Beowulf, Gaudí y Velázquez se enfrentan en los Óscar del cómic

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Ya estamos acostumbrados a ver españoles nominados a los premios Eisner, los «premios Óscar» del mundo del cómic, que se fallan y entregan en Estados Unidos, en el marco de la feria de cómic más importante de la industria: la Comic-Con de San Diego. A lo que no estamos tan acostumbrados es a ver producciones españolas nominadas. Y menos, tres al mismo tiempo.

Que el cómic goza de talento de sobra en nuestras fronteras dejó de ser un secreto hace tiempo. Tal vez no se haya enterado el público mainstream, pues aún le cuesta salir del nicho que se creó a inicios del milenio, olvidada ya la dorada época de los tebeos de marca ibérica, gracias sobre todo a la llegada del manga a nuestro país con la fuerza de un tsunami. En los años cincuenta y sesenta se vivió una etapa llena de bonanza, tanto artística como económicamente; y de nuevo a mediados de los ochenta, cuando surgieron revistas de cómic que hoy día siguen siendo importante objeto de colección (véase Cimoc, 1984 o Totem como algunos ejemplos). Hoy vivimos una época en que el cómic ha alcanzado o, mejor dicho, vuelto a demostrar el estatus de obra de arte que no se pone en tela de juicio en otros rincones europeos cuya tradición en torno a la historieta tiene estándares reverenciales. Pero no parecen acompañar igual las vacas gordas. Con el sector editorial sumergido en una profunda crisis que ha vuelto precario todo lo que tiene que ver con la obra impresa, tres obras de producción nacional se encuentran nominadas a los más importantes premios del mundo del cómic. Dos editoriales. Tres obras. Seis artistas.

Beowulf

El poema anglosajón de aventuras y magia Beowulf es el equivalente al Cantar del Mío Cid o al Cantar de los nibelungos. En él se narran las aventuras del héroe danés Beowulf, un guerrero feroz que se enfrenta a la temible bestia Grendel y a la madre de esta. Se considera incontable la influencia que esta obra ha tenido en la posterior narrativa fantástica, y los análisis de sus temas y su estructura siguen sometidos a debate. Uno de los entendidos que más desgranó la obra fue el padre y creador de la Tierra Media, J. R. R. Tolkien. A su vez, Beowulf ha gozado de varias adaptaciones a otros medios, entre ellos el cómic. La primera adaptación a la historieta llegó de la mano de Gareth Hinds, que no es en absoluto ajeno a adaptar obras clásicas al cómic, con el simple título de Beowulf. Detrás de esta novela gráfica, publicada en 2007, se escondía una labor didáctica para enseñar el poema en clases de secundaria. Prácticamente toda la obra de Hinds está enfocada a este mercado.

El Beowulf nominado al Eisner este año, sin embargo, lleva firmas españolas. Las de Santiago García (1968) y David Rubín (1977) y la de la editorial Astiberri. Publicada por primera vez en 2013, la obra ha sido adaptada al inglés y publicada en el circuito anglosajón recientemente por la prestigiosa editorial Image, así como su dibujante, David Rubín, se encuentra nominado también por mejor serie continuada (Black Hammer) y Mejor entintado.

La novela gráfica que García y Rubín han conseguido exportar de forma tan exitosa es oscura y brutal. Casi podría verse como una ópera llena de sangre y asesinatos; Beowulf se nos presenta como un hombre rudo, imponente, y Grendel como una bestia fuera de toda lógica, que solo ve sangre y músculos cuando contempla a sus enemigos: les arranca la piel con los ojos, y cuando ataca, ataca con la ferocidad de una manada entera de monstruos. La novela gráfica de Beowulf no precisa de diálogos vacuos; no tiene miedo al vacío, lo muestra y enarbola como una virtud más. Predomina el color rojo, con el que se componen algunas de las páginas más crudas de la obra. Las luchas entre Beowulf y las diferentes bestias que derrota durante el poema están llenas de acción, pero también de crudeza, de dolor, de soledad. Terminamos la lectura en un fundido a negro que nos recuerda a la hoja del poema que termina, y lo remata con un escueto epílogo que une poema y cómic.

La nominación de Beowulf no sorprende por varios motivos: primero, por la calidad de los lápices de David Rubín. Por otro, por el increíble ejercicio de síntesis y reinterpretación que hace Santiago García con un guion que aprovecha los silencios que el poema deja entre versos. Es en esos silencios en los que se mueve la novela gráfica. Y no sorprende porque se trata de una obra universal, fácilmente comprendida por cualquiera en cualquier rincón del mundo. En Beowulf vuelve uno de nuestros miedos más ancestrales: el miedo a la oscuridad. Pues, en la antigüedad, la oscuridad albergaba monstruos. La obra, de producción española de la mano de la editorial Astiberri, se ha exportado con éxito y sigue recogiendo frutos. En palabras de David Rubín a través de la editora de Astiberri Héloïse Guerrier: «la clave es exportar la obra, y no solo la mano de obra». Un fenómeno al que el mundo del cómic español ya está acostumbrado: la nominación de autores patrios que trabajan en el extranjero.

«Estados Unidos es uno de los gigantes del cómic, junto con Japón y Francia-Bélgica», continúa  Guerrier. «España es un mercado más pequeño a nivel de industria, sin embargo, a nivel creativo, estamos viviendo un momento brillante, explosivo. Muchísimos autores están proponiendo obras de altísima calidad y nosotros, como editorial, notamos que hay un interés creciente por los autores españoles por parte de los editores extranjeros. En los últimos años hemos conseguido exportar obras en países como Estados Unidos o Japón, lo que era casi impensable hace unos años».

No deja de ser curioso que precisamente una producción española adapte con tanta calidad este poema que forma parte inseparable de las raíces literarias británicas.

El fantasma de Gaudí

Y es que la marca España parece funcionar con el atractivo de nuestras tradiciones, nuestro arte y nuestra historia. No es casualidad: la idiosincrasia de un pueblo es lo que lo diferencia, lo que lo hace original. La arquitectura, el arte y la novela negra se dan de la mano y caminan juntos hacia una nominación, concretamente la de mejor edición americana de material extranjero. La novela gráfica de El Torres (1972) y Jesús Alonso Iglesias (1972), editada por Dibbuks, cosecha ya premios tan prestigiosos como el de mejor obra nacional que otorga el Salón del Cómic de Barcelona. Precisamente en la ciudad de Barcelona se ambienta esta novela gráfica, de corte más clásico que la anterior en lo que a guion y dibujo se refiere.

En la época actual, una serie de asesinatos acaecidos en monumentos relacionados con la figura del arquitecto Antoni Gaudí traen de cabeza a la policía. Una mujer normal, Antonia, se ve inmersa de lleno en lo que parece una investigación sobrenatural en la que el propio Gaudí parece tratar de lanzar un mensaje desde lo ignoto.

La tradición de novela negra en España es un hecho, y algunos de los mejores autores de nuestras fronteras, así como de los libros nacionales que arrasan en el mercado, se enmarcan en el género detectivesco de una u otra manera. El fantasma de Gaudí recoge todos estos elementos y los une bajo el ala de uno de los artistas más importantes de nuestra historia y el resultado es un guion casi cinematográfico que cobra vida de forma magistral gracias a los lápices de Jesús Alonso Iglesias. En contrapunto a su competidor y camarada, Beowulf, este El fantasma de Gaudí se encuentra lleno de diálogos; su acción se mueve entre los cliffhangers. También el dibujo se enmarca en una escuela más tradicional, aunque destaca enormemente por la superposición de los elementos arquitectónicos y escenarios reales de Gaudí en las viñetas de la novela gráfica. Algunas de las escenas de tensión y de los mejores diálogos suceden precisamente en los monumentos de Gaudí que dotan a la ciudad de Barcelona de marca propia, y su traslación al cómic no podría ser más acertada.

Tal vez por esto la obra ha sido vendida a ocho idiomas, como nos recuerda su editor Ricardo Esteban, e incluso se está negociando la venta de derechos para adaptación cinematográfica. Responde al mismo modelo que veníamos viendo en la edición de Beowulf: «El sector del cómic es pequeño, ahora se empieza a notar que hay una industria», dice el editor de Dibbuks, Ricardo Esteban. ¿Vivimos, pues, un espejismo con respecto al alza del sector del cómic en nuestro país? «Cualquier movimiento al alza destacaba mucho porque venía de la nada. La creatividad del mundo del cómic, de sus dibujantes y guionistas, es muy grande. Hay una fuga de talento totalmente ignorado por los estamentos de nuestro país. Estamos todos los editores locos por elevar el sector».

Los temas que trata El fantasma de Gaudí no se quedan en la resolución del crimen: hay que excavar un poco más allá de su superficie para ver su columna vertebral: la ciudad de Barcelona. Aquí es donde reside, según discutible opinión, el elemento que diferencia a esta de tantas obras de asesinato e investigación. Como ocurriera con aquel mítico capítulo de la novela gráfica From Hell (Alan Moore, Eddie Campbell, 1989) en que William Gull enseña a su cochero la magia tras la arquitectura londinense, en esta obra en que El Torres y Jesús Alonso Iglesias echan el resto y demuestran su talento es la ciudad de Barcelona, y el atractivo que sugieren sus oscuras leyendas, el eje y exponente de lo que nos hace únicos.

Las meninas

Existe algo hipnótico en este cuadro, pintado en 1656 y expuesto en el Museo del Prado de Madrid. Algo que difícilmente puede describirse con palabras. Decía Nietzsche que «el abismo te devuelve la mirada», y, del mismo modo, Diego Velázquez devuelve la mirada al espectador que contempla largo rato Las meninas.

Tomando como hilo conductor de la narración las investigaciones pertinentes para que un adulto Velázquez entre en la Sagrada Orden de Santiago, la obra de Santiago García (1968), nominado por segunda vez, y Javier Olivares (1964) nos acompaña en un repaso por la vida y obra del pintor de origen sevillano, y más concretamente por el origen e impacto de su pintura en general y de Las meninas en particular. Con un dibujo que se deconstruye a sí mismo, jugando al cambio de tonalidad y trazo entre los saltos temporales que da el guion, Las meninas establece un punto de aproximación a la historia artística de nuestro país que ha encandilado al público internacional. Pero no se olvida del cuadro, y ahonda en él con la necesidad de los estudiosos que aún contemplan la cumbre pictórica de Velázquez con una mezcla de respeto, admiración y temor. Tal vez sea la mirada del autor, autorretratado dentro de la obra, lo que nos perturbe. La novela gráfica de Las meninas ha entusiasmado a público y crítica, llegando a ver publicadas varias ediciones en su editorial madre, Astiberri, y alzándose con el Premio Nacional de Cómic en el año 2015.

Su editora, Héloïse Guerrier, nos dice: «Las meninas es de esas obras que, como editores, dan sentido a nuestro trabajo. Una propuesta inteligente, gráficamente deslumbrante, en la que sus autores, Santiago García y Javier Olivares, han invertido años de trabajo, y que vuelve a poner en el centro la cultura popular española, sin miedos ni rodeos». Pero toda la novela gráfica se podría resumir en la frase de Michel Foucault que cierra la obra: «El pintor está ligeramente alejado del cuadro». Y, sin embargo, Velázquez sigue contemplando a los que contemplan su cuadro, desde el interior de este. Imperecedero, inmortal.

Será complicado, y fútil, aventurar cuál de estos cómics se alzará con el ansiado premio. Pero tras toda gran obra hay grandes artistas, y tal vez ese sea el mensaje verdaderamente importante, si es que hay uno. El cómic español está elevándose desde el agujero en que la crisis cultural de nuestro país lo enterró, y es gracias a la labor conjunta de artistas de una brillantez indiscutible y de incansables y apasionados editores. Dónde terminará esta aventura, solo el tiempo lo dirá. Pues los premios van y vienen, pero la huella que deja una obra de arte— y el cómic no puede ser considerado menos— en su público es indeleble.  

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