
Eamonn Doyle (Dublín, 1969) habla pausado, sin pisar un solo explosivo. Sortea todos y cada uno de los lugares comunes que se le presuponen a un fotógrafo: no habla de «sus influencias», ni dice qué «le inspiró» a hacer una fotografía. De su boca no sale que ha querido «captar un instante» o «congelar» o «atrapar» un sentimiento. Ni rastro de «su trabajo más personal». Los adjetivos y clichés están proscritos en su conversación, algo taciturna. Todo en Doyle es directo y explosivo, como un disparo a bocajarro.
Tras veinte años en el negocio de la música, lo dejó. Se compró una cámara y se puso a fotografiar la calle. No una calle en abstracto: la suya, en el centro de Dublín. Él no lo llama éxito (dice que no sabe qué significa eso) ni pelotazo, pero lo fue. Se convirtió en un libro, i, hoy completamente inencontrable porque así se empeñó en que fuera. «El mejor libro de fotografías que he visto en décadas», dijo Martin Parr. Después vinieron On y End, otras dos rarezas que le han vuelto la cabeza del revés al mundo fotográfico y que ahora pueden verse en la exposición retrospectiva dedicada a Doyle, en la Sala Bárbara de Braganza (Madrid) de la Fundación Mapfre. El botín —que llega desde la RHA Gallery de Dublín— es preciado: ciento cincuenta y tres fotografías, cinco foto-libros y una vídeo instalación.
Doyle vuelve a España con la lluvia. La vez anterior consiguió veinte minutos de sol, y los aprovechó para completar la serie K, su último trabajo, una reflexión sobre la pérdida al que añadió encaje español y paisaje extremeño. Esto lo dice él, pero con rapidez, intentando que las palabras se diluyan rápido. No termina de acostumbrarse a todo lo que no sea el disparo: diseccionar su trabajo, hablar de él, otorgarle significado. Cualquier otro podría alegar que «prefiere que su obra hable por él», pero no Eamonn Doyle. Lo suyo reviste la sencillez de las cosas verdaderamente complejas.
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Me encanta la entrevista y después de leerla he estado mirando fotografías suyas. No es el fotógrafo de esta disciplina que más me apasiona, pero sin duda es muy bueno.
A mi no se si me me gusta que los retratados no sepan que están siendo fotografiados, creo que hay un momento para todo.
Qué gran fotógrafo y qué buena entrevista