Cometerás actos impuros

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Veneri servit amica manus

Ya reinaba Nerón cuando se hizo necesario que la humanidad recordara algo que, en el fondo, no había olvidado del todo: «Tu mano sirve como dueña de tu placer», escribió Marcial.

De la fortuna que supone que, como especie, vengamos ya equipados con un mecanismo de placer autosuficiente, se había percatado hasta Diógenes: «¡Ojalá, frotándome el vientre, el hambre se extinguiera de una manera tan dócil!», dijo, asiendo su enhiesto miembro, antes de eyacular en el ágora ateniense. Otras, mientras tanto, descubrían que más allá del tango de cinco dedos podían echar mano de otros útiles para correrse en soledad: las griegas se penetraban con fálicos olisbos sin que aflorara en ellas ninguna tristeza posterior ni, tampoco, anterior. Faltaban siglos para que se llamaran «consoladores» y para que fuera imperativo un diagnóstico de desconsuelo que avalara la terapia.

Nosotros —con pacatos edictos, con mitologías aterradoras y absurdas represiones— lo convertimos en pecado, pero masturbarse siempre fue tarea divina. Agradable y propia de deidades: la vida no es consecuencia de un polvo. El mundo, tal y como lo conocemos, surgió de una paja. La del dios egipcio Autum, que al correrse alumbró el universo. Por eso las aguas del Nilo, en tiempos, fluían plagadas del semen de faraones que cumplían su deber ceremonial para asegurar una buena cosecha.

Ya afirmamos que la masturbación —como el cine de acción— no necesita justificación ni defensa porque se legitima por sí misma. Carece de cláusulas de moralidad. Es un placer exento de sabotajes o, como lo llamaba Shakespeare, un «traffic with thyself alone»; esa variante del sexo donde siempre puedes salirte con la tuya.

Aun así… tiene algo de vicio impuro. Esa es la inesperada conclusión a la que nos han conducido meses y meses de concienzuda recopilación de material. Pretendíamos celebrar este placer libérrimo, autoinfligido y democrático con un volumen literario sobre y para el erotismo: «Tócate», como imperativo legal. Y empezamos por lo básico: desvelar las estrategias de una paja.

Juan Tallón quiso compartir destellos de su sabiduría y brotaron las metáforas: «Algunos días, o varias veces al día, según la época, la paja se equipara a un mechero encendido en mitad de la noche. Su resplandor te da una noción de cuánta oscuridad reina alrededor, y cómo esa luz, a menudo, es suficiente». A Marta Fernández le rogamos algo de su acostumbrada elegancia y nos hizo temblar con un soneto caníbal desde lo más profundo de su garganta. Y, hablando de métricas, descubrimos que los tercetos pueden encadenarse no solo como ABA, BCB o CDC, también como Beatriz, Lucía y Raquel (los delirium tremens de Julián Hernández son más perversos de lo esperado). Celia Blanco nos empuja sin pudor a la salvajada. La ambigüedad de Gabriel Rufián remueve y revela una sorpresa. Mónica Carrillo ordena: «Lame, ábrete paso». A Jenn Díaz también le exigen: «Sé buena»; sabremos si hizo (o no) voto de desobediencia. Fue necesario que dos mujeres más —Flavia Company y Yaiza Santos— condensaran sus perversiones en germánicos decretos —«Acuéstate. Así» y «Bájate las bragas», respectivamente— para que nos surgieran las dudas.

Quizá los censores tenían algo de razón. La masturbación no se conformaba con ser impúdica. ¿Tendría que ser impura? Hay indicios.

Si llevas alianza tocarte es adulterio, ya que practicas sexo con alguien (tú) que no es tu cónyuge. Como Risto Mejide, que nos plantea otra orgiástica posibilidad a la vida marital. O Coque Malla, que se vacía sobre la mujer con la que duerme y sobre la mujer que sueña.

La masturbación es pederastia si se practica cuando aún no tenemos edad para votar. Ana Milán titula «Quince años», aunque juguetea dentro de la —húmeda— legalidad. No así Charles Chaplin, cuya biografía evita escatimar una pizca de perversión o rijosidad.

Masturbarse es incesto, practicas sexo con tu propia sangre. Algo en lo que se enredan los soñadores de Bertolucci, las viñetas de María Llovet y las peripecias de la casquivana Lucrecia Borgia. Y todas ellas están en «Tócate», encajadas entre las siluetas de Leonor Watling, América Valenzuela, Leiva, Màxim Huerta, Cayetana Guillén CuervoNikki García, Ana de Castro o Gabriela González. Dicho de otra forma: las víctimas de Alberto García-Alix, Manu Brabo, Ricard García Vilanova o Luis Gaspar.

Encerrarse en un fantaseo para correrse, es —lo dejó dicho Rousseau— una forma de esclavitud, autoabuso y violación del sujeto al que convoques en tus sudorosas fantasías. Y si lo dijo él, que conoció de primera mano la irrefrenable lujuria de los azotes… ¿en qué lugar nos deja eso a nosotros, que consignamos páginas y más páginas al fetichismo y la barbarie o al sexo con cefalópodos? ¿A nosotros, que brindamos espacio para que Chapero-Jackson rememore los jadeos de su Madame, para que Fernando León de Aranoa naufrague dulcemente en una corriente cálida y vertiginosa o para que Fito Páez espíe a jovencitas?

En uno tan obsceno que nos permite entender (y explicar) la diferencia entre una fellatio y una irrumatio, que se parecen pero no son lo mismo. «Paedicabo ego vos et irrumabo», afirmó Catulo, a lo que Heliogábalo —emperador que jugaba a ser puta— se habría prestado encantado.

Entre tanto relato, biografía e imprescindible recomendación calenturienta, alguien podría equivocarse. No es descartable: las mamadas de Houellebecq, la libidinosa Lucille Bogan, los sonetos lujuriosos de Pietro Aretino, el BDSM de Pauline Réage o aquel baile de Jamie Lee Curtis… ¿Es todo eso cultura? ¿Y turbarse por ello? ¿Y masturbarse? Retorciéndolo más: ¿la paja es cultura?

Contemplando la ilustración de Paula Bonet —«Balada de la masturbadora solitaria»— o las viñetas de Horacio Altuna sería tan sencillo afirmarlo como acordarse de Anne Sexton.

Pero la masturbación es otra cosa. Algo que existe en una triple condición: puede ser solitaria, dual o mutua. Como la Santísima Trinidad. Una Santísima Trinidad que nos arrastra hacia lo impuro. Ríndase. Peque. Lo indecente sería no hacerlo.

James Joyce defendió el derecho de sus personajes a tener —al menos— una experiencia erótica al día. No vaya usted a ser menos.

«Tócate» se presentará oficialmente en Barcelona el día de Sant Jordi. Puedes comprar ya tu ejemplar aquí y en todas nuestras librerías.

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13 comentarios

        • Pingback: Bájate las bragas – El Sol Revista de Prensa

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