
Poco importa que nos creamos o no una conspiración, lo relevante es que esté bien contada. Y va siendo hora de hacer un repaso a algunas de esas películas que nos sumergen en el fascinante mundo de los complots y los contubernios judeo-masones, que constituyen todo un género propio con características muy diferenciadas.
Como hay bastantes películas y necesitaré más de un episodio, había pensado en efectuar un repaso por orden cronológico. Pero he cambiado de idea. Creo que lo mejor es empezar por la década cumbre del género, los setenta, de la que proceden los largometrajes más conocidos y ejemplares. El cine de los setenta está repleto de películas conspiranoicas, generalmente inspiradas por novelas de éxito, y esto no es casualidad. Ya hubo cine conspiranoico en los sesenta, a raíz del asesinato de Kennedy y otros magnicidios, aunque en general se atribuían a criminales aislados y el público prefería creerlo así. También influyeron las revueltas europeas y las crecientes sospechas sobre los manejos en torno a la guerra del Vietnam. Pero el cine político siempre fue considerado difícil para la taquilla y el público todavía no había perdido esa ingenuidad que le impedía pensar que sus dirigentes podían ser una pandilla de mafiosos. Muchas películas de espionaje evitaban cualquier parecido con la realidad, y hasta las adaptaciones de James Bond cambiaban a los villanos soviéticos por otros pertenecientes a organizaciones ficticias, con tal de no mezclar política y entretenimiento. En los años sesenta hubo algunas películas conspiranoicas (las veremos en siguientes entregas), pero eran pocas. Se consideraba que lo mejor era dejar la actualidad geoestratética para los periódicos. Nadie quiere ver los grandes problemas del mundo mientras mastica palomitas. Esta percepción sufrió un vuelco con el cambio de década, tanto en Europa como en Estados Unidos. Hollywood terminó sucumbiendo al cine conspiranoico cuando las instituciones estadounidenses perdieron su credibilidad. A principio de los setenta hubo varios escándalos sonados que salpicaban a todos los ámbitos del poder: el ejército y los ministerios (escándalo de los papeles del Pentágono), el FBI (el caso COINTELPRO y similares), la CIA (el descubrimiento de toda una red de operaciones sucias) y la propia Casa Blanca (caso Watergate). Después de estos y otros escándalos, los estadounidenses perdieron la fe en sus dirigentes y el cine reflejó esta tendencia con todo un vendaval de películas que ponían en duda hasta el último tornillo del engranaje político y empresarial. Estas películas tenían rasgos comunes: tendencia más bien progresista, la consideración de la prensa como el único contrapoder activo y la idea del ciudadano común como un ser completamente indefenso al que resulta fácil aplastar y ningunear en pro de diversos intereses.
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De nuevo un estupendo artículo, Emilio. Qué mal rollito da «El último testigo(The parallax view). Está muy lograda la sensación de inquietud, de paranoica, de desconfianza. Estas pelis de los setenta eran muy secas, pesimistas, sin final feliz.
(Alan J. Pakula, director de «Todos los hombres del presidente») «Dirigió el film con firmeza».
Si hacemos caso al guionista, William Goldman, Pakula era todo lo contrario a un tipo firme: era un indeciso crónico que pedía variantes de una misma escena, y nunca se decidía por ninguna.
Las estrellas del filme no fueron elegidas por Pakula, que como director artesanal no pintaba nada en ese asunto, sino por los productores… uno de los cuales era el propio Robert Redford.
¿Por qué curiosa razón en las series de televisión el autor es el guionista, mientras que en el cine seguimos con esa tontería de que el autor es el director?
En televisión es el creador de la idea original, no el director (aunque muchas veces actúa como guionista y director a tiempo parcial). En televisión hay muchos guionistas y muchos directores, pero todos se ciñen a las directrices del creador original que lo supervisa todo.
En cine hay un solo director (salvo excepciones), que muchas veces hace y deshace partes del guión para adaptarlas a su visión y también tiene un control mucho más directo sobre el trabajo de los actores.
La imagen de las tres chimeneas de «Los tres días del condor» resulta curiosamente premonitoria de esa simpática maravilla protagonizada por Mel Gibson en estado de gracia que se titula «Conspiración».
«Chacal» es, en efecto, una obra redonda. Un clásico instantáneo desde el primer minuto de su estreno y como tal, aguanta impertérrita el paso de los años, ¡43 ya! Estoy completamente de acuerdo con usted punto por punto en lo que refiere sobre el film y le agradezco profundamente que haya hecho justicia al llamar «pedazo de mierda» a ese horror perpetrado años más tarde. Lo tenía atragantado en el gaznate desde hace demasiado tiempo. Hoy en día, habrá muchos despistados que objetarán a esta magna obra absurdos conceptos como «lenta», «decaimiento del ritmo» y otras zarandajas pero hay que seguir resistiendo sin hacerles ni puñetero caso. Lo mismo expuesto hasta aquí, vale para esas otras dos excelencias que son «Todos los hombres del presidente» y «Los tres días del Cóndor». La selección me ha parecido bastante buena pero he preferido ceñirme a las, para mí, mejores.
Excelente como siempre, Sr. de Gorgot! Las que he visto me han encantado, el resto, me las apunto.
Hay una magnífica serie de tv llamada «Cóndor» que se basa en la peli de Redford.
Especialmente la primera temporada es para darse un gustazo y hacer un maratón de diez capítulos en un finde.