
En este artículo de la serie vamos a ocuparnos de las relaciones de segundo grado, siendo algo menos usual dedicarle una canción a un tío o tía, a un nieto o nieta o a algún abuelo o abuela… Por eso, este quizá tiene más mérito que los anteriores porque se reduce el banco de pesca y hay que lanzar la caña a conciencia. Aun así, aquí van un puñado de canciones dedicadas a estos familiares.
Steven Paul Smith nació en Omaha, pero creció en Duncanville, una localidad del sur de Dallas, muy apegado a su madre, Bunny, tras el abandono de su padre siendo un bebé. Poco después, ella se casó con el que sería su padrastro, Charlie Welch, cuyo recuerdo ha salpicado —y no para bien, precisamente— buena parte de su obra. Años más tarde les diría a sus amigos que la primera vez que Charlie le pegó fue el día de su boda, cuando Elliot solo contaba con tres años. Por parte materna había una fuerte tradición musical en la familia, ya que su abuelo Bill se especializó en percusión y vibráfono, siendo una figura reconocida en este instrumento, y su abuela Margaret Berryman tocaba el piano y cantaba en el coro Sweet Adeline. La primera exposición a la música del joven Elliot Smith —desvelamos ya al primer protagonista del artículo— se produciría seguramente durante las tardes que pasaba en casa de sus abuelos. Los recuerdos de la niñez de Elliot, muy difíciles en su mayoría, se diseminan a lo largo de sus canciones, erigidas en albaceas de su infancia. La evocación de su abuela, al menos, era reconfortante, y, como tal, la plasmó en una canción bautizada con el nombre del coro vocal al que perteneció Margaret, «Sweet Adeline»:
Hay un niño un piso más abajo que dice:
«Hermano, ¿puedes regalarle un poco de sol a un hermano?
El Viejo Invierno está en el aire».
Me contó una historia, preguntándome cómo estaba.
Me dijo que no me preocupara, que solo era una estrella fugaz.Dulce Adeline
Dulce Adeline
Mi Clementina
Dulce Adeline
La canción, mitad lo-fi, mitad sobreproducida, abrió el cuarto disco de Smith, XO, publicado en 1998. Por otro lado, en contraposición a la agradable evocación de su abuela materna, Elliot arremetió en su obra contra su difícil infancia, representada principalmente en la tormentosa figura de su padrastro, Charlie Welch, a quien se dirigió de forma directa en «Flowers For Charlie», e indirecta y dolorosa, insinuando la posibilidad de abuso sexual por su parte, en «Abused». Ninguna de las dos fueron publicadas en la discografía oficial de Elliot.
En el artículo dedicado a las madres vimos que fue la tía de John Lennon, Mimi, la que se ocupó de su crianza cuando Julia, su madre, se vio incapaz de sobrellevarlo. En el caso de su bandmate Paul se dio una circunstancia parecida: cuando Mary Mohin, madre del bajista, murió, teniendo este solo catorce años, su tía Milly puso su granito de arena colaborando en el cuidado del adolescente —Milly pasaría a la historia cuando Paul exhibió un cartel reclamando a su tía que volviera de Australia («Come Back Milly!») durante la retransmisión mundial vía satélite de «All You Need Is Love» en 1967—. Aún necesitamos hablar del padre de Macca, hermano de Milly, para cerrar el círculo. Era Jim McCartney, quien trabajaba como comercial en la empresa algodonera A. Hannay & Co. en Liverpool, siendo compañero de Albert Kendall, un oficinista que acabaría casándose con Milly, convirtiéndose en el famoso tío Albert de Paul. Años después, en 1972, el tío Albert lo convertiría en ganador de un Grammy al mejor arreglo instrumental con acompañamiento vocal. Para conseguir esto, un año antes, McCartney escribió, junto con su mujer Linda, una mini-suite de dos canciones titulada «Uncle Albert/Admiral Halsey», que le llevaría a conseguir el primero de sus once números uno en solitario. A lo largo de sus 4.50 minutos, la canción muta varias veces e intercala sonidos pregrabados como tormentas, aves, viento… confiriéndole un tono de opereta o cabaret, nada acorde con el trabajo anterior en solitario del bajista, quien, quizá debido al desenfado con el que se empleó en la canción, se sorprendió más aún de su éxito:
«Tuve un tío, Albert Kendall, que era muy divertido, y cuando escribí “Uncle Albert/Admiral Halsey” lo hice pensando, en cierto modo, en esa generación mayor, preguntándome: “¿Qué pensarían de la forma en que mi generación hace las cosas?”. Por eso escribí la frase “Lo sentimos mucho, tío Albert”. Hay un elemento imaginario en muchas de mis canciones; para mí, el almirante Halsey simboliza la autoridad y, por lo tanto, no hay que tomárselo demasiado en serio. La grabamos en Nueva York y George Martin me ayudó con el arreglo orquestal. Me sorprendió que se convirtiera en un gran éxito».
Lo sentimos mucho, tío Albert
Lo sentimos mucho si te causamos algún dolor
Lo sentimos mucho, tío Albert
Pero no queda nadie en casa
Y creo que va a lloverLo sentimos mucho, pero no hemos sabido nada en todo el día
Lo sentimos mucho, tío Albert
Pero si algo sucediera,
nos aseguraremos de llamar
«Uncle Albert/Admiral Halsey» se grabó en noviembre de 1970 y saldría como sencillo de Ram en agosto de 1971, llegando al número uno, como hemos comentado.
Seguimos con tíos del compositor, en este caso con el tío Johnny de Brandon Flowers, el líder de The Killers. El tío Johnny en cuestión era drogadicto: «Es la oveja negra de la familia», dijo Brandon. «Cada dos años pasaba algo. Ha hecho de todo, desde intentar suicidarse hasta tener adicciones a las drogas, pero de alguna manera ha terminado bien. En realidad es un buen tipo». Quizá por esto último, por su bonhomía, el tío de Brandon se mereció un lugar en la brillante discografía de su sobrino, concretamente en su segundo álbum, Sam’s Town, que los de Las Vegas lanzaron en 2006, después de su arrollador debut dos años antes con Hot Fuss. La canción está gobernada por un riff de guitarra martilleante y omnipresente, respaldado por una sección rítmica granítica, que sirven de lienzo para que Brandon dibuje la semblanza de su descarriado tío, reconociendo sin rodeos que es un cocainómano, pero concluyendo con los mejores deseos de recuperación.
Cuéntanos qué está pasando
Parece que todo está mal
Oye, ¿qué dices, Jonny?
Si el futuro es real
Jonny, tienes que curarte
Oye, ¿qué dices, Jonny?
Cuando todos los demás se abstuvieron,
mi tío Jonny consumió cocaína.
Seguimos en los Estados Unidos de la mano de un británico, o de dos, mejor dicho. Seguramente, sin la ayuda de McCartney, «Veronica» de Elvis Costello no hubiera cobrado esa brillantez pop casi perfecta; podría haber derivado en una balada o un medio tiempo demoledor, como los que nos tiene acostumbrados. Y es que el mensaje de la canción te induce a ello, ya que «Veronica» habla de la decadencia, del paso del tiempo, de la pérdida de la lucidez, del viaje sin retorno de la mente a la oscuridad. Tal y como confesaba el propio Costello, «habría sido mucho más fácil convertir esa letra en una melodía lenta y melancólica de mi propia cosecha. Yo quería que la canción fuera un desafío a la decadencia y dotarla de cierta alegría y supongo que la música que escribimos Paul y yo juntos ayudó a que la historia de “Veronica” se colara incluso en las radios». Y aquí viene el componente familiar: la persona que propicia esta mirada del autor al interior de la mente humana y a su degeneración no es otra que su abuela paterna, Mabel Josephine Jackson, cuyo nombre de confirmación católica fue Verónica. A Molly, como la conocían cariñosamente, le diagnosticaron alzhéimer cuando su nieto tenía unos treinta años y ella avanzaba por su séptima década. En esa época la ingresan en una residencia de ancianos donde los empleados «gritan su nombre y le roban la ropa», tratándola como sorda cuando era alguien cuyos recuerdos se iban desvaneciendo hasta arrinconarla en un «lugar oscuro» e impenetrable de su mente.
¿Está todo en esa linda cabecita tuya?
¿Qué pasa en ese lugar oscuro?
Bueno, yo conocía a una chica y podría haber jurado
que se llamaba Verónica.
Bueno, ella solía tener una mente despreocupada
y una mirada delicada en sus ojos.
Hoy en día, me temo, ni siquiera está segura
de si se llama Verónica.
En «Veronica», Costello recrea la versión más placentera de esa última etapa de la vida de su abuela, aferrándose a interludios de tiempo más tranquilos dentro de su zozobra que parecían amortiguar la angustia de ir borrándose por completo. La canción se grabó en el estudio 2 de Ocean Way Recordings, en Los Ángeles. Una vez grabada la voz y coros por parte de Costello, la canción viajó a Londres para que McCartney la rematara con su Hofner en los AIR Studios que fundara sir George Martin.
Un lugar seguro. Un refugio. Un consuelo eterno. Eso era Lula para Bill Withers, y para todos aquellos que se encontraban bajo su radio de acción. Lula era la abuela de Bill Withers y fue quien le puso en contacto con la música del alma desde pequeñito, ya que él la acompañaba a la iglesia donde disfrutaba con la espontaneidad del canto de los feligreses. Según declaró el cantante al diario The Telegraph el 10 de agosto de 2010, «era un canto espontáneo, no había nada programado. La gente se levantaba, cantaba, y el resto se unía. Era mi tipo de canto favorito». El agradecimiento a su abuela Lula llegaría en 1971 en forma de canción, sobria, sin artificio pero plena de groove y de alma, al más puro estilo Withers. «Grandma’s Hands» constituyó un homenaje de escasos dos minutos, centrando el foco en las manos de su abuela, como si fueran la varita del mago o el báculo del hechicero, herramientas con las que solucionar los problemas de su comunidad, no solo de su familia. Así, Withers relata en la segunda estrofa que su abuela daba consuelo y calor a una adolescente embarazada de su comunidad y le aconsejaba que se entregase a Jesús. En la primera y tercera estrofas, Withers llena la canción con su familia, primero haciendo acto de presencia él mismo siendo aconsejado por su abuela en su niñez —«Billy, no corras tan deprisa, puedes caer sobre cristales, o encontrar serpientes entre la hierba…»—, y luego introduciendo a su madre, Mattie, siendo reprobada por una omnipresente Lula:
Las manos de mi abuela
Siempre tenían un dulce para mí
Las manos de mi abuela
Me alzaban cada vez que caía
Las manos de mi abuela
Siempre estaban cuando hacían falta
Decía: «Mattie, no le pegues a ese niño,
¿por qué quieres castigarlo?
Él no hizo nada malo…»
Por último, la canción se cierra con un lamento por la ausencia de Lula, fallecida en 1955:
Pero ya no tengo a mi abuela
Si llego al cielo, buscaré
Las manos de mi abuela
«Grandma’s Hands» se incluyó en el primer álbum de Bill Withers, Just As I Am —publicado en 1971 en el sello Sussex y producido por Booker T. Jones— y se convertiría en el segundo single del disco, después de la imponente «Ain’t No Sunshine».
Encontrar una canción que hable de nietos no ha sido fácil. Y de la única decente que he hallado no existe documentación alguna, salvo una publicación de su autor, Yusuf/Cat Stevens, en 2021 en Facebook, mostrando orgulloso una hoja de papel donde uno de sus nietos le ha dibujado, venerable barba blanca y guitarra flotante incluidas, al lado de la palabra «Grandad» («Abuelo»). El texto del post es el comienzo de la frase franquicia de su canción «Grandsons», de 2017, en la que proclama que le encanta ver crecer a su nieto, acompañado de un enlace a la canción en Spotify. El community manager del londinense se apresuró a contentar a todos los fans de Cat Stevens comentando que la canción en realidad está dedicada a todos los nietos del mundo: «Este dibujo lo hizo en realidad uno de los nietos de Yusuf, pero el sentimiento de la canción es para todos los nietos», y la cascada de agradecimientos y comentarios edulcorados no se hizo esperar. Tras haberse inspirado en su ex Patti D’Arbanville, y en su padre para componer dos de sus temas más conocidos, «Lady D’Arbanville» y «Father and Son», Yusuf Islam rebuscó en su descendencia en 2017 para homenajear a esos nietos a los que quiere ver crecer:
Ojalá pudiera verlos saltar alrededor, gritándose nombres,
pateando latas, jugando al pilla-pilla, escondidos en cualquier rincón.
Ojalá pudiera verlos ahora… y unirme a sus juegos también.
Qué distinta sería la vida.
Pero no tengo tiempo para charlas sin sentido,
voy de camino.
Por eso mi sangre aún arde
y no logro mejorar.
El tiempo se va escapando…
porque hay algo que me encanta:
ver crecer a mi nieto.
«Grandsons» apareció en el decimoquinto álbum de Cat Stevens/Yusuf, The Laughing Apple, publicado en 2017.
Por último vamos a acabar el artículo y la saga con una canción alegórica basada en la figura de la tía, en este caso de la tía Hagar. Cuenta el Génesis que Sara, la esposa de Abraham, no podía tener hijos, así que este se buscó la vida y le presentó a Hagar, su esclava, y le dijo que no es lo que parecía, solo que Hagar sí podía tener hijos, que no había nada más entre ellos… Sara, a regañadientes, acepta y como resultado nace Ismael, pero la relación entre ambas mujeres se va tensando y, cuando Sara, contra todo pronóstico, queda embarazada de Isaac, expulsa a Hagar. Mientras vagaba por el desierto, un ángel le dijo en nombre de Dios que su descendencia sería incontable. A Abraham también intentó tranquilizarlo, ya puestos: «En cuanto al hijo de la esclava, haré de él también una nación, porque es tu descendencia». Por su condición de esclava, probablemente negra, Hagar es considerada la santa madre del feminismo negro y los africanos esclavizados, exesclavizados y recién liberados en Estados Unidos se identificaban con Hagar, llamándose los hijos de Hagar, o también refiriéndose a ella como la tía Hagar. Así, en 1920, el pionero bluesman W. C. Handy compuso «Aunt Hagar’s Blues», un blues al que puso letra Tim Brymn y que se ganaría un lugar en los repertorios de las principales orquestas de jazz. La canción, elevada ya al nivel de clásico, aparecería también en la película St. Louis Blues, dirigida por Allen Reisner y basada en la vida del propio W. C. Handy.
¡Solo escuchen a los niños de la tía Hagar
armonizando con esa vieja y triste melodía!
Es como si un coro celestial se hubiera liberado
Si el diablo lo trajo,
el buen Señor me lo envió directamente a mí
¡Que la congregación se una
mientras canto esos blues de la tía Hagar!
Bibliografía
Torment Saint: The Life of Elliott Smith, de William Todd Schult
Fab: An Intimate Life of Paul McCartney, de Howard Sounes
Wingspan, de Paul McCartney
Unfaithful Music and Disappearing Ink, de Elvis Costello
Poetic Song Verse: Blues-Based Popular Music and Poetry, de Mike Mattison, Ernest Suarez
Lost Sounds: Blacks and the Birth of the Recording Industry, 1890-1919, de Tim Brooks.







