Arte y Letras Filosofía

Et moriemur: del miedo a la muerte 

etmorete
The Dance of Death: The Death Blow, Thomas Rowlandson, ca. 1815.

No siempre ha tenido el ser humano miedo a la muerte. No, al menos, en el grado superlativo en que lo padece hoy. Si nuestros ancestros eran menos impresionables se debía, en parte, a que en el pasado todos sabían que podían espicharla en cualquier momento. Durante el parto o poco después, si eras mujer o niño; de un corte que se infecta; de la picadura de una pulga; alcanzado por una flecha; durante un incendio, aterido por el frío, de hambre o en la horca. Esto no quiere decir que se encarara el óbito con gusto. En el Canto IX de la Odisea, Ulises es advertido por Aquiles, en su encuentro en el Hades, de que es preferible ser un servidor entre los vivos que el rey de los muertos. Pero llegada la hora, la muerte sabía aceptarse con deportividad, de forma ritual y serena, conforme a costumbres bien establecidas y veneradas. Los grandes medievalistas, como Huizinga o Le Goffe, insisten en esa familiaridad con la muerte como uno de los rasgos más fuertemente impresos en la mentalidad de los hombres y mujeres que nos precedieron. En el pasado era superventas el Ars Moriendi, el manual del buen morir, que te ayudaba, no tanto a dominar el miedo, como el libro de autoayuda de hoy, sino a planificar bien tu última hora. Tan familiar era la muerte antaño, explica Ariès, que a los seres humanos les era dado presentirla, a fin de poder prepararse para el deceso. De ahí esa expresión tan frecuente en los cantares de gesta y romances para narrar la muerte del héroe: «sintió que su tiempo había llegado». O como diría Don Quijote, al que acaso el presentimiento del fin ha hecho recobrar la cordura: «Yo me siento, sobrina, a punto de muerte».

A pasar con cierta elegancia el trance ayudaba, claro, haber creído durante milenios el hombre que la muerte no era sino el comienzo de otra vida. Un rito más de paso, y no la estación de término en que se ha convertido para nosotros. Los antiguos, en la hora de la muerte, afrontaban una especie de transformación, sobre cuya figura distintas épocas y culturas especulaban de diferente modo. Nosotros, en cambio, vemos en la muerte la última línea de un libro que no tiene más páginas. No esperamos la transformación sino la aniquilación, un cuadro mucho más espantoso y del cual con buen motivo preferimos no hablar. No tememos la muerte, sino el dejar de ser. Y así hemos perdido, quizá para siempre, esa familiaridad con la muerte, algo que se ve bien en el hecho de que ya no morimos en el hogar, sino entre las paredes de los hospitales.

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13 comentarios

  1. Bellas palabras y bella conclusión.

    Yo, con algo de distancia, sólo recordaré que se está muriendo gente que no se había muerto nunca.

  2. Tras leer el artículo resulta curioso constatar como, en la biografía recomendada, figura un libro titulado Death escrito por un señor que se apellida Scare, Geoffrey. Ni que decir tiene que si, en un futuro pròximo o lejano, nos acercamos a la immortalidad el factor «scare» estará mucho más presente.

  3. Malgastando la supuesta vida
  4. Recomiendo encarecidamente La negación de la muerte, de un tipo inteligentísimo llamado Ernest Becker. Responde a muchas preguntas sobre el porqué tememos tanto la muerte en vez de asumirla como algo «natural». Ganó el premio Pulitzer con este ensayo.

  5. No he terminado el artículo, pero Le Goff va sin «e» al final.

  6. Sobre este tema recomendaría el libro de Miguel Ángel Sabadell, «Cuando llega la hora», que disecciona los mitos históricos y las investigaciones científicas entorno a la muerte y la creencia del más allá.

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  9. No se teme a la muerte, se teme a perder la vida

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