La guerra de Yugurta (y III): victoria y agonía de Roma

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SPQR, acrónimo de la frase latina Senātus Populusque Rōmānus, en referencia al gobierno de la antigua República romana. Fotografía: Marco / Zak (CC).
SPQR, acrónimo de la frase latina Senātus Populusque Rōmānus, en referencia al gobierno de la antigua República romana. Fotografía: Marco / Zak (CC).

(Viene de la segunda parte)

Las guerras se ganan con los pies antes que con la espada. (Julio César)

Mario había obtenido el puesto de comandante en la guerra de Numidia mediante el juego sucio, pero eso no significa que su llegada no fuese providencial. Como siempre, encontró maneras imaginativas y novedosas de superar los obstáculos que se encontraba en su camino. Que los hubo, y muy serios. Los ambiciosos planes de Mario sufrieron el primer tropiezo cuando, para sorpresa suya, las tropas destinadas en Numidia fueron enviadas al norte de Italia, donde la situación militar era desesperada. La llamada «guerra cimbria» había comenzado en el año 113 a. C. —unos meses antes que la guerra de Yugurta—, cuando una alianza bárbara formada por cimbrios (daneses) y teutones (alemanes) había aparecido atravesando los Alpes, amenazando el norte de Italia y las posesiones romanas en el sur de la Galia. Aquel conflicto con los bárbaros no tenía el mismo componente de desestabilización política porque no había estado salpicado por escándalos. Pero sí fue mucho más desastroso desde el punto de vista militar y, de hecho, se convirtió en una amenaza mucho más real e inmediata. Cuando Mario fue nombrado cónsul, ambas guerras duraban ya seis años. Si la guerra contra Yugurta estaba destrozando la autoestima de Roma, la guerra contra los bárbaros había llegado a amenazar con poner en peligro su propia existencia.

Durante la primera invasión cimbria, en el año 112 a. C., los bárbaros habían destrozado al ejército romano del cońsul Cneo Papirio Carbón; en un desastre militar con proporciones de cataclismo el cónsul perdió, por lo menos, la mitad de sus cuarenta mil legionarios. La derrota sacudió la República hasta el punto de que aquella batalla bien pudo haber cambiado la historia del mundo: desarbolado el ejercito consular, ya nada impedía el avance bárbaro hacia la propia Roma. Los aterrados habitantes de la capital se estaban ya preparando para lo peor cuando los cimbrios, de manera tan inesperada como providencial, decidieron desviarse hacia la Galia, quizá porque esperaban obtener un botín más fácil con menor esfuerzo (es de suponer que los cimbrios dieron la vuelta porque imaginaban la ciudad de Roma más protegida de lo que en realidad estaba). La República se esforzó por reclutar nuevas tropas con las que reforzar el norte, pero solo para contemplar cómo los cimbrios seguían derrotando a las legiones en batallas de recuerdo infausto. En el año 107 a. C., Lucio Casio Longino fue elegido cónsul junto a Cayo Mario. Mientras Mario estaba maquinando su nombramiento como comandante en África, Longino se puso al frente de las legiones en la Galia. El resultado fue una nueva catástrofe. El ejército romano de la Galia fue aniquilado sin piedad por los tigurinos, aliados suizos de los cimbrios, y el propio cónsul Longino murió durante la batalla. Una vez más, Roma estaba indefensa por el norte. Parecía cuestión de tiempo que los bárbaros se diesen cuenta. de esto y el Senado, en una maniobra tan sensata como desesperada, decidió retirar las tropas de Numidia y llevarlas hacia los Alpes.

Así, Cayo Mario se encontró con que ya no disponía de un ejército africano. No iba a ser fácil reclutar nuevas tropas. Roma y sus confederados italianos se estaban quedando sin reclutas que cumpliesen las condiciones mínimas. Como comentábamos en una parte anterior, era tradición que se alistaran únicamente los ciudadanos capaces de comprar su propio equipamiento militar, bajo la idea de que eran los hombres con propiedades en Roma los primeros interesados en defenderlas y los principales responsables de enfrentarse a los enemigos exteriores. Era un sistema que ahorraba enormes gastos al Estado, pero que tenía un serio inconveniente: estaba pensado para conflictos bélicos de corta duración en los que las pérdidas humanas eran pocas y los soldados podían regresar pronto a sus casas para ocuparse de sus tierras y sus negocios. Sin embargo, una guerra prolongada, o dos como las que estaba librando Roma, mantenía a los soldados alejados de casa durante demasiado tiempo, exasperando su ánimo y el de la sociedad romana en su conjunto, y además causando un serio perjuicio a la economía productiva. El estado de ánimo era aún peor en la confederación italiana, cuyos habitantes todavía no eran ciudadanos de la República —algo que anhelaban, pero que no habían conseguido—, pese a combatir en las legiones sabiendo que, no siendo ciudadanos, no iban a obtener los mismos beneficios de las victorias militares. Las bajas en el campo de batalla hacían, además, que tanto en Roma como en el resto de Italia la cantera de hombres con propiedades, susceptibles de enrolarse en el ejército, estuviese agotada. Mientras tanto, los muchos pobres que había en la República y sus aliados eran considerados no aptos para la movilización, pues no podían permitirse pagar el equipamiento que iban a necesitar en la batalla. Esto puede parecer extraño desde nuestro moderno punto de vista, pero cabe insistir en que durante mucho tiempo el sistema había funcionado bien. Tan bien, que había permitido que Roma se convirtiese en una potencia. Y era un sistema que se ha usado en otras épocas y lugares del mundo, pues tiene sentido en ciertas circunstancias.

Las circunstancias, no obstante, habían cambiado. Por muy aferrados que los romanos estuviesen a sus tradiciones, se necesitaba un nuevo punto de vista. Y fue Cayo Mario quien lo aportó. Empezó a tomar decisiones que tendrían una influencia enorme a largo plazo, pues estaban destinadas a reforzar el poderío romano en el futuro imperio. Decidió profesionalizar el ejército en el sentido literal del término: cuando vio que la leva habitual ya no servía, convirtió la legión en una profesión. Admitió a ciudadanos sin recursos como soldados, atrayéndolos con el anuncio de que la República les pagaría un salario y se haría cargo de los costes del equipamiento. De repente, muchos hombres en mala situación económica sintieron que el ejército iba a proporcionarles un trabajo. Las filas del ejército de Mario engrosaron con rapidez. Esto conllevó, claro, un enorme coste monetario. Sin embargo, Mario hizo un buen uso del dinero. Entendió que debía redoblar la eficiencia de las tropas. Por ejemplo, dictaminó que a partir de ese momento todos los legionarios debían usar el mismo equipo, mientras que hasta entonces cada hombre se había pertrechado de acuerdo a sus posibilidades económicas. Impuso un uniforme reglamentario que incluía una cota de malla y un casco de bronce. Además, cada soldado debía poseer un escudo de buen tamaño. Las armas reglamentarias serían un pilum o lanza larga, y el gladius hispaniensis (o «espada hispánica»), una espada corta y ancha cuyo diseño era una imitación de las espadas empleadas por los celtíberos españoles. Estando todas las tropas armadas por igual, Mario tenía un ejército mucho más homogéneo cuyas partes podía disponer en cualquier zona del frente de batalla sin que hubiese puntos  más débiles que otros. Además, el que todos tuviesen el mismo escudo haría mucho más efectivas tácticas defensivas como la «tortuga» legionaria, por citar un célebre ejemplo.

Mario también entendió que los costes debían ser compensados de alguna manera y no se contuvo a la hora de efectuar recortes en intendencia, pero con la suprema e inesperada habilidad de convertir esos recortes en ventajas tácticas. Eliminó las caravanas de suministros que acompañaban a los ejércitos, con lo que cada legionario tuvo que llevar consigo sus víveres y pertrechos; una carga de más de treinta kilos por persona que convirtió a sus soldados en «las mulas de Mario», como ellos mismos se bautizaron con irritada sorna. Eliminadas las caravanas, las únicas mulas (estas sí, reales) permitidas en su ejército eran las que llevaban las tiendas de campaña y otros utensilios pesados, pero solo permitía una mula por cada ocho soldados. No había otros animales de carga. Estas medidas ahorraban dinero y además tuvieron un tremendo efecto positivo sobre la movilidad de las tropas. Ahora los soldados debían cargar con su impedimenta, pero ya no tenían que caminar adaptando su marcha al aletargado ritmo de los carromatos de suministros. Así, aunque parezca paradójico, las «mulas de Mario» podían transitar muchos más kilómetros al día atravesando terrenos más irregulares que estaban vedados a los carromatos, pues los vehículos con ruedas necesitaban, sí o sí, caminos en buenas condiciones. El nuevo ejército de Mario —profesionalizado, homogéneo y mucho más ligero— iba a resultar tan eficaz que con el tiempo terminaría convirtiéndose en el modelo sobre el que se conformarían los demás ejércitos romanos. El propio Julio César diría décadas más tarde que el gran secreto del éxito militar romano se basaba en la capacidad de movimiento de sus tropas; las guerras, en palabras de César, se ganan «con los pies». Y esto, César y la propia Roma se lo debían a Cayo Mario.

Este nuevo ejército africano solo tenía un inconveniente: el elevado porcentaje de nuevos reclutas que jamás habían participado en una batalla y cuya instrucción militar era pobre. Pero también en esto demostró Mario una enorme agudeza militar. Cuando las nuevas tropas llegaron a Numidia, empezó a curtir el ánimo de los reclutas a base de escaramuzas y pequeños ataques donde sus hombres, guiados por los escasos veteranos de los que aún disponía, podían estrenar su espada en combates a pequeña escala. Como diría Salustio en su relato, allí descubrían los reclutas que quienes intentaban huir del enemigo o rehusaban combatir eran presa más fácil, perseguidos y aniquilados. Y que la mayor probabilidad de supervivencia se daba entre quienes combatían de frente y con valor, consiguiendo que fuese el enemigo quien perdiera el ánimo. Mario, además, estimulaba el espíritu combativo de su ejército tal y como haría Napoleón muchos siglos más tarde; esto es, prometiendo a sus hombres el reparto de los botines de guerra. Así, en poco tiempo, Mario convirtió a sus reclutas novatos en soldados bien dispuestos para la batalla. Por fin tenía bajo su mando un ejército en condiciones.

Lucio Cornelio Sila

Busto de Lucio Cornelio Sila, siglo II d.C. Imagen: (DP).
Busto de Lucio Cornelio Sila, siglo II d. C. Imagen: (DP).

Lucio Cornelio Sila era de linaje patricio (…) Creció con un patrimonio muy escaso, pues siendo joven vivió en una casa alquilada cuyo precio era muy barato, como después se le recriminó cuando se lo veía con más dinero de lo normal. Se dice que, cuando tras la expedición de África, hacía ostentación de sus riquezas y se jactaba, uno de tantos ciudadanos honrados y austeros le dijo: «¿Cómo puedes ser un hombre de bien tú que, no habiéndote dejado tu padre nada en herencia, tienes ahora tantas propiedades?» (Plutarco, Vidas Paralelas).

Los cambios de Mario fueron el comienzo de una auténtica revolución en la maquinaria militar romana, pero todavía existía un elemento sobre el que no se podía ejercer cambio alguno: la orografía de Numidia. Y eso que, por cuarta vez, el avance romano empezaba de manera prometedora. De hecho, más prometedora que nunca. Mario no iba a venderse como Bestia, ni pretendía dejar el puesto para ocuparse de la política como había hecho Espurio Postumio Albino, ni era un inútil al mando como Aulo Postumio Albino, y desde luego demostró ser tan hábil en lo militar, aunque mucho más audaz, que Metelo.

Cuando su ejército estuvo en la forma requerida, Mario obtuvo algunas sonadas victorias que causaron gran alivio en Roma. Por ejemplo, emprendió un atrevido movimiento para conquistar la ciudad de Capsa. Situada en mitad de una región desértica, se la consideraba inexpugnable porque el territorio circundante no disponía de pozos ni cultivos con los que los atacantes pudieran abastecerse de agua o alimentos. Tampoco resultaba factible avanzar por aquel entorno desértico con carros de suministros. Era un peculiar caso de ciudad que disponía de acuíferos en el interior, pero ninguno más allá de sus murallas; por lo tanto, se consideraba inmune a los intentos de sitio. Yugurta también estaba seguro de que Capsa era invulnerable, tanto que guardaba allí buena parte de sus tesoros sin pensar que fuesen necesarias medidas extraordinarias de seguridad. Los propios habitantes y soldados guarnicionados en Capsa consideraban tan improbable un ataque romano que se permitían el lujo de relajar la vigilancia. Pero nada de esto detuvo a Mario. Para sorpresa de sus hombres, les ordenó que dejasen en el campamento buena parte de sus pertrechos, excepto lo imprescindible para la batalla. Así se liberaban de peso, pues la intención de Mario era que transportasen cuantos odres repletos de agua pudiesen acarrear. Así, con su ejército cargado de bebida y la inestimable ventaja de no depender ya de unos carromatos que no hubiesen podido recorrer un desierto, Mario se lanzó a la conquista de la confiada Capsa. Cuyos defensores, acostumbrados a que nadie osara atravesar el desierto para atacarlos, ni siquiera concebían la posibilidad de ver aparecer en el horizonte a un ejército andando. Todavía imaginaban a los legionarios lastrados por sus caravanas de suministro, pero en realidad los legionarios estaban acercándose a gran velocidad. La ciudad, pues, fue tomada por sorpresa. Mario, siguiendo las brutales costumbres de la época, autorizó la matanza y el saqueo de la ciudad. Así, el nombre de Cayo Mario empezó a correr de boca en boca entre los númidas, para quienes aquella gesta imposible carecía de fundamento lógico. Según Salustio, los númidas llegaron a atribuir poderes sobrenaturales a Mario porque sus tácticas, de tan novedosas, les resultaban incomprensibles. Gracias a esta oleada de pánico, empezó a ser cada vez más frecuente que las poblaciones que no estaban muy bien guarnecidas se rindieran ante Mario sin combatir. En Roma, cómo no, Mario era el héroe del momento.

La realidad bélica era, sin embargo, obstinada. Ni la inmensa popularidad de Mario, ni el éxito de sus nuevos procedimientos militares podían impedir el hecho de que, en esencia, las condiciones estratégicas del terreno continuaban siendo las mismas. Exceptuando la inesperada captura de Capsa y el posterior desánimo de los númidas, Mario no había conseguido mucho más de lo que Metelo ya había conseguido antes que él. Sí, Yugurta se veía acosado y se retiraba hacia territorio difícil. Pero, una vez allí y haciendo uso de las tácticas guerrilleras que tanto incomodaban a los legionarios, podía resistir durante años y le planteaba a Mario el mismo problema que le había planteado a Metelo. Es irónico que, por mucho que Mario hubiese criticado las estrategias de su predecesor, consideradas lentas por todos, terminó llegando a la misma conclusión una vez ejerció él mismo de general sobre el terreno: la única forma de asegurar una victoria final sobre Yugurta era por medio de una guerra de desgaste. En el asunto africano, pues, continuaba sin vislumbrarse un desenlace. Mientras, las derrotas en los Alpes hacían cada vez más urgente que la República pudiese centrar sus esfuerzos en un único frente.

Por entonces hizo aparición en la guerra Lucio Cornelio Sila. A sus treinta años acababa de iniciar su carrera política ejerciendo como cuestor militar; esto es, como encargado de obtener los recursos para el mantenimiento de la guerra. Como tal llegó a Numidia al frente de la caballería, un refuerzo que Mario había estado esperando. Ambos hombres estaban condenados a trabajar juntos, pero no a entenderse en lo personal. Sila era casi todo aquello que Mario —progresista en lo político, pero conservador en lo social— había estado criticando en los aristócratas. Sila era un hombre culto y refinado, que gustaba de vestir bien y aparentar refinamiento y lujo, pese a que su familia, si bien noble, estaba en horas bajas. Físicamente atractivo, Sila tenía un gran poder de seducción para el sexo opuesto y sobre todo para el propio; pese a estar casado, apenas se molestaba en disimular su carácter promiscuo. Su bisexualidad era más o menos aceptada en sus círculos y no hemos de considerarla escandalosa en lo social, pero sí podía resultar controvertida en el terreno político. No hay que olvidar que la sociedad romana, aunque casi siempre de manera hipócrita, mantuvo el ensalzamiento nostálgico de una moral conservadora como la que había imperado durante sus orígenes agrícolas, por más que en la práctica cotidiana hubiese ámbitos de mayor apertura. Así pues, alguien tan tradicional como Mario se sentía disgustado por la presencia de un «afeminado» (así lo refiere Salustio) al frente de su nueva caballería. Desde luego, ambos hombres no podían ser más diferentes. Casi de una manera paradójica, pues Mario provenía de una familia plebeya, presumía de origen humilde y aseguraba representar los valores masculinos asociados al ciudadano común, pero había crecido entre comodidades. Y Sila procedía de una familia noble, pero había crecido entre muchos menos lujos que el propio Mario. De hecho, es posible que Sila, durante sus primeros años, hubiese llegado a conocer la pobreza. Aun así, se consideraba digno representante de las élites y gustaba de refinamientos que, por entonces, podía permitirse gracias a su matrimonio con una patricia. Tanto Mario como Sila eran ejemplos imperfectos, pero ejemplos al fin y al cabo, de la división ideológica que acompañaba a la división social.

No era un secreto el desprecio inicial que muchos, incluido Mario, sentían hacia Sila por su falta de experiencia, por su vida sexual, por su esnobismo o por aficiones «poco viriles» como el teatro. Sin embargo, ese desprecio pronto quedó apaciguado. Sila demostró una enorme facilidad para empaparse de las cuestiones militares; Salustio, en su relato de la guerra, dice que Sila no tardó mucho en superar a otros que llevaban más tiempo que él en la milicia. En cualquier caso, su don de gentes, que rivalizaba con el del mismo Mario, le ganó la estima de las tropas y los oficiales. Además, se esforzaba. Se hacía cargo de las responsabilidades de su cargo con premura y eficacia, atendiendo la petición del último soldado como si hubiese provenido de un alto oficial. Además, no intentó aprovechar su creciente popularidad dentro del campamento para malmeter contra Mario, como Mario sí había hecho con Metelo. Les gustase o no su vida licenciosa y su, para ellos, afeminamiento, los legionarios tuvieron que terminar admitiendo que Sila era un hombre perfecto para el servicio militar. Es más, el que tuviese tantas cualidades para el ejército y para la política como las que tenía el propio Mario era algo que estaba destinado a cambiar la historia de Roma.

El fin de Yugurta

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Moneda conmemorativa de la primera gran victoria de Sila. En el anverso un busto de Diana. En el reverso Boco ofrece una rama de olivo a un Sila sentado en su trono, mientras que Yugurta permanece arrodillado y maniatado junto a él. Imagen: Classical Numismatic Group (CC).

En su día, Metelo no había conseguido convencer a Boco para que rompiese la alianza con Yugurta, pese a que Boco no había parecido dispuesto a prestar a Yugurta otra cosa que un apoyo simbólico. Es más: las tropas de Boco ni siquiera pisaban Numidia, ignorando las constantes peticiones de ayuda de su aliado. Yugurta, que era cualquier cosa excepto ingenuo, no tardó en entender por qué Boco se mostraba tan pasivo. Pese a haber accedido a entrar en alianza, Boco estaba esperando un generoso pago por su participación en la guerra. Y no iba a conformarse con oro; quería también territorios. Yugurta, cada vez más acorralado por el ímpetu de Cayo Mario, terminó prometiendo a Boco que le entregaría un tercio de su reino si accedía a luchar de verdad contra los romanos. Boco, satisfecho, hizo honor por fin a la alianza y envió su ejército para apoyar a Yugurta. Ambos atacaron por sorpresa al ejército de Mario, que estaba en plena marcha y no esperaba ataque alguno porque estaba a punto de caer la noche. Atacar de manera abierta poco antes de anochecer era algo insólito, pues en la oscuridad resultaba imposible continuar dirigiendo una batalla que había comenzado aún con luz diurna. Pero esto, sobre el papel, beneficiaba a Yugurta y Boco, pues los romanos eran quienes más tenían que perder en el desorden: su ánimo se vería afectado por el factor sorpresa y por el hecho de no poder recurrir a sus casi siempre infalibles tácticas basadas en el orden. La sorpresa y el desorden eran las únicas armas de las que disponía Yugurta. Es verdad que los romanos eran derrotados una y otra vez por los bárbaros del norte, pero Yugurta no contaba con la gran ventaja de los cimbrios y teutones: la aplastante superioridad numérica. Tenía, pues, que recurrir a la emboscada.

Lo que siguió, como los reyes africanos habían esperado, fue un caótico combate que los cronistas recordarían como algo más parecido a un sangriento tumulto callejero que a una batalla convencional. Sin embargo, Mario y sus oficiales hicieron un esfuerzo enorme para evitar que sus hombres se disgregasen. En una acción heroica —el propio Mario cabalgó exponiéndose a que lo matasen en mitad del tumulto para reunir a los suyos—, los oficiales romanos consiguieron que sus tropas se retirasen hacia una elevación en la que poder acampar y defenderse, como solían hacer las legiones en situaciones desesperadas (lo mismo, recordemos, había hecho Aulo Postumio Albino al verse en inferioridad). Lyugurta y Boco no habían provocado las pérdidas que esperaban, pero sí habían conseguido acorralar a los romanos, que ya no podían bajar de aquel collado. Así, pensaron que habían ganado y que Mario, como Aulo había hecho en una situación parecida, se rendiría. Así, durante la noche, los romanos asistieron con incredulidad a un extravagante espectáculo: acampados muy cerca de ellos, númidas y mauritanos celebraban lo que consideraban una gran victoria con cánticos y lo que parecía una enorme fiesta regada con alcohol. Al propio Mario le costaba creer que Yugurta fuese tan ingenuo. Quizá el rey númida se había dejado llevar por el inexperto entusiasmo de su suegro Boco, o quizá estaba recordando cuando había puesto en similar situación a Aulo Postumio Albino, el cual, viéndose sitiado, había terminado accediendo a marcharse de Numidia.

Yugurta esperaba que Cayo Mario, que estaba consolidándose como el jefe militar más importante de su época, se rindiese por las buenas, pero no podía estar más equivocado. La celebración fue un error garrafal que demostraba que, aunque fuese por una vez, el rey númida se había dejado llevar por una precipitada sensación de triunfo. Mario aplicó el sentido común: aunque sobre el papel parecía suicida intentar romper un cerco desde dentro, no era menos cierto que, si el enemigo celebraba durante la noche, no estaría en condiciones de pelear al acercarse la mañana. Mario, pues, ordenó a los suyos que aguardasen en silencio, permaneciendo alerta, sin dormir. Incluso suprimió el toque de trompeta rutinario que marcaba los cambios de guardia, para provocar la impresión de que sus tropas continuaban en desorden, sin recuperar la disciplina. Yugurta se tragó el anzuelo, o de lo contrario hubiese impedido la fiesta nocturna. Cuando se acercaba el amanecer y en el campamento de la alianza africana había terminado el jolgorio, Mario ordenó un súbito ataque, acompañado de todo el griterío, batir de tambores y toque de cornetas del que fuesen capaces sus hombres. Despertados de súbito y anonadados por el estruendo, los dos ejércitos africanos apenas tuvieron tiempo de abandonar sus campamentos ante la avalancha romana que descendía de la colina. Númidas y mauritanos huyeron en torpe desbandada sufriendo no pocas pérdidas. Habiendo conseguido una gran victoria justo cuando parecía haber sido emboscado, Mario se dispuso a regresar a su cuartel general. Yugurta y Boco consiguieron reorganizar lo que quedaba de sus tropas y lanzaron otro ataque sorpresa a las espaldas de Mario, en lo que veían como la última oportunidad de pillarlo desprevenido. Pero Mario esperaba semejante movimiento y rechazó el asalto consiguiendo una nueva victoria en la que Sila, al frente de la caballería, tuvo un papel destacado. Los dos reyes tuvieron que retirarse una vez más. El gran golpe de Yugurta había fracasado. Estas dos batallas, como tantas otras victorias romanas en Numidia, no tuvieron gran trascendencia en el apartado militar. Pese a las pérdidas sufridas, Yugurta y Boco aún tenían sus ejércitos y tampoco los romanos habían salido indemnes. La gran diferencia con batallas anteriores, y esta sí sería una diferencia decisiva, es que las victorias de Mario tuvieron un enorme impacto a nivel diplomático. Yugurta, al contar con la ayuda del ejército mauritano, había cometido el error de atacar en terreno llano, donde los romanos, incluso cuando fueron tomados por sorpresa, demostraron que sabían retirarse y después defenderse con tanto ahínco y disciplina como para dar la vuelta a la emboscada. Y Boco, quizá animado por el optimismo de su aliado, se había dejado arrastrar no a una, sino a dos derrotas consecutivas.

Cayo Mario supuso que Boco estaría ya arrepintiéndose de la ayuda militar que había prestado a Yugurta. Era el momento de intentar aquello en lo que Metelo había fracasado: deshacer la alianza enemiga mediante la diplomacia. Mario envió a sus dos principales lugartenientes, Lucio Cornelio Sila y Aulo Manlio, a una entrevista secreta con Boco. La elección de Sila fue acertada, ya que usó de sus habilidades sociales para ganarse a los mauritanos. El rey Boco se mostraba desconfiado, ya que los romanos tenían fama de respetar solamente los acuerdos que les interesaban, pero Sila le convenció de que, como poco, merecía la pena iniciar una negociación secreta. Había poco que perder hablando y mucho que ganar. Boco consintió en enviar varios embajadores a Roma para que negociasen las condiciones concretas de una posible paz, pero sobre todo para que tanteasen a los romanos y comprobasen hasta qué punto estaban dispuestos a llegar, qué recompensa podían llegar a ofrecer con tal de romper la alianza. Mientras Mario seguía con su campaña de acoso al ejército númida, Sila se ganó la amistad de esos embajadores y consiguió que admitiesen ante el Senado que aliarse con Yugurta había sido «un error». Como contrapartida, los senadores ofrecieron la «amistad y alianza del pueblo romano». Cuando los embajadores regresaron junto a Boco, le hablaron tanto de la buena disposición del Senado como de la amabilidad y sinceridad de Sila, quien les había probado falsas las habladurías que tildaban a los romanos de avariciosos y traicioneros. Boco, convencido de que era más valiosa una alianza con Roma que con Numidia, se mostró por fin dispuesto al acuerdo.

La negociación empezó a fluir. Sila, que ya había trazado cuidadosamente su plan, respondió diciendo que la paz no era suficiente. Si Boco quería la amistad de los romanos, debía satisfacer cierta cláusula adicional: entregarles al propio Yugurta. El rey mauritano planteó una nueva propuesta: entregaría a Yugurta bajo la condición de que los romanos le permitiesen a él quedarse con un tercio del reino de Numidia, el botín de guerra que había esperado recibir desde un principio y el que Yugurta le había prometido. Este era un precio elevado ya que los romanos no solían ceder territorios, pero después de años de guerra contra el infame númida estaban dispuestos a pagarlo. El historiador Salustio, en su relato, afirma que Boco estuvo sumido en un dilema moral, debatiéndose entre hacer lo que le convenía o cumplir el compromiso de su alianza con su yerno Yugurta. Pero, la verdad, resulta difícil imaginar de qué manera podía Boco esperar alguna ventaja de la continuación de aquella guerra y por qué iba a sentir un escrúpulo moral repentino cuando desde el principio se había movido en función del interés. Es muy posible que Salustio introdujese esa idea para honrar a Boco y no hacerle parecer un frío traidor. En cualquier caso, los romanos le ofrecían un tercio de Numidia y una alianza muy conveniente, ambas cosas obtenidas mediante una paz honrosa. Si firmaba con los romanos, Boco podía agrandar sus dominios y volverse a casa de inmediato. En cambio, Yugurta le ofrecía el tercio de Numidia a cambio de continuar en una guerra cuya duración era todavía incierta, peleando contra la mayor potencia militar del Mediterráneo occidental y contra un general, Cayo Mario, que se había probado valiente e implacable. Boco, pues, no tenía motivos para darle la espalda a Roma. Concertó una entrevista trampa con Yugurta, que como parece evidente, no sospechaba la jugada, o quizá estaba sobrestimando la ambición de Boco y creía que este iba a realizar nuevas demandas con el fin de mantener la alianza. Como fuera, Yugurta cometió el error final de su vida: acudir al encuentro. Boco lo mandó prender y después lo entregó a los romanos.

Epílogo

Detalle de La captura de Jugurta, ilustración extraída de La conjuración de Catilina y la Guerra de Jugurta por Cayo Salustio Crispo, 1772. Imagen: DP.
Detalle de La captura de Jugurta, ilustración extraída de La conjuración de Catilina y la Guerra de Jugurta por Cayo Salustio Crispo, 1772. Imagen: DP.

La noticia de la detención de Yugurta y el fin de la guerra llegó en un momento providencial, cuando los desastres militares en la Galia estaban hundiendo lo que quedaba de la moral romana. Esta vez los romanos ya no cometieron el error de dejar que Yugurta permaneciese en el trono. Se celebró un multitudinario desfile triunfal en la capital donde Yugurta, cargado de cadenas, fue exhibido ante las iracundas multitudes, que una vez más le insultaban y pedían su muerte. Mientras, Mario, el gran triunfador, era aclamado como un héroe. También desfilaba Sila quien como recompensa por su intervención decisiva en las negociaciones finales lucía el anillo conmemorativo de la victoria. Al terminar el desfile, Yugurta fue conducido a las mazmorras del foro y ejecutado sin mucha ceremonia, parece ser que mediante estrangulamiento. Numidia fue dividida en dos; una parte se le cedió a Mauritania, como estaba prometido. La otra parte continuó siendo un reino satélite durante varias décadas, gobernado por príncipes númidas que debían contar con el visto bueno de Roma. De cualquier modo, el reino ya se hallaba sumido en un proceso de romanización cultural que culminó cuando, menos de un siglo más tarde, terminó convirtiéndose en provincia.

En Roma continuó la creciente tendencia a ignorar la ley en función de las necesidades del momento. La fama de Mario alcanzó tales cotas que antes incluso de regresar de Numidia ya había sido elegido cónsul por segunda vez sin que hubiesen transcurrido los diez años preceptivos. Esto era una flagrante irregularidad, pero la elección encontró poca oposición porque todos querían que Mario se pusiera al frente de los ejércitos que combatían contra los bárbaros en el norte. Además existía un precedente: varias décadas antes, en el año 152 a. C., Marco Claudio Marcelo había sido elegido cónsul por tercera vez cuando solamente habían transcurridos tres años desde su segundo mandato; en aquella ocasión había sido otra crisis militar, la rebelión celtíbera en Hispania, la que había permitido que los ciudadanos diesen por buena la triquiñuela. Pero lo que antes había sido una excepción consentida por el bien de Roma se convirtió en una anomalía cuando Mario fue elegido cónsul durante otros cuatro años de manera consecutiva. El respeto por la legalidad se había desmoronado ante la situación de urgencia militar y psicológica en la que permanecía la República. En total, Mario ocupó el consulado nada menos que siete veces durante su vida, un hecho único en toda la historia de Roma. Esto, por cierto, sería el origen de una bella leyenda biográfica; se decía que Mario, siendo apenas un niño, paseaba por el bosque cuando de un árbol cayó un nido de águila que él recogió con cuidado en su capa para llevarlo a casa. Sus padres fueron presa del asombro; sabiendo que las águilas ponen uno o dos huevos, tres en casos excepcionales, vieron que en el nido había nada menos que siete. Consideraron este suceso un prodigio, por lo que acudieron a un adivino que lo interpretase. El adivino les dijo que, siendo el águila el animal más noble porque representaba a Júpiter, semejante signo anticipaba que su hijo Cayo llegaría siete veces a lo más alto del poder. Esta historia, cuyo carácter apócrifo resulta evidente, ilustra el aura mágica que llegó a rodear el recuerdo de Cayo Mario debido a sus momentos de mayor gloria. Pero sobre todo muestra la manera en que los romanos estaban empezando a creer en líderes providenciales, cosa que habían evitado durante siglos. La democracia romana era muy imperfecta y limitada, pero en esencia contenía algunos principios elementales de una democracia moderna (aunque no otros tan básicos como la universalidad, pues las mujeres, los esclavos y ciertas capas pobres quedaban excluidas del sistema político). En cualquier caso, si la democracia romana tenía alguna posibilidad de evolucionar para mejor, la guerra de Yugurta fue uno de los factores que contribuyó a impedirlo. El descrédito de las instituciones, tan agravado por los escándalos asociados con dicho conflicto, estaba conduciendo de manera lenta pero segura hacia la asimilación del caudillaje personalista como una opción de gobierno «aceptable». Sin este proceso de descomposición ideológica no podrían entenderse hechos futuros como las guerras civiles, la dictadura de Julio César o el subsiguiente establecimiento del Imperio, es decir, de la monarquía que los romanos habían evitado durante siglos. 

Volviendo a los protagonistas de la historia, Mario se puso al frente de las tropas apostadas en la Galia. Como había hecho en África, impuso una nueva organización militar, incluyendo un régimen de marchas continuas para mantener la movilidad de su ejército y una férrea disciplina. Consiguió, por fin, que su ejército profesional empezase a vencer a hordas de bárbaros superiores en número. Obtuvo el triunfo final cuando en la épica batalla de Vercelas aniquiló, por fin, a los cimbrios. Se calcula que ocho legiones (cincuenta mil soldados romanos) aplastaron a un ejército que los cuadruplicaba en número, hasta el punto de que pudieron llegar a morir ciento cuarenta mil cimbrios de un total de doscientos mil, quedando el resto como prisioneros. Así, Cayo Mario era el gran héroe que había finiquitado las dos guerras que durante años habían angustiado a Roma. Sin embargo, no olvidó sus impulsos reformistas, ya que aquellas victorias no pudieron evitar que el resentimiento social continuase dominando el clima político de la República. Durante su sexto consulado, Mario se mostró decidido a impulsar reformas que favoreciesen al pueblo, así como a los veteranos de guerra de la Galia, a quienes quería convertir en terratenientes. Con todo, y a pesar de que las cosas que había dicho en el pasado pudieran haber causado esa impresión, Mario no era un partidario de la revolución. Cuando vio que sus propios aliados políticos, partidarios de las reformas, se excedían hasta el punto de cometer el asesinato de rivales políticos, empezó a desmarcarse del movimiento. El Senado rechazó las reformas, la tensión estalló finalmente y se produjeron disturbios callejeros. Obligado por su cargo de cónsul y muy a su pesar, Mario acató la orden senatorial de reprimir los disturbios. Decepcionado con la política, el antiguo héroe del pueblo se retiró en el año 99 a. C.

Las cosas no mejoraron tras su retirada. El descontento social y político había desembocado en un creciente uso y justificación de la violencia. En el año 98 se produjo la «guerra social» entre Roma y sus aliados de la confederación italiana, que reclamaban la ciudadanía romana para sus habitantes. Al ver que se les negaba, terminaron rebelándose para formar la república de «Italia» (o «Itálica»). La subsiguiente guerra duró más de tres años y terminó con una victoria romana que ni mucho menos garantizaba la paz interna. En el año 88, Mitrídates VI el Grande, que gobernaba el reino persa del Ponto, invadió Grecia, territorio que Roma ya consideraba como suyo. Ante tan grave situación, los romanos volvieron a demostrar que el caudillaje se estaba apoderando de su ADN político, pues de inmediato surgieron las figuras de Sila y un anciano Mario, los vencedores de la guerra númida, como los posibles salvadores providenciales. Con un pequeño problema: Sila ya no era un subordinado, sino un líder político en lo mejor de su carrera; en el puesto de comandante no había sitio para los dos. La disputa entre Sila y Mario por ver quién se ponía al frente del ejército encargado de combatir a Mitrídates terminó provocando una sangrienta guerra civil que duró siete años. Sila emergió victorioso —Mario falleció por causas naturales durante la contienda— y se convirtió en dictador. En la tradición republicana, el cargo de dictator era una magistratura de emergencia por la cual se otorgaba plenos poderes por un tiempo limitado a un líder de confianza para que resolviera una crisis puntual. Pero la dictadura de Sila iba a ser muy distinta. Para empezar, puede decirse que se la otorgó él mismo mediante una pantomima legal. Después, la ejerció de manera cruel y represiva, inaugurando lo que hoy entendemos por «dictadura» y que tiene muy poco que ver con lo que antes de Sila se hacía en Roma. Aunque mantuvo funcionando las instituciones habituales, mientras duró su era de terror en Roma se hizo lo que él decía. Eso sí, no se eternizó. Cuando no pocos temían que el despiadado Sila pudiese convertirse en algo parecido a un rey absoluto, conoció a una mujer joven con la que se casó, abandonando la política para sorpresa (y alivio) de sus compatriotas.

El daño, no obstante, estaba hecho. Durante las décadas siguientes se terminó de descomponer lo que quedaba del espíritu democrático romano y sucedió lo que ya sabemos: más guerra civil, la dictadura de Julio César y la llegada del Imperio. Si Yugurta hubiese podido ser testigo de todo esto, de seguro hubiese disfrutado contemplando a Roma sumida en el caos. Él no fue el único ni mucho menos el principal motivo del fin de aquel sistema, pero sí personificó la vergüenza que muchos romanos sentían ante la decadencia de la República. El propio Salustio, cuando escribió su Bellum Iugurthinum, además de trazar un muy vivo relato de una guerra todavía reciente, convirtió la obra en una denuncia de los males que, ya en su propia generación, iban a llevar a la República hacia un angustioso final.

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17 comentarios

  1. Pingback: La guerra de Yugurta (y III): victoria y agonía de Roma

  2. Clap! Clap! Clap!

  3. A mi en todo este proceso de putrefacción de la República Romana Saturnino me resulta un personaje casi tan relevante como Sila o Mario (Los Graco más). Aún así, entiendo que es un artículo y no un libro y por él te congratulo.

  4. El reclutamiento de gente que se pagaba su propio equipo era habitual también en las poleis griegas. Es un buen sistema, barato y eficiente, cuando se trata de defender tus propiedades amenazadas por un ejército enemigo que viene a tu casa a arrasarla.
    El sistema fracasa no tanto cuando las campañas son largas como cuando se hace combatir a la gente no para defender sus tierras sino para conquistar las de otros. Una cosa es defender roma de Aníbal y otra muy distinta perder siete años de tu vida en el culo del mundo (España) luchando contra unas aguerridas tribus celtíberas que nunca te han hecho nada, solo para que algún noble se convierta en terrateniente gracias a tu sangre.
    Podemos ver el mismo ejemplo en la guerra de Vietnam; una cosa era defender los EEUU del ataque japonés – y la amenaza nazi, aunque la opinión pública americana era muy contraria a meterse en la guerra en Europa hasta Pearl Harbour – y otra cosa ir a que te matasen en Vietnam. La decisión de Mario tras Yugurta (y Numancia) es la misma que la de EEUU tras Vietnam: profesionalizar el ejército. Funciona bien, hasta que se deja de poder pagar al ejército y el ejército se da cuenta de que en realidad mandan ellos.

  5. Roberto

    Excelente, no conocía esta historia y ahora entiendo más ese periodo. sUba corrección-pregunta, ¿donde dice cota de malla debería decir coraza?

    • No, es correcto. La coraza, entendiéndose como una única pieza de metal con forma de torso humano, tiene que hacerse a la medida exacta del portador, lo que la hace carísima. Los nobles que servían como oficiales en el ejército puede que llevaran una, pero los soldados no.
      Los legionarios llevaban en tiempos de Mario la famosa lorica segmentata, una loriga hecha con varias bandas de metal cosidas entre sí que caían sobre el torso a modo de cortinilla. Otras opciones eran la cota de anillas entrelazadas o las armaduras de escamas de metal.

    • Apreciado Roberto, no hay error, ese es el nombre: cota de malla. Es una armadura de acero (a veces bronce) en forma de malla que usaban los ejércitos medievales.

  6. Sol Membrillo

    A este pájaro le jodieron los planes de expansión justo cuando acababa de inventar la yugurtera. Descanse en paz.

  7. Excelente serie de artículos.
    En mi opinión, cuando Jot Down deja a un lado la política, es sobresaliente.

  8. Cayetano Gil

    Como apunte quisiera añadir que Mario no fue el primero en ‘dejar’ a los pobres convertirse en soldados, y actualmente está visto como un proceso gradual más que de una reforma per se. Quiero decir que otros generales y comandantes ya habían rebajado las exigencias para entrar a formar parte de las legiones o hasta habían pedido voluntarios en algún momento puntual.

  9. Carlitos

    Plas, plas, plas. Me ha encantado.

    Si alguien tiene interés en profundizar en Mario y Sila al modo novelesco, le recomiendo encarecidamente los siguientes libros:

    El primer hombre de Roma
    La corona de hierba

    Ambos de Coleen McCullough, recientemente fallecida.

  10. Pijus Magnificus

    Gracias por los artículos. Una duda, tras todas las hazañas, ¿recibió Cayo Mario algún cognomen?

    Un saludo.

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