El elemento del que solo hay un gramo

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Imagen de portada de El elemento del que solo hay un gramo, de Sergio Parra (Editorial Almuzara)

Ironías de la vida. Hace unos años Sergio Parra dedicaba una reseña a Una breve historia de casi todo de Bill Bryson que empezaba de la siguiente forma: «Cuando ya se han leído un buen puñado de ensayos de divulgación científica, uno empieza a huir de los libros generalistas, aquellos que tratan de dar una visión demasiado superficial de las cosas, sin buscar nuevos finisterres que cubrir. Porque los libros generalistas, aquellos que tratan de abarcar casi todas las áreas del conocimiento científico, tropiezan (es normal) en lugares comunes. A la larga acabas leyendo las mismas afirmaciones una y otra vez. Pero Bill Bryson es diferente». Habida cuenta de la opinión del autor respecto a las obras divulgativas que mucho abarcan pero poco aprietan, podrán suponer que mi lectura de El elemento del que solo hay un gramo fue especialmente crítica sobre todo en la búsqueda de paralelismos y esos lugares comunes con mi (nuestro) querido Bryson.

Además —no nos engañemos—, mi reticencia inicial a la temática abordada en El elemento del que solo hay un gramo era muy cercana a la de Sheldon Cooper ante su detestada geología, a lo que la lectura del subtítulo —y otras historias sobre física, química y sustancias asombrosas— no fue de gran ayuda. Pues bien, a pesar de semejante cantidad de prejuicios el autor aprueba con muy buena nota en esta obra de lectura amena y subrepticia intención: obligarnos a seguir leyendo muchos otros títulos para escarbar un poco más en lo leído en sus páginas y saciar de esa manera nuestro apetito de conocimiento. Sergio nos propone un recorrido desde las cosas más escasas a las más abundantes, pasando por las más valiosas, las más peligrosas o las más fantásticas y lo hace hilvanando cada uno de los temas con gran destreza y sentido del humor. Véase el capítulo final como síntesis del conjunto de la obra: qué fabulosos pueden llegar a ser los objetos cotidianos.

El elemento del que solo hay un gramo es un elaborado compendio que para gran regocijo del lector cuenta con una enorme labor de documentación previa. Ese trabajo puede intuirse por la abundancia de datos y anécdotas que recorren sus páginas pero el lector podrá comprobarlo de forma explícita a través de las numerosas citas que acompañan al texto y de los bloques «Para leer más» con que finaliza cada capítulo. Lamentablemente, en determinadas ocasiones el autor cae en cierta insistencia reflejada en múltiples menciones o citas de una misma obra —me vienen a la cabeza Cien analogías científicas de Joel Levy, El pequeño gran libro de la ignorancia de John Lloyd o La historia de la ciencia sin los trozos aburridos de Ian Crofton—, lo que sin afear el resultado final puede llevar a una errónea sensación de escasez de recursos.

La mención inicial a Bryson no es gratuita. Gran parte del mérito de esta obra se la debe Sergio a su herencia brysoniana en forma de un lenguaje más accesible. Lo que en sus primeras obras era un registro un pelín abstruso —Parra dixit— se ha convertido con los años en una voz mucho más cercana para un lector medio que puede disfrutar de sus distintas obras de divulgación en asuntos tan dispares como los viajes —ha publicado Trescientos lugares de verdad que parecen de mentira (Martínez Roca, 2013) y Ciclistas de sofá (Xplora, 2014)—, la literatura o la ciencia —con la biografía de Michael Faraday (RBA, 2013)—. Y eso es algo que tenemos que agradecer tanto los que nos dedicamos a la ciencia de manera profesional como los que empiezan a estar interesados en ella. El estilo de El elemento del que solo hay un gramo es por tanto llano y cercano a la oralidad, aspecto necesario en una obra divulgativa dirigida a un público amplio. Sergio podría recrearse en tecnicismos propios del ámbito, pero en ningún momento cae en ese error y opta por clarificar cualquier concepto complejo con simpáticas analogías y entretenidas historias. Sus chascarrillos son habituales durante toda la lectura y nos arrancan una sonrisa con propuestas disparatadas como poner de moda la palabra «ástato» como medida «más escasa que lo escaso» o mediante las referencias a títulos como Futurama o South Park. Leer a Sergio se convierte así en algo parecido a verse con él en persona para escucharle embobados mientras nos cuenta que el objeto más rápido de la historia es probablemente una tapa de alcantarilla de dos toneladas o que la cafeína es en realidad un pesticida natural producido por algunas plantas tropicales para evitar convertirse en el almuerzo de los depredadores.

Tal vez por ese motivo nos pueden sonar demasiado artificiales aquellos fragmentos que abandonan la narración para centrarse en la pura enumeración. En ciertos instantes da la impresión de que nos encontramos ante una continua e incesante lista de datos, cifras o medidas. El talento de Sergio resplandece en su papel de narrador y eso es algo que acabamos deseando ver continuamente en el libro. El lector prefiere la presencia del cuentacuentos a la del estadístico porque siempre serán más digestibles un par de datos acompañados de la historia que traen consigo que un inventario de cifras y momentos cuyas fascinantes historias solo se intuyen a través del velo de una descripción superficial. Por ejemplo, cuando se menciona una innovadora técnica de datación que permite conocer la «fecha exacta» en la que un mineral cristalizó sobre la Tierra, uno arde en deseos de saber qué tecnología hay detrás de dicha técnica. O ni hablemos del efecto que puede causar en un fanático de los autómatas la simple mención a la máquina expendedora más antigua del mundo. Con más de dos mil años de antigüedad y creada por Herón de Alejandría, este ingenio de la ciudad de Alejandría servía agua bendita en los templos al precio de dos dracmas. ¿Quién no querría conocer más en detalle la historia de este bendito artilugio?

Supongo que mi pataleta viene motivada por cuestiones meramente prácticas. Si Sergio hubiera tenido que explicar cada una de las cuestiones que aborda habría necesitado una pequeña antología sobre los elementos y sustancias que pueblan nuestro mundo, lo que hace aún más loable la labor de resumen tanto del autor como de los editores. Demos por tanto las gracias a la Editorial Almuzara por traernos esta obra de Sergio y sumarla al resto de libros que componen su catálogo de divulgación científica. Porque los que conozcan esta editorial sabrán que ese subtítulo de y otras historias también acompaña grandes títulos como La nariz de Charles Darwin o El hombre que hablaba con los delfines de José Ramón Alonso, excelente divulgador en el ámbito de la neurociencia.

Sergio siempre tiene alguna historia que contar y lo hace a diario a través de múltiples medios como los blogs divulgativos o los programas de radio. Quienes tenemos el placer de haber tomado un café con él sabemos que siempre volvemos a casa pensando en buscar más información sobre esas extrañas especies de las que nos ha hablado o sobre desconocidos lugares del mundo que no sabíamos ni que existían. Si ustedes también son de naturaleza curiosa y disfrutan de investigar por su cuenta cualquier anécdota interesante que cae entre sus manos, no lo duden: lean El elemento del que solo hay un gramo. Si son capaces de acabar de leerlo sin querer empezar a leer cinco o seis libros más, les devolvemos el dinero.

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