
No debo abrir la puerta.
Desde que empecé a dedicarme a la entomología, una idea me ha acompañado durante todos estos años: es curioso cómo nuestra civilización se parece a una gigantesca colonia de hormigas con sus montones de arena, acero y cemento acumulándose sobre el suelo; y túneles, cavidades angostas por las que nos desplazamos atravesando el terreno. La humanidad es un hormiguero abarrotado, y las personas no somos más que insectos moviéndose por espacios estrechos con aparente voluntad propia.
Debería… debería alejarme de la puerta.
Sí… y con otro ibuprofeno para la mandíbula y un té caliente me sentiré mejor. Se está más tranquilo aquí, en el salón. Este sofá da a la ventana y está de espaldas a la puerta. Irónicamente hace un buen día. Quién lo diría.
Como todas las sociedades, los hormigueros son vulnerables. Pueden aguantar sequías e inundaciones, depredadores y golpes, pero las amenazas reales son siempre sutiles, invisibles, microscópicas. Se conocen más de mil clases de hongos capaces de infectar y matar insectos. Son organismos que crecen y se multiplican a costa de otros, a veces incluso sin llegar a matar al huésped que parasitan: en ocasiones es mejor que el propio animal viva contaminando al resto de la colonia. Sin embargo, como grupo, los huéspedes no están completamente indefensos: hay insectos sociales como las abejas, las hormigas o las termitas que desarrollan comportamientos higiénicos como acicalarse los unos a los otros cuando detectan esporas del hongo Metarhizium, y este proceso de limpieza también incluye la secreción de sustancias químicas que reducen la proliferación de hongos, como el ácido fórmico que producen algunas hormigas. O las termitas, que durante la construcción de sus nidos también secretan sustancias que dificultan la aparición de infecciones. E incluso algunos insectos enfermos llegan a sacrificarse por el resto de la colonia: las hormigas de jardín, por ejemplo, cuando se infectan con el hongo Metarhizium anisopliae se alejan del nido abandonando cualquier tipo de contacto social horas o días antes de su muerte…
…Si unas hormigas pueden hacerlo, yo también debería ser capaz. De camino al baño a por un segundo ibuprofeno paso por la puerta de la entrada. En el espejo del lavabo me veo horrible, como si tuviera la madre de todas las gripes. Abro y cierro la boca intentando relajar la mandíbula. Me vuelvo a mirar en el espejo. Cojo toda la caja de ibuprofenos. Necesito una cerveza.
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¿Matarte, para qué? Lo que necesitas es un poco de aire fresco. Haz como yo, sube a la terraza y túmbate. Verás como te encuentras mucho mejor.
Gracias!
Excelente artículo.
Que bueno! Para una buena serie B de los 50, un capitulo de twilight zone,…o para preocuparse un poco?