouTube»:

– El último concierto de James Booker: una velada en el Maple Leaf Bar apenas diez días antes de su muerte. La intensidad de Booker es la de siempre, pero conmueve esa semipermanente mirada de reojo al público con la que el pianista parecía estar diciendo algo más que «adiós». El concierto completo está disponible aquí.

Este fragmento del fantástico documental Piano Players Rarely Ever Play Together , en el que Professor Longhair y Allen Toussaint explican algunos de sus trucos y señas de identidad.

– Y la fiesta final. Asombrosa reunión de genios: Earl King, The Meters, Professor Longhair y Dr. John juntos sobre el escenario para cantar Big Chief. Disfruten, bailen, gocen. Lo que quieran:

(Continuará)

9 comentarios

  1. Muy interesante apreciación pero sin salirse del típico triángulo, Louis Armstrong, Toussaint y Marsalis.

    Música Cajún francesa, negros cantando canciones de indios americanos, organizaciones secretas… Hay mucho más detrás del Mardi Gras: http://harlanmagazine.com/2015/02/17/mardi-gras-la-fiesta-como-gran-nacion/

  2. Bravo! (y todo un detalle acordarse de los Wild Tchoupitoulas)

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  5. Si sólo hubiera podido leer este artículo antes de ir a Nueva Orleans…
    …pues nada, habrá que volver!

  6. Pingback: Nueva Orleans diez años después: que no pare la música - Jot Down Cultural Magazine

  7. Muy bueno el artículo!! Enhorabuena Iker.
    Un abrazo desde Brasil

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