Jot Down Cultural Magazine – Mercurio en las muelas

Mercurio en las muelas

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At the Dentist, por S. Cygler, ca. 1930. Imagen: National Museum, Warsaw (DP).

Algunos arqueólogos afirman que el agujero en la parte lateral del cráneo hallado correspondía a un tratamiento dental. El médico-(dentista)-brujo lo hacía para que el demonio causante del dolor pudiera abandonar el cuerpo. Posteriormente, se descubrieron perforaciones similares en las piezas dentales. Hace catorce mil años se creyó más oportuno que la puerta de salida del demonio no le costara la vida al paciente. En el año 4500 a. C. se encontraron, por fin, piezas dentales que habían sido rellenadas. Al igual que la civilización maya, que usaban jades y piedras preciosas con fines cosméticos o religiosos.

La salud, el dolor, la religión, la superstición, la riqueza. Todo esto viene de lejos.

En 1816, Auguste Taveau (un dentista francés nacido en Le Havre, el 28 de agosto de 1792) desarrolló su propia amalgama dental a partir de monedas de plata y mercurio; tenía que calentarse para que la plata se disolviera. La fórmula de Taveau ofrecía un menor costo y una mayor facilidad de uso en comparación con los materiales existentes, como el oro, pero tenía muchos problemas prácticos, incluida una tendencia a expandirse después de la colocación. Esta fórmula fue abandonada en Francia. Sin embargo, en 1883, dos europeos no profesionales, Edward Crawcour y su sobrino Moisés, llevaron la amalgama de Taveau a los Estados Unidos bajo el nombre de «Real Sucedáneo Mineral». La historia de Taveau, el padre de la amalgama, terminó con acusaciones de pederastia y haber contraído sífilis. No se sabe la fecha de su muerte.

Los molares, órganos complejos, brillantes cuando están vitales, diamantes con un pequeño corazón delator y una curiosa geografía con cúspides y valles, si en lugar de los surcos tienen una obturación (empaste) de color gris (puede ser oscura o brillante según esté más o menos pulida), suele ser una amalgama. Se pueden ver hasta el día de hoy y numerosas instituciones la defienden como un material útil de uso justificado e inocuo para la salud.

Como su nombre indica, están hechas con mercurio (amalgama es todo metal mezclado con mercurio). El nombre completo es amalgama de plata, ya que el mercurio (ese poético metal líquido del que estaba hecho el malo de Terminator 2) está mezclado con limaduras no solamente de ese metal que le da el apellido, sino de otra aleación que tiene en menores cantidades cobre, estaño y zinc.

En abril el Consejo General de Dentistas de España informó de lo siguiente:

El Consejo de la Unión Europea ha acordado prohibir, a partir de julio de 2018, el uso de empastes de mercurio en los tratamientos de dientes de leche, menores de quince años y mujeres embarazadas o en periodo de lactancia. El objetivo es eliminar de forma progresiva la amalgama de mercurio dental en el año 2030.

Las caries son muy complejas; la lesión que produce el ácido proveniente de la colonia de bacterias que madura en los surcos, fosas y caras proximales de nuestros dientes hace un agujero que hay que limpiar y luego tapar. En los dientes anteriores el problema siempre fue la estética, en las muelas que el material soporte la masticación.

La historia de la odontología tiene muchos momentos curiosos. Fue ejercida por barberos, por charlatanes que decían conocer métodos únicos, por empresarios que aprovechan que es una disciplina sanitaria de ejercicio privado más que público, pero también ha aportado a la ciencia. El dentista americano Horace Wells fue en 1844 el pionero de la anestesia en cirugía. Aunque también hay una historia oscura detrás: su colega Morton fue quien patentó el invento y Horace terminó quitándose sus propias muelas, adicto al cloroformo y exiliado en París, donde se suicidó.

A nadie se le ocurre pensar en lo complejo que es sustituir un diente hasta que lo pierde. Se experimentó con muchos materiales y parece haberse encontrado en las resinas compuestas mejoradas algo estético, mecánico, biocompatible y adhesivo (porque aunque no lo crean las amalgamas están encajadas, no pegadas al diente). Fue Michael Buonocore en 1955 quien inventó los rellenos blancos de resina.

Entonces, ¿por qué tenemos mercurio en las muelas?

Según una declaración de la OMS (que repite cada cierto tiempo), una vez mezclada y eliminado el excedente, la amalgama dental es un bloque estable, el mercurio no se libera y no es perjudicial para la salud. Además aseguran que es una dosis muy baja para ser tóxica. Lo dice la OMS, lo repiten las asociaciones de dentistas y colegios profesionales, o sea, no se deja lugar a discusión…

Sé lo que están pensando. Si no es tóxico: ¿por qué lo prohíben?

Aprovecho esa buenísima pregunta para adelantar un concepto en el que estamos todos de acuerdo. Quitar amalgamas ya instaladas, sin el protocolo adecuado, es más tóxico que dejarlas en la boca.

Ilustración de  John Collier (1708-1786). Imagen: Wellcome Library (DP).

Abramos un oportuno paréntesis para tocar dos conceptos: la bioética tiene varios pilares; uno es el principio de maleficencia, que establece el abstenerse intencionadamente de realizar acciones que puedan causar daño o perjudicar a otros. Distinto es la iatrogenia, que es un daño producido por una droga, procedimiento médico o quirúrgico, que el sanitario administra o realiza dentro una indicación correcta. El pequeño matiz está en usar un procedimiento correcto, de forma adecuada y que sea dañino aunque nadie lo sepa o lo demuestre de forma clara. El punto es el siguiente: un tratamiento médico no debe ser juzgado de forma descontextualizada, lo que no implica que pueda ser revisado para poder avanzar hacia lo único que importa, que es el bienestar humano.

No siempre. En los años veinte, el  doctor Henry Cotton, director del Hospital Estatal de Trenton (New Jersey, E.E. U.U.), afirmaba que los problemas psiquiátricos venían  de los focos sépticos, por lo que extraía a sus pacientes todas las piezas dentales, afectadas o sanas. Cuando fue cuestionado tuvo una crisis nerviosa, por lo que él mismo se quitó las muelas (eso es coherencia). Murió en 1933, con su reputación intacta. Hoy se sabe la magnitud del disparate, pero sus prácticas llegaron a 1950. «Bacteriología quirúrgica», se llamaba.

Se supone que se siguen haciendo amalgamas,  pero muy pocas. ¿Por el mercurio? ¿Por la contaminación del medio ambiente? No, por la estética.

En un informe sobre la «enfermedad del sueño», la que trasmite la mosca tse-tse (lejos del simpático nombre esa tragedia diezmaba poblaciones enteras, se producían parálisis que terminaban en la muerte, se trataban con un derivado del arsénico, etc.),se cuenta que su cura dependía del desarrollo de un producto que se usaba en un cosmético. O sea, si e los países del norte nos daba por ponernos esa crema, se iba a experimentar con ella lo suficiente como para desarrollar una cura para una enfermedad mortal en el sur.

Hace unos años las resinas compuestas o «composites» eran usados para los dientes anteriores, pero aparecieron algunas que eran para posteriores, más duras. Estas fueron mejorando en la medida que los pacientes reclamaban más estética para que no se viera el diente tratado. Es cierto que se caían más, eran más difíciles de hacer y se podían romper con algo duro. Pero hablando sobre las ventajas y desventajas los pacientes solían entenderlo. Actualmente las resinas posteriores han superado a las amalgamas, sobre todo por la estética.

Quienes estudian odontología holística aseguran que las amalgamas interfieren con las líneas de energía. También lo dicen de las endodoncias. Lo que no dicen es cómo tapar un agujero en la boca, o cómo evitar una extracción dental.

No es necesario alejarnos de la ciencia. Cuando estudiamos las amalgamas nos explican sus «desventajas» (el último punto es su «toxicidad no demostrada»). Entre los problemas que se describían sobre las amalgamas estaba que eran antiestéticas. Tardaban veinticuatro horas en fraguar, se suponía que una vez fraguadas ya no liberaban mercurio pero luego había que pulirlas para dejar la superficie lisa y adaptada. Pulirlas, dejarlas brillantes como un espejo, salía polvito que el paciente tragaba… Hay más (todos los materiales tiene desventajas), como ya dijimos, la amalgama no se pega al diente: para que no se caiga, además de limpiar la caries hay que tallar el diente sano, darle forma al agujero, hacer retenciones para poner el material blando y que una vez compactado en el interior de la cavidad endurezca. En una época se usó la «extensión por prevención» (les sonará a «guerra preventiva»), es algo así: para que no se hagan caries en los surcos sanos se proponía agujerearlos y rellenarlos de empaste. Por eso, si tiene amalgamas en tus muelas, estas ocupan todos los surcos y fosas de las caras con las que se mastica (en 1890 G. V. Black estandariza la preparación de cavidades y el proceso de manufactura de rellenos).

Hay otro efecto secundario que siempre me impactó. Es más eficiente si tiene otro material metálico en la muela opuesta (una corona de acero por ejemplo), pero sirve si es una amalgama contra otra. Si se muerde un papel metalizado se recibe una descarga eléctrica (no lo hagan en sus casas). Créanme, en un medio húmedo por la saliva, los dos metales conducen una corriente galvánica. Eso produce un dolor agudo, pero lo dicho, no muerdan papeles plateados y estarán a salvo. De esto aprendemos que la amalgama, como todo objeto metálico, es un buen conductor. Conduce mucho los cambios de temperatura, por eso había que hacer una base aislante, sobre todo si el agujero era muy profundo. El nervio del diente es muy primitivo, solo trasmite dolor. Ante el frío, el calor, la presión o el ataque de los ácidos, la respuesta es el dolor. Tenemos treinta y dos dientes; si cada uno le mandara un estímulo distinto al cerebro, en un medio expuesto como la boca, no podría procesar esa información (el primer premolar te hace cosquillas y el diente de abajo te pica). Para simplificar los mensajes, la sabia naturaleza pone alarmas: si algo va mal, duele.

Otra desventaja de las amalgamas: se deforman con los cambios de temperatura, incluso se corroen. Con el paso del tiempo la zona de interfase —la unión entre diente y empaste— se perjudica. Hay una reacción electroquímica en  los bordes, depende del tipo de amalgama, del tiempo, de cómo están hechas. No se caerán fácilmente, pero se estropean con el tiempo. Quién de nosotros no.

Por su composición a veces manchan la encía o el diente, produciendo el llamado «tatuaje de amalgama». Esto es inocuo salvo que se confunden con caries en los dientes y porque da la sensación de que la estabilidad en la química del material tampoco es muy segura, pero se insiste en que la dosis es muy pequeña y nada tóxica para el organismo. También pasa con el flúor, en poca cantidad hace el diente más resistente al ataque de los ácidos, en grandes dosis provoca fluorosis.

Llegado este punto está bien plantear, entonces ¿por qué se hacen desde hace más de cien años? No es fruto de una conspiración maligna para hacer contrabando de mercurio. Había que curar el diente de una lesión compleja, devolverle la función masticatoria en un medio húmedo, no era cuestión de dejar un agujero.

En 1919 la armada estadounidense solicitó a la Oficina Nacional de Normatividad la evaluación y selección de las amalgamas para ser usadas en los servicios odontológicos federales. En 1928, la Oficina Nacional de Normas se integra en la Asociación Dental Americana; esto permitió la organización de los primeros consensos sobre los materiales dentales en Estados Unidos, que repercutirían en todo el mundo. Desde entonces la ADA, junto con las asociaciones de cada país, se comprometió a investigar las características físicas y químicas de las sustancias que se usaban en odontología. En Latinoamérica es frecuente justificar cualquier tratamiento porque lo recomienda la Asociación Dental Americana. No hay muchos informes sobre estas evaluaciones, ni evaluaciones sobre la calidad de las evaluaciones. Un ejemplo que conozco de cerca: en los años noventa en la Asociación Odontológica Uruguaya se realizó un estudio con muestras de orina de profesionales: el resultado en efecto fue negativo, no había signos de intoxicación por mercurio. Años después supe un «detalle». La intoxicación por mercurio no se evalúa así, sino en un estudio específico en el pelo.

Muerde la bala, 1975. Imagen: Columbia Pictures.

En la película Muerde la bala hay una escena donde reponen una corona dental con un casquillo de bala. Se han encontrado dientes postizos hechos de hueso de buey. George Washington usaba una prótesis completa de materiales como el hule o la madera. Las caries dentales (no es redundante, existe una caries vegetal) producen una lesión en un órgano muy sensible y muy visible. Solo es posible curarlas en las primeras fases, cuando solo el esmalte está afectado, cuando apenas es visible una mancha blanca por la descalcificación. En ese momento, con el tratamiento adecuado se puede remineralizar. Si continúa, hay que pensar en algo para rellenar la lesión. Y tiene que ser duro para aguantar el choque de las muelas del otro lado, y masticar de todo y vivir mojadas por la saliva. Lo cierto es que si están viendo amalgamas en el espejo, las tienen allí hace años. Vamos, que durar, duran.

Pero vamos a suponer que quieres cambiártelas. No porque creas que te interfiere en la energía, sino por estética. Incluso puede pasar que por la corrosión tienes caries en los márgenes, o se te rompió un pedazo de muela o empaste. Como hemos señalado, no se pueden quitar así sin más. Por lo pronto hace falta mucha refrigeración. El calor por fricción que producen los instrumentos de alta velocidad (popularmente se conoce como torno o taladro, el nombre tampoco ayuda mucho a que la gente no le tenga fastidio al ruido de la turbina, inventada en 1957 por John Borden), si no está refrigerado además de hacerle daño al diente (recuerden la reacción del nervio al calor) se producen vapores de mercurio que son muy tóxicos. Entonces, tomen nota, mucha refrigeración. Además es conveniente proteger al paciente (gafas, mascarilla), aislar bien, aspirar y hacerlo con cariño, evitando tragar amalgama durante el proceso. 

Otro punto en el que todos estamos de acuerdo es en que no se pueden retirarr muchas al mismo tiempo. Hay que evaluar tamaños y situaciones. Lo ideal es hacerlas de a poco, con tiempo de por medio.

Otra pregunta recurrente es si el cambio de empaste es inocuo. Ningún procedimiento médico lo es del todo. Puede haber sensibilidad posterior y si bajo la oscura capa de metal hay caries debe ser limpiada, lo que aumenta el tamaño del agujero. Pero en fin, si hay caries es mejor saberlo cuanto antes. Y no, las caries no siempre duelen. Puede estar allí calladitas hasta llegar al nervio, incluso necrosarlo sin mucha sintomatología. Cada caso es un mundo. Por eso, con lo que leyeron, y otro tanto que seguramente averiguarán por su cuenta, vayan a un dentista de confianza y hablen con franqueza. Lo más importante es que ustedes deben dar su consentimiento para lo que a su salud respecta y para ello nada mejor que estar informado.

2 comentarios

  1. Una amena forma de convencerme (y agregar conocimiento en algún rincón del cerebro que será utilizado en algún monento, sin dudas) a dejar allí donde están esas tres o cuatro amalgamas que me acompañan desde adolescente.

  2. Gran (segundo) artículo de dibulgación sobre odontología!! Otra entrega sobre coronas, carillas, fundas, etc. sería interesante; y de como el negocio de la estética ha afectado a la materia en cuestión.

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