Misterio y fragilidad entre cantos rodados

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El río de la vida. Imagen: Columbia Pictures.

Dos personas miran hacia la superficie del agua desde la orilla de un río caudaloso en su tramo medio. Frog lo hace con su mirada de niño, que observa como quien se asoma al cráter de un volcán: se pregunta por sus misterios; su padre mira hacia el mismo río con el desasosiego que produce pensar en el estado de sus poblaciones piscícolas: se pregunta por su fragilidad. 

El acceso a agua dulce ha sido fundamental para la construcción de nuestras ciudades. El río Tajo en Lisboa, el Arno en Florencia, el Sena en París, el Moldava en Praga y tantas otras urbes milenarias construidas en torno a grandes ríos. Una forma de tradición de las civilizaciones que beben de la Mesopotamia encajada entre los ríos Tigris y Éufrates. 

También, por supuesto, hablamos de cursos más asibles y familiares, como pueden ser el del río Llobregat, el Iregua, el Guadalquivir, o el Miño; y de arroyos livianos y lagos que, como todos los anteriores, representan una garantía de acceso a agua para los cultivos, para poder beber, para cocinar, como fuente de obtención de alimento, como vía de transporte y comunicación, y para mantener ciertos niveles de higiene. Como consecuencia de estas necesidades y de sus usos derivados hemos maltratado a nuestros ríos, alterando, en gran medida con presas y embalses, el prolongado ciclo de formación y transporte de sus cantos rodados, que simbolizan la vejez de los cauces, el paso de los años y la fuerza de las riadas.

Por el uso que hacemos de ellos y por nuestra manera de mirarlos, los ríos están insertados en el entramado utilitario y sentimental de nuestras vidas. «Tienen el mismo idioma que yo tengo. / En las tierras salvajes / el Orinoco me habla / y entiendo, entiendo / historias que no puedo repetir…», nos dicen los versos del poema «El río», de Pablo Neruda. Los ríos nos explican mucho de la historia del ser humano y del enclave natural al que pertenecen, pero, habitualmente, lo que sucede en los ríos permanece en nuestra mirada de niño, que ve el río como un lugar mágico y misterioso.

Pero también hay ciencia. Los ecosistemas de ríos, lagos y marismas están sujetos a estudio en el ámbito de la limnología. Aunque se considera que Darwin es quien sitúa a la limnología en el mapa de las ciencias a raíz de la lectura de su El origen de las especies (libro fundamental para la teoría moderna de la evolución que no se consolida como tal hasta los años treinta del siglo pasado, cuando se establece la llamada nueva síntesis, impulsada por Fisher, Haldane y Green Wright); en realidad, el verdadero precursor y pionero de la limnología fue el suizo François-Alphonse Forel. Él aunó el estudio de la física, la química, la biología y el impacto del ser humano en las aguas continentales y acuñó el término con el que la conocemos hoy en día. 

Para que los ríos sean lo que son en plenitud es fundamental que haya continuidad de su caudal, y que este sufra las variaciones naturales como resultado de las precipitaciones caídas en su cuenca. Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de caudal? Se ha hablado durante años sobre los caudales ecológicos (en el marco de la controversia sobre la idoneidad de los trasvases hidrológicos) cuando en realidad se hablaba de caudales mínimos de supervivencia; porque el caudal ecológico de un río no es otro que el que este tiene de manera natural sin ser sometido a captación, acumulación o desvío por parte del ser humano. Así, el caudal ecológico y la continuidad física del mismo son fundamentales para asegurar el ciclo erosivo que hace que las grandes rocas de los tramos altos de los ríos lleguen a convertirse en cantos rodados, para más tarde devenir limos y arcillas.

Lo que podemos ver a simple vista es la geomorfología del río: su lecho, su cauce, sus orillas y su llanura de inundación. La influencia de la llanura de inundación sobre el río depende de los usos del suelo que se desarrollan en ella, incluyendo la composición del soto, o bosque de ribera, y, por supuesto, de su cuenca hidrológica, que es, al fin y al cabo, la que lo nutre. De entre sus habitantes, además de la infinidad de especies vegetales presentes, como el álamo, el sauce, el aliso, el cornejo o la zarza, tenemos a los peces, los anfibios, los reptiles, los invertebrados y, por último, a las aves nidificantes y un buen número de especies de mamíferos. Vegetales y animales que conforman las comunidades que viven en los macrohábitats del río. Pero ¿cómo describir estos macrohábitats? Como ejemplo, en el cauce estos serían los rápidos, las corrientes, las tablas y las pozas. Todos ellos combinados y formados al antojo de la geología, las riadas y el paso del tiempo, hacen que ningúuna persona pueda cruzar el mismo río dos veces, porque ni la persona ni el agua serán los mismos. Ya sabéis, Heráclito

Aunque un río (un tramo de río) también se puede explicar desde la subjetividad de nuestra mirada, tal y como, por poner un ejemplo delicioso, Delibes describe el río Iregua sin necesidad de inventarios de hábitat ni segmentaciones geomorfológicas del cauce: «Es el típico río de montaña, muy encajonado, impulsivo y diverso. Es río locuaz, que dice muchas cosas y, las que no dice, las sugiere. Erizado de rocas, tan pronto se desmelena en un recial incontenible, como se explaya mansamente en una vadera de aguas plácidas».

El conocimiento prolijo el bisturí de la ciencia— tiende a terminar con el misterio, y eso es algo que no nos podemos permitir. No podemos desprendernos del enigma de los ríos y de sus moradores por excelencia, los peces. Y, para ello, siempre podemos echar mano de la literatura. 

En Fiesta, Ernest Hemingway, gran aficionado a la pesca, nos narra una excursión al río Irati en busca de las preciadas truchas, Salmo trutta. O en la poesía de la época postalcohólica de Raymond Carver, «But we are salmon / fishermen. And now we stamp our feet / on the snow and rocks and move upstream, / slowly, full of love, toward the still pools», o en sus relatos —con el cadáver de una mujer joven atado a una cuerda en un remanso mientras un grupo de amigos disfruta de sus capturas pescando a mosca— de donde se desprende la pasión por la pesca que compartió con su amigo y discípulo Richard Ford. Ellos y tantos otros —como Robert Redford, que dirigió y produjo El río de la vida, en donde un jovencísimo Brad Pitt pesca truchas a mosca en Montana— han trazado historias en las que se refleja la importancia que ha tenido para ellos esta actividad. 

Como ejemplo arquetípico, Miguel Delibes escribió un diario de pesca titulado Mis amigas las truchas, en el que no dejó de mencionar la componente del misterio, lo que miramos con ojos de niño, que nos ofrecen los ríos: «La sorpresa de la jornada me la proporcionó la anochecida, la hora en que todo es posible en el Rudrón, cuando los buitres se recogen en las grietas más altas de las escarpas y los últimos grillos inician en las brañas de la ribera su canción crepuscular. A tal hora, el río se puebla de sombras y las orillas se cargan de misteriosos presagios». 

Existen infinidad de obras en las que se aborda la pesca y la relación del ser humano con los ríos. Desde el impecablemente titulado Sex, Death, and Fly-Fishing de John Gierach, hasta el canónico tratado de entomología Moscas para la pesca, del español Rafael del Pozo. 

En esta forma de fotografía desordenada de los ríos, la entomología —la ciencia que estudia los insectos— es fundamental.

En los cursos fluviales viven infinidad de insectos acuáticos: los macroinvertebrados bentónicos. La presencia o ausencia de diferentes taxones (ephemeroptera, plecoptera, trichoptera, y otros órdenes) son un bioindicador que nos habla de la calidad del agua, de sus perturbaciones, del sustrato del lecho y de, por extensión, la cuenca hidrológica que los alberga. En la arena, y entre los guijarros y los cantos rodados de los ríos se desarrollan muchos de esos insectos en sus estadios de larva y ninfa, hasta que llega el momento de mutar en los imagos (fase adulta) y ser, por poner ejemplos concretos, efémeras danzando sobre la superficie del agua o tricópteros saltarines y torpes, que harán de un atardecer cualquiera un espectáculo soberbio y estremecedor. 

Y si no me creen, escriban «mayfly madness wild Mississippi» en su buscador y deléitense con esa forma de liturgia que nace bajo el agua de los ríos, entre sus cantos rodados y en la arena de los lechos fluviales. Una eclosión de efémeras que nos podría devolver al punto de partida, en donde teníamos a Frog (Raymond Carver) y a su padre, Clevie Raymond Carver, en alguna orilla del río Columbia a principios de los años cincuenta, preguntándose por los misterios del río y por su fragilidad.

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One Comment

  1. ¡Qué buen escrito! ¡Excelente video! Un gusto leerlo.
    Mi rio fue un tajo al azar marrón
    en algún lugar de la pampa, quemada
    por el sol, sin relieves costeros, solo
    una cicatriz vista del cielo, ni siquiera
    recta, pero de cuyos Inicio y fin fantásticos
    éramos pibes esclavos, de él, del sol y
    de sus peces acorazados y horrendos,
    tan viejos como el mundo y como tal,
    mágicos, con sus largos bigotes de sabios
    antiguos, sus ojos fijos y el ronronear como
    gato mientras esperaban la muerte,
    húmedos y rígidos de frente a muchachos
    que no sabían para qué era la vida.
    Solo pescaban.

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