El último hombre sano: breve historia del DSM

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Fotografía: BitterScripts (CC)
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Uno de los medios de los que se ha dotado la psicología para tratar de acercarse a la metodología de otras disciplinas como la medicina, es el famoso Manual de Trastornos Mentales (DSM) elaborado en los Estados Unidos, que contiene la definición de todos esos problemas de salud mental que tanto nos gusta usar, como el TDAH, el TOC y un largo etcétera. A simple vista una robusta herramienta para clasificar y estudiar clínicamente los trastornos y sus tratamientos. Pero, ¿es esta Biblia Psiquiátrica realmente un elemento confiable? Para entrar en esta cuestión creo que es interesante conocer de dónde viene, porque como su homólogo teológico, sus oscuros orígenes parecieran inspirados por algo etéreo cuando no es en absoluto así.

En 1972, la salud mental en Estados Unidos llevaba ya décadas en manos de la influyente APA —American Psychiatric Association— que gestionaba los hospitales mentales. El modelo bajo el que se determinaba la salud psicológica de las personas era de orientación psicoanalítica, pues era en el que se habían formado la mayoría de los psiquiatras. Lo cual no deja de ser algo paradójico si tenemos en cuenta la alergia de este modelo hacia las clasificaciones, por otra parte.

David Rosenhan, que era psicólogo y estaba por tanto al margen de la institución psiquiátrica, tenía importantes dudas con respecto a la fiabilidad de los diagnósticos que se realizaban en dichos centros. De hecho, intuía que el contexto del examinador —y por tanto, también la cultura predominante— determinaba el juicio clínico, que era asistemático y poco científico. Así que diseñó un curioso experimento para comprobarlo: instruyó a ocho personas entre amigos y conocidos de diversa formación —desde amas de casa a psicólogos, pasando por pediatras o pintores— para que acudieran a hospitales mentales a pedir el ingreso refiriendo un único síntoma: oír una voz que les decía «¡plaf!», otras fuentes dicen que «¡zas!» o incluso «¡thud!», los estudiosos no se ponen de acuerdo. Nada más. La segunda parte, una vez dentro, implicaba comportarse normalmente, tomar notas de todo lo que vieran y avisar de que las voces habían desaparecido.

Siete de los voluntarios fueron diagnosticados de esquizofrenia, y el restante de un cuadro maníaco-depresivo: todos fueron ingresados. A pesar de aplicar la consigna, tardaron entre siete y cincuenta y dos días —el propio Rosenhan— en ser dados de alta con la etiqueta de «esquizofrenia en remisión». Algunas de las observaciones más curiosas incluyen el hecho de que fueran en muchas ocasiones los propios internos los que sí se dieran cuenta de que los infiltrados no eran enfermos mentales, treinta y ocho pacientes reales los detectaron, mientras que nadie del personal supo verlo.

Las conclusiones del experimento fueron finalmente publicadas en la prestigiosa Science «On being sane in insane places» en 1973 y crearon el revuelo que se pueden imaginar. En un intento de contrarrestar los efectos del hoy mítico estudio, uno de los hospitales retó a Rosenhan a repetir el experimento enviándoles pseudopacientes durante tres meses, reto que este aceptó. Al finalizar el plazo, el hospital refirió haber detectado cuarenta y un casos de falsos intentos de ingreso, a lo que Rosenhan respondió afirmando que no había mandado a nadie. Hoy en día se diría que Rosenhan «trolleó» al estamento psiquiátrico.

Fotografía: BitterScripts (CC)
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La «oposición» al método analítico, formada por psicólogos conductuales y algunos psiquiatras de formación fenomenológica, no dejó pasar la oportunidad. Con todo el edificio de la psiquiatría estadounidense tambaleándose después de semejante epic fail apareció en escena un curioso personaje, el psiquiatra Robert Spitzer, a pescar en el río revuelto. Este profesor de Columbia era un irreductible enemigo de la psicodinámica de inspiración freudiana, así que aprovechó el escándalo para propinarle el golpe de gracia a la titubeante disciplina y asaltar su castillo, lo que no le impidió criticar con saña la metodología de Rosenhan, una vela a Dios y otra al Diablo.

¿Cómo lo hizo? Pues se valió de una herramienta insignificante, el menguado DSM-II. Por entonces, un intrascendente breviario clínico de tan solo ciento trentaicuatro páginas empleado en algunos hospitales como orientación y que sin ir más lejos, identificaba la homosexualidad como un trastorno mental. Precisamente a raíz de esta controversia, Spitzer aprovechó para colocarse del lado de los activistas gais, cogió impulso y se postuló para el puesto vacante de redactor del DSM-III, que obtuvo al ser el único candidato.

Desde aquí puso en marcha su plan de eliminar el juicio humano de la psiquiatría. Se trataba de redactar un manual clínico basado en conductas observables desde la fenomenología —vamos, la observación de síntomas, pensamientos y emociones asociados con la psicopatología—, una herramienta que pudiera ser universalmente utilizada y que eliminara los diagnósticos subjetivos. Incluso usted, querido lector, podría utilizarlo en su casa. De hecho, puede hacerlo. Eso sí, cuando se encuentre veinte trastornos en una tarde tonta luego no se asuste demasiado, es lo habitual.

El nuevo DSM prescindía de describir las causas de cada cuadro clínico, al considerar que era el motivo de tanto fallo diagnóstico. ¿Cómo se agruparon los síntomas para identificar cada trastorno? Tal como explica el propio Spitzer a Jon Ronson, juntando decenas de psiquiatras —de similar línea teórica— en una sala y proponiéndolos a grito pelado mientras se pasaban las sugerencias a máquina a duras penas; quien más insistía y más alto hablaba era el que se imponía. El único trastorno que no se admitió fue el «Síndrome del Niño Atípico», caracterizado por «síntomas indefinibles pero atípicos». No, no parece tampoco excesivamente científico, ¿verdad?

Imagen: Reeve041476 (CC)
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Por si se lo estaban preguntando, también eliminó la homosexualidad como trastorno, lo que le valió un demoledor comentario de Paul Watzlawick, padre del constructivismo: «Eso ha constituido el mayor éxito jamás alcanzado, pues millones de personas se curaron de golpe de su enfermedad». Después de tanta gloria, en 2001 Spitzer trató de introducir su revolucionario método para el cambio de orientación sexual —de homo a hetero, por supuesto— sin mucho éxito salvo en círculos ultramontanos del Bible Belt, entre los cuales es una «autoridad» en la materia. Lo cual parece dar la razón a Rosenhan sobre los factores sociales y culturales como determinantes para decidir lo que es o no enfermedad mental; si aún no acaban de creerlo siempre pueden acudir a las investigaciones —ejem— realizadas en los cuarenta por el militar y psiquiatra español Vallejo-Nájera para encontrar la cura del marxismo.

El DSM-III, con cuatrocientas noventa y cuatro páginas y doscientos sesenta y cinco trastornos, se convirtió en un éxito, supuso una revolución en la psiquiatría americana y mundial y se institucionalizó como herramienta diagnóstica rápidamente. Pero… ¿consiguió sus objetivos de imparcialidad y eficacia? ¿Ha contribuido realmente a mejorar la práctica clínica? Pues podría decirse que algunos beneficios tuvo, pero a costa de unos efectos indeseados realmente preocupantes. Es indiscutible que dotó de un lenguaje común a los profesionales de la salud mental independientemente de su formación, lo que contribuyó a unificar e institucionalizar conocimientos, pero también que convirtió el medio en un fin por sí mismo: hoy en día pareciera que el principal objetivo de la carrera de Psicología está orientado a realizar diagnósticos como si fueran sudokus y poco más.

Al dar un manual estandarizado paradójicamente se perdió la tradición fenomenológica —para qué ir más allá de los criterios ya indicados, que además son unos mínimos— y con ello la riqueza particular de cada caso. Las personas con problemas psicológicos pasaron a ser uniformizadas y etiquetadas con los riesgos que eso conlleva. Es un dilema habitual en psicoterapia, si es útil o no un diagnóstico DSM más allá de hospitales y administraciones varias; a algunos les puede tranquilizar saber que su problema no es algo rarísimo sino que sale en los libros de texto. Pero a la mayor parte una etiqueta DSM les asusta, les hace creer que son enfermos mentales y sobre todo les da una herramienta para resistirse al cambio, profundizando en su problema: «hago, pienso y me siento así porque soy obsesivo» y «como soy obsesivo, hago estas cosas». De esta trampa circular tautológica es complicado salir. Quitarse la etiqueta cuesta mucho trabajo y tiempo de terapia.

Es más, la pretendida objetividad del manual no es tal. Cojan un criterio cualquiera y traten de determinar cuándo se traspasa el umbral; según dónde pongamos el listón, y eso depende del observador. Se evidencia claramente en los del Eje II —personalidad, los que corresponderían a «rasgos» estables más que a estados transitorios recogidos en el Eje I—, en los que el límite de lo patológico es una frontera difusa. Algunos trastornos se superponen y es difícil diferenciarlos, otros muchos pueden presentarse a la vez —comorbilidad—, existe una buena cantidad de trastornos tipo «ninguno-de-los-anteriores» para cuadros no insertables en ninguna categoría. No es extraño encontrar diagnósticos erróneos y eso que aún no hemos hablado de la discutida decisión de eliminar las causas.

Si bien parece facilitar la labor diagnóstica, esto implica eliminar una variable muy importante: una persona puede ser perfectamente diagnosticada de depresión sin atender a situaciones personales que explicarían coherentemente ese estado de tristeza, no siendo por tanto patológico sino adaptativo. No se puede ignorar el contexto de cada persona, aunque esto pase por aceptar un grado de subjetividad. Por otro lado, ni siquiera la neuropsicología con todos sus avances ha logrado identificar ni una sola causa indiscutible de cualquier trastorno, esquizofrenia incluida, aunque sea una imagen tentadora concebir el cerebro humano como una computadora, esto es incorrecto. El cerebro es plástico, por lo que estaríamos ante un ordenador cuyo «hardware» puede cambiar en función del «software» que usemos; en estas condiciones, es imposible determinar si es la función o el soporte el que determina el comportamiento humano. Ningún DSM ha podido incluir ninguna evidencia biológica como criterio diagnóstico.

Por no hablar de que el espíritu de Rosenhan seguía bien vivo. estamos ante un manual estadounidense hecho por estadounidenses sobre población estadounidense. Puede resultar bastante azaroso el intentar diagnosticar con él, qué sé yo, en Bangladesh o Zambia, etiquetando como trastorno mental usos culturales bien asentados. Y ahora piensen en emigrantes de culturas distintas. En definitiva, no es que el manual no sirva para nada, pero parece claro que tiene graves limitaciones a la hora de cumplir la función para la que fue concebido.

Por último, también había muchos intereses económicos detrás, concretamente de la industria farmacéutica. La redacción de la cuarta versión del texto es un buen ejemplo; treinta y dos nuevos trastornos fueron añadidos en un plis. Uno de los más críticos con ella es precisamente su responsable, Allen Frances, lamentando la tremenda explosión de casos de TDAH, autismo o trastorno bipolar infantil a raíz de su publicación. Que ha conllevado un no menos explosivo aumento de la medicación farmacológica y los balances contables de algunas empresas del sector.

Imagen: Reeve041476 (CC)
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Para acabar de arreglarlo, rodeada de secretismo llega la quinta edición recién salida del horno y la polémica se ha disparado cual prima de riesgo griega. La idea subyacente en el DSM-V es en teoría extender el rango de los trastornos a lo que se conoce como cuadros subclínicos —es decir, los que no llegan a cumplir los criterios para ser trastorno por poco— y evitar diagnosticar de menos. Pero claro, a costa de aumentar exponencialmente los falsos positivos. Así que una buena parte de la población va a verse de golpe y porrazo etiquetada con algún síndrome sacado de la chistera: los adultos inquietos —el TDAH se amplía a los mayores—, los niños rebeldes y sus pataletas, las comilonas de fin de semana, el duelo independientemente del motivo, las personas que presenten cualquier tipo de afición desmesurada que pueda ser calificada de adicción, sin ir más lejos.

No es sorprendente que esta extensión artificial de los problemas de salud mental haya terminado por hartar a los profesionales de la psiquiatría y la psicología, que se han declarado en abierta rebeldía ante esta indiscriminada ampliación de la psicopatología, paso previo a su medicalización, que sanciona algunos comportamientos ya no como delito, confrontación o disidencia, sino como enfermedad mental. La tentación de ver la sombra de un «Gran Hermano» proveedor de soma es grande. Algunas de las críticas son de gran calado; la Asociación Británica de Psiquiatría llega a considerar los defectuosos diagnósticos del DSM como la causa de años de estudios con resultados contradictorios y por tanto de escaso valor. Y no carece de fundamento: leer un experimento con una población de n=20 sujetos con un trastorno límite de personalidad es para echarse a temblar. No solo es uno de los trastornos más difíciles de diagnosticar, sino que no hay dos personas en las que se manifieste de la misma manera. En estas condiciones las conclusiones se han de coger con pinzas en el mejor de los casos.

El DSM se ha convertido en un instrumento orientado a poder incluir a cualquiera en el cada vez más extenso colectivo de «enfermos mentales»; como el «Anillo Único», parece destinado a someternos a todos a golpe de fármacos. No deja de ser una sarcástica metáfora de una sociedad donde lo normal parece ser tener problemas de salud mental. Sin embargo, el futuro de las «sagradas escrituras» se presenta incierto y por ello, apasionante. ¿Estaremos en el punto de partida de algo nuevo o se impondrá la cura por «pastilla mágica»? ¿Se refundará la psiquiatría? ¿Sobre qué bases? Se avecinan tiempos interesantes.

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34 comentarios

  1. Me Ha encantado el artículo, muchas gracias.

  2. Buen artículo, coincido 100%. Estaría bien comentar la clasificacion del CIE, casi tan polémica como el DSM.

  3. Cecilia

    Interesante reflexión y curioso anecdotario (desconocía los estudios de Vallejo-Nájera sobre el «trastorno marxista», o_O).

    Muchos psicólogos utilizamos el DSM solo como referencia teórica, y para tener ese lenguaje común que se describe. También porque gracias a este tipo de clasificaciones se pueden crear programas de intervención más exhaustivos enfocados a problemáticas concretas. Pero lo importante es saber evaluar la individualidad de cada problema y de cada persona. Y por supuesto, adaptar la intervención a esas particularidades. Aunque haya algunas reglas básicas que gracias a las clasificaciones sabemos que hay que seguir, sería un error restringirnos a eso.
    Considero que lo adecuado es trabajar con problemas concretos desde un buen análisis funcional. No hay dos personas idénticas, pero tampoco hay dos problemas iguales aunque en un libro se les llame de la misma forma.

  4. totalmente de acuerdo. De una lucidez pasmosa. Existen modelos psicologicos q ponen en cuestion el diagnostico y no lo utilizan.
    como en otras ciencias, es una herramienta pensada por y para las/os profesionales, no para las/os clientes. (Y que sirven a intereses economicos claros)
    gracias por compartirlo.

    • mariana balma

      Una ciencia la psicología o la psiquiatría? Por favor…
      Será la ciencia del etiquetado que no te la quitas en el resto de tu vida. Me explico ante cualquier enfermedad común el médico de turno lo primero que verá será tu transtorno DSM y eso le influirá en su puto diagnóstico. Vamos lo menos parecido a la objetividad.

  5. Buen artículo, aunque me hubiese gustado haber leído algo sobre el movimiento antipsiquiátrico en general (Szasz, Laing, etcétera). De todas formas, muchas gracias por compartir este conocimiento, siempre me ha impactado el experimento de Rosenham, es abrumador y las consecuencias son gigantes.

    • José Israel Figueroa Angulo

      Uno de los autores que mencionas del movimiento antipsiquiátrico, Thomas Szasz, fundó la Comisión de Ciudadanos en Derechos Humanos junto con la Iglesia de la Cienciología.

      Esta Comisión es el principal portavoz de la agenda anti-psiquiátrica de la Iglesia de la Cienciología, donde equiparan a la psiquiatría con el Holocausto Judío y los campos de concentración nazis. Y su objetivo final es invitar a la gente a que abandone los tratamientos psiquiátricos para curarse usando la Dianética, y, de paso, unirse a la Iglesia de la Cienciología.

      Hablando de saltar de la sartén al fuego.

  6. Soy psicologa. Un articulo interesante y enriquecedor .me declaro en rebeldia CONTRA la exigencia creciente de etiquetar y convertir en patologias comportamientos que tienen su origen en sistemas familiares o pautas sociales .Etiquetas q congelan las perpectivas de cambio y plasticidad del comportamiento .El dsm es una herramienta muy limitada en la profunda y eficiente practica clinica seria .

  7. Mikolapi

    El mero aumento de falsos positivos que se van a llevar acabo por el manejo de los límites y la bara de medir, con la escusa de acercarse a escalas clínicas secundarias desacredita las máximas del manual en su aspecto más ‘humano’. Sentido común para todos ante este tema y juicio crítico.

  8. Miguel

    Creo que es necesario comentar que en un estudio realizado para corroborar la dudable integridad del DSM-V se descubrió que un gran número de psiquiatras responsables de la redacción y elección de los trastornos se encontraban afiliados a grandes farmacéuticas, las cuales ya contaban con medicamentos en estado de prueba para los futuros nuevos trastornos. Y también es necesario hacer mención a que el DSM nace en necesidad de material para respaldar al trastorno en un juicio. Ya por ultimo me gustaría desmentir el hecho de que el DSM hace mención de la homosexualidad como trastorno, ya que hace mención pero de la homosexualidad egodistónica.

    • Lo aclaro; en el DSM-II la homosexualidad aparecía como trastorno mental – desviación sexual – . En el DSM-III se elimina y se deja un trastorno de orientación sexual egodistónica, es decir, referido a quienes tienen problemas con su identidad sexual. El método de Spitzer se basaba en esta construcción suya, pero se limitaba, cosas curiosas de la vida, a tratar homosexuales para pasar a la heterosexualidad.

  9. Phillip Vandamm

    Viene a ser lo que he dicho yo toda la vida: Un psiquiatra o un psicólogo son, en relación con sus «pacientes», ciegos guíando a otro ciego. Aunque debe de ser que hay ciegos más «espabilados» que otros.

    • Aquí no puedo estar de acuerdo, me parece una simplificación injusta. Un psiquiatra es un médico – y de hecho, el principal movimiento de resistencia al DSM-V viene desde la psiquiatría -, y un psicólogo es un profesional de la salud mental formado para hacerse cargo de otras personas. Como en todas partes, hay profesionales mejores que otros, lo que sí me parece que habría que empezar a asumir (y dotarse de herramientas para manejar) es el inevitable grado de subjetividad que comporta tratar a una persona única e irrepetible.

  10. Marcos

    Una duda: todos los trastornos de nuevo cuño del DSM-V se tratan con farmacoterapia?

    • Del Eje-I diría que todos, o prácticamente todos, se tratan con farmacoterapia. Los trastornos de personalidad, del Eje II, no tienen por qué, aunque muchos se presentan junto a alguno del Eje I diagnosticado, así que es bastante probable que estén tomando fármacos. En España incluso un médico de cabecera de tu centro primario de salud te puede recetar un antidepresivo leve, por ejemplo, sin diagnóstico ni examen psiquiátrico.

  11. El DSM es una herramienta más que nos permite ampliar las miras para realizar nuestro trabajo lo mejor posible.
    Cada profesional es responsable de utilizarlo de una forma u otra y como en todas las disciplinas, si tu trabajo lo minimizas a la información que aporta una única herramienta, bastante irresponsable serías como psiquiatra o psicólogo.
    Remontarnos al primer DSM para intentar quitarle el valor que se merece es tan poco fiable como decir que al considerar Freud que las mujeres eran seres incompletos, el psicoanálisis no tiene razón de ser.
    Por favor, tengan cuidado con criminalizar herramientas que en ocasiones y sobretodo cuando de lo que se habla es de enfermedad mental grave, sirven para salvar vidas y mejorar la calidad de vida de los enfermos.

    • No se trata del primer DSM, la polémica ha llegado definitivamente con la última edición. El DSM es una herramienta bastante mejorable, por decirlo de alguna manera. Es más, se utiliza a veces bastante a la ligera. Tiene razón en que no puede fiar uno su labor a una sola herramienta, pero cuando se sale de la facultad, generalmente sólo se conoce esta. Un diagnóstico de TDAH o de Trastorno Negativista Desafiante en un niño le puede condicionar su desarrollo posterior. Pregunte a maestros y profesores a ver qué porcentaje de sus alumnos hoy en día están diagnosticados y medicados, que seguro que llega al 10%. Aparte de los intereses económicos que desvirtúan la eficacia profesional del DSM. Creo que más que una criminalización es una crítica, y por tanto, destinada a reflexionar y mejorar.

  12. Muy buen artículo. Lo he leído, esperando ver, como siempre, cualquier burrada de apoyo a quien se acoge al DSM para diagnosticar TDAH a niños inocentes respecto a la locura de los adultos.
    Es increíble el apoyo que se le da a este diagnóstico, en prensa y TV. Han conseguido que cualquiera, con estudios o sin ellos, diga que un niño es hiperactivo, y ahí se ha quedado el pequeño con la etiqueta.
    ¿Y el daño que están haciendo profesores y psicólogos de escuela? El psicólogo de turno, que con un test de 6 preguntas al tutor y a uno de los padres (no hace falta que sean los dos), diagnostíca TDAH con Déficit de Atención y recomienda medicación. Y el tutor/a que dice que tiene Déficit de Atención Severa, ¿por qué? Porque se distrae.

    • Alejandro

      Totalmente Mar. Los criterios DSM para el TDAH son irrisorios, de hecho cualquier niño podría cumplir perfectamente 3 o 4 criterios de los 6 necesarios; mientras que un niño ‘travieso’ entraría por el filtro de TDAH sin mucho esfuerzo. Es cierto que muchos profesionales no se guían por sistemas clasificatorios para diagnosticarlo y ponen el criterio mucho más alto; pero no se puede obviar el problema que supone que una de las referencias en diagnóstico mental suponga una entrada a la medicación y patologización tan sencilla.

  13. Gracias por el artículo, soy familiar de una persona diagnosticada con enfermedad mental y me ha parecido muy interesante. No dudo de la profesionalidad de los psiquiatras pero si de las condiciones de trabajo en la publica ya que visitas cada 4/5 meses de 20 min de duración dificultan otras formas de paliar tratar que no sea la receta de medicamentos y el reajuste constante de los mismos, poco tiempo para hablar y conocer al paciente que fue diagnosticado tiempo atrás por otra persona bajo

  14. Alejandro

    Buen artículo. En mi opinión el DSM es un factor más de los que contribuyen a uno de los principales problemas hoy día en salud mental: sobrediagnóstico y posterior tratamiento farmacéutico, llegando no solo a psicopatologizar la vida cotidiana (un abandono amoroso, sin ir más lejos), si no también medicalizándolo con su antidepresivo de turno; todo ello recetado, como bien dices Alejandro en algún comentario, por un médico de cabecera, esto es, un médico sin formación específica en salud mental, que no tiene reparos a la hora de dispensar ‘caramelitos’.

    En este sentido el DSM V no hace si no ampliar el rango necesario para cumplir criterios en un trastorno, esto es, vamos a tener más cuadros mentales en la población que con el DSM IV (el criterio TDAH por el que los síntomas deberían estar presentes antes de los 7 años ahora pasa a 12, es uno de los ejemplos); porque aunque no debiera ser así, lo cierto es que muchos profesionales de salud mental tienen como gurú el DSM/CIE.

    En cuanto a la correspondencia biológica en los trastornos mentales, creo vital la distinción entre causa y correlación. Claro que se han encontrado correlatos biológicos en depresiones, en TDAH, o en otros trastornos (muchos de ellos, por cierto, elaborados a posteriori de encontrar la medicación que funcionaba, encontrada en mayor parte por azar); si bien a día de hoy no han demostrado ser la causa (y mira que se han empeñado). En ese caso el mejor método para diagnosticar a alguien con depresión no sería ni una escala ni una entrevista, serían las técnicas de neuroimagen, algo que aún queda muy lejano. Está bien conocer los correlatos fisiológicos de un trastorno mental, pero de ahí a situarlos como causa, dejando al margen las condiciones de la vida, hay un paso gigante.

  15. mariana balma

    Una maravilla el DSM, etiquetas personalizadas para todos los potenciales ilusos que se acerquen a un psiquiátra o psicólogo,, fármacos psiquiatricos totalmente adictivos a la carta, internamientos en centros de salud mental donde te tratan peor que a los delincuentes, puros conejillos de indias, clientes de por vida…. Un psiquiatra no solo se apodera de tu cuerpo, al final también lo hace de tu alma. Vamos, como el mismisimo diablo. El relaciones públicas del infierno.

  16. Muy interesante el artículo. Trabajo en una asociación de ayuda a enfermos mentales y según mi humilde opinión el estudio de las enfermedades mentales está en pañales, muchas veces los diagnósticos se hacen por ensayo-error, se van cambiando y ajustando la medicación hasta dar con la tecla (si es que se consigue)Las pastillas arreglan los problemas por la vía rápida y fácil y a veces lamentablemente es lo único que ayuda a estos enfermos. Otra cosa son los intereses de la industria farmacéutica, ese monstruo sediento de dinero.

  17. ¡Bravo! Un artículo escrito desde el conocimiento histórico y teórico, pero también dominando las implicaciones prácticas que tiene el diagnóstico.

    Solo dos observaciones: (1) los psicoanalistas no desprecian el diagnóstico, ni mucho menos, solo que lo hacen en base a sus propios términos, cuestionables como poco. Lo que llaman el «diagnóstico por estructuras» (urticaria) y (2) Los conductistas, que tienen en su historia otras carencias (ya subsanadas) no son los que se matan por diagnosticar. De hecho, basamos nuestra práctica clínica en el estudio de caso único, en una perspectiva histórica del sujeto y en términos contrastados que aluden al aprendizaje. Lo que llamamos análisis funcional.

    Muchas gracias por este artículo. Es muy inteligente, sensato y necesario.

  18. STAEDTLER

    Ya te contesto yo; la neurología logrará cruzar la barrera de ese arcano órgano que tanto psiquiatras como psicólogos no han podido atravesar.

  19. Ruben

    Hoy en día se empieza a apostar por el transdiagnostico. Para un profesional de la salud mental resulta mas interesante ver que aspectos de la vida del paciente le generan malestar e intervenir sobre ellos que clasificarlo en una etiqueta determinada Estaría muy bien un articulo sobre TRANSDIAGNOSTICO para que se conozca esa perspectiva, aunque claro, las empresas que hacen dinero acosta de la salud de los demas tendrian dificultades para vivir de esto y no interesaria en ciertos circulos economicos.

  20. Un buen artículo, estupendo ejercicio de síntesis. Afortunadamente hay formas de trabajar en salud mental sin DSM. Como siempre, la simplificación y la inmediatez nos lleva, como sociedad (la española particularmente), a necesitar etiquetas y pastillas para tratar con el sufrimiento humano. El futuro cercano no es muy alentador en este sentido, aunque yo sigo teniendo esperanzas y desde mi lugar intento poner mi granito de arena. No demonizo la farmacoterapia en sí, obviamente, pero creo que hay un camino que hay que recorrer y que los profesionales no podemos mirar para otro lado.

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  22. Como psicólogo recién salido del horno coincido totalmente contigo y te felicito por haberlo explicado con tanta precisión; un punto preocupante es la cantidad de nuevos profesionales que entran al mundo laboral ( en la medida en que les es posible) aceptando a ciegas las premisas de este u otros manuales similares sin reparar en lo efímero del tiempo de aplicación de cada revisión publicada, por no hablar del progresivo impacto sobre la cultura popular de un libro que sirve para no mucho más que para hacer una hoguera con el.

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  25. Muy buen artículo

  26. de vision obligada mental .australiana.y psiquiatria la industria d la muerte

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