
La Torre Siuyumbiké es la construcción más notable que se erige en el Kremlin de Kazán, tanto por la osadía de realmente no esforzarse demasiado en el propio asunto de erigirse, desafiándolo al ladearse históricamente y amenazar con acomodarse en una posición más horizontal, como por constituir los cimientos de una de las leyendas románticas más hermosas de la historia.
El siglo XVI vio crecer a Iván IV Vasilyevich como gran príncipe de Moscú, y aquellos años también se convirtieron en testigos de cómo al infante se le trastocó la pelota cuando sus familiares cercanos comenzaron a morir de maneras bastante creativas a manos de otros parientes más ariscos y de los boyardos rusos que acabaron haciéndose cargo del chico como quién se ocupa con desencanto de un Tamagotchi. Con la llegada de la adolescencia, en lugar de cambiarle la voz al joven Iván le cambió el vinagre, inventó el Royal Canin al convertir a un príncipe boyardo apellidado Shuiski en la base de la pirámide alimenticia de una manada de perros hambrientos y tres años después un montón de rusos muy nerviosos ya estaban tomándole medidas a la testa para forjar la corona que le ratificaría como zar de toda Rusia. De ahí en adelante su carrera se dispararía y a lo largo de su vida no solo tendría el detalle de comportarse como un auténtico psicópata en todo momento, pegando berridos sin venir a cuento y surcando constantemente una montaña rusa de depresiones profundas, sino que aprovecharía para explotar esa insólita virtud de estar como una puta cabra y la fusionaría con el espíritu nómada al lanzarse a trotar por el prado acompañado de un ejército dispuesto a invadir cosas. Entre las tierras ocupadas a lo largo de su vida guerrera se encontrarían los terrenos de Siberia, Astracán o Kazán, y concretamente en esta última localización Iván se las tendría que ver con otro tipo de conquista.
Se dice que cuando el hombre pisó Kazán la belleza de la princesa Siuyumbiké, sobrina del kan derrocado, le rellenó la tripa de mariposas y el zar acabó volando en círculos sobre la criatura a la caza de tema y posibilidad de roce. Pero la pretendida decidió regatear el asalto de manera elegante estableciendo una quest inalcanzable al prometer que solamente se desposaría con Iván si este era capaz de levantar en siete días la torre de siete plantas más alta del mundo. A pesar de que lo esperable hubiese sido contemplar al zar construyendo una maqueta de medio metro y derribando todo lo que la superase en altura, el hombre encargó el alzamiento del torreón con urgencia y una semana más tarde sus obreros agonizaban extenuados bajo la sombra de una gigantesca torre de cincuenta y ocho metros mientras la princesa Siuyumbiké se rascaba la cabeza y trataba de recordar si aquello no estaba ya allí unos días antes. Agobiada porque su estratégica manera de hacer la cobra había acabado volviéndose en su contra, la chica solicitó visitar el edificio para asegurarse de que no era una ilusión óptica pintada en un cuadro. Subió a lo más alto del inmueble, observó la panorámica, consideró lo de casarse con Iván el Terrible (alguien de quien sabemos gracias a los retratos pictóricos que lucía el aspecto de una señora con barba derritiéndose) y, muy decidida, se arrojó al vacío.
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