Es evidente

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(Acerca de un libelo contra Tierra negra con alas publicado en Babelia)

Sé que es norma de dignidad que un autor no responda a una reseña negativa, norma con la que he tratado de cumplir siempre. Pero dado que yo también escribo reseñas negativas de vez en cuando —arte sencillo donde los haya, al alcance de cualquiera con un poco de gracia, pues lo difícil es hablar convincentemente de un libro para inyectar ganas de leerlo en un lector, sobre todo hoy en día en que casi todas las reseñas son sospechosamente laudatorias—, siempre que lo he hecho he pensado que el autor merecía el derecho a replicarme. Así que, haciendo caso omiso de la dignidad del silencio, y aprovechando la generosidad de Jot Down, voy a dedicar unas cuantas notas al libelo que  el pasado sábado apareció en Babelia acerca de Tierra negra con alas. Antología de la poesía vanguardista latinoamericana. Tan plagado de falsedades e inexactitudes estaba el texto firmado por Edgardo Dobry, a quien no tengo el gusto, que merecía contestación. Mi compañero en la autoría del libro, Juan Manuel Bonet, mucho más sabio que yo, me convenció de no hacer el menor caso. Sin embargo se me da bien ser desobediente y no he podido dejar de componer unas notas a pie de página, ya que, según infiero de su reseña, parece que las notas a pie de página son lo que más le gusta de los libros a Dobry (solo así se entiende que de un libro de mil páginas haga notar que falta una nota a pie de página).

1.- Dice Dobry que no se sabe qué concepto de vanguardia se utiliza en el libro.

Es evidente que Dobry no es maestro en el arte de entender lo que lee, si es que lee. Debe ser amigo de catecismos y de la fórmula pregunta/respuesta —a ser posible la respuesta en negrita—, porque lo cierto es que en el prólogo se dedican muchas páginas a definir la vanguardia. Entre otras muchas cosas se cita a los futuristas —la vanguardia no es una estética, sino un clima— a Mariátegui —la vanguardia no es grupo uniforme, es el idioma de una época— y se trata de demostrar que tomar hoy «vanguardia» como movimiento estético es un error, al ser un torrente informado por muy diferentes movimientos estéticos que tienen en común el afán por romper con el simbolismo y el modernismo con muy distintas herramientas, y de utilizar tanto el poema para sacudir la vida, cambiarla, penetrar en la realidad —de ahí que abunden los poemas carteles y las revistas orales— como utilizarlo como ente autónomo, desligado de la realidad en la que desemboca, porque su causa es crear su propia realidad. Dada esa definición de vanguardia como periodo histórico,  en el que caben muchos acentos, a veces contradictorios, y se le da sitio tanto al que apuesta por la poesía que se basta a sí misma —Huidobro pidiendo que la rosa florezca en el poema— como a quien la utiliza para imponer una causa ideológica —abundan los cantos a Lenin— como a quien canta el nuevo mundo acelerado —abundan los poemas sobre cine y jazz, y los cantos a la velocidad y a estrellas como Josephine Baker y Chaplin—, parece evidente deducir que de lo que la antología se ocupa es de la poesía que se hizo en América después del modernismo, influida por los ismos europeos y capaz de crear, a partir de ellos, sus propios ismos —antropofagia, simplismo, runrunismo, postumismo, negrismo, estridentismo, y el más importante de todos: indigenismo. Acerca de estos no dirá la reseña una sola palabra. Le hubiera bastado al reseñista mirar la procedencia de los poemas para intuir que la antología abarca desde la explosión de la poesía vanguardista de Huidobro —Horizon Carré, 1917— hasta finales de los años treinta, justo antes del comienzo de la II Guerra Mundial. Es decir, lo que se conoce como vanguardia histórica —se dice en el prólogo. Solo se necesitaba de un lector atento para saberlo. Es evidente que Dobry no lo es.

2.- Ataca Dobry la bibliografía mínima que se adjunta al final del prólogo.

Es evidente que Dobry es dado al olvido. El prólogo no es una tesis, de hecho ni iba a haber bibliografía. Se olvida —o quizá solo prefiere no decir— que en el prólogo se citan decenas de libros de donde se van tomando ideas, conceptos o detalles. Olvida también que el libro se publica en una colección de poesía, no en una colección académica, y eso es lo que pretende ser: un libro de poemas. Acerca de los poemas, Dobry no dice una sola palabra.

3.- Afea Dobry que en esa bibliografía mínima figure el Diccionario de las vanguardias en España de Bonet, que aunque es de extraordinario valor se abstiene del salto transatlántico.

Es evidente —y puede que aquí empecemos a comprender el tono de la reseña— que Dobry ha visto el libro de Bonet por fuera, no ha sentido la menor curiosidad por asomarse. Porque resulta que, a pesar del título de su Diccionario, el libro está lleno de referencias a América, a poetas americanos, a revistas americanas, a movimientos americanos. Comparecen en él Borges, Huidobro, Nicolás Guillén, Alberto Guillén, Gonzalo Escudero, Alberto Hidalgo, César Vallejo entre otros muchos autores. O sea, que sí, el Diccionario de Bonet sí que da el salto transatlantico en decenas de entradas.

4.- Dobry asegura que en el libro no se señala la procedencia de los poemas seleccionados.

Es evidente que Dobry ni se ha molestado en hojear todo el libro. Solo así se explica esta inaudita falsedad, que hasta se destaca en la entradilla de su libelo como uno de los grandes defectos del libro. Pero resulta que el libro recoge en treinta páginas, detalladamente, de dónde procede cada una de las piezas seleccionadas, casi siempre tomadas de la primera edición —ya sea en revista o en libro— y solo de vez en cuando, ante la imposibilidad de localizarlas, de recopilaciones posteriores cuyos datos también se detallan.

5.- No le gusta a Dobry que se diga que El cencerro de cristal de Güiraldes pueda ser tomado por primera obra de vanguardia latinoamericana.

Es evidente que, a pesar de haberse hecho cargo de una edición de Lugones, Dobry no sabe que quien consideraba vanguardista el libro de Güiraldes era Lugones (Borges lo repitió después). Por si le sirve de algo, copio las palabras de Lugones, que pueden ponerse la medalla de ser el primer ataque que se le hace a un libro por vanguardista: «El cencerro de cristal es la trastienda clandestina de las mixturas de ultramar, donde el fraude de la poesía sin verso, la estética sin belleza y las vanguardias sin ejército aderezan el contrabando de la esterilidad, la fealdad y la vanagloria».

6.- Cita Dobry un pareado del libro de Güiraldes como para demostrar que poco vanguardista puede ser quien parea.

Es evidente que Dobry ignora que los vanguardistas hacían pareados a menudo. Maiakovski por ejemplo, auténtico autor de raps, los tenía por su música predilecta.

7.- A Dobry le espeluzna que se haga hincapié en la influencia del español Ramón Gómez de la Serna en América, y para demostrar que no fue así dice que Ramón no influyó en Trilce de Vallejo y poco o nada en Residencia en la tierra de Neruda.

Es evidente que a Dobry le van las fullerías: lo dice el prólogo y lo demuestra el libro, no hubo país en el que Ramón no tuviera epígonos. En ninguna parte se dice que influyera en Vallejo, se dice que influyó en todos los países de América. Vallejo era peruano, y Ramón influyó en bastantes peruanos, por ejemplo Alberto Hidalgo, a quien por cierto puso un prólogo —química del espíritu. Influyó en Colombia, donde escribió Luis Vidales. En Ecuador, Manuel Agustín Aguirre. En los estridentistas mexicanos. En los runrunistas chilenos. En Alfredo Mario Ferreiro, futurista uruguayo. En Soler Darás, el ultraísta argentino. Entre otros muchos nombres. La influencia de Ramón queda nítidamente demostrada en todo el libro, pero Dobry prefiere discutir si influyó o no en Vallejo, cosa que nadie dijo.

8.- Le extraña a Dobry que se haga mención del surrealismo a propósito de Trilce, pues este se publicó dos años antes que el Primer manifiesto surrealista.

Es evidente que Dobry ignora lo que es un elogio. Destacar el resplandor surrealista de Trilce, libro anterior al Manifiesto de Breton, trata de ser un elogio, como cuando los propios surrealistas decían de los Cantos de Maldoror que «tenía un resplandor surrealista». Pero es que, obviamente, hubo surrealismo antes del Manifiesto surrealista. Quizá Dobry es tan ingenuo como para pensar que los poetas primero hacen manifiestos y luego se ponen a escribir poemas. El caso de Maiakovski y su Bofetada al gusto del público, y el de Tristan Tzara, cuyos manifiestos dadaístas son posteriores a sus poemas dadá y a los de Hugo Ball y Emmy Hennings, podrían ser pruebas suficientes. También los ultraístas hicieron manifiesto y solo un necio lo tomaría como punto de arranque del movimiento.

9.- Deplora Dobry que, siguiendo un cándido espíritu democrático, todos los países de Latinoamérica estén representados —sin informar de que unos aportan muchos poetas (Perú, Uruguay, Chile, México), otros pocos (Colombia, Venezuela), y alguno solo uno (Paraguay).

Es evidente que Dobry es maestro de la mala fe. Lo de cándido espíritu democrático no hay por qué tenérselo en cuenta. Sí cabe subrayar que no quiera dar noticia —porque si la da, entonces se le desmonta la mentira de que no se ofrece ningún concepto de vanguardia— de que la presencia de todos los países americanos en la antología se propone probar que la vanguardia recorrió el continente entero, que ese espíritu se expandió y estableció en no solo en las grandes ciudades sino también en apartados rincones. Dobry no dice nada de los focos provincianos en los que fraguó el espíritu vanguardista, no dice nada de las noticias sobre Puno, Guayaquil, Valparaíso, Minas Gerais o la nicaragüense Granada, porque se ve que lo sacan de Neruda y Vallejo y se queda sin suelo. No dice que una de las apuestas de la antología es precisamente esa: dar pruebas de que no hubo país, ni Paraguay siquiera —cuyo único poeta vanguardista por cierto era tan ramoniano que para imitar al maestro se inventó un género parecido a las greguerías: las pepitas—, en que no calara ese espíritu.

10.- Dice Dobry que, forzados a meter a todos los países americanos, poco menos que nos inventamos una vanguardia cubana. 

Es evidente que la ignorancia es muy atrevida. En Cuba se publicó nada menos que revista de avance, una de las grandes revistas de la vanguardia americana. Y allí se cultivó uno de los ismos autóctonos, el negrismo, con libros tan importantes como Sóngoro Cosongo y Cuaderno de poesía negra. Navarro Luna descompuso poemas sobre la página blanca, y Mariano Brull publicó sus Poemas en menguante, uno de los grandes libros de la vanguardia. Por no hablar de las acrobacias de la feminista Mariblanca Sabas. Decir que es dudoso que hubiera vanguardia en Cuba es volver a proclamar el nivel de ignorancia que carga el reseñista.

11.- Para demostrar lo poco vanguardista que era Cuba, dice Dobry que metemos unas décimas de Eugenio Florit y unos poemas en francés de Carpentier.

Es evidente que la ignorancia hace metástasis en la mala fe: parece ignorar Dobry que algunos poetas vanguardistas eran muy dados a someter las estrofas clásicas (un solo ejemplo: los sonetos sobre trenes y cosmópolis del argentino Santiago Ganduglia en su libro Pullman), y que Florit no fue el primero en escribir décimas de vanguardia. Antes de él lo hicieron Reverdy, Paul Valery, Jorge Guillén y Cernuda. Se ve que para Dobry, un Romancero, por gitano que sea, no puede tener elementos vanguardistas. Por lo demás, ya que informa de que unos poemas de Carpentier van en francés, podía haber aprovechado para dar cuenta de que en nuestra antología abundan los poemas en francés, pues en esa lengua escribieron Guillot Muñoz, Gangotena, Huidobro, Nahui Olin, César Moro… entre otros.

12.- Destaca Dobry el libro de Oquendo de Amat, al que describe como troquelado para que sus páginas fueran fotogramas. 

Es evidente que Dobry no ha visto Cinco metros de poemas en su vida y se limita a citar una carta de Oquendo en la que dice cómo le gustaría que fuese su libro. No, las páginas del libro no van troqueladas para que parezcan fotogramas, es en efecto un acordeón que se va desplegando —no era la primera vez que se hacía, por cierto— pero el propio libro dice que ha de leerse como quien pela una fruta. A Oquendo le hubiera gustado que fuera un film —y hace unos años unos editores trataron de llevar su sueño a la realidad con un resultado digno, pero bastante menos dichoso que el libro original. Por lo demás Dobry, persistiendo en su ignorancia, no sabe que Oquendo publicó poemas sueltos de su libro antes de recogerlos en Cinco metros de poemas. El propio título —poemas, no poema— le podría haber dado una pista acerca del carácter de recolección de piezas —no de poema unitario— del volumen.

13.- Pone el acento Dobry en la importancia que los vanguardistas concedieron a caligramas y poemas visuales.

Es evidente que Dobry está encantado de desaprovechar la ocasión para informar al lector de que en la antología comparecen decenas de caligramas y de que se le presta especial atención a un libro de caligramas como Aliverti Liquida y a la obra maestra de Tablada Li-Po, compuesto de poemas ideográficos. Algunos autores, de hecho, como el nicaragüense Downing Urtecho, va representado solo con lo único que nos legó: un espléndido caligrama. 

14.- Deplora Dobry que no se avise en nota a pie de página cómo fue la publicación original de Cinco metros de poemas.

Es evidente que echar en falta una nota a pie de página en un libro de casi mil páginas acerca del que la reseña no dice nada —no dice nada de los distintos movimientos de que se dan noticia, de las biografías de los autores seleccionados, de la red de contactos que inventaron para apoyarse unos a otros, de las peleas que tuvieron, de la cercanía a posturas ideológicas extremas que llevaba aparejada la pertenencia a un grupo u otro, dándose el caso de que había vanguardistas de extrema izquierda y otros de extrema derecha, no dice nada siquiera de la calidad de los poemas— ya lo dice todo acerca del valor de esta reseña. Sobre todo porque la nota que echa en falta no hacía falta alguna, ya que la entrada biográfica de Oquendo señala las singulares características de la edición de Cinco metros de poemas, imposibles de mantener en nuestra edición, pero escrupulosamente tipografiados siguiendo los textos originales.

15.- Conclusión

Es evidente que Dobry sabe poco de vanguardia americana, entendiendo vanguardia como lo que es, un periodo histórico, de donde no cupieran en la antología movimientos posteriores que ya pertenecen a la postvanguardia y que hubieran convertido nuestras casi mil páginas en mil quinientas. Por la insistencia en que se acusa en su reseña «lo español» no es de descartar que lo que peor lleve sea que dos españoles, ajenos además al mundo universitario, hayan editado este volumen, como si hubiera sido el nuestro un trabajo de colonialismo por un lado y de intrusismo por otro. Está en su derecho de considerarlo así, aunque semejante consideración parezca tan arrogante como si un español, por el hecho de serlo, le afeara a él que escriba sobre el mito de Don Juan. Ojalá sea solo mala fe la que ha dictado su reseña llena de simples falsedades e interesados olvidos. La mala fe es siempre perdonable, dada la debilidad humana. Pero si no es mala fe se trata entonces de algo todavía peor: el mero afán de publicitar su propia ignorancia a sabiendas de que los reseñistas tienen hoy impunidad para hacerlo, dada la nula eficiencia de los editores, demasiado cansados de la vida como para pedir explicaciones por un cúmulo tan grosero de equivocaciones e inexactitudes. En un caso o en otro, es evidente que Edgardo Dobry no tiene ni idea.

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11 Comentarios

  1. Algún día la doble reseña negativa-positiva será un género. Queda por saber si se la llamará método Dobry.

  2. Y es que encima la crítica de Babelia está mal escrita. Tiene un ritmo atropellado que desasosiega el alma, que contamina el espíritu. Un trasvase nauseabundo del crítico al lector.

  3. Pues yo te doy la enhorabuena Juan Bonilla porque es impresionante el conocimiento y la profundidad que se trasluce en tu réplica a Dobry . Bravo a los dos por vuestro trabajo. Ah! y me encanta el tono «desenfadado» que utilizas en el prólogo

  4. «(…) Desatendiendo los expertos consejos de Juan Manuel Bonet, Bonilla replica a Dobry con una andanada tres veces más larga, escrita con evidente propósito de desquite y lucimiento, llena de impertinencias y gruesas descalificaciones. Los argumentos con que se defiende podrían dar lugar a discusión, pero quedan anegados en la chulería torera y falta de elegancia del tono empleado, así como por la desproporción de la respuesta y el hecho de darla en un medio distinto al del artículo que la ha suscitado.

    Me ocupo de este caso porque, además de documentar la frecuencia creciente con que autores de todo tipo desinhiben las rabietas que les provocan las reseñas adversas, ilustra ejemplarmente lo que, como he dicho en otras ocasiones, constituye una endémica lacra del sistema cultural español: la incapacidad de que prospere ningún tipo de polémica, debido a la exacerbada susceptibilidad que invita a tomarse cualquier cuestionamiento del propio trabajo como un ataque personal, poco menos que un asunto de honor.

    El escurridizo concepto de vanguardia, y la importancia medular que sus múltiples y a menudo contradictorios presupuestos desempeñaron en la forja de la conciencia literaria de Latinoamérica y el posicionamiento de sus escritores respecto a Europa, es una materia apasionante, abierta todavía a todo tipo de valoraciones, no sólo por lo que toca a la poesía. Es una lástima que una vanidad supurante nos escatime de nuevo su abierta y franca discusión.» (Ignacio Echevarría, El cultural, https://elcultural.com/replica).

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