De ocasión: «Diario de un lobo»

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Detalle de la cubierta de Diario de un lobo. Pasajes del mar Blanco, de Mariusz Wilk. Editorial ALBA.

No sabía nada de Mariusz Wilk hasta que vi esta bonita portada en la sección de ofertas de historia de la librería París-Valencia. Diario de un lobo tiene como subtítulo Pasajes del mar Blanco, y atrae al buscador de oportunidades con la foto anaranjada de la bahía de la isla Solovkí —y su monasterio ortodoxo al fondo— que ocupa toda la cubierta.

Dice la solapa que Wilk fue editor del boletín del sindicato anticomunista Solidaridad, y que el libro que tengo en mi escritorio le convirtió en autor de culto, pero sobre todo, o al menos eso es lo que más me llamó la atención, que es crítico con la tradición de escritores de viajes como su compatriota Kapuściński, lo que ya es una garantía de originalidad.

Además de un excelente diario del tiempo que el autor pasó en el archipiélago de Solovkí (en la segunda mitad de los noventa), Diario de un lobo es un libro de viajes que, por su nivel de detalle, amaga características de trabajo de biología y de geografía. Sus incursiones —armoniosamente soldadas a la narración del paisaje que ve y de su día día— en el terreno de la historia toman a veces vida propia y prueban, por su rigor y profundidad, la autoridad de Wilk para desechar la superficialidad de Kapuściński y de buena parte de los observadores extranjeros que han escrito sobre Rusia. Tampoco queda fuera el periodismo, el reporterismo, que dirían algunos, que es lo que hace el escritor cuando la historia pasa ante sus ojos y relata las protestas por el colapso en que ha sumido a las islas el desplome de la URSS, cómo se viven en el archipiélago las primeras elecciones democráticas o una cómica visita de las autoridades a Solovkí.

Las simplificaciones, las generalizaciones y las idealizaciones son tres de los defectos recurrentes que Wilk ve en el género que le ocupa, y se aparta de ellos sin contemplaciones, con una apuesta radical por la concreción que apoya en una cita de Gombrowicz. Decir «la sopa de tomate es buena» es siempre una usurpación, viene a afirmar este otro polaco, que solo se siente con derecho a decir que a él le gusta la sopa de tomate. Wilk va más allá, y se siente obligado a quedarse en un «a mí me gusta esta sopa de tomate».

A ojos del autor del diario, los monjes del histórico monasterio de Solovkí no son una colectividad nebulosa que simbolice la mística o la espiritualidad rusa, de la que sin duda son parte. Los monjes son personas con un pasado (hay un futbolista lesionado, un arquitecto, un anarquista fanático convertido al ascetismo). Algunos tienen afición a la bebida, ambiciones bien terrenales y prejuicios regionales (contra los moldavos). Solo la naturaleza alcanza a veces la pureza, en sublimes descripciones líricas, casi sensoriales y jalonadas de poderosas imágenes («el verano en la isla es corto y brutal, como una eyaculación»; o «el mar se congela y se pone duro como una piedra, y así puede seguir hasta mayo»). Pero hasta el mar de Solovkí se vuelve mierda cuando baja la marea y salen a flote los problemas de canalización.

Uno de sus días en la isla, Wilk asiste a un simposio sobre la memoria (la Revolución bolchevique estableció en Solovkí su primer campo de trabajo, y quien excava en el archipiélago se encuentra a menudo con huesos de los reaccionarios asesinados). Un joven estudiante con granos en la cara se rebela ante los viejos que esperen que se mortifique por los pecados de sus padres. «Si quieres sufrir vete a un monasterio a rezar o ahórcate, pero deja a los demás que vivan como quieran».

Wilk no tiene ídolos, y páginas después de fustigar a Kapuś —por las elevadas conclusiones exprés que de encuentros de minutos saca en sus libros— se encara con Solzhenitsyn, que ha atacado a la minoría sospechosa de siempre por robar y humillar al pueblo y se ha quejado de que le tienen vetado en la televisión rusa. «La visión de Solzhenitsyn, como la de cualquier profeta, es tendenciosa y pasional; a veces, se adapta a las necesidades de sus tesis», escribe Wilk. «Por ejemplo, esa división entre el pueblo saqueado y ese pequeño grupo de saqueadores. ¿Por qué pequeño? Está claro a simple vista que no son un puñado, sino verdaderas hordas de zhuliki, estafadores, vori, delincuentes comunes que actúan a sus anchas por todas partes, desde una metrópoli a un municipio insignificante, a lo largo y ancho de Rusia». Y sobre el veto: «El programa se cayó de la parrilla, no se sabe si porque era aburrido, como opinaban algunos, o por ser muy crítico, que es la versión del escritor». «El público prefiere programas sobre el cumpleaños de la cantante Ala Pugachova o el concurso El campo de los milagros. Nadie pone la televisión para ver y oír a Cassandra», concluye el polaco desde Solovkí, tras haber resaltado la importancia de los planteamientos de Solzhenitsyn en la tele.

Aún más inusual que criticar a vacas sagradas es que un hombre desmitifique sus tiempos en la clandestinidad política, y es lo que hace Wilk como reacción a la dulcificación del pasado que se hace en la Polonia poscomunista. Del «milagro» de probidad que habría sido Solidaridad escribe: «No recuerdo ningún milagro y, en cuanto a la suciedad, la hubo en abundancia desde el primer momento». Como editor del boletín del sindicato, rememora, recibió presiones para que favoreciera agendas e intereses de los antiwalesistas y de los walesistas, y de los sectores ultramontanos de la Iglesia católica polaca, parte importante de Solidaridad y en la que no faltaba el más vulgar antisemitismo.

En la mitad del libro, hay fotos de Solovkí y retratos de algunos habitantes. El último de ellos es de Mariusz y su esposa Veronika. Él lleva el pelo muy corto a la manera de los jóvenes reclutas, gafas de ver muy gruesas, una chaqueta impermeable abierta que deja ver debajo la camiseta con el letrero de la marca Puma y una cadena en el cuello por dentro de la camiseta. Tiene el gesto serio y desafiante. Mira a la cámara sin posar y con determinación y parece un joven underground del Berlín de los noventa. A su lado Veronika —con expresión melancólica, tan modestamente vestida como su marido— lleva un pañuelo en la cabeza que probablemente se ha puesto para entrar en el monasterio, que se recorta detrás en el cielo. Veronika debe de ser judía. En una misa de Viernes Santo, en medio del éxtasis inducido en monjes y fieles por la severidad del ayuno, los asistentes se lanzan en cierto punto a insultar a los «deicidas» judíos que crucificaron al Señor. Mariusz sale de la iglesia horrorizado por la telúrica erupción de odio, y «en solidaridad» con Veronika.

No quiero dejar fuera de esta reseña a tres tipos de herejes de la fe ortodoxa sobre los que Wilk se explaya en el libro (entran en escena porque eran enviados como prisioneros a Solovkí, que ya fue cárcel de conciencia antes del triunfo bolchevique). Como el diablo habita en nuestro interior, una de esas herejías veía en el inevitable comer una forma de alimentar a Satanás, y abogaba por tirarse pedos «de forma ritual mientras se rezaba» como forma de purificación. Los jlysty, por su parte, creían en la reencarnación de Dios en cada uno de los hombres, para lo que no se necesitaba más que practicar «un ritual colectivo de baile giratorio que conducía a estados alterados de conciencia» que a menudo derivaban en alucinaciones, epilepsia y orgías. Para los jlysty el sexo era pecado, pero no hay salvación sin penitencia, ni penitencia sin pecado. Todo era de todos en las comunidades jlysty, desde los cuencos hasta las mujeres, y más de dos siglos antes de Marx y Engels consideraban que «el verdadero comunismo puede ser alcanzado solo en una comunidad erótica y mística», en palabras de Wilk. Una perspectiva opuesta tenía la secta de las palomas blancas, que promovía y practicaba la autocastración: «para ser un ángel había que expiar el pecado… y castrarse». La mutilación de órganos genitales se hacía también entre sus mujeres, y viendo fotos históricas de palomas blancas de ambos sexos Wilk dice no poder diferenciarlos: «Ciertamente, parecían ángeles asexuados». Muchos castrados mantenían sus prácticas y ritos aun en cautiverio. Llegaron a tener una influencia considerable fuera de los monasterios y, quizá por eliminar las convulsiones asociadas a la pasión sexual, surgieron entre su grey comunidades especialmente prósperas.

Diario de un lobo tiene asimismo momentos conmovedores sobre congojas individuales y el sufrimiento y la redención del hombre, como las líneas dedicadas a la suicida Tonia y a otras almas torturadas que vivieron con ella en el «basurero humano» que es Solovkí, al que «la vida arrastraba a todo tipo de desechos humanos: a los soñadores, a los idiotas, a los poetas, a los outsiders, a los fracasados, a los descarrilados, a los místicos, a los parásitos y a los fugitivos». Muchos de ellos se emborracharon y se emocionaron en el banquete de después del entierro de Tonia. Como le había ocurrido a esta amiga de Wilk, el archipiélago les apartaba más y más «de la corriente principal y mayoritaria». Un día «se despertaban» y «descubrían sorprendidos que ya era imposible encontrarse más lejos». Entonces «unos empezaban a tener miedo, otros a beber en exceso y a otros se les aflojaban poco a poco los tornillos», pero algo les ataba a Solovkí, les impedía irse o les obligaba a volver si se habían ido, como le pasó a Tonia.

Sin completar su pensamiento, la suicida Tonia dejó dicho del archipiélago del mar Blanco que la aplastaba y la atraía como un imán: «En invierno se puede ver aquí el reverso del mundo. Pável Florenski escribió que la realidad en el norte es más delgada que en otros lugares, como un jersey que se ha desgastado a la altura de los codos. Esa delgadez te permite entrever el otro lado del mundo. Basta con ver la aurora boreal para tener la sensación de que tienes el universo a tus espaldas, y el silencio de la noche blanca te permite oír…».

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