Hablemos de inmortalidad

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The Seventh Seal inmortalidad
Det sjunde inseglet (El séptimo sello). Imagen: Svensk Filmindustri.

Yo sé que, de primeras, hablar de la inmortalidad parece un tema obsoleto, de un tiempo pretérito en el que los dragones campaban por los límites del espacio terrestre y Dios por las alturas. Pero, quizás, lo que pasa es que se trata de uno de esos temas de los que no hablamos porque ya otros se encargan de hacerlo, y nosotros disfrutamos con placer culpable (perdón por la redundancia) al espectáculo del más allá desde la comodidad de un sofá pasadero, pero con una manta mullida como deben serlo las alas de los ángeles. 

Un breve paseo por las series que ofertan las plataformas de streaming será suficiente para que todos estemos de acuerdo en la problemática que sigue suponiendo en la actualidad: desde The Good Place hasta Upload, pasando por Devs, Altered Carbon y, por supuesto, Black Mirror, que consiguió varios premios con su soberbio capítulo «San Junipero». Justamente, el encargado de explorar los prejuicios, ventajas e inconvenientes de una inmortalidad optativa y virtual; capada pero potencialmente bella.

Y a pesar de estar entre los temas de series y películas del momento, también sé que, en estos tiempos que corren, evocar la inmortalidad, sin sustantivos edulcorantes ni como ficción literaria o cinematográfica, es el camino más rápido y eficaz para que el idealismo deje de ser una «doctrina filosófica que afirma que la realidad es de algún modo un correlato de la mente» y se convierta en arma arrojadiza para invalidar lo que luego pueda ser dicho. Y lo entiendo, porque no es (ni debe llegar a ser) lo mismo el júbilo desbordante de vida que siente aquel a quien se le propone sacarse una foto para «inmortalizar el momento», que el arrebato del presente seguro que experimenta quien es obligado a pensarse como no existiendo. Pero, y permítanme la perogrullada, si lo que nos molesta de la inmortalidad es su contrario, más debiera perturbarnos que el objeto de lo pretendidamente eterno sea el momento y no el sujeto, un segmento de mi cuerpo mutilado en el tiempo que pone de manifiesto lo fútil que es la memoria y lo traidora que es la percepción. Y, sin embargo, no lo hace, y a nadie parece ya preocuparle que las cámaras le roben el alma, porque no se puede sentir como sustraído aquello que desconocemos tener o, mejor dicho, aquello de lo que anteriormente hemos decidido desprendernos. A lo mejor incluso ha sido la sobreexposición remedada de nosotros mismos, que nos permite mostrar solo la porción material deseada —posteriormente convertida en principio deseable, esforzándonos por adecuarnos a él, y no a la inversa—, la que nos ha dejado sin el más mínimo rescoldo de esperanza y de alma. Eso sí, a cambio nos paga con la moneda de estar para los otros en el mundo, y eso basta. 

Resulta, entonces, que lo único imperiosamente importante no es solamente el momento como recuerdo digno de ser apresado entre cuatro ángulos rectos, sino que este nos llena la noción de que existir es ser percibido, y que el idealismo subjetivo (no el idealismo lanzado como descalificativo peyorativo) campa a sus anchas para gloria y gracia del obispo Berkeley. Quién se lo iba a decir. Quién nos lo iba a decir. 

El alcance de esta concepción fue conocida y engrosada por nuestro filósofo Miguel de Unamuno, gran aficionado a los retratos fotográficos (no perdía ocasión cuando se trataba de recursos para inmortalizarse, por si las moscas) y, últimamente, gran mortero disparado a ciegas en nuestro panorama político. Durante sus primeros pinitos filosóficos, coqueteó con el idealismo subjetivo, algo que sabemos gracias a la publicación póstuma de su proyecto inacabado Filosofía lógica. Personalmente, cada vez que hojeo ese libro tengo la sensación de que, de haber recordado el autor que se encontraba entre sus archivos, lo habría quemado antes de que llegase a las manos de alguien, como defendió Carolyn Richmond de los Selected papers of Francisco Ayala encontrados en Princeton en 2014. Pero ahí están, y nos sirven para comprobar la volubilidad del pensamiento previo a la preocupación radical de la muerte personal, cuando la filosofía deja de ser un juego para convertirla en remedio, tanto de la noia leopardiana como de la abulia de Ganivet

Por cierto, hablando de esto siempre recuerdo aquella vez que fui invitada, recién salida de la carrera, a contarles a los alumnos de primero del grado en Filosofía algunas nociones de Miguel de Unamuno. Tras la exposición, una chica me esperó en la puerta de la clase para preguntarme, algo desconcertada y preocupada, que qué pasaba si no se pensaba en la muerte como problema, si el pensamiento matriz del que brota el sentido trágico de la vida no se manifiesta. «No pasa nada», le dije. «Dentro de unos años lo verás distinto». Ni ella quedó conforme con la respuesta, ni yo tampoco, porque, para empezar, ni siquiera había tantos años de diferencia entre una y otra, y, después, porque más que un argumento parecía que le había conjurado una maldición. Lo cierto es que yo había llegado a aquella clase absolutizando mi estar en el mundo, suponiendo que todo ser viviente se preocupa por la muerte («¿de qué se iban a preocupar si no como para estar allí?»), e iba dispuesta a arrastrarlos más hasta el fondo del abismo para después, en una voltereta magistral con doble tirabuzón y salto de fe, enseñarles la salida de emergencia, la inmortalidad. Un poco lo mismo que estoy haciendo ahora, pero habiendo ya aprendido que sí que pasa algo, que claro que pasa, que hay que agitar/se la conciencia hasta que duela la muerte, porque, estar, está ahí, aunque a veces sea un huésped silencioso; porque sin diagnóstico de la enfermedad no hay posibilidad de revulsivo. 

Volviendo a Unamuno, aunque relacionado con la anécdota, expone en otro (¡otro!) libro póstumo, este titulado Mi confesión, dos experiencias gráficas del modo de responder a la Esfinge: por un lado, el «ver desfilar al olvido de la historia», como consecuencia del erostratismo, de la visión cinematográfica del mundo, del goce estético enardecido y anonadante, es decir, conducente al nadismo y a la nonada (términos usados por él como adecuación española al nihilismo nietzscheano). Sería la propia de quien se queda en el juego, en la apariencia, y la vanidad; por otro lado, el concentrarse en la extrañeza devuelta por el espejo al mirarnos durante largo tiempo el rostro, como único ejercicio viable de imaginarnos y sentirnos como no siendo. Encontramos un relato idéntico proporcionado por Cioran, el 17 de enero de 1958, en uno de sus cuadernos (nuevamente, un escrito íntimo publicado póstumamente, sin voluntad expresa del autor, que nos hace sentir invasores de la privacidad de un muerto): 

Hace unos días… Estaba a punto de salir cuando, para arreglarme el fular; me miré en el espejo. Y, de repente, un indecible pavor: ¿quién es ese hombre? Imposible reconocerme. Por más que identificara mi abrigo, mi fular, mi sobrero, no sabía, sin embargo, quién era; porque yo no era yo. Duró unos treinta segundos. Cuando conseguí encontrarme, el terror no cesó de inmediato sino que se fue desvaneciendo lentamente. Conservar la razón es un privilegio que nos puede ser retirado.

A lo que Unamuno seguramente respondería que más privilegio es conservar el Ser.

La experiencia frente al espejo, al contrario que la del remedio estético, conduce a la conciencia de la propia muerte, posteriormente transmutada en conciencia de sí en tanto que facilitadora del conocimiento de quien se quiere llegar a ser, de bulto, sin la costra impuesta por la mirada cosificante de los otros, de espaldas a los imperativos prohibitivos gritados por la razón; ser cada uno el que es y serlo para siempre como volición cumplida en el acto que desencadena.

[«Me desconozco», dices; mas mira, ten por cierto

que a conocerse empieza el hombre cuando clama

«me desconozco», y llora] Unamuno, «Veré por ti».

El deseo de inmortalidad va de suyo, porque ser por tiempo limitado sería como ser nada. Ahora bien, dado que desde hace tiempo nos encontramos a las puertas del infierno dantesco, a un paso de dejar atrás toda esperanza y a medio de perder cualquier resquicio de sentido comunitario de Dios, cada uno lucha con lo que puede. Unamuno apostó casi todas sus cartas a la fe en la inmortalidad literaria, al uso de la palabra cordial apoyada en el lenguaje misterioso y novelado, cuanto menos susceptible de ser representada cinematográficamente, mejor, para no agotarse en sus lectores contemporáneos ni ser disecado en el museo de las leyendas muertas. Si él supiera lo que se hizo el año pasado…

Y, a pesar de la vigente tendencia al alza de la imagen sobre la palabra, todavía usamos esta última en sentido unamuniano: narración vivificante de aquello que nos es entregado como acta de defunción del momento, fijo, tan idéntico a sí mismo que ya ha alcanzado su actualidad, muerto, en resumen. Un selfi no parece justificado si no lleva al pie de la publicación una frase inspiradora, la estrofa de una canción o un aforismo, por muy descontextualizado que esté. El éxito de la fotografía de guerra es el mismo que el de los cuadros abstractos, que nos permiten recrearnos en los sentimientos intuidos para referir el mundo.

Así que, volviendo al principio, se puede decir que lo muerto y los muertos (a los textos póstumos referidos me remito) nos interesa mucho más que la muerte, y lo hacen, precisamente, porque mientras pensamos en lo primero, postergamos ocuparnos de lo segundo, que es lo agónicamente radical. Pero, aun con todo, y sin saberlo, la impugnación de nuestra inmortalidad es favor a la de los otros. Extensión de la existencia percibida más allá de los límites corporales, al fin y al cabo. Desde luego, es una inmortalidad recogida dentro del tiempo humano, y ante la objeción fatalista de la extinción de la especie no se puede sostener. O sí, si para entonces hubiéramos conseguido implantar en las máquinas la idea de que el mundo está hecho para la conciencia humana (como en el relato «Mecanópolis» de Unamuno), y todos ¿vivimos? dentro de un dispositivo inteligente como en la serie Years and Years

«¡Utopía!», oigo desde el palco. Ya. Pero ¿cuál? ¿La de la inmortalidad auto creada mediante la palabra y la obra, o la de pensar que es una preocupación del pasado? ¿Qué es, si no deseo de inmortalidad, de reconstrucción del garante de vida eterna, la esperanza y el miedo volcados, a partes iguales, en la tecnología? El transhumanismo inmortalista, el proyecto mesiánico de Dmitri Itskov, el de Eternime, el de HereAfter IA, la patente frustrada del chatbot de Microsoft para hablar con los muertos recopilando la huella digital de aquellos (ocho años después de la emisión de «Be Right Back», el primer capítulo de la segunda temporada de Black Mirror), la teoría de la resurrección o inmortalidad cuántica de Pickover y Freese… ¿Adónde, si no, iba a llevar el ansia de querer ser percibidos en la virtualidad desbordante antes que en la realidad cerrada? 

Quien no se sueña siendo inmortal, es porque ya se siente como si fuera eterno.

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11 Comentarios

  1. Fantastico. Tengo que leerlo un par de veces más, con lo cual el placer será triple.Lo necesito para enterarme bien.
    La música me gusta, tengo que entender la letra.
    Un abrazo con cariño y orgullo

    • Muchísimas gracias, Isabel. El placer se vuelve mutuo al leer tus palabras entre los comentarios.
      ¡Un abrazo fuerte!

  2. Lectura difícil, señora. Ustedes, poetas y cientificos me causan atracción y desconfianza al mismo tiempo, pues son
    como esos cuerpos astrales, como el sol, pero al tener una estructura gigantesca que no llego a entender, y al ser más
    voluminosos literalmente que yo, me atraerán siempre, con curiosidad y asombro sabiendo que no siempre saldre bien parado
    como en este caso en general y en particular con esas frases sibilinas,
    “El deseo de inmortalidad va de suyo, porque ser por tiempo limitado sería como ser nada”, o “Quien no se sueña siendo
    inmortal, es porque ya se siente como si fuera eterno”, y esta última me lleva a preguntarme si no es que seré un gran
    ignorante (muy probable) e insensible (creo que poco), porque le aseguro que tal idea jamás fue idea en mi, y hasta me
    causan vergüenza ajena todos aquellos, especialmente nosotros, los varones, que no pierden oportunidad para
    “inmortalizarse”. Volveré a leer su artículo por tercera vez. Tal vez se me haya escapado algo porque no hay dudas de
    que ustedes (sin sarcasmo o acusa, por favor!) hablan a un público bastante restringido. De antemano le agradezco la
    lectura.
    “A menudo sospecho que nunca estuve aquí, y que quien me lo presenta al revés y con voz moribunda son los poetas muertos
    y los lectores de muertas estrellas (Por qué será que decimos he muerto, así seco y rotundo y no he morido que se
    arrastraría con el tiempo y nos daría una posibilidad de ser inmortales?). Supongo que la realidad que redime y condena
    como la bondad trame, y con la enorme boca del dia engulla solo el presente y teme, porque como nosotros es tan ignorante
    pero práctia a la vez y sabe que todo lo que somos lo tenemos detrás, un sueño siempre en pasado, un ensueño, como las
    lineas rectas que no pueden serlo jamás estando sometidas a una gravedad universal que transforma en parábolas hasta
    la voz de los muertos. Es una irresistible atracción poder ser inmortales, pero de poca durada, casi una nada, a no ser que
    dejemos nuestros cuerpos detrás”.

    • Muchas gracias por tu comentario, E.Roberto.
      A fin de cuentas, lo importante en este caso es el espacio de reflexión al que nos conduce el problema de la inmortalidad, en el que la muerte deja de ser esa cosa informe y abstracta para inquirirnos, individualmente, sobre nuestra muerte concreta, cada cual la suya (y Dios no en la de todos).
      Con respecto a lo último que citas, al tener dejar atrás nuestros cuerpos para aspirar a la idea de inmortalidad, sin duda es un problema sin solución, por mucho que el cristianismo se esforzase por querer salvar el cuerpo junto con el alma a través de la idea de la resurrección. Nuestros cementerios están llenos de cuerpos carbonizados, así que hasta los cristianos han dejado de creer por mor del espacio que nos ofrece la tierra. Las causas materiales siempre se imponen, pero en el sueño nadie manda.
      ¡Gracias de nuevo y un saludo!

  3. Tienes un grave problema, Ana (déjame que te tutee). Al lector de este comentario puede parecerle exagerado que yo te diga a ti que tienes un grave problema después de, como yo, haber leído tu magnífico artículo sobre la inmortalidad. Sin embargo, lo cierto es que (sea grave o leve tu problema) la gravedad y la levedad son relativas. Hay quien todavía no lo quiere entender, pero los ejemplos se multiplican por todas partes. Yo me suicidaría si viviese en las condiciones que viven otros seres humanos, y cuando veo las imágenes en la televisión de esas personas, la felicidad que destilan sus rostros es innegable. Tendría yo un grave problema y por lo visto no lo tienen ellos. Es “grave” porque tú no vas a poder resolver las dudas que planteas en el texto. Y es una pena. Lo es, lo es… Vas a ser incapaz de alcanzar la verdad porque la verdad es sencillamente inalcanzable: un pastel que no podemos devorar completamente. Llevamos mucho tiempo, años, varias décadas, un siglo, desde que algunos grandes pensadores se dieron cuenta de las limitaciones de la racionalidad. Lo de la racionalidad, no obstante, está muy bien, eh, no nos confundamos: nos ha llevado y nos llevará muy muy lejos, empero sus limitaciones, necesitamos la parte racional del cerebro como el agua que bebemos. ¡Viva lo racional! No obstante, ese simbólico pastel a que hice referencia es inapresable; para comérnoslo entero, tendríamos que saltar a una nueva dimensión donde el pastel fuese una parte de esa dimensión. Vaya por delante y como advertencia que a mí, en un debate formal, todo lo que no aporta certidumbre y certeza me da pereza, me da cosica, me aburre en cierto modo, pero en este asunto habrán siempre migajas del pastel a las que no podremos nunca hincar el diente. La posición intelectual más… no sé qué adjetivo poner, si lógica, honesta u óptima… es aceptar nuestra ignorancia al menos desde la perspectiva de la algoritmicidad. Por este sencillo motivo el ente que da lugar a un escenario donde podemos devorar todo el pastel (la ficción), aunque no tengamos la certidumbre, es un alivio, además de una fuente de grandes entretenimientos. Idealismo o ausencia de idealismo, poco importa, solamente podemos en sentido figurado quedar en una casa de apuestas, pedirnos un gintonic y apostar; especular, en la acepción verbal, no en la adjetival —por cierto: me encanta la adjetival—, sobre si somos mortales o inmortales, sobre cómo cojones es toda la Naturaleza. Los serios y las serias verán una solución a este problema a través de un panorama “serio”. Yo, como soy un chistoso y no le hago ascos a los gintonics ni a las apuestas, diría que estamos en una broma. ¿Y si los que nos creemos mortales fuésemos inmortales; y los que se creen inmortales tuviesen garantizada la desaparición? Nos resulta vertiginoso, raro, quizá imposible, pensar en no existir (a Jim Carrey, sin embargo, esto le resulta fascinante), pero preguntarnos a nosotros mismos dónde estábamos antes de nacer es uno de los hilos de que podemos empezar a tirar, aunque nunca llegaremos al final del mismo. (Llama a la chica ésa y dile que sin la tragedia de la muerte y el desamor el arte sería muy pobre. ¡Qué nos fastidie; qué a algunos de nosotros nos gusta mucho lo del arte!). Has escrito un artículo espectacular. Enhorabuena.

  4. Muchas gracias por tu comentario, rnkl (permíteme que te tutee de vuelta). La reflexión que propones me parece magnífica, y la respuesta bien merecería otro artículo.
    Por supuesto, aquí la única certeza es que nos vamos a morir todos, sin excepción. El primer problema viene de la falta de consciencia sobre dicha certeza que el remedio estético interpone, de ahí el sentimiento de eternidad de quien vive como si fuera a vivir para siempre y, por ende, se desconoce, por obviar la propia finitud que nos configura en esencia. Habiendo superado este, el siguiente problema, como bien dices, no es más que especular. Y menos mal, porque si no fuese así, adiós al problema; adiós a la filosofía. Unamuno estaría tocando las palmas por bulerías ante la afirmación del límite de la razón, porque él no es que fuese irracional, sino que cargaba contra la razón (es decir, la necesita para cargar contra ella) privativa del deseo cordial. Que, por cierto, también él era un chistoso, sólo hay que ver sus nivolas, aunque entre broma y broma la inmortalidad se le asoma. Basta con ver sus atuendos de cura para darse cuenta de que no estaba escribiendo para entretenernos ni entretenerse, quizá para reírse de unos cuantos, eso sí.
    Yo, personalmente, que me dedico a la ontología, soy fiel amiga de la ficción para dar respuestas alternativas a lo que no (me) alcanza la razón (en minúsculas, no la Razón como hipóstasis profana de Dios) o a lo que me alcanza, pero amenaza con paralizarme, como cuenta Bauman que les pasó a las ratas del experimento de Miller y Dollard, o como le pasó a Nabokov al ver un vídeo de su familia en su casa, feliz, antes de que él hubiese nacido. Siendo la ontología contraria a la ficción, no me queda más que afirmar que, en cierto sentido, también soy aficionada a las apuestas y los gintonics.
    Vamos, que no tenemos uno, sino varios problemas, y me atrevo a decir que todos vienen del mismo lugar: de la auto/conciencia y de los términos que usamos para referirnos a la realidad y a la verdad. ¿Podemos, de verdad, afirmar que las personas que salen en la televisión o en las redes sociales son felices o que, tan siquiera, comparten la misma definición de felicidad?
    Por suerte, mientras el problema de la inmortalidad no tenga solución y se nos permita seguir ficcionalizando lo absolutamente desconocido, mientras lo desconocido se mantenga como oculto e indescifrable para la razón, yo tendré trabajo y materia para pensar y soñar, esquivando la bala de la inmovilidad y la inanición.
    Gracias otra vez por tu reflexión y tu comentario, ha sido un placer leerte y responderte.
    ¡Salud!

  5. Magnífico artículo, Ana. Se agradecen lecturas tan estimulantes entre esta vorágine de contenido que nos rodea hoy día.
    Me identifico con E.Roberto, no me reconozco en ninguno de los grupos. A mi entender, lo efímero de cada vivencia y la propia naturaleza pasajera de la vida es precisamente lo que la dota de profundidad y significado…de modo que ni creo soñar la inmortalidad ni creo sentirme eterna. Y sin embargo, y precisamente por lo anterior, comparto completamente que es necesario plantearse la propia muerte e incluso tenerla presente a cada momento.
    Gracias por compartirnos tus reflexiones y arrastrarnos al fondo del abismo para mirar a nuestro huésped silencioso y buscar nuestro revulsivo.

    • Muchas gracias a ti por leer, comentar, y deslizarte conmigo hacia el borde del abismo, Concepción.

  6. ¡Interesantísimo y bien hilado artículo! Su única pega, su hubiera que darle alguna, es que deja con ganas de más. Pero hete aquí el gran problema al que se enfrenta la autora, ¿no? La inmortalidad. Menuda palabreja nos hemos sacado de la manga y qué de delirios y jaquecas ha generado. Casi como otras que me vienen a la mente, algo más cortas, pero igual de problemáticas (dios, sujeto, yo). El problema de la inmortalidad es, en líneas generales, tan interminable como siga habiendo mortales racionales que lo piensen.
    La cosa está en que la vida sabe a poco, pero no por no ofrecer mucho, sino porque es la única posibilidad de los ofrecimientos. Su opuesto es tan, como diría Woody Allen, ‘definitivo’, que si para pasarlo bien hay que vivir, entonces, y sin duda alguna, malvivir es siempre mejor que la no-vida. La inmortalidad, pues, es un querer seguir jugando esta partida, por las razones que sean.
    Sobre ‘El sentimiento trágico de la vida’, por otro lado, me quedo con este fragmento que anoté hace tiempo, al leer la obra de Unamuno: ”Tan gratuito es existir como seguir existiendo siempre. No hablemos de gracia, ni de derecho, ni de para qué de nuestro anhelo, que es un fin en sí, porque perderemos la razón en un remolino de absurdos. No reclamo derecho ni merecimiento alguno; es sólo una necesidad, lo necesito para vivir”.

    • Gracias Ana Rosa, muy motivador; un auténtico placer el despertar a la mañana y encontrarse tan sugerente reflexión.
      Dice el Eclesiastes “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo platado…”.
      Voy a intentar un “salto al vacío”.
      La ansia por la inmortalidad se encuentra insita en todo ser humano en virtud a la herencia ancestral que permanece en cada uno de nosotros.
      El conocimiento de la verdad (y no será sólo aquella restricta a los limites de lo cognitivo) libera al ser humano de las ilusiones y lo impulsiona al crecimiento de su propia esencia (sin esencialismmos), espiritual. No obsta en nuestra condición corpórea que tengamos el deber de atender a los impositivos humanos y sociales, superando las herencias antropo-socio-psicológicas de nuestro proceso evolutivo como seres espirituales. Decir “espíritu” es alejarnos de lo académico empero siempre ha formado parte del constructo de conocimiento humano.
      Así pues, la inmortalidad podríamos definirla como la realidad desde la que procedemos y hacia donde volveremos.
      En una experiencia de impermanencias, objetivando el encuentro con la permanencia, es comprensible que los obstáculos surjan y se multipliquen en una contínua conspiración contra la meta establecida: la conciencia de la propia inmortalidad. De ahí que tengamos que invertir todos los valores de la inteligencia y el sentimiento en la conquista de sí mismos, en la integración con los valores de La vida.
      Indicó con mucha propiedad G. Durkheim la necesidad de identificar la trascendencia inmanente. El individuo aún no la ha identificado en sí mismo y se torna imperioso, mucho más en estos líquidos dias, viajar hacia dentro de sí, autodescubrirse, alcanzar lo numinoso conforme Rudolf Otto con el aniquilamiento apenas del ego, en el momento del encuentro con el ser espiritual que somos.
      Esta conciencia vitaliza al Espíriu que se transforma cuan crisálida, eligiendo la belleza, el arte, la fe racional y liberadora, la vida en todas sus expresiones, pasando a recibir la contribución del amor que lo impulsa a la felicidad, el Reino de los cielos, que se ediica en nuestros corazones, conforme el Evangelio de Jesús.

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