Beast

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Thomas Ceilan (Guión) — Mateo Guerrero  (Dibujo y color)
Norma Editorial – Edición Integral

Siempre que se introducen en una conversación los términos de narrativa gráfica los no aficionados al género tuercen el gesto, con un rictus de superioridad. Al parecer, según ellos, lo que se trata es de solemnizar con trampantojos un arte menor, lo que antes se llamaban “historietas”, “tebeos” o “comics”.  Cuando en realidad se trata de buscar un neologismo, un término que no sepa a rancio, para denominar a un género que, desde luego, ha trascendido las fronteras de las aventuras infantiles, la revista de chistes ilustrados o las tiras cómicas de prensa.

Narrativa gráfica es el término elegido, un término que engloba tanto la dimensión digamos conceptual de este noveno arte (que no es otro que el contar historias, de narrar) como su plasmación física, en forma de dibujos, textos de apoyo y diálogos. Un término que remite, en su etimología, a la cinematografía (imágenes en movimiento), por poner un ejemplo.

No es un término casual. En el mundo de la narrativa gráfica, conviven de forma simbiótica el dibujo, la ilustración de la acción, con el guión y los diálogos. Imposible comprender uno sin los otros, imposible que una obra sea, de forma sinérgica, verdaderamente grande sin que ambos, por separado, también lo sean. Muchos grandes guiones se han visto arruinados por un dibujo torpe; y otras tantas veces grandes dibujos ilustran historias mediocres con diálogos sin chispa.

Como en el caso de Beast.

Mateo Guerrero, el dibujante, posee un estilo muy dinámico y adecuado para la acción, un trazo cercano al manga, con una gran atención al detalle y unas secuencias cinemáticas realmente interesantes. De forma lamentable, se ha visto envuelto en una historia farragosa, a ratos incomprensible, que quiere ofrecer ambigüedad y tensión a base de confusión, y suspense a base de trampas al lector. Partiendo de un planteamiento interesante aunque algo manido ya (es recurrente y cansina la enésima trama del “elegido”), al parecer tras un incidente catastrófico, los antiguos dioses deciden enderezar el rumbo de la Tierra y la humanidad mediante tótems, avatares animales de poderes sobrenaturales. Sin resultar original ni pretenderlo, Thomas Cheilan quiere sumergirnos de lleno en un mundo post-apocalíptico y a la vez mágico.

No lo consigue.

A pesar el buen hacer de Guerrero y un comienzo esperanzador, la narración se tambalea a partir de segundo capítulo (que correspondería, en la edición integral de Norma Editorial, al segundo tomo aparecido en Francia en su publicación original). Todo parece trabarse, avanzando a trompicones sin una dirección clara, enredándose en un sinfín de personajes con motivaciones incomprensibles y reacciones imprevisibles, en el peor de lo sentidos. Y dado que la coherencia se diluye, los protagonistas carecen de carisma y no se termina de comprender los mecanismos diegéticos, todo se emborrona y comienza a importarnos más bien poco el destino de ese mundo, de tan atractiva estética, y de esos personajes de cuidado trazo e impecable dinamismo. La aventura carece de algo tan esencial en este tipo de obras como es la épica, y la voluntad pueril de trascendencia se queda en un mensaje buenista, a medio camino entre el humanismo, el postmodernismo y el pseudoecologismo.

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