
Quizá para celebrar esta fecha tan redonda, Aurora Bernárdez y el resto de herederos/editores de Julio Cortázar nos han vuelto a sorprender con un nuevo libro del escritor al que recordamos especialmente este año 2014, cuando se cumplen cien de su nacimiento. Si hace poco hemos asistido a la publicación de las cartas, las clases de literatura de Berkeley y del excelente diccionario de Cortázar, todos ellos editados con precisión y con mimo por Bernárdez y Carles Álvarez Garriga, todos ellos facetas nuevas, hoy nos encontramos con esta nueva novela que hay que situar, cronológicamente, tras Los Premios (1960) y Rayuela (1963), y antes de 62 Modelo para armar (1968); es decir, por los años de Todos los fuegos el fuego (1966), el libro de cuentos en el que figuran, recuérdese, La autopista del sur y La isla a mediodía, entre otros. Y sí, por si alguien lo duda, ahí también está Cortázar en carne y hueso, reconocible de la primera a la última línea, de la forma al fondo, desde el título hasta la palabra fin incluso en el hecho de que se trata de añadir una nueva cara al poliedro.
Antes de ver de qué va esta novela, será bueno saber qué la ha mantenido escondida durante casi cincuenta años, desde que fue escrita hasta que, finalmente ha visto la luz. Es decir, desde sus comienzos en Saignon hasta ese galpón en Andrín, una pedanía de Llanes en el oriente asturiano, pasando por Cee, Luarca y Nueva.
Entonces, parece, en aquellos días de Cuba y de Saignon —su retiro en el campo, en la Provenza, cerca de la Costa Azul—, de Casa de las Américas y de encerrarse a escribir o salir a descubrir el nuevo mundo que estaba forjándose, Cortázar también viajó por España. Las fotos que, en la entrada «Galicia», han sido incluidas en el diccionario recién editado, muestran a un joven Cortázar con el Atlántico al fondo, el Atlántico de este lado, y la casa en la que pasó unos días con Aurora Bernárdez en el verano de 1966. Sus amigos García Márquez y, sobre todo, mucho más íntimo, mucho más próximo, Mario Vargas Llosa, vivían entonces en Barcelona. Aún antes, en 1956 y 1957, había estado en las cercanías de Vigo e incluso se había bañado y «medido con Poseidón. Resultado: arena en un ojo, y 75 pesetas de oculista. ¡Oh, el deporte!».[1]
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Maravillosa historia, parace casi una novela en sí misma. No alcanzo a imaginar lo que un cortazariano puede llegar a sentir en el momento de saber que tiene entre manos un original del crononopio mayor no leido antes por nadie.
Solo dos cosas, no existe tal provincia de La Coruña, es A Coruña. Y roble en gallego, es carballo, no carballón. No sé si en bable se dirá así, quizás de ahí venga el error.
«Carbayón» es el nombre de un antiguo roble que había en el centro de Oviedo, en bable roble es «carbayu». A los de Oviedo se nos conoce como «carbayones»
Ahá! Pues de ahí viene la confusión del autor.
A Coruña es el topónimo en gallego. La Coruña es correcto en español.
Querido amigo, solo existe un topónimo oficial, A Coruña. Si tú en tu vida privada quieres utilizar un sintagma erróneo, cosa tuya. Como si quieres escribir uebos en la lista de la compra. Pero en un artículo periodístico creo que estaremos de acuerdo en que uebos no sería adecuado.
http://www.boe.es/boe/dias/1998/03/04/pdfs/A07392-07392.pdf
Querido A.J., del mismo modo que en castellano escribimos Nueva York en lugar de New York, Londres en lugar de London y Moscú en lugar de Mockba, escribimos La Coruña en lugar de A Coruña. Es así de sencillo, y parece mentira que a estas alturas todavía quede gente que necesite de estas cosas para subirse la moral (o para lo que sea que necesites tú esto).
¿Para subirse la moral? ¿De qué demonios me estás hablando? ¿Has leído el texto de la ley orgánica que regula este asunto? Supongo que no, porque sino no habrías argumentado esa simpleza.
Lo que es deprimente es que haya gente incapaz de asumir algo que hasta el Gobierno de Aznar asumió. Pero vamos, no era mi intención enturbiar los comentarios de esta maravillosa historia con una polémica que no viene al caso. Solo señalaba al autor un error.
En fin, Oh, España, qué seca y qué vieja te veo.
Preciosa historia de ciencia ficción. Provoca de todo: miedo, ilusión, intriga, alegría, deseo…
Felicidades. Una sonrisa.