
Esta entrevistase encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº33 especial Argentina.
Cristina Rota (La Plata, Argentina, 1945) ríe discreta, en diminutos estallidos, como si tuviera una sordina escondida en el pecho. Llegó a España hace más de cuarenta años, e intercala los «acá» y «allá» con los «aquí» y «allí», como una muestra —quizá involuntaria— de que su vida es una mezcolanza de exilios, pérdidas y arraigos.
Si se hacen números, ha hecho todo lo posible en y por la interpretación (actriz, productora, directora y sobre todo maestra) y en casi todas las disciplinas (teatro, cine, danza). Lo que da la medida del estatus de su escuela no son tanto los grandes nombres que allí se formaron (Penélope Cruz, Antonio de la Torre…) como su ascenso a icono popular, también en el habla. Cuando se dice que la actuación de alguien es «digna de Cristina Rota», todos comprendemos a qué se refiere. Y casi siempre es algo bueno.
Incluso enmascarillada, es complicado no ver en Cristina Rota la angustia de este 2020. La COVID-19 mantiene en jaque —también— a la cultura, industria que ha defendido con ferocidad guerrera especialmente en las situaciones más críticas. Sencillamente, no se doblega. Huyó de una dictadura, perdió un marido, pero se negó a atrincherarse en el dolor o en la nostalgia. A sus setenta y cinco años, no está dispuesta a que otros sean los que determinen el significado de términos como izquierda, feminismo o ideología. Ella domina sus propios y personalísimos significantes y significados.
Nos recibe, como procede, en su escuela. En una pequeña sala de madera crujiente donde sigue, incansable, formando a las siguientes generaciones de actores. Le preocupa la resonancia de una estancia tan vacía, como si no fuera la suya una de esas presencias que inundan el lugar en el que estén.
En el mundo de la cultura os habéis unido en el movimiento «Alerta Roja» para dar visibilidad a la situación que vive la industria con la pandemia. ¿Cómo ves el futuro?
Me asusta. La cultura va a quedar muy tocada durante mucho tiempo después de esto. Económicamente muchos van a caer, o van a aprender por fin que hay que ser autónomo y que hay que crear los proyectos propios. Por un lado, va a ser beneficioso, pero será como todo: el que tenga voluntad de cambiar va a ayudar a que cambie, el que sepa gestionar sus propios proyectos y no espere a que lo llamen. Hay que ser autónomo, y cooperativos y cooperativas.
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Me gusta esta señora. No tiene pelos en la lengua. Estoy totalmente de acuerdo en lo que dice de la sociedad española y su hostilidad hacia el extranjero, especialmente si no es rico y de derechas.
Cuando yo vivía en Francia (1976) España para muchos exiliados latinoamericanos como yo, era un país más atrasado que los nuestros.
Sra. Rota, sobre el racismo de los españoles hacia los extranjeros, usted tiene razón. ¿Puede usted definirme el significado de «GALLEGO» que se utiliza desde décadas en Argentina para señalar a un emigrante de origen español?. Gracias.
Sr. Acevedo: Hace 40 años visité Bs.As. y disfruté de la hospitalidad de una familia argentina, con apellido gallego (de Galicia), El jefe de familia, un taxista maduro, lanzaba pullas a su nuera española llamándola «gashega». Y ella, Mari Carmen, nos confesaría después que su suegro era insufrible.
En Chile, mi país natal, a los españoles los llamamos (cariñosamente) «coños», porque verá Ud., es la expresión frecuente que los hijos de la Madre Patria profieren a cada rato.
El «racismo» o la xenofobia rara vez se dirige a los españoles. En nuestros países el blanco de los odios y las discriminaciones se proyecta preferentemente hacia los aborígenes (mapuches en Chile y Argentina), y hacia las clases bajas, que los argentinos de clase alta suelen llamar «negros».
En nuestros países los emigrantes españoles gozan de un buen estatus económico y social, lo cual infunde respeto. En el caso de Chile, los refugiados que vinieron en el Winipeg, barco fletado por Neruda tras la guerra civil, eran profesionales, educadores, etc.
Y fueron recibidos en el puerto de Valparaíso con vítores y acogidos en los hogares chilenos. Lea el libro de Isabel Allende Largo pétalo de mar, que cuenta la verídica historia de ese acontecimiento.
Sr. Solar. Tras su larga perorata tanto usted como yo sabemos el significado del termino «Gallego» en Argentina, Uruguay, etc. Lo mismo que los terminos: Sudaca y Panchito en España o Frijolero en U.S. No hago un juicio de valor, simplemente expongo un hecho. Sin pelos en la lengua. Saludos.
¿Castigos físicos en la escuela en España en los años 80? Yo estudie primaria en una escuela rural de un pueblo de Huesca a finales de los 70. Soy varios años mayor que sus hijos y ya no había ningún tipo de castigo físico por parte de los maestros. Me resulta extraño que sus hijos lo sufrieran en Madrid años después.
Quizá en los 80 era ya algo muy residual, pero en el 77 o 78 en mi colegio, un colegio público, daban hostias como panes. Tuve un profesor famoso por ello a quien mi padre advirtió de que no me pusiera jamás la mano encima.
Pero recuerdo también otros padres ansiosos por tener a sus hijos en su clases porque identificaban ese tipo de disciplina con un mayor rigor educativo. Claro que, ejemplo pendular, hoy si algún alumno grita y amenaza al profesor éste casi ha de aguantar estoicamente…
Soy del 86 y tuve castigos físicos en un colegio de Valencia. Al menos dos profesores los ejercían. Una con la regla y el otro con un anillo dándoles a los alumnos en la cabeza. Ambos rondarían los 50, así que siendo residual, existiría en bastantes colegios (pensando en profes de más edad)
Realmente Argentina está más evolucionado a todos los niveles, todos, que España. Esta nunca ha hecho nada, más que soportar reyes, obispos, militares, hombres endiosados y poco habilitados cuando hasta los 30 fueron los únicos que hacían y deshacían hasta hoy casi. Pasa que el español es ignorante de formación, profesión y socialmente, no viaja y cuando ,o hace no abre su mente sus ojos su alma y se mezcla, con el paisaje. Es aburrido, pedante, sin imaginación. Si no tuviera tantos años me iría sin pensarlo a Argentina. Qué gusto, qué placer poder entrar en aquel paraíso.
Muy buena la entrevista y muy interesante la entrevistada. En una parte de la entrevista se habla de xenofobia, y por extensión de racismo, que experimentó como sudamericana por una parte de la sociedad española. En Argentina, hay un tipo de racismo del que se trata de ocultar, negar, minimizar o invisibilizar: el racismo entre argentinos, el de argentinos «venidos de los barcos», el del argentino «gringo», el del argentino blanco hacia los argentinos mestizos, hacia la «negrada» argentina, hacia los «cabecitas negras», hacia el «morochaje», hacia los «marrones», hacia los «negros de mierda». Y pasa en el el cine, en el teatro, en la tv, en las publicidades en donde el argentino de rasgos europeos es el protagonista de la historia, y el argentino de tez oscura y rasgos mestizos es una figura secundaria, tal como pasa en casi todos los países de hispanoamérica.