Los llamamos antihéroes, pero son hijos de puta. Y nos encantan - Jot Down Cultural Magazine

Los llamamos antihéroes, pero son hijos de puta. Y nos encantan

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Al Swearengen. Imagen: HBO.

Al Swearengen. Imagen: HBO.

The beast in me
Is caged by frail and fragile bars
Restless by day
And by night, rants and rages at the stars
God help the beast in me.

Mentía Jean Paul Sartre cuando decía que lo más aburrido del mal es que uno se acostumbra. Porque es exactamente al contrario: no existe generador de pereza más grande que la bondad, por previsible. Al menos, en ese suspenso de la realidad tan conveniente que nos proporciona la ficción, lo otro ya es otra historia más laberíntica. Pero de este lado el hecho es incontestable: los hijos de puta no solo nos divierten, nos caen bien. No hace falta una disección muy profunda para constatarlo, basta con un repaso a quiénes acaban concitando nuestras simpatías en el panorama audiovisual: criminales, usureros, mendaces, viciosos, crispados, corruptos, machistas y una miríada de atributos que a buen seguro no mencionaríamos si cualquier perito del diván nos solicitara una relación de cualidades exigibles a nuestro arquetipo ideal. No pidamos las sales, que en esta idolatría por el capullo compartimos asiento todos, aunque cumplamos con Hacienda o exudemos bondad deteniéndonos con cada profesional solidario que nos reclama atención o firma en la puerta de un gran almacén.

La literatura lleva siglos regalándonos este retorcimiento de nuestros esquemas morales, conminándonos no solo a empatizar sino a simpatizar el matiz es importante con el malvado, con quien tiene conductas que exceden los límites socialmente establecidos. Ya decía André Gide que con buenos sentimientos no se hace buena literatura, y en el personal ranking de afectos de cada cual a buen seguro figurarán unos cuantos personajes frívolos, absurdos, faltos de escrúpulos o directamente malvados. Rellenen ustedes los espacios a placer, porque la malevolencia desborda las estanterías: desde el Juan Pablo Castel de Sábato, al Anton Chigurh de McCarthy, el Long John Silver de Stevenson, pasando por las sibilinas féminas shakesperianas.

En los últimos diez años, la televisión ha experimentado ese fenómeno de maduración que consiste en pulverizar el ajado esquema del maniqueísmo del héroe y el villano para sentarnos ante un panorama mucho más repleto de sombras en el que, curiosamente, acabamos irremediablemente escogiendo umbría. Ahí están Tony Soprano, Walter White, Vic Mackey o Dexter Morgan. Con algunos hemos tomado su mano en el proceso de corrupción moral, a otros empezamos a venerarles con el alma ya emponzoñada; pero con todos disfrutamos como gorrinos en la charca de su maldad. Sin ser nosotros nada de eso, claro.

Por si nuestras ansias de entretenimiento nos empujan hacia el temido menester de reflexionar, la psicología lleva tiempo indagando en esta tendencia que compartimos todos los ciudadanos de bien. ¿Por qué esta predilección por el hijo de puta? ¿Por qué tenemos la certeza de que compartiríamos whisky con Al Swearengen y no con Seth Bullock, al que a pesar de su proverbial físico e impecable sentido del honor le acabaría tocando la factura de las fantas? Acierta quien se malicie que no hay veredicto unívoco. La buena noticia es que la bandada de respuestas es tan amplia que resulta imposible no dar con aquella que nos conforte y haga sentir que, efectivamente, seguimos siendo buena gente a pesar de todo. Porque al final solo hablamos de ficción, ¿verdad?

Por qué nos fascina el hijo de puta

Vic Mackey. Imagen FX Networks.

Vic Mackey. Imagen FX Networks.

A grandes rasgos, las investigaciones sociológicas y psicológicas en torno a nuestra predilección por el malvado en la ficción pueden agruparse en dos holgados contenedores: las que sostienen que simpatizamos con el malvado porque entendemos sus motivaciones para serlo y las que directamente ahondan en nuevo sistema de valores en el espectador.

Las primeras se cimientan en la distinción hecha por Fernando Savater en su Malos y Malditos, donde los personajes malévolos llevan la vil semilla enraizada en el ADN y los malditos se ven abocados al hijoputismo por diversas circunstancias, casi siempre ajenas a ellos. En esta línea, se han desarrollado infinidad de estudios. Uno de los más recientes se realizó en la Universidad de Colorado, dirigido por Maja Krakowiak y Mina Tsay-Vogel. Este experimento comenzaba por presentar una historia sencilla para analizar nuestra capacidad de suspender la moralidad en el ámbito del entretenimiento, es decir, dar con la razón psicológica para que los actos deleznables no redunden en nuestra censura, sino en nuestra comprensión.

La historia era la siguiente: Craig y John son dos escaladores amigos que van a pasar un feliz día llenándose los pulmones de aire puro y deglutiendo filetes empanados, por ejemplo. Hasta que John enferma, al parecer, gravemente. En una versión del relato, Craig abandona a John para ayudar a otro grupo de escaladores en peligro; en la otra, le deja allí porque simplemente está ansioso por llegar a la cima y le resulta un fastidio que su compañero haya decaído precisamente en ese momento. John muere en una de las versiones, en la otra, vive.

No, la reacción de los sujetos a la pueril historia de estos dos tipos no es ninguna mirada hacia el abismo: la mayoría acabó apelando a la motivación de Craig para reprobar o aplaudir su conducta. No importó si John finalmente vivía o moría, sino que la motivación de Craig al abandonarlo fuera altruista por ir a socorrer al otro grupo de escaladores, disculpándole que por ello su querido amigo acabe criando malvas en vaya usted a saber qué inhóspita serranía. Pero cuando la motivación era egoísta, los participantes en el estudio ya no simpatizaban por Craig y sus ansias de clavar la banderita en la roca más alta de la montaña.

Siguiendo con el ejemplo, el estudio estira esa teoría de la suspensión de la moralidad relacionada con la motivación, que no es más que una forma de engalanar el anticristiano mantra de «Cum finis est licitus, etiam media sunt licita», es decir, que el fin justifica los medios. Según esto, citando las conclusiones del estudio, la razón de nuestra avenencia con un asesino en serie como Dexter Morgan se sustenta en que solo mata a otros asesinos, y con Walter White todo se reduce al hecho de que trata de abastecer a su familia. Es decir, que hasta en sus comportamientos claramente negativos —como robar o matar, nada menos— anida algo positivo, donde ponemos el acento y la justificación. Tirando de este hilo, llegan a la conclusión de que la singularidad del atractivo que estos personajes despliegan sobre nosotros radica inicialmente en una conexión empática, por la que comprendemos y aprobamos sus crímenes y pecados, siempre y cuando el bien mayor ande por ahí cerca, en algún recodo de su horizonte.

Walter White y Jesse Pinkman. Imagen: AMC.

Walter White y Jesse Pinkman. Imagen: AMC.

Habrá quien quede más satisfecho con esto, pero el razonamiento tiene más lagunas que la Ciénaga de los Muertos. Para empezar, porque que se limita a sobrevolar la diégesis de ambas series Dexter y Breaking Bad— o a tomar su descripción de la cubierta de la edición del DVD. ¿Que Walter White hace todo por el bien superior de abastecer a su familia? Seamos serios. ¿Que Dexter solo mata a otros asesinos? Sí, y Jack el Destripador simplemente albergaba una sana curiosidad por contemplar el interior femenino. Eso, dejando de lado que este simplón esquema aniquila la posibilidad de que Craig, sencillamente, esté hasta las narices de su compañero el pupas y no tolere su debilidad, como haría si se apellidase Soprano. Conocemos poco de John, lo suficiente para saber que dentro de la clasificación humana del mafioso de New Jersey «los lloricas, los típicos tíos felices y los que son como Gary Cooper» el escalador dominguero se las vería muy crudas para evitar que Tony le encajase un tiro entre ceja y ceja al primer asomo de desfallecimiento, y acabase con los sesos desparramados entre las flores.

Pero el principal escollo es que este tipo de estudios bienintencionados continúan sin responder a la duda fundamental. Porque no es solo que comprendamos, racionalmente, por qué el personaje ha tomado una decisión moralmente deleznable. No es solo que las largas horas de visionado nos hayan proveído del contexto que enmarca al hombre, explicándonos que hoy es un tipo violento porque durante todos los ayer de su infancia el padre le destrozó la cara con la hebilla del cinturón. No es que empaticemos, ni siquiera que simpaticemos: es que nos fascinamos. Como Tony ante el James Cagney de Enemigo Público, nos descojonamos de risa cuando el protagonista es cruel con su mujer, o damos palmaditas histéricas cuando Walter hace volar por los aires una residencia de ancianos.

Esto nos hace liberar dopamina y experimentar euforia. La violencia en general, y vivir vicariamente a través de estos personajes en particular. Así lo sostiene el profesor de psiquiatría y comportamiento James Fallon, que, durante el festival de Tribeca del pasado año identificó esta como una de las causas que motivan que el espectador caiga rendido hacia personalidades no solo malvadas, sino abiertamente psicóticas. Según esto, las historias de estos antihéroes como Vick Mackey u Omar Little son nuestra huida y relajo, el oasis en la ardua y pesadumbrosa tarea de tratar de ser buena gente en la que —presuntamente— enmarcamos nuestra inane existencia. La misma teoría se sostiene en El monstruo humano, una introducción a la ficción de los asesinos en serie (Laertes) de Isabel Santaularia: «Son personajes de frontera, que hacen sus propias reglas, viven al margen de la ley. Solitarios, individualistas, en algunos casos fascinantes, cultos y con su propio sentido de la justicia, satisfacen sus impulsos sin tener en cuenta los dictados de lo que es moral. Viven según su propia ley y son atractivos en tanto en cuanto nos permiten al espectador, de forma vicaria, vivir al límite», subraya. Seríamos, de acuerdo con estas formulaciones, poco más que niños traviesos disfrutando del placer prohibido, que en este caso consiste en actuar conforme a unos principios en las antípodas de lo que socialmente han —¿hemos?— estipulado como correcto. De hecho, nada habría de preocuparnos por esta nuestra fascinación hacia el hijoputismo, porque la teoría acude rauda a pasarnos la mano por el lomo, y susurrarnos displicentemente que adorar el mal solo provoca un reforzamiento del bien. Porque estos criminales, psicópatas o simples capullos actúan como una metáfora con patas: «Sus destinos trágicos nos demuestran que los comportamientos transgresores se traducen en soledad, marginación, encarcelamiento o muerte» afirma Santaularia, «es él que quien al final es derrotado y, por lo tanto, realza nuestra superioridad moral y da sentido a nuestro orden social y las reglas de convivencia por las que nos regimos. Así que, afortunadamente, al final nuestra fascinación por estos personajes no compromete nuestro sentido de lo que es moral y justo», remata.

Omar Little. Imagen: HBO.

Omar Little. Imagen: HBO.

Un momento, porque algo empieza a oler mal por aquí. ¿De verdad los destinos de nuestros hijos de puta nos dicen que los comportamientos abominables acaban, irremediablemente en caos y destrucción? ¿Está tan clara esa esa lectura de que al final compensa obrar bien porque de otro modo acabaremos condenados? Sacúdanme de moralina, porque por aquí apuntan más grises que claros y esta simpleza balsámica no termina de encajar. Salvo, eso sí, que juzguemos el éxito o el fracaso de nuestros malnacidos en función de sus muertes tempranas, que entonces sí. Ninguno morirá en la cama como, no sé, cualquier dictador o genocida de este lado de la pantalla. Y qué. Si nos hemos enamorado de ellos no es por cómo acaban, sino por cómo viven. Comiendo, bebiendo, fornicando sin contención como el vigoroso y lascivo Soprano. Amasando montañas de dinero erradicando al más débil, como Don Draper. Respondiendo solo ante los dictados de sus propios códigos morales, como Al Swarengen. O como Mackey restregándose por el forro cualquier límite que quieran ponerle a sus puños o su gatillo. Si nos gustan, es porque tienen éxito. Porque son los mejores en lo suyo, o acaban siéndolo, como Walter White.

Y con esto nos sumergimos de lleno en la teoría más incómoda de todas, porque implica que lo que sucede a ambos lados de la pantalla está más que interconectado, y no somos nosotros simples tentetiesos que disfrutamos al son de las perrerías de nuestros antihéroes para regresar después a la confortable posición inicial, premiando los comportamientos rectos y justos, y sancionando a quien actúa sin escrúpulos. ¿Qué pasaría si nuestras simpatías con el hijoputismo en la ficción nos estuvieran arrojando a la cara otras conclusiones sobre el balance entre la fantasía, la identificación y la realización de deseos en la vida doméstica?

El limo es mucho más cenagoso si nos preguntamos qué es lo que comparten realmente toda esta ralea de seres en torno a los que hemos dado tantas vueltas. No vale con responder que se saltan a la torera todo límite moral establecido. Son manipuladores, imperiosos, impredecibles, mentirosos; pero cada uno a diferentes niveles y con notables diferencias, en cuanto a intelecto y motivaciones. La mejor respuesta no la esboza un psicólogo, ni un estudioso del comportamiento humano. No uno con diploma, pero sí alguien que conoce bien con qué mimbres están construidos esos hijos de puta de nuestros desvelos. Lo dice el productor televisivo Stephen J. Canell en The Guardian, cuya perspicaz observación rescató Cristian Campos: «Tu héroe puede hacer un montón de cosas malas, puede cometer todo tipo de errores, puede ser perezoso y parecer estúpido, siempre y cuando sea el tipo más listo de la habitación y sea bueno en su trabajo. Eso es lo que le pedimos a nuestros héroes».

Tony Soprano. Imagen: HBO.

Tony Soprano. Imagen: HBO.

Exactamente eso. Walter, Tony, Vic, Omar o Don son muchas cosas, pero sobre todo son poderosos. Y todo lo que hacen está encaminado a apuntalar esa situación de liderazgo en la agencia, las calles de Baltimore, la mafia o incluso el hogar. Y esto lo han hecho siendo hijos de puta, estando en el bando de los malos. Siempre según el esquema tradicional, porque como retrata Brett Martin en Difficult Men, hace tiempo que la revolución creativa ha triturado esos términos, y si no a cuento de qué estamos aquí hoy venerando al villano, al que no niega la bestia que lleva dentro, sino al que la escucha y acuna; para después proceder a darle sustento respondiendo a sus apetitos.

Martin esboza también otra de las conclusiones más interesantes en torno a estos hombres difíciles o capullos sin rodeos: que en realidad, no son más que la «literalización» del eterno conflicto interno masculino, la lucha entre el deseo de dar rienda suelta a sus naturalezas salvajes y sus intermitentes esfuerzos por domarlos. Lucha que se resume en la canción que encabeza este texto y que cerró el piloto de Los Soprano a la voz de Nick Lowe.

Ellos liberan a la bestia y nos guste o no, por eso hemos conectado con ellos. Porque, si nos bajamos del cómodo sofá de los conceptos abstractos y las entelequias de bondad y la maldad, a quien admiramos y de quien nos encariñamos no es de los seres que encarnan esos inveterados valores. Puede que queramos, pero la forma en la que conectamos con ellos nos revela mucho más de la naturaleza humana de lo que podríamos estar dispuestos a asumir. Las barreras que retienen al monstruo bajo custodia son realmente frágiles.

Pero ya decíamos que no es más que otra teoría. Quizá Martin se pase de provocador sugiriendo que es el poder real lo que ejerce una atracción tal sobre nosotros como para acabar tolerando semejantes actos cargados de egoísmo e hijoputez. Quizá la ficción sea solo ficción y sea más aproximada la teoría de los excursionistas Yogui y Bubu o Craig y John. De hecho, podríamos preguntarnos si censuraríamos que Craig llegase a la cima dejando el cadáver de su compañero a la espalda después de largos capítulos de travesía filmada por la HBO. Porque sería demasiado cínico que aplaudiéramos ante un épico final, en el que Craig corona su epopeya, siendo el mejor en lo suyo, ¿verdad? A pesar de que se le escapara una lágrima por el compañero perdido, no merecería ser llamado héroe, como mucho antihéroe. O un hijo de puta, es mejor que le llamemos así. Craig nunca nos encantaría porque violaría hasta los sacrosantos mandamientos. Y debía andar muy desencaminado W. H. Auden cuando dijo aquello de que ese decálogo se construyó observando el comportamiento humano e insertando un «no» delante.

 

34 comentarios

  1. Bárbara, si no has visto Fargo, la serie, no sé a qué esperas. Es una pena que en esta lista no aparezca Lorne Malvo. Es tan perverso que uno llega a dudar de que sea humano. Te va a encantar.

    • La he visto, la he visto. De hecho, se me ha quedado descolgada una de las citas más chulas de Malvo: “Tu problema es que te has pasado toda tu vida pensando que hay reglas. No las hay. Éramos gorilas. Todo lo que teníamos es lo que podíamos coger y defender”. Maravillosa.

      • Hola Barbara, casualmente, no es familiar tuyo aquel Juan Ayuso, jefe del destacamento de la guardia civil, en la placita de Almagro en ciudad Real. Hace varios ayeres?

        De donde nació la expresión “quedó como Cagancho en Almagro”…

        Saludos.

  2. ¡Qué pasada! ¡Qué buen rollo esta movida malota!¡Cómo mola!¡Estáis en la onda, tí@s!
    ;)

  3. Pingback: Los llamamos antihéroes, pero son hijos de puta. Y nos encantan

  4. 1) nos gustan los malos porque en el fondo también somos malos, aunque aparentemos no serlo.

    2) nos gustan porque somos buenos en el fondo y en la forma y así podemos ser malos sin serlo

    ¿Cuál es la respuesta? Yo creo que las dos en parte

  5. El mayor hijodeputa de la historia de los videojuegos: Kefka.

    No es muy relevante para el artículo pero tenía que decirlo.

  6. Pocos personajes detestables de la pantalla me han resultado tan simpáticos como Al Swearengen de “Deadwood”.¡Qué pedazo de actor Ian McShane!

  7. Ralph cifaretto( joe pantoliano) en los soprano tmb fue un hijodelagran y m reí mucho cn sus burradas sacando de quicio a tony.

  8. Nos gustan los malos en la ficción porque ellos son los que generan los conflictos en las historias. Sin su presencia, éstas serían mucho menos atractivas. O mucho más aburridas. La historia de un profesor de química enfermo de cáncer puede parecer, a priori, poco interesante, pero cuando éste empieza a escarbar en su lado oscuro la cosa cambia, claro.

  9. Decían los antiguos psicologos que para evitar uno mismo cometer algún tipo de atrocidad, era bueno sublimar nuestros impulsos a través de personajes que estimularan nuestra fantasía:
    Si miras un asesinato en TV te quitas un peso de encima, y evitas hacerlo en la vida real.

    Hannibal Lecter parece el prototipo del siniestro, pero culto y refinado, antihéroe.
    Todas las sagas de mafiosos italianos.
    Pete Townshend
    El narrador de memorias del subsuelo.
    Liam Neeson en “infierno blanco”.

    Los antihéroes nos mueven al interior, esa humanidad descarnada que todos padecemos.

  10. Vamos a ver si es que hemos visto series diferentes;si Walter White es malo yo soy la madre Teresa de Calcuta. Los hijoputas de Breacking Bad son Tuco Salamanca y Gustavo Fring (Los Pollos Hermanos), y con esos empatizamos poco.
    Lo que si creo que es verdad es que simpatizamos con los poderosos,en la acepción que se cita arriba «Tu héroe puede hacer un montón de cosas malas, puede cometer todo tipo de errores, puede ser perezoso y parecer estúpido, siempre y cuando sea el tipo más listo de la habitación y sea bueno en su trabajo. Eso es lo que le pedimos a nuestros héroes» aunque sea un cabronazo.

    • Gracias por tu comentario. Por fin un poco de coherencia

      • No gustan los malos puros, más bien nos dan lo que nos deberían dar, bastante asquete.

        El personaje que gusta suele ser el más bueno de los malos, o el más malo de los buenos, que es el que termina dándole lo suyo al malo puro, mientras se echa unas risas a costa de los buenos.

        • Creo que, en esta respuesta esta el resumen perfecto de todo esto. Almenos a mi me ha gustado mas esta definicion que todo el articulo entero.

    • Bueno, yo creo que el artículo lo deja bien claro…
      No sentimos simpatías por tipos como Tuco Salamanca o Gustavo Fring porque son los “malvados”, es decir que sus cuestionables actos no persiguen un objetivo moral “bueno”, y que por lo tanto para nosotros como espectadores sus actos no justifican sus fines. En cambio Walter White es un “maldito” no un “malvado”, porque pese a hacer los mismos actos reprobables que los otros, como el supuesto fin que persigue (el bienestar de su familia) es loable, sentimos una cierta admiración por él…
      De ahí a decir que Walter White no es “malo”… (A PARTIR DE AQUÍ HAY SPOILERS PARA QUIEN NO HAYA VISTO BREAKING BAD)… Es decir, un tipo que envenena a un niño pequeño con ricino, que deja morir a una chica ahogándose en su propio vómito, que disuelve en ácido a un traficante, o que no tiene reparos en hacer matar a un químico que lo único que ha hecho es aprender a cocinar metanfetamina con su método (por citar sólo algunos ejemplos de los muchos más de este tipo que comete), no se puede decir que no es una mala persona, la verdad…
      Lo que el artículo (muy bueno, por cierto) deja muy claro es que aún siendo malo, nos sentimos atraídos por él porque en parte hace todo eso persiguiendo un objetivo admirable, que es el bienestar de su familia, al contrario que los otros dos “malos” (Tuco y Gustavo) que no tienen en mente un objetivo moralmente bueno al hacer las mismas cosas que hace él…
      Pero vamos, que malo sí que es, Walter White

    • Si. Porque envenenar a un niño con ricino o dejar morir ahogada en su propio vomito a la novia de tu socio son actitudes super positivas. Qué malo Gus Fring vendiendo droga!

  11. ¿Seguro que Omar Little es un malo? Porque en su contexto es más bien lo contrario.

  12. No estoy para nada de acuerdo, como fan absoluto de Batman puedo decir que he disfrutado viendo como acababa con todos los villanos, jokers, pingüinos y demás.

    Jamás ningún villano me va a despertar más simpatía ni empatía que el traumatizado multimillonario y playboy de Batman.

  13. Eso es. Nos gustan los listos y los triunfadores porque somos primates: el vizconde de Valmont, Francis Underwood, Michael Corleone… Son gorilas alfa en un mundo observado, eso sí, desde una mirada cínica donde todo se da la vuelta y por tanto todo es relativo.

    Por el contrario, no hay posibilidad de que te caiga bien Sauron en un relato exento de cinismo como ESdlA, o los malos en las películas de Jack Ryan, que lo son desde la mirada de “un boy scout”, como lo llaman en alguna.

    Buena tesis. Daría para una serie de artículos: si no lo has pensado, yo lo consideraría en deferencia a los lectores.

  14. Aparentemente, esta moda de los “héroes malos” (yo no los llamaría antihéroes) se desató con el Hannibal Lecter de “El silencio de los corderos” en 1991, que todavía sigue muy vivo en una excelente serie.

    Pero si lo miras bien se inició mucho antes, miles de años antes, desde que se inicia la literatura. Los héroes antiguos tenían todos rasgos reprochables: Gilgamesh, Aquiles, Ulises, Teseo, Edipo, David, Salomón, Lancelot… Un héroe, entonces, no era alguien ejemplar, sino alguien extraordinario, desmesurado, para bien y para mal. Ahora vuelve a ser así.

    Lo raro es la idea del héroe como alguien irreprochable, generoso y sacrificado, tiene algunos antecedentes en la “virtus” romana, se justifica teológicamente con el cristianismo y termina en el Supermán del siglo XX. La verdad, si lo piensas, no ha dado demasiados personajes interesantes, porque la perfección nunca ha sido creíble.

  15. Qué es un malvado? Qué es un antihéroe? Creo que se mezclan cosas que no tienen relación.

    Considero que un personaje malvado es aquel que usa el mal a propósito en su propio beneficio. Sin dudas éticas. Ahí está el personaje de GAEAR del filme “Fargo” interpretado por el actor Peter Stormare (quien por cierto esta ligeramente encasillado ya que hablamos de ello). O por ejemplo el asesino de “No es pais para viejos” CHIGURH interpretado por un Bardem en alza. Por cierto, parece que a los Cohen les encanta este tipo de personajes.

    Por otra parte y ya sin salir de la esfera de los hermanos, tenemos que el Antihéroe es un personaje que distingue el bien y el mal, lo que ocurre es que se ve abocado por la situación (a veces impulsivamente, a veces reflexivamente) a tomar el “camino del mal”. Ahí está ese ladrón de “Arizona Baby” (Nicholas Cage) o los casos ya mencionados de Walter White y Dexter.

    Otra opinión merecen algunos personajes como el de Omar de The Wire, que juegan a caracolear entre ambas cuestiones según el interés del guionista para confundir o matizar al personaje.

  16. ¡Excelente artículo! Me ha encantado una de las conclusiones del penúltimo párrafo: “…la forma en la que conectamos con ellos nos revela mucho más de la naturaleza humana de lo que podríamos estar dispuestos a asumir. Las barreras que retienen al monstruo bajo custodia son realmente frágiles.”

    Alguien debería escribir una secuela centrada en personajes literarios, con Martin Amis, Irvine Welsh y, sobre todo, Easton Ellis, entre otros. Cuando leí American Psycho me quedé de piedra. Personalmente, me enganchó mucho más que los abusos de Tony o Walter o Omar Little. No me paré a pensar en los mecanismos que justificaban esa adicción, pero sí tenía muy claro (lo escribí en una reseña, que comparto por si a alguien le interesa: http://unlibroaldia.blogspot.com/2013/12/colaboracion-american-psycho-de-bret.html) que lo que me atraía, por mucho que, como bien dices, no esté/estemos dispuesto a asumirlo, es la forma en la que el protagonista se regodea “en esa parte animal que la cultura ha domeñado en (casi) todos nosotros”.

    En fin… ¡gracias por el artículo!

  17. A mí esta literatura en forma de artículo o ensayo periodístico me parece una auténtica maravilla, ojalá siga igual de inspirado el autor en sus próximos trabajos. Felicidades y muchísimas gracias.

  18. La diseccion psicologica de intenciones y motivaciones q mueven nuestra fascinacion por ellos es brillante.Queda analizar la escabrosa y permanente cuestion tabu d por que las mujeres no elegimos heroinashijas de puta y la escasez d las mismas en el cine…a excepcion de la odiosa Cruela de Vil…

  19. Cersei Lannister merece una mención y hasta un artículo entero. Me encantan estos artículos que sobre todo provocan dudas.

  20. Estoy de acuerdo con la segunda teoría, la que se expone al final del artículo. Yo interpreto esa admiración que muchas personas sienten (sentimos) hacia los antihéroes entendiendo que son lo que nosotros querríamos ser. Ellos tienen el valor, o los pocos escrúpulos, según se mire; de ir a por lo que quieren cuando quieren caiga quien caiga.
    Por otro lado, no deja de ser curioso un hecho: lo mucho que admiramos a estos personajes ficticios y lo mucho que despreciamos por lo mismo a personas reales, de carne y hueso, que hacen cosas similares. Creo que la clave de ese desprecio es la envidia: les envidiamos y admiramos lo mismo que nuestros héroes de la ficción, sin embargo, hay algo en nuestro interior, no se implantado socialmente o inherente a la mentalidad humana, que no nos deja reconocer (en muchos casos) ese sentimiento hacia estos villanos de la realidad.
    Por último, una pregunta: yo admiro mucho a Tony Soprano, más de una vez he querido ser como él. ¿Qué tipo de relación tendríamos ambos de existir él? Da miedo, al menos a mí.

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  23. Creo que no ha mencionado nadie la inteligencia mayúscula de todos los personajes que se ponen como ejemplo, y que creo que está en el centro del fenómeno fandom que despiertan.

  24. Nos encantan, nos encantan. Yo también publiqué un articulo en ese sentido:

    http://missplumtree.blogspot.com.es/search/label/Nos%20gustan%20los%20malos

  25. Pingback: Sinners I’d like to fuck - Jot Down Cultural Magazine

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