Neurótico obsesivo, aquí tienes tu antídoto

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Fotograma de la adaptación cinematográfica de Pedro Páramo. Imagen: Clasa Films Mundiales.
Fotograma de la adaptación cinematográfica de Pedro Páramo. Imagen: Clasa Films Mundiales.

Que sí, que todos sabemos que llevas la neurosis obsesiva contigo, adherida a tu cerebro con un imperdible invisible. Que no escapas de su maquinaria de volver a rumiar lo adquirido; rumiar, rumiar, como el bolo de coca en la boca cuando falla el oxígeno. Lo digo por experiencia propia. Cuando estuve en el altiplano boliviano nos faltaba oxígeno y ni la infusión de coca traía compensación a las células. Dimos el paso a la rumia de hojas de coca. Los lugareños llaman «bolear» a ese proceso de hacer de las hojas un emplasto, llevarlo alternativamente a las encías y a rumiar y rumiar. Hasta aquí creo que queda definida con una imagen más que sugerente la neurosis obsesiva. Lleva en sí mucha tralla de esto de la vuelta y vuelta. Todos tenemos pinceladas de neurosis en el haber de lo diario. No me refiero al espantoso aspecto clínico de la enfermedad en sí, que lleva nombres imposibles, como distimia y dismorfofobia; parecen personajes de Guillermo del Toro. Me refiero a la reiteración de cosas que quieren quedarse para siempre en la cabeza, y que regresan sin permiso, sin pagar el arancel de nuestra autorización.

Me pasó ayer mismo, estuve escuchando en Spotify una versión maravillosa de Le Tumbeau de Couperin de Ravel. El pianista era Bertrand Chamayou, muy joven, muy francés. Oía el fragmento «Forlana», un baile italiano muy hermoso que Ravel convierte en una de sus veinte mil exquisiteces. Bueno, quizá el maestro no compusiera otra cosa que exquisiteces. Puse tanta atención en las fibrillas de esa breve pieza de cinco minutos que no solo la mantuve retenida (quiero decir, fue ella la que me mantuvo retenido a mí) toda la jornada de ayer, es que hoy desayuno y mi gata se pone a mirarme con cara de decirme basta, que ya me vale con media hora de canturreo de lo mismo. No se me va, no se me quita, es como una primera incisión de tatuaje. El proceso de expulsión puede que sea como en el amor, que una saeta expulsa a otra saeta, pero mientras no me llueva una nueva melodía, aquí me encuentro, secuestrado, retenido por un piano que me apunta con sus más de noventa teclas, mientras una tonada insidiosa me cuenta una y otra vez sus condiciones de secuestro.

Nick era amigo de Oliver Sacks. Un día le contó que se había quedado adherido a «Love and Marriage», la melodía de James van Heusen en la versión de Frank Sinatra. «Al escucharla, caía atrapado dentro del tempo de la canción». Le contó que estuvo diez días sin escapar de ella. Resulta casi conmovedor oír su testimonio: «Me ponía a saltar, contaba hasta cien, me echaba agua en la cara, intentaba hablarme en voz alta tapándome los oídos». Registra Sacks en su libro Musicofilia que la canción finalmente desapareció, pero mientras Nick se lo contaba, «la historia regresó y siguió asiéndole durante varias horas».

Si eres sensible a la literatura y hay párrafos que lees y subrayas, porque al sensible de los textos se le antoja imprescindible el subrayado, esta fiebre de repetición no deliberada te sonará. Hay muchas frases que llevas contigo, no te hablo de citas (ese escuálido y mezquino genero literario), sino de la atmósfera determinada de una novela, de una conversación que te dejó mucha perplejidad, de los objetos bien definidos, de la elegancia de una descripción (y te sorprendió que alguien por primera vez pudiera decir aquello con tanto ajuste), de la visión de las manos del protagonista, de la manera impropia del arranque, de la amenaza de lo inevitable en un argumento al que no se te invitó a participar en su destino.

Llevo una semana con Meridiano de sangre, dicen que es la mejor novela de Cormac McCarthy, y lo dicen quienes verdaderamente lo leen, no los críticos de cordel. Por cierto, se prepara versión cinematográfica con James Franco al frente del reparto. Imagino que conoces cómo es de eficaz el escritor de Rhode Island en sus diálogos, cualquiera resulta diamantino en su oralidad, vamos, que tienes que volverte por si hay un par de tipos detrás de ti amartillando la conversación. En estos días de lectura en los que no veo otra cosa que paisajes devastados por la violencia de una panda de filibusteros tejanos, llevo obsesivamente conmigo una frase que leí en la página ciento catorce de mi edición de bolsillo y volvió para quedarse, «los caballos temblaban de espanto».

Espeluzna, a mí me espeluzna. Es como si la naturaleza misma se estremeciera frente a la presencia humana y su barbarie. Y ocurre muchas veces durante la novela, los animales reaccionan ante la compañía humana con animadversión, ya no son bestias de carga que se dejan susurrar al oído por sus dueños, los caballos saben que las gentes que tiran de ellos al abrevadero son tipos infames que matan a los niños. Y de esto el lector neurótico obsesivo (apercibido) se nutre. Porque un caballo con miedo al hombre es una imagen poderosa en la línea de flotación de todo equilibrio.

He leído la crítica que el escritor Andrés Barba hace de La España del vacío, de Sergio del Molino, y me encuentro con un pasaje que se parece mucho a esta deliciosa neurosis de la que doy cuenta. «Cuando apenas llevaba quince páginas leídas de este extraordinario ensayo de viaje —dice Barba—, tuve un vívido recuerdo: una excursión un tanto macarra de mi adolescencia en la que fui con tres amigos a destrozar los restos de un pueblo completamente abandonado de Guadalajara, El sueño dorado de un adolescente; bates de béisbol y casas de adobe para ensañarse a placer. Hasta que casi se nos cayó un tabique encima, evidentemente. Al regresar a casa, la visión de este pueblo abandonado comenzó a ejercer sobre mí una fijación hipnótica, como si hubiese arañado algo de mi país que me había pasado desapercibido hasta ese instante, una conciencia desolada con la que el adolescente urbanita que era yo no había dialogado hasta ese día». De repente es eso, el canto rodado de David en la frente del filisteo que el autor de estas letras exhuma, una imagen perfecta del vacío, una casa, un pueblo desnudo, un hogar sin ventanas, con la cocina y los salones en ruina. Una imagen que se guarda y tardará en retirarse.

¿No has leído aún Pedro Páramo? Te advierto que es otra de esas fábricas de imágenes puras que te llegarán advenedizas y luego clamarás por que se larguen. Quien ha pisado Comala no vuelve sano, porque en la plaza de ese pueblo de chicharrera no sabes si te hablan los vivos, los muertos o los mediopensionistas, que están a caballo entre este mundo y el otro. Nadie está a salvo de la turbiedad que Juan Rulfo provoca. Una vez me contaron unos amigos a propósito de una vecina recién separada de su marido que les había hecho la confesión de un atropello irreparable. El marido, al principio amantísimo y más bueno que un zorzal, dijo sin venir a cuento una frase muy inadecuada a su compañera, de machito gracioso, impertinente, hiriente pero con envoltorio de chistaco. Soltó la frase y se rió como el payaso de las ferias. Ella pasó la noche en vela llorando, y él roncando a pierna suelta. Desde entonces, sus vidas se convirtieron en planetas con órbitas divergentes. Ella no podía quitarse las palabras de encima, aquel insulto irreparable se lo tragó y la envenenó. Hay veces que debería haber una tercera persona en cada conversación matrimonial que se materializara desde el aparador del salón para medir los tiempos, penalizar los golpes bajos, jalear cuando la cosa lleva camino de risas, todo eso.

¿El ser humano?, una fragilidad que se mella con una frase o una melodía que vuelve una y otra vez, y le recuerda que en él habita un neurótico obsesivo potencial, dispuesto a quedarse con casa y despensa. Dime que no llevas un buen puñado de imágenes de películas que has visto, que guardas a buen recaudo y un día inopinadamente vuelven a la superficie de tu cerebro y se hacen sus largos de ida y vuelta.

Aunque siempre estén en el banquillo las gemelas de El resplandor, yo tengo el ritornello, no sé por qué, de las brusquedades de Haneke en sus relatos. Lo fatídico en Haneke ocurre en el hogar de lo cotidiano, no al borde de un precipicio; el precipicio ya lo pone él con su sorpresa. En el cine no me impresionan ni la sangre ni el susto informal, la pachanga gore es tan tristona que no deja huella. Mi retina le dice al cerebro que se guarde esas imposibilidades clamorosas de Haneke, en las que después de lo ordinario aparece una escena que te hierve en las tripas, y eso no es de recibo para un neurótico que se precie. Pero hay una salvedad a tanta afrenta, a esta amenaza del mundo civil con sus trampas escondidas.

Existe una realidad irrepetible por segunda vez, como lo oyes, una novedad que permanece siempre en su origen, con textura de mariposa, de polen, el niño que sopla el diente de león, algo que no se deja atrapar y no excitará tu inclinación a la compulsión. Es el jazz. El jazz nunca entrará con su ariete en tu conciencia, porque no se deja reproducir. Bendito tú, neurótico compulsivo, frente al jazz. A los que cogimos en su día afición a esta música de locos nos hace pupa que nos la vampiricen para fondos de películas y publicidades cool. Cuando la protagonista de Ida, después de una acerba discusión con su tía, baja al garito donde los músicos tocan relajados, la pieza que suena es una de las composiciones de jazz más hermosas, «Naima», de John Coltrane. Aquí oímos la melodía, no la improvisación.

Así pasa siempre con el jazz, del que la humanidad ha decidido quedarse con lo fácil, el cigarro, el humo que asciende, la atmósfera bluesy y decadentosa, una sombra de negritud. Pero al meollo, a la magia de la improvisación, ni acercarse. Te puedes quedar con una melodía, pero nunca guardarás esas frases rotas que nacieron el día de la grabación o del directo. ¿Te digo por qué? Porque el músico de jazz está solo y sin agarraderas en escena. Suelta lo que en ese mismo instante se le ocurre, y ese mundo que produce es inaccesible. La suya es diferente a cualquier otra actividad humana. En el resto hay apoyos visibles.

El torero recibe instrucciones de su entrenador. En la misma suerte de matar se oye su voz que, detrás de la barrera, le cuenta dónde debe poner los pies. Lo jugadores de fútbol dependen de la indicaciones del míster, de si es hora de replegarse o no, como gladiadores. El ciclista lleva los gritos del tipo que lo jalea, a medio metro, sobre la ventanilla de un coche. El tenista mira a la grada, allí encuentra el rostro de quien puso su confianza en él. El maestro del piano mira la partitura de Beethoven y conoce los reguladores, los acentos, todo lo que el autor puso para que el intérprete nunca fuera más allá de lo pautado.

El maestro del jazz está solo, y cuenta de lo suyo sin más muleta que su propia concentración. Me dijo recientemente Ara Malikian que un día quiso quitarse el corsé de la fidelísima reproducción: «Hace diez años estaba obsesionado con la perfección de tocar sin errores, solo quería que los expertos y los críticos valoraran mi trabajo. Hoy pienso al revés, lo que me importa de verdad es si la gente se ha emocionado. Sigo practicando horas en casa, pero solo creo en la transmisión». Júzguese como se quiera el trabajo de Malikian, pero en él ha vencido la propia expresión personal con el condimento de lo propio, y esa elección tiene mucho de decantarse por la improvisación y sus juegos de libertad.

En una de sus famosas conferencias en la universidad de Harvard, donde fuera catedrático de Poética, Igor Stravinsky asegura que modalidad, tonalidad o polaridad «no son sino medios provisionales que pasan o que pasarán. Lo único que sobrevive a todos los cambios de régimen es la melodía». Tiene razón, toda la razón. En el jazz hay melodías, pero las suyas son melodías rotas, quebradas, frases en su balbuceo, indicios, embriones, estamos hablando de un proceso creativo en directo, y eso tiene un valor escurridizo. Por eso hace falta mayor atención. Si piensas en lo grueso que se ha puesto el baterista y por qué parece bizco, te pierdes esos indicios que te pondrían fácil la felicidad.

Amigo neurótico, las eternas cadencias del solista del saxo tenor no te harán daño, nunca. Dime cuántas veces eres capaz de repetir una improvisación de piano y te diré quién eres. No puedes, no puedes, feliz amigo impotente, no puedes.

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6 comentarios

  1. luchino

    Interesante artículo.
    No tengo muy claro si hay melodías en el jazz. En todo caso, creo que es lo menos importante, para mí lo interesante es la improvisación, la interacción entre los músicos, la atmósfera sonora creada.
    Hay músicas donde la melodía lo es todo, en el jazz no es nada. No importa, cada una tiene su atractivo.

  2. Alex Mene

    Gran artículo.

  3. Gisela Afonso

    Se creerá muy espirituoso, pero creo que es de muy mal gusto hablar de una enfermedad (Neurosis Obsessiva Compulsiva) tan grave como incapacitante, como si fuera una cosa simple que le ocurre a qualquiera que rememora una canción, película o libro. Más cuidado e respeto.

  4. José Luis

    Le recomiendo que practique meditación o una buena clase de yoga que le ayude a vaciar la mente. También son eficaces las artes marciales tradicionales , pero en este caso requieren un estado físico que seguramente no posee por ser un intelectual de manual. En todo caso es malo dejarse secuestrar por las vivencias, aunque sean agradables. el control de la mente, y de las emociones si se puede,es beneficiosos para la salud mental y social.

  5. David

    Interesante. Se puede encontrar este articulo en ingles en alguna parte? Gracias.

  6. Gisela, ¡por Dios! ¿porqué esa falta de humor?, ¿no cree Ud. que el artículo tiene muy buenas sugerencias? Ravel, Juan Rulfo, etc. Le aseguro que si dejamos de lado los juicios morales disfrutamos mas de las cosas.

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