La segunda oportunidad de don Estanislao

Publicado por y Juan José Gómez Cadenas
La segunda oportunidad de TVE

Los lectores que ya peinen alguna cana recordarán un programa emitido por TVE a finales de los años setenta, llamado La segunda oportunidad. El tema, a priori no demasiado excitante, era la seguridad vial, pero el programa consiguió mucha popularidad y ser emitido a horas de máxima audiencia gracias al buen hacer de su creador Paco Costas, y también a sus vívidas recreaciones de accidentes y situaciones de riesgo, orquestadas por el especialista Alain Petit. La cabecera, sobre la estupenda música de Julio Mengod, mostraba desde varios ángulos cómo un Daimler, lanzado a toda velocidad por una carretera secundaria, se estrellaba contra una enorme roca, incongruentemente colocada en el centro de la calzada; y entonces la voz en off de Rafael Taibo (¡aún más magdalenas!) recordaba: «El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. De todas formas, qué bueno sería contar, en ocasiones, con una segunda oportunidad». Y, en efecto, en la segunda oportunidad un hábil volantazo evitaba la roca y reabría el futuro.

Hablando de tropezar dos veces en la misma piedra. En nuestro último artículo, publicado hace más de un mes, explicábamos cómo la llegada de la segunda ola epidémica ya era evidente. Advertíamos que era cuestión de semanas, si no de días, tomar medidas drásticas en el terreno de la salud pública y la vigilancia epidemiológica antes de verse abocados a una nueva emergencia.

La primera piedra fue, más que piedra, peñasco desde el que despeñarse. El coste fue una de las mortalidades más altas del planeta (normalizando a la población) y además uno de los mayores descalabros de la economía. Lo dice el gráfico 1. Solo Reino Unido lo hace peor (por los pelos) que España en toda Europa. En Reino Unido se intentó llegar a la inmunidad de rebaño por las bravas, solo para echar marcha atrás cuando la situación sanitaria amenazaba con el colapso. En España se recurrió a un confinamiento salvaje. El resultado está a la vista. Casi 1000 muertos por millón de habitantes (o la friolera del 1 por 1000 de la población) y una caída del 20 % en el PIB.

Pero la primera piedra ya es agua pasada. Ahora estamos frente a la segunda y aparentemente, acelerando a todo gas para estrellarnos de nuevo contra ella. Se ve claro en el gráfico número 2 (se veía también en el que publicamos hace un mes).

Número de nuevos casos (por millón de habitante) en función del tiempo. Fuente ECDC (datos recogidos por https://ourworldindata.org/)

España sigue muy por encima del resto en número de casos, sobre los 150 por millón de habitantes al día. La evolución sigue siendo grosso modo exponencial. Además, el porcentaje de tests realizados que resultan positivos está significativamente por encima del tope del 5% que sirve como indicador (propuesto por la OMS) de estar al límite en el control epidemiológico. Francia nos sigue (bastante de lejos) mientras que países como Italia, Alemania o Reino Unido se quedan a años luz.

Un momento: Italia y Reino Unido también se dieron de narices contra la primera piedra. Pero por lo visto ellos sí han aprendido, si no a esquivar la segunda, al menos a no estrellarse otra vez de bruces, como nosotros.

Vale, así que nos despeñamos por segunda vez. ¿Por qué? ¿Quizás porque los españoles somos más desobedientes, o más golfos que el resto de los europeos?

Y de aquí las preguntas con las que nos torturamos estos días: ¿es fiable la imagen ofrecida por el número de casos? Si lo es, ¿por qué somos de nuevo los peores de la clase? ¿Hay diferencias más allá del ritmo de evolución, que puedan hacer pensar en un impacto diferente en términos de gravedad? ¿Se puede hacer algo para parar esto?

En lo que se refiere a la obediencia, un requisito imprescindible, como todo el mundo sabe, es la confianza en el que ordena (o bien el miedo a las represalias). La confianza se hace difícil cuando la autoridad competente (¿competente?) donde dijo digo dice Diego cada dos por tres. Por ejemplo, en lo que se refiere al uso de mascarillas, donde hemos pasado del no hacer falta (de hecho, se nos decía que su uso general era contraproducente) a la obligatoriedad de llevarla a todas horas, incluyendo situaciones donde obviamente no son especialmente efectivas (por ejemplo, para pasear por la playa, dado que la gente está en movimiento y al aire libre). Como toda norma demasiado restrictiva, da de sí para todo tipo de paradojas. Obligatorio llevar mascarilla, incluso en un paseo al aire libre con poquísima gente, pero si estoy comiéndome un helado mientras paseo, puedo quitármela en mitad de una aglomeración. Obligatorio llevarla en un parque desierto pero no en la barra de la discoteca mientras tomamos una copa y gritamos como posesos (enviando a la atmósfera aerosoles cargados de virus) porque la música está alta, como es la norma en esos locales. Cabría esperar que, ante tanta arbitrariedad, los españoles, que nos tenemos por respondones, nos negáramos a seguir órdenes.

No es así. Lo dice el gráfico 3.

Uso de la mascarilla en diferentes países europeos.

Es decir, los españoles usamos la mascarilla tanto como el que más, con un porcentaje  comparable al de Italia (el primer paladín europeo de la mascarilla) y Francia, y mucho más elevado que el de otros países. En otras palabras: el gráfico asegura que los españoles somos obedientes y hacemos lo que nos dicen, incluso cuando el mensaje es contradictorio y excesivamente autoritario.

Ah, pero, a lo mejor, el problema es que somos unos golfos, nos vamos de botellones, nos gustan las paellas multitudinarias, nos amontonamos en la barra del bar. La culpa, por tanto, sigue siendo nuestra.

No creemos que sea así. Los españoles demostramos nuestra disciplina de sobras durante el encierro —dos meses sin pisar la calle, con serias consecuencias para una parte no pequeña de la población, incluyendo niños pequeños y ancianos— y las tediosas semanas subsiguientes, cuando nuestros próceres jugaban a cambiar de fases como quien juega al parchís. Pero al llegar julio, se decretó la nueva normalidad y a los españoles se les permitió ir a las discotecas, acudir en tromba a los bares y reunirse en grupos de cualquier tamaño. Se hablaba de turismo seguro, de salvar la temporada turística —ese 15% del PIB que pesa como una losa sobre nuestro modelo de desarrollo— y las cifras de contagio, después de cuatro meses de cárcel, eran muy reducidas.

¿Qué se esperaba de nosotros? ¿Que pudiéramos ir a las discotecas pero decidiéramos no hacerlo por nuestro bien? ¿Que saliéramos de ronda nocturna pero no nos quitáramos la mascarilla y nos inyectáramos el gin tonic en vena? Seamos serios. ¿Para qué va la gente, sobre todo la gente joven, a los bares de copas? Para conocer a otra gente, para estar juntos, para rozarse, para ligar. Actividades naturales y perfectamente legítimas, excepto en mitad de una pandemia, con un virus que utiliza cualquier ventaja que se le da para propagarse. No es un problema de golfería ni un problema de obediencia de los ciudadanos, por tanto. Es un problema de planificación por parte de los gestores.

La escalada del virus sí se puede parar. Con la ley marcial, que no debería ser algo a lo que aspirar, en China. Con medidas puras y duras de salud pública en varios países del este y el sureste asiático: Corea del Sur, Japón, Vietnam… También algunos países del norte de Europa, o Nueva Zelanda, han tenido bastante éxito manejando al bicho, pero los países asiáticos nos dejan sin coartadas estructurales: ciudades inmensas con densidades de población comparables a o mayores que las de Madrid o Barcelona; una enorme conectividad y movilidad, tanto intranacional como internacional; niveles de riqueza, desarrollo, y comportamiento cultural significativamente diferentes entre sí. Es incontrovertible que la clave para entender su éxito es, simplemente, que su capacidad de gestión/planificación/reacción a la crisis sanitaria (quizás porque aprendieron y no olvidaron importantes lecciones del SARS y el MERS) es superior a la de casi todos los países europeos. Ciertamente, muy superior a la nuestra.

Por cierto, no soo suspendemos en capacidad de planificar. En lo que se refiere a la información —un derecho esencial del ciudadano— cateamos no menos penosamente. La gestión de los datos epidémicos y la coordinación de las acciones de salud pública han sido un desastre. Mientras que en Alemania el Instituto Robert Koch ya tenía a finales de marzo una web a través de la que acceder a todos los datos imaginables de ese país (con repositorios públicos de recursos para investigadores), una de las noticias de esta semana en España era que el Ministerio de Sanidad ha comenzado por fin a publicar datos sanitarios de forma centralizada, mientras que otra noticia anunciaba a los cuatro vientos: «El caso de los datos del covid: los voluntarios que destapan lo que Sanidad no cuenta». Por otra parte, la comunicación sigue siendo otro desastre del mismo calibre: Simón puede dudar en público durante semanas sobre si estamos en una segunda ola, sin impresionar a nadie tras haber fijado el listón de la imprudencia en lo más alto desde finales de enero.

En resumen: nuestros próceres suspenden en planificación, información y comunicación. ¿Aprueban sin embargo en lo más importante? Esto es, ¿han puesto a punto un sistema de pruebas y rastreo más aislamiento capaz de atajar (como ha sido el caso en China, Japón, Singapur o Corea del Sur) o al menos contener (Alemania, Dinamarca, Noruega) la epidemia? ¿Qué hay de las infinitas discusiones sobre si el número de casos aumenta porque lo hace el número de pruebas, o sobre los asintomáticos, o sobre la edad de los afectados?

En efecto, el número de casos es una cantidad muy engañosa. Es obvio que ahora se detectan muchos más que en marzo y abril respecto a los realmente existentes, pero también lo es que cuando la epidemia avanza resulta difícil mantenerle el paso con pruebas PCR. Hay dos métricas importantes: el número de tests realizados por habitante (esfuerzo en términos absolutos), y el porcentaje de tests realizados que resultan positivos. Como decíamos antes, este último número es particularmente importante: cuando supera el 5 %, y a la vez el número total de tests es lo suficientemente alto, empieza a ser un signo preocupante de que la epidemia se está descontrolando. Veamos las dos informaciones en un solo gráfico:

Número de test diarios por mil habitantes.

Resumen: todos los países en que nos estamos fijando menos Italia (que ha empezado a lanzarse en los últimos días) realizan números comparables de tests por habitante, pero España tiene uno de los peores (más altos) porcentajes de positivos. Véase la evolución de este último en julio y agosto:

Número de casos positivos (en porcentaje) en julio y agosto.

¿Cómo leer la gráfica 5 ? Así: un número plano y por debajo del 3 %, estamos controlando (el caso de todos nuestro vecinos, con la posible excepción de Francia); entre el 3 y el 5 % hay que preocuparse; por encima del 5 %, tenemos un problema serio. El nuestro.

¿Y ahora qué hacemos con todos estos casos detectados? ¿Qué tal el sistema de rastreo? Este ha sido uno de los grandes temas de los medios de comunicación en las últimas semanas, y la impresión general es que no vamos bien: desde luego, la gran mayoría de las comunidades autónomas están, de entrada, muy por debajo de la recomendación de tener un rastreador por cada 5000 habitantes, el óptimo recomendable. Los datos son muy confusos, así que recurramos a una comparación global:

¿Qué países rastrean?

Si, están viendo bien: en Europa, solo España, Portugal, Rumanía, Suecia y Finlandia aparecen como «rastreo limitado». (En Estonia y Bosnia-Herzegovina no hay datos.) El análisis proviene de este interesante estudio de la Blavatnik School of Government de la Universidad de Oxford, que intenta analizar y, en la medida de lo posible, cuantificar la eficacia de las respuestas gubernamentales a la pandemia.

Precisamente porque estudiar el número de casos lleva a una jungla interpretativa, terminaremos nuestro análisis con datos inapelables: los del impacto sanitario de la segunda ola, ya perfectamente visible. Esta es la evolución de las hospitalizaciones por COVID-19 en la Comunidad de Madrid desde la última semana de abril:

Evolución del número de hospitalizados por COVID-19 en la Comunidad de Madrid desde finales de abril.

Desde finales de julio el aumento es exponencial, con un tiempo de doblaje de poco más de una semana. De las 1481 personas ingresadas el 25 de agosto, 169 están en la UCI: un porcentaje comparable a los de la primera ola, que sugiere que no han cambiado demasiadas cosas desde el punto de vista estrictamente médico. Esa cifra de hospitalizados es similar a la que había a mediados de mayo.

El paisaje, visto con perspectiva, es diáfano: en todos los rincones en que se mira, la respuesta de las administraciones españolas, tanto la central como (la amplia mayoría de) las autonómicas, ha estado por debajo de los estándares europeos. Los españoles ni son golfos, ni desobedientes. Quizás lo que le falta al país son políticos capaces de decir hasta aquí hemos llegado. Apócrifa o no, literal o novelada, se le atribuye a Estanislao Figueras y Moragas, primer presidente de la Primera República española, la siguiente anécdota. En junio de 1873, se levantó en pleno consejo de ministros y proclamó: «Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!».

Poco después, Figueras dimitió, hizo las maletas y se marchó a Francia; regresó algunos meses después,para pasar sus últimos nueve años de vida como un actor secundario del partido federalista.

Pocos, hoy en día,  serían capaces de seguir su ejemplo.

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3 Comentarios

  1. No hay datos inapelables, no hay realmente apenas información digna de ser considerada fiable.
    Si no sabemos (por la razón que sea) contar, si cambiamos de criterio según nos parezca mejor uno u otro, todas las conclusiones que saquemos de los datos serán irremediablemente equívocas.
    Palos de ciego, pollo sin cabeza… Lo que ustedes prefieran.

  2. Vivo en Reino Unido. Honestamente no hacen rastreo. Ni siquiera si vuelves de España miran a ver si te saltas la cuarentena. No obligan a usar mascarilla excepto en el transporte público , y de manera muy laxa. La única diferencia es que no abrieron discotecas. No soy muy de teorías conspiranoicas. Pero de verdad que creo que no están reportando números porque no están contando. Cuando esto acabe se verá que aquí han dejado que se esparza el virus sin problema mientras muy abruptamente ponían cuarentenas a otros países haciendo parecer que ellos estaban mejor cuando es mentira

    • Yo tengo el testiomino de primera mano de una familiar llegado de Italia. Más de lo mismo. Cada vez estoy más convencido de que en todos los sitios están mas o menos igual. Y que lo nuestro es un problema, única y exclusivamente de marketing. De no vender la burra bien. El otro día leí a alguien que al final, a fuerza de flagelarnos, vamos a conseguir que a esto se le llame el Coid español, como pasó con la gripe en su día….Por gilipollas

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