Me duelen los cojones. Te quiero

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Henry Miller, 1969. Fotografía: Cordon.

La correspondencia, en los tiempos del WhatsApp, las abreviaturas y los emojis, es un género literario extinto. Como la épica, que al final se convirtió en novela. O la novela, que gracias a la metaliteratura y la autoficción se ha convertido en onanismo. Las relaciones sentimentales por correo, a diferencia de las digitales, se desarrollaban de un modo lento, descompasado y asimétrico. Carecían de inminencia y de interacción. No era posible la réplica inmediata y, por lo tanto, tampoco el diálogo. Se podría decir que se trataba, en resumidas cuentas, de las relaciones sentimentales perfectas.

Sin embargo, casi todas ellas adolecían del mismo defecto; ese que Anatole France llegó a considerar una espantosa plaga comparable solo con la guerra: un irresponsable y contraproducente exceso de romanticismo. O al menos, de romanticismo mal entendido. Porque la pasión debe ser impetuosa. Vehemente. Por momentos incluso agresiva. La reflexión y la pausa la aniquilan. Su autenticidad pasa por la respuesta impulsiva. Por la reacción irracional. Consiste en arriesgarse, en sincerarse, pero también en equivocarse y arrepentirse. Consiste en llorar. En gritarse. En «desmayarse, atreverse, estar furioso». Consiste en buscarse. Consiste en romper a follar. Si hay dos cosas incompatibles con la pasión hasta lo nocivo son la introspección y, sobre todo, la retórica.

Por eso una declaración de amor no puede redactarse con el meñique levantado ni apelar a las musas. Cuando uno repasa las cartas que Juan Rulfo le envió a Clara Aparicio, publicadas originalmente en el año 2000 bajo el título Aire de las colinas y trece años más tarde, incluyendo tres textos más, como Cartas a Clara, lo primero que sorprende son los apelativos utilizados por el escritor mexicano: «cariñito», «pequeña mía», «chiquilla», «muchachita», «criatura», «madrecita». Pero rápidamente la atención pasa a centrarse en la abundante carga poética de la mayoría de sus frases: «Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye». No parece la clase de frase que a uno se le ocurriría en pleno arrebato pasional. Su objetivo, de hecho, no parece la seducción, sino formar parte de algún poemario de amor adolescente. Desconozco qué esperaba Clara de Juan al recibir alguna de sus misivas, pero puedo imaginar los efectos que sobre su libido fueron capaces de causar renglones como los siguientes:

¿Sabes una cosa? He llegado a saber, después de muchas vueltas, que tienes los ojos azucarados. Ayer nada menos soñé que te besaba los ojos, arribita de las pestañas, y resultó que la boca me supo a azúcar; ni más ni menos, a esa azúcar que comemos robándonosla de la cocina, a escondidas de la mamá, cuando somos niños. (…) Ayer pensé en ti, además, pensé lo bueno que sería yo si encontrara el camino hacia el durazno de tu corazón; lo pronto que se acabaría la maldad a mi alma. Por lo pronto, me puse a medir el tamaño de mi cariño y dio 685 kilómetros por la carretera. Es decir, de aquí a donde tú estás. Ahí se acabó. Y es que tú eres el principio y fin de todas las cosas.

Dudo que le pudiese provocar algo más que un par de episodios de hiperglucemia.

Jorge Luis Borges se mostró igualmente timorato en las muchas cartas que a lo largo de su vida envió a las diferentes mujeres de las que irremediablemente se fue enamorando. En algunas de ellas uno puede apreciar los habituales destellos de genialidad del autor argentino —«No sé qué le ocurre a Buenos Aires. No hace otra cosa que aludirte, infinitamente»—, pero al repasar Borges a contraluz, las memorias de Estela Canto, nos damos cuenta de que se repiten tres constantes en sus cartas de amor. La primera de ellas es que la mayor parte del tiempo Borges escribe sobre sí mismo; especialmente, sobre cuestiones literarias, carga de trabajo o algunas dudas o miedos relacionados con la publicación de algunos textos. La segunda es su torpeza, propia de un adolescente, a la hora de cortejar a una mujer que no le correspondía pero con la que algún día esperaba casarse, y que se hace patente tanto en los rodeos que da para expresar algunos sentimientos como en la forma casi reverencial de dirigirse a ella —querida Estela, adorada Estela, imprescindible Estela, lejana Estela—. Y la tercera es la exagerada autocompasión con la que se expresa, dando la impresión de necesitar a todas horas su atención y padecer una excesiva dependencia emocional:

Indigno de las tardes y las mañanas, hateful to myself, indigno de los días incomparables que he pasado contigo, indigno de los lindísimos lugares que veo (el Hervidero, el Uruguay, las cuchillas con algún jinete, las quintas), paso días de pena, de incertidumbre. No he recibido una línea tuya. Pienso en algún inverosímil contratiempo postal.

Anoche dormí con el pensamiento de que me habías llamado y esta mañana fue lo primero que supe al despertar. ¿Tendré que repetir que si no te avisé mi partida de Buenos Aires lo hice por cortesía o temor, por triste convicción de que yo no era para ti, esencialmente, más que una incomodidad o un deber?

A veces a uno le entran ganas de gritarle al pobre Borges que se quiera un poco, carajo, y que no sea tan inseguro y cargante. Una sensación que se produce de forma idéntica cuando se trata de las cartas que envió a Elsa Astete, a quien le explica que piensa continuamente en ella y que no entiende cómo eso no basta —«A veces me asombra ingenuamente que ese continuado pensar no la acerque a usted, no me traiga una línea suya o su voz, o siquiera el encontrarme en la calle con alguien que la conoce»— o a Ulrike von Kühlmann. Llega un momento en el que, dirigiéndose a Estela, él mismo se percata de la forma en que se está comportando, y escribe: «Estas son, lo prometo, las últimas líneas que me permitiré en este sentido; no volveré a entregarme a la piedad por mí mismo». Una promesa que no cumplió.

Esta clase de declaraciones, a veces asépticas, a veces almibaradas, las encontramos también en las cartas que Franz Kafka envió a Milena Jesenská —«La última noche soñé contigo. Lo que pasó no puedo recordarlo en detalle, lo único que sé es que nos fusionábamos uno con el otro»— o en la correspondencia que Francis Scott Fitzgerald mantuvo con su esposa, Zelda Sayre —«Cisne, flota suavemente porque eres un cisne, porque con la exquisita curva de tu cuello los dioses te concedieron un don especial, y aunque te lo fracturaras tropezando con algún puente construido por el hombre, se curaría y seguirías avanzando»—. Pero otras veces la pasión termina imponiéndose al romanticismo más empalagoso, liberando pensamientos menos poéticos pero más sinceros, como en el caso de las cartas que Gustave Flaubert enviaba a la poeta Louise Colet, en las que algunos han querido ver a la propia Madame Bovary:

Te cubriré de amor la próxima vez que nos veamos, con caricias, con éxtasis. Quiero morderte con todas las alegrías de la carne, hasta que desfallezcas y mueras. Quiero dejarte atónita, que te confieses que nunca habías soñado de semejantes trances… Cuando seas vieja, quiero que te acuerdes de esas pocas horas, quiero que tus huesos secos se estremezcan con alegría cuando pienses en ello.

Frida Kahlo y Diego Rivera, 1948. Fotografía: Cordon.

El propio Edgar Allan Poe, en las cartas que intercambiaba con Helen Whitman, le confesaba albergar un único deseo: «Yo puedo creer en la eficacia de las plegarias al Dios de los Cielos, yo puedo efectivamente arrodillarme humildemente, arrodillarme en esta la más formal época de mi vida suplicando de rodillas por palabras, pero las palabras que pueda revelarte, más vale que me permitan yacer desnudo junto a ti, mi entero corazón. Todos los pensamientos, todas las pasiones, parecen ahora mezcladas en este único deseo que me consume». Una necesidad que aparece reflejada también en las postales que Paul Éluard remitía a Gala —«Entiéndeme bien, mi niña hermosa, mi niña querida de ojos y sexo siempre nuevos, en todas estas cuestiones de dinero lo único que me mata es no poder ir a Málaga»— o en la apasionada correspondencia que Frida Kahlo mantenía con Diego Rivera y que, en el caso de la pintora mexicana, se manifestaba a su vez en las confesiones que realizaba por escrito a algunas de sus amistades, como el escritor Carlos Pellicer —«Hoy conocí a Chavela Vargas. Extraordinaria, lesbiana; es más, se me antojó eróticamente. No sé si ella sintió lo que yo. Pero creo que es una mujer lo bastante liberal que, si me lo pide, no dudaría un segundo en desnudarme ante ella»—, o en las cartas que envió a algunos de sus amantes, como por ejemplo al pintor catalán Josep Bartolí, subastadas en el año 2015: «No sé cómo escribir cartas de amor. Pero quería decirte que todo mi ser está abierto para ti».

Se intuye esa misma pasión, aunque quizá de forma un poco más velada, en las confidencias que Alejandra Pizarnik anotaba en sus cartas a Ivonne Bordelois: «Inútil decirte —no, la ciencia de lo obvio es ardua como la lectura de lo inefable— que no solo te extraño sino que te necesito. Acaso porque somos antípodas y nos damos mutuamente garantías acerca de nuestras vías. No voy a hablarte de mí en esta cartuja de esperma». Y se vuelve mucho más evidente cuando se trata de las cartas que Vita Sackville-West enviaba a Virginia Woolf —«Es increíble lo esencial que te has vuelto para mí. Maldita seas, criatura mimada; no conseguiré que me ames más entregándome de esta manera»—, así como las que esta le escribía a Vita, en cuya vida, por cierto, está basada la novela de Woolf Orlando:

Me gusta su caminar a grandes pasos con sus largas piernas que parecen hayas, una Vita rutilante, rosada, abundosa como un racimo, con perlas por todos lados. Veo una Vita florida, madura, con su abundante pecho: sí, como un gran velero con las velas desplegadas, navegando, mientras que yo me alejo de la costa.

Aunque si hay una relación epistolar que nada tiene que envidiar a la de Virginia y Vita es la que mantuvieron Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós, sobre la que la editorial Turner publicó en 2013 el volumen «Miquiño mío». Cartas a Galdós, en el que se recogen noventa y dos de las misivas que la autora gallega remitió al escritor canario. En ellas se puede apreciar a veces un tono cercano a lo melindroso, similar al que Juan Rulfo utilizaba con Clara Aparicio —no en vano, Pardo Bazán se dirige a Galdós utilizando vocativos como «ratonciño», «monín», «compañerito», «miquiño» y mi favorito: «pánfilo de mi corazón»—, destacando en sus párrafos frases como «te muerdo un carrillito y te doy muchos besos por ahí, en la frente, en el pelo y en la boca», «me están volviendo tarumba tus cartitas» o «rabio también por echarte encima la vista y los brazos y el cuerpote todo. Te aplastaré. Después hablaremos dulcemente de literatura y de la Academia y de tonterías. ¡Pero antes morderé tu carrillito!». Sin embargo, el melindre deja paso en no pocas ocasiones a declaraciones mucho más ardientes, como la advertencia que Emilia hace de lo que su relación todavía puede dar de sí —«No hemos hecho más que arrimar la manzana a los dientes, esta es la verdad, no hemos agotado, ni siquiera bebido a boca llena el dulce licorcito que nos podemos escanciar el uno al otro»— o el ofrecimiento sin reservas que realiza de sí misma: «Ven a tomar posesión de estos aposentos escultóricos. Aquí está una buitra esperando por su pájaro bobo, por su mochuelo (…). Hay en mí una vida tal afectiva y física, que puedo sin mentir decir que soy tuya toda».

Pero tal vez no hayan existido jamás relaciones por carta tan honestas como las que en su día mantuvieron, respectivamente, Henry Miller con Anaïs Nin y James Joyce con Nora Barnacle. En el caso del escritor irlandés, son célebres las «cartas sucias» que a menudo le enviaba a su esposa y en las que podemos descubrir frases tan inspiradoras como esta: «Mi dulce sucia pajarita folladora. Aquí está otra nota para comprar bragas bonitas o ligueros o ligas. Compra bragas de puta, amor, y trata de perfumarlas con algún suave aroma y de decorarlas también un poquito por atrás». O bien esta otra: «Tenías un culo lleno de pedos aquella noche, querida, y al follarte salieron todos para afuera, gruesos camaradas, otros más ventosos, rápidos y pequeños requiebros alegres y una gran cantidad de peditos sucios que terminaron en un largo chorrear de tu agujero». No resulta fácil elegir un solo párrafo de todos cuantos integran las cartas que el autor de Ulises le envió a su mujer —todos ellos de contenido mucho más explícito que las dos frases anteriormente indicadas—, por lo que tal vez el siguiente, extraído de una carta fechada el 2 de diciembre de 1909 en Dublín, pueda servir para ilustrar el tono general de la correspondencia que mantuvo el matrimonio, ya que es de lo más sosegado que uno se puede encontrar en ella:

Mi amor por ti me permite rogar al espíritu de la belleza eterna y a la ternura que se refleja en tus ojos o derribarte debajo de mí, sobre tus suaves senos, y tomarte por atrás, como un cerdo que monta una puerca, glorificado en la sincera peste que asciende de tu trasero, glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto.

El caso de Henry Miller —de quien también se conserva la lujuriosa correspondencia que, en su vejez, intercambió con la actriz Brenda Venus—, por otro lado, es similar pero distinto. Hay algo extraño, casi peligroso, en profanar su correo. En realidad, husmear en cartas ajenas siempre resulta un tanto violento. Aunque sea muy en el fondo. Aunque nos venza la curiosidad. A nadie le agradaría que un texto suyo, que ha escrito para ser leído por una sola persona, fuese con el tiempo escudriñado por millones. Ni siquiera a Joyce, aunque sospecho que su vanidad se vería en cierta forma complacida. Mucho menos a Juan Rulfo, cuyas declaraciones de amor tienen un carácter tan naíf que incluso podrían compararse con las que Napoleón enviaba a Josefina o Enrique VIII a Ana Bolena. Pero al leer las cartas que Henry Miller le envió a Brenda Venus o a Anaïs Nin, uno es todavía más consciente de estar asistiendo a una conversación privada. Demasiado privada. En donde se roza lo inconfesable. En donde se roza —o se supera— lo prohibido.

En cierta ocasión, el autor de Trópico de Cáncer le escribió a la escritora estadounidense:

Sí, Anaïs, pensaba en como traicionarte, pero no puedo. Te deseo. Quiero desnudarte, vulgarizarte un poco (…). Quiero que seas mía, usarte, follarte, enseñarte cosas. No, no siento aprecio por ti, ¡no lo permita Dios! Tal vez quiera hasta humillarte un poco, ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué no me arrodillo ante ti y te adoro? No puedo, te amo alegremente. ¿Te gusta eso?

Unas ideas que se repiten en otra carta, esta vez remitida por Miller a Brenda Venus, aunque aquí la cosa va un poco más allá:

Te llamé anoche hacia las diez y media pero no contestaste. ¿Estabas fuera o en la cama con otro amante? ¿Has contestado alguna vez mientras estabas haciendo el amor o te has puesto el teléfono entre las piernas? (…) Dios, si pareces violable. Perdona que te lo diga así pero no puedo evitarlo. Parece como si estuvieses lista para ser forzada.

Por fortuna, el resto del tiempo el autor norteamericano se mostraba mucho más comedido, limitándose a dar rienda suelta a su imaginación: «Pero Anais, cuando pienso cómo te aprietas contra mí, cuán ansiosamente abres las piernas y qué humeda estás, Dios, me vuelvo loco de pensar en cómo serías cuando todo se disuelve». Una pensamiento que, comparado con los anteriores, resulta hasta candoroso. Propio de dos tortolitos. Como cogerse de la mano y pasear por el parque grabando un corazón en la corteza de un árbol al atardecer.

En febrero de 1935, cuando Anaïs tenía treinta y dos años y Henry cuarenta y cuatro, este le envió una carta que finalizaba así:

Me duelen los cojones. Te quiero. Quiero joder contigo salvajemente. Lo que tuvimos no fueron más que entremeses. Vuelve aquí y déjame que te la meta, por detrás. Quiero hacer de todo contigo. No hemos empezado a joder todavía.

No me negarán que resulta enternecedor ver a dos enamorados decirse cosas tan bonitas como esa. Puro romanticismo. Puro amor desinteresado. Como el eco de la rama de Juan Rulfo que repite el nombre de Clara Aparicio, pero sin disfraz. Han pasado desde entonces más de ochenta años. En 2018, comparados con Henry y Anaïs, los del sexting se quedan en simples aficionados.

Anaïs Nin, 1970. Fotografía: Cordon.

5 comentarios

  1. Hola Manuel,
    ¿Podría hacerte llegar una información relativa al artículo que publicas hoy en tu dirección de correo electrónico? Justo estrenamos la semana que viene en Madrid “Solo creo en el fuego”, una obra sobre las cartas entre Anaïs Nin y Henry Miller y quería comentarte algo. ¡Gracias!

  2. Juan Cristobal

    La diferencia entre esas cartas y el sexting: no era solo paja

  3. Fuencisla

    Mi líbido se queda con los ojos azucarados de Juan Rulfo.

  4. KilogramoRen

    Estas cartas son un poco salidas de tono. ¿No podrían decirse cosas como “Yo te quiero con cariño igual que al caramelo el niño”? o “Me gustas tanto como el helado de chirimoya, es decir el que se hace con una chirimoya grande, zumo de limón, leche condensada, nata para montar y azucar” ?

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