Poesía, lenguaje, pensamiento, poetas y no poetas

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Antonio Machado (Wikicommons)
Antonio Machado (Wikicommons)

Hoy quiero hablar de poetas que me parecen más poetas todavía cuando reflexionan sobre la poesía y la vida en sus contadas incursiones en la prosa; de novelistas cuyos párrafos más felices suenan a poesía; y de poetas-novelistas que hacen de su prosa, a mi entender, parte de su mejor obra poética. No puedo garantizar que no salgamos de este embrollo con las ideas más confusas que ahora mismo, en el inicio. Pero eso sí, el que avisa no es traidor.

Lo que singulariza a estos autores, según mi criterio de lectora, es su capacidad para hacer del lenguaje, en primer lugar, lenguaje, y no otra cosa; para hacernos caer en la cuenta de que las palabras tienen peso, volumen, sonido. Y solo cuando esa delicada operación se ha realizado con éxito, esto es, cuando en lugar de invitarnos a pasar fugazmente por las palabras como si fueran transparentes, nos obligan a detenernos un rato largo sobre ellas, solo entonces detona el pensamiento que contienen con un vigor inesperado que se nos antoja nuevo y antiguo a la vez. Sostenemos entonces las palabras en el cuenco de las manos como quien acabara de descubrir un tesoro y lo mantiene así, tembloroso y precario, en medio de la nada.

De entre el primer grupo (poetas que también escriben poesía cuando escriben prosa, aun sin pretenderlo), existen ejemplos célebres y solemnemente tipificados, como el «la poesía es el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo» del Juan de Mairena de Machado. Pero hay en ese texto mucha más miga que apunta ya no solo a la poesía, sino a la propia expresión del pensamiento no evidente de la que es objeto la poesía: «Por debajo de lo que se piensa está lo que se cree, como si dijéramos en una copa más honda de nuestro espíritu».

Y ya que hablamos de recipientes, pues las imágenes de los mundos abstractos (o sutiles, siguiendo con Machado) necesitan concretarse en objetos cotidianos reconocibles, recordemos a Sophia de Mello, poeta portuguesa del siglo XX, amiga del mundo clásico y de las revoluciones sociales, que acompaña sus poemas con disquisiciones del tipo:

Miro al ánfora: cuando la llene de agua me dará de beber. Pero ahora ya me da de beber. Paz y alegría, deslumbramiento de estar en el mundo, reunión.

Sophia de Mello Breyner (1919-2004)

Sophia de Mello no escribe largos tratados de teoría literaria, sino breves introducciones en prosa a sus libros de poemas (véase su obra completa, publicada por Galaxia/Gutemberg) que son ejemplos de concentración de pensamiento y estallido de imágenes. Igual que en un poema.

Algo parecido sucede en el caso del precoz poeta austríaco de finales del siglo XIX Hugo von Hofmannstahl, del que tan admirablemente habla en sus memorias (El mundo de ayer) su compatriota Stefan Zweig. Al igual que autores tan diversos como Rimbaud, Rilke, Pessoa o Thoreau, Hofmannstahl habla de la expresión poética desde la negación e incluso la renuncia (Carta de Lord Chandos, 1902), esto es, como aquello que no es posible materializar. Su discurso enlaza por una parte con esa «copa más honda de nuestro espíritu» de Machado, y por otra con la atención a los objetos de de Mello; objetos que contienen, más allá de su utilidad, aquello que no se puede expresar:

No me es fácil explicaros en qué consisten esos buenos instantes; las palabras me abandonan nuevamente. Porque es algo completamente indefinido e incluso indecible lo que se me declara en tales momentos, colmando cualquier suceso de mi círculo cotidiano con un desbordante raudal de vida superior, como una copa. No puedo esperar que me entendáis sin ejemplos, y debo pediros indulgencia por su banalidad. Una regadera, un rastrillo olvidado en el suelo, un perro al sol, un pobre cementerio, un lisiado, una pequeña casa de campesinos, todos ellos pueden convertirse en cuenco de revelación.

¡Vaya con los poetas-poetas! parecen tener fijación con los cuencos, las copas, las ánforas. Esos «buenos instantes» de Hofmannstahl, como las epifanías de Joyce o comoquiera que llamemos a los momentos de extrema y fervorosa lucidez que toda persona, poeta o no, experimenta alguna vez en su vida, necesitan de un continente, un receptáculo que los almacene. De ahí al uso lúdico de los objetos comunes por parte de las vanguardias pictóricas y poéticas de principios del siglo XX, hay un mínimo paso.

Crucemos a continuación el puente hacia los poetas-novelistas que, escriban en el formato en que escriban, siempre hacen poesía. Es el caso de un gigante del lenguaje del siglo XX como Álvaro Cunqueiro. Solo por obras como Herba aquí ou acolá, podría pasar a la historia de la literatura como un gran juglar. Pero donde su poesía se decanta, en ocasiones, del lado de la melancolía, la prosa refulge con el único ánimo de elevarse sobre cualquier pensamiento a ras de suelo, antes que nada en la propia declaración de intenciones del autor:

Yo, que no desconozco los grandes temas del siglo, y estoy atento a eso que llaman la coyuntura histórica, y acepto la gran patética de mi tiempo y quiero ayudar, en lo que me sea posible y aún bastante más, al hombre de estos días, tantas veces puesto en el filo de la navaja, no me dejo asustar por los profesionales de la angustia, y busco en la gran peripecia humana, tantas veces mágica aventura, tantas veces sueños espléndidos y mitos trágicos, la razón de continuar.

Álvaro Cunqueiro (1911-1981)

Y es que, detrás del creador de textos inolvidables como Merlín y familia, Crónicas del Sochantre o Las mocedades de Ulises, hay un funámbulo del lenguaje tan refinado como su ilustre paisano, Valle-Inclán. Mencionados estos dos nombres, es mi ocasión para proponer aquí una infundada tesis a la que he llegado por el único método investigador, de dudosa fiabilidad científica, de la lectura: a saber, que los gallegos son, entre los castellanohablantes, igual que los irlandeses entre los angloparlantes, los de mayor talento para sacar brillo al puro lenguaje que reluce detrás de las palabras. Debe de ser que el toque celta convierte a sus criaturas en poetas, a pesar de cómo maltratan a su bardo los rudos habitantes de la aldea de Astérix.

Clarice Lispector (CC)
Clarice Lispector (CC)

De la mano de Cunqueiro y Valle-Inclán nos asomamos a los novelistas-novelistas, esto es, los que no son poetas. He escogido a dos autoras en cuya disparidad encuentro una complementariedad perfecta. Natalia Ginzburg, judeo-italiana, cronista de la vida familiar durante la Segunda Guerra Mundial, es una autora eminentemente narrativa, y escribe con desacostumbrada claridad, como si nos contara cosas de abuelas en torno a la mesa camilla de la cocina. Clarice Lispector, brasileña de origen ucraniano y también judía, sofisticada, adscrita a los compases finales del modernismo brasileño, tiene una escritura oscura, que apenas cuenta nada, pero que hipnotiza a quien a ella se entrega. A pesar de lo cual, ambas suenan extrañamente inocentes, escribiendo —así, como quien no quiere la cosa— en una prosa que, sin ninguna pretensión poética, a mis oídos lo es, y más que mucha poesía:

No tenían en absoluto la pinta de dos que están a punto de casarse, dijo él. No tenían ningún aire jactancioso o triunfal. Parecían dos que hubieran tropezado por casualidad uno contra otra en un barco que se estaba hundiendo. Para ellos no había música de charanga, dijo él. Y eso era lo más bonito, porque cuando el destino se anunciaba con sonora música de charanga siempre había que ponerse un poco en guardia. La música de charanga por lo general no anunciaba más que cosas pequeñas y sin fuste, era una manera que tenía el destino que burlarse de la gente. Pero las cosas serias de la vida pillaban de sorpresa, brotaban de repente como el agua.

(Natalia Ginzburg, Nuestros ayeres, 1952).

Estoy engañándome, tengo que regresar. No veo locura en el deseo de morder estrellas, pero todavía existe la tierra. Porque la primera verdad está en la tierra y en el cuerpo. Si el brillo de las estrellas duele en mí, si es posible esta comunicación distante, es porque alguna cosa semejante a una estrella se estremece dentro de mí. Estoy de vuelta al cuerpo. Volver a mi cuerpo. Cuando me sorprendo en el fondo del espejo me asusto.

(Clarice Lispector, Cerca del corazón salvaje, 1944).

Y emprendemos el viaje de vuelta hacia los poetas-prosistas, esto es, los que indistintamente cultivan uno u otro género. La única autora viva de esta selección, Ana Blandiana, es una singular cronista fantástica de la dictadura de Ceaucescu en su Rumanía natal, un poco a la manera de Kundera en Checoslovaquia. Blandiana es una excelente poeta y, sin embargo, son sus relatos los que a mí, particularmente, me hacen volver una y otra vez sobre una frase, una imagen, una palabra, para desentrañar aquel elemento foráneo que —¡zas!— se ha colado en la lógica de un discurso que en el fondo no es tal:

Se preguntaba incluso, arrullándose a sí mismo, qué sueño iba a tener y, solo después, se hundía en él. Pero antes de esto, como cada noche, después de desabrocharse el último botón y de dejar caer toda la ropa, hizo su habitual gimnasia: sentado estratégicamente en aquella zona de la habitación más libre de muebles, estiraba al máximo, abría y cerraba sus alas anquilosadas por el desuso. Varias veces repitió concienzudamente este movimiento. Y, solo después, se durmió.

(Proyectos de pasado, 1982).

Ana Balndiana (CC)
Ana Blandiana (CC)

La prosa/poesía de Ana Blandiana es una especie de actualización de los bestiarios medievales: las criaturas fantásticas se pasean por sus páginas con la naturalidad propia de los cuentos de hadas o las pesadillas. Es quizá esta manera indirecta de decir la única apropiada para aquello que, como apuntaba Hofmannstahl, no se puede expresar.

El último de mis elegidos, compañero de generación de Ginzburg y el más destacado entre ellos, Cesare Pavese, constituye otro ejemplo de poeta-novelista. Más allá del tantas veces repetido verso «vendrá la muerte y tendrá tus ojos», de sus desalentadoras memorias El oficio de vivir y sus novelas y libros de relatos, Pavese escribió un texto extraño, imposible de adscribir a ningún género, cercano en su actualización del mundo clásico a los de Cunqueiro, llamado Diálogos con Leucó. Quien lo haya leído, convendrá conmigo en que es una verdadera cumbre de la poesía no escrita para ser poesía. Con él cerramos el círculo de la expresión del pensamiento poético que reclama en su ayuda la presencia de los objetos cotidianos. En palabras de Mnemósine a Hesíodo:

¿No te has preguntado por qué un instante, similar a tantos del pasado, deba de golpe hacerte feliz, feliz como un dios? Tú mirabas el olivo, el olivo en la senda que recorriste todos los días durante años, y llega un día en que el hastío te deja, y tú acaricias el viejo tronco con la vista, como si fuese un amigo recobrado y te dijera la palabra justa que tu corazón esperaba. Otras veces es la ojeada de un transeúnte cualquiera. Otras la lluvia que insiste hace días. O el grito estrepitoso de un pájaro. O una nube que jurarías haber visto ya. Por un instante el tiempo se para, y esa cosa trivial la sientes en el corazón cual si el antes y el después ya no existieran.

Cesare Pavese (1908-1950)

La conclusión de este diálogo es la exhortación de Mnemósine a Hesíodo: «Intenta decir a los mortales estas cosas que sabes». Todos los escritores aquí citados recogen el guante lanzado por la diosa, que va más allá de la voluntad de escribir. Se trata de escribir sobre lo que no se puede expresar, lo que no se anuncia con charanga, lo que imprime sus huellas —que siempre vienen del cielo— en el cuerpo y convierte a las palabras en cuencos, cuencos que reflejan el brillo de ese líquido extraño que han llegado a contener. «Buscar el secreto profundo de la vida es el grande, nobilísimo ocio», sería otra manera de decirlo, en palabras del juglar de Mondoñedo. Cualquiera que sea el procedimiento, las palabras a su servicio se convierten, lo quieran sus autores o no, en poesía.

Y para no acabar con la amargura del recuerdo de Pavese, poeta-suicida de alargada sombra, concluiré con el gesto verbal, siempre ascendente, de Cunqueiro, llevando en su compañía a otro ilustre corredor de relevos de la poesía: «El Gibelino y yo vamos, al borde de la tiniebla, creyendo que toda hora es alba». Que así sea.

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12 comentarios

  1. Flora Rodriguez Lopez

    Exelente articulo, felicidades

  2. Darío

    Me ha gustado tu artículo y me gusta la concepción poética que alienta bajo tus palabras. Y, aunque creo que ha sido involuntaria, me he sonreído al leer tu paráfrasis del famoso verso de Claudio Rodríguez («Siempre la claridad viene del cielo»). Un saludo.

    • Natalia

      Gracias, Claudio Rodríguez es uno de los poetas que más leo, así que no me extraña.
      Un saludo.

      • Darío

        De hecho, a su manera, creo que Rodríguez es un ejemplo perfecto de la poética a la que te refieres. Su poesía concentra una esencialidad verbalizada con una llaneza (que no simpleza) ejemplar dentro de la poesía (así, a secas, nada de nacional o de la lengua española), y bien harían nuestros programadores de la enseñanza en incluir su lectura en los planes de estudio. Claro que precisamente son programadores y no educadores, mucho menos lectores de poesía, así que hablar de estas cosas está de más. En todo caso comparto contigo la recurrente lectura de este gran poeta.

        Siguiendo con poetas-saturadores de copas, este poema de Gamoneda, con un contenido tan sencillo como, a mi juicio, acertado:

        Cantidades de tiempo
        sitúan cantidades
        de sonido. Escucho
        más allá de la muerte.

        La música se alza
        de un pozo de silencio;
        es labranza del aire
        en tímpanos de fuego

        y ha entrado en mí. Ahora es
        música mi pensamiento.

        PD: No conocía tu figura ni tu poesía, pero con este artículo ya lo he hecho. Seguiré con atención lo que escribas. Un saludo.

  3. Pingback: 14/11/13 – Poesía, lenguaje, pensamiento, poetas y no poetas | La revista digital de las Bibliotecas de Vila-real

  4. natalia carbajosa

    Eres profe, ¿verdad? Y a lo mejor también poeta. Hay ahí afuera -o ahí adentro- un mundo que compartimos.
    Saludos.

    • Darío

      ¿Lo dices por mí? De ser así, aunque halagado por leerlo de alguien que sí es ambas cosas, debo lamentar el error: a día de hoy, profesor y poeta son sólo deseos para mí, estudiante de filología. Y del montón, me temo. A no ser, claro, que leer y pasear convirtieran a Machado en poeta.

      En todo caso se agradece encontrar referentes en el panorama actual, pues toda sintonía poética supone un estímulo y un aporte de ánimos incomparable. La comunidad de lectores de poesía es reducida, pero con internet se puede mantener un poquito más comunicada. Desterrado, eso sí, todo elitismo: «ver lo que TODOS pueden ver, pero nadie ve», en deficiente cita de Valéry (las mayúsculas son mías). Un saludo.

  5. Marissa

    Siempre es un gusto saber que haya afuera sigue habiendo personas que son capaces de usar las palabras mas allá de la cotidianidad, persona que son capaces de transmitir mas que una expresión surgida de algún sentimiento, capaces de remontarnos a algún recuerdo a una sensación con este medio universal que son las palabras.
    Excelente articulo.

  6. Samuel Pedraza Hernández

    Me encantó, considero que lo más dificil para la mayoria de la gente es comprender como bien describes, que las palabras tienen peso, volumen, sonido; solo cuando comprendemos la fuerza infinita de las pabras nuestro pensamiento es capaz de abrir la puerta al mundo tan maravilloso de la poesia. Saludos.

  7. Guadalupe Jiménez Venegas

    Considero que todos llevamos un poeta dentro por el simple hecho de que todos tenemos experiencias dignas de plasmarse sobre el papel pero a veces no encontramos la manera de expresar nuestro sentir, utilizar el lenguaje es complicado, pero al leer a los poetas nos damos cuenta que muchos de ellos plasman sentimientos similares a los nuestros, seria conveniente que todos aprendiéramos a usar el lenguaje escrito para dar a conocer nuestras ideas, también creo que al escribir debemos tener presente que nuestro escrito debe ser claro para las personas que nos leen, pensar en el otro y revisar si el mensaje es claro.
    Muchas veces podemos pensar que escribir algo es difícil sin embargo considero que debemos atrevernos y al hacer esto nos iremos transformando lo único que necesitamos es comenzar y pesar que es posible hacer de lo cotidiano una fiesta de palabras.. todos podemos hacer poesía a través del lenguaje poesía de lo negro o lo blanco, pero para escribir debemos reflexionar y conseguir que nuestros escritos interesen al lector porque aunque suene extraño como lo dice el autor de este escrito algunas letras no nos dicen nada por su falta de contenido..
    Atrevámonos a escribir nuestra realidad, nuestro sentir y nuestro pensar ya que es una manera de expresarnos y sentirnos vivos

  8. Gracias por compartir los comentarios que realizas de cada escritor, envuelves la atención e invitas a la reflexiónampleando el conocimiento de los lectores e interesandose por dichas lecturas.

  9. Natalia Carbajosa

    Gracias a todos por vuestros comentarios. Esto es tan sencillo como una conversación entre amigos: «he leído esto, me encantó, quiero contároslo por si también os apetece leerlo». En cuanto a lo que apuntas, Guadalupe, yo creo que leer es otra manera de escribir, son dos orillas de un mismo río. Y reconocer en otros aquello que tú necesitabas expresar pero no sabías cómo, es la mayor dicha que puede haber.
    Salud.

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