Gavril Balint: «Tardé años en ser consciente de que le ganamos al Barça la Copa de Europa»

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El 7 de mayo se cumplen treinta años de la noche más triste en la historia del FC Barcelona. La derrota en Sevilla en la final de la Copa de Europa contra el Steaua de Bucarest. El equipo rumano parecía una perita en dulce, pero a finales de los ochenta los equipos soviéticos y balcánicos alcanzaron niveles estratosféricos. Aquella victoria es el acontecimiento deportivo más importante de la historia de Rumanía junto al 10 de la gimnasta Nadia Comaneci en Montreal y los cuartos de final del Mundial de Estados Unidos. Gavril Pelé Balint (Sângeorz-Băi, 1963) metió el cuarto y último penalti de su equipo aquella noche. El Barcelona los falló todos. Tras batir todos los récords posibles con el Steaua, Balint recaló en nuestra liga en el Real Burgos junto a su compañero en la delantera del Steaua, Marius Lacatus, que fue al Oviedo. En su relato se entrelazan el fútbol y la historia de tal manera que uno al final no sabe a qué rango pertenece cada vivencia. Nos cita frente al Palacio del Pueblo de Bucarest, el edificio administrativo más grande del mundo. Un delirio de los tiempos comunistas. Y viene a lomos de su Harley Davidson. Todo en orden.

Eres transilvano.

Nací en Sângeorz-Băi, en Bristita. Es Transilvania, efectivamente. De donde viene la leyenda de Drácula derivada del príncipe Vlad Tepes. Cuando fui a jugar a España y dije que había nacido en Transilvania inmediatamente me apodaron «el Vampiro» [risas], pero en realidad Vlad Tepes no tiene nada que ver con los vampiros. Desde que Bram Stoker escribió su libro, la novela ha causado más fascinación que la historia real. Vlad Tepes fue un jefe, un señor importante de Rumanía. En las guerras con los turcos era muy salvaje, les cortaba las cabezas y las dejaba clavadas en un palo. Por eso le pusieron el nombre de Drácula, que quiere decir «diabólico». Bram Stoker escuchó la leyenda, lo mezcló con los vampiros e hizo una especie de ensalada que funcionó muy bien. Ahora la gente va a visitar los castillos de Transilvania donde se supone que estuvo Vlad Tepes y, mira, se gana dinero.

Balint es un apellido de origen húngaro.

Mi padre era húngaro y mi madre alemana. Mi abuela paterna no quería que su hijo se casase con una alemana, solo aceptaba que fuese una húngara. Así eran los tiempos, pero al final se casó con quien quiso. Mi madre hablaba en alemán conmigo. Cuando fui a la guardería no entendía el rumano. Luego cuando lo aprendí, ella me hablaba en alemán y yo le contestaba en rumano. No quise volver a hablar en alemán. Mi padre directamente nunca me habló en húngaro, pasaba de enseñármelo.

Tu padre era futbolista también.

Mi padre jugaba en Cluj-Napoca, que es la segunda ciudad de Rumanía y capital de Transilvania. Un día le envió una carta su hermano gemelo —que también era futbolista y estaba en Sângeorz-Băi— y le dijo que se fuera para allá, que iban a crear un equipo de fútbol potente. Mi padre fue, encontró trabajo y se puso a jugar al fútbol con su hermano gemelo. Era muy divertido porque algunas veces mi padre salía el primer tiempo y su hermano el segundo, solo cambiaban la camiseta. Una vez, hubo una pelea al final del partido, el público invadió el campo y mi padre le tiró el balón al árbitro a la cara. Le metieron dos años de suspensión, pero siguió cambiándose con su hermano. Un partido lo jugaba él y el otro su hermano, se turnaban.

Tu padre te puso Pelé de segundo nombre.

Era fanático de Pelé. Años después le escribió una carta, pero no le contestó. ¡Cuántas cartas recibirá Pelé! Mi padre desde que empecé a andar me puso una pelota en el pie. Jugamos mucho juntos y luego fue mi primer entrenador en los juveniles del Sângeorz-Băi. Todo lo que he hecho ha sido por él. Recuerdo que en todo el pueblo solo había dos televisiones y una estaba en mi casa; era una tele rusa, y el Mundial del 66 en Inglaterra lo vimos con todos los vecinos y amigos de mi padre. Teníamos la antena puesta en lo alto de un árbol, frente a la casa. Los vecinos venían con sus sillas y las dejaban en el salón con su nombre para que nadie les quitara el sitio al día siguiente. Mi madre luego tenía que limpiar todas las cáscaras de pipas y frutos secos que dejaban. Yo solo tenía tres años, pero se me quedó grabado el ambiente que había por el fútbol. Me encantaba verles hacer apuestas.

¿Cómo llegaste a profesional?

Mis padres se habían ido a Alemania a ver a la familia y apareció por el pueblo el presidente del Gloria Bristita a ficharme para segunda división. Se encontró al hermano de mi padre, al gemelo, y le dijo: «Me quiero llevar a tu hijo al Bristita». Y el hermano de mi padre, que era un cachondo, respondió que sin problema, que firmaba, pero que tendría que llevarse algo a cambio. Así que le dieron un ternero. Cuando volvió mi padre de Alemania, su hermano le dio la noticia: «Tu hijo ha firmado por el Gloria Bristita, no te preocupes que ya he hecho yo todo el papeleo». Luego mi madre se dio cuenta de la jugada porque algo le habían dicho y empezó: «¿Dónde está el ternero, dónde está el ternero?». Era lo único que le interesaba [risas]. Más adelante fui a un torneo que se organizó en Rumanía para formar las categorías inferiores de la selección. Me cogieron y me tenía que internar en una escuela deportiva de Bucarest. No quería ir, pero mi padre me recomendó que lo hiciera. Con quince me planté en Bucarest y, tras una final de copa que jugué con el Gloria Bristita contra el Craiova, nosotros de segunda y ellos de primera, se interesaron por mí los equipos más importantes.

¿Por qué te decidiste por el Steaua de Bucarest?

Pues mira, porque un día iba por la calle, se paró a mi lado un camión del ejército lleno de soldados, me metieron dentro y me llevaron al campo del Steaua. Allí, en las oficinas, me encontré con mi padre, que le habían hecho venir desde quinientos kilómetros.

¿Así y ya?

No, el presidente del Steaua le preguntó a mi padre cuánto cobraba y le dijo que yo iba a llevarme tres veces más con las primas si fichaba por ellos. Nos quedamos un rato a solas para reflexionar y mi padre recomendó que aceptara la oferta. Le dije: «Si tú dices que firme, firmo», y así lo hice.

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En el 77 Cruyff jugó con el Barcelona en Bucarest y salió aplaudido por todo el estadio.

Lo recuerdo, pero yo no estaba presente. Era muy pequeño. Luego fui compañero de algunos de los jugadores del Steaua que estuvieron en ese partido y me dijeron que aquello era un equipazo y él, el mejor. Para mí Cruyff fue uno de los más grandes. Yo iba siempre con Holanda en las competiciones internacionales, aunque tengo que reconocer que en el Mundial de Argentina el que me encantó fue Kempes. Con esas piernas largas, ese pelo, los goles que metió al límite y cómo los celebraba.

¿Cómo era la vida en Rumanía antes de los ochenta?

La década de los setenta fue una época que estuvo bien. No había problemas muy graves. Luego, cuando Ceaucescu, que al principio había hecho cosas buenas, se puso a devolver toda la deuda externa la gente sufrió mucho. Recuerdo a mi madre yendo a comprar el único kilo de azúcar que le correspondía, uno para cada familia, o un litro de aceite, y había peleas. Cantidad de gente enfrente de la tienda, haciendo colas. Nunca llegaba. «Tiene usted que volver mañana». Así días y días. Luego, cuando firmé con el Steaua mi familia fue privilegiada, los futbolistas teníamos todo lo que queríamos. Además a Ceaucescu le gustaba el fútbol y era del Steaua.

¿Y cómo se convirtió el Steaua en el equipo campeón que fue?

Empezamos regular. Yo firmé en el 81 y la primera liga cayó en el 84. En esos años pasaron más de cien jugadores por el Steaua. Para el club era fácil traerlos, porque los captaba del servicio militar, que duraba un año y medio o por ahí. Mi caso fue diferente, yo me libré de la mili por ser jugador del Steaua, no al revés. Soy teniente mayor, pero nunca he tirado con la pistola. Solo con la de agua [risas]. Tuve que hacer ingeniería militar en la academia del ejército y con eso fue suficiente. Pero lo de poder traer a tanto jugador no servía para nada, era un caos. Se traían tíos que estaban tres meses y se les echaba. Entonces llegaron Ion Alecsandrescu de presidente y Emeric Jenei de entrenador y pusieron orden. Se empezó a elegir a los mejores para cada posición y poco a poco nos convertimos en una verdadera máquina. Si faltaba una rueda del engranaje, se sustituía por otra y todo seguía funcionando igual de bien.

En el 85 te influenció Van Basten.

Me gustaba mucho. Siempre quise hacer lo que él hacía en el campo. Le estudiaba, cómo se movía, cómo jugaba. De hecho, al principio empecé como centrocampista y, como me puse a atacar tanto, al final conseguí jugar en su posición, de delantero.

Del equipo que empezó a ganar ligas se dijo que su secreto era que mantenía dentro del campo la misma disciplina que fuera.

En el ejército había una disciplina férrea y nosotros la teníamos también. Vivíamos con verdadero miedo a meter la pata. Si cometías un error te metían al calabozo, a la prisión militar, dos o tres días. Me acuerdo de un compañero que se emborrachó una noche, le entró hambre, quiso ir al comedor del estadio, pero la puerta estaba cerrada, así que la rompió y se coló. Pues le pillaron y se fue directo a la cárcel unos días. También teníamos a la seguridad del ejército detrás de nosotros, siguiéndonos. Todo lo que hacíamos en la ciudad se sabía. Lo que habías tomado y dónde, todo se escribía e iba a un informe, que se archivaba. Lo sabíamos, pero eran los tiempos que eran. Eso sí, al final todo esto se reflejaba en el campo para bien. Lo que la gente no sabe por ahí es que Jenei nos daba mucha confianza. Decía: «Entráis en el campo y hacéis lo que sabéis, sois muy buenos, os da igual quién esté enfrente porque sois los mejores». Y no había más. Ni siquiera teníamos una táctica. Los entrenamientos eran todos muy fáciles, con juegos, siempre con balón. Tuvimos también mucha armonía en la plantilla, éramos muy amigos. Cada uno daría la vida por la de su compañero. Estábamos muy unidos. Así que no era solo disciplina.

Una frase de ese entrenador, de Jenei: «Moved la pelota, que ella no se cansa».

Sí, tenía muchas frases así y constantemente las repetía. «La pelota es de oro», decía también. Teníamos que imaginarnos que el balón era un tesoro y ni por lo más remoto nos lo podían quitar. Cosas de estas. Al final el secreto del Steaua fue que jugamos un fútbol moderno en aquellos tiempos. Teníamos mucha posesión, mucha velocidad de juego. Por eso mismo ganábamos, porque hacíamos un fútbol muy adelantado a su tiempo.

En la temporada 85-86 habíais ganado tres ligas consecutivas y en la Copa de Europa empezasteis a pasar de ronda, a pasar de ronda…

Éramos muy fuertes sobre todo en casa. Todos los que venían pasaban miedo. Era raro el partido en que a los cinco minutos no fuéramos ya ganando 1-0. En el camino hasta la final recuerdo meterle un gol al Vejle danés, que acabamos en casa 4-1. Al Budapest Honved también le metimos cuatro remontando el 1-0 de la ida. Y las semifinales fueron contra el Anderlecht, que fue lo mismo. 1-0 allí y 3-0 en Bucarest. Yo hice el segundo. Creo que ese fue el mejor partido de toda nuestra historia, tienes que verlo. Aunque si recuerdo todo esto tan bien es porque cada año aquí repiten los partidos y los goles por la tele [risas]. La verdad es que en nuestro estadio, en Ghencea, les pasábamos por encima. Siempre estaba lleno. Cualquier equipo que viniera a jugar contra nosotros en aquel periodo a este estadio no tenía ninguna chance.

Os plantasteis en la final en Sevilla contra el FC Barcelona.

Recuerdo que los primeros días antes de la final solo pensábamos en a quién nos llevaríamos de viaje con nosotros. Solo podíamos invitar a una persona. Unos se llevaban a la mujer, otros a la novia. Yo decidí invitar a mi padre. Quise devolverle todo lo que me había dado desde pequeño. Luego empezamos a pasar un poco de miedo. Al Barça le teníamos mucho respeto. A mí me daba pánico que pudieran ganarnos por 5-0 o algo así y tener que volver a Rumanía avergonzado. Lo único que nos dio un poco de ánimo fue que el Dinamo de Kiev le ganó al Atlético de Madrid de Luis Aragonés la final de la Recopa. Jenei nos dijo: «Si estos han podido, ¿por qué no vamos a poder nosotros?». Del Barça al fin y al cabo sabíamos poco. Jenei no quiso que les estudiáramos para que no nos obsesionáramos, que no tuviéramos miedo. Solo vimos algo de su semifinal. Recuerdo que eran muy técnicos. Carrasco era muy bueno. Schuster, un grande de Europa. Víctor otro jugador excelente. Anda que… después de la final me cambié la camiseta con él y años después la perdí. Es un problema que tengo con las camisetas que me han regalado. Cada vez que me llevo a una chica a casa le dejo una camiseta para que duerma, por la mañana se me olvida y al final se las llevan. ¡Ya no tengo ninguna! [Risas].

Ellos jugaban en casa.

Cuando llegamos a Sevilla solo veíamos a gente vestida de azulgrana. Nuestro entrenador nos dijo: «Tranquilos, solo tenéis que pensar que vienen a animaros a vosotros». Porque los colores de nuestra primera equipación son iguales, entonces cerrábamos los ojos y pensábamos que todos los culés que había por ahí eran los nuestros. No podíamos hacer más. Por cierto, el otro día mirando fotos viejas me encontré con que estábamos todo el equipo en la plaza de España de Sevilla, posando juntos en una foto, y todos llevábamos calcetín blanco y zapatos negros [risas] ¡Todos! Debía ser la moda…

¿Cómo viviste el partido?

Ellos hicieron un juego no muy bonito. Fue un partido pesado. Ahora me pones el vídeo, los ciento veinte minutos, y me aburro y lo quito. Solo el final tuvo gracia con los penaltis. Claro, para nosotros. Cuando se acabó el partido y a prórroga, eso sí, estando en el campo, me sentí muy bien. Solo pensaba: «Qué bien, no nos han ganado cuatro a cero». Me relajé, respiré. No nos habían humillado. Incluso estaba contento. Sabía que pasara lo que pasara íbamos a salir de ahí con la frente alta.

En los penaltis, cuando el entrenador pidió voluntarios para tirar no se atrevía nadie. Teníamos a Majaru y Bölöni, que eran los que siempre tiraban. Esos fueron los primeros en la lista. Luego Jenei siguió preguntando, a Iordanescu por ejemplo, que era segundo entrenador, pero estaba de jugador. Tenía treinta y cuatro o treinta y cinco años, Jenei no pudo reunir a quince jugadores para la final y le tuvo que llevar a él en la lista. Pero lo que jugó en la final lo hizo muy bien. El penalti, en cambio, pasó de tirarlo, dijo que ni de casualidad. Entonces Jenei siguió con otro y «no, es que me duele la pierna»; otro, «es que me duele aquí». Hasta que cogió Lacatus y me dijo: «Nos metemos los dos». Contesté: «No me importaría tirar, pero quiero que me lo pidan, me da cosa meterme yo». Se fue a Jenei y le soltó: «Míster, pónganos a Gabi y a mí, que tiramos nosotros y a usted le vamos a hacer el mejor entrenador del mundo». Se quedó mirándonos como diciendo… «jóvenes locos, insensatos… ay». Pero nos puso.

Entonces empezó la cosa y Majaru y Bölöni fallaron los dos primeros. Nos quedamos helados. Yo empecé a pensar: «A ver qué hago ahora». Se me pasó de todo por la cabeza. En el centro del campo le pregunté a Lacatus antes de que saliera a tirar el suyo: «¿Por dónde vas a chutar?», y me dijo: «No tengo ni la menor idea, le voy a meter un obús y donde vaya habrá ido».

Y efectivamente, así tiró.

Tuvo un poco de suerte porque dio al larguero y entró.

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Después volvió a fallar el Barça, Pichi Alonso, y te tocó a ti.

No me acuerdo de nada de ese momento. Estaba como en un sueño. No tenía nada pensado. Fui a la bola y le di así hacia un palo… no sé por qué. Creo que vi al portero irse un poco al lado contrario antes de chutar, pero tampoco lo recuerdo con nitidez. Al ver que entraba lo que sentí fue como que se me relajaban todos los músculos. Cuando luego falló también Marcos Alonso y ganamos, mis compañeros estallaron, se alegraron mucho, pero yo no podía. No te puedo explicar lo que pasaba. Estaba como ido.

Y pobre el portero de ellos, Urruti… Una semana antes de que muriera me encontré con él aquí en Bucarest. En Sorpresa, sorpresa quisieron darle una sorpresa a nuestro guardameta de entonces, a Duckadam, y le trajeron a Urruti. Luego le llevé en coche al hotel y me confesó que fue muy duro para ellos perder ese partido. Me dijo que es que estaban muy seguros de que iban a ganar y ahí estuvo su problema. Eran muy buenos, pero no podían ganar antes de saltar al campo. La pena más grande que tengo es que una semana después de esa conversación se murió.

¿Cómo fue vuestra celebración?

Volvimos al hotel y los trabajadores nos habían hecho una tarta enorme. Para mí que eran fans del Real Madrid [risas]. Mi padre estaba conmigo. Fue muy bonito. Al final de la cena cogí a Belodedici, que fue mi compañero de habitación durante muchos años, y decidimos ir a dar una vuelta por Sevilla. Las calles estaban tranquilas, no había mucha gente. Le decía: «¿Te das cuenta de lo que hemos hecho hoy?». Tardé años en ser consciente de que le habíamos ganado una Copa de Europa al Barça.

Al día siguiente fuimos de compras a El Corte Inglés. El comentarista de la televisión rumana se equivocó y dijo que volvíamos la noche del partido. Quince mil personas fueron a recibirnos al aeropuerto, a veintidós kilómetros de Bucarest. Muchos fueron hasta allí andando y se tuvieron que quedar esperando toda la noche.

Cuando llegamos fue increíble, estábamos delante de miles de personas. Dijimos alguna cosa, les regalamos las corbatas, la camisa, las chaquetas… casi todo. Aquello era una locura, pero fue corta. Ceaucescu no permitió mucha fiesta. Después, en el primer partido que jugamos en casa fuimos con la copa, se la brindamos a la gente y aparecieron ochenta mil personas. Al final he logrado ser consciente de que ganamos porque hemos celebrado el aniversario cada año [risas]. Ahora viene el treinta y lo celebraremos más todavía.

¿No os recibió Ceaucescu tras la victoria?

Sí. Tuvimos que ir a verle para que nos diera una distinción y tomar una copa de champán con él. Fue… nos tuvo el ministro de Defensa ensayando la visita durante horas; cómo darle la mano, coger la medalla con la otra y decirle «servimos a la patria». Lacatus y yo teníamos el pelo demasiado largo y querían que nos lo cortásemos. No quisimos, y lo que hicieron fue echarnos agua con azúcar y aplastarnos el pelo para que no se viera que era largo [risas].

Luego nos dieron un coche. Los 4×4 que tenía el ejército. Un ARO, un todoterreno construido en Rumanía. Este coche se vendía muy bien en el mercado negro. Nos lo dieron sabiendo que lo íbamos a vender. No podían darnos dinero porque no lo permitía el Estado. Era un coche muy bueno, oficialmente no lo podía comprar cualquiera aunque tuviera dinero. Todos los jugadores los vendimos muy rápido. Generalmente a los pastores que están con las ovejas en el monte, les venían muy bien esos vehículos y ellos eran los que tenían dinero en la Rumanía comunista. El equivalente de lo que costaba un ARO eran tres coches Dacia, que también se fabricaban aquí. Casi costaba lo mismo que un chalé.

El portero, Helmuth Duckadam, se convirtió en el héroe de Rumanía.

Sin él no habríamos ganado. Fue el mejor. Siempre que le veo bromeo con él, le digo: «Tú querías que yo fallara para pararte también el quinto» [risas].

Poco después de la final sufrió una grave enfermedad. ¿Qué le pasó?

Hubo montones de leyendas sobre eso, que si tuvo problemas con el hijo de Ceaucescu porque le quiso robar un Mercedes que le había regalado Ramón Mendoza por parar los penaltis… Todo mentiras. En Rumanía sacaban rumores para que la gente se entretuviera hablando de chorradas y se olvidase del hambre y todos los problemas que teníamos entonces. Lo que tuvo fue un problema grave en un brazo, tuvo que operarse y pudo llegar a morir.

Casi le amputan.

Sí, no recuerdo qué fue, pero tuvo que dejar el fútbol prácticamente. Para pensar, ¿verdad? Llega el mejor momento de toda tu vida y unos días después, el peor.

¿Qué hizo después?

Estuvo en la policía, no sé si guarda de fronteras o qué exactamente. Ahora está de comentarista en televisión conmigo y es uno de los presidentes de honor del Steaua.

Después de la Copa de Europa, la Intercontinental en Japón.

Como no teníamos dinero para estar un par de semanas en Tokio para acostumbrarnos al horario, el clima y todo eso, como hizo el River Plate, nos fuimos a la embajada rumana en China. El plan era ir de ahí a Japón y, cuando la FIFA ya nos pagara el alojamiento, entrar en el hotel. No sé si fueron tres días lo que nos cubrían, pero en lo que estuvimos en Tokio nos quedamos alucinados viendo los aparatos electrónicos. Estábamos Belodedici y yo paseando por las tiendas y vimos que en un escaparate salíamos los dos por televisión, y además en directo. Nos pusimos súper contentos, sonriendo, no nos lo podíamos creer, hasta que vimos que también salía en otras teles del escaparate la gente que teníamos al lado y nos dimos cuenta de que era una cámara de la tienda que estaba grabando a la calle [risas]. Pensábamos que nos seguía una cadena de televisión.

Del partido lo que recuerdo fue que jugamos mejor y perdimos. Siempre nos ocurría al revés. Luego a la vuelta hicimos escala en China. Recuerdo que fuimos a ver la Gran Muralla. Y también que compramos un montón de fuegos artificiales, porque era diciembre, se aproximaba la Nochevieja y en Rumanía es tradición tirar petardos. Así que compramos los mejores que vimos en China para liarla bien. Decidimos probarlos allí, tiramos unos por la ventana y al cabo de unos segundos empezaron a aparecer soldados. Nos rodeó el ejército en un minuto. Se montó un lío diplomático tremendo.

La Supercopa de Europa sí que la ganasteis, esta vez con un joven que venía rompiendo: Gheorghe Hagi.

En categorías inferiores nacionales, cuando yo tenía diecisiete años y era el capitán de mi equipo, vino con quince a hacerse una foto conmigo. Nos hicimos muy amigos ya desde ese momento. Luego debutó en primera con su equipo de Constanza contra el Steaua y nos metió un gol desde treinta metros increíble, su especialidad. Cuando Jenei se fue a la selección y Iordanescu cogió el Steaua le fichamos. Me acuerdo de que Iordanescu nos pidió a Belodedici y a mí, que siempre estábamos juntos, que nos separáramos para dormir alguno de los dos, que éramos veteranos, con él, que acababa de llegar, para que se acostumbrase. Dijimos que no, estábamos muy a gusto juntos, pero aceptamos meter una cama más en la habitación y dormir los tres. Así lo hicimos en todos los viajes y nos hicimos muy amigos todos. Luego, de ese partido contra el Dinamo de Kiev te digo lo contrario que de la Intercontinental. Jugamos muy mal, pero ganamos.

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Estaban ahí Mikhailichenko, Blokhin, Belanov, Kuztnetsov…

Qué rápido era Belanov. Fue un rival muy difícil, tuvieron cinco o seis ocasiones muy claras, pero hicimos un contraataque, nos sonrió la suerte y ganamos. Luego toda la noche nos la pasamos de discotecas por Montecarlo. Fuimos a una de la exmujer de Björn Borg, que era rumana, la tenista Mariana Simionescu. Tenía un club en Mónaco y celebramos allí hasta altas horas.

¿Cómo llevabais esos viajes proviniendo de la Rumanía comunista en años que estaban siendo duros?

Metíamos muchos productos de contrabando. Era un periodo que no te lo podías creer, pero con un vídeo VHS, lo comprabas fuera por no sé, quinientos o seiscientos dólares, que era muy caro, y si lo colocabas en Rumanía en el mercado negro, con el dinero que ganabas te podías comprar un coche. ¿Te lo puedes creer? Muchos jugadores hacíamos esto en cada viaje para ganar algo de dinero. Luego nos ayudaba a meterlos el hijo de Ceaucescu, Valentín, que siempre estaba con el equipo.

Pudisteis volver a ganar la Copa de Europa del 89.

Ahí hubo un partido contra el Spartak de Moscú con una helada terrorífica. Estaba el terreno de juego como las baldosas que estás pisando ahora mismo. Pero ocurrió un milagro. Justo antes del partido nos llegaron unas botas que habíamos comprado en Alemania con tacos de goma. Las botas con seis tacos normales de metal no servían para el hielo. Y las nuevas las recibimos el mismo día que íbamos a jugar. Los rusos no tenían equilibrio y nosotros volábamos. Yo salí en el segundo tiempo, los últimos diez minutos, y metí un gol. Algunos jugadores tenían que ir con gorros enormes. Es que jugamos a menos veinte grados. No sabes qué frío es eso.

En las siguientes rondas le marqué al Göteborg y al Galatasaray a pase de Hagi. Con Gica cambiamos completamente nuestra forma de jugar. Ya no éramos el Steaua de once jugadores iguales. Ahora teníamos un 10 que era una estrella. Creo que sí que ganamos con la llegada de Hagi, pero también perdimos por otro lado con los jugadores del 86 que se fueron del equipo. De todas formas, el Milan de Arrigo Sachi con el que jugamos la final era el mejor equipo del mundo. Gullit, Van Basten, Rijkaard… vaya tres. Le habían metido 5-0 al Real Madrid. Vimos el partido por la tele y nos dimos cuenta de que eso iba a ser imposible pero de verdad. Al descanso nos fuimos ya 3-0 en contra. En la segunda parte Sachi les dijo que aflojasen, que tranquilos, y solo nos cayó uno más. En el campo no pudimos hacer otra cosa más que ver cómo jugaban ellos. Baresi, Maldini, Costacurta… no podías ni plantearte cómo entrar por ahí. Además, el campo estaba lleno de italianos. Rumanos no había. De hecho, a vernos a Sevilla vinieron solo mil y volvieron solo setecientos [risas]. Trescientos se quedaron en España.

Al año siguiente vuestro verdugo fue el PSV de Hiddink y Romario.

¿Cuántos nos metieron? ¿Cuatro o algo así? Recuerdo que en su campo Lacatus marcó el primero y luego nos cayeron unos cuantos. Romario metió tres. Pero ya no éramos el Steaua, no teníamos el mismo estilo. Empezamos a salir más defensivos algunas veces…

Pero teníais a Hagi; ¿te parecía justo que le llamasen el Maradona de los Cárpatos?

Era muy, muy bueno. El mejor de la historia del fútbol rumano. No entiendo por qué no jugó mejor en el Madrid o en el Barcelona. Supongo que ahí lo tenía más difícil porque había muchas estrellas. Hizo un Mundial del 94 maravilloso. Por eso lo fichó Cruyff, a Johan le encantaba Hagi.

¿Qué pasó en la famosa final de Copa Steaua-Dinamo del 88?

Salté al campo, íbamos 1-1, y metí el segundo gol, que era el 2-1. Ahora, si ves las imágenes, yo no estaba en fuera de juego; Lacatus, que estaba a mi lado, sí. Pero yo no. El problema era que el árbitro y el línea tardaron en anularlo. Hubo una pelea y nuestros jefes de la tribuna principal, el hermano y el hijo de Ceaucescu, Illie y Valentín, ordenaron que nos fuéramos todos al vestuario. Nosotros queríamos volver de las duchas, pero no nos dejaron. Decían que eran unos ladrones y que no podíamos salir. Lo que había en realidad era una rivalidad entre el ejército, que manejaba nuestro club, y la policía, que controlaba el Dinamo. Ahora no estoy de acuerdo con lo que hicimos. Tampoco sé bien si fue gol o no, solo sé que no estaba en fuera de juego, aunque antes no había lo de que si un jugador detrás de la defensa no es el que recibe el balón no hay fuera de juego, como ahora. Pero ¿cuándo levantó el línea la bandera? ¿Cuando marcamos o cuando saltaron los suplentes y el entrenador del Dinamo a decirle que era fuera de juego? La realidad es que no lo sabemos porque no se puede ver en las imágenes, ya que no podían mostrar trifulcas por la tele. Nosotros entendimos que la levantó segundos después por la presión que le metieron. Y como nos retiramos, se supone que perdíamos 3-0. Los jugadores del Dinamo se quedaron en el campo celebrándolo, pero se tuvieron que ir porque nadie tuvo valor para darles la copa. La tuvo que coger el portero de la mesa por su cuenta [risas]. Unas horas más tarde, nos fuimos a un restaurante para celebrar el final de la temporada y al acabar la cena vinieron unos oficiales de policía del Dinamo con la copa para dárnosla. La Federación dijo al día siguiente que el trofeo era del Steaua porque se había equivocado el árbitro. No fue normal nada de lo que pasó. Tras la revolución del 89 quisimos darle la copa al Dinamo, que era lo justo porque perdimos en el momento en que nos retiramos del campo, pero no la aceptaron. Así que la Federación al final dijo que ese año se quedó desierta.

El siguiente Dinamo-Steaua es del que hay un documental del director de cine Corneliu Porumboiu. En él, ve el partido con su padre, que fue el árbitro que lo pitó, y lo comenta. Hablé con él y me dijo que incluso en el estreno, cuando los jugadores volvieron a ver el partido, seguían gritándose en el cine si algo era falta o no. Y en el documental el padre de Corneliu cuenta que se pasó toda la semana recibiendo amenazas telefónicas.

Es lo mismo que el Madrid contra el Barcelona. ¿Por qué hay tanta rivalidad? Pues aquí es lo mismo. El Dinamo-Steaua es nuestro clásico. En los tiempos del comunismo la policía metía mano con los árbitros, amenazaba. El ejército en cambio no tenía con qué moverse bajo mano, pero la policía, que estaba fuerte, sí. Hubo muchos amaños, líos. Así fue esa época, pero ambos equipos tienen una tradición mucho mayor que eso.

Aquel Steaua tiene el récord de imbatibilidad en liga de Europa: ciento cuatro partidos sin perder.

Llegó un momento en que dejaron de darnos primas por ganar. Empezaron a darnos si ganábamos de tres o de cuatro, cobrábamos a partir del tercer gol. Y claro, desde ese día los resultados empezaron a ser goleadas, que si 9-0, 11-0. Fuimos muy buenos.

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¿Cómo era que el hijo y el hermano de Ceaucescu dirigieran al equipo?

Illie, el hermano, no tenía ni idea de fútbol, pero era viceministro. El ministro era un tío muy bueno que se llamaba Olteanu. Este estaba siempre con nosotros, para lo que necesitáramos, nos daba primas… El hermano de Ceaucescu venía y hacía lo que le decía el resto, ayudaba y tal, pero no sabía. En cambio, Valentín, el hijo, era especial. Nunca fue diciendo por ahí que era el hijo de Ceaucescu. Era humilde, modesto. No se permitía a sí mismo ni la más mínima salida de tono, al contrario que su hermano, Nico Ceaucescu, que salía, bebía y siempre montaba escándalos. Valentín era muy tranquilo, era inteligente, había estudiado Física, y trabajaba duro para el Steaua. Nos hicimos muy amigos de él, con los jugadores veteranos tenía mucha relación. Cuando venía el hijo de Ceaucescu, te imponía, pero cuando luego veías que hablaba contigo de tú a tú, te daba mucha moral. Era un gran psicólogo. Además, nos trajo un preparador físico, que no había en esos tiempos, que era karateca. Nos hizo ejercicios de gimnasia que nos dieron muchísima movilidad.

El Steaua fue el primer equipo de un país comunista en aceptar publicidad en su camiseta, de Ford.

Eso era porque Ford quiso entrar en el país, no se permitía cualquier publicidad. Recuerdo que los de Ford nos prometieron un coche si llegábamos a la final en el 89, cosa que logramos, y luego no nos dieron absolutamente nada. Después salieron los rumores: que si Ceaucescu no permitió que nos dieran coches de regalo, que si Valentín los había vendido y se había quedado el dinero… Historias, como siempre.

Tu amigo Belodedici se escapó de Rumanía y pidió asilo político en Yugoslavia.

Llevé muy mal todo eso. Le estaba esperando para festejar el fin de año, me llamaron del Steaua y me dijeron: «¿Qué sabes de Belodedici?». Y yo: «Pues que tiene que venir el cabrón, le estoy esperando aquí con su chaleco nuevo para Nochevieja». Insistieron un poco más y seguí con que no, que yo no sabía nada. Porque realmente no sabía de qué me estaban hablando. Entonces me mandaron escribir un informe diciendo todo lo que sabía al detalle. «¿Por qué?», pregunté. «Porque se ha escapado». No me lo pude creer… Y no por nada, solo porque el cabrón no me lo había dicho. Muchas veces cuando salíamos del país lo comentábamos: «¿Y si nos escapamos, si nos quedamos aquí? Fíjate qué coches, qué ciudad, qué país, qué vida tienen aquí». Pero al final no te decidías. Yo tenía miedo por mi familia y, oye, al final me sentía bien en Rumanía.

El caso es que Belodedici se escapó. Tuve que rellenar los informes y tuve los teléfonos pinchados durante mucho tiempo. Le sacaron además de todas las fotos del Steaua. Cuando se recordaba que habíamos ganado la Copa de Europa veías las fotos y él ya no estaba [risas]. No se hablaba de él. Desapareció. No fue el primero del Steaua que se escapó así, de todas formas. Ahora, cuando le veo, le pregunto: «¿Por qué no tiraste penalti en la final del 86, cabrón?». Y me dice: «Sí, me estaba reservando para el Estrella Roja de Belgrado» [risas], qué suerte tuvo de ganar otra vez la Copa de Europa con los yugoslavos. Belo es un tío muy simpático, aunque luego se casó con mi novia. Nos separamos y después de dos años ella se fue a Belgrado y se casó con él. Y encima en España acabó en el Valladolid, nuestro máximo rival en Burgos [risas].

¿Cómo viviste la Revolución del 89 en tu país, la caída de Ceaucescu?

Lo recuerdo como unos días muy malos. Me fui de vacaciones con Dan Petrescu y nuestras novias a Brasov, al monte. A las cinco de la mañana nos llamaron del club, dijeron que teníamos que vestirnos y presentarnos en el estadio porque había graves problemas en el país. Habíamos oído que pasaba algo en Timisoara. Fuimos a las oficinas, preocupados, pensábamos que íbamos a entrar en guerra, que nos iba a invadir Hungría. Eso era lo que se decía. Al llegar les dijimos que cómo íbamos a coger las armas, que no habíamos tirado ni una vez, que éramos futbolistas. Nos libramos, pero el doctor y el masajista se tuvieron que armar y estar ahí preparados para lo que pasara. Volvimos entonces a Brasov y ahí, poco después del cumpleaños de Petrescu, vimos por televisión en un hotel cómo habían fusilado a Ceaucescu. Entonces decidimos volver, estábamos muy contentos, ¡por fin habíamos acabado con el comunismo! Nos fuimos a Bucarest y al llegar… tiros por todas partes. ¡Qué miedo!, ¡qué miedo! Además fui muy tonto y me fui a casa de la familia de mi novia. Su padre era un ministro que había sido marginado por Ceaucescu años atrás, pero aun así vivía en el mismo barrio que él y para allá me fui, para estar con ella y dormir juntos. Hubo tres o cuatro días de enfrentamientos por la calle en los que murió mucha gente. Nadie sabía lo que pasaba, pero salías de casa y te podían meter un tiro. Estaba todo el mundo psicótico, se decía que había terroristas tirando al pueblo rumano, pero era la policía la que estaba disparando a la gente. Solo ellos. El ejército ya estaba con el pueblo y se liaron a tiros con los francotiradores. ¡Fue otro Dinamo-Steaua! [Risas] La verdad es que murió mucha gente por tonterías esos días.

¿El cambio político fue para bien?

Para nosotros sí. Pudimos por fin irnos a jugar a otros países. Hicieron una ley para que los que habían jugado en la selección equis partidos pudieran salir si tenían una oferta.

El Dinamo tomó el relevo con jugadores como Raducioiu, Stelea, que también jugaron luego en España como Lacatus y tú.

El entrenador sí que era bueno, Lucescu. Era un tío muy listo. Él me hizo debutar con diecinueve años en la selección. Cuando cogió al Dinamo tenía mucha ambición por formar un gran equipo y lo consiguió. Lo bueno es que entre ambas plantillas formamos la mejor selección rumana de la historia, que se conoce como la generación de oro.

Fuiste a Italia 90.

Tenía que jugar porque en todos los partidos de preparación había marcado, pero cuando llegó el primer partido contra la URSS, Jenei no me sacó. Debió haber presiones. No sé por qué. Pero luego salí unos minutos contra Camerún, metí uno que fue importante, luego nos sirvió para el golaveraje con Argentina. La derrota contra los africanos fue una pena, porque pagamos la falta de experiencia en campeonatos internacionales de este tipo. Después de ganar a la URSS creíamos que estaba todo hecho y Camerún nos ganó porque no eran peores que nosotros.

En el gol que metes, se monta una pelea con N´Kono y Lacatus.

Lacatus fue a por la bola para sacar cuanto antes de centro y se liaron. Marius era tremendo. Era muy nervioso, impulsivo, pero estos arrebatos a veces nos venían muy bien porque nos subían el ánimo. No tenía miedo de nada, peleaba con cualquiera, y eso motivaba a los demás.

Luego le marcas a la Argentina de Maradona.

Fallé dos grandes ocasiones a pase de Hagi antes de marcar. Con ese gol nos clasificamos por primera vez en la historia. Fue un tanto muy importante, contra Maradona y en Nápoles, que todo el estadio iba con él. Recuerdo verle sobre el campo, que cada balón que tocaba era una exhibición. Era muy bueno. Luego me lo encontré cuando jugaba en Sevilla y yo estaba en el Burgos, pero ya no era el de antes.

Tras marcar el gol montamos una fiesta, perdimos la cabeza. Además, no paraban de llegar empresarios a hacernos ofertas. Parecía aquello un mercado. Pensábamos que íbamos a fichar por los mejores clubes del mundo y fuimos a octavos desconcentrados. Eso es lo que te da la experiencia, saber esquivar esas distracciones. Así caímos en penaltis contra Irlanda. Jenei no me puso a tirar, por cierto, y el que entró por mí, Timofte, falló. Hubiéramos jugado contra Italia en su Mundial si pasábamos.

Gavril Balint para JD 5

Fichas entonces por el Real Burgos.

No sabía nada de Burgos. Me dijeron que había subido a primera y estaba comprando muchos jugadores con un nuevo entrenador. Yo estaba deseando salir, había ganado de todo con el Steaua y ya estaba un poco aburrido. En Burgos me acogieron muy bien, solo que al principio me costó adaptarme hasta que marqué el primer gol. La gente se puso un poco nerviosa porque habían pagado un millón de dólares por mí y no metía ninguno. Era lo máximo que habían pagado en toda su historia por un jugador. Afortunadamente, empecé a marcar y hasta hicieron una peña en mi honor: «Vampiro del Área».

Los dos primeros años os quedasteis a cinco y cuatro puntos de la UEFA, qué pena.

Teníamos el peor campo de primera división, El Plantío. No teníamos tampoco donde entrenar. Había unos terrenos fuera de Burgos donde pegaba el viento que ahí no se podía jugar al fútbol. No teníamos las condiciones óptimas para un equipo de primera división. Sin embargo, salieron buenas temporadas. El primer año le ganamos al Madrid en casa y en el Bernabéu. En Burgos yo di el pase del gol a Juric. Recuerdo que nos llegaron un montón de veces, tiros al palo, y en un contraataque les matamos [risas]. Y en Madrid fue 0-1, gol de Edu. Nos apodaron «Matagigantes». Con el Barça de Cruyff empatamos a cero allí. Era mucho mérito eso, con Laudrup, Beguiristain, Amor… ¡y Ferrer!, que siempre me daba unas palizas tremendas. Me marcaba en todos los partidos. La primera vez que fui a Barcelona, cuando estábamos calentando, lo primero que hice fue pedirle un autógrafo a Cruyff. Lo hice en inglés, todavía no hablaba español. Lo tengo guardado. Pone «Para Balint», nada más. Él no sabía quién era yo, pero luego me conoció. Me dijo Hagi que le contó años después que cuando jugaban contra el Burgos Johan solo decía: «El Burgos es Balint, ese es siempre peligroso, es el único que puede crearnos problemas».

Pues en el Camp Nou el que le metió un golazo fue Alejandro.

Sí, empatamos a uno ese día. Alejandro fue de mis mejores amigos en Burgos. Yo le metí al Barcelona uno en el Camp Nou de penalti y dos en El Plantío. Estos tres goles le colé a Zubizarreta, más uno con la selección en Cáceres que ganamos 0-2. Al Madrid solo le marqué en Copa del Rey, con todo el campo nevado, pero nos eliminaron. Fuimos un equipo bastante potente. Aparte de Alejandro, también me llevaba muy bien con los vascos, con Joseba Aguirre y Ayúcar. Íbamos siempre por ahí los cuatro. Loren también era un buen tío, que vino de delantero y acabó de defensa. Todos eran muy majos, en serio. Fue una etapa muy bonita de mi vida.

Allí se te recuerda también porque tocabas el saxo.

Monté un estudio de música en mi casa, porque tenía muchas horas libres y no sabía qué hacer. Con un sintetizador y el ordenador hice una canción con saxo, pero en realidad no sabía tocarlo, aunque luego hice un videoclip en el que salía tocándolo. Me gasté mucho dinero en ese estudio, pero lo disfruté mucho. Me acuerdo también de que una vez fui a la cárcel de Burgos a dar unos premios a un torneo de fútbol que tenían. Fui con Miss Burgos. Nunca había visto una cárcel, me sentí muy mal. Eso yo, porque ella estaba asustadísima. Los presos me conocían todos, sabían cada partido que había jugado en el Mundial. Lo que sí fue un verdadero problema en Burgos para mí fue la comida. Cogí tres kilos en tres años. Terminé el Mundial con setenta y cinco, me puse en setenta y ocho y cuando me retiré estaba en ochenta. El cordero, el vino tinto, ay… Y las alubias de Ibeas de Juarros… ¡madre mía!

El tercer año llegó el entrenador Theo Vonk a dar espectáculo. Salió con cuatro puntas y el equipo bajó a segunda, luego a tercera y desapareció.

A mí lo que hacíamos con Novoa no me gustaba. Me parecía muy defensivo. Luego cuando yo he sido entrenador he visto que tenía mucho sentido. Era una táctica excelente para lo que éramos nosotros y nos fue muy bien. Vonk llegó muy ofensivo, le metimos cuatro a la Real Sociedad, yo metí dos goles y di dos pases, y nos pusimos líderes. Qué contento estaba. Con lo que me gustaba el fútbol holandés, pero de ahí fuimos para abajo. Esa táctica no era para nosotros. También influyeron los problemas económicos, que dejamos de cobrar. Eso era muy triste. Perder y no cobrar… Encima yo me lesioné, me operé dos veces y me dijeron que dejase el fútbol. Era la misma lesión que retiró a mi padre.

Fuiste al Mundial del 94 en el cuerpo técnico.

Al dejar el fútbol de repente estaba muy enfadado. No sabía qué hacer y crearon un puesto para mí de director deportivo de la selección que antes no existía. Este Mundial estuvo muy bien, aunque con Iordanescu es difícil trabajar. Es como Stalin [risas]. Siempre se lo he dicho, pero es un gran amigo. En el primer partido ganamos a Colombia, que eran los favoritos. Luego a Argentina, lo mismo. Fue el mejor campeonato del equipo nacional. Hagi estuvo espectacular. Luego me quedé de segundo con la generación de oro, que creo que se acabó en 2002. La pena es que en la Eurocopa de Inglaterra nos fuimos sin ganar ningún punto. En Francia en el 98 estuvimos mejor, pero nos tocó Croacia, la revelación del torneo, y nos echó.

De tu etapa como entrenador me llama la atención tu paso por el Scheriff de Tiraspol.

Es el equipo de Transnistria, una región de Moldavia que se declaró independiente y lo es de facto, están ahí los cascos azules. Sin embargo, sus equipos juegan en la liga moldava. Hay un magnate que metió mucho dinero en el equipo e hizo un campo de entrenamiento como la Ciudad Deportiva del Real Madrid. Tú vas a Tiraspol y ves la ciudad pobre, la gente pobre, todo feo, muy soviético, pero el equipo tenía de todo. Tú a Transnistria no puedes entrar. Te dan un visado para dos horas. Entrar y salir. Yo no, yo entraba como un señor, el presidente del equipo era más que el presidente del país. Todas las empresas eran de él, las gasolineras, supermercados, telefonía móvil, la televisión, controlaba todo. Me entendí bien con él, yo estaba solo interesado en entrenar, y gané dos títulos. El de campeón de Moldavia y una copa de todos los equipos de los países exsoviéticos. Cada invierno se encuentran en Moscú los campeones y juegan un torneo. Gané eso y no veas cómo se pusieron de contentos. El presidente del país me condecoró. Me divertí mucho por ahí.

¿Y en el Galatasaray de segundo qué tal?

Primero fue con Lucescu y luego con Hagi. Un año casi ganamos la liga. Estambul es muy bonito y el Galata un gran club. No creo que haya nada en el mundo como un Galatasaray-Fenerbahçe. Es mucho más que un Steaua-Dinamo. Nos tiraban desde la tribuna todo tipo de cosas. He visto caer teléfonos móviles, transistores. Caían ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!, de todo. O te cubrías o acababas mal. Íbamos al estadio en un autobús blindado escoltado por dos helicópteros y coches de policía. Y nos tiraban cosas al bus increíbles. De todo. No te lo puedes ni imaginar.

He visto al llegar hasta aquí una pintada que decía «Contra el fútbol moderno», ¿qué opinas tú de esto? ¿Crees que ha cambiado mucho desde tu época?

Ahora hay mucha diferencia entre los grandes y los demás. Antes no había tanta distancia. Era más equilibrado y por tanto más divertido.

¿Cómo te dio por la Harley?

Me gustan las motos. Antes tenía una Yamaha, pero Harley Davidson es el máximo. Me encanta conducir por aquí, por la montaña. Tengo un casco con bluetooth y me pongo AC/DC a tope. El que fue portero del Salamanca, Bogdan Stelea, también tiene una, somos muy amigos y nos vamos juntos a veces. Para mí esa es la mejor sensación que hay en el mundo… después del sexo, claro.

Gavril Balint para JD 6

Fotografía: Felicia Simion

Gracias a Isabel Leal, Alexandra Brâncovean y Carmen S. por las traducciones.

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14 comentarios

  1. warrik

    Me he divertido un montón con Balint.

  2. m´ancantE!!!
    elartixta.

  3. sindelar

    Balint, Piturca, Lacatus… Aquella selección de Rumanía en los años 80 era bastante buena, solía tocarnos en los grupos de clasificación de la Eurocopa o el Mundial.

  4. Una entrevista genial, lo mejor del fútbol no se suele ver eso esta claro. La época que vivió y como, daría para un libro muy ameno.

  5. anonimo

    Una entrevista muy divertida.

    Sólo comentar que sí se puede estar en Transdnistria mucho más de dos horas, actualmente. Lo que pasa es que al entrar allí, dan un pequeño documento en la aduana/frontera con el cual sí es cierto que sólo puedes estar muy poco tiempo; tiempo durante el cual el viajero tiene que registrarse en la policía local. Una vez hecho este trámite ya puede permanecer días o semanas (supongo que uno, dos o tres meses también; no sé el tiempo máximo que permiten).

  6. Alberto

    Grandísimo artículo, muchas gracias desde Burgos.

  7. bedndbreakfast

    muy graaaaan entrevista!

  8. Manuel

    Ha sido un gusto leer la entrevista. Se agradece la ausencia del habitual maniqueismo al hablar de la época de Ceaucescu. Yo le hubiera preguntado también por aquellos registros goleadores estratoféricos tan sospechosos de jugadores como Mateut y Camataru, que les servían para lograr la Bota de Oro europea. Lacatus era un jugador muy poco deportivo, la selección española puede dar fe de eso.
    Cuando Balint nace (1963), Pelé tenía 22-23 años, lo que nos da un idea de su popularidad en el mundo para que en un pueblo de Rumanía alguien bautizara con ese nombre a su hijo.
    Es verdad lo de Hagi en el Mundial-94, tuvo destellos a la altura del mejor Pelé o Maradona. Era un genio con un golpeo de balón con la zurda al alcance de muy pocos en la historia. Recuerdo que durante un partido de aquel Mundial, el locutor de TVE comenta que se les había acercado Balint a saludarlos y que les había recordado que el Burgos aún le debía dinero. Recientemente, Conexión vintage (Teledeporte) le ha dedicado un programa al Burgos, con imágenes de esos partidos que comenta Balint contra R.Madrid y Barcelona. También aparecía Juanito muy joven antes de fichar por el R.Madrid.
    Tras leer la entrevista, he buscado la tanda de penaltis de la final de Sevilla de 1986 con la voz de José Ángel de la Casa. Recordaba como se había movido el marcador en la tanda, pero al verlo de nuevo revivo el drama barcelonista de aquella noche en Sevilla. Además, en aquella época sólo jugaba la Copa de Europa el campeón de liga, por lo que la eliminación podía tener un sentido más dramático que en la actualidad. Ese fue el caso del Barcelona, ya que la liga la había ganado el R.Madrid. Aquel Barcelona de Schuster no tuvo otra ocasión de disputar la Copa de Europa.

  9. Muy buena la entrevista, todo un personaje Balint.

  10. Angelo

    Me alegro por ellos pero fue una chorra como una casa.
    Los del Steaua le dijeron al Barça que por unos doscientos millones se dejaban ganar y hale, la Copa pa ellos, peero, Mister Gaspart les dijo que Noooooooo, que la querían ganar limpiamente, y venga… hicieron historia.

  11. Magnífica entrevista. Enhorabuena.

  12. Muy buena entrevista, todo muy interesante. Felicidades

  13. Luis Gutiérrez

    Muy buena entrevista

  14. El Tato

    Inolvidable Balint en Burgos junto a Juric…..Los terrenos a las fueras de Burgos donde corre tanto el viento y no te gustaba entrenar son los campos de Pallafria, donde todos los findes los niños burgaleses se hacen duros como rocas…

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