Luis Alberto de Cuenca: «Es una pena que haya gente que mezcle el compromiso social con lo políticamente correcto»

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Fotografía: Begoña Rivas

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 22

Nos recibe en su despacho ese rostro que a Bogart le añade la mirada épica de Homero. La cultura grecolatina se agolpa contra nosotros, tal es la cantidad de libros que almacena. Luis Alberto de Cuenca ha sido muchos hombres, como ya decía su maestro Borges, aunque quizás bajo su abrazo sí desfalleció Matilde Urbach. Entre esos hombres está el poeta, el traductor, el ensayista, el adaptador teatral, el columnista, el crítico literario, el letrista, el investigador, el académico, el secretario de Estado de Cultura… Él ya sabe que todos esos hombres cruzarán por la conversación que estamos a punto de mantener. Pero cada Luis Alberto podrá mezclarse con una comedia de Lope, con un sabio satanista del XVIII, con un romántico suicida del XIX, con un heroinómano del XX o con un censor del XXI. Es lo bueno de charlar con uno de los mayores poetas que han visto las últimas décadas: la palabra se eleva y a nosotros nos toca disfrutar.

La filología, ¿llega de manera vocacional?

Totalmente vocacional. Primero empecé Derecho para contentar a mis padres, porque pensaban que la Filología era una apuesta muy arriesgada. Solo duré un año y, a pesar de que las notas eran muy buenas, cambié a Letras porque no me interesaba nada. También cambié por motivos personales: una novia mía empezaba entonces Filología y decidí comenzar con ella. Me fui a la Autónoma, en pleno momento fundacional, con armas y bagajes.

¿Está justamente tratada?

Bueno, incluso quieren tachar ese término de la denominación oficial. La carrera ya no se llama así, Filología. Me parece aberrante. La palabra «filología» es mítica, mágica y preciosa. Incluso, la gente es tan inculta en cuestiones filológicas que antes decías que eras filólogo y en el periódico ponían «filósofo».

Por la etimología cruza el término latino logos (palabra). ¿Qué importancia tiene la palabra en un mundo dominado por la imagen?

Sigue siendo fundamental. Las imágenes tienen que ser glosadas con palabras, no pueden vivir solas. Si no llegásemos a adquirir una anatomía suficiente como para desarrollar un lenguaje articulado, entonces estaríamos en una fase previa a la plenamente humana. Además, hay otro camino para abordar el término logos que es compararlo con el mythos. El camino habitual es pasar del mythos al logos, pero yo creo que no debemos quedarnos en el logos y sí refugiarnos en el mythos, que es la palabra sagrada.

Algunos poetas jóvenes de hoy cuelgan sus poemas en YouTube acompañados de música y de imágenes. En ese sentido, pareciera como si la poesía estuviera mutando.

Bueno, es que estamos en un momento inaugural de otro tipo de relación entre el poeta y su público gracias a internet y a las redes sociales. Yo, por cuestiones generacionales, no utilizo ese soporte, pero el fenómeno está ahí, en la literatura. Sobre todo con la poesía, que es el género más fácil de publicar.

¿Más fácil?

Sí, otra cosa es hacerlo bien. Pero al tratarse de un género más corto, pues la gente empieza por ahí y se comunica por las redes sociales. De hecho, hemos tenido algunas sorpresas curiosas relacionadas con el éxito de algunos cantautores o no cantautores que se han acercado a la poesía, algunos de ellos con mérito.

¿Calificarías ese fenómeno como éxito?

Bueno, es que luego las editoriales han ido a por ellos, ya que tienen tantos amigos en las redes sociales, y han vendido miles de ejemplares. Y eso está al alcance de muy pocos.

¿Y crees que esa poesía, nada basada en la preceptiva literaria, tiene mérito?

Bueno, en cierto modo son vagidos adolescentes. Y eso es lo que comunica en las redes. No siempre, hay algunos autores con interés, pero sí a menudo. Para referirme a ello yo hablo de «parapoesía», igual que existe la «parafarmacia». No deja de ser poesía, pero no es poesía sujeta a los preceptos de la retórica tradicional. Eso sí, es un fenómeno con el que hay que lidiar. Tú miras la lista de los diez libros más vendidos hace cinco años y te encuentras con las editoriales clásicas: Visor, Hiperión, Renacimiento, Pretextos… sin embargo, hoy, si hay una de esas editoriales…

¿Te alineas con este tipo de poetas?

Fíjate, Aguilar nos ha pedido a Karmelo C. Iribarren y a mí sendos libros para una colección que solo va a tener «parapoetas» y a nosotros dos, que a lo mejor también somos «parapoetas», porque si nos lo han pedido… eso sí, para mí es un honor estar con toda esta gente joven, pero es evidente que es un fenómeno que no me pertenece, es de otro mundo.
 
¿Cómo definirías este nuevo estilo con el que compartirás colección?
 
Lo que hacen es dejar fluir la muñeca, sin más. Como Baroja en novela, lo que pasa es que una cosa es la novela de Baroja, con ese desaliño encantador, y otra cosa es dejar fluir ideas. Sospecho que estos autores jóvenes dirían: es que esto es lo que hay que hacer. Como si hubieran creado una nueva preceptiva. Lo que pasa es que preceptiva solo hay una y es la de siempre. Nuevos espacios comerciales sí, pero nueva preceptiva… no puede ser.

Retomemos la niñez. Antes de entrar en Derecho, estudias en el Pilar. ¿Marca tanto ese colegio como parece desde fuera?

Lo que marca es que los pilaristas nos caemos bien independientemente de nuestras ideologías. Nos enseñaron un código de valores basado en la confraternidad, en el favor mutuo, en un contenido social… Pronto se cumplen cincuenta años de mi promoción. A ver si los espectros nos reconocemos [risas].

¿Esa aura de pequeño club endogámico es real?

Bueno, hay una cierta endogamia, pero también existe en los jesuitas, en el Ramiro de Maeztu… Es un poco como la mili, todo produce sensación de compañía.

Entonces entras en Derecho. Antaño, la relación entre las leyes y la literatura era estrecha. Estoy pensando en Jovellanos, en Meléndez Valdés…

Es que antes las ciencias sociales podían ser perfectamente compatibles con las ciencias humanas y con la creación literaria. Y, aún más atrás, perfectamente compatibles con las ciencias puras. Conforme vamos retrocediendo nos vamos encontrando con una sola amalgama de disciplinas. Cuanto más nos modernizamos, más diferencia de conocimientos hay. Pero creo que la literatura siempre es transversal.

En la universidad conoces la tragedia a través de la muerte de tu novia de entonces

Sí, la muerte de Rita. Fue un golpe en mi vida. Conozco la tragedia pronto, la hubiera conocido más tarde, pero que llegue así, con una persona que me acompañó… fue un golpe muy duro.

¿Esa tragedia juvenil despierta todavía más el alma poética?

Pues yo creo que sí, que la tragedia es negativa desde el punto de vista anímico, pero, desde el punto de vista creativo… siempre se ha dicho que siendo plenamente feliz no aparecen los versos. De hecho, mi libro Elsinore, de 1972, en el que aparece la Ofelia muerta de Millais en la cubierta, es un homenaje a la muerta. Rita está muy presente en mis libros, se ha reflejado en algún estudio. Claro, cuando te mueres a los diecinueve años tienes la ventaja de que no has envejecido nada, no tienes una sola arruga. Para mí esa mujer es una juventud permanente.

¿Esa universidad tardofranquista era tan heroica como se nos vendió después o hay mucho de mito?

Hay mucho de mito. Estaban fundamentalmente los activistas, que estaban ligados al PCE porque no había otro partido. Yo simpatizaba entonces con ellos, claro. Aunque por poco tiempo. Yo tuve una fase progre muy reducida, pero recuerdo que me mandaban el Mundo Obrero a casa sin necesidad de estar suscrito. Es decir, había una maquinaria muy bien tejida. Pero no tenía tanto que ver con una ortodoxia marxista. Era más una lucha por las libertades. El PCE aglutinó esa lucha siendo un partido que no es precisamente hoy un adalid de la libertad. Pero entonces sí lo era.

Tú publicaste durante la dictadura, ¿llegaste a conocer la censura?

La verdad es que no. Dábamos recitales y conferencias mientras había un señor allí controlando. Pero como a mí me ha aburrido siempre la política revolucionaria y el erotismo o la pornografía no eran parte de mi núcleo, pues no he sentido esa zozobra de la censura. Ahora bien, yo creo que a veces se ha utilizado como excusa. Escritores mediocres que decían: «No, es que me han censurado todas mis novelas», cuando la realidad es que eran horrorosas.

¿Hay censura hoy?

Muchísima. Lo que ocurre es que paso de ella, porque afortunadamente hoy no te meten en la cárcel por estas cuestiones. Pero la corrección política de hoy ha establecido niveles de censura bastante más severos que el tardofranquismo.

Esos versos tuyos que hablan de la corrección política y que cantó Loquillo… «Sé buena, dime cosas incorrectas desde el punto de vista político».

Nos llamaron fascistas y de todo… sí, siento el peso de esa censura. Es atroz. Es sutil, muy difícil de desmontar. Mucho más que la franquista: aquella no te permitía hablar de ciertos temas y no se hablaba. Ahora, sin embargo, escribo un poema titulado «Mujeres» que dice «mira que las deseo y qué poco me gustan», y me acusan de misógino y de machista. Eso es injusto. Si una mujer escribe «Mira que los deseo y qué poco me gustan», nadie hablaría de ataque al macho o al varón, sino simplemente de algo que le pasa a la gente. Yo intento que mi poesía exprese aquello que le ocurre a la mayoría de la gente. No a los que están obsesionados con la corrección política.

La realidad es políticamente incorrecta…

Claro. Y gracias a Dios. Porque, si la realidad concordara con la corrección política, tendríamos que abrirnos las venas al amanecer.

Ángel González decía que a los miembros de su generación la censura les obligó a agudizar ciertas formas de expresar las cosas sin decirlas explícitamente. Es decir, agudizó la metáfora, la ironía…

Sí. También ocurría con Celaya… Pero era gente con un compromiso político que yo nunca tuve. Por eso no tuve que agudizar nada, sino simplemente ser yo.

Ese compromiso social que existía durante el franquismo por motivos obvios, ¿tiene cabida ahora?

Yo creo que ha habido un regreso a ciertas posturas de compromiso social. Otra vez vuelve esa especie como de ligazón entre la literatura y el compromiso sociopolítico. Yo la verdad es que no estoy en esa trinchera, entre otras cosas por edad, pero sí percibo ese regreso a la poesía social. Aunque no haya una dictadura contra la que pelear, sí hay muchas cosas que se están haciendo mal.

¿Tiene que ver esto con lo que hablábamos antes, con la corrección política?

No tiene nada que ver. Es una pena que haya gente que gente mezcle el compromiso social con lo políticamente correcto. Por ejemplo, no se es más sensible socialmente por decir «la jueza» en lugar de «la juez», que es como debe decirse. A veces con la corrección política se intenta desvirtuar el campo de lo puramente científico, como es la lengua regida por ciertas leyes, e irrumpir de una manera totalitaria en algo que no tiene nada que ver con la cuestión a la que se alude. Porque las palabras no son machistas ni feministas. Son palabras.

Pedro Sánchez utilizó el término «miembras» en el Congreso…

Bueno, pero eso lo recoge de la anterior ministra socialista que ya lo hizo, Bibiana Aído. Lo digo porque a Sánchez le podemos reprochar muchas cosas, pero eso… [risas]. No, pero si te fijas, siendo claros lingüísticamente, ese «miembros y miembras» no es una flexión aberrante. Sí lo es «la jueza», porque la «z» final no está marcada genéricamente.

Volvamos al último franquismo. ¿Serías capaz de encasillarte dentro de alguna generación? Se ha dicho que en la del 68, el 70…

A mí me gusta el concepto generación del 68, porque la mentalidad de aquella revolución sui generis de París es la mía. Yo escribí una tercera en el ABC que se llamaba «Tambores del 68» y que terminaba diciendo: «Son los tambores del 68, están hechos con piel de tu vida».

Pero el concepto «generación» debe englobar a escritores que compartan ciertos rasgos en su columna vertebral. Estoy pensando en el 98, en lo diferentes que eran, no sé, Machado, Valle o Unamuno. Sin embargo, al rascar uno encuentra ciertos valores análogos.

Claro. E incluso entre un modernista y un noventayochista uno encuentra similitudes. Pero claro que hay vínculos entre Antonio Machado y Valle-Inclán. O Unamuno y Baroja. Yo creo que algo hay también entre los miembros del 68. Un cierto culturalismo al principio, fuimos muy esteticistas, neomodernistas. Luego dimos un cambiazo, algo así como lo ocurrido en el 27. Empezaron de una manera muy gongorista y acabaron escribiendo de una manera más humana.

Borges, que es uno de tus santos…

Borges es mi maestro. El otro es Gimferrer.

Vaya extremos…

Sí, es un giro considerable… [risas].

Decía que Borges afirmaba que el joven es barroco porque no tiene nada que decir.

Ahí Borges está atinado, como siempre. El joven descubre el mundo, y es tal la impresión que le produce ese descubrimiento, le ciega de tal manera, que a la fuerza tiene que ser barroco, oscuro. Porque no sabe ordenar sus sensaciones. Luego, conforme se van cumpliendo años, va abriéndose. Dicen que la poesía es para gente joven, pero no es verdad. Lo que ocurre es que hay poetas que se han apagado pronto: Keats, Rimbaud, Lorca… De hecho, fijémonos en Lorca. Cuando muere, está en su mejor momento. El Diván del Tamarit y los Sonetos del amor oscuro son sus mejores trabajos.

¿Qué relación te une a Lorca? Porque tienes un soneto que se titula precisamente con esa paráfrasis: «Soneto del amor de oscuro».

Sí, es una coña. Un soneto a una mujer de negro. En cuanto a Lorca, no me duelen prendas en decir que estamos ante uno de los cuatro o cinco más grandes universalmente hablando del siglo XX. Es curioso cómo hace de su problema personal, de su problema familiar, de los problemas de una homosexualidad tan boyante en una época difícil, algo tan universal. Eso es lo prodigioso. Eso es el genio: eleva lo personalísimo a la categoría de lo universal. Accede a todos. Por eso es el príncipe de su generación. Del mismo modo que Valle es el príncipe del 98. Cada día lo admiro más.

¿Pero admiras la faceta novelística o dramática de Valle?

Ambas. No admiro su faceta poética, que es interesante. Sin embargo, de Lorca me quedo con su faceta poética y no con la dramática.

Te pregunto por el teatro de Valle porque, a pesar de ser irrepresentable, sigue estando completamente vigente. A Max Estrella, moribundo, le roban un billete de lotería premiado, con eso está todo dicho…

Porque no son de una época, son de todas las épocas. Vuelvo a Lorca: Sánchez Mejías era un señor de época, rico, guapo, famoso, les pagaba las copas a los del 27… Sin embargo, de la elegía de Lorca ya no importa quién es Sánchez Mejías, está ahí para siempre, es universal. Es como don Rodrigo Manrique, el padre de Jorge Manrique, que se murió hace más de quinientos años y es nuestro contemporáneo.

Antonio Machado decía que Jorge Manrique era el mayor poeta de nuestras letras. Y después incluía a Bécquer y los romances medievales.

Para mí, más que el mayor poeta, es el mayor poema de nuestras letras, las Coplas a la muerte de su padre. Y Antonio Machado… es extraordinario. Pero su hermano Manuel también, hay que releerlo.

Borges decía que no sabía que Manuel Machado tenía un hermano…

Borges era un capullo a veces [risas]. En cuanto a Bécquer, me fascina. Es maravilloso.

¿No te parece que es injustamente tratado? Todavía hoy se le tacha de cursi.

Lo de tacharle de cursi es más de mi generación. Pero yo creo que la vuestra ha vuelto a Bécquer. Ya se le entroniza como el padre de la poesía moderna. Tras él, Rubén Darío. Después, el camino se bifurca en Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado para volver a unirse en la generación del 27. Más allá, la generación del 50 y, después, nosotros.

Volviendo a vosotros, la llegada de la libertad y de la democracia, ¿se nota en el arte?

Puede ser. Quizás en el destape y en cosas así superficiales. Eso sí, es el preámbulo de una libertad a tope y sin barreras que por ejemplo hizo que en los ochenta muchos de mis amigos estén bajo tierra. Creíamos que nada nos hacía daño, que éramos superhéroes. Y, claro, no.

¿La movida ha envejecido mal?

Totalmente.

¿Te incluyes en ella?

No me incluyo más allá de algún tipo de cómic y poco más. Sí que he tenido nexos con ella. Hice letras para la Orquesta Mondragón, trabajé con Loquillo, iba a los locales, conocía a la gente. Escribí un poema que se llamaba «La otra noche después de la movida». Participé en ella por cuestiones biográficas, pero nada más.

Visto en perspectiva, desde el punto de vista literario parece que lo más meritorio de la movida es el auge de un cierto tipo de columnismo.

Sí, había un buen columnismo en los ochenta, la verdad es que sí.

¿Qué relación te une con el columnismo?

Lo he practicado, pero más para la reseña y la crítica literaria que para expresarme. Para eso ya tenía la poesía. Sí recuerdo que, a finales de los noventa, en un momento en el que me estaba separando, yo escribía columnas para ABC de una manera muy personal e íntima. Contaba mi vida. Luego me dio vergüenza verlo, pero a Anson le divertía.

¿Y con la narrativa? Tu poesía es muy narrativa.

Sí. Libero esa necesidad de narrar a través de la poesía. Por eso pertenezco a esa clase de poetas que nunca escribirá una novela, como Jorge Guillén. No soy capaz. Corregiría tanto que no podría pasar a la segunda página. Para escribir narrativa hay que tener muñeca, como decíamos antes de Baroja. Una vez acepté un contrato suculento con Cátedra para escribir una novela, pero no pasé de la octava página y tuve que romperlo. Eso sí, aquellas ocho páginas terminaron publicadas junto al anticipo de Payasos en la lavadora, de Álex de la Iglesia. Cuyo cine me encanta, por cierto.

¿Eres lector de novela?

Más que de poesía.

Eso sí es una sorpresa.

Pero, ojo, soy lector de novela con apellidos. Narrativa de género. Policiaca, de espías, juvenil… la gran novela me aburre.

Hablabas de Álex de la Iglesia. En algún lugar entre tu poesía y esa pasión por la narración está el cine. Por ejemplo, el cine negro…

El cine negro me fascina. Y claro que está en mi poesía. La «Serie negra» es un homenaje al cine negro más que a la novela negra. Eso sí, habré leído más de mil novelas negras en mi vida. Me pasa lo mismo con las comedias del Siglo de Oro. Cuando estoy deprimido, leo una comedia de Lope y me llena de fervor.

Has hablado de tu relación con el cine. En esRadio montabais esa tertulia de sabios con Dragó, otro pilarista, Garci…

Sí, pero Luis Herrero, que es muy bruto, la quitó porque decía que la cultura no vende en radio. Ahora muchos me echáis en cara la desaparición. Pero era maravillosa, con Dragó, es cierto, pilarista muy activo; Garci, que es una auténtica enciclopedia…

Me sorprende lo que me cuentas sobre tu pasión por la comedia del Siglo de Oro, porque se diría que no tienes demasiada conexión con el teatro.

No he escrito teatro. Me gusta el teatro leído, pero voy poco. Eso sí, últimamente he adaptado varias obras junto a Juan Carlos Pérez de la Fuente. Hicimos las Confesiones de San Agustín. También una Numancia, en el Teatro Español. Tengo mucha relación últimamente, sí. Pero, fíjate, hago letras con Gurruchaga y Loquillo, teatro con Pérez de la Fuente… Me muevo más por relaciones personales. No me ofrezco como adaptador de teatro o como letrista.

Hablemos de traducción; es un género poco valorado en España.

Muy infravalorado. En Latinoamérica no tanto.

Fíjate en Cansinos Assens. Un traductor español al que Borges consideraba su maestro y aquí casi ni se le conoce…

Pero a Borges le pasaba un poco con Cansinos como a mí con Gimferrer. Lo conozco con quince años y me subyuga. Era el momento en el que tenía que leerlo. Pues a Borges le pasa igual con Cansinos. No es tanto Cansinos como sí el momento en el que Borges se encuentra con él. Los maestros entran en el momento exacto.

Volviendo a la traducción pero siguiendo con Borges, parece que ahora La metamorfosis de Kafka ya no es tal, sino que se trata de La transformación.

Dicen que esa traducción es de Borges, pero nunca se llegó a confirmar. Yo tengo la edición original y no se cita al traductor. Aunque sí parece Borges.

También dicen que Samsa no se despertó convertido en un «monstruoso insecto» sino en una especie de bicho, que no es necesariamente un insecto.

Eso es verdad. Pero, como luego lo van a pisar, tiene que ser un insecto [risas].

E incluso hace poco leí —espero que como francófono reconocido me lo desmientas— que la magdalena de Proust no era una magdalena…

Bueno, es que la magdalena no existe en el mundo de la bollería francesa. Pero no te lo confirmo, porque yo no he leído a Proust. No lo he conseguido.

¿Hay relación entre la labor traductora y la creativa?

Por supuesto. El traductor está escribiendo otro texto, que corre en paralelo al original, muy juntito pero sin llegar a solaparse.

Es inevitable que, por poner un ejemplo, Poe nos suene a Cortázar.

Bueno, ahora acabo de hacer una selección de diez cuentos de Cortázar para Reino de Cordelia traducidos por Susana Carral. Poe parece otro autor [risas]. Es más Poe el de Carral. Aunque lo bueno de Poe es que lo traduzca Agamenón o lo traduzca su porquero es siempre bueno. Stephen Vizinczey lo contaba con mucha gracia. Un día le preguntaron: «¿El mejor dramaturgo en lengua francesa?». Y contestó sin pestañear: «Shakespeare traducido al francés».

Unamuno aprendió danés no para leer a Kierkegaard, sino para pensar como Kierkegaard. ¿En cuántas lenguas puede pensar Luis Alberto de Cuenca?

No en tantas: griego, latín, español, francés, portugués, catalán, inglés, italiano y alemán con diccionario, porque el léxico es tremendo.

¿Se puede traducir poesía, donde el acento importa tanto, de una lengua germana, véase el inglés, a una latina como el español?

Yo creo que sí. Yo he traducido a Goethe desde el alemán… Eso sí, cuesta. Yo tardé en traducir a Keats un año… se puede. Pero es que es necesario. Hay que hablar de la traducción, hay que citar al traductor cuidadosamente. Sin traducción no existiría el concepto de literatura universal, con eso está todo dicho.

La relación entre el lector y el traductor es casi más estrecha que con muchos autores.

Claro. Por ejemplo, yo he leído a Conan Doyle siempre en castellano. Y lo he leído entero, muchos años. Durante todo ese tiempo yo he convivido con el traductor de Conan Doyle, Lázaro Ros, sin conocerlo de nada.

Permíteme continuar con la poesía alemana, ahora que citas a Goethe. Te he escuchado recientemente hablar de Hölderlin. ¿Eres muy hölderliniano?

He trabajado sobre él, pero no soy muy hölderliniano. ¿Sabes por qué? Porque la gente que tiene orgasmos con Hölderlin suele ser gente con la que no conecto demasiado literariamente. Es como Cristo y los cristianos. Me gusta Cristo, pero no los cristianos. Pues esto es igual, me gusta Hölderlin, pero no los hölderlinianos.

Te lo pregunto para enlazar con la siguiente cuestión: ¿Hay mucho romanticismo decimonónico en tu poesía?

No soy muy romántico. Soy más clásico, por decirlo así. El Romanticismo va contra la sociedad, y no me parece estéticamente bien. Por ejemplo, Keats es un romántico con una formación clásica formidable. Al leerlo, no tengo la sensación de que vaya contra la sociedad. Sin embargo, al leer a Byron sí tengo esa sensación. Y me aburre.

Yo sí encuentro un nexo con tu poesía: esa manera en la que el romántico le devuelve el héroe clásico al pueblo.

Ese romanticismo conceptual de los alemanes sí me gusta. Ese espíritu popular. No me gusta, sin embargo, que el nacionalismo naciera con el Romanticismo. Pero el espíritu popular, la vuelta al romancero, al cantar de gesta, eso que el sabio dieciochesco despreciaba, sí me gusta. Quizá en mi poesía haya mucho prerromanticismo. Ese tipo con peluca blanca que por debajo es satanista. Mezcla entre razón y sinrazón. Ese Marqués de Sade, por ejemplo, a quien escribí un poema ya en mi primera obra.

Hablemos de poesía y música. Integrantes de un binomio indivisible que, durante siglos, convivieron separados.

A mí la poesía épica me gusta más que la lírica, por ejemplo.

Claro. Hablabas antes de cantar de gesta. Esa relación entre la música y la poesía tan medieval, tan Mío Cid, parece que se recupera con trabajos como el que tú publicas con Loquillo.

Sí. También está Serrat y lo que hizo con Machado o con Miguel Hernández. O Paco Ibáñez, por ejemplo. Lo que hacen es devolverle la poesía a la música y recuperar esa unión. Incluso muchos de los «parapoetas» de los que hablaba al principio son, en esencia, cantautores. En ese sentido es una vuelta a la juglaría, sí.

Cambio de tercio. ¿Cómo alguien tan inclinado hacia el arte termina entrando en algo tan poco artístico como es la política?

Pues te contesto con una frase de Borges: no fui yo quien la eligió, fue la puerta la que me eligió a mí. Porque, lo puedo decir ahora, la política no me interesa nada. Lo intenté hacer de una manera ejemplar en un mundo sin ejemplaridad. Fui director de la Biblioteca Nacional y después secretario de Estado de Cultura. Además, te soy franco, Aznar me caía muy bien, algo que no es muy común en este país, y si él me lo pedía, de algún modo, yo tenía que aceptar. Fue una experiencia interesante, pero, ya te digo, ajena a mis expectativas. Incluso también alejada de mis aptitudes. El político tiene que fingir por obligación de su cargo, es una ficción ambulante, y yo soy incapaz.

¿Se puede hacer arte con la política?

Hay que desvincularse, creo yo. Está El príncipe, de Maquiavelo, que llevaba siempre Napoleón en la faltriquera. Poco más. El escepticismo es lo que mejor le viene a la creación, y la política es dogmática en general. Hay que tener dudas y no ser dogmático. Izquierda, derecha, centro… No. Hay que avanzar a golpe de duda.

Eres académico de historia. ¿Está la literatura de este país lastrada por la historia? Solo hay que ver la fiebre por la novela de la Guerra Civil.

Puede ser, creo que noto ese lastre. Lo que pasa es que lo noto desde fuera, porque yo no leo novelas de ese tipo. Las detesto. Pero sí, es un lastre. Ese tema de la memoria, siempre conflictiva. Hay que asumir la historia y nosotros no lo hacemos. Pero ya no la reciente, ni siquiera a los Reyes Católicos.

Al final, la historia se repite. El caso es matarse entre hermanos. Llámalo Felipe V, Fernando VII, carlismo, Guerra Civil… y ahí está el arte, sin olvidar. La novela más vendida de los últimos años, Patria, no deja de ser una lucha entre hermanos.

Exacto. Este país es particularmente fratricida. Cromwell mató a la mitad de la población irlandesa y ahí siguen, estudiándolo. Me han dicho que el libro de Aramburu es muy bueno, por cierto.

Como académico de historia, ¿qué crees que le ha faltado a España para cortar este ciclo fratricida? Pérez Reverte dice que faltó una guillotina.

A Arturo lo respeto y lo leo muchísimo, porque es un novelista de género, pero creo que ahí no tiene razón. Creo que podríamos haber hecho lo mismo que ocurrió en la Francia de Luis XVI pero sin guillotina. Sin derramar una gota de sangre.

Vuelvo a tu poesía para terminar con ella. ¿Eres consciente de que hay poemas tuyos que están continuamente pululando por las redes sociales? Por ejemplo, «El desayuno», mítico poema: «Tengo un hambre feroz esta mañana / Voy a empezar contigo el desayuno».

Ahora lo han puesto en el metro también. E incluso parece que la concejal de Bilbao siempre casa a los bilbaínos con ese poema. ¿Te lo puedes creer? Pero sí, la difusión de la palabra está en auge, también.

Tu poesía es muy visual.

Sí. Me encanta la pintura, el cine, como ya hemos dicho… Un director de cine, Fernando González de Canales, va a hacer una serie con poemas míos. Sí, es muy visual.

Y el cómic, uno de tus soportes fetiche.

Sí, también está muy presente en mi poesía. Fíjate en Tintín [muestra su reloj de pulsera, orgulloso, con la imagen de Tintín en la esfera]. Tengo la gran suerte de que una gran dibujante como es Laura Pérez Vernetti haya lanzado un cómic basado en mi obra. Igual, temáticamente se lleva el 5 % o el 10 % de mi poesía. Estoy muy ligado al mundo del cómic.

Para alguien cuya pretensión poética más clara es llegar, el hecho de que sus poemas aparezcan en canciones, películas, o cómics debe de ser el mayor premio posible.

Lo es. A veces me dicen: yo he ligado con este poema, me consolé con este otro… Eso es maravilloso.

¿Es mayor ese premio que el Premio Nacional de Poesía que recibiste hace unos meses?

Absolutamente. No hay mayor premio que escuchar cómo alguien me dice: «Le he leído “El desayuno” a mi novia y hay que ver lo bien que lo hemos pasado…» [risas].

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6 comentarios

  1. Máximo

    Political Incorrectness
    Sé buena, dime cosas incorrectas
    desde el punto de vista político. Un ejemplo:
    que eres rubia. Otro ejemplo: que Occidente
    no te parece un monstruo de barbarie
    dedicado a la sórdida tarea
    de cargarse el planeta. Otro: que el multi-
    culturalismo es un nuevo fascismo,
    sólo que más hortera, o que disfrutas
    pegando a un pedagogo o a un psicólogo,
    o que el Mediterráneo te horroriza.
    Dime cosas que lleven a la hoguera
    directamente, dime atrocidades
    que cuestionen verdades absolutas
    como: “No creo en la igualdad”. O dime
    cosas terribles como que me quieres
    a pesar de que no soy de tu sexo,
    que me quieres del todo, con locura,
    para siempre, como querían antes
    las hembras de la Tierra.

    Luis Alberto de Cuenca, La vida en llamas, 2006

  2. De nuevo, un excepcional, un grande y una entrevista tan corta.

  3. “Bueno, ahora acabo de hacer una selección de diez cuentos de Cortázar para Reino de Cordelia traducidos por Susana Carral.” Diez cuentos de Poe, supongo.
    Muy buena entrevista.

  4. Tergiversador de Enredos

    Este hombre se ganó mi respeto cuando cayó en mis manos un ejemplar de su maravilloso “Baldosas amarillas”. Mi corazoncito de amante del género fantástico no salía de su asombro al ver el cariño, el respeto, y la autoridad con la que un autor de su prestigio hablaba de aquello que tanto amo, y que tantos han ninguneado.
    Cuando supe de su amor por el cómic ya es que me saturé.
    Tendrían que hacerle una entrevista cada semana; esta se me ha quedado cortísima.

  5. “Por la etimología cruza el término latino logos.”

    ¿Latino?

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