Mona Eltahawy: «Quiero complicar la visión que Occidente tiene de las musulmanas»

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Fotografía: Begoña Rivas

La piel de Mona Eltahawy (Puerto Said, 1967) está decorada con ofrendas a sí misma. Tatuajes que celebran que está viva, pero pudo no ser así. En el brazo derecho se perfila la silueta de la diosa egipcia Sejmet, cuyo aliento cuentan que creó el desierto. La deidad del sexo y la justicia cubre con tinta una de las cicatrices de la violación que sufrió cuando participó en las protestas que derrocaron a Hosni Mubarak. En el brazo izquierdo, que también le fracturaron, tendrá para siempre el nombre de la calle donde se originó la revuelta, junto la palabra «libertad», en árabe. El pelo, rojo sangre, otro manifiesto: «Que os jodan, sobreviví».

Es musulmana, feminista y una de las voces más influyentes en favor de los derechos de las musulmanas. Dispara proyectiles a discreción contra los progres de izquierdas, los radicales de derechas y los integristas musulmanes. A todos les hace cómplices, de una u otra manera, de la opresión. «El odio islamista hacia las mujeres se ha propagado como el fuego por toda la región y arde con más fuerza que nunca», dice. Sus pulseras tintinean al pronunciar los eslóganes que adivina convertidos en titulares: «Si no eres una mujer musulmana, cierra la puta boca y escucha», repite. Presenta en España El himen y el hiyab: Por qué el mundo árabe necesita una revolución sexual (Capitán Swing), un ensayo del que pocos salen bien parados. Una antología de desafíos a nuestras certezas. Viene de ver el Guernica y se confiesa obsesionada por la guerra civil española. Pero es una obsesión menor. La otra, la batalla mayúscula, ansía derrocar la dictadura que asfixia a las musulmanas, en tres frentes: la calle, el Estado y la cama. Sin revolución sexual da igual que caigan tiranos, dice.

Recorre con el índice el último tatuaje. Una frase de la poeta June Jordan: «We are the ones we are be waiting for». Las que sobrevivieron.

«Soy musulmana, soy feminista y estoy aquí para confundiros». Así empezaste una TED Talk hace casi una década, ¿Sigue siendo confuso para la gente que esos dos términos no sean contradictorios entre sí?

Aún confunde mucho a la gente. En las redes sociales me lo preguntan mucho, realmente sorprendidos: ¿Cómo puedes ser musulmana y feminista? ¿No es una contradicción? Y en las entrevistas también suele ser un asunto recurrente, intentan hacerme ver que no son compatibles. Lo que ocurre es que yo no soy una feminista islámica, porque el feminismo islámico basa el feminismo en la reinterpretación del Corán, o de los dichos del profeta Mahoma. Reintepretan esas interpretaciones (que son fundamentalmente de hombres) para hacerlas más feministas. Yo no hago eso, mantengo las dos áreas separadas porque soy una feminista muy secular. En lo que afecta a mi feminismo, cualquier cosa que haga daño a las mujeres y niñas, la combato. Cualquier cosa. Estamos en 2019, y no me importa si esas cosas vienen del Corán, de la Biblia o de la Torah, o las escrituras indias, cualquier cosa que perjudique a las mujeres y niñas, tiene que acabar.

¿A qué te refieres con que mantienes los dos mundos separados?

Aunque no sea mi doctrina, reconozco el feminismo islámico como un arma poderosa contra el patriarcado. Una de las cosas más sencillas que la gente te dice es «¿y por qué no, simplemente, abandonas el islam, dado que es tan patriarcal? Y esto último es cierto: todas las religiones son patriarcales, todas son misóginas, especialmente las religiones abrahámicas. Cuando miras aquí el catolicismo en España, por ejemplo, también ves su larga historia de control sobre las mujeres en beneficio del hombre. Son religiones hechas para los hombres, al igual que el islam, el judaísmo o el hinduismo. Las únicas que, por lo que tengo entendido, no son tan misóginas son las religiones cosmológicas del continente africano.

Cuando la gente se pone tan expeditiva, y les dice a las mujeres que simplemente abandonen su fe, no están teniendo muchas cosas en cuenta. Primero: esa afirmación se dice desde un lugar muy privilegiado, no tienen ni idea de cómo esas mujeres viven su religión, cuáles son sus circunstancias, ¿cómo se atreven a decirlo? La religión te puede fortalecer o te puede debilitar, ambas cosas son posibles. Yo no sé cuál es la relación de esas mujeres en particular, así que ¿quién soy yo para decirles que la abandonen? Segundo: pueden perder todo lo que conocen si la abandonan. Su familia, sus amigos, su comunidad… quizás no tengan el coraje para dar ese paso, no lo sé. Así que «Mr. Hombre» que va lanzando recomendaciones: plantéate que ni siquiera llegas a imaginar el tipo de lucha que están atravesando. Y en tercer lugar: hay patriarcado en la religión y hay patriarcado también fuera de ella. Y ambas hay que combatirlas. Para luchar contra la que está dentro de la religión necesitamos al feminismo islámico. Porque si el patriarcado utiliza todas sus armas contra mí, yo también usaré todo a mi alcance. Cuando las mujeres se me acercan y me dicen «necesito saber lo que la religión dice sobre las exesposas», o cualquier otro ejemplo, les recomiendo que lean a Amina Wadud, la mujer que en 2005 revolucionó al mundo islámico en una oración mixta a favor de los matrimonios homosexuales, el imanato femenino y demás. O les refiero a las líderes del movimiento Musawah que nació en Malasia, sobre la igualdad de deberes y derechos entre hombres y mujeres en las familias musulmanas. Así que lo realmente importante para mí es darles las herramientas para que decidan por ellas mismas. Porque eso las ayudará a convertirse en feministas dentro de su fe. Mi lucha se libra en ambos campos, fuera y dentro.

¿Crees que sería más fácil que calara tu mensaje si fueras una desertora del islam?

Sí, definitivamente. De hecho hay un grupo muy potente de mujeres que se hacen llamar así, «exmusulmanas», y conozco todos los problemas que tienen, porque en muchos casos incluso sus vidas están en riesgo por haber renegado de la que era su fe. No es fácil para nadie abandonar el islam. Pero yo nunca hablo de mi relación personal con el islam, no en entrevistas. Es una pregunta que nunca respondo, me da igual que sea la BBC o el New Yorker. A nadie.

¿Por qué? Has hablado de aspectos muy íntimos y personales tuyos, ¿por qué dejar esto al margen?

Porque es la forma más rápida para que la gente que quiere meterme en una caja, categorizarme, pueda hacerlo. Tildarme de «buena musulmana» o «mala musulmana». Y no voy a concedérselo, que les jodan. Por eso nunca respondo este tipo de preguntas, porque son irrelevantes para mí. La cuestión es que soy feminista y combato el patriarcado en cualquier parte. Dentro y fuera del islam. Es todo lo que tienes que saber.

Es decir, que renuncias a apropiarte del término de «mala musulmana», al estilo de lo que hace Roxane Gay con el feminismo. Entonces, ¿cómo te describes?

La forma en la que yo me describo, en la que me identifico, es que soy feminista y tengo ascendencia musulmana, o egipcia. Y todas estas cosas me han hecho la mujer que soy. Y como digo en el libro mi historial religioso y cultural me ha convertido en quien soy. Donde quiera que hable sé que puedo hacerlo de un modo que conecte con las jóvenes musulmanas, que es lo más importante para mí. También hay un montón de exmusulmanas que me escriben, y que entienden la importancia de lo que estoy haciendo. Así que no quiero estar encarcelada en una etiqueta que provoque en la gente un rechazo, una sensación de que no podrán hablar conmigo.

Para mí es muy importante establecer mi propia identidad, y definirla. Lo único que necesitas saber sobre quién soy es lo que yo escojo contar. Una vez estaba en la BBC, justo en Ramadán. Había muchos más invitados, era uno de esos programas en los que tú hablas entre la emisión de las noticias. Ya en antena me dijeron que tenían un reportaje de una periodista musulmana de la cadena, sobre lo difícil que era hacer el Ramadán este año por la coincidencia con el verano. «¿Cómo ha sido para ti?», me preguntaron. Y expliqué que yo no respondía preguntas sobre religión, ni sobre si ayuno, rezo… Nunca.

¿Qué ocurriría si lo respondieras?

Pues… tan pronto como respondiera esas cuestiones empezarían a instalarse ciertas suposiciones, que no tienen porqué ser ciertas. Si ayuno o no, porqué lo hago… Eso se convertiría en algo que distraería la discusión del trabajo que estoy haciendo. Y para lo que quiero, necesito que mi trabajo activista sea lo más importante de mi discurso.

Escribiste El himen y el hiyab en 2015. En los pies de página de la edición española puede verse cómo han cambiado las cosas en el mundo musulmán para las mujeres en este lapso de tiempo. Cuatro años después de viajar con él por todo el mundo, porque se ha traducido a once idiomas, ¿has repensado alguno de los asuntos que se abordan? ¿Nada de lo que has visto o discutido te ha hecho cambiar de postura?

Esencialmente escribiría el mismo libro. No quitaría nada, pero sí creo que habría incluido algo en el capítulo de arranque sobre la derecha política. Añadiría más énfasis en conectar a la derecha radical con la islamofobia, porque en cada entrevista que he dado desde entonces me han preguntado si estoy preocupada porque los racistas y los islamófobos puedan usar lo que digo sobre el islam contra mí. En el libro sí digo que existe esa derecha islamófoba, que usará cualquier cosa que yo o cualquier otra mujer musulmana diga contra la religión. Y también reconozco que dentro de la comunidad musulmana hay misóginos que quieren silenciarme a mí, y a otras mujeres, para que no les dé munición a los radicales de derechas. Pero claro, ahora Donald Trump está en el poder, y entiendo que eso ha colocado a la derecha en otra posición con respecto a las mujeres y al islam. Es un asunto que estoy abordando en el que será mi nuevo libro, The 7 Necessary Sins for Women and Girls. Pero respondiendo a tu pregunta: en El himen y el hiyab habría aumentado el énfasis sobre cómo la derecha coloca a las mujeres musulmanas entre la misoginia y la islamofobia; igual que hice énfasis en cómo la izquierda es culturalmente relativista con ellas, y muy paternalista. En el fondo, quiero decirles «¡Jódete!» a los dos [Risas].

Otra cosa que cambiaría, que no incluí en el libro es un mensaje sobre el hiyab. En él hablo del burka, el niqab… todo el asunto de «velarse», mencionando las leyes que existen en países europeos sobre la prohibición o no de llevarlos, intentando diferenciar los contexto en Europa de los del norte de África. Ahora habría incluido un mensaje muy claro: a menos que seas una mujer musulmana, cállate y escucha. Shut the fuck up! Porque este es nuestro debate, nuestra discusión. También he de reconocerte algo: de alguna manera, considero El himen y el hiyab como última vez que hablo sobre hiyabs, burkas o niqabs. Estoy harta.

Tu posición está clara: estás en contra del niqab y el burka.

Sí, de lo que suponga cubrir la cara. Porque estoy en contra de la «cultura de la modestia o del pudor» que lleva aparejada. Mi libro se llama así no porque hable sobre el velo, sino todo lo contrario: reivindico que las mujeres musulmanas somos mucho más que lo que haya en nuestra cabeza o entre nuestras piernas.

El libro es previo al estallido del MeToo, y también previo al movimiento que tú encabezaste sobre el MosqueMeToo. ¿Por qué dices que el MeToo fue especialmente angustioso para las mujeres musulmanas?

Aunque luego se convirtiera en otra cosa, el MeToo lo inició una mujer negra en 2006, la activista Tarana Burke. Ella lanzó este movimiento focalizado, sobre todo, a las mujeres negras de Estados Unidos, que eran marginadas por muchas partes del feminismo. Sus casos de acoso sexual eran frecuentemente ignorados. A nadie le importaba, fundamentalmente porque las víctimas eran jóvenes negras y Estados Unidos aún arrastra muchísimo racismo. Y donde más se nota es en ese nicho: en las jóvenes negras y también las indígenas. Cuando en 2017 las actrices blancas empezaron a usar el término MeToo fue muy poderoso, porque son personas con una proyección masiva. El mundo escuchó y es genial que así fuera. Fue muy valiente que se lanzaran a compartir sus historias, porque ya sabes que es durísimo para nosotras, aunque seas famosa o rica, hablar de acoso sexual. Fue positivo que se expusiera a los hombres poderosos, como Harvey Weinstein y otros. También las más de doce mujeres que acusaron a Trump. Fue muy valiente… pero todas ellas eran, básicamente, blancas y ricas, y acusaban a otros blancos poderosos. Para las demás, como yo, se empezó a convertir en un movimiento muy blanco, centrado exclusivamente en eso. Así que me preocupaba mucho que a la gente a la que estaba dirigido originalmente, con Tarana Burke, fuera marginada de nuevo. Y que brindara a los hombres una excusa: «Yo no soy poderoso como Weinstein, esto no va conmigo». Que solo pusiera en la picota a los productores de Hollywood, porque se convirtió en un círculo muy estrecho.

Pero el debate que lanzó fue mucho más allá de eso, no se quedó solo en Hollywood. ¿No crees que abrió una discusión más amplia?

No. Nadie prestaba atención a lo demás. Es cierto que animó a más gente para hablar acerca del acoso sexual, pero el MeToo no ha derivado en cambios reales. No conozco el panorama mediático español, pero en EE. UU. hay muchísimas historias de hombres diciendo que no quieren que una mujer trabaje a su lado en la oficina, porque temen ser falsamente acusados de acoso. Todo eso de la caza de brujas y demás. Así que mucha discusión, pero pocos cambios. Yo quiero saber cómo ha afectado esto a las mujeres que trabajan en fábricas, a las de la clase trabajadora. ¿Está ayudando a las negras, a las latinas, a las musulmanas? Por eso surgió MosqueToo. Porque estaba preocupada por esa marginación que sufrían las mujeres que no tenían acceso a un altavoz, que no estaban siendo escuchadas. Teníamos que convertirlo en algo más universal

En enero de 2018 alguien me mandó un artículo sobre una joven pakistaní, Sabica Khan, que contó en Facebook cómo había sido abusada sexualmente en la peregrinación a La Meca. Escribí sobre ello en The Washington Post. Su texto se había compartido muchísimo, lo que me sugirió que muchas mujeres se identificaban con la situación, aunque también estaba siendo brutalmente insultada. También me recordó mi propia experiencia en el mismo contexto. Tenía quince años, vivía en Reino Unido, y unas semanas antes de mudarnos a Arabia Saudí fuimos de peregrinación a La Meca, donde me atacaron sexualmente dos veces: otro peregrino y un policía saudí. En ese momento, con esa edad, nunca había sido tocada así. Nunca. Estaba avergonzada, me quedé petrificada y solo pude llorar, que es una reacción muy natural. Me llevó años poder contarle a la gente lo que me había ocurrido.

Antes de leer el caso de Sabica Khan, en 2007, compartí mi experiencia en Egipto, en una charla que dí en la que había sido mi universidad en El Cairo. Cuando abordé el tema una mujer egipcia me reprendió: «¡No hables sobre esto, harás quedar mal a los musulmanes!». ¡Yo no les hacía quedar mal! ¡Los hombres que me acosaron eran los que se hacían quedar mal a sí mismos! Poco después me invitaron a la televisión egipcia cuando me mudé de nuevo allí. Era un show en directo y conté lo que me había ocurrido en La Meca, en árabe. Era la primera persona que confesaba algo así jamás, que durante el peregrinaje ocurrían casos de abuso sexual. Eran tan tabú que el productor que me invitó al programa casi pierde el trabajo. Un escándalo. Decidí incluirlo también en el libro, porque quería dar testimonio de lo que ocurría en el corazón mismo del islam.

A raíz de esto me escribieron muchísimas mujeres con casos similares. Pensaban que eran las únicas, y estaban avergonzadas. Y eso está en el núcleo del abuso sexual: el patriarcado aduce que son solo casos aislados, mientras que se siguen produciendo una y otra vez. Impone el silencio, para que las mujeres creamos, individualmente, que somos las únicas a las que nos ha pasado.

En 2018 retomé el tema, cuando comenzó el peregrinaje a La Meca. Publiqué un hilo en Twitter, porque quería alertar a esas mujeres que se dirigían allí de lo que podía ocurrir. Quería advertirlas, porque van a los lugares sagrados pensando que están seguras en un lugar espiritual, pero no lo están en absoluto. De ahí nació MosqueMeToo: como un espacio para que las musulmanas, como habían tenido las actrices blancas, tuvieran una forma de discutir públicamente lo que ocurría en La Meca. Básicamente lo que quería decirles era que si se sentían capaces de hablar sobre lo que les ocurría, porque no es fácil, compartieran su historia bajo el hashtag. En Indonesia (el país con mayor población musulmana del mundo) se volvió viral en pocas horas. Y mucha gente empezó a compartir historias suyas, de sus madres, en Túnez, en Malasia, en India, Pakistán, Turquía… En dos días, había miles de historias parecidas. Y continúa vivo.

¿Esto tiene que ver con desacralizar espacios? Porque también se solía pensar que la familia era un lugar seguro, sagrado, donde no ocurrían cosas así.

Exacto: no hay lugares libres de abuso sexual. Pero la conclusión final es que los lugares no son sagrados, lo que es sagrado es mi cuerpo. También evidencia el modo en el que el patriarcado socializa a los hombres, los habilita y los protege de la misoginia. Porque estos hombres que abusaron de mí y de las demás en La Meca sabían que como se había producido en un lugar sagrado para el islam ellas callarían. Se aprovechan de la vergüenza, se sienten protegidos en ella. El cuerpo de la mujer es sagrado, los lugares de la fe no.

Dices que en libro que nos hemos centrado tanto en repetir el mantra de que el abuso sexual «trata sobre el poder y no sobre el sexo», que por el camino hemos olvidado algo fundamental: también trata del sexo en sí mismo.

Esto está especialmente dirigido a las mujeres musulmanas. A todo el tabú que rodea al sexo. Entiendo por qué el movimiento feminista en su primera ola se concentró tanto en explicar que la violencia sexual tenía que ver con el poder, porque no querían proporcionarle pretextos a los hombres. En muchos países conservadores el sexo continúa siendo un tabú. Así que, si incidías en la idea de que la violación tenía que ver con el poder, les quitabas la excusa a los hombres para decir «es que estoy sexualmente frustrado». Pero al mismo tiempo hay que hablar de sexo. Debemos hacerlo. Porque si lo mantenemos como tabú, como causa de vergüenza, dejamos a la gente más vulnerable expuesta a toda clase de violencia y vulnerabilidades añadidas. Las mujeres jóvenes, el colectivo LGTBi, y la gente no binaria. ¡Por eso tenemos que hablar de sexo! Hay circunstancias donde la mujer y el hombre no pueden expresarse sexualmente con libertad, pero incluso ahí es más duro para las ellas. Por eso el subtítulo de mi libro dice revolución «sexual», no revolución a secas.

De hecho, dices que esa es una de las causas por las que la «Primavera Árabe» (aunque no te guste el término) en muchos países no supuso un avance para las mujeres, sino un retroceso.

Sí. Nosotros empezamos una revolución política en el norte de África y Oriente Medio, contra los dictadores en los palacios presidenciales. Pero esa revolución estará siempre condenada al fracaso si no va acompañada de una revolución social que acabe con el domino masculino de las calles, del espacio público. Necesitamos una revolución sexual contra los dictadores del dormitorio, los que poseen nuestros cuerpos y nuestro sexo. Sacamos al dictador del palacio presidencial, no de nuestras camas. Lo que yo llamo los tres factores de la misoginia, el triángulo: el Estado, la calle, el hogar. Todos esos dictadores se fueron a casa, pero para las mujeres los dictadores más peligrosos y poderosos están en casa.

Cuando les digo a los hombres que necesitamos una revolución social y sexual, feminista, siempre me dicen: «Este no es el momento». Porque en Egipto, por ejemplo, nadie es libre. Los hombres tampoco, porque el Estado oprime a todos. Pero el Estado y la calle y el hogar, todos juntos, solo oprimen a las mujeres. La lucha de los hombres es contra el Estado, pero si esa es la única revolución que tenemos, no deja de ser un grupo de hombres luchando contra otro grupo de hombres. Eso no es una revolución. ¡No voy a arriesgar mi vida para que tú puedas entrar en el palacio presidencial! ¿Qué hay de mí? Frecuentemente mucha gente dice eso de «cuando liberemos la política, después liberaremos todo lo demás…». Pero no. No es así como funciona. Si liberamos a la sociedad y al dormitorio estaremos listos para liberar la política. Porque el dictador más poderoso está en el dormitorio. Esa debería ser la prioridad, pero siempre se nos pide que esperemos. ¿Cómo vas a tener libertad política, cuando la mitad de tu sociedad no es libre? No tiene sentido votar en una circunstancia así. ¿A quién voy a votar? ¿Al que me oprima menos?

Tu historia es testimonio, también, de lo arraigado que está el tabú sobre el sexo en el islam. Cuentas que hasta los veintinueve años no fuiste capaz de liberarte al sexo fuera del matrimonio, y no verlo como un pecado. ¿El sexo fue el último escalón en tu revolución personal?

Es exactamente así. Fui capaz de muchas otras cosas antes, pero el sexo me costó mucho, fue lo más duro. Por eso insisto en hablar tanto de él ahora. Es mucho más sencillo salir ahí fuera y gritar: «Mubarak es un dictador y debe de irse, dejar de regir nuestras vidas», mucho más que decir «yo soy dueña de mi cuerpo. Es mi elección practicar sexo con quien quiera, donde quiera, y como quiera». Para mí esa es la declaración de la revolución sexual. Nadie posee mi cuerpo: ni la mezquita, ni la fe, ni las calles, ni mi hogar o mi familia. Por eso lucho contra todo eso, contra la violación en el matrimonio, los matrimonios concertados o la violencia doméstica. Pero lo más revolucionario, para mí, es el sexo, es mi historia personal. Hablaré más profundamente de ello en mi próximo libro. Sobre lo libres que somos de practicarlo cuando queramos, con quien queramos y con consentimiento, con mujeres, hombres, o todo a la vez. Para mí la liberación sexual es luchar contra el patriarcado, contra la heteronormatividad, la monogamia… Porque reclamo ser libre. No quiero ser igual a un hombre, porque eso no es suficiente. ¡Los hombres tampoco son libres de todo esto! A ellos también les oprime la heteronormatividad, o la mononormatividad o el capitalismo.

Dices en el libro que nada prepara (la educación, la música, la cultura) a los hombres para asimilar el concepto de «consentimiento» sexual. ¿Te refieres a que eso es más acusado en los hombres musulmanes?

Bueno, eso es así en general. Justo antes de venir aquí se lanzó la campaña de Amnistía Internacional denunciando que solo ocho países de la Unión Europea incluyen en su legislación que sin consentimiento el acto sexual es violación. Y aquí tenéis el caso de la Manada, que me lleva a concluir que, a no ser que la mujer luche por su vida, el sexo que practiquen con ella será consentido. Y eso es terrible. Porque la reacción normal de tu cuerpo ante una violación es quedarse petrificado. Lo sé, me ha ocurrido. ¡Eso no significa que lo quieras! Así que hay veinticuatro países en Europa que ponen la obligación de luchar sobre la mujer si no quieren ser violadas. Por eso creo que sea un problema solo del mundo musulmán, va más allá. Digo mucho esto, pero es así: no vengo a los países occidentales para haceros sentir mejor contando las atrocidades que se cometen en el mundo musulmán. Porque entiendo que es muy fácil para vosotros decir «¡pobres mujeres musulmanas! ¡Las tienen tan jodidas allí…! Somos muy afortunados de vivir aquí». No: hay mierda aquí y hay mierda allí. Hay violaciones en todas las sociedades: en EE. UU. al menos tres mujeres al día son asesinadas por sus parejas o exparejas. No es como para sentirse orgulloso. Así que los chicos y los hombres no han sido educados para entender el consentimiento en ninguna parte. Nadie les prepara para esta idea.

Ahora está cambiando, lentamente, en parte gracias a la cultura queer, que puede ayudarnos mucho en este aspecto porque se libra de los patrones de cómo tiene que actuar una mujer o un hombre. Son simplemente dos personas. No quiero decir que no exista violación el la comunidad queer, claro que la hay. Pero los discursos y los debates que se producen en esas comunidades son muy enriquecedores, porque las revoluciones siempre empiezan en los márgenes, no en lo mainstream. Mucho de lo que hemos aprendido sobre consentimiento, sexo y revolución se lo debemos a la gente en los márgenes. No binarios, transexuales, queer… Todos los que rechazan la heteronormatividad. El mainstream es un statu quo, y el statu quo es, por definición, contrarrevolucionario. La revolución siempre pertenece a las minorías. Deberíamos aprender de ellos, los más vulnerables, que han desarrollado modos más sofisticados de hablar de consentimiento.

Muchas veces has criticado que se minimice el concepto de «revolución», dices que la mayoría de la gente no está realmente dispuesta a afrontar las consecuencias de los cambios que desean.

Sí, tienes que estar listo para morir. Mucha gente muere en las revoluciones. Cuando la gente me pregunta qué me ocurrió en Egipto, cuando me rompieron los brazos y me violaron, parece que me echen en cara que hable de ello «fácilmente». Hablo de ello abiertamente, libremente, porque creo que tengo suerte de estar viva porque me salvó mi situación privilegiada. Si hubiera sido una mujer de clase trabajadora, anónima, posiblemente estaría muerta. La gente sabe quién soy, soy famosa, por eso cuando me las apañé para mandar un tweet diciendo «Golpeada y arrestada en el Ministerio del Interior», la gente empezó a luchar por mí. ¿Pero si hubiera sido anónima? Habría desaparecido, como las otras doce mujeres a las que les ocurrió lo mismo ese día. Por eso, porque tengo suerte de estar viva gracias a mis privilegios, estoy obligada a luchar diez veces más fuerte que esos que no lo tienen. Así que mi altavoz, mi fama, la gente que escucha lo que digo; me obliga a contar lo que me ocurrió. Y hacerlo bien alto.

¿Qué cambiaron en ti esas violaciones?

Me enseñó las consecuencias. Si quieres ser parte de la revolución tienes que entender que pagarás un precio. ¿Estás listo para pagarlo? Yo lo hice, y no puedo decir que me alegre haberlo hecho, ni mucho menos, pero pagué ese precio y me ató aún más fuerte a la revolución. Tengo estas cicatrices, un precio que no pedí pagar, por eso me tatué encima. Como un regalo a mí misma por sobrevivir. Tú escribes, eres periodista y usas las palabras para vivir. Sabes que las palabras son poderosas e inspiran acción. Pero en la revolución tienes que actuar, no solo hablar, no solo escribir.

Al principio yo también me serví solo de las palabras, pero creí que haría falta algo más. Iba a volver a vivir a Egipto unas semanas después de que la protesta estallara. Cuando ocurrió estaba en Marruecos, fui de vacaciones después de una charla. Y estando en Marrackech vi las noticias y me conmovió muchísimo lo que estaba ocurriendo, la valentía de la gente que salía a las calles, con francotiradores apostados en los tejados, disparándoles a los ojos. Los niños pequeños se escribían en los brazos los números de teléfonos de sus madres para que si morían en las protestas y su cuerpo acababa en la morgue pudieran avisarlas. Era increíble. Así que simplemente pensé que tenía que volver, y honrar el coraje de esa gente, siendo parte de la revolución. Se suponía que desde Marruecos tenía que irme al Parlamento Europeo a hablar del papel de las mujeres en las revoluciones, me habían pagado el billete para ir. Pero pensé que no tenía que hablar de esas mujeres, tenía que ser una de esas mujeres. Lo cancelé. Y ahí experimenté eso: las consecuencias. Tienes que estar preparado para el riesgo, porque no existe revolución sin riesgo. Lo viví en mis carnes, y estoy agradecida de haberlo hecho, porque ahora, cuando tengo que hablar sobre procesos revolucionarios, lo hago desde la experiencia. Es fácil escribir sobre ello, pero tienes que vivirlo y experimentarlo.

En el libro detallas pormenorizadamente cómo fue esa violación, cómo pudiste salir del Ministerio del Interior. Pero no ha sido la única vez que has sido detenida, ¿no? También te detuvieron en EE. UU., ¿por qué volvió Twitter a salvarte la vida entonces?

Es una historia que cuento menos, porque en gravedad no tiene nada que ver, pero sí, ocurrió. Suelo rechazar el término «Primavera Árabe» porque no creo que sea una estación, porque no es algo que pasa estacionalmente y a otra cosa. Por eso lo llamo revolución, porque defiendo que la revolución vive dentro de ti y va contigo donde vayas. Mis objetivos son siempre los mismos, contra la opresión. Una de las formas de opresión que usa el patriarcado es el racismo, la islamofobia. Y dependiendo de dónde viva en cada momento lucho contra la opresión de cada lugar, porque veo al patriarcado como un pulpo, los tentáculos son las diferentes opresiones: homofobia, transfobia… En EE. UU. tenemos mucho de eso. Así que mi revolución en Egipto fue luchar contra la dictadura militar, contra el fundamentalismo de los Hermanos Musulmanes, contra la misoginia en la sociedad… Y en EE. UU. lucho contra el racismo y la islamofobia.

Escuché que se iba a colocar un anuncio en el metro de Nueva York que decía «En la guerra entre los hombres civilizados y los salvajes, siempre elige a los civilizados. Apoya a Israel, derrota a la yihad». Incluso el propio metro rechazaba el anuncio, porque pensaba que era muy provocador y que ofendería a mucha gente. Para mí el mensaje era problemático en muchos sentidos. La palabra «salvaje» es terrible en sí misma, porque siempre se usa para deshumanizar a la gente, para permitirte matarlos. Se ha usado durante la época colonial contra los indígenas, o los afroamericanos, durante la época de la esclavitud. Y esta vez se estaba usando contra los palestinos y contra los musulmanes. Y lo de «apoya a Israel, derrota a la yihad». ¿Por qué son dos términos opuestos? ¡No defiendo ni a Israel ni a la yihad, no quiero ninguna de ellas! ¿Esas son las dos únicas opciones?

Total, que como el metro rechazó colocar el mensaje, la gente que estaba detrás del anuncio les llevó a los tribunales. Un grupo que en EE. UU. está clasificado como un «hate group», por cierto. Liderados por Pamela Geller. Cada uno de esos anuncios costaba seis mil dólares, y pensaban poner muchísimos, así que imagínate el capital del que disponen. Como no tengo seis mil dólares, pensé que lo mejor que podía hacer era protestar. Soy una gran fan de las protestas. Compré un spray rosa, porque me gusta el rosa como a mis sobrinas, y porque creo que es un color poderoso. Todo lo asociado con las mujeres y la femineidad se asocia al rosa y a la debilidad, por eso quise apropiarme del color en este contexto: no violento pero también poderoso. Mi intención era dibujar la palabra «racista» sobre el anuncio en una de las estaciones, pero resultó que era más difícil de lo que creía [risas]. Lo traté de esparcir y solo conseguí manchurrones. Grabaron un vídeo, así que puedes verlo. Cuando me detuvieron pedí que me explicaran la causa exacta, los cargos por los que se me arrestaba. Y no me lo decían, por mucho que lo hayamos visto en las películas «Mona Eltahawy, estás bajo arresto por…». Pero no, no lo hicieron. Me llevaron a una comisaría de policía y allí me dijeron que otra gente que había protestado por ese anuncio, arrancándolo o poniendo pegatinas encima, fueron liberados ese mismo día. A mí me dejaron allí a pasar la noche, porque el fiscal del distrito de Nueva York había visto el vídeo de la pintada, que lo publicó el New York Post. Yo no les llamé, de hecho ni siquiera sabían quién era, fueron porque ya había gente revoloteando por allí, organizando protestas por el dichoso anuncio. Cuando lo publicaron en las redes sociales se hizo viral, así que el fiscal estaba muy cabreado conmigo.

A la mañana siguiente, antes de ir a la vista preliminar ante el juez, apareció un abogado. Me dijo «no sé quién eres, pero doscientas personas del Occupy Movement me escribieron ayer por redes sociales, y me dijeron que viniera a representarte». Por eso digo que Twitter me salvó la vida otra vez [risas]. Este abogado me representó gratis durante dos años. Poco después de que me arrestaran me ofrecieron un acuerdo con la Fiscalía: doscientas horas de servicio comunitario. Yo no tenía problema con eso, pero también incluía una multa de ochocientos dólares por pintar en los muros del metro, y —esto en serio— por salpicar a las gafas Gucci de una mujer que se interpuso entre el anuncio y yo. ¿Ochocientos dólares? No acepté el acuerdo, por eso fui a juicio. Cuando me mudé a Egipto tuve que estar yendo a Nueva York cada cuatro meses para los procesos correspondientes. Hasta que dos años después el juez decidió retirar los cargos «en el interés de la justicia».

Un matiz: tú no querías censurar el anuncio. No pediste que se retirara en ningún momento.

No. exacto. Yo estoy en contra de la censura, incluso aunque el acto en sí sea altamente ofensivo. Yo creo firmemente en el derecho a ofender. No quería censurar la ofensa. Porque, igual que creo que existe el derecho a ofender, creo que existe el derecho a protestar ante esa ofensa. El juez de Nueva York dijo que ese anuncio estaba protegido por la libertad política, y yo creo que mi protesta también estaba protegida por exactamente lo mismo. Como mujer de ascendencia musulmana también quería rebelarme contra este anuncio islamófobo y antipalestino, porque siempre que alguien protesta contra ello son hombres musulmanes. Quería que la gente viera a una mujer musulmana, con mi aspecto, yendo a protestar. También tiene que ver con los privilegios, de nuevo. Justo el año anterior me habían concedido el pasaporte estadounidense, pero si te detienen teniendo solo la ciudadanía permanente en EE. UU. puedes ser deportado. Así que pensé que no podían deportarme, porque era ciudadana estadounidense, y por tanto, privilegiada. Desde el 11-S los musulmanes han sido acosados constantemente en EE. UU.: «¡Disculpaos, vosotros hicisteis esto!». Solo una semana después de mi pequeña protesta un hombre prendió fuego a la mezquita a la que acude mi hermano, en EE. UU. Hacía pocas horas que mis sobrinas y sobrinos habían salido de allí, de la escuela. No estaba conectado, por supuesto. Era islamofobia sin más. Pero tras el 11-S, especialmente los musulmanes jóvenes, los que tenían cinco años cuando ocurrió, han crecido con la reclamación constante de que se disculpen por lo que hicieron. Imagínate lo que es eso, que te llamen terrorista. Creo que es importante combatirlo, porque la islamofobia no solo es real, es que tiene un impacto diario.

Hablas de usar tu «privilegio» para hacerte oír, pero pones un gesto extraño cuando alguien te dice eso de que eres «la voz de los que no tienen voz».

[Risas] Sí, la verdad es que no puedo esconderlo. Lo odio. «Le estás dando voz a los sin voz» [hace una mueca]. ¡Todo el mundo tiene voz! Pero si no les escuchas, tienes que preguntarte porqué. O no les escuchas, o se les está privando de tener un altavoz.

O no quieren hablar.

Sí, por miedo.

Has vivido en Estados Unidos, Arabia Saudí, Londres y Egipto. Conoces ambos mundos. ¿Cuál crees que es el estereotipo que occidente tiene, respecto al islam, más arraigado?

Uno de ellos es que el islam es monolítico, que solo hay un islam que practican mil quinientos millones de personas en todo el mundo. Pero es que hay muchos. No hablo de las facciones, de suníes, chiiíes… hablo de las realidades diarias. La manera en la que el islam determina las vidas de la gente es diferente en Malasia que en Arabia Saudí, o en Nigeria. O en EE. UU. En todos esos sitios está arraigado a esos países, y esos países son muy diferentes. Eso quiere decir que los musulmanes entre sí son muy diversos, y la gente cree que todos piensan lo mismo, o se comportan de la misma manera. Simplemente no es cierto. Es un estereotipo peligrosísimo, muy reductivo, que los deshumaniza monolíticamente. En Malasia viven con hindúes y con chinos confucionistas, por ejemplo. Es diferente que convivir entre el cristianismo e islam, como en Egipto. O en Palestina, con los judíos. En algunos son mayoría, en otros una minoría, pero todos tienen una historia muy distinta. Vosotros también tenéis una historia islámica en el pasado, y ahora viven aquí como una minoría. Las cosas cambian. El islam es un ente vivo, que cambia y se transforma, aunque muchas veces no se vea de esa manera. Así que los occidentales, muchas veces, miran a Arabia Saudí y piensan que eso es el estándar. También ha sido un aprendizaje para mí, porque yo misma viví lo diferente que era el islam allí de lo que era en Egipto.

En el libro dices que en ese aprendizaje acudiste a teóricas como Leila Ahmed para aclararte a ti misma, por ejemplo, si el Corán decía explícitamente que las mujeres tenían que cubrirse, que velarse. Y descubriste que no. ¿Crees que la gente está al tanto de eso? ¿O que la mayoría de gente piensa que en el propio libro impone velar a las mujeres?

Es curioso, porque la gente me da lecciones del Corán constantemente, y sospecho que muy pocos de ellos lo han leído. Es como un «muslim explaining» [risas], ¡o «infidel explaining», gente de fuera de tu religión viniendo a explicarte tu propia religión! No, estoy bromeando. Fatima Mernissi fue quien dijo que en ninguna parte del Corán se dice que haya que imponer el hiyab a las mujeres. Lo descubrí cuando yo misma estaba luchando con mi hiyab, me costó ocho años quitármelo. El trabajo de Leila Ahmed fue también revelador, porque fue ella quien explicó que el hiyab es incluso anterior al islam, que las mujeres en Mesopotamia y en la Arabia antes del islam ya cubrían su pelo. Eso no es algo que introdujera la religión. Mernissi añadió que no hay nada en el Corán que diga las palabras «debes cubrir tu cabeza si eras mujer». La gente suele pensar que solo el islam comete atrocidades contra las mujeres, pero se olvidan de que todas las religiones son patriarcales y también han impuesto esa cultura de la modestia sobre nosotras.

Pero hay niveles, gradaciones. No es lo mismo que condenen a una abogada a latigazos que…

De acuerdo, de acuerdo. Los hay, pero los hay en todas partes. En un pueblo muy conservador de España entiendo que tampoco es lo mismo que en Madrid. En El Cairo no es lo mismo que en el campo, o en Beirut, o Riad. Yo combato el estereotipo y el reduccionismo. Arabia Saudí no es el islam. Y vuelvo a insistir en esto: en Occidente la derecha trata de salvar a las mujeres del islam, y la izquierda quiere salvar el islam de las mujeres, no vayan a parecer islámofobos. Y en el fondo a ninguno de los dos les importamos una puta mierda. De la misma forma que la derecha dice eso de «el Corán dice que debéis cubriros la cabeza», la izquierda dice «tienes que respetarlo porque es tu religión y tu cultura». Y ninguno de los dos tiene ni idea, están siendo racistas ambos.

¿Qué es el «racismo de bajas expectativas»?

Lo que practica la izquierda occidental con respecto al islam. Porque nos miran, miran las cosas horribles que pasan dentro del islam, y dicen «oh, pobres, es solo su cultura, déjales». El miedo a ser tachados de islamófobos les ha hecho cómplices de los radicales árabes más salvajes. Mira, uno de los ejemplos del libro es el de una mujer marroquí residente en Alemania, que pidió un divorcio rápido porque su marido la maltrataba. Y el juez alemán le dijo «en tu libro sagrado se explicita que tu marido tiene derecho a pegarte». ¿Qué? ¿Qué? ¡No es cierto! Y aunque lo fuera, que no lo es, ¡estoy en Alemania! ¡La ley tiene que protegerme! El problema es que Occidente no ve a los musulmanes como personas complicadas. Y uno de mis objetivos es que esa visión cambie, quiero complicar la visión que Occidente tiene de los musulmanes, especialmente de las musulmanas. Porque cuando complicas, humanizas. La derecha piensa que todas las musulmanas están oprimidas, y la izquierda cree que el islam es maravillo, que no hace daño a nadie. Ninguna es verdad, ambos están simplificando, reduciéndonos a estereotipos. Por eso cuento tantas historias personales en el libro, tantas experiencias de tantas mujeres muy diferentes. Mi objetivo es complicar la narrativa de las mujeres musulmanas.

Para ti el descubrimiento del feminismo se hizo a través de figuras y referentes de mujeres musulmanas, muchas de las que mencionas en el libro: Alifa Rifaat, Huda Shaarawi, Doria Shafik, Nawal Saadaei, Fatima Mernissi… ¿Por qué el feminismo musulmán no ha construido iconos con ellas, como ha hecho el feminismo occidental? ¿No es eso una cuenta pendiente, lo que necesita toda revolución?

Es curioso que menciones esto, porque es algo en lo hago mucho hincapié: yo no necesité importar ningún icono occidental para convertirme en feminista. Hay gente del mundo musulmán que se opone al feminismo, y gente de la fuera que reclama el relativismo cultural, son muy similares también. Sostienen que el feminismo es una idea occidental. Unos dicen que no quieren la «invasión» de conceptos extranjeros, otros sostienen que el feminismo no es adecuado para Oriente, en oposición con Occidente. Pero sí que tenemos nuestra propia historia feminista, en 1923 ya había mujeres quitándose el velo antes de que en Occidente se quemara ningún sujetador. Es importante que reconozcamos esos movimientos, porque son nuestra herencia histórica. Tenemos iconos. En 1954, Doria Shafik, con quinientas mujeres más, invadió el parlamento egipcio para reclamar el derecho a votar, que consiguieron dos años después. Cuando descubrí esos libros sobre feminismo escondidos en la biblioteca de mi universidad en Yedda, digo que llegué «traumatizada» al feminismo, porque fue muy difícil vivir en Arabia Saudí después de haber vivido en Reino Unido. En Arabia Saudí me convertí en feminista porque vi que todo lo que pasaba a mi alrededor estaba mal, pero aún no conocía la palabra «feminista». Hasta que a los diecinueve años hallé estos libros, y esa palabra. Me aterrorizó lo que leí. Es como esas veces que sabes que hay algo que necesitas de verdad, pero inconscientemente sabes que te va a cambiar para siempre.

¿Pero por qué no se convierten esas mujeres en iconos?

Deberían serlo, eso es verdad. Pero ha empezado a cambiar, también hay que reconocerlo. Dos años después de que Mubarak fuera echado del cargo, yo aún vivía en Nueva York, pero volví a El Cairo para el Día Internacional de la Mujer. Para manifestarme junto a las demás aunque la libertad de manifestación estuviera prohibida por Al Sisi. Y ahí, en esa gran marcha de 2012, vi los primeros carteles con Huda Shaarawi, Doria Shafik… Iconos de los cincuenta y de los noventa, un reconocimiento de las etapas que había pasado el movimiento. Son iconos, y deberíamos erigir museos para ellas. Tenemos que enseñarlas en el colegios, tener estatuas, libros. Huda Shaarawi tiene una calle, pero no es suficiente. Son historias que se han ocultado, que no se han querido contar y por eso las incluyo en el libro, para que las conozcan no solo los occidentales, también los propios musulmanes, que a menudo son muy inconscientes de su propia historia. No necesitamos imitar a Occidente, como mucha gente me echa en cara. Esto también es nuestra cultura. La mujer que se quitó el velo en 1923 era egipcia y musulmana: es mi cultura y el historial de mi fe. Mira, dentro de poco va a ser el cumpleaños de Gloria Steinem, la conoces, ¿verdad? ¡Todo el mundo sabe quién es! Todo el mundo debería conocer exactamente igual a Doria Shafik. Y mi trabajo va en esa dirección, también en el próximo libro: descubrirle al mundo otras feministas alrededor del mundo que todos deberíamos conocer. Tenemos que mostrar nuestra solidaridad.

Por otro lado, ¿qué ocurre con los iconos del feminismo occidental, en tu opinión? ¿Crees que le han dado la espalda a las mujeres musulmanas?

No todas. Hay muchas en EE. UU., como Gloria que es mi amiga, o Robin Morgan, que no lo han hecho. Ella, como fundadora y editora de Ms.Magazine, ha publicado tres libros en colaboración con feministas de todo el mundo. En esas antologías incluyó a mujeres de todo el mundo, como Nawal Saadawi. Así que muchas feministas occidentales tienen una gran solidaridad…

¿Pero?

Pues que también creo que es importante que las feministas occidentales no hablen en nombre de las mujeres de otras partes del mundo, más bien deberían amplificar sus voces. Ahí es donde tienen que hacer un esfuerzo mayor. Necesitan señalarlas, pedir que las escuchen. Y hacerlo ellas, claro. Mucha gente de izquierdas sigue teniendo esa noción de que tienen que venir a «rescatarnos», pero yo no quiero que nadie nos rescate, quiero que nos rescatemos a nosotras mismas. Debido a que existe un legado de gente blanca, de imperios, fingiendo que se preocupan por otras partes del mundo al rescatar a las mujeres… como Bush, cuando dijo aquello de que invadía Afganistán para liberar a las mujeres del burka. Debido a eso, especialmente en Oriente Medio y el norte de África, tenemos una historia penosa de instrumentalizar el feminismo y los derechos de las mujeres como una vía para entrar en esos países. Por eso hay mucha gente en esa parte del mundo preocupada por el feminismo blanco. Es muy complicado.

Entonces, ¿qué debemos hacer? ¿Callarnos también? Porque a las mujeres occidentales también se nos echa en cara que «desatendamos» la situación de las mujeres en Irán, por ejemplo, cuando se protesta por cualquier desigualdad que juzgan menor que esa. Aquí también sois un arma arrojadiza.

Lo sé, lo sé. Pero mira, a la gente que me pregunta cosas así les suelo decir que lo mejor que se puede hacer para luchar contra la misoginia, contra el patriarcado, la supremacía blanca es, por ejemplo, protestar ante el hecho de que tu gobierno venda armas a mi régimen. Hay cosas que podéis hacer aquí que ayudarían a muchas otras partes del mundo. Pero la lucha feminista la tenemos que luchar nosotras mismas.

Cuando la ministra sueca de asuntos exteriores, Margot Wallström, empezó a hablar de políticas feministas internacionales, decidió criticar —y debe hacerlo— a Arabia Saudí. Así que el régimen saudí canceló su discurso en la Liga Árabe, y retiró al embajador de Suecia. Y otros países lo hicieron detrás de ellos. Los hombres de negocios suecos se lanzaron contra la ministra, porque eso perjudicaba sus tratos con Arabia Saudí, y no querían perder ese dinero. Dinero que procedía de la venta de armas, porque Suecia le vende armas al régimen. ¡Armas que usan en Yemen! Hace un par de semanas fue la segunda sesión del juicio contra diecisiete mujeres activistas en Arabia Saudí, que fueron encarceladas en mayo de 2018 . El mismo príncipe que se denomina a sí mismo «emancipador de las mujeres», menuda gilipollez. Las han torturado de maneras inimaginables. Y las detuvieron seis semanas antes de que este príncipe, Mohamed bin Salman levantara la prohibición de conducir a las mujeres. ¿Por qué hace eso? Esas mismas mujeres habían protestado a favor de esto mismo. Lo hace por una razón muy sencilla: quiere demostrar que ellas obtienen ese derecho de él. El mensaje es que no puedes demandarme derechos, solo yo puedo dártelos cuando así lo decida. La realidad es que las detuvo, las torturó y ahora las enjuicia porque desafiaron al dios de su sistema, que es la fundación de su patriarcado. Así que lo que yo le pido al feminismo occidental es que condene esto y que le exija a sus gobiernos que dejen de convertirlo en algo explicable. Que deje de vender armas, que boicotee a Arabia Saudi, y que, como Canadá, reclame la inmediata liberación de esas mujeres. Cuando la ministra de asuntos exteriores canadiense lo hizo, Arabia Saudí expulsó al embajador de su país. Así de sensible es para ellos. Quieren poder hacer lo que les de la gana a los activistas.

Cuando hablas de tu propia experiencia con el hiyab, reflexionas sobre cómo, cuando escogiste llevarlo, pensabas que lo escogías libremente pero luego descubriste que quizás no era una elección tan libre. ¿Deberíamos en Occidente cuestionar la libertad de la mujer que escoge llevarlo?

Si eres una mujer blanca occidental debes callarte y escuchar a las mujeres musulmanas. Ese es mi mensaje. Porque es muy complicado, hay luchas que ocurren entre las mujeres musulmanas que son imposibles de entender si no vienes de un entorno musulmán. En mi propia familia, por ejemplo, mi madre suele llevar hiyab. Cree que es un requerimiento religioso. Yo también lo llevé al principio, pero muy pronto decidí que no lo quería. Porque me miraba al espejo y no me reconocía, y echaba de menos el aire en mi pelo, quería quitármelo. Pero no podía, había mucha presión. Me llevó ocho años quitármelo. La cuestión que planteo es: ¿por qué es más fácil escoger ponérselo que la elección de quitártelo? Mi hermana, que es diecinueve años más joven que yo, escogió llevarlo al principio por unas razones, y ahora lo quiere llevar en EE. UU. para decirle a los racistas «que te jodan». Como un acto de desafío. Ojalá pudiéramos hacer algo más que luchar con nuestros cuerpos. Siempre se trata sobre nuestro cuerpo. Mi madre tiene un doctorado en medicina, mi hermana en literatura… ¡Son mujeres con gran cantidad de pensamiento! Y sin embargo estamos en desacuerdo en esto. Completamente. Han pensado por sí mismas y han escogido algo completamente opuesto a lo que he elegido yo. Y somos familia.

Así que lo que quiero es que la gente abandone esta conversación, y dejen liderarla a las mujeres musulmanas o de ascendencia musulmana. Dejarlo para nosotras. Ponednos en un panel y dejarnos argumentar, escuchadnos, así al menos podréis atisbar la complicación. Muchas llevan el hiyab porque les da miedo ser la única en el vecindario que no lo lleva, otras creen que es porque les da libertad… A mí me encantaría que se sintieran libres sin necesidad de cubrir sus cabezas, pero esa es la realidad de sus vidas. Otras lo llevan incluso con la prohibición de sus maridos, y los desafían. Otras al revés: tienen que luchar con ellos porque no quieren llevarlo. El otro día en Barcelona, en la presentación del libro, se me acercó una mujer de Yemen. Me dijo que le encantaba lo que hacía y demás, y no llevaba la cabeza cubierta. Nos hicimos una foto y la colgué en Twitter. Me mandó un mensaje pidiéndome que la quitara, porque su familia no sabía que se lo había quitado. ¡Hay tantísimas historias! ¿Cómo tú, que no provienes de este entorno, crees que comprendes lo complicado que es realmente esto? Es imposible.

Dices que muchas mujeres te piden consejo sobre esto, sobre qué deberían hacer. ¿Qué les dices?

Pues te voy a contar otra historia, de cuanto estaba en El Cairo hace unos tres años. Alguien me llamó en mitad de la calle, y me dijo que estaba encantada de conocerme en un día como aquel. Iba hacia su casa, a contarle a sus padres que se iba a quitar el hiyab. Me quedé impactada, porque conocía ese sentimiento perfectamente, me costó muchos años conseguirlo. Y me dijo que a ella le había contado once, y que le había inspirado mucho mi propia lucha, porque nos habíamos conocido en 2005, aunque yo no lo recordara. Encontrarme ese día en la calle le pareció que había sido una señal. Me puso la piel de gallina porque recordé lo difícil que había sido para mí. Le dí un abrazo y le deseé buena suerte.

¿La felicitaste?

No. Eso no. Solo la abracé. Hubo otra mujer, con la que di un taller de redes sociales, antes de la revolución. Entonces llevaba hiyab. Años después la reencontré en Twitter y se había descubierto. Me contó que lo había llevado durante treinta años. Así que es imposible para mi decir «felicidades» ante eso. Cuando me escriben y me dicen que lo van a hacer, o que lo acaban de hacer, lo único que les digo es que las entiendo. Y que acudan a mí si necesitan alguien con quien hablar. Porque recuerdo que cuando yo lo hice la gente reaccionó de dos maneras: o diciéndome que hacía quedar mal a los musulmanes, o diciéndome que se alegraban porque me veía fatal con hiyab. Eso no ayudó, ninguna de esas cosas. Así que simplemente me ofrezco como ayuda. Es imposible para la gente entender que para cada mujer el hiyab representa algo muy distinto, y no siempre es sumisión. Yo estoy en contra del hiyab, estoy en contra de ese pudor, esa modestia, porque solo se aplica como una virtud de las mujeres y niñas. No de los hombres. Me opongo a eso. Pero por otro lado entiendo que mi hermana lleve algo que la hace sentir orgullosa. Para mí fue algo que me sofocaba, y somos hermanas. ¿Cómo le explicas esto a alguien?

Por otro lado, cuando digo que al menos que seas una mujer musulmana, cállate y escucha, muchísimas mujeres blancas se molestan y me dicen: «¿Cómo te atreves a mandarme callar?». Creen que que te manden callar es algo pasivo, pero no lo es. Cuando escuchas es un acto muy activo. Pero muy frecuentemente me dicen también: «Es asunto mío, porque cuando voy por la calle y veo a una mujer con hiyab me hace sentir mal». Es decir, que va sobre ellas. Vienen a mis eventos, y me cuentan que, en pleno verano, vieron a una mujer en niqab o en hiyab, y le dio ganas de acercarse y preguntarles si no tenían calor. ¿Qué te da el derecho a hacer algo así, acercarte a una mujer con la que no tienes ninguna relación, y preguntarle si tiene calor? ¿Te estás quedando conmigo? ¡Métete en tus asuntos! Otras dicen cosas como [parodia la voz]: «He luchado muchísimos años como feminista y ahora tú vienes a mi país y me haces esto». ¿Así es como se promociona tu feminismo? ¿El velo va sobre ti, porque a ti te hace sentir incómoda? Venga, hombre. Es una aproximación supernarcisista. Porque tú conoces mucho más el patriarcado en tu país de lo que lo conoces en el mío, por mucho que creas que es al contrario.

Alguna vez has contado la anécdota de cuando llegaste a Reino Unido y una profesora te minusvaloró (a ti y a tu familia) por ser mujer musulmana. Tuviste que explicarle que tus padres eran médicos, y que no erais una panda de ignorantes. Dices que ahí descubriste «lo poco que se espera de las mujeres musulmanas». ¿Qué espera ahora la gente de ti? ¿Cómo ha cambiado eso con los años?

Depende de donde esté.

En Occidente.

Aquí la gente espera que solo ataque el islam, o que renuncie a él, o simplemente venga aquí a quejarme de las pobres mujeres musulmanas. Pero en lugar de eso vengo cargada de muchísimas historias complicadas. Y no esperáis tanta complicación. Cuando vengo y digo que «cierra la puta boca y escucha» la gente se queda noqueada. Lo hace más difícil para ellos. Cuando exijo, tanto a la Hermandad Cristiana de EE. UU. como a la Hermandad Musulmana de Egipto, que se mantengan lejos de mi vagina al menos que yo los quiera ahí, no esperan que ponga al mismo nivel ambas hermandades religiosas. Ellos creen que los musulmanes son mucho peores, pero los evangélicos que votaron por Trump también son muy conservadores. El hombre es el líder de la familia, la mujer está siempre por debajo de ellos… y votaron por un depredador sexual. Así que cuando hago estas comparaciones la gente se enfada muchísimo. Especialmente en EE. UU. me preguntan mucho por qué las mujeres musulmanas son tan sumisas, por qué son sumisas a la misoginia. Pero ahora, después de la elección de Trump, con la mayoría de votantes blancas mujeres, yo me pregunto: ¿por qué son tan sumisas?

En el libro dices: «El reino de Arabia Saudí no se avergüenza de venerar a un dios misógino». ¿Dios es misógino? ¿Alá es misógino?

[Reflexiona] Es una reflexión interesante. Depende. Mira, cuando en el libro digo eso, nombro a dios con minúscula. Es intencionado, para distinguirlo de Dios con mayúscula. Hay muchísimos dioses en minúscula, a los que la gente adora como sus dioses reales, y pueden convertir a ese dios en minúscula en un misógino. De la forma que quieran. Solemos decir que la gente tiene los líderes que se merece, y también puedes aplicarlo a esto: la gente tiene los dioses —con minúscula— que se merece. Los saudíes veneran un dios con minúscula que es misógino, porque lo usan como parte del patriarcado. Usan el poder que les confiere tener en su territorio dos lugares sagrados, la manera en la que manipulan la religión dentro de su sistema, para poder decir «dios quiere que las mujeres no conduzcan, dios quiere que tengan un guardián masculino». Es una mierda y lo rechazo totalmente. Lo primero, porque muy cerca de Arabia Saudí están países como Egipto, también musulmanes, que no usan a dios de esa manera. En la siguiente entrevista podremos hablar sobre Dios con de mayúscula.

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6 comentarios

  1. Pingback: Mona Eltahawy: «Quiero complicar la visión que Occidente tiene de las musulmanas» | ELE Y OTRAS HIERBAS

  2. Madrilia

    A mi entender abusa constantemente de la métrica conceptual metiéndose en jardines de los q no consigue salir, dándole la vuelta.
    P.e. A continuación de asegurar q no importa nada la

    -sociedad cultural religiosa a la q se pertenece asegura q occidente no puede entender, ni luchar ni opinar sobre las culturas musulmanas. por tanto, q se jordán y callen. En fin q me lo h ledo y releoído y no sé a q carta quedarme. Estaré especialmente espesa digo yo.

  3. «Es musulmana y feminista». En fin.

  4. Fabián

    ¡Felicidades, Bárbara y Begoña! Es una de las mejores entrevistas que he leído en JD.

  5. Evolución

    ¿Por qué no les enseñas a los musulmanes los valores de Occidente?

    El problema no es Mahoma, esté sólo adoptó las normas de las tribus para no ser rechazado, como ya le había pasado con los cristianos y judíos como su profeta. En resumen, ya eran así.

    Omar Sharif lo explicó en una entrevista en una de sus últimas películas: «el Islam está formado por tribus, no puede haber una democracia, cada tribu votaría a su líder tribal, al no haber consenso, se desencadenaría una sanguinaria guerra civil». Lo que sucede en la vida real.

    Quizás el problema que tienen estos señores es la evolución, que no evolucionan. Siempre pongo de ejemplo a los vikingos, tribus asentadas en las tierras del Norte de Europa, pobres y sanguinarios se dedicaban a saquear, violar a las mujeres e incendiar ciudades, ahora son el prototipo del bienestar social, del voto de la mujer pues los finlandeses fueron los primeros, del civismo, fieles luchadores del medio ambiente…pues mientras espera el tren en una estación de Estocolmo escucha sonidos de la naturaleza…

    Esta señora tiene un cacao enorme los no musulmanes no pueden opinar sobre el Islam pero los musulmanes si pueden opinar sobre Occidente. Sabe la historia o evolución de Europa. Una lucha por las libertades….sabrá lo que es la inquisición, habrá oído hablar de la revolución francesa….

    ¿Evolucionan o se civilizan los musulmanes en Occidente? Solo una minoría. El resto no para de cuestionar y de enfrentarse a los valores de occidente…. se quejan de la actitud de los europeos con ellos. Sus valores y sus normas, van contra los Derechos Humanos…..¿que esperaban que hiciera Europa renegar de los siglos de lucha que le costó su lucha de libertades? y ¿Que hacen en Europa?

    Elsa los Occidentales entendemos muy bien, superamos el medievo y evolucionamos, y vosotros lleváis más de 2000 años instalados en el medievo y en la involución. Lo que pasa es que queréis llamarlo Islam y es involución.

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