Un pinchazo en ‘Sahelistán’

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Sahel, fotografía de Alberto Rojas

A veces dan igual las reuniones de seguridad, las advertencias de la embajada y todas las precauciones previas. Si te tiene que tocar, te toca. Y si hay un lugar donde no debíamos pinchar era aquel lugar. Frontera entre Níger y Nígeria, los dominios del yihadismo, territorio comanche, con los chicos de Boko Haram al acecho de cooperantes, misioneros e incautos como nosotros. Una de las salas de estar de los barbudos de Sahelistán. Pero son caminos de ganado, pistas de tierra llenas de arbustos espinosos. El pinchazo es una posibilidad tangible y no pasa nada. Bajas, cambias la rueda y a correr. El problema viene cuando descubres que la rueda de repuesto también está desinflada. Entonces el problema, en pleno desierto y cayendo el sol, es más serio.

Pero Raquel Suárez, que debe de ir por los 40 de fiebre con los parásitos de la malaria reptando por su cuerpo, organiza rápido al personal. Vamos en dos coches, así que los dos chóferes pillan la rueda de repuesto y se van al puesto fronterizo, a ver si alguien infla el neumático mientras los demás esperamos. También llamamos a la base de la ONG en Zinder. Oye, que estamos aquí tirados, hace un calor del carajo y llegaremos tarde.

Los dos conductores se ponen en marcha y vemos el trasiego de vehículos, la mayoría viejos camiones franceses de esos que cruzan el desierto como si fueran locomotoras de vapor. Yo decido relajarme y uno de los nigerinos que nos acompaña también. Saca una esterilla y se pone a rezar debajo de un árbol. Allahu akbar.

Veníamos de visitar la aldea de Dankoré, un villorrio alegre en mitad del desierto, con 300 niños rodeándonos porque nunca han visto a un blanco, cosechas gratinadas y cabras con piel de pergamino sin una sola gota de leche. El tercer jinete conoce bien estas tierras cruzadas por caminos invisibles. Aquí un despiste es mortal. Si te pierdes en la ruta hacia el siguiente pozo, puede que no llegues nunca. Los beduinos, que llevan un GPS incorporado, lo saben desde hace siglos.

El día anterior nos contaron que aquí se esconden parte de los miembros de la secta salafista Boko Haram. En la lengua local, el haussa, significa «La educación occidental es pecado». El ejército nigeriano los ha ido persiguiendo hacia el norte y han acabado refugiándose aquí, en esta frontera que no es frontera porque al desierto no se le pueden poner puertas ni aduanas.

Pasan grupos de mujeres que nos sonríen como cualquier terrícola sonreiría a un marciano. Una de ellas posa un buen rato para mí, pese a que lleva un recipiente enorme en la cabeza y un niño en la espalda. No me entiendo con ella y a la vez me entiendo sin problemas. Venga, mama, enséñame ese hijo tuyo. Raquel mientras va poniéndose nerviosa. Apenas hay cobertura. Han pasado varios coches. Seguro que todo el pueblo sabe ya que estamos aquí.

Intenta llamar a los dos chavales de la rueda pero nadie coge el teléfono. Está enferma y cabreada. Llama de nuevo a la base. Mandad un coche que se hace de noche. Mientras yo sigo con la princesa del Sahel, click, click, ponte así, ponte asao. Llegan otras chicas y también les divierte la cámara. Pero Raquel decide que se acabó la sesión, que estamos dando el cante, todos al coche de cristales tintados y a esperar. Hora y media después llega el otro coche de la base, que subamos y a correr, que los barbudos fijo que ya saben dónde estamos. Nos cruzamos con los chicos de la rueda, que vienen de vuelta con el flotador hinchado. Hemos tardado porque estábamos rezando, dice el gachón, estoico.

Una pick up con tos roja del Sahel pasa a nuestro lado con ocho militares armados para tomar Polonia. Los chicos miran con curiosidad nuestro vehículo tras sus gafas de espejo. Cananas de balas cruzan su espalda y me pregunto si son parte de ese enorme mercado de munición que España, por lo legal, va dejando por todo este desierto. Primero vende a Ghana, país democrático y sin restricciones, luego Ghana, que se queda su parte como intermediario, vende a indios y vaqueros. Los vaqueros pagan a veces con ayuda al desarrollo. Los indios, con dinero de rescates de cooperantes, a veces cooperantes españoles. Dinero que sale, dinero que vuelve. Balas suficientes para rodar miles de películas de Tarantino, vendidas a estos países bajo los pseudónimos «tiro olímpico» y «caza». Pero ni en Ghana hay tradición de caza ni tienen federación de tiro olímpico, a no ser que ahora el tiro olímpico se practique con kalashnikovs.

Fotografía: Alberto Rojas

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4 comentarios

  1. jimbass

    Me encantan tus historias. Sin haber estado nunca en el África negra, parece que recorriese sus caminos polvorientos y sus bosques tropicales.
    Gracias

  2. Pere Pereira

    Yo llego aquí desde tu Twitter sólo para decirte que me das muchísima envidia.

  3. Estimado Sr Alberto:

    Me he encontrado su árticulo por medio de un amigo y quiero responderle a la pregunta que Ud se hace respecto a la munición, española como Ud sugiere en el mismo.
    Lo primero es saber porqué no se ha preguntado si es de origen francés, ex-soviético o chino, pero que se pregunte si es española y lance la piedra culpabilizando a la industria española, indirectamente de la miseria que en parrafos anteriores describe, no me da buenas vibraciones.

    Lo segundo, convendría que Ud tuviera conocimiento de qué tipo de armamento estos individuos están portando,como periodista, ya que le informo, que la munición que España fabrica es munición OTAN con unas características determinadas, que no valen en cualquier tipo de arma.

    Ya que Ud no indica cuales llevan, presumo que son modelos de AK, para los cuales, España no fabrica munición.

    Tras lo cual espero que Ud se sienta mejor y con la conciencia como español más tranquila.

    Atentamente

    • P.D. Entiendo que cuando Ud habla de «kalashnikovs», está Ud hablando de manera genérica y no sobre el armamento que estos individuos llevan, porque en caso contrario, no habría ninguna presunción por mi parte.

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