Jot Down Cultural Magazine – El poeta que inspiró la piratería

El poeta que inspiró la piratería

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William Ernest Henley, 1849 – 1903. Foto: DP.

Indiferente a la noche que me envuelve, / negra como un pozo insondable, / doy gracias a los dioses que me otorgaron un alma irreductible./ En las crueles garras de la fortuna / no he llorado, ni gemido en voz alta. / Tras los envites del azar / mi cabeza está ensangrentada, pero intacta. / Más allá de este lugar de rabia y lágrimas / solo está el horror de las sombras, / y la amenaza de los años que están por venir / no me tiene, ni me tendrá, asustado. / No importa lo estrecha que sea la salida, / o cuántos cargos hayan incluido en el sumario, / soy el amo de mi destino: / soy el capitán de mi alma.

Nelson Mandela, confinado por defender el fin del racismo en Sudáfrica, se repitió durante veintisiete años los versos de este poema. Según cuenta en su biografía, sus palabras le ayudaron a tolerar su largo encierro. Leídas en el contexto de una cárcel, cualquier cárcel, cobran un profundo sentido, aún mayor si, como el líder sudafricano, se ha sido condenado a cadena perpetua. Hoy se considera a esta composición poética un himno a la resistencia personal frente a las adversidades, y sin embargo su autor nunca tuvo tal cosa en la cabeza. Se llamaba Ernest Henley, tenía una pierna de madera, una muleta, e inspiró la imagen del pirata tal como hoy la concebimos en la literatura y en el cine. Desde la lejana isla del tesoro de Stevenson, hasta la moderna Piratas del Caribe de Disney.

Henley fue periodista, crítico literario, amigo de escritores y poeta en la Inglaterra victoriana. Los versos que le han resucitado de la historia fueron publicados como «poema IV» en 1874. Iban dedicados a un panadero y comerciante de harinas, Hamilton Bruce, mecenas habitual de escritores, sin mayor intención, en principio, que recrear la belleza poética. Pero cuando veinticinco años después el escritor y crítico literario Quiller-Couch compiló la antología poética The Oxford Book of English Verse quiso aumentar su valor, inventando el título de Invictus. Allí se reunían los mejores poemas ingleses compuestos entre el siglo XIII y el año 1900, quedando Henley incluido entre los poetas victorianos. El poema elegido para representarle, y su nuevo título, parecía indicar que el autor había representado la concepción del estoicismo que tuvo la sociedad victoriana. Habían convertido la corriente filosófica original en una resistencia personal a cualquier precio, unida a constreñir al máximo los impulsos personales, y a poder ser, haciendo que todo ello redundara en mayor gloria del Imperio británico. Salvo esto último, Invictus cumple todos esos preceptos.

Pero Henley no solo no se adaptó al ideario victoriano, sino que por el contrario fue un promotor de la siguiente corriente artística, el modernismo. Una de las ideas defendidas como editor del periódico Scott Observer, hoy llamado National Observer, era que el arte no debía tener una finalidad didáctica, sino servir a la inspiración y la belleza. Y por ello fue el primero en dar a conocer a artistas como Auguste Rodin, el autor de El pensador, o al pintor James McNeill Whistler, a quien hoy se considera el creador del impresionismo inglés. Defender «el arte por el arte» era algo verdaderamente revolucionario en la Inglaterra de su época. Casi tanto como su poesía, que anticipó el nuevo uso del verso libre y la total libertad en los temas elegidos, que ya no tenían que ser sublimes, sino que también podían tomar como imagen lo cotidiano. Pero muy pocos recordaban ninguno de estos detalles de su personalidad cuando, casi cien años después, un líder sudafricano era condenado a cadena perpetua y recitaba una de sus composiciones como un credo.

Nelson Mandela, líder de la lucha contra el Apartheid, había sido confinado en una celda de dos metros por dos, con una esterilla en el suelo por cama, y la tarea de picar piedra durante el día para producir grava. No le dieron libertad ni siquiera para usar unas gafas de sol con las que protegerse los ojos, lo que le acarrearía problemas de visión durante toda su vida. Ejemplo de superación personal y resistencia, decidió estudiar la carrera de Derecho durante la noche. Puede decirse que, ante su presente y su futuro, el repetirse a sí mismo estoicamente y en alta voz, como hacía, «soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma», hubiera sido considerado digno de encomio incluso por los victorianos. Siempre y cuando, claro, Mandela no hubiese sido una persona de raza negra.

Las torturas a que habían sido sometidos los líderes que lucharon contra el Apartheid no fueron conocidas sino hasta después de la liberación de su principal representante. Las mutilaciones y ejecuciones encubiertas de presos en la John Vorster Square, hoy Comisaría Central de Johannesburgo, dieron aún mayor difusión al poema Invictus. Profesores y políticos negros «se suicidaban» o «se desnucaban accidentalmente en las duchas» por crímenes tan terribles como llevar libros prohibidos en el maletero del coche. Ante esta información, el credo de Mandela ya no parecía escrito solo para él, sino para cualquiera que hubiese padecido aquella violenta injusticia: «Tras los envites del azar / mi cabeza está ensangrentada, pero intacta».

Y con el poema, también la figura de Ernest Henley comenzó a suscitar gran interés, en un momento en que además la psicología popularizaba el término «resiliencia». Esta palabra puede definirse, simplificándola, como la capacidad de obtener ventajas de períodos de sufrimiento vital. Y aquí es donde la biografía de Henley contagia a Invictus, convirtiendo al poema en un himno de la resistencia personal. Así hubiera sido si el autor lo hubiera escrito durante su larga estancia de tres años en el hospital. La tuberculosis que padecía desde los doce años había degenerado en una variante ósea de la enfermedad, que infecta las articulaciones. Tuvieron que amputarle la pierna izquierda por debajo de la rodilla al cumplir los veinte para impedir su muerte. Cuatro años después, la tuberculosis ósea se le manifestaba también en la pierna derecha, y todo parecía indicar que también la perdería. Pero en esa ocasión tuvo la fortuna de caer en manos del cirujano inglés Joseph Lister. Un genio de la medicina quirúrgica que descubrió los principios de la asepsia, obligando por primera vez a los cirujanos a lavar sus las manos, el instrumental y las heridas de los enfermos, salvando muchas vidas y permitiendo el desarrollo de la cirugía moderna. A Henley le practicó una serie de intervenciones destinadas a extraer el pus de sus articulaciones, hasta liberarlas de la infección. Le tomó tres años curarle, durante los que el poeta estuvo recluido en el hospital.

Esa estancia hospitalaria dio dos frutos que marcarían de forma radical la historia de la literatura y la cultura de nuestro tiempo. El primero fue el poemario llamado In Hospital. Un hito del verso libre, donde la vida cotidiana del enfermo se nos narra a través de detalles banales, pero importantes, como escuchar una cisterna que gotea durante toda una noche, o el deseo de salir y participar en la vida de los demás, los sanos, cuando se asoma a una ventana. Incluye además vívidas impresiones sobre la sensación de ser dormido mediante anestesia, y despertar después entre la expectación de los médicos. Incluso, aunque lo haga con pudor victoriano, nos habla de la excitación que le causan las apariciones de una virginal enfermera en su día a día. El poemario incluye todo eso, pero no el poema Invictus, que compuso mucho después. Y sin embargo el mito construido sobre Henley identifica esos versos de resistencia con su padecimiento, tal como lo interpretó Nelson Mandela al tomarlo como himno personal.

Treasure Island … New edition, with original illustrations by Wal Page, Londres, 1899. Imagen: The British Library.

El segundo fruto cultural, y el que más presente está actualmente entre nosotros, es el encuentro en el hospital con el escritor Robert Louis Stevenson, autor de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y de La isla del tesoro. Fue el padre de Virginia Woolf quien los presentó, y el novelista quedó fascinado por Henley, lo mismo que el crítico por el potencial de aquel escritor novel. Stevenson se encontró con un hombre corpulento, muy alto, de anchos hombros, pelo hirsuto y frondosa barba pelirroja. Extrovertido, parlanchín, de risa franca y extensa cultura literaria, se movía, además, con gran agilidad sobre su pierna de madera, valiéndose de una muleta. Si leemos La Isla del tesoro comprobamos que el pirata John Silver es casi una transliteración del mismo: «Su pierna izquierda había sido cortada a la altura de la cadera, y bajo el hombro izquierdo portaba una muleta, que manejaba con asombrosa habilidad, brincando sobre ella como un pájaro. Era muy alto y fuerte, con una cara grande como un jamón, plana y pálida, pero inteligente y simpática». La inspiración está fuera de toda duda, porque el propio Stevenson la confiesa en una de sus cartas. Explicando además que ese ruido que en la novela antecede siempre a la aparición de Silver es el que escuchaba en el hospital visitando a Henley. El golpeteo de su muleta contra el suelo de madera, moviéndose sin que su mutilación le estorbara la rapidez ni la agilidad el movimiento.

No concebiríamos hoy la imagen de un pirata con pata de palo si Henley no hubiera existido. Y tampoco repetiríamos la característica personalidad de John Silver si el novelista no hubiera ido más allá de la apariencia física. Uno de los rasgos de estilo más sobresalientes de Stevenson es la dualidad de sus personajes, que lleva al extremo en Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Silver es un marinero que se comporta de forma paternal con el joven protagonista John Hawkins, aunque luego se revele como un pirata egoísta y cobarde, que huye con un saco de oro y sin un adiós. A pesar de ello sigue cayéndonos simpático y no podemos dejar de admirar su rebeldía, su forma de vivir en libertad y al margen de la sociedad. En Henley están también ambas características. Porque tuvo la paciencia de leer el primer manuscrito de un escritor en ciernes, al que aconsejó pacientemente, siendo fundamental en su carrera. Y dándole una recomendación que iba en contra de la literatura victoriana: debía relegar la intención didáctica para anteponer el entretenimiento. Empezando por acortar ese largo título de El Sea Cook o la Isla del Tesoro, una historia para la juventud. Tal vez ahora nos parezca de sentido común, pero a finales del siglo XIX semejante rasgo de modernidad era absolutamente revolucionario. Como el mismo carácter del poeta que escribió el Invictus.

A la larga, la amistad de ambos hombres se enfrió, especialmente cuando Stevenson, en su madurez estilística, dejó de considerarle un maestro. Las obras teatrales que escribieron juntos acentuaron este desencuentro, y dejaron de hablarse. Por su parte, Henley continúo con una vida llena de adversidades, mientras todos le consideraban el referente de la crítica literaria de su tiempo y su influencia en importantes escritores seguía extendiéndose. Fue amigo de Ruyard Kipling y de J. M. Barrie, que tomó a su hija Margaret como inspiración de Wendy en Peter Pan. La niña, muerta a los seis años por una meningitis, no llegó a ver el estreno de la obra teatral infantil, que fue un verdadero escándalo moral. Los niños victorianos eran adultos por desarrollar y se les animaba a dejar la niñez, por lo que la decisión de Peter Pan de no crecer fue considerada por muchos una atrocidad, y aplaudida por Henley. Su tuberculosis seguía avanzando, y le llevaría a la tumba a los cincuenta y tres años. Pidió ser incinerado y que sus cenizas reposaran, hasta el día de hoy, junto a su hija muerta. A partir de ese momento su nombre iba a quedar para unos cuantos expertos en literatura.

Así fue hasta que en 2009 Clint Eastwood dirigió la película Invictus, narrando cómo en el esfuerzo del ya presidente Mandela por reconciliar Sudáfrica se ayudó de la selección nacional de rugby. En ella puede oírse a Morgan Freeman recitando los versos de Henley, y también a Matt Damon el poema entero, a la vista de la celda y prisión en donde el líder contra el Apartheid estuvo recluido. La fama de esta composición poética, ya potenciada por la biografía de Mandela, se hizo mayor, o al menos alcanzó todos los países en que fue estrenada la película.

Y aunque el hecho de que aquel poeta sigue encarnando de manera indirecta el prototipo del pirata es menos conocido, su personalidad sigue presente a través de John Silver. No por casualidad Jack Sparrow, protagonista de la saga de Piratas del Caribe, comparte sus iniciales. Ya no lleva una pierna de madera, pero sigue dudando entre el egoísmo del pirata y la entrega desinteresada del héroe. Y si su brújula mágica, que podría marcar la dirección en que está el objeto de su deseo, oscila sin encontrar el rumbo, es porque el espíritu de Henley sigue vivo en él, murmurando «soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma». Un capitán pirata, naturalmente.

6 comentarios

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  2. Timothy McVeigh recitó esos versos justo antes de ser ejecutado.

  3. ¿Cómo hacen para acabar un texto de forma tan bella?

  4. Qué maravilla de artículo! Mil gracias Martín

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