Mathias Enard: «El gran peligro para un escritor es encerrarse en su mundo y no ver más allá de lo que está haciendo»

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Fotografía: David Airob

Mathias Enard habla un montón de idiomas, todos con la misma sencillez. Su cara se acerca cada vez más a la de Balzac, pero, pese a los muchos premios de prestigio internacional que ha ganado en los últimos años, su espíritu permanece muy alejado de la soberbia. Quedamos a principios de verano en el café de la librería Laie —en la misma Barcelona donde ha pasado la mayor parte de su vida adulta, ha sido padre de una niña que ahora ya es adolescente y ha publicado en español todos sus libros—, aprovechando que pasa aquí unos días, pues lleva un año encerrado en su casa francesa, vecina a un cementerio y rodeada de laderas suaves y campos de cereales, escribiendo su nueva novela. 

Tu obra tiene un símbolo en el centro, el puente. A veces explícito, como el proyecto del puente de Constantinopla en el que trabaja Miguel Ángel en Habladles de batallas, reyes y elefantes. Otras veces es un puente simbólico como el del ferry que atraviesa el estrecho de Gibraltar en Calle de los ladrones. ¿Cuál es el primer puente que recuerdas?

¿Un puente físico, un puente real?

O leído.

Recuerdo muy bien que en medio de la ciudad donde nací y crecí, Niort, hay un puente porque hay un río. Hay varios puentes ahí que sigo cruzando muy a menudo. Y esos son los primeros puentes… Pero no creo que el puente sea central en mis libros, lo del puente de Miguel Ángel fue más bien una casualidad. Lo que a mí más me interesa son los ríos, los mares, más que los puentes.

Me refería más bien a puentes simbólicos como vínculos que atraviesan fronteras, ríos y mares. Sobre todo, vínculos simbólicos que encarnan viajeros, quienes con sus propios viajes crean esos puentes.

Sí, pero insisto, el puente no me parece una imagen muy válida. Lo que más me gusta son los barcos, porque el puente es inmóvil. Bueno, están esos puentes móviles del ejército, pero a partir de eso normalmente cuando pones un puente ahí se queda. Pero yo creo más en la movilidad, en el sentido de que los viajeros más bien son barcos o barcas, pero no tienden puentes. Y no es fácil para los demás seguirlos, a veces. En cambio, un puente sería algo que todo el mundo pudiera cruzar. Yo no lo veo. Creo más en el mar o en el río como, precisamente, un espacio libre, que todos somos libres de cruzar o no. Nadando o en barca o como sea. De ahí, me parece más interesante el estrecho de Gibraltar que este puente de Miguel Ángel en Estambul.

En ese sentido, pese a que los viajes son móviles, son inquietos, son inestables y son personales, tú escribes libros sobre esos viajes y los libros fijan, permanecen… ¿Cómo fue tu descubrimiento del mundo oriental y en qué momento decidiste convertir esa relación entre Oriente y Occidente en el gran tema de tu obra (si esas categorías son válidas para tu literatura)?

Quizá porque crecí en una ciudad pequeña, del oeste de Francia, cerca del Atlántico, siempre me ha fascinado el Mediterráneo como espacio literario pero también real. Luego, cuando empecé a estudiar, sabía que quería estudiar como mínimo en París. Y para ir a París tuve que escoger algo que no se pudiera estudiar cerca de Niort, porque en ese momento había una especie de mapa de universidades que te decían: tú vives aquí, pues tienes que ir a tal universidad cerca de tu casa. Y entonces escogí una universidad que no estaba dentro de estos mapas, que era la Universidad de Lenguas Orientales de París, la famosa y revolucionaria, y digo revolucionaria porque fue fundada en la Revolución. ¿Para estudiar qué? Yo creo que mi primer viaje fue solo leer el librito que entregaban a los alumnos, con todos los idiomas que tenían a tu disposición, que eran como ochenta o noventa, que iban desde los más cercanos como el griego hasta los más lejanos, que eran lenguas de Malasia, de Vietnam, de África. Y empecé estudiando vietnamita, además de Historia del Arte. 

Pero Vietnam no aparece en ninguno de tus libros…

Es que yo no estaba preparado para semejante idioma. A los dieciocho años, ese país estaba muy lejos, pero mucho. Yo no entendía absolutamente nada, mientras que la gran mayoría de mis compañeros de clase ya tenían un vínculo con Vietnam, sabían algo. Para mí era solo un nombre y un punto en el mapa. Era lo único que sabía. Y entonces lo dejé, al cabo de unos meses, pero ya me había dado cuenta de que aquello me gustaba muchísimo, aprender cosas nuevas, lenguas nuevas, así que me dije: no, mejor algo más cercano, un Oriente más próximo. Y me matriculé en árabe y persa, y me fascinó, fue un gran descubrimiento. Primero, porque había una estrecha relación con la historia del arte musulmán que estaba estudiando al mismo tiempo en Historia del Arte; y porque realmente en los idiomas, en persa tanto como en árabe, encontré algo que me convenía. El idioma me resultaba fácil de aprender y aquellos sitios me resultaban cercanos, no sé por qué motivo. Y así empecé.

¿Y por qué esa necesidad de irte a París? ¿Querías huir de casa? ¿No querías seguir cerca del hogar?

Quería ver un poco el mundo. Me acuerdo de que en esos años de la adolescencia yo leía mucho, sobre todo novelas de aventuras de principios del siglo XX o finales del XIX. Leía a Conrad y a poetas franceses viajeros, y yo tenía ganas también de ver el mundo, no quedarme en aquella región, bonita y simpática, pero que me resultaba un poco estrecha. 

¿A esa edad de dieciocho años qué idiomas hablabas ya?

Hablaba alemán e inglés, nada más, además de francés, claro.

¿Cómo los habías aprendido?

En la escuela. Viajé bastante por Alemania de joven, por intercambios escolares. También fui a Irlanda bastante. 

¿Y ahí empezaste a conocer el whisky o eso fue posterior?

Eso fue posterior. Yo de jovencito era muy necio. En mi vida cabía poca cerveza y ningún whisky. Eso empezó en París, en la universidad.

Ese lugar fabuloso, hijo de la mismísima Revolución, donde se podían estudiar tantas decenas de idiomas, aparte del persa, del árabe, de la de historia del arte y del alcohol, ¿qué más te descubrió? 

Me descubrió que mi gusto por la historia y por la geografía eran reales; y que la literatura y la historia de la literatura eran algo que realmente me gustaba. Aunque quizá, más que estudiar idiomas o incluso que leer, lo que realmente me entusiasmaba era montar bibliografías e ir a bibliotecas. El hecho de investigar, de buscar, de remontar esas cadenas, porque al final en la investigación en ciencias humanas se trata siempre de hacer una cadena de quién cita a quién, en fin, encontrar todas esas cadenas que forman el saber: eso me fascinó y me interesó muchísimo, y me sigue interesando.

¿Cuándo viajas por primera vez a Oriente?

En mi segundo año en París. El primer viaje. Tenía un colega que estudiaba conmigo y un día cogimos un mapa, de esos de papel, de la época, y decidimos tomar cualquier medio e irnos al este, empezar un viaje y a ver dónde acabábamos. Fuimos en el avión hasta Estambul, luego cogimos un autobús hacia el este, llegamos a Teherán después de no sé cuánto tiempo, cuántos días de autobús, con visado de tránsito; teníamos también un visado para Paquistán, llegamos a la frontera de Paquistán con la India y regresamos a la capital de Irán porque nos llegó una oferta para estudiar en una universidad del norte de Teherán durante un trimestre. Y nos quedamos en Irán desde septiembre hasta diciembre. Luego, en diciembre, regresé a Estambul y me fui a Egipto, donde estudié árabe hasta junio, en El Cairo. Estuve todo el año allí, en Oriente Medio.

¿Cómo era Irán en aquella época?

En el 93 había muerto el ayatolá Jomeini y estaba en el poder Alí Jamenei. En la época se hablaba de los reformadores, en realidad se veía a Jamenei como alguien más abierto que iba a proporcionar un giro, a cambiar el régimen, a abrirlo. Hace veinticinco años y no ha cambiado nada. Pero había pequeños signos de apertura en Irán y nosotros pudimos quedarnos tres meses… bueno, quedarnos con muchas aventuras, tuve que ir a juicio por quedarme. Esto me pasó tres veces. Te multaban por quedarte ilegalmente en el país y te expulsaban y te daban un tiempo para irte; entonces, resolvieron mi caso el 15 de diciembre o algo así y tenía una semana para dejar Irán. Siempre que fui a Irán me quedaba ilegalmente.

¿No tenías miedo?

No, miedo no. Seguramente porque era un inconsciente, pero sí que veía que la realidad era muy dura, porque en estas oficinas de extranjería de Irán veías a todos los que también expulsaban, esposados, sufriendo malos tratos por parte de las fuerzas de seguridad iraní, pero no sé por qué nosotros no, quizá porque vivíamos en medio de los iraníes e íbamos a la universidad. Éramos jóvenes y para la República de Irán no éramos ningún peligro, éramos gente que quería estudiar persa y la literatura persa, y creo que por eso nos trataban más o menos bien.

¿De ahí son tus lecturas de poetas persas que después te han acompañado toda la vida, como Rumi?

Sí, ahí descubro a estos poetas y literatura que me sigue acompañando. Realmente, Irán es una joya, porque allí la poesía sigue viva, en el sentido de que incluso alguien que no sabe leer sabe poesía clásica. Es como si un madrileño analfabeto supiera poesía de Góngora de memoria. Y cuando lo ves ahí, recitando, no te lo puedes creer. Eso era realmente fascinante, la presencia de los poetas incluso en los periódicos, en la vida cotidiana… La novela en Irán era algo relativamente nuevo, cuando para nosotros es realmente el centro de nuestras letras o de la literatura desde hace siglos ya. Allí la poesía sigue siendo el centro del canon, y también el cuento, el cuento breve, que se remonta a los siglos XV o XVI. Eso era fascinante, ver un país con una tradición en que la poesía tiene tantísimo peso.

En Zona usas como modelo de estructura la Ilíada, y en Calle de los ladrones está muy presente Ibn Battuta. ¿Cómo es tu relación con esos clásicos? ¿También los descubres en la infancia o en la adolescencia?

Ibn Battuta es posterior, lo leí y lo descubrí durante la carrera. Es un autor genial, pero también muy aburrido, porque sigue las normas de los libros de viaje de la época, según las cuales cuando llega a una ciudad te tiene que describir todas esas mezquitas importantes y mencionarte a todos los jeques importantes. Sigue una serie de pautas que incluso te puedes saltar, porque hoy en día saber que fulano era hijo de mengano y fulanita pues nos da más o menos igual. Pero en algunas descripciones y en algunas historias que cuenta, casi como apuntes alrededor de estos otros hechos que para él son fundamentales, pues ahí están las joyas, y es un mundo como el de Marco Polo, más o menos de la misma época, que permite viajar, recorrerse todo el imperio de los mongoles, desde Tánger, como Batutta, hasta el Pacífico. O desde Venecia hasta Pekín, como Marco Polo. Lo fascinante es que sus mundos, aunque lidian siempre con la imaginación, son muy reales, sus viajes son muy reales. Pero de pronto Ibn Battuta te cuenta que está en lo que sería ahora el este de Turquía, y te dice que ahí al norte hay un país al que nunca accedería, porque allí hay hombres que no son realmente hombres, y, aunque intercambian pieles de lobos y de otros animales con la gente del sur, nunca son vistos. O más adelante, cuando está en Malasia, dice: aquí hay un país donde las mujeres tienen tres pechos. Y, claro, esas cosas son muy reales para él, de modo que las cuenta con el mismo lenguaje con que describe al jeque tal, que es el gran jeque de la mezquita de Delhi. Igual que Marco Polo cuando describe el país del Preste Juan, que está en la Biblia, y dice, bueno, eso está el norte del río Indo, en el país de la inmortalidad. Y eso para mí era genial: ver cómo todavía en los siglos XIII o XIV los hombres tenían esa relación tan natural con lo mítico, con la leyenda.

¿Y los clásicos griegos y romanos?

Eso del instituto, de la escuela.

¿Tienes buen recuerdo de la escuela pública francesa?

Sí, muy buen recuerdo. Yo aprendí mucho, la verdad. Leí muchísimo y aprendí mucho. Incluso en materias que en la época no siempre los alumnos acababan con éxito. Como los idiomas, por ejemplo, yo acabé la escuela teniendo un nivel aceptable de alemán o de inglés. Mi latín es pésimo, sigue siendo muy malo, pero leí mucho en latín: Horacio, Lucrecio, Virgilio… 

¿Qué idiomas llegaron después? El español, por ejemplo.

El español llegó cuando llegué a España.

¿Y el catalán?

El catalán también.

¿También hablas ruso?

El ruso lo aprendí en la Escuela de Idiomas aquí en Barcelona, pero es muy difícil.

¿El alfabeto?

No, no tiene nada que ver con el alfabeto. El alfabeto es muy fácil, eso lo aprendes en dos días. El ruso es muy difícil porque es una lengua llena de excepciones y de cosas raras. Es más difícil que el árabe. Porque el árabe es una lengua perfecta, es la lengua de Dios, en ella no hay excepciones ni cosas extrañas, es muy normativa. En cambio, el ruso es una pesadilla. Lo olvido muy rápido, obviamente porque no voy casi nunca a Rusia.

Nunca lo había pensado, pero, por lo que dices del árabe, ¿podría ser que, de un modo inocente, se haya convertido en una herramienta de control? ¿Que su rigidez sea favorable al cumplimiento del islam?

El árabe tiene una relación muy estrecha con el islam. De hecho, surge con el islam, el árabe del Corán nace con el Corán, no es el dialecto que hablaba Mohamed, Mahoma, sino que es una lengua aparte, quizá sea el único milagro que realmente hizo el profeta. La lengua nace entera, nos llega perfecta, única, no sabemos cómo.

¿También has leído cómics desde siempre?

Sí, desde siempre, forman parte de mi cultura. No es nada raro entre los franceses, es una de las diferencias entre Francia y Bélgica y España o Alemania. En España, como en Alemania, es muy reciente eso de la novela gráfica, que se puede comprar en librerías «normales». Cuando yo llegué a Barcelona encontrar cómics era muy difícil, había solo cómic americano mal traducido, de grapa, pocos álbumes, y lo demás venía de Francia pero sin traducir. Y eso ha cambiado mucho en los últimos quince años.

¿Crees que Tintín y Corto Maltés influyeron en tu imaginario del viaje?

Sí, sí, sí. De hecho, mi idea de lo que es la aventura y el viaje me viene de Corto Maltés, es mi héroe ese hombre, y lo sigue siendoLo empecé a leer cuando tenía doce años o así.

En pocos meses se publicará tu primera novela gráfica, dibujada por Zeina Abirached.

La segunda, publiqué Tout sera oublié con Pierre Marquès, un relato de viaje por los Balcanes…

Yo lo leí más bien como un libro ilustrado… Sin duda, con Pierre Marquès tienes una gran afinidad, personal y artística, que también se vio en vuestro libro infantil, Mangée, mangée. Y ahora te has aliado con otra artista, con quien compartes un mundo muy parecido, también de relaciones entre Oriente y Occidente… ¿Qué te aportan ese tipo de colaboraciones?

Sobre todo, cosas básicas. Uno: como yo soy absolutamente negado para todo lo que es manual (es un milagro que pueda escribir), pues me fascinan los dibujantes, los artistas en general, porque tienen una relación con la materia, una relación física con lo que hacen, con el dibujo, con su pincel, con el papel, que yo sería absolutamente incapaz de tener. Es que yo soy muy negado, incluso para el Pictionary y todas esas mierdas. Pero ellos sí, tienen esa capacidad. Y para mí es genial trabajar con ellos porque puedo acceder a ese mundo. Y, luego, está el tema de la soledad. Escribir es algo muy solitario. La colaboración con otros escritores o con editores es muy escasa, casi no se da, aparte de algunos proyectos con editoriales o con revistas. Y, claro, la colaboración con el artista, un dibujante, te da esta posibilidad de colaborar, intercambiar problemas y trabajar juntos. Cada uno con lo suyo, pero también intercambiando ideas de ambos lenguajes, digamos. Y eso para mí es muy importante, porque creo que el gran peligro para un escritor es encerrarse en su mundo y no ver más allá de lo que está haciendo.

En París has participado en un proyecto de galería de arte y tienes una relación muy estrecha con los escritores y escritoras de la editorial Inculte y con la revista. ¿Quiénes son los miembros de Inculte? Y, ahora que ya ha pasado un tiempo desde que comenzó vuestro proyecto, ¿cómo resumirías vuestra intervención, digamos generacional, en la cultura francesa de este comienzo de siglo?

El proyecto de Inculte nació en 2004. Nos conocimos a finales de 2003, casi todos en un festival en Bélgica. Empezamos con una revista que se llamó así y sacábamos un número dos o tres veces al año, llegó hasta los veinte números. Era una especie de laboratorio. Era muy interesante hacerla porque se hacía básicamente todo por e-mail. Los debates también eran por e-mail. Cada número tenía un dosier, con temas como la ira, la rabia, el vino o W. G. Sebald, que fue el primero. Como estábamos abiertos a todo y escribíamos lo que nos apetecía, se fueron sumando escritores y escritoras al grupo. Al final éramos más de una decena, con gente como Bruce Bégout, Claro, Alexandre Civico, Hélène GaudyMaylis de Kerangal. La revista desapareció, sigue la editorial. Acabamos de publicar un libro bastante chulo: se titula El libro de las plazas, es sobre todos los movimientos que tuvieron lugar en los últimos diez años en una plaza, como la plaza Tahrir del Cairo o lo de Occupy Wall Street en Nueva York. Yo hablo de la plaza de la Revolución de Gracia, aquí en Barcelona.

Muchos sois ahora escritores reconocidos. 

Ahora sí, somos escritores más o menos reconocidos. Bueno, tenemos una carrera todos que ya dura como quince años.

A principios de la década pasada eras una especie de agente doble. Estabas a la vez en el consejo de redacción de la revista Lateral y en Inculte en París…

Mi relación con Lateral empezó antes, porque yo entré en el 2000, y lo de Inculte es años más tarde, pero es verdad que en el final de Lateral —que por desgracia cerró mucho antes— coinciden.

Hablando de Lateral y de Barcelona, llevas aquí unos quince años.

En realidad, dieciocho.

Bueno, si mis cuentas no me fallan, en este tiempo has pasado dos años en Alemania y uno en Francia… 

¡Es verdad! 

Tu mujer y tu hija son catalanas. Tu traductor al español, Robert Juan-Cantavella, y tu editor, Claudio López Lamadrid, también están aquí. Por no hablar de los amigos, la publicación de tu obra en catalán o el restaurante Karakala, un proyecto que compartes con Imad Elhaddad y donde hay, por cierto, un mural original de Zeina Abirached. ¿Te sientes barcelonés o incluso un poco catalán?

Sí, Barcelona es la ciudad donde más he vivido. Un poco catalán, sí, también, en el sentido de que, cuando yo llegué aquí a Barcelona, la cultura catalana me apasionó también, la poesía medieval, la historia de Cataluña y, claro, como es un país que tiene tan presentes esos relatos de la identidad que son precisamente la historia y la poesía y la literatura, era muy fácil acceder, estaba ahí y aprendí catalán muy rápido.

Pero hubo un motivo también afectivo, supongo.

Sí, por la familia de mi mujer. Si bien con mi mujer en la época hablábamos árabe entre nosotros.

¿Primero árabe y después francés?

Ella no sabía francés y yo no sabía español, de modo que hablábamos en árabe.

¿Te enamoraste en árabe? Eso fue otro milagro, como el del Profeta.

Bueno, mi madre no lo vio así. Cuando llegamos por primera vez a su casa y vio que hablábamos entre nosotros en árabe, para ella fue fascinante: una española y un francés hablando en sirio o en libanés, no se lo podía creer. En plan: «Pero ¿qué es esto?».

Barcelonés, un poco catalán, un poco español, ¿bastante mediterráneo, ahora que llevas ya toda tu vida adulta vinculado con este mar y no con el océano Atlántico de tu infancia y adolescencia?

Sí, sí, sin duda. Como todo el mundo, he cambiado mucho en los últimos veinte años. Y la verdad es que ahora mi vínculo con el oeste de Francia, con la región en que me crie, aunque sigue siendo muy fuerte, es totalmente distinto. Me parece un lugar muy exótico. Ahora soy mucho más crítico con Francia que antes, lo cual me hace pensar que sí me he vuelto un poco español o catalán.

¿Participas en el proceso de traducción de tus novelas al catalán, al castellano o a otros idiomas?

No. Obviamente, cuando tú conoces un idioma puedes leer la traducción y el traductor te puede preguntar, «Oye, ¿qué significa esto?, aquí no entiendo esto otro», y muchas veces los traductores, eso es muy importante, mejoran el texto en el sentido de que ellos son los lectores más atentos, y palabra por palabra descubren cosas que tú no habías visto. Por ejemplo, errores, erratas y a veces cosas importantes como una fecha errónea, una ciudad que dices que está a lado del mar y resulta que está a ciento cincuenta kilómetros de la costa. O una frase a la que le falta el verbo. Y eso los traductores te lo preguntan. Pero yo no participo más allá de esto, digamos que mi participación se limita a la que quiere el traductor. Mi traductor al español, Robert, y la traductora al inglés, Charlotte Mandell, me mandan la traducción para ver si encuentro algo. Y lo hago. Pero mis traductores alemanes, por ejemplo, no. 

Hablando de Alemania, la experiencia de los dos años gracias a la beca de la DAAD [Servicio Alemán de Intercambio Académico, por sus siglas en alemán] en Berlín, ¿ha cambiado tu relación con la cultura alemana?

Vivir en Berlín es un placer, un gran placer, porque Berlín es a la vez una gran ciudad con mucha historia pero también un lugar muy cosmopolita (mejor no hablemos del clima, que es horrible). Yo estaba escribiendo Brújula y mi relación con la ciudad estaba un poco torcida, digamos, por la relación que yo tenía con mi novela, me pasaba el día en casa o en las bibliotecas especializadas en Oriente Medio. Yo creo que podría vivir también en otras ciudades de Alemania, es un país interesante, con una dimensión muy austera, protestante, y otra mucho más festiva. Berlín o Hamburgo me encantan, las ciudades grandes tienen siempre un lado cosmopolita, más abierto, pero las ciudades pequeñas, más atravesadas por el protestantismo, también me interesan. 

¿Cómo fue en cambio la escritura de Zona, que tuvo lugar, en buena parte, en Roma? ¿Cómo cambió el lugar, el espacio de la escritura, la propia escritura?

Tengo que reconocer que el lugar influye mucho en mí. Por ejemplo, no sé nunca si Zona se parece a Roma y Brújula se parece a Berlín; o, al revés, si mi Roma y mi Berlín son así, en mi cabeza, porque entonces estaba escribiendo en ellas Zona y Brújula. Pero la verdad es que yo soy, y mira que no creo en eso, pero soy capricornio, que tiene que ver con la tierra, que es un signo de tierra. Siempre me interesa el lugar donde estoy en un momento preciso, concreto. Siempre encuentro allí cosas que me interesan y, claro, mi literatura también es un reflejo de eso. Aunque Zona pase en un tren y Brújula en Viena, son muchísimos los elementos que introduje a partir de lo que veía y vivía en Roma y en Berlín. Ahora, en El banquete anual de la cofradía de los enterradores, el libro que estoy terminando de escribir en mi casa, en el paisaje que se abre entre Burdeos y Nantes, también se me ha metido mucho territorio, mucho espacio en la novela.  

En Brújula ocurre todo en una larga noche de insomnio y en Zona, en un viaje en tren. Háblanos de cómo te documentaste en trenes italianos y si en Berlín tuviste una noche de insomnio o has vivido el insomnio en alguna ocasión.

La historia de los trenes fue un infierno, porque yo había decidido que el viaje sería literal, a un kilómetro por página, es decir, empezamos en el tren con Francis, en la estación de Milán, luego recorremos los cuatrocientos ochenta kilómetros ferroviarios que hay entre Milán y Roma con él, cuatrocientas ochenta páginas. Entonces me dije: «Bueno, yo tengo que hacer este viaje también». Y cogí el mismo tren entre Roma y Milán, una vez mirando a la derecha, apuntando todo lo que veía, con un mapa en la mesa y un cronómetro para saber exactamente, más o menos, dónde estábamos. Y páginas, decenas y decenas de páginas de apuntes del viaje de un lado del tren. Y luego la vuelta en el otro lado, otras decenas de miles de apuntes de lo que se veía por la ventana. Era horrible utilizar esto, porque no coincidía nunca realmente con el mapa, y entonces decidí que Francis tomara su tren a las seis de la tarde, que es el último tren que salía de Milán ese invierno y se hace de noche enseguida y no se ve nada, aparte de las luces de una fábrica que está poco antes de Bolonia o después de Milán, es una fábrica real. Y, claro, aparte de los túneles, borré un poco todo este paisaje porque básicamente era incapaz de releer mis notas y de ver lo que había en cada kilómetro. Pero lo que me daba, aparte de la anécdota de los trenes, lo que me permitía este recorrido en tren es remarcar que los personajes están precisamente encerrados. Cuando el libro está tan armado sobre un hilo tan real, ahí te puedes permitir tantas digresiones como quieras, porque siempre vuelves al viaje en tren y el lector no se pierde. Él sabe que va a ir a Bolonia, y que después de Bolonia viene Roma y seguramente sea el final del trayecto. Y eso permite divagar, irse. Igualmente, en Brújula, que sigue un poco la misma estructura pero en una noche de insomnio, ahí son noventa segundos por página, y no es tanto el espacio el hilo conductor sino el tiempo; se ve cómo la noche va avanzando con Franz contándonos historias y eso nos da como una estructura bastante rígida que a mí me ayuda para salir de ahí.

Es un tempo muy musical, el protagonista es musicólogo.

Sí, noventa es porque es un tiempo que se da mucho en la negra… toc, toc, toc…

¿Tú eres músico? ¿Tienes formación musical?

No. Sí, formación musical, sí. Pero igual que siempre he sido muy negado para la pintura y el dibujo, también lo he sido para tocar. Me encantan los instrumentos, la música, las partituras, pero toco muy mal, he probado con varios instrumentos y no hay manera.

Brújula ha sido finalista y ganadora de varios premios internacionales muy importantes. ¿Cómo ha sido la experiencia concreta con cada uno de esos premios y qué has aprendido de ellos?

El primero y el más gordo fue el Goncourt, claro. Es una experiencia muy rara desde el momento en que te llega la noticia, porque a partir de entonces todo gira alrededor de esa noticia. Eres finalista. Y el día en que se falla el premio tú estás esperando desde las ocho de la mañana, dando vueltas por París, alrededor de la editorial, porque es adonde llegará o no la noticia, durante horas, tomando cafés, esperando. Luego llegas a la editorial sobre las doce, doce y media, y sabes que el premio se falla alrededor de la una porque los del jurado están reunidos en el Drouant, un restaurante de París, y empezarán a comer poco después de la una. Entonces el reloj marca la una y tú estás con tus editores y nadie llama. Y dices, bueno, no hemos ganado. Entonces alguien pone la radio y se acaba de fallar, y oyes tu nombre. Y es como «Ooooooh»… Ahí entras en una vorágine, nunca me había pasado algo así, hay una pequeña plaza delante del restaurante donde el jurado está reunido, y tú sales del coche que te esperaba en la puerta de la editorial y está a petar de gente, hay miles de personas esperándote. La policía te abre camino para llegar al restaurante. Hay fotógrafos, decenas de cámaras de la tele y, claro, te preguntas: «¿Qué es esto?». Hay tantos periodistas dentro del restaurante que te hacen cruzar por la cocina con una especie de guardaespaldas con… ¿Cómo se dice? Un pinganillo. Te sube por el montacargas del restaurante para llegar al piso donde está el jurado, una mesa enorme, es un salón privado de los hermanos Goncourt, con retratos de ellos, libros y tal, y llegas ahí y ves a los periodistas privilegiados de los cuatro o cinco medios más importantes de Francia, que están dentro y cierran la puerta. Y dices: «Bueno, vamos a sentarnos a comer», pero qué va. Tú estás dando cinco entrevistas y todo el mundo está comiendo a tu alrededor, sobre todo los miembros del jurado, que cuando llegas ya han empezado. Llegas, de hecho, y ya van por el segundo plato. Y tras las entrevistas comes algo, muy rápido, porque la encargada de prensa ya te ha montado una agenda que te mueres y además hay una fiesta por la noche. No te das cuenta de que realmente lo has ganado hasta un tiempo después, porque lo que está ocurriendo es que estás siendo arrastrado por un sinfín de acontecimientos, de entrevistas, de viajes, de cientos de presentaciones, durante meses y meses.

¿En qué consiste exactamente el Premio Goncourt como tal, como premio?

Un talón por valor de diez euros. 

¿Lo guardaste o hiciste como…?

Sí, lo tengo, claro. Hay un solo autor que lo ha cambiado por dinero, nadie va a cambiar el talón de diez euros, que sirve como recuerdo, menos un autor…

Que es…

No voy a pronunciar su nombre.

El auténtico premio son las ventas.

Muchos editores matarían por un Premio Goncourt.

Y después del Goncourt ganas el Premio de Leipzig, el Premio Gregor von Rezzori y eres finalista del Booker Man Prize. ¿Cómo fueron esas experiencias?

Siempre te quedas con la duda de si hay para tanto. Pero, bueno, eso es un poco lo que tienen los premios… A la vez siempre hay algo dentro de ti que te dice que no lo mereces, pero, si no lo mereces tú, ¿cuál de los otros finalistas sí lo merece? La experiencia de ser finalista del Booker fue muy interesante, porque ahí sí ves qué significa realmente un premio. Un premio es un show que poco tiene que ver con la literatura, al final el libro es como lo de menos, lo que importa es la ceremonia, las actividades, las redes sociales, los meses anteriores, tu presencia, sobre todo tu presencia, tu cuerpo, no tu obra. Por ejemplo, si no te comprometes a ir a la ceremonia, no te aceptan como finalista porque lo que importa, al final, mucho más que tu libro, son los actos, las actividades, es lo que realmente importa, que se te vea, que se te escuche. Y el libro, bueno, por desgracia es un premio de libros, pero es un poco lo que molesta a los publicistas, a los que se encargan de diseñar todo el tinglado.

Por eso te negaste a ir a la ceremonia del Premio Strega.

Sí, yo sabía o intuía que no me lo iban a dar, ya estaba hasta aquí del teatro, me parece una auténtica lástima que lo que más interese es que estés allí, de cuerpo presente.

Además, durante todos esos días no escribes, ni lees, y estás solo encadenando comidas y cenas y entrevistas…

Sí, porque como digo tu presencia física es más importante que el libro. Eso me parece muy injusto, porque al final el premio es para el libro, no es para ti.

Te han traducido a más de veinte idiomas, has ganado esos premios que estamos comentando… ¿En algún momento has pensado que ha habido autores que después de estas traducciones y estos premios han ganado el Premio Nobel? ¿Te has planteado esa idea?

No. Eso es como preguntarte si la lotería te puede tocar. Sí, te puede tocar, pero lo más probable es que no te toque. El Nobel me parece algo tan lejano, pero tan lejano. No sé, supongo que cabe la posibilidad, pero lo dudo. Sobre todo, porque Suecia es un país que desconozco absolutamente, nunca he estado allí, y el Premio Nobel, todas esas academias, me parecen realidades como muy lejanas, fuera de la órbita y de los espacios que yo más o menos puedo dominar.

Además, eres un hombre blanco y francés, y hay un exceso de hombre blancos y franceses que han ganado el Premio Nobel. Aunque Blaise Cendrars, tu gran maestro, no lo ganó.

Sí, su lectura viene de mi niñez, de mi infancia, es un poeta que siempre me ha fascinado, pero, mira qué te digo, más como poeta que como novelista. Sus grandes libros de prosa son sus memorias, memorias de guerras, memorias de sus viajes, pero lo que me encanta es su nostalgia, la nostalgia de este mundo que hay entre 1900 y 1930, que es todavía el principio del siglo XX, con lo desconocido que era en aquel momento el mundo y lo difícil que era viajar. El mar de China, Brasil, África, los barcos… se viajaba en barco, los barcos siempre me han gustado mucho, más que los aviones. Sí, me gusta leer a Blaise Cendrars. Y me gusta leer los relatos de aquel momento.

Ese paisaje físico y moral está en Tristes trópicos, de Claude Lévi-Strauss. Aparece Brasil, el barco es muy importante y hay un capítulo muy famoso sobre el fin, la muerte del viaje. ¿Tú cómo te sitúas respecto a esa problemática, cómo vives tus viajes? ¿Crees que el viaje es todavía posible, o que el turismo lo ha transformado o incluso neutralizado?

No, yo creo que el viaje sigue siendo posible y siempre lo será, pero ahora con el mundo global, el viaje también se tiene que entender de otra forma. Tal vez sea más difícil el viaje de Barcelona a Calatayud por tierra que en avión a Tánger. Quizá el viaje no está donde siempre lo hemos visto, pero para mí sigue siendo posible. Es verdad que el turismo lo vuelve todo un poco confuso: como todo es más fácil, todo está masificado.  

En El alcohol y la nostalgia, cuyo epígrafe inicial —por cierto— es de Blaise Cendrars, un guion de radio convertido en libro, hablas también de un viaje en tren, de esa nostalgia que mencionabas y de beber. ¿De qué borrachera de tus viajes tienes más nostalgia?

Yo creo que el país de las borracheras, bueno, los países, son los de los Balcanes. Ahí me pasé días borracho. Porque cuando vas a una casa o a un lugar a las diez de la mañana ya te dan aguardiente de ciruela, o de albaricoque, o de lo que sea, que tienes que tomar con el café. Y así sigues, alcoholizado durante horas, no del todo borracho, no te caes, al menos de momento, probablemente te caigas al final, ya pasada la medianoche. Eso ocurre en todos los Balcanes, da igual que sea en países musulmanes o en países ortodoxos, solo cambia el color del alcohol o su gusto, pero siempre acabas hecho mierda.

¿Y qué hacías en los Balcanes? 

Bueno, emborracharme y disfrutar de la diversidad de los Balcanes. Eran los inicios del proyecto que se convertiría en Zona, estaba básicamente dedicándome a eso, a emborracharme con la gente…

Documentándote a través del alcohol…

Hablando con la gente un poco mayor que yo, que había estado en la guerra de los noventa, que para mí eran muy importantes para empezar a imaginar los personajes de Zona.

En todas tus novelas, desde La perfección del tiro, siempre hay en el trasfondo o bien entrevistas, trabajo de campo, viajes, o bien archivo y biblioteca. ¿Hasta qué punto crees que hay ficción en tus novelas?

Eso depende de sobre qué novela estemos hablando. Si hablamos de porcentajes, yo creo que donde el porcentaje de ficción es más bajo es en Brújula, pero siempre hay elementos ficcionales. Por ejemplo, en Brújula el relato final, a lo mejor no está en el final pero sí pasados los dos primeros tercios del libro, sobre la revolución en Irán es totalmente ficticio, y los personajes son personajes de ficción. En Zona también hay muchos relatos que son ficticios y también tengo novelas que son absolutamente ficcionales. En La perfección del tiro hay una base documental, pero…

Entrevistaste a francotiradores, ¿no?

No solo a francotiradores, a muchos combatientes en general, y a gente de ahí, del Líbano. Pero no digo sus nombres, ni el de la ciudad, que es Beirut, pero no lo es. Es Beirut transformado por la ficción. Yo creo que depende mucho de los proyectos, pero es verdad que siempre hay una parte que viene directamente de lo real o de los archivos de la historia y también otra parte que es ficción, en el sentido de que después de leer muchísimo o de hacer tantas entrevistas con los combatientes o excombatientes pasa algo en mí: puedo montar un personaje que es ficticio con trocitos de cada uno de estos personajes reales.

¿Por qué optas siempre por la novela? A veces la ficción es la opción más fácil. Tienes voluntad y vocación de investigador, te encantan los archivos, podrías escribir libros de no ficción…

Escribiría mucho más rápido si escribiera exclusivamente ficción, porque dedico muchísimo tiempo a la investigación y a las lecturas. Y leer toma mucho tiempo. Ahora, por ejemplo, estoy escribiendo algunos guiones de cómic, que sí son de pura ficción, y se pueden escribir muy rápido si uno imagina muy rápido. Pero prefiero escribir mucho más lento y poder investigar y aprender. Para mí la literatura y escribir son formas de aprender.

Has publicado poesía. ¿Te sientes poeta?

Mi poesía es una variante de los apuntes de viaje. No me siento poeta, es una forma, digamos, poética de hablar de viajes. Se trata de cuadernos de viaje que coinciden con viajes reales, momentos muy concretos de mi vida y muchísimas veces son apuntes o versos escritos en directo casi. 

¿Crees que el verso sintoniza mejor con el movimiento?

Sí, sí, exacto. Es casi el único formato al que puedes llegar en aquel instante preciso porque la prosa toma mucho más tiempo. Y con ella se te escapa la experiencia que acabas de vivir.

En Barcelona vive otro premio Goncourt, Jonathan Littell. ¿Tienes relación con él?

Sí, una relación muy cordial, no nos vemos a menudo, pero sí de vez en cuando.

Él también es políglota y también trabaja el viaje…

Sí, sí. Me fascina la relación que tiene Jonathan con el mundo rusófono, con Chechenia y esos lugares sobre los que él ha escrito y que también ha filmado. Domina el ruso, sabe mucho, obviamente, de Chechenia y el Cáucaso, pero también de Georgia, es un sabio. 

¿A qué lugar de Barcelona vuelves siempre que puedes? ¿A qué rincón?

No es ningún rincón desconocido. Yo vuelvo siempre a la plaza del Diamant, en Gracia. Por varios motivos, uno, porque tengo ahí muchos amigos, muchos conocidos y me gusta volver a verlos; y luego porque esa plaza tiene algo especial, fue un refugio y está muy vinculada con el libro de Mercè Rodoreda. Me gusta estar ahí. Gracia es a la vez un barrio muy tranquilo pero también muy inquieto, muy literario pero sin serlo. Muy vinculado con la historia, bueno, con los bombardeos de la guerra, que también están ahí, pero no están tan presentes. Hay una terraza de un bar donde siempre hay muchos árabes del este, libaneses, iraquíes, sirios. Y siempre vuelvo ahí arriba. Pero más interesante es, creo, no adónde voy siempre, sino los lugares que más me gustan pero a los que llego siempre por casualidad. Como, por ejemplo, la plaza Sant Agustí. Es una de mis plazas preferidas de Barcelona, la que más me gusta, pero no voy nunca. Solo voy cuando tengo que cruzar el Born y siempre me digo lo mismo: «Esta plaza es mi plaza favorita de Barcelona», pero nunca voy.

¿Y de Francia? ¿A qué lugar te gusta volver?

El País Vasco francés, donde está la casa de mis abuelos y de donde es mi madre, de Bayona, y siempre me gusta volver. No viviría ahí, pero siempre me gusta volver a Bayona o la montaña.

El periodista de Zona es un espía y en Brújula dices que los escritores somos todos espías. ¿Has tratado con espías? ¿Has tenido alguna relación con los servicios secretos de Francia?

No, yo soy muy negado no solo para la pintura y para la música, sino también para el espionaje, porque es bastante difícil hoy en día ser espía, es algo muy administrativo, te tienes que entrenar, toda una carrera. Pero sí conozco a muchos de ellos. Tengo amigos que estudiaron conmigo en la universidad, algunos de ellos son diplomáticos «normales» y otros son espías. Y sí, conozco historias sobre los servicios secretos y todo ese mundo.

¿Intentaron reclutarte?

No, porque yo no estaba en un lugar donde pudiera tener acceso a información interesante. Los que son reclutados como fuentes son gente que puede acceder a una red o a algún tipo de información que no se encuentra por todas partes. Y yo me relacionaba más bien con escritores, que lo que piensan o lo que dicen es público, entonces la información que yo pudiera conseguir no tenía mucho interés. Quizá sí cuando estaba trabajando en el sur de Siria y ahí era el único extranjero, pero, claro, como ahí no hay nada, no hay tampoco información que pudiera tener interés para nadie. Sabes cómo es esa gente. Si estás en el medio del desierto, sabes mucho del desierto, pero no deja de ser un desierto y no interesa a mucha gente 

¿Has conocido de cerca la guerra o el terrorismo?

Bueno, sí y no. Sí, un poco en el Líbano, en el sur, vi cómo la Cruz Roja actuaba después de los bombardeos. Y cómo la guerra cambia completamente el aspecto de todo un país, incluso su geografía. En los noventa vi en el Líbano cómo en un barrio de gente que se conocía desde hacía mucho tiempo, de la misma religión, de la misma clase social, estallaba la guerra y se mataban entre ellos. Brutal.

Lo que viste en los Balcanes, en cambio, fueron las heridas y cicatrices de la guerra.

Sí, eso era muy impresionante también. La violencia presente, ya sin armas, sin bombas y sin nada, pero todavía algo muy duro, muy triste y muy violento entre las comunidades, ver el resentimiento que quedaba y lo imposible que era llegar a una solución.

En Brújula se percibe una cierta tristeza respecto a Siria, lugar que tú conoces bien y al que no puedes volver. ¿Te planteaste ir a Siria pese al conflicto para la novela?

No para la novela, pero tenía un proyecto, me habían propuesto desde un magacín francés volver a Siria y escribir sobre Siria y especialmente sobre la región donde yo más tiempo pasé, que es el sureste donde están los drusos, escribir sobre qué había cambiado o no. Y se lo planteé a mi mujer y me dijo: «Tienes que escoger entre volver a Siria y yo». Y entonces dije: «Vale, bueno». Pero al final yo no soy periodista y era un trabajo más bien periodístico, donde tienes que escribir muy rápido, tener un ojo muy preciso… Yo no tengo ese oficio, y no sé si lo que hubiera podido escribir tan rápido en Siria habría tenido algún interés. Entonces imaginé mi regreso en un cuento donde el narrador vuelve para una boda al principio de la guerra en Siria.

¿Volviste en la ficción?

Sí.

¿En tu opinión Al Asad es un genocida?

Genocida, en términos jurídicos, no. Porque el genocidio está muy codificado por el derecho penal internacional, pero es un asesino, un asesino de masas, ha matado a cientos y miles de personas, y ha desplazado a millones. Con la ayuda de muchos, la responsabilidad no es solo suya, ni mucho menos, pero él ahí juega un papel clave.

¿Crees que hay solución a corto o medio plazo?

Siempre hay solución, lo que pasa es que no hay medios para remendar esa solución. Las soluciones existen y son muchas, lo que pasa es que nadie tiene el poder suficiente como para llegar a una solución. Sea desde el lado de Asad, los rusos, los iraníes, o desde el otro lado.

¿Y para Cataluña?

La solución, claro, es la independencia. No, es una broma. La solución es el referéndum, estamos todos de acuerdo en eso. Un referéndum pactado, real, en el que la gente pueda decir la suya. Yo creo que lo que pasa en Cataluña va a tener muchas consecuencias, y está teniendo muchas consecuencias para España. Primero que, poco a poco, yo creo que España se está aislando del resto de Europa, del norte, porque se está cerrando a una idea de sí misma que no coincide con la realidad. Estoy hablando del Gobierno español de Mariano Rajoy [Cuando esta entrevista tuvo lugar aún no se había producido el cambio de Gobierno de junio de 2018 N. d R.]. A mí, que no soy español, me gustaría ver un cambio de la Constitución, ir hacia un Estado federal. Eso sería la solución tanto para España como para Cataluña.

Tanto W. G. Sebald como Roberto Bolaño, tal vez los dos escritores de este cambio de siglo que están más presentes —directa o indirectamente— en tu obra, eran emigrados. Tú también lo eres, además eres «extraterritorial», en el sentido en que esa palabra quedó fijada en el texto de George Steiner. ¿Cómo experimentas esa contradicción, la de vivir en un lugar —y sentirte parte de él— donde no puedes votar, donde no puedes disfrutar de todos los derechos como ciudadano?

Tiene también sus ventajas, es una forma de ser siempre testigo, sin participar en los hechos. Es como ser un eterno testigo de un crimen inacabado, y es una ventaja, pero a veces tienes ganas de participar más activamente. Yo podría tener el pasaporte español y votar aquí, pero eso, por un estúpido acuerdo entre España y Francia que se remonta a los setenta, significaría perder el pasaporte francés, lo cual sería un poco absurdo, la verdad. Si no fuera así, creo que habría pedido hace tiempo la nacionalidad española.

¿Llegaste a conocer a Bolaño en la época de Lateral?

Sí, bueno, lo vi en una de sus últimas apariciones públicas en 2003. Creo recordar que a principios del invierno, pues todavía no había salido mi primer libro, que se publicó en mayo de 2003. Dio una charla, no recuerdo dónde, y fui a verlo. Es la única vez que lo vi en persona. El primer libro que leí de él fue Los detectives salvajes en el año 2000.

Seguramente es el libro más parecido a lo que has hecho después tú en Brújula.

Yo, la verdad, no veo muy bien en qué nos podemos parecer.

Por ejemplo, en la voluntad enciclopédica, en la importancia de las conversaciones basadas en entrevistas, en el motor del viaje o en la memoria del horror del siglo XX (eso sería más en Zona). Hay, además, un montón de guiños y homenajes…

Eso sí, guiños y homenajes sí. Aparte de eso, creo que nuestras obras van por caminos distintos. Pero sigo hablando sobre Bolaño a menudo. Hace una semana, con Robert, estuvimos hasta las cuatro de la mañana haciendo una lista de nuestras obras de Bolaño preferidas y coincidimos, y eso es muy curioso, en que nuestro libro favorito es Nocturno de Chile, después Los detectives salvajes, después Estrella distante y después 2666. Estábamos de acuerdo, aunque habíamos tomado un montón de gin-tonics. Ahora no sé si lo estaríamos, después de la resaca.

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