Shortcuts. En los arcenes de un país en guerra. Sociedad

Día dos: Atrapados en el infierno

(English version here)

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Siempre están allí. En la carretera que va desde el monolito con un caballito de mar —el símbolo de esta ciudad— hasta una mezquita a la que la guerra dejó en ruinas antes incluso de que la levantaran. Basta saludar a uno cualquiera de entre los que esperan en el arcén un trabajo en la construcción, limpiando, o lo que sea, y se forma un corro en cuestión de segundos.

Tras varios años trabajando con migrantes camino de Europa por esta ruta, me he topado con todo tipo de perfiles: desde los que conocen la distancia exacta entre su aldea en Congo y París, a los que alucinan con la inmensidad del Mediterráneo al ver el mar por primera vez. «Nunca pensé que podía existir un río tan grande» —juro que llegué a escuchar esto desde un barco de rescate.

Así, uno de los objetivos de esta cobertura en Libia es saber hasta qué punto conoce esta gente la situación en el Mediterráneo central. ¿Saben que Italia ha cerrado sus puertos? ¿Han oído hablar de Salvini? ¿Alguien les ha dicho que la flota de rescate ya no está, o casi, y que hay una potente guardia costera libia en su lugar?

Emile dice que lo sabe todo, pero no ha visto lo que ha visto para volverse ahora a casa. Quedarse en Libia ni se menciona, no es una opción para nadie. Desde que salió de su casa en 2015 este chaval de veintiún años ha atravesado Guinea, Senegal, Gambia, Mali, Argelia, Marruecos… Intentó cruzar en Tánger, en los ferris, y luego en barco a Ceuta. Al tercer intento la policía marroquí se lo llevó a un centro de internamiento de Casablanca con otros tantos. Una vez libre, y descartada la ruta marroquí, probaría desde Libia, a la que llegaría tras volver al desierto argelino. El desierto es jodido, dice Emile, que estudió administración. Es bueno con los números.

Volviendo al desierto, cuenta que desde la trasera de un camión ves a los muertos y a los que lo estarán pronto; gente en mitad de la nada que intenta parar el trasto para poder subirse. Pero esos cacharros nunca paran a no ser que reviente el motor. Emile pensaba que tenía mucha suerte hasta que al suyo le pasó lo mismo. Horas después alguien vino a buscar al conductor en una furgoneta, y él se quedó allí con el resto. En mitad de ninguna parte. Tenía cinco litros de agua a compartir con otros cuatro como él; aguantaron una semana que empezó con sorbitos de agua y acabó con sorbitos de pis. Intentaron parar tres camiones. Ya sabían que no pararían, pero lo intentaron.

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3 comentarios

  1. Pingback: Día dos: Atrapados en el infierno – El Sol Revista de Prensa

  2. Cuánta impotencia registra usted, señor. De quien lee y de quien espera. Gracias por la lectura.

  3. Una vez más, muchas gracias por el artículo, Karlos. Eres el lucero del alba. Necesitamos más reportajes que abran los ojos hacia una realidad que pasa desapercibida en las cabeceras de los medios de comunicación. Gracias por tu trabajo. Un saludo.

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