Sinners I’d like to fuck

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Fotografía: jamelah e. (CC)
Fotografía: jamelah e. (CC)

Estrellas, apáguense vuestros fulgores!
¡Que no alumbre vuestra luz mis negros y profundos deseos!
Macbeth, Acto Primero, Escena IV.

Conocí a Harey en una playa africana. Su figura me resultaba familiar y le presté una cara conocida. Jamás la toqué, pero fantaseé con ella con violencia, como merecen los cuerpos que quieren ser purgados de sí mismos. Su marido nunca lo supo. Al fin y al cabo, Kris Kelvin, psicólogo de la estación Solaris, ni siquiera estaba vivo. Tampoco ella. «Hay situaciones que nadie se ha atrevido a materializar y que el pensamiento ha engendrado por accidente, en un instante de desvarío, de demencia, llámalo como quieras», me alertó una vez un amigo de Kelvin. Aquel día repasé mi historia con Harey y pensé: «¿Se trataba solo de eso? ¿De un pensamiento desordenado?». Pero ¡silencio, basta! ¿Quién no se ha follado alguna vez a un personaje literario?

Acudo a Ortega —el chico para todo cuando necesito una frase elevada— y hallo alivio en sus Estudios sobre el amor: «La lujuria no es un instinto, sino una creación específicamente humana —como la literatura—. En ambas, el factor más importante es la imaginación. ¿Por qué los psiquiatras no estudian la lujuria bajo este ángulo, como un género literario…?». El autor, por cierto, vincula «el mayor poder imaginativo» de los varones con su propensión a la lujuria. No me resisto a seguir: «La naturaleza, con tiento y previsión, lo ha querido así, porque de acaecer lo contrario y hallarse la mujer dotada de tanta fantasía como el hombre, la lubricidad hubiera anegado el planeta y la especie humana hubiera desaparecido volatilizada en delicias» (1). Uy, sí, qué muerte tan horrible. Pero volvamos al recto camino.

La lista que sigue será breve y arbitraria, como los favores que cabe esperar de los amantes que la componen, y responde a una sola norma: que sean pecadores literarios. Sinners I’d like to fuck. Asesinos, traidores, espíritus envilecidos por el vicio; hombres, mujeres, nínfulas y edipos. «Basuras del alma», que diría Miguel Noguera. Cuerpos al servicio de la impunidad, incorruptibles en su perpetua existencia de celulosa… «El tipo de humanidad que en el otro ser preferimos dibuja el perfil de nuestro corazón», advierte Ortega. Pero ¿quién busca humanidad cuando quiere echar un buen polvo?

No fue mi corazón lo que se estremeció cuando vi por primera vez la Alegoría de Venus y Cupido en la National Gallery. Tenía veinte años y la sospecha de que el sexo estaba sobrevalorado. Shame on me. Madre e hijo se rozan los labios en mitad de la escena. Están rodeados de personajes que representan el Tiempo, la Locura, los Celos y el Placer. El niño sostiene la cabeza de la mujer y atrapa uno de sus pezones entre los dedos índice y corazón de su mano derecha. Él tiene el culo prieto y generoso; ella, los pechos discretos pero redondos como pomelos. Hace poco vi la imagen aumentada de sus rostros en la portada de un libro y descubrí que Venus, rebautizada como Lucrecia en el Elogio de la madrastra de Mario Vargas Llosa (1988), asoma tímidamente la lengua, consintiendo y estimulando a la vez el acercamiento de su Cupido (Alfonso, Fonchito, Foncín).

Exuberante corruptora de menores con hechos y palabras: «Tuve un orgasmo riquísimo», le dice al niño —nueve años él, cuarenta ella— después de yacer juntos en ausencia de don Rigoberto, insulso padre y marido obsesionado con la higiene personal («limpiar el vientre es mucho menos incierto que limpiar el alma»). Seamos un cuadro barroco, Lucrecia, diosa de níveas caderas que se desparraman abundantes. Encarnemos la santísima trinidad de la concupiscencia: sintonicemos «la furia del instinto con la sutileza del espíritu y las ternuras del corazón». Concupiscencia que se multiplica por cuatro en el diccionario: «Apetito desordenado de placeres deshonestos». Te haría reina, madrastra, si no lo fueras ya doblemente en tu casa. Clarividente soberana que justifica sus actos sin remordimiento: «Tal vez no tengo la impresión de estar haciendo algo malo porque Fonchito tampoco la tiene».

Nada que ver con el atormentado Humbert Humbert de Nabokov: «Me consumía en un horno infernal de reconcentrada lujuria por cada nínfula que encontraba, pero a la cual no me atrevía a acercarme, pues era un pusilánime respetuoso de la ley». ¿Caigo en el tópico si suspiro por Lo, Dolly, Dolores, Lolita? Oh, por supuesto que sí. Pero no lo haré como esperan. Observen a su padrastro humillarse ante ella —casada, encinta, ninfa caída— en el capítulo 29: «Algún día, si quieres venirte a vivir conmigo… Crearé un nuevo Dios, y se lo agradeceré con gritos desgarradores, si me das una esperanza, aunque solo sea microscópica». Tiene dieciocho años y es un zafio recuerdo de su pubescencia felina, pero le entregaría mi alma a Mefistófeles a cambio de revolcarme con ella en un catre destartalado, como en una pelea de cachorros, sin esperar de ella más que el egoísmo de venirse primero. Quiero decir: de igual a igual, sin engañarla, sin sublimarla, liberándola así de su condena infantil. Un polvo grasiento, ordinario. ¡Le haría el amor incluso! Y esperaría encontrar en sus ojos —como la primera vez, como tantas otras— cierta compasión agradecida.

Te miro, Dolly, y sé que hay algo más. ¿Me lo contarás algún día? Debo volver al trabajo. ¿Respondió tu padre a tu carta? ¿Nos mandará el dinero…?

¡Ay, señor, que me pierde! Vuelvo a Lucrecia para saltar del suyo a otro lecho. El tonto de Rigoberto la amaba con su cetro, pero también con su nariz y sus orejas. «Esta noche no haré sino oiré el amor», musitaba antes de acomodar «uno primero, otro después, los pezones de su esposa en la hipersensible gruta de sus oídos». Los escucharía «reverente y extático, reconcentrado como en la elevación de la hostia, hasta oír que a la aspereza terrosa de cada botón ascendían, de subterráneas profundidades carnales, ciertas cadencias sofocadas, (…) tal vez el hervor de su sangre convulsionada por la excitación». Una lubricante operación que en el pecho de Lady Macbeth resultaría fatal. Nada orgánico susurra en su interior: solo el rumor de un deseo impronunciable atrapado en cavidades de acero; entrañas de pulimentada codicia que amplifican el anhelo de su esposo de matar al rey Duncan. «Te agradaría ser grande, pues no careces de ambición; pero te falta el instinto del mal, que debe secundarla. (…) Ven aquí, que yo verteré mi coraje en tus oídos».

Fotografía: Angela Sabas (CC)
Fotografía: Angela Sabas (CC)

Ella, mujer que invoca a los «espíritus propulsores de pensamientos asesinos» para que borren de su pecho todo rastro de piedad o escrúpulo compatible con la Naturaleza; que se avergüenza del «corazón tan blanco» de su consorte; ¿merece ser empotrada para aplacar sus humores o lamida con ceremonial devoción, empezando por sus manos, para mostrarle dónde descansa el Destino? ¡Lo segundo, mi señora! Y dejar que cabalgue sobre mí con la corona puesta, oro empapado en púrpura que su ardor me ayudó a conseguir. ¡Deje que me sumerja en su regia hendidura y apártense de mí esos espectros que me atormentan! ¡Bien muertos están si la convertí en Alteza! Ahora, ¡ábrase su corazón tan negro —aquel de allá abajo, que por mí palpita— y rebose la miel de su cáliz en mi cara…!

Supera en crímenes a Lady Macbeth el rey de hombres Agamenón. Entre las aficiones del héroe, provocar la cólera de Aquiles, matar al primer marido de su esposa, ensartar enemigos y coleccionar esclavas lesbias, «hábiles en hacer primorosas labores». ¿Macramé? No, felaciones. Su última concubina, Casandra, fue parte de su botín tras ganar la guerra de Troya. Al volver a Grecia, su esposa y su amante, Clitemnestra y Egisto, los asesinaron a ambos.

Los poemas de Homero no son lugares propicios para ser mujer, aunque su anatomía se encuentre en el origen de las disputas: «Ya antes de Helena eran los coños la causa más común de la guerra», escribe Horacio (2). Pero la violencia que los hombres ejercen contra ellas —el rapto y violación de las troyanas, el acoso a la paciente Penélope— no atenúa el inflamado erotismo de sus combates. Agamenón, caudillo que embiste soberbio y sudoroso, lidera un mar de aqueos de larga cabellera y broncíneas corazas; vigorosos servidores de Ares que agitan sus lanzas contra el cielo, como si el Céfiro, dios del viento, «moviese con violento soplo un crecido trigal». Si quieren trotar fuertecito, seduzcan al rey de Micenas, pero sepan que es de naturaleza brutal, y solo desplegará su sensualidad si su objeto sexual —ustedes, yo— está degradado ante sus ojos (3). Si prefieren comulgar con los muslos de un héroe, atraigan a Patroclo y Aquiles. Fieles amigos, amantes bandidos. El sexo de los muslos o intercrural (frotar el pene entre las piernas de alguien sin que haya penetración) era el epíteto del coito entre hombres adultos y mozalbetes. En cualquier caso, griegos y troyanos se empalaban bajo las murallas de Ilión como quien se bate en la cama con un mancebo primerizo: vigilando su retaguardia.

Alguien se preguntará cuál fue el pecado de Aquiles, y la respuesta está en el primer verso de la Ilíada: su cólera funesta, su orgullo herido (Agamenón le había robado uno de sus coños, quiero decir, de sus esclavas) hizo que muchos de sus compañeros muriesen por no luchar junto a ellos contra los troyanos. Entre ellos, su estimado Patroclo. «Dame la mano, te lo pido llorando (…) No dejes mandado, oh Aquiles, que pongan tus huesos separados de los míos», le ruega el alma del difunto. «¿Por qué, cabeza querida, vienes a encargarme estas cosas? Te obedeceré y lo cumpliré todo como lo mandas. Pero acércate y abracémonos, aunque sea por breves instantes, para saciarnos de triste llanto».

«La gente pensará en Brad Pitt con melena», me comenta un amigo cuando le hablo de Aquiles. O en los fornidos muchachos de 300. O en Russell Crowe en Gladiator, aunque haga de romano. Y tiene razón: la capacidad evocadora del lector tiene que ser muy fuerte —o su exposición a las cintas comerciales muy débil— para que las creaciones de su mente puedan competir con las adaptaciones al cine. No tiene nada de malo que la pantalla estimule las fantasías del papel… siempre que no las sustituya.  

Timothy Dalton, Ralph Fiennes o Tom Hardy han prestado su rostro a Heathcliff, el bastardo que yerma la tierra que pisa en Cumbres borrascosas (1847). Una docena de películas y series basadas en la novela de Emily Brönte han contribuido a que el huérfano gitano, sin ser especialmente atractivo, sea uno de los hijos de puta con más morbo de la literatura inglesa. Niño atormentado que observa el mundo a través de «dos negros demonios que jamás abren francamente sus ventanas, sino que centellean bajo ellas corridas, como si fueran espías de Satanás»; joven despechado por el amor de su hermanastra; hombre enajenado por los efluvios de la venganza. Pero siempre, y por encima de todo, jinete indómito de cabellos al viento que ríete tú de los maromos de Johanna Lindsey.

Como a esa lesbiana a la que un homo erectus le dice «a ti lo que te pasa es que no has probado una buena polla», deja que te redima de tus pecados, salvaje Heathcliff, para que puedas amar con claridad. ¡Pobrecito mío! Baja la guardia conmigo, que yo te cuido…

A modo de epílogo

Lo intenté con Wanda von Dunajew, la Venus de las pieles (1870), pero su afectación me resultó irritante. Pensé en las Cartas de la monja portuguesa, pero no me excitaban sus palabras, sino verla masturbarse en unas espléndidas ilustraciones de Milo Manara. El Marqués de Sade no me pone y Christian Grey QUIÉN ES. Una amiga me recomendó a Harry Potter y a Edward Cullen; pero claro, ella hablaba de follarse a Daniel Radcliffe y a Robert Pattinson, no sé si juntos o por separado. Me acordé de Aliena, ella sabe que sí. Pero la presencia más húmeda de Los pilares de la tierra (1989) no era una pecadora. Les gustará saber que la compartí con mi amigo sin saberlo. Lo confesamos hace poco. Qué maravilla.

Notas:

(1) «La elección del amor» (1927), recogido en Estudios sobre el amor, Revista de Occidente, 1940.

(2) Del original «nam fuit ante Helenam cunnus taeterrima belli causa» (Sermones). También leemos en el Libro segundo de Tristes, de Ovidio: «La Ilíada, ¿qué otra cosa es que una adúltera por la que lucharon entre sí su amante y su marido? (…) ¿O qué es la Odisea sino una mujer solicitada a la vez a causa del amor por muchos hombres, mientras su marido está ausente?».

(3) Una de las taras del protagonista de El mal de Portnoy (1969), de Philip Roth. Su deseo físico hacia las mujeres iba acompañado de un inexplicable desprecio. «¿Será cierto que mi sensualidad solo se liberará si el objeto sexual cumple la condición de que yo lo considere degradado?».

Este artículo es un avance de nuestra revista impresa dedicada al pecado #JD13

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2 comentarios

  1. Sueño con tener algún día tu trabajo. Qué envidia.
    Y sí, todo lo que sea incluir mucha literatura clásica en una conversación sobre sexo, es una buena idea.

  2. Pingback: Sinners I’d like to fuck (Jot Down) | Libréame

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