El día que Pablo Martínez Arroyo llevó al Estudiantes a Estambul

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Quedan cinco minutos para acabar la primera parte y lo que se oye es el miedo. Unas quince mil personas muertas de miedo, con sus chilabas, sus pancartas, sus gargantas roncas desde antes de empezar el partido. Si han estado en una situación parecida, saben de lo que les hablo. Si no, les costará, porque el miedo no se ve nunca en televisión, siempre hay alguien gritando. En el campo, sin embargo, es fácil: lo sientes, lo ves, está por todos lados.

El miedo no suele tener que ver con la derrota, es otra cosa. Algo parecido a dejar de ganar, para ser más exactos. La diferencia entre que no te guste algo y te disguste. Aquella tarde, en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid, tanto nombre para algo tan desgastado, lo que hay es un miedo atroz a no vencer, a no celebrar, a la sensación de ridículo que deja disfrazarte para una fiesta y que se cancele a última hora, el sombrero empapado por la lluvia.

Lo que está en juego es el pase a la Final Four de Estambul, o al menos eso es lo que está en juego para el Maccabi. El Estudiantes directamente está ya jugando la final porque su objetivo nunca fue levantar la copa sino simplemente llegar a Turquía, poder decir: «lo conseguimos» y sonreír como estúpidos. Eso supone una tensión exagerada: un equipo juega los cuartos de final a su ritmo y el otro equipo está de los nervios echándose la responsabilidad de un título ficticio sobre los hombros.

Han sido quince minutos infames, de fallos en el tiro, ataques lentísimos, precipitación constante… El Maccabi, para sorprender, ha salido sin pivots y en vez de perder potencial interior lo que consigue es agilizar el juego cerca de canasta. El Estudiantes se pierde en el bloqueo y continuación, Orenga o Pinone turnándose para dejarle espacio a Azofra, que no consigue conectar nunca con Herreros ni Winslow, perfectamente defendidos por Jamchy, Daniel o Henefeld.

Si en el primer partido Estudiantes había anotado 97 puntos y en el segundo, 98, hoy lleva 23 en el último cuarto de la primera mitad. La proyección les lleva a los 50-55. Herreros está completamente desquiciado, Winslow solo aparece en el rebote y por primera vez en ocho años, Pinone empieza a parecer viejo. Solo Orenga aguanta, a su manera, tiros de tres-cuatro metros alrededor de la zona y defensa de anticipación. Lo único bueno de la situación es que el rival solo lleva tres puntos más, 26. Nos hemos acostumbrado a cosas así, pero por entonces, año 1992, aquello es realmente inusual.

La anterior vez que Estudiantes se ha jugado los cuartos en un partido de este tipo ha sido un par de semanas antes, en Granada, final de Copa del Rey contra el CAI que acaba con victoria por 61-56. Algo está cambiando. Maljkovic aún no entrena al Limoges, pero la nube negra se acerca. Pese al antecedente, los analistas coinciden: jugando a tan poca puntuación, el equipo más experto gana… y el equipo más experto es, con mucho, el Maccabi. Más que nada porque es la primera vez que Estudiantes juega la Copa de Europa en su historia. Más que nada porque cuando Miguel Ángel Martín, el entrenador, decide cambiar el ritmo no le queda más remedio que recurrir a dos chavales de veinte años: Juan Aísa y Pablo Martínez Arroyo

Recuerdos de una Copa del Rey improbable

La importancia de los dos jugadores ha ido creciendo a lo largo de la temporada. Aísa ha llegado del Real Madrid en verano, algo estancado por falta de minutos en el primer equipo, y Pablo Martínez Arroyo está en progresión desde que volviera de una lesión de tobillo que le ha tenido dos meses fuera de los terrenos de juego. Juan es impredecible, rápido, valiente… ha anotado el triple decisivo en los cuartos de final de la Copa del Rey contra el Madrid y la canasta en Milán que le daba la ventaja campo al Estudiantes en los play-offs.

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Pablo Martínez Arroyo también ha tenido sus momentos de gloria: penúltimo exponente de una saga mítica —tan mítica que todo el mundo le llama por los dos apellidos de su padre y no por sus dos apellidos propios: Martínez Martínez—, el pequeño base que apenas llega al metro ochenta decidió el partido de semifinales de la citada Copa del Rey y revolucionó el anterior partido, también contra el Maccabi, iniciando la ruta de una victoria fácil, la que nos ha llevado hasta aquí.

La estructura de los equipos de principios de los noventa hace que los titulares jueguen mucho y los suplentes tengan que ser muy precisos. Hacer lo que se les pide. En eso, Pablo es muy bueno. De él se espera que distribuya bien el balón, que piense, que ordene en la pista, que despiste al rival con esa apariencia física enclenque, de niño bueno que no quiere mancharse la ropa… y eso es exactamente lo que hace partido tras partido: manejar el ritmo, acelerarlo o ralentizarlo según corresponda, buscar el tiro de tres y forzar las jugadas con la temeridad de la juventud demostrando que todos los prejuicios son falsos y que si hay que mojarse, él es el que salta primero al charco. Sus rodillas darán fe de ello a lo largo de su carrera.

Con los dos en el campo, el Estudiantes pasa por un momento crítico, cuando Maccabi se adelanta 24-30 pero al descanso la ventaja es de solo dos puntos y algo habrá visto Martín, «El Cura», para que Pablo salga de titular en la segunda parte. Con 32-35 y el partido aún enfangado con triples puntuales de Jamchy y desaciertos constantes de Goodes, el extraño base rival, Martínez Arroyo hace una de sus jugadas típicas: amaga que va a pasar el bloqueo por un lado, se da la vuelta y suelta su zurda. Triple. Estudiantes empata mientras en el televisor Joan María Gavaldá más que comentar el partido lo rearbitra jugada a jugada.

Es un espejismo. Maccabi enseguida vuelve a ponerse por delante con cinco puntos de ventaja, Pablo abusa de las jugadas individuales porque el juego en equipo se ha hecho imposible, demasiadas camisetas agarradas, demasiadas muñecas que tiemblan… y a diez minutos del final, Azofra vuelve a salir, a intentar dar el último empujón.

El problema es que Azofra no está para jugar. Le duele el codo. Toda su recuperación ha tenido un punto milagroso, como la temporada de su club. Diez días antes apenas podía entrenar y veía los partidos vestido de calle. Cinco minutos en la final de Copa, cinco minutos históricos, propios del Cid, hicieron pensar que el chico había vuelto, pero no, sigue molesto, no consigue botar bien, no puede lanzar con comodidad. Está incómodo y frustrado y en la pista se nota. Goodes lo nota, el público lo nota y hasta el entrenador lo nota. Cuatro minutos después de haber salido a la cancha, vuelve al banquillo. En su lugar, de nuevo, Pablo Martínez

Los treinta segundos que cambiaron la eliminatoria

Ya solo quedan seis minutos y no hay silencio porque no hay miedo, solo adrenalina. Primero te paralizas y luego sales corriendo. Eso es lo que está haciendo la Demencia, lo que está haciendo el Palacio: huir hacia adelante, protestar todo, silbar cada ataque rival, desesperarse en cada ataque propio. El Estudiantes vuelve a empatar, esta vez a 45, luego a 47 con un «uno más uno» de Alberto Herreros, el ídolo local. Pinone hace la quinta falta y sale Pedro Rodríguez, el jugador con más años en el equipo, un hombre de poco más de dos metros capaz de robarle un rebote a cualquier torre.

¿Qué le queda al Estudiantes, a cuatro minutos del logro más importante de su historia, con su jugador más experto eliminado y el otro extranjero esperando un momento que no llega nunca? Le queda la locura, le quedan treinta segundos que consagran a un jugador en la memoria de toda una generación. Pablo bota el balón, pasándosela de la mano izquierda a la mano derecha como es habitual, buscando espacios que no existen, hasta que decide enfrentarse él solo contra el mundo y el mundo vuelve a ganar. Quedan diez segundos de posesión y el Estudiantes saca de banda. Ahí empieza el espectáculo: primero, tira el balón contra el pie de un rival para conseguir una posesión completa de treinta segundos, luego anota un triple de nuevo tras engañar en el bloqueo y en la siguiente defensa roba el balón y fuerza una falta que corta el contraataque.

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La palabra es «euforia». Ganar es la leche pero ganar con un chaval de la cantera de veinte años es sublime. Herreros y Goodes se pelean. Chicos de sangre caliente. En medio de toda la agitación, como si el partido no fuera con él, con esa distancia que le ha acompañado desde que tuviera que debutar como junior fuera de casa después de hacer las maletas y dejar en el último momento la concentración de la selección española sub-20, Pablo lanza dos tiros libres y los anota: 52-47. El Maccabi está KO. Tan aturdido que Mitchell falla sus lanzamientos y Alberto Herreros deja la diferencia en siete puntos a falta de 2,47.

En la grada una pancarta reza «Con la espada de Alá cortaremos la mano de Elías», los chavales del Ramiro se abrazan y olvidan los granos y los exámenes. El comentarista da el partido por acabado y el «Que nos vamos a Estambul, chim-pum» resuena por todo el pabellón, las escaleras cortadas por riadas de gente que no encuentra un sitio libre, todo el mundo de pie, incapaz de aguantar tanta tensión sentados, los vigilantes del Mosad atentos a cualquier exaltación mal entendida.

El Estudiantes tiene ganado el partido pero pocos saben que aún hay tiempo para que, anfitrión bien educado, lo regale.

El resbalón de Jamchy, el agosto de las agencias de viaje

Rickie Winslow falla. En el primer partido anotó un montón de triples pero esa no es su especialidad. Si en ese partido se está anunciando la decadencia de Pinone, de algún modo es también el inicio de la incomodidad de Winslow, la dificultad de pasar de anotador compulsivo y jugador decisivo, uno de los mejores americanos que jugaron en la ACB, a pieza de complemento a la sombra primero de Herreros y el año posterior de Danko Cvjeticanin.

No parece grave: siguen los siete puntos y quedan solo dos minutos… pero Vargas, el enorme y negrísimo Vargas, con esos ojos de Kurtz al otro lado de las tinieblas, anota y en la siguiente jugada, nada más sacar de fondo, Pablo Martínez se deja robar el balón por Goodes en una jugada muy confusa, tan confusa que ni siquiera sale en televisión, solo la voz de Gavaldá insistiendo en que el partido está acabado y que el Maccabi no tiene nada que hacer hasta que, de repente, la constancia del robo y el realizador que vuelve justo para que veamos cómo Goodes anota la bandeja y pone el 54-51 y vuelve el silencio porque vuelve el miedo, claro, la adrenalina ya gastada y enterrada bajo esa sensación de «no puede ser, no puede volver de nuevo la lluvia».

Herreros intenta la canasta pero le taponan. Winslow vuelve a tirar de tres y vuelve a fallar. Quedan cuarenta segundos y Mike Mitchell, el elegantísimo ala-pivot de treinta y cinco años, estrella de los Spurs en los primeros ochenta, dispone de dos tiros libres. Mete uno y falla el otro… pero el Maccabi consigue el rebote y cuando Vargas va a machacar, Orenga le tumba. El banquillo visitante pide la intencionada pero los árbitros FIBA no quieren líos en canchas calientes. Dos tiros libres sin más: de nuevo, acierto en el primero y fallo en el segundo.

El rebote va para Winslow, que se la da a Azofra, que recibe falta. De Pablo no se ha vuelto a saber y ahora ambos bases comparten la pista. Azofra y su dolor de codo. El codo que necesita flexionar para lanzar tiros libres. Se masca la tragedia. Estudiantes gana por solo un punto, 54-53 y quedan veintiún segundos y tres décimas. Son los tiempos en los que si fallas el primer tiro libre no tiras el segundo, así que del todo se puede pasar a la nada en un santiamén y no está la afición como para irse con los bolsillos vacíos.

El primer tiro libre va dentro, Azofra celebra como si fuera perfectamente consciente de que lo normal habría sido fallarlo. De hecho, el segundo solo toca aro. La ventaja es de dos puntos y para evitar el triple, Martínez Arroyo hace falta al temido Goodes. A Goodes no le duele el codo pero le puede la presión y calca la dinámica de sus compañeros y rivales: mete el primero, falla el segundo. El rebote lo toca Winslow pero se le escapa, Vargas va a por el balón, que bota en el suelo cuando Pedro Rodríguez se lanza desesperadamente a por él, llevándose a dos jugadores por delante consiguiendo tan solo que se vaya por la línea de fondo.

¿Quién saca? Los árbitros dudan, el palacio calla de nuevo. La moneda cae del lado del Maccabi.

Quedan seis segundos. «El Cura» se pone nervioso y pide un tiempo muerto, luego lo anula. Son momentos de caos y nadie ve nada, un montón de cuerpos tapando la visión de otros cuerpos. Saca el Maccabi, corta Jamchy, se despista Winslow, carga el pase Goodes… y en ese momento el alero que va a recibir solo para asesinar un sueño con un triple en parada a dos pies se resbala y se cae mientras el balón, como en las películas de high school, pasa por delante de sus ojos sin que pueda hacer nada y se acaba estrellando contra la publicidad.

   

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Cuenta la leyenda que lo que tumbó a Jamchy fue el sudor no secado de Pedro Rodríguez. Lo cuenta la leyenda y lo cuenta el propio Pedro Rodríguez, aunque en realidad donde cae Jamchy no es donde cayó Pedro sino donde cayó Goodes en la misma lucha por el rebote. Puede que el sudor le mojara la zapatilla y el resbalón llegara más tarde. Puede que apoyara mal. Da igual. Estudiantes saca y gana el partido, no hay tiempo para más. Han sido cuarenta minutos de agonía que se saldan con una visita masiva a agencias de viaje para reservar hotel en Estambul, lo que pase ahí, sinceramente, no importa.

Cuarenta minutos de los que, con el tiempo, hemos aprendido a recordar solo treinta segundos: el triple, el robo y los dos tiros libres que rompieron el partido. Aquel hombre improbable que decidió seguir la corriente, por no molestar —a él tampoco le gusta que le molesten— y aceptar los cuatro ases con que le puntuó al día siguiente el periódico.

Los mismos ases que hacían que Martínez Martínez se convirtiera definitivamente, ya de manera oficial, en Martínez Arroyo.

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7 comentarios

  1. Curioso, encontré un artículo sobre ese mismo partido, ese mismo resbalón, ese 1992. Para los que amamos el basket una joya y un recuerdo que seguirá para siempre en la memoria.
    Os dejo el artículo por si a alguno le interesa leerlo.

    http://www.elpisapapeles.com/deportes/estudiantes-maccabi-europa-orenga-pepu.php

    Saludos

  2. Carlos

    «Algo está cambiando. Maljkovic aún no entrena al Limoges, pero la nube negra se acerca.»
    Alguien podría explicarme esta frase? A qué se refiere?
    Gracias

    • The end

      A la moda de baloncesto ultradefensivo que estaba, a putno de llegar. Maljkovic gano la siguiente Copa de. Europa entrenando al Limoges y anotando menos de 60 puntos en la final.

  3. Pingback: Bitacoras.com

  4. Quiero decir y digo

    Que joya te has sacado Guillermo Ortiz. Texto Excelso y trepidante.

  5. jose lugo

    Fue Chus el partido lo gano Chus, grande Azofra.

  6. Aníbal Cereijo

    Leyendo este tipo de relatos me vuelven a entrar ganas de ver baloncesto.
    Gracias!

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