Tres semanas de abril (I)

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Foto: Cordon Press.

Muchas han sido las preguntas sobre el efecto de SARS-CoV-2 en la infancia. En estos dos artículos explico la evidencia objetiva junto con la experiencia vivida. No pretendo ser exhaustivo, tan solo mostrar las dudas que hubo y las preguntas que aún quedan sin responder. Han sido días extraños que en el caso de la atención a la infancia en Madrid habitaron sobre todo tres semanas de abril. Este es mi pequeño resumen. Espero haber sido capaz de explicarme bien.

El 11 de marzo de 2020 se cerraron los colegios en la Comunidad de Madrid. Y muchos pediatras miramos a nuestros hijos entendiendo que aquello se hacía por aproximación. No tengo que explicar que lo que se aproximaba era el nuevo coronavirus (SARS-CoV2), pero entendíamos que dado el comportamiento de los críos como dinamizadores de contagio con otros agentes infecciosos era una medida razonable. Medida además que había viajado desde Italia a nuestro país y que después viajaría a otros lugares de nuestro entorno. No hubo Brexit para esto y solo los suecos dejaron las escuelas sin más cambio que un lávate las manos, ponte mascarilla o mantén la distancia social. Como piezas de dominó comenzábamos a copiar lo que hacían en otro sitio para ser nosotros después copiados. Decisiones que eran eco de China y que nos ponían en alerta sobre lo que era el principio de una montaña que no iba a parar de subir. Lentos de reflejos, repitiendo errores y aciertos. Sin ser capaces de asumir que aquella calma era una tormenta en realidad. 

En la literatura científica de aquel momento era escasa la información sobre el efecto del virus en la infancia. Los críos publicados en series llegadas de China eran pocos y se comportaban como un susurro que no tiene importancia. No superaban apenas los treinta casos. Niños pequeños, apenas enfermos, que caían en los hospitales casi más por exceso de celo que por necesidad. La sensación era la de estar presenciando una tempestad donde los críos eran los únicos con paraguas. El oasis de la infancia. De ahí que las primeras decisiones tomadas no fueran dirigidas a pensar en ellos como posibles enfermos. Se convirtieron en sospechosos que estaban mejor entre cuatro paredes y mirando por la ventana. Que no se contagien para que no contagiaran. 

Como consecuencia de aquella escasa afectación comenzaron a surgir hipótesis. ¿Qué hacía que los niños pasaran por allí silbando entre las balas? ¿Y si los niños fueran la némesis que necesita toda pandemia? ¿Son la clave de algo o más bien una forma de suerte con cuerpo y pocas arrugas en la cara? Por un lado, se comenzó a pensar que disponían de menos anclas para el virus. El receptor de la encima convertidora de angiotensina podría tener menos presencia en el árbol respiratorio de los niños. Al tiempo el daño endotelial en los críos, esas rendijas por las que el virus se puede hacer un hueco, apenas existe. Todo reluce en los primeros años de vida. El endotelio es como un suelo que brilla y si no tienes dónde agarrarte no te agarras, simple. Te caes como una hoja en otoño que no sabe mantener el equilibrio. También se escudriñó su sistema inmunitario. El de los niños está a estrenar. Tiene la necesidad de aprender y se enfrenta a cada agresión como si aquello no pudiera llegar a la prórroga. Los niños quizá eran un enemigo con demasiada cintura para el coronavirus. De ahí se llegaba también a un último razonamiento. De esto cualquier madre o padre sabe más que un pediatra. Durante la infancia estar infectado con un virus es un clásico de los inviernos. Entre seis y diez infecciones que se llevan como recuerdo para su memoria inmunológica. Si a eso le añadimos el uso de determinadas vacunas podemos concluir que los leucocitos de cualquier niño sano son como una navaja suiza pero mejor, más rápida y con mucho más entrenamiento. 

Los días pasaron. Fueron jornadas de aceite con la calle gris vacía de gente. Niños en casas haciendo deberes, niños en casa jugando y niños en casa que miraban a sus padres sin entender que ahí fuera era tan duro lo invisible que no podían salir a correr con sus hermanos. Los pediatras y otros profesionales de la salud en la infancia veíamos a nuestros compañeros de adultos enfrentarse al colapso de una sanidad que siempre había estado tiritando. Aplausos en las calles para héroes que no son héroes porque solo estaban haciendo su trabajo. Bajo un «solo» inmenso que les obligaba a enfrentarse sin protección adecuada al miedo de terminar siendo un daño colateral. Qué pena tan grande llamar a tus amigos y sentir que estaban achicando agua y saliendo empapados. Qué dolor sentir que nadie nos había escuchado antes cuando avisamos de una sanidad rota que solo se mantenía por profesionales ya casi hechos pedazos. 

En la Comunidad de Madrid, centro de lo que más duele, la asistencia pediátrica se partió en dos. El Hospital Universitario de La Paz y el Hospital Infantil Universitario Niño Jesús se convirtieron en los centros de referencia únicos para pediatría. Las urgencias del resto de hospitales mantuvieron un pediatra para las urgencias. Todos los pacientes serían trasladados a los centros ya dichos si era necesario el ingreso. En atención primaria los niños fueron mayoritariamente atendidos por teléfono. El cuidado de los niños en caso de enfermedad era puesto entre paréntesis. Los niños a un lado, pequeños, como si estar bien fuera una propiedad más de los que celebran todavía los cumpleaños.

Al tiempo muchos sanitarios vinculados a la pediatría, vista la decisión de poner en pausa su trabajo, pasaron a colaborar con los sanitarios que trataban a adultos. Daban un salto y dejaron los diminutivos para echar una mano en la mayor adversidad posible. En Madrid algunas unidades de intensivos pediátricos comenzaron a ingresar pacientes mayores de dieciocho años. Esto ocurrió en el Hospital Universitario de La Paz o el Hospital Universitario Ramón y Cajal. Otros intensivistas de lo pequeño directamente crearon nuevas unidades de críticos colaborando con anestesistas o intensivistas de adultos en hospitales como el Hospital General Universitario Gregorio Marañón. En Getafe, Móstoles, Alcalá de Henares y resto de hospitales los sanitarios pediátricos se pegaron a los adultos. Una pequeña marcha de profesionales de la infancia haciendo enorme el verbo ayudar. Como esa manta que te tapa cuando ya no te cabe más frío. Al tiempo, en el Hospital Infantil Universitario Niño Jesús, se recuperaron respiradores antiguos y una vez puestos a punto se lanzaron en paracaídas a otros centros. Todo era poco para ese mucho que nos atrapaba. 

De ese modo se alcanzó lentamente el mes de abril. Días clon llenos de malas noticias. En ese momento los hospitales pediátricos de referencia, concebidos como hospitales sin mácula de coronavirus, ya estaban recibiendo los primeros niños infectados. Eran pocos, una minoría entre tanta muchedumbre, y parecían cumplir en cierta medida con lo descrito por las series ya publicadas. También llegaron pacientes graves con algún que otro comportamiento inesperado que tras consultar a compañeros de adultos parecía encajar con su experiencia. Palabras como heparina, trombosis o corticoides empezaron a verbalizarse entre los pediatras. Aumentaron los ingresos por causas no vinculadas al nuevo coronavirus dado que se atendía a una población de referencia mayor. Se recibía un pequeño chispear de pacientes con coronavirus. En Madrid habíamos superado el mayor número de casos y la curva de enfermos disminuía. Los niños se habían contagiado en casa. Estando entre las paredes de su cuarto y los brazos de sus familiares. Fue entonces cuando se escribió el primer punto suspensivo. 

Terminando la segunda semana de abril, y entre las nubes de aquellos días, un adolescente con signos de infección grave abdominal se movía con desasosiego en uno de los boxes del servicio de urgencias del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Tras la estabilización inicial y un diagnóstico diferencial rápido por parte de varios especialistas se decidió su ingreso en cuidados intensivos. Sin tener seguro qué ocurría se tenía claro lo que necesitaba. Aquel niño obligaba a sospechar. Sus manchas en la piel eran un invitado difícil de entender. Como un cuadro que no encaja en ningún marco, siendo los marcos enfermedades conocidas y ese paciente un lienzo que no se entendía por completo. Se procedió a tratar respiración y a estabilizar la tensión y la frecuencia cardíaca. Lo más frecuente siempre es lo más frecuente y se valoraron e iniciaron tratamientos para lo conocido. Se descartó en un primer momento la infección por coronavirus. Reacción en cadena de la polimerasa, la famosa PCR, negativa. Pero se mantuvo la duda, como el que teme doblar una esquina aunque le digan que al otro lado hay luz infinita y nada con lo que tropezar. Horas más tarde el paciente empeoró. ¿Qué estaba ocurriendo? Se necesitaron medidas más invasivas y se repitió la PCR con la intención de confirmar que aquello no era lo que se temía. Siempre es mucho mejor un enemigo conocido que uno que se ha puesto a improvisar cuando menos te lo esperas. 

La prueba resultó positiva, ahí estaba SARS-CoV-2 haciendo malabares.

Y en ese momento los trabajadores del servicio de intensivos pediátricos se observaron unos a otros. 

En el calendario había transcurrido un mes desde el cierre de los colegios.

Nadie entre ellos era capaz de intuir que habían sido habitantes de un oasis que estaba a punto de invitar al desierto.

(Continúa aquí)


Bibliografía

  • García-Salido A. «Revisión narrativa sobre la respuesta inmunitaria frente a coronavirus: descripción general, aplicabilidad para Sars-Cov2 e implicaciones terapéuticas» [published online ahead of print, 2020 Apr 25]. An Pediatr (Barc). 2020;doi:10.1016/j.anpedi.2020.04.016
  • García-Salido, Alberto MD, PhD, «Three Hypotheses About Children COVID19 The Pediatric Infectious Disease Journal»: April 15, 2020 – Volume Online First – Issue – doi: 10.1097/INF.0000000000002701
  • García-Salido A, Leoz-Gordillo I, Martínez de Azagra-Garde A, et al. «Children in Critical Care Due to Severe Acute Respiratory Syndrome Coronavirus 2 Infection: Experience in a Spanish Hospital» [published online ahead of print, 2020 May 27]. Pediatr Crit Care Med. 2020;10.1097/PCC.0000000000002475. doi:10.1097/PCC.0000000000002475
  • tr Cardiol. 2020;111. doi:10.1007/s00246-020-02391-2

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2 comentarios

  1. ¡Qué buena lectura, señor! Las reflexiones específicas (y de a poco dramáticas) de un profesional que a medida que avanza en su narración se transforma en una pequeña novela policial, con inocentes misteriosos (los niños) por los cuales pondríamos las manos en el fuego aun sabiendo que son una especie de minas vagantes pero inofensivas, personajes insospechables que después no lo son, dentro de un clima cada vez más caótico. No quiero restar dramaticidad a los momentos vividos, pero realmente los ha dejado por escrito con maestría. Esas metáforas usadas son tan filosas como esos cuchillos suizos. Mi agradecimiento

  2. Ataúlfo Llàdor

    !¡Queremos ya la segunda parte!

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