
Que sí, que todos sabemos que llevas la neurosis obsesiva contigo, adherida a tu cerebro con un imperdible invisible. Que no escapas de su maquinaria de volver a rumiar lo adquirido; rumiar, rumiar, como el bolo de coca en la boca cuando falla el oxígeno. Lo digo por experiencia propia. Cuando estuve en el altiplano boliviano nos faltaba oxígeno y ni la infusión de coca traía compensación a las células. Dimos el paso a la rumia de hojas de coca. Los lugareños llaman «bolear» a ese proceso de hacer de las hojas un emplasto, llevarlo alternativamente a las encías y a rumiar y rumiar. Hasta aquí creo que queda definida con una imagen más que sugerente la neurosis obsesiva. Lleva en sí mucha tralla de esto de la vuelta y vuelta. Todos tenemos pinceladas de neurosis en el haber de lo diario. No me refiero al espantoso aspecto clínico de la enfermedad en sí, que lleva nombres imposibles, como distimia y dismorfofobia; parecen personajes de Guillermo del Toro. Me refiero a la reiteración de cosas que quieren quedarse para siempre en la cabeza, y que regresan sin permiso, sin pagar el arancel de nuestra autorización.
Me pasó ayer mismo, estuve escuchando en Spotify una versión maravillosa de Le Tumbeau de Couperin de Ravel. El pianista era Bertrand Chamayou, muy joven, muy francés. Oía el fragmento «Forlana», un baile italiano muy hermoso que Ravel convierte en una de sus veinte mil exquisiteces. Bueno, quizá el maestro no compusiera otra cosa que exquisiteces. Puse tanta atención en las fibrillas de esa breve pieza de cinco minutos que no solo la mantuve retenida (quiero decir, fue ella la que me mantuvo retenido a mí) toda la jornada de ayer, es que hoy desayuno y mi gata se pone a mirarme con cara de decirme basta, que ya me vale con media hora de canturreo de lo mismo. No se me va, no se me quita, es como una primera incisión de tatuaje. El proceso de expulsión puede que sea como en el amor, que una saeta expulsa a otra saeta, pero mientras no me llueva una nueva melodía, aquí me encuentro, secuestrado, retenido por un piano que me apunta con sus más de noventa teclas, mientras una tonada insidiosa me cuenta una y otra vez sus condiciones de secuestro.
Nick era amigo de Oliver Sacks. Un día le contó que se había quedado adherido a «Love and Marriage», la melodía de James van Heusen en la versión de Frank Sinatra. «Al escucharla, caía atrapado dentro del tempo de la canción». Le contó que estuvo diez días sin escapar de ella. Resulta casi conmovedor oír su testimonio: «Me ponía a saltar, contaba hasta cien, me echaba agua en la cara, intentaba hablarme en voz alta tapándome los oídos». Registra Sacks en su libro Musicofilia que la canción finalmente desapareció, pero mientras Nick se lo contaba, «la historia regresó y siguió asiéndole durante varias horas».
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Interesante artículo.
No tengo muy claro si hay melodías en el jazz. En todo caso, creo que es lo menos importante, para mí lo interesante es la improvisación, la interacción entre los músicos, la atmósfera sonora creada.
Hay músicas donde la melodía lo es todo, en el jazz no es nada. No importa, cada una tiene su atractivo.
Gran artículo.
Se creerá muy espirituoso, pero creo que es de muy mal gusto hablar de una enfermedad (Neurosis Obsessiva Compulsiva) tan grave como incapacitante, como si fuera una cosa simple que le ocurre a qualquiera que rememora una canción, película o libro. Más cuidado e respeto.
Le recomiendo que practique meditación o una buena clase de yoga que le ayude a vaciar la mente. También son eficaces las artes marciales tradicionales , pero en este caso requieren un estado físico que seguramente no posee por ser un intelectual de manual. En todo caso es malo dejarse secuestrar por las vivencias, aunque sean agradables. el control de la mente, y de las emociones si se puede,es beneficiosos para la salud mental y social.
Interesante. Se puede encontrar este articulo en ingles en alguna parte? Gracias.
Gisela, ¡por Dios! ¿porqué esa falta de humor?, ¿no cree Ud. que el artículo tiene muy buenas sugerencias? Ravel, Juan Rulfo, etc. Le aseguro que si dejamos de lado los juicios morales disfrutamos mas de las cosas.