Solo ante el abismo de las diagonales

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Fotografía: Diego Rasskin Gutman.

Dentro del círculo sagrado hay conocimiento. Dentro, bien adentro, donde solo los que se han iniciado en el arte del saber inscriben sus nombres y muestran sus manos verdaderamente preparadas para la batalla, se encuentra el reino de lo verdadero. El círculo se convierte en tablero y los días y las noches y los paisajes de la guerra cambian su dimensionalidad y sus montes y sus cascadas y sus caminos y sus cañadas, se convierten en casillas blancas y casillas negras.

El círculo da paso al tablero y, con él, a las diagonales; pero el círculo aún se advierte: cuatro casillas centrales, rodeadas por un cinturón de doce casillas adyacentes. Dentro del círculo solo se puede actuar siguiendo las reglas; son las reglas del juego, las que determinan lo que podemos y no podemos hacer (en ningún caso nos dicen qué, cómo o por qué hacerlo; como en la vida misma). El primer paso lo dará la cuerda; desde el centro, siempre desde el centro, la cuerda se tensa y traza un círculo perfecto, dos diagonales perpendiculares cortan el punto del que emana todo, luego vendrá el cuadrado. Allí donde se cortan las diagonales nacerán cuatro casillas que comparten un vértice en ese mismo, preciso, centro. Quien posea el centro, tendrá ventaja en la lucha.

La creación del tablero. Imagen: Diego Rasskin Gutman.

Las reglas de ajedrez, como las de cualquier otro saber, nos dan seguridad, nos dan pie a seguir en terreno conocido; sabemos que el caballo salta tres casillas en forma de L y sabemos que, incidentalmente, si estaba en una casilla blanca irá a una negra y al revés. Ese conocimiento es bueno, es interesante, nos lleva a otros conocimientos: por ejemplo, el caballo puede llegar a todas las casillas del tablero; el alfil, en cambio, no. Un problema: hacer saltar el caballo por todas las casillas del tablero sin repetirlas, comenzando por la casilla a1; de niño me encantaba resolverlo, una y otra vez de maneras distintas. Pruébenlo, es parte de la aventura. El alfil, el pobre alfil, está condenado a caminar por las casillas de su color. Solo la mitad del tablero. Nunca podrá abordar a quien está en la diagonal de color contrario al suyo. A cambio, en la diagonal (acompañado de la lejanía), la percepción se entorpece y resulta más difícil reconocer el peligro: la acción de un alfil distante se encuentra más velada que la de una torre lejana, sobre una columna o sobre una fila. Pruébenlo también: coloquen un rey en la misma diagonal que un alfil y verán que es más difícil reconocer que está en jaque (si son de los que juegan partidas relámpago a un minuto —donde detenerse a pensar es un lujo— utilicen ese truco, incidan en el poder de la pieza distante sobre la diagonal). ¿Y por qué será tan elusiva la diagonal? ¿Por qué será que las direcciones cardinales se nos muestran más fácilmente? Piet Mondrian contra Vasily Kandinsky. ¿Cómo se enfrentarían ante el tablero de ajedrez? Lo vertical y lo horizontal, la cuadrícula que comprende que también está hecha de diagonales. ¿Será por eso que el maestro Richard Reti, uno de los padres del ajedrez hipermoderno las eligió para dominar el centro? La complejidad abruma al conocimiento.

Fig2. Mondrian_vs_Kandisky
Mondrian vs. Kandisky. Imágenes: DP.

Cierro los ojos, el tablero se desvanece; miro al cielo protector y me asomo a la luna. Desde ahí, sueño.

Es azul sobre negro. El blanco se reparte en espacios regulares, formando tramas que señalan vientos espectaculares, tormentas fabulosas, espejismos de cielo. Parece como colgada: ese azul que delimita la forma, sobre ese negro infinito de nada. La esfera se desvanece en la sombra anunciando la luz: el primer plano es confuso, parece un mar o un desierto o las dos cosas a la vez, pero su color grisáceo desmiente a la vista y pervierte la percepción, como el alfil en la lejanía. ¿Dónde está el obturador? ¿Desde qué perspectiva se adentra la cámara para mostrar lo que nunca antes se había observado? La visión es un collage de emociones sobre ese fondo de vacío. Ver la Tierra desde la Luna en una toma de hace más de cuarenta años es algo maravilloso. Un triunfo de la voluntad humana por expandir las fronteras del conocimiento. Un regalo, ante tanto sufrimiento, ante tantos problemas cotidianos, una señal de que no todo está perdido. Si quisiéramos erradicar las hambrunas, podríamos; si quisiéramos erradicar el analfabetismo, sin duda podríamos; si quisiéramos que nuestro planeta se salvara del calentamiento global, entre todos podríamos trabajar para ello. La historia de las civilizaciones y de las culturas en el mundo es un tour de force entre la voluntad de hacer el bien para toda la comunidad y otras voluntades que insisten en ejercer algún poder sobre los demás y que nos abocan a las guerras y a las desigualdades. Todo ello aún persiste. Evitar las desgracias parece desgraciadamente inevitable. Todo ocurre en silencio visto desde la luna. Sobre un fondo negro. El círculo.

La Tierra vista desde Apolo XI. Fotografía: NASA / Bill Anders (DP).

En el ajedrez todo fluye de manera más apacible, pero a veces las desgracias vienen unas detrás de otras y, en el desconocimiento, no sabemos por dónde. La contienda entre dos voluntades se perfila como un diálogo entre mentes que quieren llevar a cabo un plan maestro (ganar) e intentan demostrar con una serie de jugadas cómo hacerlo (mientras contrarrestan la voluntad del oponente). Cada partida de ajedrez es una historia abreviada de las luchas entre civilizaciones. Civilización de piezas blancas contra civilización de piezas negras. Lucha de contrarios, yin contra yang. En nuestra historia reciente, atenienses contra espartanos, romanos contra bárbaros, franceses contra ingleses, alemanes contra el mundo, nacionales contra republicanos; los ejemplos abundan, las oportunidades para hacer la guerra en vez de erradicar las desgracias nunca han sido desaprovechadas. Todo fluye en perspectiva, como evitando agarrar las cosas de frente. La diagonal.

El ejército blanco enfrenta al ejército negro; ocho piezas en la fila uno resguardadas por ocho peones en la fila dos. Cuatro filas vacías y, más allá, el ejército contrario: una posición interesante. Dos mentes se aferran a lo único que tienen, conocimiento. No solo saben mover la piezas, tienen planes a medio y largo plazo, juegan con la piscología del oponente, arriesgan, meditan, trazan estrategias y vierten jugadas con zarpazos tácticos que desmoronan la defensa contraria. Las mentes se preparan, el reloj comienza a andar. Tic-tac, tic-tac. El rey lanza sus peones hacia adelante. «Solo ante el abismo», en palabras del Gran Maestro Miguel Illescas, solo, sin ayuda de nadie, el peón de rey avanza dos casillas y se posiciona en el centro mismo del tablero. Mira a su alrededor y no hay nadie. Mira hacia adelante y ve al enemigo fortificado, elocuentemente silencioso y preparado para atacar. 1…, e5. Ahora el peón blanco es detenido por el peón negro, se delimita el espacio, se cuenta el tiempo. Poco a poco las piezas irán maniobrando para conquistar metas en búsqueda de la conquista final, la muerte del rey contrario. Poco a poco, las piezas se irán matando unas a otras y el tablero rebosante de piezas llegará a un vacío que refleja la barbarie de lo que ha sucedido: casi todos los peones han muerto; las damas ya no están, no quedan caballos, solo un alfil y una torre en cada bando. Los reyes salen de sus posiciones seguras detrás del enroque y enfilan hacia el centro (donde empezó todo). Desde ahí dominarán el paisaje y controlarán la lucha para intentar dominar al contrario. Filas y columnas contra diagonales, Mark Rothko contra Kazimir Malévich.

Rothko vs. Malevich. Imágenes: DP.

Cierro los ojos. El tablero se desvanece. Las diagonales se cruzan en el centro, como meridianos en los polos, como los huesos de una bandera pirata que cruza el mar Báltico hacia Riga, en busca de Mihail Tal, el niño, de quien dicen jugará como el diablo, como un mago. Pitágoras se desespera; la diagonal del cuadrado es imposible, raíz cuadrada de dos, ¡maldita sea! Las piezas responden al conocimiento; solo las ideas importan, aquello que nos empuja a saber, aquello que nos empuja a conocer, aquello que empuja a las piezas hacia el abismo.

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8 comentarios

  1. Una pieza maestra, una de las joyas de la corona de este blog de joyas. Enhorabuena, maestro.

  2. Martín Lobo

    Qué gusto leer este artículo. Gracias, Diego.

  3. Susana

    El eterno misterio de las preguntas sin respuesta concentrado en un tablero de ajedrez y surgido de una semblanza magistralmente escrita. Felicitaciones Diego!!!!

  4. Pingback: Bitacoras.com

  5. Gracias Susana, seguiremos preguntando…!

  6. Tatlez

    Muy buen texto. Los artículos de ajedrez de Jot Down, escriba quien escriba (en este caso Diego), son excelentes.

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