Algunos inventos inútiles, o la crítica del materialismo

Publicado por

Kenji Kawakami

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Una visita al padre de George Constanza lleva a Cosmo Kramer a inventar un sostén para ancianos en uno de los mejores episodios de la serie televisiva Seinfeld . “Vender sostenes a mujeres significa abarcar solo el 50% del mercado” afirma el inversionista que Kramer y Frank, el padre de George, consiguen para su invento: la lógica detrás de esa afirmación es indiscutible, excepto por el hecho de que nadie quiere ver a un anciano con sostén, nadie quiere ver anuncios de ancianos en ropa interior en las páginas de su revista favorita y nadie desea trabajar en la sección correspondiente en cualquier tienda de ropa. Una vez más (y esto parece ser lo que caracteriza la lógica económica que preside todas las invenciones absurdas), la creación del producto supone la de su necesidad: tan solo se requiere que el público se habitúe a ello. Que la oferta de sostenes para ancianos sea minúscula o inexistente en sitios como El Corte Inglés se debe a una desavenencia entre Frank y el inversionista, así como al hecho de que Seinfeld es una obra de ficción, pero hay poco de ficcional en el tipo de lógica mercantil que preside las invenciones de Kramer (una selección de las cuales puede encontrarse en YouTube): un restaurante donde el cliente puede cocinar su propia pizza, un coffee table book sobre coffee tables, un perfume que te hace oler como si acabaras de regresar de la playa, una máquina expendedora de corbatas para restaurantes, etcétera. En Seinfeld (cuya crítica social tiende a menudo a ser subestimada) estas invenciones funcionan como un comentario al margen acerca de un sistema económico articulado en torno a la creación de necesidades falsas y capaz (al menos potencialmente) de producir cualquier objeto estúpido si consigue convencer a la suficiente cantidad de consumidores de que deben comprarlo.

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Al parecer, no es difícil hacerlo. Wilhelm Reich, por ejemplo, convenció a cientos de psiquiatras en Europa y en Estados Unidos de la utilidad de su “acumulador de orgón”, un aparato de su invención consistente en una cabina metálica en la que (supuestamente), ante la imposibilidad de escapar a ningún sitio, la energía del paciente rebotaría y volvería a ingresar en su cuerpo, curándolo de enfermedades como el resfriado, el reuma, el cáncer y la esquizofrenia.

Reich había nacido en 1897 en la Galitzia austrohúngara de la que también vinieron Paul Celan, Joseph Roth, Zbigniew Herbert, Bruno Schulz y otros; había estudiado con Sigmund Freud (de quien había acabado distanciándose a raíz de que el padre del psicoanálisis no compartía la importancia otorgada a la sexualidad por Reich, para quien la salud mental de una persona podía medirse por su capacidad para obtener placer sexual) y había estado huyendo del nazismo desde 1934, primero en los países escandinavos y más tarde en los Estados Unidos, donde había comenzado a comercializar sus acumuladores. Al parecer, fue precisamente en 1934, en Suecia, cuando a Reich se le ocurrió que era posible ver la energía sexual (que para él era la energía biológica, sin más) con ayuda de un microscopio; un año después dijo haberla visto y que era de color azul. Reich cogió una conjuntivitis mientras estudiaba muestras vegetales a través del microscopio (creía que la base de la energía sexual debía encontrarse en las plantas, que constituyen la base de la pirámide alimentaria) pero la atribuyó a la energía producida por los “biones” de las plantas y aumentada por el microscopio, así que la enfermedad lo reforzó en su convencimiento de haber dado con el mínimo común denominador de la vida: a continuación, comenzó a vender los aparatos para prolongarla mediante la acumulación de orgones. En 1947, la Administración estadounidense inició una demanda contra él por comercializar como si se tratase de un producto médico un aparato cuyos beneficios para la salud no estaban demostrados: Reich fue condenado a dos años de cárcel en 1954, su obra fue prohibida (de hecho, una buena parte de ella fue quemada por las autoridades en el patio de la casa de Reich, quien ya había visto arder esas mismas obras a manos de los nazis en 1933), sus acumuladores destruidos y su creador murió en la cárcel de Lewisburg, en Pennsylvania, tres años después con un diagnóstico de esquizofrenia.

Aún hoy se discute acerca de si el “descubrimiento” del orgón por parte de Reich no fue el producto de su enfermedad mental; aún hoy, también, sus métodos siguen siendo empleados por algunos terapeutas y están en la base de algunas pseudociencias y de prácticas esotéricas del tipo new age; más aún: cada vez que alguien dice (en particular en América Latina) que una persona tiene o es “buena onda” está citando en mayor o menor medida a Reich, para quien el orgón era equiparable a la energía vital que las religiones orientales denominan prana, qi o kundalini. No hay testimonios de que Woody Allen se haya visto muy beneficiado por su visita a un orgasmatrón en El dormilón (aunque, por supuesto, Allen no es alguien de quien uno pueda decir que carece de energía sexual), pero los acumuladores de Reich siguen siendo comercializados estos días (Motörhead les dedicó una canción), en los que incluso se venden unos cañones que bombardearían de orgones el cielo con fines que a mí se me escapan.

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Curiosamente, la invención de dispositivos de base dudosa y de efectos discutibles o nulos también interesó mucho a los primeros perseguidores de Wilhelm Reich, los nazis (los segundos fueron los servicios secretos estadounidenses, aunque Reich creía que quienes lo vigilaban eran los extraterrestres). Mientras el almirantazgo alemán se esforzaba por detectar la ubicación exacta de submarinos enemigos en el área del Atlántico con un péndulo de metal y algunos jerarcas consideraban la posibilidad de que la Tierra fuese hueca y estuviese habitada en su interior por gigantes arios potencialmente susceptibles de ser reclutados en las tropas del Eje, algunos científicos nacionalsocialistas diseñaban y probaban armas que lanzaban rayos X e infrarrojos al tiempo que otros, mejor orientados, estudiaban las posibilidades bélicas de la energía nuclear, que sus homólogos en los Estados Unidos (muchos de ellos, científicos alemanes exiliados) supieron explotar mejor. Albert Speer cuenta en sus memorias que Hermann Göring se dirigió a él hacia el final de la guerra para preguntarle acerca de la viabilidad de un tren de concreto a prueba de bombas que se le había ocurrido; Speer le dijo que un tren de ese material tendría un peso tan desmesurado que no habría locomotora capaz de ponerlo en movimiento, cosa que parece haber apenado mucho a Göring. A Adolf Hitler también lo apenó profundamente la inviabilidad de su “bomba de alta presión” (en realidad, un cañón de 100 metros de longitud que lanzaría monumentales bombas a la distancia y que, por supuesto, nunca funcionó), pero (de acuerdo a un vídeo en YouTube) lo que más lo enfadó fue la reforma laboral de Mariano Rajoy, esta sí, mucho más dañina que todas las fantasías hitlerianas de la Tierra hueca, los trenes de concreto y los cañones gigantes.

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En un libro magnífico de Gonzalo Carranza titulado Máquinas infernales (Buenos Aires: Colihue, 1999) se informa acerca de la invención en Barcelona en 1907 de una “ventana fuelle”. Al parecer, esta consistía en una ventana adosada a un fuelle similar al de una máquina fotográfica antigua que permitía “acercar” la ventana al centro de la habitación facilitando que su usuario se refrescase sin necesidad de aproximarse a ella o, como decía su anuncio en la revista Mundo científico, permitiéndole “respirar el aire fresco de la noche sin tener que exponer el cuerpo a las inclemencias atmosféricas”. Al igual que otros inventos catalanes (el idioma catalán, por ejemplo), este no abandonó las fronteras regionales (o nacionales, como se prefiera) a pesar de que su utilidad parece inobjetable, o no.

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El sostén para hombres ya existe y es muy popular en Japón. Allí afuera hay alguien lanzando orgones al cielo y es posible que esto nos reporte beneficios de los que nada sabemos aún (de hecho, quizás esto explique la existencia del porno amateur peruano, por mencionar un fenómeno inexplicable). Quizás alguien logre construir un tren de concreto susceptible de moverse. Ninguno de estos inventos responde a una necesidad real; de hecho, su interés y su valor radican en proponer soluciones imaginarias a problemas inexistentes, que es la finalidad de la patafísica (a la que, como es evidente, se adhieren estos artículos) y lo que desde hace tiempo lleva a cabo el japonés Kenji Kawakami, director de la Academia Chindogu. Esta alienta y documenta la producción de objetos sin utilidad práctica que, sin embargo, deben funcionar; objetos, como sostiene Kawakami en el libro Chindogu oder 99 (un)sinnige Erfindungen (Chindogu, o 99 invenciones absurdas. Colonia: DuMont, 1997), que deben cumplir con diez requisitos para ser considerados “chindogu”: no deben tener ninguna aplicación práctica, deben cumplir su función (es decir, deben funcionar aunque su funcionamiento sea disparatado e innecesario), no deben adecuarse a ningún tipo de norma o costumbre, tienen que poder ser utilizados en la vida cotidiana, no deben estar a la venta, no tienen que cumplir una función exclusiva o principalmente humorística (aunque el efecto cómico pueda existir a modo de apéndice y en una segunda interpretación del objeto), deben poder ser utilizados por todos los géneros y razas de forma indistinta.

Ropa infantil que permite que el niño limpie el suelo mientras se arrastra por él, pantuflas que se pueden calzar en un sentido o en otro (y solucionan el problema de que, al levantarse uno de la cama, estas siempre apuntan en la dirección inadecuada), un paraguas que puede llevarse como si se tratase de una corbata, un despertador equipado con púas que pincha a su propietario cuando este quiere apagarlo, gafas con embudo para aplicarse gotas oftalmológicas, un paso de cebra portátil: todos estos inventos (algunos de los cuales el propio Kawakami muestra aquí) no responden a ninguna necesidad sino que la crean y, por ello, son un fracaso, al tiempo que una rebeldía: son un fracaso en el sentido de que, aunque se postulan como objetos absurdos y carentes de utilidad no son menos absurdos e inútiles que muchos otros objetos que se comercializan estos días (cosa que podrán entender quienes hayan sido padres recientemente, ya que el convertirse en uno parece estar irremediablemente vinculado estos días con la adquisición de sillas, bolsos, carros y otros chismes que nadie parece haber necesitado en el pasado, a pesar de que, según dicen, los niños se hacían en mayor número y con más facilidad que en el presente); en ese sentido, los chindogu son una muestra de rebeldía ante nuestro excesivo consumismo y quienes se benefician de él. En palabras de su creador, “son una crítica a nuestra civilización, materialista y descarrilada”. “Quizás las personas que conocen los chindogu comiencen a llevar poco a poco una vida sin tantos objetos inútiles y descubran que, de eso modo, viven con mayor libertad y autonomía”, sostiene Kawakami, pero una sociedad así es tan improbable estos días como la existencia de los gigantes arios en el centro de la Tierra, a disposición de quienquiera que desee iniciar una conflagración mundial cualquier día de estos y necesitados de un buen bronceado.

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13 Comentarios

  1. Y todo un capítulo de la serie “Seinfield” para que Kramer y el padre de George hablaran e idearan el sujetador para hombres. ¡Qué discusiones por el nombre a poner al invento!

  2. La referencia de Motorhead a eso de “bombardear el cielo” se refiere a otro invento de Reich quien, en un momento de prolífico golpe de genio también ideó un maquinorrio para disipar nubes; no recuerdo si también empleaba energía orgónica como dicen Lemmy y sus secuaces…
    Por cierto, los planos e instrucciones para construirse un orgasmatrón están disponibles por Internet adelante sin problemas.

    • Creo que te refieres al Cloudbuster, que según tengo entendido no es exactamente que disparara nubes sino que manipulaba la energía orgónica presente en la atmósfera (así que sí, también se basaba en la existencia de esa supuesta energía) para alterar el tiempo meteorológico.
      Es una historia que a menudo es usada para apoyar las teorías de la conspiración sobre HAARP.

  3. Las tiendas virtuales de los teléfonos “inteligentes” está lleno de estos cachivaches en su versión virtual, y de hecho, cuesta cada vez más encontrar apps útiles entre tanta porquería. Probablemente el recordatorio de que el mundo es un lugar tan amplio que permite la existencia de cualquier cosa, graciosa o ridícula, pasó de ser una fugaz idea irónica a una concreción “útil” en sí misma, pero sin finalidad.

  4. El catalán es un idioma tan inventado como el español. Por cierto, el nombre de éste (antes castellano), sí que empezó a inventarse en el siglo XIX, a imitación del francés y otros (había que hacer coincidir la lengua dominante con los límites del Estado). El idioma que sí es casi inventado es el hebreo, que durante cerca de dos mil año no lo habló ni Dios, que ya es raro.

  5. […] que tendremos que hablar aquí algún día. Mientras llega ese día (y a modo de continuación del artículo anterior acerca de inventos más o menos ridículos y casi siempre calamitosos), van aquí algunas […]

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