
Este artículo es un adelanto de nuestra nueva revista Humanismo Digital 3, ya disponible en nuestra tienda online.
En una escena de El sol del futuro (2023), de Nanni Moretti, el cineasta —que interpreta a una versión exagerada de sí mismo— se reúne con los ejecutivos de Netflix. El gag predominante es la frase «la película se verá en ciento noventa países», repetida como un mantra con el que los productores subrayan la trascendencia de dicho alcance. La estructura del guion (con sus puntos de giro y sus fórmulas What the Fuck) o el ritmo narrativo son algunos de los puntos que discuten con este viejo director que, atónito, procesa toda la información que le comunican sin tener muy claro qué hacer con ella. La escena, en clave de humor, entronca a la perfección con el discurso del film: las horas bajas de un director de cine frustrado ante las transformaciones sociales y culturales que le afectan en lo laboral y en lo personal. La crisis del protagonista, hombre terco e inflexible, entronca con la llegada de ese nuevo modelo de producción propuesto por Netflix, y las modificaciones homogeneizadoras que exige la plataforma son el culmen de una sátira que cuestiona el modelo al que parece abocado el audiovisual.
Que el modelo de exhibición y consumo ha cambiado es ya una obviedad que hay que aceptar. Cabe señalar a este respecto que, a pesar de la llegada del streaming, y pese a lo que pronosticaban los más agoreros, las salas de cine no murieron por falta de espectadores. Al contrario: tras la pandemia, salas y distribuidoras fueron reinventándose con una serie de fórmulas que han hecho perdurar el modelo tradicional. Pero es indudable que las transformaciones producidas en los últimos años afectan a los modelos de exhibición que han tenido que adaptarse a las posibilidades que ofrece el streaming y, sobre todo, a sus beneficios económicos. Y no solo eso: no contentas con servir como canales de exhibición, las plataformas se lanzaron a producir, de nuevo con Netflix a la cabeza. Y no lo tuvieron fácil: excluidos de los festivales al principio, tardaron en desprenderse de esa etiqueta de cine de segunda, o de cine traidor, y durante un tiempo se consideró que quienes firmaban con el gigante estaban vendiendo su alma al diablo, quizá por ese miedo a que algún día terminaran por desaparecer las salas de cine.
Sin embargo, en 2025 es ya larga (e incuestionable) la lista de cineastas relevantes que han trabajado para Netflix: Guillermo del Toro, Paolo Sorrentino, Alfonso Cuarón, Jane Campion, Martin Scorsese, Ethan y Joel Coen, Aaron Sorkin, David Fincher… Está claro que el cine de autor ha encontrado otra ventana de exhibición que podría hacerlo más accesible para el gran público… Pero, ¿qué quiere ver el público?

El ojo prescriptor
En un mundo ideal, con el panorama actual en el que reinan los contenidos audiovisuales a la carta podría esperarse que la crítica hubiera ocupado el lugar privilegiado que debiera tener. Pero, por supuesto, estamos muy lejos de cualquier escenario utópico. La oferta infinita e inmediata de títulos se ha convertido en un mar ingobernable en el que la búsqueda de algo que ver deviene una actividad en sí misma. Y lo que comenzó siendo una maravillosa oportunidad de acceso a todo tipo de obras se ha transformado en una permanente campaña de marketing capaz de transformar no solo la industria audiovisual sino también el gusto de los espectadores. Ante esta apabullante oferta, ¿qué sentido tiene la crítica de cine?
En realidad, la pregunta no es nueva: desde sus orígenes, la crítica cinematográfica (como la de cualquier otra forma artística) se ha cuestionado a sí misma. En 2015, el crítico de cine Carlos F. Heredero publicaba el texto «Vigencia y necesidad de la crítica», donde reflexionaba sobre la situación en aquel momento. Un texto que arrancaba con este mismo interrogante planteado una y otra vez por compañeros de profesión en distintos momentos de la historia y en puntos muy alejados de la geografía. Una década después sigue siendo necesario preguntarse por el sentido, la importancia y la finalidad de una disciplina que perdura a pesar de tratarse de un arte tan indefinido como ambiguo a ojos del espectador medio. Resulta necesario, por tanto, partir de una aclaración que permita diferenciar la crítica de la opinión, el análisis de la mera manifestación del gusto. El uso que de ella se hace es en realidad lo que concreta su razón de ser: ¿se trata de un acercamiento a la película? ¿Una lectura novedosa de la obra que dialogue con la visión del propio lector? ¿O es una herramienta al servicio de la taquilla? Es innegable el poder que ejerce en la toma de decisiones el consenso social. Y hoy, cuando, gracias a internet, ese consenso se alcanza de forma mucho más rápida y arrolladora, es esperable que la crítica de cine como ejercicio profesional esté perdiendo terreno frente a otras figuras que están ocupando el espacio que antes les ¿correspondía? Los creadores de contenidos e influencers que acumulan miles (o millones) de seguidores en la red se han convertido en los prescriptores más rentables para las majors. Así, los tradicionales pases de prensa previos a los estrenos de las películas se han ido viendo reemplazados por preestrenos promocionales para youtubers, eventos que suelen realizarse muy cerca de la fecha de estreno y en los que no falta el merchandising de regalo para sus invitados. Para cuando la cinta llega a las salas, en redes se ha creado una corriente de opinión, así como toda una narrativa de quienes han disfrutado del evento antes y después de entrar en la sala, y donde la película es algo totalmente secundario. ¿Se trata de una falta de confianza en el film, o de una forma de garantizar que el público acuda a las salas?
Cómo sobrevive la crítica
Si se desvincula el ejercicio crítico de los intereses económicos, la crítica como disciplina artística no puede desaparecer ni ser engullida por una práctica comercial carente de análisis cinematográfico. Ante la precariedad del sector, la crítica ha sabido reinventarse o adaptarse a la precariedad laboral que conlleva todo lo que lleve el adjetivo «cultural», y ha encontrado en la red la manera de seguir existiendo. Quizá no se trate tanto de supervivencia profesional como de pura y dura cinefilia. Mucha de la crítica que se genera en la actualidad se encuentra en espacios no profesionales, en webs como Filmaffinity o Letterboxd, donde los usuarios tienen la posibilidad de escribir sus propias reseñas. Aunque su historia no es tan reciente como pueda parecer: mientras que Filmaffinity vio la luz a principios de siglo (en 2002), Letterboxd data de 2011. Esta última resulta más interesante que la anterior: creada por Matthew Buchanan y Karl von Randow, pasó de casi dos millones de usuarios en 2021 a veinte millones en la actualidad. Considerada la red social cinéfila más amplia del mundo, Letterboxd acaba de anunciar que contará con tienda virtual para el alquiler de películas, pretendiendo servir como una alternativa a las plataformas de streaming donde el usuario encontrará aquellos títulos que haya podido descubrir a través de las reseñas ajenas y que no forman parte de ningún catálogo. Pero lo verdaderamente interesante de la plataforma de Buchanan y von Randow radica en su dimensión colectiva. A diferencia de webs como Rotten Tomatoes (que fundamentalmente funciona como repositorio de críticas de cine y televisión profesionales publicadas en medios especializados), en Letterboxd prima la dimensión de red social, el contacto con los otros. El ejercicio crítico, hostil y competitivo, encuentra una sana complicidad y disfrute dentro de esta web que, además, ofrece una mirada optimista no solo hacia el ejercicio de la profesión, sino también sobre el propio futuro del cine. Veinte millones de usuarios puntuando películas y compartiendo su cinefilia es un dato que pone de relevancia que el séptimo arte sigue plenamente vigente.
Y sin embargo, y a pesar de sus bondades, no se puede obviar el hecho de que la mayor parte del contenido de Letterboxd es mera opinión, un ejercicio (por supuesto) perfectamente legítimo, pero distinto de la crítica, y donde la pasión y el gusto se apoyan en la más pura subjetividad sin atender a criterios estéticos, formales, audiovisuales… Lo que puede parecer un hándicap supuso, en cambio, la principal transformación del agregador de críticas Rotten Tomatoes, que desde 2021 incluye un apartado que contrasta las reseñas de los críticos con la opinión del público. La clásica disputa (espectador versus crítico) se toma como vara de medir, como si una media aritmética entre ambos datos pudiera acercarse a algún tipo de verdad objetiva… Lo cierto es que la trascendencia de una web como esta ha llevado a las grandes distribuidoras a replantearse la forma en que la industria debe relacionarse con el sector de la crítica. En 2015, 20th Century Fox encargó un estudio sobre el impacto económico de Rotten Tomatoes, a quien hacían responsable de algunos de los mayores fracasos de taquilla de los últimos años por la acumulación de malas críticas recopiladas de algunos de los títulos en los que más habían invertido. En realidad, se trata de la magnificación de una problemática tradicional. Las malas críticas en medios especializados siempre han tenido cierto impacto en la recepción de las películas, al igual que los ecos que resuenan en los festivales de cine. Con la inmediatez y la amplificación que proporciona la red, el ruido mediático es atronador. Así, si años atrás un aluvión de críticas negativas podía influir (de alguna manera) en la taquilla, hoy en día la opinión del público es un factor más determinante por ser mucho más visible y, de algún modo, más audaz. Porque la clave para triunfar en Letterboxd está en el ingenio con el que sintetizar la esencia de una película y transformar la ocurrencia más graciosa posible. Al fin y al cabo, esa ha sido siempre la fórmula de la viralización en internet.

¿Quién elige lo que vemos?
Sería muy ingenuo considerar que la batalla actual de la crítica del cine se circunscribe a los estrenos en salas. Al calor de las cifras económicas, productoras, distribuidoras y exhibidoras han cesado en su empeño de desprestigiar el streaming y han abrazado con fuerza todas sus posibilidades de mercado. En este panorama resulta mucho más cuestionable la figura de un crítico de cine que, en la mayoría de los casos, no ha tenido la posibilidad de adelantarse a los estrenos ni de abarcar la gran cantidad de contenido nuevo que suman entre todas las plataformas. ¿Qué sentido tiene —de nuevo— la crítica de cine en un sistema que tiene la capacidad de autopromocionarse a sí mismo?
Prescindir del crítico ha sido cuestión de algoritmos. En Mundofiltro: cómo los algoritmos han aplanado la cultura, Kyle Chayka advierte sobre los peligros de esa oferta personalizada que prometen las plataformas digitales y que se basa en los gustos e intereses del usuario. Lo que sucede, en realidad, es una homogeneización del gusto: la cultura que se consume es la que propone el algoritmo, que no es la más relevante artísticamente ni la más extraña ni la más radical… sino aquella que mejor concuerde con las preferencias ya manifestadas por el usuario y que pueda generar un compromiso rápido. La incorporación de las recomendaciones personalizadas en Netflix parecía, en origen, la fórmula para mejorar un servicio capaz de poner en valor las necesidades del espectador. Incluso la propia web de la plataforma describe su algoritmo diciendo que «ofrece recomendaciones personalizadas para ayudarte a encontrar series, películas o juegos que creemos que te pueden gustar». Para proporcionar este servicio, y siempre según la página de ayuda de Netflix, el cálculo de probabilidad atiende a factores que están relacionados con la interacción con el servicio (el historial de visualización y las calificaciones dadas), las preferencias de otros usuarios que han demostrado una actividad similar, el horario en que se utiliza la plataforma, el dispositivo desde el que se accede y el tiempo que se permanece con cada título. Así, el pasado es el principal factor en el que se basan las recomendaciones futuras, lo que supone necesariamente una limitación en el descubrimiento o la sorpresa.
Volvamos de nuevo a la escena de Nanni Moretti, a la discusión entre el cineasta y los ejecutivos de Netflix. El afán de la compañía es imponer un modelo que funcione para, al menos, ciento noventa países. Es decir, que más que un modelo es un molde con el que desarrollar un proyecto que garantice el éxito. Y tiene todo el sentido: esa película hecha a la carta será la recomendación personalizada de millones de suscriptores, el banner principal de acceso a la plataforma durante semanas, la película más comentada por los youtubers más influyentes…
Cómo sobrevivir a la toxicidad del algoritmo.
Decía el humanista George Steiner que la crítica servía para ampliar y complicar el mapa de la sensibilidad. Casi resulta irrisorio o ingenuo traer aquí la cita, justo después de ese distópico horizonte en el que contrarrestar la fuerza del algoritmo y de las superproductoras es tan fácil como recoger la lluvia gota a gota o barrer de a pocos el desierto. Y sin embargo aquí estamos, como siempre, una vez más, enfrentados los de ciencias y los de letras, o sea, combatiendo el algoritmo matemático con el poder de las palabras. Porque el panorama de la crítica siempre ha sido difuso, mutando con la misma celeridad con que lo hace el medio cinematográfico, pero ha sabido mantenerse en pie y sobrevivir a tanto cambio de paradigma.
Hoy en día, quizá el reto más grande que se encuentre el espectador ante tal panorama sea el de sobrevivir a la toxicidad del algoritmo. Propongo aquí la clave para ello: leer crítica de cine. Una crítica, además, que cumpla con los siguientes requisitos:
1. Que permita entender, reafirmar o desestabilizar el gusto propio. Esa crítica que te posibilite ampliar y complicar el mapa de tu sensibilidad, que te ofrezca razones y argumentos para sostener el gusto a favor o en contra. Esa crítica que te permita ver la película con otros ojos o desafíe tu postura inicial ante ella.
2. Que te lleve a conocer al crítico detrás del texto. No es tanto una cuestión del medio o de la posibilidad de ejercer profesionalmente: hay grandes críticos escribiendo en Letterboxd y críticos mediocres en revistas y medios especializados. Es importante elegir bien tus prescriptores de confianza o tus críticos de cabecera. Llévales la contraria o aplaude el entusiasmo compartido: lo que de verdad importa es lo que te aporten con respecto a una obra determinada, su visión de la vida resonando a través de sus palabras.
3. Estrellas sí, pero con contexto. La crítica de cine tiene que estar fundamentada, apoyada en argumentos y tesis. Por eso, la práctica de asignar una puntuación, de cifrar el gusto sin más explicación, no es recomendable, ya que puede hacerte caer en la simpleza, en la síntesis, en el vacío argumental.
4. Que sea una puerta de entrada a nuevos mundos. El mayor peligro del algoritmo tiene que ver con esa falta de riesgo. En cambio, cuando entra en juego el bagaje del crítico se plantea la posibilidad de acceder a nuevos cineastas y títulos que quizá son desconocidos para el gran público, o son referencias personales. Las experiencias de cada espectador son irrepetibles y únicas, imposibles de replicar. Y son esas experiencias también las que moldean la labor del crítico de cine.
Decía el crítico Carlos Losilla que «el profesional debe dejar ver sus vacilaciones, lo que de verdad se esconde tras esa falsa certeza que quieren reflejar los cuadros críticos, las estrellitas, las puntuaciones. La crítica podría convertirse entonces en un diálogo imaginario entre escritor y lector donde la vulnerabilidad del primero dejara paso a la actividad reflexiva del segundo». Y si de algo es incapaz un algoritmo es de dudar. Por eso, y solo por eso, no desaparecerá esa necesaria y valiosa crítica de cine…








