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Mathias Enard: «El gran peligro para un escritor es encerrarse en su mundo y no ver más allá de lo que está haciendo»

Mathias Enard

Mathias Enard habla un montón de idiomas, todos con la misma sencillez. Su cara se acerca cada vez más a la de Balzac, pero, pese a los muchos premios de prestigio internacional que ha ganado en los últimos años, su espíritu permanece muy alejado de la soberbia. Quedamos a principios de verano en el café de la librería Laie —en la misma Barcelona donde ha pasado la mayor parte de su vida adulta, ha sido padre de una niña que ahora ya es adolescente y ha publicado en español todos sus libros—, aprovechando que pasa aquí unos días, pues lleva un año encerrado en su casa francesa, vecina a un cementerio y rodeada de laderas suaves y campos de cereales, escribiendo su nueva novela. 

Tu obra tiene un símbolo en el centro, el puente. A veces explícito, como el proyecto del puente de Constantinopla en el que trabaja Miguel Ángel en Habladles de batallas, reyes y elefantes. Otras veces es un puente simbólico como el del ferry que atraviesa el estrecho de Gibraltar en Calle de los ladrones. ¿Cuál es el primer puente que recuerdas?

¿Un puente físico, un puente real?

O leído.

Recuerdo muy bien que en medio de la ciudad donde nací y crecí, Niort, hay un puente porque hay un río. Hay varios puentes ahí que sigo cruzando muy a menudo. Y esos son los primeros puentes… Pero no creo que el puente sea central en mis libros, lo del puente de Miguel Ángel fue más bien una casualidad. Lo que a mí más me interesa son los ríos, los mares, más que los puentes.

Me refería más bien a puentes simbólicos como vínculos que atraviesan fronteras, ríos y mares. Sobre todo, vínculos simbólicos que encarnan viajeros, quienes con sus propios viajes crean esos puentes.

Sí, pero insisto, el puente no me parece una imagen muy válida. Lo que más me gusta son los barcos, porque el puente es inmóvil. Bueno, están esos puentes móviles del ejército, pero a partir de eso normalmente cuando pones un puente ahí se queda. Pero yo creo más en la movilidad, en el sentido de que los viajeros más bien son barcos o barcas, pero no tienden puentes. Y no es fácil para los demás seguirlos, a veces. En cambio, un puente sería algo que todo el mundo pudiera cruzar. Yo no lo veo. Creo más en el mar o en el río como, precisamente, un espacio libre, que todos somos libres de cruzar o no. Nadando o en barca o como sea. De ahí, me parece más interesante el estrecho de Gibraltar que este puente de Miguel Ángel en Estambul.

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